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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

lunes, febrero 23, 2026

23 de febrero de 1927: nace en Villa Cañas (provincia de Santa Fé) Rosa María Juana Martínez, conocida por su seudónimo de Mirtha Legrand.

 

LOS 99 AÑOS DE MIRTHA LEGRAND.

Mirtha Legrand festeja hoy 99 años rodeada de familia y amigos.

  • La Chiqui celebrará con todo su cumpleaños, este lunes 23 de febrero, en la casa de su hija, Marcela Tinayre.

Mirtha Legrand soplará sus 99 velitas en una celebración íntima en Barrio Parque, donde familiares y figuras destacadas del espectáculo argentino se darán cita para homenajear a la histórica conductora. El festejo se realizará en la residencia de su hija, Marcela Tinayre, escenario habitual de los cumpleaños de la diva de los almuerzos.

*** Para otras publicaciones hacer click en etiquetas: Mirtha Legrand.

domingo, febrero 22, 2026

FATE, la caída de un símbolo de soberanía tecnológica.

 


FATE, la caída de una empresa que fue símbolo de soberanía tecnológica.

Construyó calculadoras de vanguardia, que se exportaban, desarrolladas por investigadores expulsados por la dictadura. Su cierre simboliza los embates recurrentes contra la idea de que un país periférico puede desarrollar tecnología soberana.

Por Nora Bär.

En estos días las quiebras de empresas se suceden a ritmo de vértigo. Suman decenas de miles en los últimos dos años; según Fundar, exactamente 21.938. Pero aunque todos son lamentables, algunos representan más que meras noticias económicas. El cierre de FATE (Fábrica Argentina de Telas Engomadas, luego convertida en productora de neumáticos y pionera de la electrónica nacional) es el epílogo de una larga historia y un símbolo de los embates contra un proyecto de país. 

Para entender por qué su desaparición es trascendente, y no solo para sus casi mil trabajadores que quedan en la calle, hay que remontarse a hace más de ocho décadas. A un vendedor ambulante de impermeables en el barrio del Once. A la Segunda Guerra Mundial. A la “noche de los bastones largos”. A una calculadora que sacó del mercado argentino a Olivetti. Y a un ingeniero, entre varios otros, que todavía recuerda aquellos años como la aventura más importante de su vida.

Su fundador, Leiser Madanes, llegó a la Argentina desde Polonia en 1912 como tantos otros a “hacer la América”. Después de trabajar durante años como vendedor ambulante, pudo instalar un negocio en el corazón del Once: la Casa Madanes, cuyo producto estrella eran los “capotines”, impermeables de hule para la lluvia. Pronto comenzó a diversificarse hacia otros derivados del caucho, hasta que llegó la Segunda Guerra Mundial y el caucho se convirtió en un material estratégico que empezó a escasear. Comenzó a procesarlo industrialmente, y en 1940 funda FATE Neumáticos. La primera planta, en el barrio porteño de Saavedra, tenía apenas 1.000 metros cuadrados. "Un detalle importante para percibir esta capacidad del desarrollo tecnológico que anida en el grupo FATE, es que para emprender esta empresa de tiras engomadas, sus hijos se asocian con el ingeniero Horn, que era quien realmente tenía el conocimiento técnico y tecnológico para fabricar las tiras engomad –subraya Bruno de Alto, autor de un libro sobre esta historia–. Cuando se percibe ya, durante la Segunda Guerra Mundial, un problema de provisión de importaciones, los hermanos Manuel y Adolfo Madanes, hijos de Leiser, piensan en el negocio de los neumáticos. Otro punto vital para el crecimiento tecnológico de la empresa fue cuando en 1956 se asocian con la empresa norteamericana General Tire, que no estaba en la Argentina, y hay un proceso de transferencia tecnológica. Esto lo señalo porque es una conducta que se va a ir instalando y creciendo en el grupo en cuanto a cómo crecer a través del conocimiento tecnológico".

“Cuando ellos se iniciaron, no había neumáticos nacionales –cuenta Bruno Massare, editor de la agencia de noticias científicas y tecnológicas TSS de la Universidad Nacional de San Martín, docente e investigador en ciencias sociales, cuya tesis doctoral se centra en FATE Electrónica–. Ellos literalmente crearon una industria, algo muy valioso. Y crecieron a pulmón. Desarrollaron el primer neumático radial del país y en los años setenta, una calculadora de primer nivel; al punto que llegaron a exportarla a Inglaterra, México y Brasil. Fueron, claramente, líderes en América Latina. Y pudieron hacerlo porque era una empresa que apostaba a la investigación en un momento en que eran pocas, muy pocas las compañías que hacían desarrollo de tecnología”. 

