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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

sábado, noviembre 05, 2016

Murgas y candombes en el culto a Perón.

El fenómeno es extraordinario, llamativo y preocupante: podría haber peronismo sin Partido Justicialista. Podrían sobrevivir peronistas sin necesidad de ni de una organización ni una referencia institucional. Sucede que el peronismo trascendió la política y es parte de la identidad cultural argentina. Esta realidad debería provocar, en especial en los antiperonistas, reflexiones y construcciones mucho más complejas que el facilismo 'gorila' de la Revolución Libertadora y otros movimientos similares. Esa raigambre de escala antropológica es la que abordan Ezequiel Adamovsky y Esteban Buch en su interesante texto "La marchita, el escudo y el bombo - Una historia de los emblemas del peronismo, de Perón a Cristina Kirchner (Editorial Planeta). Adamovsky es doctor en Historia por University College London, licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires, investigador independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y profesor de la Universidad Nacional de San Martín y de la UBA. Buch es profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, donde dirige el Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje (CRAL). Él es un especialista de las relaciones entre música y política en el siglo XX. Precisamente aquí un fragmento suyo sobre el bombo peronista: Por ESTEBAN BUCH.


A pesar de que existían precedentes, la aparición de los bombos en las manifestaciones peronistas fue considerada en su momento una novedad, un aporte del nuevo movimiento, y así quedó instalada en la memoria colectiva. ¿Cuándo y cómo comenzaron a utilizarlo los peronistas? Comencemos por las historias que circulan hoy para ver luego cuáles de ellas encuentran asidero en los documentos de la época.
Las referencias que lo ubican en un momento más tardío son las que afirman que el bombo hizo su debut en el acto de proclamación de la candidatura de Perón del 12 de febrero de 1946. Esa historia proviene de un testimonio recogido por una revista peronista de los años setenta, según la cual fue aportado por uno de los “Fortines” que se habían organizado espontáneamente para promover esa candidatura. Ese día, fortineros de diversos barrios porteños y del Gran Buenos Aires confluyeron en la intersección de las calles Cabildo y Juramento. Los muchachos del Fortín de Munro habían llevado una banda para acompasar la marcha, pero decidieron regresar a guardar sus instrumentos por temor a que se destruyeran por si había disturbios. Entonces su líder, el Dr. Asdrúbal Figueredo, pidió que trajeran al menos un bombo. Así fue que un dirigente del Sindicato del Plástico, de nombre Talabán (más conocido como “Sofina”), fue enviado en taxi a traer su bombo de murga, antes de avanzar hacia la Avenida 9 de julio, donde tuvo lugar la proclamación. Como no tenía maza, ese día lo tocó con la pata de una silla que rompieron para la ocasión.
A juzgar por sus publicaciones y sitios web, la mayoría de los peronistas cree hoy que el debut fue un poco anterior. Siguiendo la versión difundida por el historiador Fermín Chávez, se afirma que la primera vez que sonó un bombo fue en el acto que el Partido Laborista realizó en Buenos Aires el 14 de diciembre de 1945. Otros, sin embargo, se apoyan en la autoridad de Norberto Galasso, para argumentar que en verdad el debut había sido muy anterior y fuera de Buenos Aires. Había sido en Berisso, durante una visita de Perón en junio de 1944 para hablar en una concentración de los trabajadores de la carne, que espontáneamente unos muchachos con bombos se pusieron al frente de la caravana que avanzaba rumbo al palco. La fuente de esa información es el testimonio que diera en sus memorias el propio Cipriano Reyes, legendario dirigente gremial de los frigoríficos de Berisso (aunque correspondiera corregir la fecha de esa visita de Perón, que en verdad fue el 10 de agosto).
Ignorando este dato, finalmente el famoso bombista, cantante y compositor de murga Eduardo Pérez (alias “Nariz”) aseguraba que fue él el primero en Plaza de Mayo el 18 de octubre de 1945. El bombo era el que usaba con la murga “Los averiados de Palermo”, con cuyos integrantes marcho ese día, llevándolo desde el Jardín Zoológico hasta el centro en el techo del tranvía; según su testimonio, fue el único que sonó en esa concentración. Aunque Nariz negaba enfáticamente que el día anterior el mítico 17 de octubre, hubiera habido bombos, otros testigos presenciales aseguran que sí los hubo. Así lo recordaba, por caso, la escritora María Rosa Oliver, quien vio pasar ese día uno yendo de Retiro hacia Plaza de Mayo, llevado por un grupo de personas a pie que le pareció una murga de carnaval.
