sábado, noviembre 15, 2025

PEDRO PABLO ROSAS Y BELGRANO, el hijo que Manuel Belgrano tuvo en secreto y que terminó siendo criado por el mismísimo Juan Manuel de Rosas.

 


EL HIJO OCULTO DE BELGRANO, CRIADO POR ROSAS: UNA HISTORIA QUE CASI BORRAN.

Por Damian Leandro Zanni.
Hay historias que la “historia oficial” prefiere dejar en la sombra.
Una de ellas es la de PEDRO PABLO ROSAS Y BELGRANO, el hijo que Manuel Belgrano tuvo en secreto y que terminó siendo criado por el mismísimo Juan Manuel de Rosas.
Un heredero entre dos mundos: el del prócer ilustrado y el del caudillo del orden federal.
EL AMOR QUE NO QUERÍAN QUE EXISTIERA
María Josefa Ezcurra y Belgrano fueron novios de chicos.
Pero en la Buenos Aires colonial, el amor no siempre decide: ella fue obligada a casarse con un primo español, lejos de Belgrano.
Años después, cuando Belgrano comandaba el Ejército del Norte, María hizo lo impensado:
viajó 45 días a caballo y en carreta para reencontrarse con él.
La historia los volvió a juntar en medio de éxodos, batallas, derrotas y victorias.
Ahí, en Tucumán, nació lo inevitable: un hijo.
Y ese hijo, para protegerlo, tuvo que ser escondido, anotado como “huérfano”, sin apellido, sin padre en el papel.
ROSAS Y EZCURRA: LOS PADRES QUE NO FIGURAN EN LOS LIBROS
Apenas nació, la hermana de María, ENCARNACIÓN EZCURRA, lo tomó en brazos.
Y junto con JUAN MANUEL DE ROSAS, lo criaron como propio.
El chico creció escuchando los sonidos del campo, del malón, de la política criolla… sin saber que llevaba en la sangre la historia grande.
Durante 20 años, creyó ser simplemente Pedro Pablo Rosas.
Hasta que Rosas lo llamó y le dijo la verdad:
“Tu padre fue MANUEL BELGRANO”.
Una revelación que le cambió el destino.
Desde ese día, recuperó su identidad: ROSAS Y BELGRANO.
CRIADO EN LA FRONTERA: EL HIJO DE DOS MUNDOS
Pedro no fue un porteño de salón ni un teórico de escritorio.
Fue hombre de frontera, de lanza y de parlamento con los caciques.
Aprendió a negociar la paz, a contener ataques, a entender el territorio.
Rosas lo puso a cargo de Azul y de toda la relación con los pueblos originarios.
Era el encargado del “NEGOCIO PACÍFICO”: mantener el equilibrio que protegía a los poblados del sur.
Y ahí, sin libros ni discursos, se ganó el respeto de indígenas, gauchos y estancieros.
CUANDO ROSAS CAE, ÉL SIGUE DE PIE
Mientras muchos abandonaban al Restaurador para salvarse, Pedro siguió cumpliendo funciones.
Incluso Urquiza, enemigo de Rosas, lo mantuvo en su puesto.
Y Manuelita Rosas —exiliada en Inglaterra— le escribía cartas.
Eso habla de su lealtad… y también del miedo que generaba su figura.
1852: EL SUR SE LEVANTA Y EL HIJO DE BELGRANO LO COMANDA
En plena rebelión de Lagos, Pedro hace lo imposible:
convoca a los caciques, junta columnas dispersas y llega a reunir 4.500 hombres, más de 1.000 indígenas listos para pelear.
La sola noticia de que Rosas y Belgrano marchaba con los pueblos originarios encendió a Buenos Aires.
Los federales temblaban.
Pero en la Batalla de San Gregorio todo se derrumba:
los caciques de ambos bandos pactan entre sí y abandonan el campo.
Fue una carnicería.
Y a él lo condenaron a muerte.
¿Quién lo salvó? Una carta.
Su hermana, Manuela Mónica Belgrano, pidió por su sangre.
Y Lagos, que lo había conocido bajo Rosas, no quiso matarlo.
PAGÓ SER “HIJO DE ROSAS”: LE SAQUEARON ONCE ESTANCIAS
Después del triunfo porteño, vino la venganza.
El gobierno decidió confiscar todos los bienes de Rosas… y como Pedro era “hijo legal”, también lo arrasaron a él.
Le sacaron once estancias. Once.
Lo dejaron sin nada.
Y encima lo acusaron de conspirador.
Ese fue el precio por haber sido leal, por no haber traicionado cuando todos se daban vuelta.
LOS ÚLTIMOS AÑOS: DERROTAS AJENAS Y FIDELIDAD PROPIA.
En los años finales, Pedro volvió a hacer lo que sabía:
pelear, negociar y sostener la frontera.
Pero lo dejaron solo.
Sus aliados se pasaban de bando, los caciques se retiraban, y él escapaba por tierras donde lo podían matar en cualquier momento.
Después de Pavón, lo tomaron prisionero. Algunos pedían fusilarlo.
Mitre ordenó que no. Tal vez por respeto al apellido.
O porque ya estaba muy enfermo.
Murió en 1863, sin volver a Azul, la ciudad que había defendido toda su vida.

Revisionismo Histórico Argentino. 

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