El gran salto vino al terminar la guerra, cuando Estados Unidos modernizó su aparato productivo y liberó equipamiento industrial para la exportación. Los Madanes negociaron con empresas norteamericanas, firmaron un convenio de transferencia de tecnología y en 1960 comenzaron la construcción de una nueva planta en San Fernando, en un predio de 65 hectáreas con 47.000 metros cuadrados cubiertos y maquinarias que representaban la más avanzada tecnología disponible. En 1969, fabricaron el primer neumático radial "made in Argentina”, que permitió sortear la escasez del mercado internacional, una revolución tecnológica impulsada por las terminales automotrices. Para ese momento, la planta ya empleaba a 800 personas.

Ese emprendimiento fue fruto de una serie de acontecimientos paradójicos. El 29 de julio de 1966, tres semanas después del golpe de Estado de Juan Carlos Onganía, la policía entró con bastones a las facultades de Ciencias Exactas, Arquitectura, Medicina e Ingeniería de la UBA, y golpeó a estudiantes y docentes que se resistían a la intervención. Muchos investigadores renunciaron o fueron expulsados. Otros emigraron. Manuel Madanes —hijo de Leiser y por entonces a cargo de la empresa— había sido compañero de escuela y era muy amigo de Manuel Sadosky, el matemático que sería luego conocido como el padre de la computación argentina (organizó el Instituto de Cálculo de la UBA y trajo al país la primera computadora en una universidad, Clementina). Tras la “noche de los bastones largos”, Madanes le enviaba dinero para sostener a algunos de los profesionales que habían sido desplazados de la universidad. Según explica Elio Díaz, que fue desde operario hasta gerente y estudioso del caso FATE y coautor del libro Una Experiencia de Desarrollo Independiente de la Industria Electrónica Argentina de Tecnología de Punta, Fate División Electrónica 1969-1976, fue el propio Sadosky quien un día le propuso un cambio de lógica: en lugar de darle dinero, ¿por qué no tomaba directamente a esa gente para trabajar en el desarrollo industrial de la empresa?

Así, Madanes incorporó a investigadores del Instituto de Cálculo, estadísticos, matemáticos, físicos de Exactas. Entre ellos, estaba el astrofísico Carlos Varsavsky, docente e investigador que terminó convirtiéndose en asesor de investigación. Un poco por la visión de estos pioneros y otro por la tragedia de la represión, FATE se convirtió en algo sin precedente en la historia industrial argentina: un ámbito en el que científicos trabajaban en el desarrollo de tecnología de punta.

"En ese tiempo eran muy pocas las compañías que hacían desarrollo de tecnología –destaca Massare–. La Argentina ya entonces tenía recursos humanos muy buenos para investigación, en química, en matemática, en lo que era la incipiente computación. Esa gente, que tenía cargos de investigación en la universidad, termina recalando en FATE”.

La calculadora que doblegó a Olivetti.

El ingeniero Roberto Zubieta, que dirigía un laboratorio de semiconductores en la Facultad de Ingeniería de la UBA, articuló el equipo que haría historia. A través de Carlos Varsavsky, la gente de FATE lo contactó con la idea de que la empresa pudiera realizar algo desarrollado por técnicos e ingenieros argentinos. Zubieta convocó a Pedro Joselevich, ingeniero en telecomunicaciones especializado en electrónica, que por esas cosas de la vida había ingresado al mundo de los sistemas digitales gracias a una beca en Philips. También se sumó Alberto Bilotti, nacido en Bahía Blanca y graduado en la Universidad Nacional de La Plata, a quien Joselevich (hoy de 89 años) describe como "un ingenierazo".

El objetivo era audaz: diseñar y fabricar en el país una calculadora electrónica de punta, usando lo más avanzado de la tecnología disponible. En ese momento, eso significaba la "lógica TTL, transistor-transistor", que era la vanguardia de los circuitos integrados.

"Fue una aventura tecnológica que recuerdo como la más importante de mi vida", cuenta ahora Joselevich, emocionado.  El proceso resultó largo y artesanal: primero diseñaron todo en papel, después construyeron un prototipo cableando manualmente los pines [terminales metálicas conductoras que permiten la conexión eléctrica entre el chip interno y componentes externos] de los circuitos integrados. Cada defecto se corregía, cada componente se ajustaba. “No tenían impresora, así que un colega que había partido a Palo Alto, en Silicon Valley, actuó como embajador técnico y consiguió una de la firma Seiko”, detalla Joselevich, que diseñó la interfaz que permitía que la calculadora la comandara.

El diseño físico de la caja fue otra batalla: se involucraron dos arquitectos expertos en diseño industrial, Silvio Grichener –que había trabajado en Philips de Brasil– y Arturo Montagú. Hubo grandes discusiones, porque hacerla de plástico, en pequeña escala,  resultaba muy costoso. Al final, la caja fue de aluminio. El teclado, al principio importado, luego se integró localmente. El diseño de los circuitos impresos, 154 elementos que había que ensamblar e interconectar, se realizó en Estados Unidos con métodos que Joselevich califica como muy laboriosos.