¿Qué podemos saber con certeza a partir de estos testimonios? Pasadas décadas, los recuerdos pueden ser muy imprecisos en lo que a fechas se refiere. Dado que el bombo llegó al principio de forma más o menos fortuita y, como veremos, no fue hasta mucho más tarde considerado un emblema del peronismo, es perfectamente posible que todos creyeran ser los primeros, son conocer los precedentes. La primera mención del 18 de octubre de 1945 en Plaza de Mayo, así que podemos estar seguros de que a más tardar se hizo presente en esa fecha (los diarios también lo mencionan en el acto de proclamación de febrero del año siguiente). ¿Qué sabemos respecto de momentos anteriores? Los audios de las grandes concentraciones del 10 de octubre (la despedida de la Secretaría de Trabajo y Previsión) y del discurso de Perón del 17 de octubre del '45 no registran sonidos de percusión, por lo que pueden ponerse en duda los recuerdos que lo ubican allí. ¿Qué decir del precedente de Berisso del 10 de agosto de 1944?
La cuna berissense del bombo puede darse por probada. Las memorias de Cipriano Reyes en este sentido están confirmadas por las de juan Clidas, entrevistado para este trabajo. En los tempranos años cuarenta Clidas era un joven trabajador del frigorífico Swift, activista de base en el movimiento huelguístico y, además, entusiasta miembro de la murga “Los martilleros”, una de las más importantes del lugar. Recuerda haber salido con sus bombos en el acto de agosto de 1944 y nuevamente en octubre de 1945, siempre en compañía de sus compañeros de la murga (quienes, al igual que él, eran trabajadores de la carne). En la zona de Berisso y La Plata, las manifestaciones habían comenzado del día 12 de octubre del ´45; desde ese momento y hasta el 17 Clidas y sus amigos salieron son varios bombos, convocando con su ritmo a la gente a agruparse para marchar a pie hacia la capital provincial. Clidas fue peronista ferviente desde entonces, acompañando innumerables manifestaciones con el sonido de sus bombos (salió por última vez en 1974). Otro informe asegura que el 17 de octubre de 1945 ora murga de allí, “Los locos de la terraza”, también sacó sus bombos a las calles de Berisso.
El sonido del bombo, en fin, estuvo presente ya en 1944, apoyando al coronel Perón antes de que existiera un movimiento peronista propiamente dicho. No es posible, con los conocimientos parciales que todavía tenemos, hacer un mapeo completo, pero todo indica que de su cuna berissense pasó a La Plata y Buenos Aires ya en 1945, extendiéndose con posterioridad, progresivamente, a otras partes del país.
El primer bombo: un sonido entre otros.
Como vimos, las historias sobre los primeros bombos peronistas coinciden en relacionarlo con las murgas de carnaval. Los contextos que enmarcaron sus primeros latidos confirman esa procedencia. En estas primeras apariciones, lo mismo que en las murgas, el bombo era uno más entre otros instrumentos sonoros. Las descripciones del 17 y 18 de octubre destacan que iban acompañados de “platillos, triángulos y otros instrumentos de percusión” o de “tambores improvisados con latas” y “megáfonos hechos con viejas bocinas de gramófonos”. El aspecto y las actitudes carnavalescas que tenían las multitudes de esos días en Bs. As. Y otros sitios ha sido bien descritos por nuestros autores: Los manifestantes se burlaron de los transeúntes que iban elegantemente vestidos, abundaron esos gestos obscenos, pintarrajearon monumentos y en algunos sitios causaron daños a edificios públicos. El bombo y los demás instrumentos eran parte de una atmosfera carnavalesca de desafío a las jerarquías sociales y de desenfado. Algo similar se percibe algunos meses más tarde, en la concentración de proclamación de la candidatura de Perón.

