domingo, noviembre 30, 2025

ALEGATO DE SOBERANÍA: LA NOCHE EN QUE LA DIPLOMACIA ARGENTINA SACUDIÓ EL TABLERO DEL COLONIALISMO. Por Roberto Arnaiz.


ALEGATO DE SOBERANÍA: LA NOCHE EN QUE LA DIPLOMACIA ARGENTINA SACUDIÓ EL TABLERO DEL COLONIALISMO.

Por Roberto Arnaiz.

En el corazón frío de las Naciones Unidas, el 9 de septiembre de 1964, una voz argentina se alzó como una lanza: la del embajador José María Ruda. No gritó. No imploró. Argumentó. Y con la fuerza de la verdad y el derecho, dejó grabada en la historia una de las piezas más sólidas de la diplomacia nacional: el alegato que dio origen a la Resolución 2065 (XX) —vigésima sesión de la Asamblea General—, el primer reconocimiento internacional al reclamo argentino de soberanía sobre las Islas Malvinas.

Hasta ese día, las Malvinas eran, para gran parte del mundo, un rincón olvidado del imperio británico. Una rareza en los mapas. Un vestigio romántico de la época colonial. Pero Ruda, con voz templada y papeles en mano, desmontó ese decorado de apariencias.

Denunció que no se trataba de una posesión más, sino de una usurpación consumada en 1833, cuando fuerzas británicas expulsaron por la fuerza a la administración argentina legítimamente establecida en las islas. Fue una toma sin eufemismos, con violencia y reemplazo de población, contraria al derecho internacional.

Su intervención en la ONU fue el corolario de una estrategia paciente y lúcida que había comenzado con la aprobación, en 1960, de la Resolución 1514 (XV), conocida como la "Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales". Ese documento de tono revolucionario, en medio de la Guerra Fría, abría la puerta a que las colonias del mundo exigieran el fin del dominio extranjero. Ruda se aferró a esa puerta y la empujó con todo el peso de la historia argentina.

No fue un improvisado ni un burócrata de turno. José María Ruda, doctor en Derecho, diplomático de carrera y jurista reconocido, llegó a presidir entre 1988 y 1991 la Corte Internacional de Justicia en La Haya. Su alegato del 64 no fue un acto de pasión patriótica, sino el resultado de décadas de conocimiento jurídico, dominio diplomático y una conciencia aguda de lo que estaba en juego.

En su discurso, demostró que el caso Malvinas no se encuadraba en la clásica figura del colonialismo con pueblos oprimidos esperando emancipación. No había un pueblo originario esperando su libertad, sino una población implantada tras el desalojo forzoso de los habitantes legítimos.

El caballito de batalla británico era la autodeterminación, pero en Malvinas esa palabra era puro cartón pintado: los que mandaban en las islas eran los nietos de los que llegaron con fusil en mano.

El alegato fue demoledor. Ruda habló de derechos históricos, geográficos, jurídicos. Citó la ocupación efectiva de las islas por parte de Luis Vernet, la presencia de autoridades argentinas antes de 1833, la existencia de acuerdos diplomáticos previos y la reacción formal del gobierno de Buenos Aires tras la expulsión.

También denunció la política de discriminación sistemática hacia los argentinos continentales, impedidos de radicarse en las islas. Y cerró su intervención con una frase que todavía resuena: “El deber jurídico y moral de Gran Bretaña es devolver las islas a su verdadero dueño.”

Una semana después, el 16 de septiembre de 1965, la Asamblea General de la ONU adoptó la Resolución 2065 (XX) —vigésima sesión de la Asamblea General—, que reconocía la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido y llamaba a ambos gobiernos a entablar negociaciones bilaterales, teniendo en cuenta los intereses (no los deseos) de los isleños.

La diplomacia argentina lograba así un hito histórico: por primera vez, la comunidad internacional reconocía el conflicto como una controversia a resolver, y no como un asunto cerrado del pasado imperial británico.

El entonces presidente argentino, Arturo Illia, un médico austero y demócrata cabal, había respaldado la estrategia con firmeza. Su breve pero digno gobierno sería derrocado menos de un año después, en otro de los tantos golpes de Estado que interrumpieron la vida institucional argentina durante el siglo XX. Pero el legado de Ruda quedó.