“La primera calculadora así construida fue bautizada Cifra 311. Tenía 150 circuitos integrados de tercera generación. Y era tan buena que puso en tela de juicio la existencia de Olivetti en el mercado argentino: la superaba tecnológicamente”, afirma Díaz. Así, FATE Electrónica, como fue llamada la división creada para este proyecto, fue creciendo, lanzando nuevas series. Una calculadora científica pequeña, otra en plástico fabricada en grandes cantidades, máquinas de contabilidad, circuitos impresos de doble faz, minicomputadoras. Llegaron incluso a desarrollar el prototipo funcional de una computadora completa.

Esta área de investigación llegó a tener 80 personas. “Para hacerse una idea –subraya Massare–,  en 1976, toda la industria manufacturera argentina contaba con apenas 245 científicos e ingenieros. Un tercio de ellos trabajaban en FATE”.

En 1975, FATE Electrónica —sin contar Aluar ni la división de neumáticos— tenía 860 empleados. Era una empresa enorme desde cualquier punto de vista, pero especialmente si se la mide en el contexto de la industria tecnológica latinoamericana de la época.

“Todo esto se hizo en un entorno político-económico en que el Estado nos ayudaba, permitiéndonos importar los componentes necesarios que no se fabricaban en el país con aranceles muy bajos, pero con el compromiso de FATE Electrónica de integrar cada vez más –recuerda Díaz–. Se hicieron varias series de calculadoras diferentes. Una científica chiquita, una ya con una matriz para plástico, porque las cantidades eran mayores, con una impresora nueva, mucho más pequeña. Después, se empezaron a fabricar circuitos impresos con una técnica muy avanzada. Eso fue un desarrollo tecnológico importante, porque no es nada simple de hacer. También máquinas de contabilidad”.

"La División Electrónica fue una apuesta fuerte y atrevida: encaró la producción escalonada de calculadoras de escritorio y de mano, sistemas contables y finalmente, una computadora argentina. Con el golpe de 1976 todo terminó. Dos arietes derribaron este proyecto de autonomía tecnológica: el fin de las protecciones y medidas de apoyo del Estado que recibió la empresay la apertura económica impulsada por el neoliberalismo del Ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, permitiendo la invasión de calculadoras y computadoras extranjeras que sí tenían apoyo de sus respectivos Estados. Todo agravado con un creciente clima de represión, persecución política y exilio para sus protagonistas", escribe Bruno Pedro de Alto en Visión País.

Durante unos años, fue una alianza entre empresa privada y política pública, algo paradójico, porque ocurrió durante un gobierno que había destruido la universidad. Como señala Díaz, el mismo golpe de Estado que expulsó a los científicos de las aulas, en un rasgo de nacionalismo, permitió el desarrollo tecnológico de la industriaPero el mismo mecanismo que habilitó el crecimiento fue también el instrumento de su destrucción. En 1976, con el golpe de Estado encabezado por Jorge Rafael Videla y la llegada de José Alfredo Martínez de Hoz al Ministerio de Economía, un nuevo esquema arancelario estableció que importar los componentes electrónicos costaría más que importar el producto terminado. De un día para otro, resultaba más barato traer una calculadora completa desde Japón que fabricar una en Argentina. “Todo eso se canceló cuando vino el señor Martínez de Hoz, que impuso aranceles sobre los componentes mayores que los que se aplicaban al producto terminado y la producción japonesa hizo inviable la existencia de FATE Electrónica”, cuenta Díaz

"La producción japonesa hacía inviable la existencia de FATE Electrónica", recuerda Pedro Joselevich con una amargura que no se disipó con los años. Massare coincide en que la ventaja tecnológica que FATE había construido con tanto esfuerzo se perdió de manera abrupta en 1976. No por razones técnicas ni por limitaciones del talento local, sino por un cambio en la idea de país. FATE Electrónica desapareció y el prototipo de computadora que había desarrollado, que podría haber marcado una época, quedó abortado.

Antes de que la electrónica colapsara, FATE había dado otro paso en su diversificación. A partir del asesoramiento de investigadores de Exactas, la empresa había explorado la posibilidad de producir aluminio a partir de tierras de Misiones. Era una ilusión técnicamente costosa. Pero la Fuerza Aérea tenía un proyecto propio de producción de aluminio y Manuel Madanes decidió asociarse. De esa alianza improbable nació Aluar, la única empresa productora de aluminio primario de la Argentina y una de las más importantes de Sudamérica. Con el tiempo, ese terminó siendo el principal negocio del grupo. 