Así la describía un diario: “El aspecto de mitin de proclamación de los candidatos del Partido Laborista ofreció el acostumbrado matiz bullanguero de todas las anteriores manifestaciones realizadas por dichas agrupaciones. A partir de las 19, por las principales calles de acceso a la Plaza de la República comenzaron a llegar pequeñas pero numerosas columnas de concurrentes al acto, provistas de carteles y retratos del líder laborista, que habían sido adornados con flecos y colgajos de colores. Levaban también símbolos desconcertantes, tales como un palo con un fumigador en el extremo; una picana con un par de zapatos en la punta; bombos, platillos y matracas, cuyos “tantanes” se introdujeron constantemente en el micrófono y matizaron la transmisión radial. Algunos manifestantes, provistos de altavoces, detonaban su procedencia de tierra adentro al repetir, dentro de corros, pintorescas “versadas” de sabor gauchipueblero”.
En un sentido similar pero tres años más tarde, otro periodista destacó las “matracas, bombos y silbatos” y los muñecos mezclados entre las pancartas como presencias típicas en las manifestaciones de entonces. El bombo, en fin, no era todavía una elección exclusiva, ni siquiera dominante: Era apenas un sonido más en el bullicio carnavalesco que había desatado el peronismo.
¿Cómo sonaba el bombo en ese concierto? El reportero que lo escuchó el 18 de octubre 1945 anotó que lo hacía “con compás de candombe”. La grabación más temprana que tenemos; la de una manifestación de marzo de 1948; registra una secuencia repetida de tres golpes y un silencio, un ritmo que solían usar por entonces las murgas.
Aunque no era el único ritmo que podía ejecutar un bombista, los registros de décadas posteriores muestran que los tres toques seguidos de silencio (quizás con un tempo algo más lento) siguieron siendo en las manifestaciones.
El bombo se convierte en emblema.
No hay ninguna evidencia de que en esos primeros años del peronismo el bombo fuera considerado un emblema del movimiento. Ni siquiera parece haber sido percibido por los peronistas como un elemento típico de las manifestaciones.
En verdad quienes primero notaron su presencia y lo convirtieron en el instrumento peronista por antonomasia fueron los antiperonistas. Ya desde la campaña electoral de febrero de 1946 la prensa opositora representó insistentemente a Perón y a sus seguidores en dibujos satíricos en los que destacaban el bombo, como modo de relacionarlos con algo vulgar y carnavalesco, impropio de la política seria. No había nada original en ello. Desde hacía muchas décadas la prensa satírica argentina publicaba caricaturas de referentes políticos y sociales tocando el bombo, sea para desacreditarlos relacionándolos con el carnaval o para reírse de sus ínfulas.
La prensa peronista también representaba por entonces a la oposición como una murga, con idéntico fin. Solo en años posteriores comenzarían a hacer propia la imagen del bombo en un sentido opuesto, para destacar el arraigo popular del nuevo movimiento. Entre las cientos de fotos de manifestaciones que publicó el diario “El Laborista” a partir de comienzos de 1946, la primera que eligió hacer visible nuestro instrumento es de 1951. Por entonces también la revista “Mundo Peronista” insistió en utilizar ilustraciones y fotografías de bombos encabezando a grupos de manifestantes como marca de identidad. Solo entonces comenzó a ser más que un simple instrumento entre otros, hasta formarse en un verdadero emblema del peronismo. Ese carácter también fue asegurado a su modo por los propios bombistas.
La escasez de fotografías de los años cincuenta no permite saber con certeza si entonces ya existía la costumbre, pero al menos las de la década siguiente muestran que era habitual que pintaran los parches y n el cuerpo de los bombos imágenes alusivas a la pertenencia política: Los rostros de Perón y Evita, el Escudo peronista, las siglas del partido, el nombre del sindicato de origen o de los referentes a los que apoyaban. Los mismos instrumentos reforzaban así, como objetos visuales, el sentido que buscaban transmitir a través de sus sonidos.
Que el bombo no fue al principio una presencia obvia no siempre valorada como parte de la liturgia peronista lo confirma un curioso incidente acontecido en 1948. El 1º de marzo, frente a la terminal de retiro, se realizó un acto multitudinario para celebrar la reciente decisión del gobierno de estatizar los ferrocarriles. Por un problema médico Perón no pudo asistir al evento, por lo que envió a su ministerio de Obras Públicas, Juan Pistarini, a que leyera un discurso en su nombre. En la calle, mezclados entre los manifestantes había varios bombos bien dispuestos a aportar su sonido al festejo.