Desde entonces, el camino fue errático. Siguieron gobiernos que usaron la causa Malvinas como consigna vacía o moneda de cambio. La diplomacia se volvió intermitente. Y la memoria, frágil.

Década del 90: claudicaciones diplomáticas.

Durante el gobierno de Carlos Menem se firmaron los Acuerdos de Madrid (1989–1990), que, bajo el pretexto de normalizar relaciones diplomáticas con el Reino Unido, congelaron el tema soberanía. A cambio de la reanudación del comercio y el vínculo formal, la Argentina aceptó condiciones que fortalecieron la posición británica, especialmente en pesca, hidrocarburos y comunicaciones. (Este episodio será desarrollado en detalle más adelante).

Siglo XXI: contradicciones y retrocesos.

En 2016, durante la gestión de Mauricio Macri, el vicecanciller Foradori firmó el acuerdo con Alan Duncan que impulsaba medidas prácticas favorables a los británicos sin ningún avance concreto en el tema soberanía.

Lo más escandaloso fue que, según testigos, Foradori lo habría hecho en estado de ebriedad, en la cava de la embajada británica en Buenos Aires. La firma fue mantenida en secreto y se conoció por filtraciones. Su contenido fue rechazado luego por amplios sectores políticos y académicos. (Este episodio será desarrollado en detalle más adelante).

Disonancias internas: de la seducción a la negación.

Las declaraciones de expresidentes argentinos oscilaron entre la provocación y la resignación. En 1997, Carlos Menem afirmó: “Las Malvinas serían un fuerte déficit adicional”. Eduardo Duhalde propuso “seducir a los kelpers”, como si se tratara de un dilema sentimental. Y Alberto Fernández sostuvo que “no tenemos problemas con los kelpers, sino con los ingleses”, deslizando una falsa dicotomía que desvincula a los habitantes de las islas del poder colonial que los sostiene. (Este episodio será desarrollado en detalle más adelante).

Volver a Ruda: soberanía no es discurso, es política de Estado

A pesar de todos los retrocesos, el reclamo persiste. Porque está en la Constitución. Porque está en la sangre de los que murieron en la guerra. Porque está en los miles de argentinos que siguen creyendo que la soberanía no es una cuestión de superficie, sino de dignidad.

La Primera Cláusula Transitoria de la Constitución reformada en 1994 lo deja claro: “La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas...”. Fue aprobada por todos los constituyentes menos uno. Ese uno, como si fuera una ironía de la historia, luego ocuparía dos ministerios en el Poder Ejecutivo nacional.

Hoy, frente a un Reino Unido cada vez más afianzado en su presencia militar y económica en las islas, y ante una comunidad internacional que mira hacia otros conflictos más sangrientos o más rentables, la Argentina necesita recuperar el espíritu de Ruda: una diplomacia sólida, coherente, perseverante y con respaldo político integral.

No hacen falta más discursos inflamados ni gestos vacíos. Hace falta trabajo sostenido, unidad nacional y una estrategia clara que trascienda los calendarios electorales.

Porque, como dijo el embajador Ruda en 1964, no se trata solo de una cuestión de tierras. Se trata de un principio universal: el respeto al derecho, la integridad territorial y el rechazo a la ocupación por la fuerza.

La comunidad internacional no puede mirar para otro lado sin traicionar los principios que dice defender.

Aquel alegato de Ruda fue, quizás, el último gran momento en que la Argentina puso a la diplomacia al servicio de la soberanía, y no al revés. No lo hagamos polvo de archivo. Hagámoslo bandera.

Bibliografía:

·      Discurso completo de José María Ruda en la ONU, 9 de septiembre de 1964 (Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la Nación Argentina).

·      Resolución 2065 (XX) de la Asamblea General de la ONU, 1965.

·    Resolución 1514 (XV) de la Asamblea General de la ONU, 1960.

·      Balza, Martín. "A 55 años del último e histórico logro de la diplomacia argentina sobre la cuestión Malvinas". Infobae, 8 de agosto de 2020.

·      Entrevista a Carlos Menem. Diario Página/12, 18 de enero de 1997.

·      Artículo de Caputo D. y Cisneros A., La Nación, 31 de mayo de 2017, pág. 33.

·      Convención Constituyente de Santa Fe, Reforma de la Constitución Argentina, 1994.

·      Testimonios de Carlos M. Muñiz, fundador del CARI.