“Podríamos decir que FATE tiene tres historias: sus inicios como fábrica argentina de telas engomadas, la producción de neumáticos, la electrónica, y la productora de aluminio”, resume Díaz. En 2015, FATE fabricaba anualmente más de 15 millones de neumáticos para automóviles, camionetas, camiones, ómnibus, tractores y maquinaria vial. Tras la muerte de Manuel Madanes, el liderazgo de la empresa pasó por una serie de conflictos sucesorios hasta recaer en Javier, nieto de Leiser, que Elio Díaz describe como un hábil empresario, pero sin el espíritu de su abuelo. 

Más allá de los responsables individuales, el cierre de FATE tiene una dimensión que trasciende lo empresarial. Pedro Joselevich lo siente como un duelo. “Un país sin desarrollo industrial es un país para menos gente –afirma Massare–. No se puede vivir solamente de servicios o del agro. Sin industria se pierden capacidades como país, soberanía”. 

FATE es, en este sentido, una demostración empírica de ese principio. La empresa pudo hacer calculadoras porque ya tenía un laboratorio y una cultura de investigación forjados en la producción de neumáticos. Pudo hacer Aluar porque tenía el músculo institucional y el capital humano acumulado en tres décadas de industria y la capacidad de desarrollo tecnológico que había logrado en otra área.

La pregunta que plantea su desaparición no es solo qué perdemos, sino qué queremos ser. Sin políticas que permitan aprovechar el conocimiento y el talento de nuestros científicos, su traducción en industria, en exportaciones, en empleo calificado, en soberanía. Su cierre es el epílogo lamentable de una historia que llegó a mostrar que con políticas públicas adecuadas y talento científico es posible competir en la primera línea de la tecnología. 

*** Publicado en El Destape.

https://www.eldestapeweb.com/sociedad/ciencia/fate-la-caida-de-una-empresa-que-fue-simbolo-de-soberania-tecnologica-20262210651

Mafalda, Felipe, ¡y Bang! y José María Pemán.

 

Quino ya  sea en Mafalda y sus amistades como en las tiras (muchas de ellas sin palabras) son atemporales, vigentes. Con Mafalda y Libertad informadas de lo que pasa en el mundo con un análisis de la realidad. Pero... Pero... Pero... en este caso lo sin tiempo se escapa pues si el lector no sabe de José María Pemán no causa gracia, queda -como se dice- "dando vueltas... (como me pasó...) al igual que Felipe. 
Luego de la busqueda comprende los conocimientos de Quino que manifiesta en sus tiras.

Datos de José María Pemán.


José María Pemán y Pemartín fue un escritor, político y jurista español que se desempeñó como periodista, columnista, dramaturgo, poeta y orador, y adquirió especial prominencia por su actividad política y cultural durante los años veinte, la Guerra Civil y el franquismo.​

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José María Pemán y Pemartín estuvo al frente de la Academia en dos etapas diferentes de su vida. Ocupó los lugares decimonoveno y vigesimosegundo en la lista de directores. 

Primero fue designado director accidental el 1 de enero de 1938 y elegido, posteriormente, el 7 de diciembre de 1939. Ocupó el cargo hasta julio de 1940. Fue elegido, en una segunda ocasión, el 7 de diciembre de 1944 y permaneció en el puesto hasta diciembre de 1947.

Aunque académico electo desde 1936, no pudo tomar posesión de la plaza hasta el 20 de diciembre de 1939 con el discurso titulado Del sentido civil y su expresión en la poesía española. Le respondió, en nombre de la institución, Lorenzo Riber. 

Durante el primer mandato de José María Pemán como director de la RAE salió a la luz la decimosexta edición del Diccionario de la lengua española. Aunque con algunos ejemplares ya impresos en 1936 —antes del inicio de la Guerra Civil—, se publicó definitivamente, con el añadido de una «Advertencia», en 1939.

Nacido en Cádiz el 8 de mayo de 1897, José María Pemán y Pemartín se licenció en Derecho en la Universidad de Sevilla y obtuvo el doctorado en Madrid (1921) con un Ensayo sobre las ideas filosófico-jurídicas de «La República» de Platón. De firmes convicciones monárquicas y católicas, participó activamente en política durante el reinado de Alfonso XIII, la II República, la Guerra Civil y el franquismo. 

Presidió, desde 1960, el Consejo Privado de don Juan de Borbón, conde Barcelona, y en 1981 fue nombrado por el rey Juan Carlos caballero de la Insigne Orden del Toisón de Oro.

En la bibliografía de Pemán están reflejados casi todos los géneros literarios. Poeta desde muy joven —De la vida sencilla, 1923—, dramaturgo de éxito —El Divino impaciente, 1933—, narrador y ensayista —Mis almuerzos con gente importante, 1970—, José María Pemán fue sobre todo un prolífico articulista. Comenzó a publicar en El Debate, en donde uno de sus comentarios, «Nieva en Cádiz», fue distinguido en 1935 con el Premio Mariano de Cavia. Pasó después a las páginas de Blanco y Negro y a ABC, periódico en el que colaboró asiduamente durante medio siglo y que le dedicó un número extraordinario el 20 de julio de 1981, al día siguiente de su fallecimiento.