Con poca experiencia en esas ideas, el enviado intentó cumplir su misión en medio del bullicio. Varias veces pidió silencio sin éxito; los bombistas no atendieron sus pedidos, o acaso no lo escucharon, ensordecidos por sus propios instrumentos. El general Pistarini fue perdiendo la paciencia y amonestó a la multitud: "Si no les interesa escuchar el discurso que escribió Perón"; dijo; "es que no son auténticos peronistas”.
Pero los bombos no se dieron por aludidos y continuaron como si nada. Ya fuera de quicio el ministro gritó a su impotente micrófono indicaciones a la policía: “¡Hagan sacar eso! ¡Vea, agente! ¡Haga sacar eso! ¡Saque el candombe!”. En la grabación del audio de ese acto se escucha el sonido del bombo continuar por un lapso y luego extinguirse, en medio de un griterío que tardó algo más en acallarse. Conseguido el anisado silencio, Pistarini pudo terminar con lo suyo.
Los muchachos que habían causado las iras del ministro pertenecían a dos murgas berissenses, las mismas que en 1944 habían aportado por primera vez el sonido que nos ocupa a una manifestación de Perón. Juan Clidas estaba allí, golpeando su bombo con la maza atada a su mano, como acostumbraba a hacer para no perderla. Recuerda que, a la orden de Pistarini, la policía se lanzó sobre ellos y les dio una buena golpiza. Las cachiporras la emprendieron también contra los mismos bombos, con intención de destrozarlos. Pero como eran duros de romper, la saña policial causó todavía más sonidos percusivos hasta que los parches finalmente cedieron, lo que no dejaba de ser una situación risueña para quienes presenciaban la escena. Clidas supone que fue la insignia de su murga; dos martillos rojos cruzados, pintados en los parches; lo que hizo suponer a Pistarini que se trataba de “comunistas”.
En cualquier caso, que se haya irritado tanto con el sonido y lo haya atribuido a otra fuerza política indica que todavía en 1948 los bombos no eran una presencia del todo esperable en las manifestaciones peronistas. Ni mucho menos de simpatía garantizada. En el recuerdo de Clidas y de otros berissenses la ofensa del irascible ministro quedó reparada tiempo después, cuando le llegaron otros bombos en reemplazo de los que la policía destrozó, según supieron, enviados por orden de la mismísima Evita.
Un ruido siniestro: el sonido del bombo y la memoria histórica.
Pero además de los de orden práctico, hubo motivos más profundos por los que el bombo captó la atención de los antiperonistas tan rápidamente, tanto como para decidir que se trataba de algo típico del peronismo incluso antes que los propios peronistas. Si detectaron inmediatamente al bombo entre los múltiples instrumentos que utilizaba quienes marchaban por Perón fue porque interpretaron ese sonido intenso, grave y rítmico el anuncio de una presencia temible, ominosa, inquietante. Para entender qué evocaba esa sonoridad para ellos, es necesario detenerse un momento en el modo en que fue interpretado el fenómeno peronista en sus inicios.
Contrariamente a lo que indicaría el sonido común, el anti-peronismo no surgió como reacción al peronismo. Si hiciéramos un repertorio de los temas, estereotipos, críticas y vocabularios propios del anti-peronismo, encontraríamos que casi todos ellos estaban ya presentes en 1945. Por el contrario, ese año el peronismo todavía no existía como tal. Por supuesto, estaba Perón, estaban las medidas que venía tomando al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión y estaba también el apoyo que recibía de las clases bajas. Pero en lo que refiere a sus ideas, si visión sobre el país, sus prácticas políticas, sus formas de organización, incluso sus liderazgos, se trataba de una corriente todavía en estado magmático.
Solo luego de legado al gobierno el movimiento peronista se constituiría como tal. Buena parte de los rasgos con los que lo asociamos hoy fueron surgiendo luego de 1946, forjados también ellos, en buena medida, como reacción a la oposición y los rechazos que había cosechado en el amplio campo del anti-peronismo. Las antipatías y resistencias de los otros fueron orientando su desarrollo tanto como las ideas previas que Perón y sus seguidores aportaron. En otras palabras, no puede afirmarse que llegara primero el peronismo como una propuesta ya completa y cerrada, produciendo luego, como reacción, el anti-peronismo. Ambas identidades políticas se forjaron juntas y en relación. Si de alguna pudiera decirse que tuvo precedencia sería más bien de la segunda.
