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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

viernes, julio 03, 2026

La historia del Café La Humedad. Tango de Cacho Castaña.

 


UN CAFÉ

UN TANGO
(La historia del Café La Humedad)
Quien no cantó en algún momento el tango que hizo popular el querido Cacho Castaña de uno de los cafés más emblemáticos de la Ciudad de BsAs “ Cafe la humedad, billar y reunión, sábados con trampas que linda función...”
El Café La Humedad estaba en una de las cuatro esquinas de la avenida Gaona y Boyacá, en el límite de Flores Norte. “Era en la ochava que está en diagonal al bar Lumiton, que todavía existe”.
La chapa, modesta y con un enlozado blanco pero ya tirando a gris, estaba clavada una de las paredes de afuera. Con unas letras desteñidas, que alguna vez habían sido azules, todavía se podía leer “Bar El Progreso”. En 1968, sobre los vidrios de una tonalidad ligeramente azulada, la presentación escrita era menos pretenciosa: sólo decía “Café Bar”, sin otro aditamento. Sin embargo, para propios y extraños, aquel lugar no tenía nada que le hiciera honor a ese nombre que aún se adivinaba sobre la chapa en la pared. Para la gente, ese bar era simplemente el “Café La Humedad”, el mismo que Cacho Castaña describió aquel año con “una baladita” que, con el tiempo, se iba a convertir en un “tangazo” de esta Buenos Aires bien tanguera.
Claro que no lucía la misma elegancia de ese local de la otra esquina, donde hasta había un sector para familias y damas que una mampara separaba del salón. En La Humedad no se veían mujeres. No porque su ingreso estuviera prohibido sino porque no se animaban a entrar.
Como bien describe la canción, los vidrios de los ventanales tenían un tono azul, recuerdo de tiempos mejores. Pero las cortinas, que habían sido blancas, ya estaban amarillentas por el sol y oscuras por la falta de jabón. “El baño no tenía puerta y cada vez que llovía casi caía más agua adentro que afuera”, recuerda Cacho. Y completa: “Es más, cuando en la calle paraba de llover en el local todavía seguían cayendo las gotas”. De ahí que el paño verde de las mesas de los billares estuviera siempre húmedo, para hacerle honor al “alias” con el que lo conocían en el barrio.
De acuerdo con los códigos que marcaba la tradición porteña, los dueños del local eran “gallegos”, expresión genérica y “rantifusa” de la Ciudad para designar a todo inmigrante español, aunque fuera extremeño o catalán. El mozo se llamaba Antonio y era uno de los que debía salir corriendo cuando los muchachos de aquella “barra eterna” cometían una de sus clásicas bromas: hacían deslizar las tres bolas del billar por la vieja vía del tranvía que pasaba por Gaona. Con el ligero declive aquellas bolas empezaban a perderse en el horizonte, ante la desesperación del “gallego”.
El final para el Café La Humedad llegó a principios de los años 70. Después hubo una pizzería (algunos recuerdan que se llamaba “La Tuerca”) y una vinería, enfrente de una farmacia. Lo que nadie recuerda es qué se hizo de aquel gato que solía destrozar los cordones de los zapatos de quienes se animaban a sentarse junto a una mesa y pedir un café.
Fte: SECRETA BUENOS AIRES
El bar que vive en un tango
la historia del Café La Humedad Diario Clarin (2013)
comentarios al posteo a cargo de Diego Weinstein.
Historias Perdidas y Encontradas de Bs.As y Argentina.




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