Entre sus distinciones figuran la Gran Cruz de Carlos III, la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, la Orden del Sol de Perú y la Orden del Mérito de Ecuador.

Pemán murió en Cádiz, su ciudad natal, el 19 de julio de 1981.

https://www.rae.es/academico/jose-maria-peman-y-pemartin

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Datos de Wikipedia.

"Partidario de la monarquía y adscrito ideológicamente al tradicionalismo y el integrismo católico, ocupó puestos destacados en la Unión Patriótica durante la dictadura de Primo de Rivera, de quien era familiar. En los años siguientes obtuvo éxitos en el teatro y militó en Acción Española y Renovación Española, ejerciendo como miembro de la Asamblea Nacional Consultiva (1927-1930) y diputado en las Cortes de la II República (1933-1936).

En 1936 fue nombrado por Franco presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza de la Junta Técnica del Estado (1936-1938), desde donde llevó a cabo la depuración de 16.000 profesores en territorio franquista, varios cientos de los cuales con el fin de ser ejecutados. Como parte de su labor propagandística durante el primer franquismo, contribuyó a definir la idea de la «anti-España» y popularizó conceptos como «Cruzada nacional».​ Tras la Guerra fue presidente de la Real Academia Española (1939-1940; 1944-1947) y procurador en las Cortes franquistas (1945-1946).[​ Hacia el final de su vida asumió algunos postulados del liberalismo conservador, formó parte del Consejo Privado del Conde de Barcelona y fue condecorado por Juan Carlos I con el Toisón de Oro".

sábado, febrero 21, 2026

Los famosos bocaditos Cabsha nacieron en el año 1950, en un garaje de Belgrano.

 


CABSHA: La historia detrás del famoso bocadito del amor.


El creador fue un inmigrante ruso, de apellido Benski, que hacía tiempo se preguntaba cómo era posible que no existiera un producto con esas características. Fue entonces que él mismo creó una golosina revolucionaria para la época: un bocadito de chocolate relleno de dulce de leche.
Tal era la certeza de éxito que tenía, que se aseguró de que el producto fuera imposible de copiar antes de lanzarlo al mercado. Para eso, tuvo en cuenta 3 aspectos. Por un lado, diseñó un bocadito redondo, en vez de rectangular (como era la gran mayoría en aquél entonces). Además, decidió que el envoltorio fuera de aluminio, en vez de celofán. Incluso se encargó de pegar la etiqueta en cada uno de los bocaditos, para que fuera realmente imposible imitarlos.
Los Cabsha fueron un éxito y lo siguen siendo hasta hoy. En la actualidad, la marca le pertenece a Arcor.
Veinte años después de la muerte de Abracha, Dadi Benski y su hija, Federica, fundaron una nueva chocolatería: Vasalissa Chocolatier.






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“MI PAPÁ PERDIÓ TODO CINCO VECES”. 

Huyó del nazismo, hizo chocolates bajo tierra e inventó el bocadito icónico de la Argentina. fue muchas cosas durante su vida, pero siempre encontró en el chocolate la herramienta para salir adelante.

Huyó del nazismo, hizo chocolates bajo tierra e inventó el bocadito icónico de la Argentina.


Abracha Benski fue muchas cosas durante su vida, pero siempre encontró en el chocolate la herramienta para salir adelante.


