La historia de Antonino Mastellone simboliza el espíritu de
aquellos inmigrantes que construyeron una Argentina pujante a base de esfuerzo
y fe en el futuro.
Suana incréble, pero fue este antiguo camión de reparto el que le permitió a Mastellano dar su primer salto en el negocio de los lácteos.
Suana incréble.
Suana incréble, pero fue este antiguo camión de reparto el
que le permitió a Mastellano dar su primer salto en el negocio de los lácteos.
En el tranquilo municipio napolitano de Piano di Sorrento,
sobre las colinas que miran al mar Tirreno, nació en 1899 Antonino Mastellone.
Su familia vivía del oficio más noble de su región: hacer queso. En aquellas
tierras de pastos húmedos y cabras persistentes, el queso no era sólo alimento:
era cultura, paciencia, arte heredado. Antonino aprendió desde pequeño a
reconocer el punto exacto de la cuajada, el olor del suero, la temperatura de
la leche tibia al amanecer.
Pero los años de posguerra trajeron hambre y escasez a
Italia. Las oportunidades eran pocas y la juventud tenía las alas cortas.
Antonino miró más allá del horizonte. En 1925, con apenas 26 años y un equipaje
que no contenía más que su saber y su voluntad, decidió emigrar a la Argentina,
como tantos italianos que cruzaron el océano con la esperanza de empezar de
nuevo.
Un inmigrante que trajo queso… y algo más.
Llegó a un país que lo recibió con los brazos abiertos, pero
no sin sacrificio. La Argentina de los años veinte era un territorio de promesas:
un país joven, fértil, que atraía a miles de europeos con la idea de “hacer la
América”. Antonino se instaló en Junín, provincia de Buenos Aires, y consiguió
trabajo en una compañía láctea. Allí aplicó su experiencia artesanal, aprendió
las costumbres locales y observó, con mirada de emprendedor, las carencias de
un mercado todavía en desarrollo.
Tiempo después, consiguió un puesto en un frigorífico. El
dueño, casualmente también napolitano, vio en él no solo un trabajador hábil
sino un compatriota decidido. Según relata el libro La Provincia Ganadera de
Juan Carlos Pirali, ese empresario lo ayudó prestándole una casa en General
Rodríguez, una pequeña localidad que con el tiempo se convertiría en el corazón
del imperio Mastellone. Allí, entre campos y tambos, Antonino comenzó su
proyecto más ambicioso.
Antonino Mastellone, años después de su llegada a la Argentina y con sus sueños ya en marcha.
En octubre de 1929, con una modestia que apenas escondía su
grandeza, fundó su empresa y la bautizó La Serenísima. El nombre tenía una
historia curiosa: durante la Primera Guerra Mundial, una escuadra aérea
italiana llamada “La Serenissima” sobrevoló Viena, pero en lugar de lanzar
bombas, arrojó panfletos con un mensaje de paz. Aquella historia conmovió a
Antonino, que decidió honrarla en su emprendimiento. Su empresa, como esa
escuadra, quería dejar una huella distinta: construir sin destruir.
Al principio, su taller era apenas una habitación con unas
pocas herramientas. Antonino elaboraba ricotta, mozzarella y provolone a mano,
como lo hacía su padre en Sorrento. Luego viajaba hasta Buenos Aires para
venderlos en el puerto y en el barrio de San Telmo, donde los inmigrantes
europeos reconocían en sus productos el sabor de la tierra lejana.
Poco a poco, la clientela creció. La calidad del producto,
la constancia en el trabajo y el boca a boca hicieron el resto. En 1935,
Antonino compró un camión usado para repartir sus quesos. Era un detalle
pequeño, pero marcó el inicio de algo grande: el primer eslabón de lo que luego
sería una flota de distribución propia.
Así, sin grandes capitales, con la fuerza del trabajo y la
fe en su oficio, un inmigrante italiano empezó a construir uno de los nombres
más emblemáticos de la industria alimenticia argentina.
El legado continúa: Pascual, el hijo que soñó en grande.
El destino quiso que Antonino no viera toda la magnitud de
su creación. Murió en 1952, pero dejó a su hijo Pascual Mastellone, de apenas
21 años, al frente de la empresa. Era joven, sí, pero tenía la misma
obstinación y visión de su padre. Su vida se fundiría, literalmente, con la
historia de La Serenísima.
Bajo su conducción, la pequeña fábrica de quesos de General Rodríguez se convirtió en una compañía moderna, innovadora y nacional. Pascual entendió que el futuro no estaba solo en hacer buenos productos, sino en garantizar su calidad desde el origen. Se obsesionó con el control de la leche, con la higiene en los tambos, con la pasteurización. En un país donde todavía era común hervir la leche en casa, él introdujo leche pasteurizada en 1960, marcando un hito sanitario y tecnológico.
Pero no se detuvo ahí. En 1968, impulsó otra revolución:
reemplazó la tradicional botella de vidrio por el sachet plástico, una
innovación práctica, económica y segura que cambió para siempre la forma en que
los argentinos consumían leche. Poco después, inauguró una planta de leche en
polvo y comenzó la producción de manteca propia.
Cada paso era una apuesta a futuro, una inversión en un país
que crecía. Pascual no solo dirigía una empresa; construía una visión. Y esa
visión estaba anclada en valores profundos: trabajo, calidad y confianza.
El crecimiento de un símbolo nacional.
Con el correr de las décadas, La Serenísima se transformó en
mucho más que una marca: se volvió parte del imaginario argentino. Sus envases
aparecían en todas las mesas, su leche acompañaba el desayuno de millones de
familias, sus yogures y quesos se convirtieron en sinónimo de calidad.