·      Testimonio de Gabriel Fuks, embajador en Reino Unido (2022), sobre la firma del acuerdo Foradori-Duncan.

·      Entrevistas de Alberto Fernández y Eduardo Duhalde sobre Malvinas (Archivo Presidencia, 2020–2022).

https://www.robertoarnaiz.com/post/alegato-de-soberan%C3%ADa-la-noche-en-que-la-diplomacia-argentina-sacudi%C3%B3-el-tablero-del-colonialismo

Malvinas: La Causa que No Envejece,

Las Malvinas siguen allí. Firmes como un juramento grabado en piedra, obstinadas como el viento que las azota desde que el mundo es mundo. No se mueven en el mapa, pero tiemblan en nosotros: avanzan y retroceden como una ola persistente que nunca deja de golpear la memoria argentina.

Cada promesa diplomática que se deshace, cada acto escolar que despierta un fervor limpio, cada lágrima de un veterano que aún huele la pólvora húmeda de la trinchera, cada madre que escribe el nombre de su hijo sobre una tumba sin nombre… todo eso hace que las islas se muevan. No en el mar: en el alma.

Porque Malvinas no es una geografía. Nunca lo fue. Es una historia viva. Una herida que respira. Una promesa que no acepta jubilarse. Una esperanza que, incluso cuando parece apagarse, vuelve a encenderse con la terquedad de las causas que no conocen el cansancio.

Desde aquel avistamiento de 1520 por Andrés de San Martín —ese primer destello en el horizonte frío— las islas quedaron clavadas en el destino argentino. Siglos de disputa, indiferencia, silencios y tensiones. Una historia que no empezó en 1982 y que tampoco terminó allí. La guerra fue una llamarada, pero la brasa venía de antes y sigue encendida.

Malvinas es resistencia. La resistencia de un pibe de 18 años temblando de frío en una trinchera cavada con las manos. La resistencia de un suboficial que sostiene el ánimo de su tropa con una broma ronca y una mirada firme. La resistencia de un veterano que vuelve a contar lo que vivió —no para glorificarse, sino para que nadie olvide. La resistencia silenciosa de una madre que no pide venganza: pide memoria.

También es ese susurro que atraviesa todo: la flor dejada en el cenotafio sin cámaras ni discursos; el mural de barrio pintado con pintura barata pero orgullo caro; el casco de un obrero marcado con las islas; la pared de un rancho en el norte profundo donde un chico que jamás vio el mar sabe, sin que nadie se lo haya enseñado, que allá afuera hay algo que es suyo.

Malvinas es presente. Es el radar militar que vigila un mar que debería ser nuestro. Las licencias de pesca entregadas a potencias que saquean lo que pertenece al país. Los recursos marítimos drenados mientras algunos fingen que no pasa nada. La ocupación colonial más descarada del siglo XXI, sostenida por la indiferencia del mundo.

Pero Malvinas también es futuro. Porque un pueblo que no abandona lo que es suyo está sembrando —día tras día, generación tras generación— su propio regreso. La soberanía no se improvisa: se construye.

Malvinas late en cada padre que explica por qué "el sur también existe", en cada maestro que enseña que la soberanía no es una frase: es una responsabilidad. En cada diplomático que insiste, en cada historiador que documenta, en cada artista que canta, en cada escritor que escribe, en cada veterano que vuelve a hablar aunque le tiemble la voz.

Y Malvinas mañana… será lo que nosotros hagamos hoy. Será memoria o será abandono. Será causa viva o será postal desteñida. Será legado o será adorno. Pero la historia es clara: los pueblos que honran a sus muertos, que defienden su verdad, que no convierten su dolor en mercancía, son los que finalmente vencen.

Por eso Malvinas volverá. No como un estruendo, ni como un milagro, ni como un capricho del destino. Volverá cuando el país entero esté preparado para recibirlas con justicia, con paz y con memoria. Volverá porque las causas justas no se extinguen: se heredan.

Y mientras sigamos nombrándolas, mientras sigamos recordando, mientras sigamos diciendo "presentes" aunque duela… las Malvinas jamás serán ajenas.

No se pierden. Se heredan. Y una causa heredada por todo un pueblo es una causa que jamás se rinde.

https://www.robertoarnaiz.com/post/malvinas-la-causa-que-no-envejece


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