Después de endeudarse tremendamente, Abracha Benski tuvo que poner en venta uno de sus más grandes tesoros: CABSHA, la empresa chocolatera que fundó en la Argentina a principios de los 50. Era 1984 cuando su hija menor, María Cristina “Dadi” Benski vio el máximo proyecto de su padre alejarse de la familia. “Mi papá contaba que él había perdido todo cinco veces”, asegura a LA NACION.
Y es que, durante su vida, aquel hombre hizo todo para sobrevivir: escapó de Rusia cuando tenía cuatro años, de la casa de sus padres en Rumania cuando cumplió 14, cruzó el Mar Negro para huir del holocausto, logró fabricar chocolate donde nunca nadie antes lo había logrado, y terminó en Buenos Aires, en Belgrano R creando uno de los bocaditos más consumidos del país. “No tenía miedo de volverse a parar”, añade Dadi, su hija. Parecía que no existía golpe que Abracha Benski no pudiera superar, no había problema que él no pudiera resolver con chocolate. Sin embargo, septiembre de 1984 fue diferente.
Benski llevaba varios años conviviendo con diabetes, casi el mismo tiempo que llevaba con Cabsha. El proceso fue lento, pero durante ese año, la enfermedad terminó de consumirlo. No parece haber más que casualidad ante lo que pasó, aun así, aquel septiembre fue inexplicable. “El mismo día que Cabsha se vendió, fue el día que mi papá murió en la cama del hospital”, repasa Dadi.
Abrascha Benski nació a las orillas del río Dniéper, en un pueblo al sur de Kiev, Ucrania, y su familia se dedicaba a hacer caramelos. Eran dueños de una gran fábrica antes de que decidieran huir del país.
Era 1918, la Revolución Rusa se estaba expandiendo y era seguro que la empresa sería un blanco. “Mi papá tenía cuatro años cuando los soviéticos llegaron al pueblo y toda la familia se escapó lo antes posible a Rumania”. Llegaron con muy poco, pero rápidamente lograron instalar una pequeña industria caramelera. Se llamaba Iris y desde el primer momento causó furor en Bucarest. No era tan grande como la original ucraniana, pero permitió criar con lujos a cinco hijos.
Benski comenzó a trabajar muy joven en aquella fábrica. Quería ser independiente, encontrar un camino propio. Así que a los 14 años decidió irse de casa de sus padres, pero nunca se alejó del caramelo. Aprendió todo lo que pudo de allí, sin embargo, después de un tiempo, lo que su familia elaboraba no le era suficiente. Tenía ideas diferentes, nuevas fórmulas, buscaba experimentar con otros sabores. Quería crear algo distinto. Pasaron 12 años para que Benki encontrara en el chocolate la esencia que necesitaba.
Sin embargo, la Rumania de 1940 era muy diferente a la que había conocido en su niñez. La guerra estaba en su puerta y también el antisemitismo. En aquella época, el país era gobernado por Ion Antonescu, un dictador que simpatizaba con el nazismo y que se adhirió al Eje sin dudarlo. De pronto, en aquel país, la comunidad judía era un blanco del Estado. Muchos se escondieron, otros se sometieron al régimen, pero para Benski era claro que había que escapar, así que formuló un plan.
Tuvo la idea de conseguir un velero, navegar al sur, cruzar Turquía y seguir hasta Beirut, en Líbano, que en aquella época parecía un lugar lejano a la guerra y a la persecución. En poco tiempo, Benski logró juntar a un grupo de judíos dispuestos a acompañarlo y servir de tripulación. Habían empacado todas sus pertenencias y tenían un barco en la mira, solo que comprarlo era imposible. Necesitaban causar el menor alboroto posible así que un asalto no estaba dentro de las opciones, la única forma que pensaron era rentarlo con la excusa de pasear por el Mar Negro y luego escapar. “La cuestión es que las leyes del momento no permitían que un judío rentara un barco. Ahí entró mi mamá, que terminó siendo crucial en el plan”, relata Dadi. El nombre de su madre era Nicolitza “Nelly” Georgescu, en aquella época conocida por cantar en un teatro ambulante en Bucarest.
- ¿Por qué su madre fue crucial para el plan?
- Porque mi mamá era católica, nadie iba a sospechar que ella querría escapar. Así que ella fue quien firmó los papeles para rentar el velero.
- ¿Por qué los ayudó?
- En esa época era novia de uno de los chicos que se escaparían con mi papá. Y cuando surgió la idea del barco, apoyó en todo lo que pudo: puso su casa para las reuniones, estuvo durante todos los preparativos, y puso su firma para conseguir el barco. Al final decidió irse con ellos.
En 1940, zarparon 17 personas en un velero rentado llamado “Hoinar”. Dadi no sabe bien cuanto estuvieron en el mar, pero asegura que fue largo y duro. Era una tripulación inexperta tratando de cruzar más de 2000 kilómetros de mar. “Tuvieron problemas desde el inicio. La comida se les llenó de moho y tuvieron que tirarla. Comenzaron a pescar con un hilito y un gancho a la orilla del barco. Habrán agarrado pescaditos que tenían que dividir entre 17. Ahí empezaron las peleas”, describe Dadi.
