La torta galesa busca consolidarse como patrimonio gastronómico de Chubut.
Nacida como alimento de larga duración durante los primeros años de la colonia galesa en Patagonia, la tradicional torta negra atraviesa un nuevo momento de revalorización. Mauro Giannandrea, referente de una de las familias elaboradoras más reconocidas de la región, trabajan para proteger su identidad y preservar el “saber hacer” que la convirtió en un símbolo cultural del sur argentino.
En Gaiman, hablar de torta galesa no es solamente hablar de una receta. Es hablar de memoria familiar, de tradición patagónica y de un producto que logró atravesar generaciones sin perder su identidad.
Creada por los colonos galeses que llegaron a Chubut en el siglo XIX, la torta negra nació como un alimento pensado para soportar largos períodos de conservación y ofrecer alto valor energético durante los duros inviernos patagónicos. Con frutas maceradas en licores, especias y frutos secos, su elaboración todavía conserva procesos transmitidos de generación en generación.
Para Mauro Giannandrea, referente de una de las familias elaboradoras más reconocidas de la región, parte del renovado interés por la torta galesa tiene que ver con un cambio cultural más amplio. “La gente empezó a volver al origen, a buscar productos regionales, recetas auténticas y sabores que respeten procesos artesanales”, explica.
En tiempos atravesados por alimentos ultraprocesados y producciones industriales estandarizadas, la torta galesa encontró un nuevo espacio dentro de la gastronomía contemporánea. Lo que durante décadas fue un producto profundamente local hoy aparece ligado al patrimonio culinario patagónico y a una manera de producir vinculada con el tiempo, la memoria y el trabajo manual.
Actualmente, productores de Chubut, asociaciones galesas, organismos provinciales y entidades nacionales trabajan en la obtención de una Identificación Geográfica para la torta galesa, una herramienta que permitiría proteger su origen y sus características tradicionales.
“Nos pusimos de acuerdo en qué debe tener una auténtica torta galesa y qué no”, señala Giannandrea. “Puede haber diferencias entre recetas familiares, porque no hay dos tortas iguales, pero existen procesos y características que forman parte de esa identidad”.
Entre esos rasgos distintivos aparecen la maceración prolongada de frutas en licores, la humedad característica de la masa, el perfil especiado y una elaboración que todavía conserva mucho de artesanal. “El ingrediente secreto no es una receta escrita, sino el saber hacer”, resume.
En la fábrica familiar ubicada en Trelew, donde trabajan nueve personas, gran parte del proceso continúa realizándose manualmente. Para la torta galesa Memorable, las frutas se clasifican una por una y la maceración se realiza en cubas de roble, respetando técnicas heredadas de generaciones anteriores.
“El desafío siempre fue crecer sin modificar el producto”, cuenta. “Nosotros adaptamos la fábrica a la receta y no la receta a la fábrica”.
Aunque tradicionalmente la torta galesa estuvo asociada al té galés y a reuniones familiares, en los últimos años comenzaron a surgir nuevas formas de consumo. Desde bocados bañados en chocolate hasta postres con crema y frutos rojos, distintas versiones buscaron acercar este sabor patagónico a públicos más jóvenes.
Sin embargo, para quienes crecieron entre los aromas especiados de la cocina galesa de Chubut, la esencia sigue siendo la misma: una torta pensada para compartirse en momentos especiales.
“Cuando alguien abre una torta galesa aparecen recuerdos, historias y conversaciones”, dice Giannandrea. “Tiene algo muy ligado a la memoria y al encuentro”.
Más de 150 años después de la llegada de los primeros colonos galeses a Patagonia, la torta negra continúa ocupando un lugar singular dentro de la gastronomía argentina: entre tradición, identidad regional y patrimonio cultural.
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