De hecho, el anti-peronismo surgió como una lectura del fenómeno peronista informada por ideas, conceptos, narrativas y ansiedades que eran previos, heredados de etapas muy anteriores. Además de percibir a Perón como un posible líder fascista, el movimiento que desató entre las masas fue inmediatamente interpretado como la reactualización de amenazas más antiguas que acechaban a la nación argentina.
En el contexto de 1945 se volvió a hacer presente el temor recurrente, para ciertos grupos sociales, de que alguna forma de democracia plebeya viniera a poner en riesgo la República. Se trataba de una angustia que venía desde tiempos de las guerras civiles del siglo XIX, relacionada con la idea de que en el pueblo argentino anidaban tendencias igualitarias turbulentas, inorgánicas, emocionales, colectivas, enemigas de la racionalidad y de la dignidad del individuo, que conspiraban contra el normal funcionamiento de las instituciones. Pasado el contexto de las luchas entre Unitarios y Federales, ese temor se había vuelto a activar cuando Irigoyen llegó al poder en 1916 y por supuesto resurgió en 1945. Aunque se trataba de un movimiento típicamente liberal presente en intelectuales y políticos argentinos; por caso, Vicente F. López o Ricardo Levene; tanto como de otros países, aquí se entrelazaba con narrativas acerca de la nación y de su historia que eran más peculiares.
En efecto, el temor por la posible irrupción de un democratismo plebeyo e inorgánico se manifestaba especialmente cuando aparecía en el horizonte alguna figura carismática, un “caudillo” como aquellos del siglo XIX, capaz de excitar y dar cauce a impulsos plebeyos que de otro modo estarían bajo control. Se temía de esos caudillos no tanto su autoritarismo, como la perspectiva de que abrieran las puertas para que la plebe pisoteara las jerarquías sociales fundamentales, el régimen que establece quién es más que quién en la sociedad.
Domingo F. Sarmiento y otros luego de él expresaron esa preocupación con toda claridad, en particular con referencia a los tiempos traumáticos de Juan Manuel de Rosas, al accionar violento de sus mazorqueros, a la “traición” de los negros del servicio doméstico que actuaban como espías denunciando a los patrones de simpatías unitarias, o a los gauchos que asolaban la ciudad y la campaña con sus montoneras. El peligro de ese caudillismo plebeyo parecía haber quedado conjurado con la organización nacional. Y sin embargo, el sufragio universal reactivó esos viejos temores; tanto Irigoyen como, más tarde, Perón fueron inmediata e insistentemente comparados con Rosas y sus seguidores con La Mazorca. Y por supuesto, todas estas ansiedades, ancladas en formas particulares de imaginar el pasado y el presente, remitían a una narrativa que, desde Sarmiento, había explicado la trayectoria de la Argentina como trabajosa lucha de la civilización contra la barbarie, de la cultura europea contra las costumbres criollas, de lo blanco contra lo negro y trigueño, de lo urbano contra lo rural, de Buenos Aires contra el Interior, de las leyes y la Republica contra los lazos personales y la emotividad en política. Para comienzos del siglo XX esa lucha se había proclamado concluida con la victoria del primer polo.
Pero era una victoria sobre la que nunca dejó de haber dudas y ansiedades. Lo bárbaro y la incultura; se sospechaba; seguían allí agazapados, listos para aforar apenas se relajaban los controles. Contra Irigoyen nuevamente, se movilizaron estas nociones. Los conservadores lo acusaron de liderar un movimiento “de manumisión de los negritos”; los socialistas, de ser expresión de la vieja “política criolla” personalista y demagógica. Y naturalmente fueron nociones que también se reactualizaron con el ascenso de Perón. Por ejemplo, en una serie de conferencias que el intelectual socialista Américo Ghioldi dictó en noviembre y diciembre de 1945, advirtió que “los argentinos confrontemos otra vez y bajo nuevas reformas, ya que han vuelto, a galope tendido, odios que creíamos extinguidos, fuerzas primitivas lanzadas en asalto…” Acusada a Perón de ser un nuevo “caudillo de la guerra civil”, lanzado a explotar los resentimientos de ese resto primitivo que hoy “se desborda en las calles, amenaza, vocifera, atropella…”. Para el conservador Adolfo Mugica el país vivía en esos días como en una especie de “inmensa merienda de negros”.
