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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

martes, noviembre 24, 2015

El desafío, recuperar el sentido común por Pablo Mendelevich.

Algún día las enciclopedias tal vez digan algo como esto: "El balotaje había sido instaurado por primera vez 43 años antes, pero por una razón u otra nunca se lo había aplicado. Hasta llegó a haber en el país un candidato -caso único en el mundo- que después de ganar la primera vuelta no se presentó a la segunda. Finalmente en 2015 se hizo el primer balotaje de la historia argentina y tanta había sido la energía acumulada que ocasionó el desalojo del gobierno más largo que haya habido, de doce años y medio, a cargo de un matrimonio que pudo instalarse por tres períodos consecutivos pero que no consiguió extender su suerte mediante la adopción de un candidato extramatrimonial, un antiguo deportista náutico traído de la periferia del sistema personalista que ellos habían regenteado con relativo suceso".
Si uno logra abstraerse de los sabores y sinsabores del presente, si evita hablar de kirchnerismo, cristinismo, macrismo, de Brancatelli, de Víctor Hugo, de "6, 7, 8", de los apocalipsis anunciados por Lilita Carrió, de los mutantes peinados de Karina Rabolini, de la estatua de veinte metros que le hará a Carlos Menem el gobernador K de La Rioja, del magro éxito de Hebe de Bonafini en el rubro de la construcción o de la asociación con la teocracia iraní, acusada de volar la AMIA, para que sea cortés anfitriona de la Justicia rioplatense; si uno se remite, sin mayores detalles, a la estructura de la década, la historia igual es increíble. Con los años hemos naturalizado la anormalidad. Ya no es mera anomia argentina lo que abunda, sino deformidades variopintas asimiladas al paisaje regular.
Los años kirchneristas produjeron una especie de corrimiento del sentido común que legitimó por goteo, en el manejo de la cosa pública, algunas certezas inauditas. Por empezar, la idea de que la política debe ser planteada en términos bélicos. Hay una patria iluminada, la del pueblo, y una antipatria por vencer, la de las corporaciones ultrapoderosas a las que sólo enfrentan con valentía los héroes, esto es, los gobernantes de apellido Kirchner, gracias a que ellos sí tienen un coraje que nadie emparda. Las ideas de la democracia convencional quizás no sobresalgan en esta descripción, pero están. Se vota cada dos años, rige la Constitución, el sistema funciona. Mal, a veces al límite de la legalidad, pero funciona. Aunque los intereses a enfrentar son tan grandes que desde el Estado no hay más remedio que pasar por alto algunos detalles leguleyos, por ejemplo con las cadenas presidenciales, porque es necesario compensar -verbo estratégico- las inequidades que impone el enemigo todopoderoso.
Lo que hizo Cambiemos, además de embocarla con el nombre, fue percibir el hartazgo de buena parte de la sociedad con esta acumulación de transgresiones y agresiones que corroyeron la negociación, esencia de la democracia. A eso se refirió la idea subliminal del cambio, no a la trasnochada discusión privatismo versus estatismo ni a un supuesto debate ideológico pasible de ser interpretado con las ajadas coordenadas derecha-izquierda. Fatigó la puesta amigo-enemigo, sobre todo porque el relato que embutía todo dentro de la épica salvadora con decorado revolucionario empezó a mostrar rajaduras por culpa de los cortocircuitos de la economía. Cansó el desfile de enemigos móviles, se rajó el relato y, encima, el candidato oficial era alquilado, es cierto que con experiencia en el servicio, pero no llamado esta vez para un papel de reparto sino para el protagónico. Y para colmo hubo cierto lío con sus líneas y con la regulación de su pleitesía.
Visto con ojos de una democracia aceitada, no sucedió nada raro. No es que ganó el balotaje un grupo neonazi o un émulo del subcomandante Marcos y ahora quién sabe qué pasará. Ganó una coalición liderada por un político moderado de centroderecha relativamente nuevo, asociado con el partido centenario más importante del país y con un desprendimiento de éste. Pero en la Argentina eso se parece a un terremoto, por cuatro motivos: 1) en setenta años es apenas la segunda vez que el peronismo pierde las elecciones estando en el poder (la anterior fue en 1999); 2) la alternancia en la democracia argentina es una rareza, ya que desde 1983 sólo sucedió dos veces (la primera, en 1989, fue traumática, y la segunda, en 1999, terminó mal); 3) durante doce años el kirchnerismo instaló la idea de que la oposición era la antipatria, una verdadera amenaza para la felicidad del pueblo, y 4) el kirchnerismo tal vez no terminó creyendo en su propia eternidad, pero nunca asimiló la idea de su finitud y ahora debe enfrentarla.
Nada será fácil en la Argentina poskirchnerista, aunque más no sea por la intensidad que tuvo -con sus pros y sus contras- la era que se acaba. De allí que la mayoría de los ojos estén puestos en la figura de Mauricio Macri. El cesarismo presidencial es otra herencia acentuada por los Kirchner que, paradójicamente, él deberá sustituir por una institucionalidad más republicana. Si bien su tarea más delicada será la reposición del sentido común.
Publicado en Diario "Río Negro", martes 24 de noviembre de 2015.

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