miércoles, enero 28, 2026

28 de enero de 1977: MUERE BENITO QUINQUELA MARTIN (1890-1977).


28 de enero de 1977.

MUERE BENITO QUINQUELA MARTIN (1890-1977).
El 21 de marzo de 1890, es abandonado en la Casa de Expósitos de Buenos Aires (Casa Cuna), un niño recién nacido, envuelto en una pañoleta, con una carta que dice: “Este niño ha sido bautizado y se llama Benito Juan Martín”. Después de siete años de vivir en el orfanato, cuidado por las monjas, es adoptado por Manuel Chinchella y Justina Molina, dueños de una carbonería en el barrio de La Boca. Años después, aquella criatura abandonada toma el nombre de Benito Quinquela Martín.
Muy poco tiempo va al colegio, pues el padre, inmigrante italiano, lo requiere como ayudante en la carbonería y también le hace compartir su tarea del puerto, hombreando bolsas. En el negocio paterno, en los ratos libres, el muchachito empieza a dibujar, utilizando trocitos de carbón.
A los 17 años, comienza a estudiar dibujo y pintura con Alfredo Lazzari, completando su aprendizaje en la biblioteca del Sindicato de Caldereros. Pero el viejo Chinchella no está de acuerdo con esas inquietudes de Benito y después de una fuerte discusión, éste resuelve abandonar a la familia. Así, durante un tiempo, carga bolsas, para asegurar el alimento por unos días en los cuales no trabaja sino que ambula por el puerto, con su caballete y sus pinceles, atraído vivamente por los barcos, el Riachuelo, su gente… Finalmente, el reclamo de la madre lo regresa al hogar y acuerda un armisticio con su padre.
A los 20 años, expone por primera vez en una sociedad de socorros mutuos de La Boca. Luego, el 4 de noviembre de 1918, realiza su primera exposición individual en la galería Witcomb y ya firma Benito Quinquela Martín.
Criticado por muchos de los críticos prestigiosos de la época. En 1924, el crítico Atalaya (Alfredo Chiabra Acosta) “increpa a Quinquela, quien parece que pinta sus cuadros con gomera, de las que se usan para cazar pajaritos… Su pintura es ruido chillón y gangoso de un jazz-band tartamudeado por un fonógrafo barato”. Se difunde entonces la opinión de que Quinquela se coloca al margen de la plástica, pues “no encaja entre nuestros grandes del academicismo naturalista (De la Cárcova), ni tampoco en el grupo menos universal y más argentino que formaban Cesáreo Bernaldo de Quirós o Caraffa, ni tampoco con la vertiente impresionista en su modalidad europea (Fader)”. “Es que no se puede pintar –afirman severamente críticos y docentes- con absoluto divorcio de lo que se hace en Europa y de lo que entronca con sus escuelas”, así como “no se puede ser distinto”. Allá está “la civilización”, según explicó Sarmiento y allá también la vanguardia artística, la guía orientadora. Así se “lo soslayó plásticamente”, se “lo marginó de la Academia”.
Él, por su parte, continúa expresando su mundo popular La Boca, nutriendo sus cuadros con obreros, barcos, atardeceres… y el Riachuelo siempre. Se apoya en “su” barrio, los vecinos, los changarines, los trabajadores del puerto, todo ese mundo que él “pinta de memoria”, alejado de los dueños de la cultura oficial.
En 1938, abre el Museo de Bellas Artes de la Boca, donde instala su taller. Y en razón de que sus cuadros se venden –a pesar de la crítica- se ocupa de su barrio, a través de una importante acción social: una escuela primaria en el edificio del Museo, un instituto odontológico infantil, un jardín de infantes, una escuela de artes gráficas, un lactario, el teatro de la Ribera y la conversión de un abandonado desvío ferroviario en una calle para el arte popular: “Caminito”.
En 1972, Quinquela es homenajeado en la sala de exposición del Palais de Glace. Muere cinco años después, el 28 de enero de 1977, luego de haberse ocupado con sumo interés en pintar con alegres colores su propio ataúd.
Catorce años más tarde, en setiembre de 1991, el diario Página/12, afirma que “en el Museo Nacional de Bellas Artes se realiza, por fin, una muestra en la que se reúnen sesenta y dos obras de Benito Quinquela Martín, seguramente el más popular de los pintores argentinos. Esa reivindicación tan póstuma como justiciera… cumple en cerrar la brecha de marginalidad académica que sufrió el artista de La Boca”.
Extracto de una biografía de Norberto Galasso en el Tomo I de Los Malditos.
Publicado en Pensamiento Discepoleano.


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