En rigor de verdad, es discutible que esas evocaciones estuvieran justificadas en 1945. Salvo en La Plata, donde hubo algún hecho de vandalismo, las manifestaciones del 17 y 18 de octubre habían sido bastante pacíficas. Difícilmente pudiera decirse que Perón fuera favorable a una democracia turbulenta, plebeya o inorgánica. De hecho sus ideas, formadas en la carrera militar, apuntaban más bien en sentido inverso, a un orden orgánico y planificado, con más disciplina que lugar para el tumulto. En sus discursos de entonces él mismo fustigaba el “caudillismo” como una forma inaceptable de la vieja política. Y en esos años no sentía ningún aprecio por la figura de Rosas ni por las interpretaciones de la historia que venían planteando los historiadores revisionistas.
Por otra parte, ni él ni sus partidarios habían planteado todavía ninguna reivindicación de los “negros”, algo que llegaría al peronismo varios años más tarde. En fin, buena parte del anti-peronismo procedía de contextos históricos previos, de temores animados por memorias de otros tiempos, antes que de la experiencia concreta de esa coyuntura. Algunos de las cosas de Perón y del peronismo que irritaban en 1945; una expresión coloquial en un discurso, un gesto demagógico desde el palco, un cantico belicoso en las calles; lo hacían porque eran incluidos en una serie histórica más antigua, eran interpretados como indicios de amenazas de más larga data y mayor profundidad. A ojos de muchos argentinos, esos obreros de los arrabales que marcharon el 17 de Octubre para pedir por Perón “ya eran” la encarnación de los candomberos rosistas y de La Mazorca antes de haber salido de sus casas.
¿Qué tiene que ver el bombo con todo esto? Mucho antes del peronismo, antes incluso de que Perón hubiera nacido y de que en Berisso hubiera obreros, frigoríficos y murgas, el sonido grave y rítmico que nos ocupa ya se había entrelazado con las narraciones y ansiedades que acabamos de reseñar. El toque del bombo evocaba el fantasma de ese asedio plebeyo a las jerarquías sociales y al andamiaje institucional que con tanto esfuerzo las elites argentinas habían edificado. Parecía anunciar la presencia de la barbarie, de ese primitivismo atávico que supuestamente había animado el fenómeno del federalismo, poniendo en jaque durante años al proyecto de “civilización” de la Argentina. Y sobre todo, obligaba a rememorar lo africano, algunas vez enclavado en el corazón de la nación y acaso todavía latente en alguno de sus pliegues.
El primer registro de ese efecto de las sonoridades del bombo viene precisamente de la época de Rosas. Como parte de su proselitismo entre las clases populares, el caudillo federal y los suyos habían cortejado también el apoyo de los numerosos afro-porteños de entonces, muchos de los cuales eran todavía esclavos o libertos. Los gaceteros rosistas escribieron periódicos especialmente dirigidos a ellos y, en un hecho inédito, en 1838 las celebraciones oficiales de la Revolución de Mayo los incluyeron tocando sus tambores en la plaza central, algo que causó escandalo entre los opositores. El propio Rosas y su hija se habituaron a acercarse a las celebraciones del candombe, por entonces un rito exclusivamente para negros en el que la gente “decente” no participaba. Los afro-porteños adhirieron mayoritariamente a la facción rosista, a la que desde entonces quedarían asociados.
El candombe, que tuvo su época de apogeo justo en esos años, había aparecido poco tiempo antes. Todavía en los primeros años del siglo los diversos grupos de esclavos que habían sido traídos de África mantenían cada uno sus propias tradiciones. Las de los procedentes del Congo, de Sudáfrica o de Mozambique podían ser tan diferentes como las que distinguen hay a un noruego de un napolitano. El candombe surgió en el Río de la Plata como un ritual novedoso, una tradición original inventada a partir de la combinación y mezcla de los cantos, las creencias, los sonidos y las danzas que cada pueblo traía, recombinadas bajo nuevas formas. Ese ritual novedoso los ayudó a construir un sentido de “nosotros” que antes no tenían y que se volvía indispensable ahora que ya no eran personas de tal o cual nación sino; para la sociedad; todos simplemente “negros”. El canto coral, el baile en conjunto, la vibración que los tambores transmitían de cuerpo en cuerpo, eran elementos fundamentales para la forja de ese nuevo sentido de pertenencia compartida.