Estaban desesperados. El hambre provocaba que cualquier problema se convirtiera en una excusa de discusión. Y el único que parecía mostrar templanza era Benski. “Mi mamá estaba con el otro señor, pero fue en ese momento en el que se enamoró de mi papá. Y luego llegaron a Turquía”, explica.
Después de semanas de navegación arribaron al Mar de Mármara, un estrecho que cruza por el centro de Estambul. Turquía era neutral durante la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, siempre mantuvo comercio con Alemania, y aquel paso marino estaba exageradamente custodiado. “Cuando pasaron por allí, los turcos les comenzaron a hacer señas de alerta. Al inicio no entendían que pasaba y no querían parar porque temían que les robaran, pero pronto se percataron que había minas por todos lados”, relata Dadi.
- ¿Cómo lograron salir de allí?
- En realidad se vieron forzados a desembarcar; encallaron. Y en cuanto tocaron tierra, un grupo del ejército turco les robó todo. A las mujeres las separaron de los hombres y estuvieron a punto de violarlas. Sin embargo, un general armenio los detuvo. Aun así los metieron presos a los 17, y sus pertenencias desaparecieron.
En ese momento, el futuro era incierto y el escenario desalentador. Por un lado, podían ser deportados de vuelta a Rumania en donde los meterían presos de por vida. Por otro, podían fusilarlos en algún lugar del desierto, esto era lo que más temían. Estaban atrapados en Estambul, sin pertenencias, desorientados y hambrientos. Lo único que podían hacer era esperar y comer higos, la única gentileza que el general armenio les dio en la cárcel.
- ¿Solo comían higos?
- Eso y algunas frutas más. Estaban hambrientos por su viaje en barco y fue lo único que el ejército les dio. Mi papá comió tantos higos que enfermó. Levantó 40° de fiebre.
- ¿Y no lo ayudaron?
- Se puede decir que sí. Todo recayó en la voluntad del general armenio. Un día, mientras mi papá seguía con fiebre, ese militar decidió llevarlos a la frontera con Siria. Todos pensaban que los iban a asesinar. Sin embargo, al final, los liberaron, y me parece que incluso les dieron un poco de dinero.
Allí, del otro lado de la frontera, el grupo se separó. Después de algunas semanas, Benski y Georgescu cumplieron el plan que habían trazado desde Rumania y arribaron a Líbano.
“Construyó una fábrica de chocolate bajo tierra”
En Beirut, llegaron apenas con la ropa que cargaban. “Habrán tenido un poco de dinero nada más, y lo primero que compraron fue azúcar, que probablemente era de los productos más baratos. Tan solo con eso comenzaron a hacer caramelos en forma de flor. Los vendían a la salida de los cines de Beirut”. Al público les encantaban aquellas flores, compraban montones. Así pudieron sobrevivir un tiempo hasta que un golpe de suerte se cruzó por el camino de la joven pareja.
Una tarde, afuera de un cine, Benski conoció al dueño de una fábrica de caramelos que quedó impresionado con las flores que fabricaban. La empresa se llamaba President, y en el país era una industria enorme. “Mi papá comenzó como un operario más de la fábrica, pero al poco tiempo tuvo una idea que cambió todo: le propuso al dueño inventar una forma para producir chocolate todo el año”, explica Dadi.
En aquella época, Líbano no tenía refrigeradores industriales por lo que solo en invierno se podían fabricar chocolates. Solo había tres meses de chocolates en el país, sin embargo, Benski encontró en una forma de resolverlo. “Mi papá le propuso al dueño cavar debajo de la tierra. Hacer túneles en donde pudieran instalar la fábrica chocolatera”, cuenta Dadi. Bajo tierra, la temperatura se mantenía en 17° Celsius lo que podía mantener al chocolate en forma y sin derretirse. Al inicio, el dueño de President desconfió, pero después de que Benski le explicara el sistema, decidió intentarlo. No pasó mucho tiempo antes de que ejecutaran el plan. “Cuando el dueño se dio cuenta de que el plan había funcionado, no dudó en hacer a mi papá socio de la empresa”, agrega.
Durante la guerra, el chocolate era un producto escaso, especialmente en Europa. El cacao venía de América y existían otras prioridades de comercio, por lo que se convirtió en un lujo. Así que President creció estrepitosamente en esa etapa y a Benski le fue como nunca. Compraron una casa enorme en Beirut que llenaron de lujos, tenían alfombras y autos. Sin embargo, ni Benski, ni Georgescu se sentían seguros en esa ciudad. En 1948, la guerra Árabe-Israelí había iniciado, y Líbano se enlistó para la batalla.
Querían irse lejos de Europa y de los conflictos. Así que decidieron vender su parte de la empresa y marcharse lejos. “Había tres posibles destinos: Estados Unidos, India o la Argentina. Y mi papá tenía un hermano que ya vivía aquí. Él le mandó una carta y le dijo que en Buenos Aires estaban vendiendo una fábrica textil, que, si la compraba, sería un éxito. Así que subieron a un barco y navegaron hasta el Río de la Plata”, repasa Dadi.
“Mi papá siempre volvió al chocolate”.