El espíritu de Antonino seguía presente: la búsqueda de la
excelencia, el respeto por el consumidor, la fe en la industria nacional. La
empresa creció hasta procesar más de tres millones y medio de litros de leche
por día, incorporando tecnología, investigación y desarrollo.
Pascual entendió también que el progreso requería alianzas
estratégicas. En 1995 firmó un acuerdo con Danone, la gigante francesa, para
producir y distribuir yogures y postres. Fue un paso audaz que llevó a La
Serenísima a un nuevo nivel de profesionalización. Sin embargo, Pascual nunca
quiso perder el control total de la compañía. Defendió el legado familiar
incluso en momentos de crisis, cuando las deudas y las presiones del mercado
pusieron a la empresa al borde del abismo.
A mediados de los '70 la empresa ya estaba creciendo con una fuerza que parecía imparable. La distribución y el transporte, un tema clave para su desarrollo.
Durante los años 80 y 90, Mastellone Hermanos atravesó
momentos difíciles. Las políticas económicas, la inflación y los vaivenes
financieros afectaron sus números. Llegó a entrar en concurso de acreedores y
más de una vez estuvo al borde de la quiebra. Pero, como su fundador, nunca
bajó los brazos. Refinanció deudas, ajustó procesos, reestructuró la empresa y
siguió adelante.
La familia Mastellone nunca entendió el trabajo como un
simple medio de vida, sino como un deber moral: producir, dar empleo, sostener
una industria nacional, construir país.
Una empresa de familia, una historia de país.
El siglo XX vio crecer a La Serenísima junto con la
Argentina. Cuando el país apostaba por su industria y su campo, la empresa
avanzaba. Cuando las crisis golpeaban, resistía. En su camino hubo alianzas
—como la de Danone— y nuevas asociaciones —como la entrada de Arcor en 2015—,
pero su esencia se mantuvo: una compañía con alma familiar y espíritu nacional.
El propio Pascual, que dirigió la empresa por más de 60
años, solía decir que la clave del éxito no estaba en los números, sino en la
gente: los tamberos, los trabajadores, los ingenieros, los camioneros. Aquellos
que, día a día, transformaban la leche en un símbolo de confianza.
Esa red de productores, muchos de ellos familias rurales de
varias generaciones, fue uno de los pilares de su crecimiento. La Serenísima no
solo compraba leche: creaba comunidad. Enseñaba a los tamberos a mejorar su
producción, analizaba la calidad del producto y compartía conocimiento. En un
país donde las distancias eran enormes y los recursos escasos, ese tipo de
colaboración fue clave para el desarrollo de una industria moderna.
De los tambos a la sustentabilidad.
Hoy, casi un siglo después de aquella primera ricotta
elaborada en General Rodríguez, La Serenísima sigue siendo un faro en la
industria láctea. Procesa millones de litros de leche diarios, emplea a miles
de personas y mantiene un vínculo estrecho con las familias que proveen su
materia prima.
La compañía ha sumado, además, una mirada contemporánea: la
sustentabilidad. Su desafío actual no es solo producir más, sino hacerlo mejor.
Implementa programas de energía renovable, reducción de huella de carbono y
bienestar animal; promueve la economía circular y trabaja junto a escuelas técnicas
y comunidades rurales.
A 96 años de su fundación, celebra no solo un éxito
empresarial, sino una historia de perseverancia y trabajo colectivo.
El ejemplo de los pioneros.
En tiempos donde el esfuerzo muchas veces parece olvidado,
la historia de Antonino y Pascual Mastellone recuerda otra Argentina: aquella
que creció gracias a la cultura del trabajo, la innovación y la fe en el
futuro.
Antonino, con su camión viejo y sus quesos artesanales,
encarna a esos miles de inmigrantes que levantaron fábricas, talleres y
empresas desde la nada. Hombres y mujeres que trajeron sus manos y su
esperanza, y encontraron aquí la posibilidad de transformar su destino.
Pascual, su hijo, representa a la generación que tomó esa
herencia y la convirtió en industria moderna, que supo combinar el espíritu
familiar con la visión empresarial. Bajo su conducción, La Serenísima se
convirtió en sinónimo de calidad argentina, un emblema que trascendió marcas y
productos para convertirse en parte de nuestra identidad.
Identidad, futuro y pertenencia.
Hoy, cuando se observa una botella de leche con la etiqueta
roja y blanca de La Serenísima, se está mirando más que un producto: se está
mirando una historia de vida, de esfuerzo y de país. Detrás de cada litro hay
una cadena de valor que involucra a miles de trabajadores, cientos de tambos y
una filosofía que se mantiene intacta: producir con pasión, respetar al consumidor,
creer en la Argentina.
Los Mastellone son el reflejo de una generación que creyó en el poder del esfuerzo y la calidad como motores del país.
La historia de los Mastellone es, en definitiva, la historia
de un país hecho a base de sacrificio y fe en el trabajo. Un país que supo
levantarse una y otra vez gracias a hombres como Antonino y Pascual, que
apostaron por lo propio cuando nadie creía que se podía.
A noventa y cinco años de su nacimiento, La Serenísima no
solo vende leche: vende confianza, historia y continuidad. Es la prueba viva de
que los sueños de aquellos pioneros que cruzaron el mar aún laten en las
fábricas, en las góndolas y en los hogares de millones de argentinos.
En tiempos inciertos, recordar su historia es un homenaje y
una enseñanza: que la Argentina se construye con trabajo, con amor al oficio y
con la esperanza inquebrantable de los que creen que siempre se puede empezar
de nuevo.
Publicado en LA MAÑANA DE NEUQUÉN.







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