Los candombes se realizaban por entonces varios días del año y especialmente durante carnavales; en estos, las comparsas de negros tuvieron un lugar central desde que Rosas les permitió participar por primera vez en 1836, protagonismo que mantuvieron al menos durante las siguientes cuatro décadas.
Un testigo de aquellos años, Vicente F. López, dejó anotadas las sensaciones que producía ese contexto, para una familia “decente” y furiosamente anti-rosista como la suya, refugiada dentro de su casa, el sonido que llegaba desde los “tambos” de los barrios periféricos en los que se desarrollaban los candombes:
“Los domingos y días de fiesta, ejecutaban sus bailes salvajes, hombres y mujeres la ronda, cantando sus refranes en sus propias lenguas al compás de tamboriles y bombos grotescos. La salvaje algazara que se levantaba al aire, de aquella circunvalación exterior, la oíamos (hablo como testigo) como un rumor siniestro y ominoso desde las calles del centro, semejante al de una amenazante invasión de tribus africanas, negras y desnudas. Desde que subió al gobierno, Rosas se hizo asistente asiduo de los Tambos. Cada domingo se presentaba en ellos con las insignias del mando, y con los relumbrones de su uniforme de brigadier general, con su señora, con su hija y con los adulones y paniagudos de su casa. (…) En el resto de la semana, su familia recibía a los reyes y favoritos del Tambo como súbditos de su imperio, pero los ida enrolando como amigos fieles en los diversos cuerpos que seguía formando (…), mientras las negras y mulatas, idólatras como sus congéneres varones, juraban por el héroe con el orgullo de la barbarie armada y eran vehículos de toda clase de chismes y declaraciones, llevadas a la casa de Rosas contra las familias del vecindario”.
López, que en esa época era un muchacho, se transformaría más adelante en uno de los primeros y más destacados historiadores del país. Incluyó el párrafo citado en un “Manual de la historia argentina” para las escuelas, publicando a fines de siglo XIX y reimpreso múltiples veces durante las primeras décadas del siguiente. Así, las nuevas generaciones y un público amplio recibieron esas memorias acústicas que asociaban el sonido del bombo a los tiempos de Rosas y a la presencia siniestra de la plebe morena en la vida política, calificada como algo bárbaro, salvaje, grotesco y peligroso. Otro destacado intelectual de fines de siglo, José María Ramos Mejía; como López, también de familia activamente antirrosista; incluyo ese mismo párrafo e “Rosas y su tiempo”, una de las biografías del caudillo más leídas de su época.
En su obra, el sonido de esos bombos y tambores aparecía incluso más destacado. Para él no era música, “sino un ruido del más desastroso efecto”, “rítmicos gruñidos” que dejaban “una impresión dolorosa en el espíritu”, el “presentimiento de lo que serían aquellas pobres bestias” una vez que el Restaurador las animara al saqueo.
Las imágenes que Ramos Mejía buscó asociar a esos sonidos eran deliberadamente repulsivas: Los negros que marchaban tras el caudillo iban con sus cuerpos “sudorosos”, agitándolos en “movimientos de una lascivia solemne y grotesca”. Las mujeres, “muchas de ellas jóvenes y esbeltas, luciendo las desnudeces de sus carnes bien nutridas”, con sus bocas “untadas de hez”, prorrumpían “largos rumores de huracán”. Para el escritor, en fin, las “piruetas simiescas” de los cuerpos morenos en el candombe o el carnaval, sus “alusiones alcohólicas”, al exuberancia sexual de esas “negras livianas y loquescas”, los olores hediondos “de atmosfera de celo”, el sonido temible de los bombos y tambores, toda esta “orgía” de tonos “diabólicos” era el marco del encuentro entre Rosas y la plebe. Además de sus contenidos propiamente políticos, la barbarie plebeya del rosismo se explicaba por sus rasgos sensoriales. Tenían cuerpos, imágenes, olores y sabores particulares. Y también tenía sus sonidos: gritos, cánticos y, sobre todo, bombos y tambores.