Desde el inicio, la fábrica textil fue un fracaso. “No estaba completamente limpia, tenía deudas. Mi papá no conocía el país ni la industria textil. Se fundió a los pocos años”, explica Dadi. Fue uno de los golpes más duro de su vida. “Mi mamá me cuenta que, de un día para el otro, mi papá se puso canoso y diabético”, agrega. Había perdido sus ahorros de la chocolatería en Beirut, enfermó y estaba en un país extraño. Pero en ese instante tuvo claridad.
Apenas arribó al país conoció el dulce de leche y la euforia que provocaba en los argentinos. “En esa época no existían muchos caramelos de dulce de leche, así que empezó con eso. Fabricó unos dulces que se llamaban Euskalduna. Me acuerdo que eran unas barritas que se nos pegaban en los dientes”, describe Dadi. Experimentó mucho, pero no encontraba la fórmula que estaba buscando hasta que una noche, Benski tuvo una idea: fabricar una cápsula rellena de dulce de leche con un poco de ron, recubierta con chocolate. La fórmula era sencilla, pero en el país no había nada por el estilo.
Con el dinero que aún tenían rentaron un garaje en una casa de Belgrano R y comenzaron a fabricar los primeros Cabsha a mano. “Yo volvía del colegio directo al garaje. Recuerdo ver a mi papá pegar las etiquetas de papel plateado y colorado con la lengua. Lo hacía una por una. Mi mamá y nosotras lo ayudábamos. Todavía me acuerdo del sabor amargo de ese papel”. En el centro de la envoltura había una mujer rusa cargando dos baldes de leche, haciendo equilibrio. “Mi papá creía en la mujer trabajadora, y la convirtió en el logo de Cabsha”.
El éxito fue casi instantáneo. Los kioscos pedían cada día más chocolates. Pronto no daban manos y lenguas para cubrir la demanda. “Después de unos años, mi papá vendió la casa en la que vivíamos en Vicente López y compró un terreno en Belgrano R que transformó en una fábrica de chocolates y nosotros nos mudamos al lado “. Solo una puerta dividía la fábrica de la casa. El aroma a chocolate y caramelo llegaba varias cuadras a la redonda. “A nuestros amigos del colegio les encantaba ir a casa y ver esos recipientes gigantes con el chocolate dando vueltas”.
Benski estaba fascinado. Pasaba horas agregando cacaos de diferentes países, especias. “Había un intercomunicador entre la fábrica y la casa. Nosotras lo llamábamos para almorzar y bajaba con su guardapolvo”, recuerda Dadi. “También viajaba mucho a ferias. Llegaba a casa lleno de bolsas. Por tres meses, la mesa del comedor estaba desbordada. Nadie podía mover ningún bombón. Nos hacía probar todo, distinguir entre un chocolate fresco y uno viejo. A unos le salían gusanos. Él le sacaba el gusano y nos hacía probar igual”, agrega. Estaba obsesionado con el sabor y con el aroma, con todo lo que podía ofrecer el chocolate.
Parecía que la fama nunca dejaría de crecer. Estaban en todo el país. Cada kiosco tenía montones de bocaditos Cabsha. Incluso había comprado un campo en Costa Rica para producir su propio cacao. Pero la crisis económica de los 70 complicó cualquier intención de expansión, lo cual provocó que Benski tomara una decisión determinante.
A finales de los 70, Benski decide reubicar su fábrica, la renta había subido estrepitosamente y no lograba cubrir con los gastos en Belgrano. “En los 80 había un plan para facilitar la construcción de fábricas en Tucumán. No tenías que pagar impuestos allá. Así que él se adhiere a eso y arma una fábrica modelo. Era una superfábrica. Para lograrlo se endeudó en dólares y ahí vino una gran devaluación”. Además de la crisis, la enfermedad de Benski empeoró.
La vida se le escapaba y sabía que ninguna de sus hijas quería seguir con su empresa, así que optó por ponerla en venta. “Nos amaba y lo que menos quería es irse dejándonos algún asunto pendiente”, cuenta Dadi. Sin embargo, la enfermedad no lo esperó. Comenzó a internarse en el hospital hasta que un día se quedó definitivamente.
Dadi recuerda bien sus últimos días, en septiembre de 1984: “Estaba internado en el hospital. Yo estaba angustiada por la venta de la empresa y por mi padre. Pero él me dijo, ‘Dadita, no te preocupes. Yo soy el hombre más feliz del mundo. Las tengo a ustedes. Quedate tranquila que vamos a volver a hacer chocolate”. Unos días después, Abracha Benski murió en aquella cama de hospital. “La noche anterior a su muerte logramos consolidar la venta de la empresa. No quise decirle nada por la noche porque quería sorprenderlo al siguiente día, prefería que durmiera. Fue en la mañana que nos enteramos que se vendió”, repasa.
Cabsha pasó por varias manos, sin embargo, terminó siendo propiedad de la marca cordobesa, Arcor. Empresa con la que la familia Benski aún mantiene ciertos vínculos.
Veinte años después de la muerte de Abracha, Dadi Benski y su hija, Federica, fundaron una nueva chocolatería: Vasalissa Chocolatier. “De alguna manera cumplimos el sueño de mi papá, y todo fue una casualidad. Yo había estudiado Bellas Artes, me dedicaba a la fotografía, pero una cosa llevó a la otra. A mí se me fueron abriendo puertas que me llevaron al chocolate. Volví a lo que conocí cuando era niña, tal como él lo quiso”.
Por Matías Avramow.
Publicado en Diario La Nación.

  • (Nota de la redacción: este reportaje fue originalmente publicado en febrero de 2023)