Durante algún tiempo luego de la derrota de Rosas y con la organización nacional hubo pocos motivos para temer nuevos desbordes de la plebe. Para algunos, sin embargo, los temores se reavivaron ante la perspectiva de elecciones libres y democráticas que abrió desde 1912 la Ley Sáenz Peña. Un diario de Santa Fe; la primera provincia donde se aplicaría la nueva ley, con victoria para la UCR frente los conservadores; planteó los riesgos de la hora apelando a evocaciones sonoras. Los instrumentos musicales, afirmaron, no son tan solo los medios que tienen los pueblos para exteriorizar los sentimientos de su alma: “son sus almas mismas corporizadas en cajas de armonía”. En la Argentina, el bombo y la guitarra se disputan esa función. La “guitarra española” representa la armonía, la sinceridad, el patriotismo, la ley, la justicia y la honradez. El bombo, en cambio, “es lo ruidoso, lo inarmónico, lo aturdidor”.
Es el “instrumento ancestral” propio de “todos los pueblos salvajes”, de “las tribus del África” y del “indio”. Su ruido nos habla del engaño y del delito, de las “naturalezas dormidas en la bestialidad”, incapaces para la armonía y la afinación del “hombre civilizado”. Dentro de un mes, concluye el diario, “en Santa Fe guitarras y bombos van a librar su batalla (…) ¿Vencerán las guitarras? ¿Valdrán más los bombos? El pueblo dirá”. Nuevamente en este caso, el sonido del bombo aparece asociado a valoraciones políticas: es el ruido, lo bárbaro, lo incivilizado, lo no-blanco y por todo ello, una amenaza para la nación.
Fuera de contextos políticos, el sonido del bombo como parte del carnaval también generó voces de protesta que lo asociaban a un ruido molesto pero además “diabólico” capaz de incitar a los niños de los conventillos a realizar “contorsiones de candombe africano”. En la prensa tampoco faltaron recordatorios de que el carnaval, los tambores y la africanidad se habían asociado a la figura de Rosas aterrorizando a la población “decente”.
¿Cómo saber si esas memorias históricas y acústicas influyeron en el modelo en que el sonido del bombo afectó a los antiperonistas y, con ello, a su propia percepción del peronismo? A juzgar por los textos que produjeron algunos de ellos, la incidencia parece evidente. Apenas caído Perón, un destacado intelectual de esos años, Ezequiel Martínez Estrada, publico ¿Qué es esto?, uno de los escritos más furibundos que produjera una pluma antiperonista. Su libro atacaba no solo al líder depuesto, sino también al pueblo argentino que lo había encumbrado, descrito como el producto híbrido surgido de la cruza entre el “elemento arrabalero y suburbano” de Buenos Aires y la “hez de la vieja barbarie campesina”, la “resaca” bárbara llegada del interior.
El culto a Perón, irracional y de ribetes religiosos, era una “especie de viruela” que, si bien atacó a todos, lo hizo “más intensamente a los negros”, es decir, a “los residuos sociales”. Como parte de sus diatribas, el intelectual asoció insistentemente el fenómeno del peronismo con la africanidad; la “quilombificación” del país; y con el carnaval. Y siguiendo lo que para entonces ya era un lugar común, esa asociación lo llevó inevitablemente a abusar de las comparaciones con la época de Rosas (la “Primera Tiranía” antecedente de la “Segunda” que acababa de terminar, según el vocabulario de los militares que derrocaron a Perón). Entre las evocaciones al caudillo, Martínez Estrada reprodujo “in extenso” el párrafo del manual de Vicente F. López que aludía al sonido de los bombos. Pasado y presente se conectaban así a través de la centralidad de ese “ruido” siniestro.

En los años por venir, como veremos, la persistencia del sonido del bombo en la política nacional seguiría evocando entre los antiperonistas sensaciones de rechazo y angustias. Como se lee en la carta que un inmigrante español envió a un amigo, desolado al volver a escucharlo en 1971, ese sonido le reavivaba “recuerdos de miedos, robos, atropellos”.

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