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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
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jueves, marzo 19, 2026

Homenaje a Saúl Huenchul: un monumento para el payador que marcó el camino en la Patagonia.

 

Saúl Huenchul, el gran payador de la Patagonia. Foto Jorge Tanos.

Homenaje a Saúl Huenchul: un monumento para el payador que marcó el camino en la Patagonia.

Cientos de vecinos y artistas participaron del emotivo reconocimiento al cantor pampeano. La historia detrás del monumento, su vida sin escuela y el legado de una voz que llevó la cultura criolla a todo el país.

En una jornada cargada de emoción y tradición, la localidad de La Adela, en el departamento Caleu Caleu de La Pampa, rindió un merecido homenaje a Saúl Huenchul, el payador más convocante de la Patagonia argentina.

El sábado, cientos de vecinos, funcionarios municipales, artistas y admiradores se congregaron a la vera de la Ruta 22 para presenciar el descubrimiento de un monumento en su honor, obra del escultor Aldo Beroisa, ubicado en el acceso a La Adela, el pueblo que lo vio nacer y crecer como artista.

Homenaje al gran payador de la Patagonia.

La idea del monumento nació de una anécdota que el cantor y payador Adrián Maggi guardó durante años en su memoria. Durante el acto, Maggi relató con emoción cómo surgió la iniciativa que culminó con este histórico reconocimiento. “Hace muchos años, Saúl tuvo un accidente en Lincoln. Me llaman para reemplazarlo: era al otro día la actuación. Pero primero voy a pasar por el hospital a saludarlo”, comenzó diciendo ante el público.

En aquel entonces, Maggi subió una foto del encuentro a las redes sociales, lo que generó una ola de llamados de radios de toda la región preguntando por el estado de salud del artista. “Una radio de La Adela me dice: ‘¿Cómo está Saúl?’. Y ahí el periodista me dice: ‘Habría que hacerle un monumento’. Y le digo: ‘¿Qué están esperando? Es un hombre grande, es momento de hacérselo ahora’”, recordó, al destacar que aquella conversación quedó grabada en su mente como una asignatura pendiente.

Pasaron los años y la idea siguió dando vueltas en la cabeza del payador. Las conversaciones con amigos como Marcelo Mecina y Héctor Córdoba fueron tomando forma hasta que, en noviembre pasado, Maggi se reunió con el intendente de La Adela para proponerle el proyecto.

“Hablo con Martín Calí, mi amigo. Armamos la reunión con el intendente Federico Moro. Charlamos, tomamos un café y me dice: ‘Sí, yo acompaño’”, narró entre aplausos.

Saúl Huenchul y una vida de película en la Patagonia.

Saúl Huenchul nació el 3 de noviembre de 1947 en la zona rural del departamento Caleu Caleu, en la provincia de La Pampa, hijo de Ponciano Huenchul e Isabel Gatica. Su infancia estuvo marcada por el trabajo duro del campo pampeano: su padre lo envió a trabajar a los apenas 9 años a un puesto del sur provincial, donde aprendió el oficio de peón rural entre caballos, lazos y boleadoras.

Vecinos, artistas y autoridades se congregaron a la vera de la Ruta 22 para participar del reconocimiento al payador pampeano. Foto Jorge Tanos.

Fue en ese entorno agreste donde forjó su identidad de gaucho y trovador, cultivando la cultura del mestizo gaucho en la lucha diaria por la subsistencia.

Lo que hace aún más extraordinaria su trayectoria es que Huenchul nunca pudo ir a la escuela. Sin embargo, su sed de conocimiento lo llevó a aprender por sí mismo a leer, escribir y tocar la guitarra, instrumento que se convertiría en su compañero de vida y en la voz de miles de historias de la Patagonia.

En una publicación del diario RÍO NEGRO, que le dedicó un extenso reportaje en 2019, se destacó que Huenchul “le puso letra y música a la vida en el campo, esa que conocía tan bien sin que nadie se la contara”.

Con más de 50 discos grabados a lo largo de su carrera, Huenchul se convirtió en el artista criollo y payador que más discos vendió en Argentina, un logro notable considerando que, como señaló Maggi durante el homenaje: “Vivir del arte es más difícil que vivir del fútbol. En el fútbol hay 28 equipos en primera con 11 titulares que viven muy bien”.

La escultura de Aldo Beroisa retrata a Huenchul en su faceta de payador, símbolo de la cultura criolla patagónica. Foto Jorge Tanos.

Y agregó: “Del arte payadoril y del canto criollo seremos contados con los dedos de una mano los que podemos vivir de esto. Y don Saúl es uno de ellos, porque él marcó el camino”.

El sábado, cuando comenzaba a caer la noche, el acceso a La Adela se convirtió en el escenario de un momento histórico. El monumento, obra del reconocido escultor Aldo Beroisa, fue descubierto ante un público que no quiso perderse este reconocimiento sin precedentes a uno de los hijos más ilustres de la región. La escultura representa a Huenchul en su faceta de payador, eternizando su figura para las generaciones futuras.

La jornada continuó más tarde en el C.E.C.L.A. (Centro de Encuentros Culturales de La Adela) con un encuentro de payadores que contó con la participación de destacadas figuras del género. Junto a Saúl Huenchul compartieron escenario Pablo “Solo” Díaz, Marcelo Messina, Maximiliano Salas y Camilo Estigarraga, mientras que los cantores Germán Montes y el propio Adrián Maggi completaron el cartel.

Las emocionadas palabras de Saúl Huenchul.

Durante el homenaje sobre la ruta 22, visiblemente conmovido, Saúl Huenchul tomó la palabra para agradecer el gesto de sus compañeros y amigos. Con la humildad que lo caracteriza, comenzó diciendo: “Yo no tengo mucho para decir, porque todos lo han dicho los compañeros. Simplemente mi gran agradecimiento a este grupito de amigos que anda por ahí: Martín Calí, don Héctor Córdoba, que también tiene muchísimo que ver. Cuando levantó la voz Marcelo Mecina, Héctor Córdoba levantó la de él por acá. Y después llegó Adrián. Y entre todos habrán conformado esto, que realmente me contenta mucho el corazón”.

Huenchul también agradeció a los compañeros que viajaron desde distintos puntos de la región para acompañarlo y mencionó especialmente a “Soco”, a quien definió como “uno de los compañeros que yo admiro siempre”.

Pero fue al final cuando demostró por qué es considerado un maestro de la improvisación. Como broche de oro, cerró su discurso con un verso improvisado que resume su arte y su agradecimiento:

“Voy a despedirme en rima,
y al Gaucho Adrián le agradezco este arte payadoresco,
tiene bajo y tiene cima,
y aunque no suena la prima, algo les quiero decir:
la vida es ir y venir,
y en un momento preciso como este es un compromiso,
gracias, gracias que les quiero decir”.

Un legado que trasciende generaciones: Saúl Huenchul.

Adrián Maggi cerró su alocución con una reflexión que resume el sentido profundo del homenaje: “¿Por qué el homenaje? Porque es un ejemplo para la generación que está atrás de él. Hay que respetar y honrar a la generación que nos precedió”.

También destacó que no hay que esperar para reconocer a los grandes maestros: “Estamos esperando para homenajear a los abuelos”.

El payador subrayó la importancia de figuras como Huenchul como embajadores culturales de sus pueblos: “Muchas veces el pueblo es conocido por el artista. Es un embajador, más allá de ser la voz de la Patagonia”.

El monumento a Saúl Huenchul no solo representa un reconocimiento a su trayectoria artística, sino también un testimonio perdurable de que la cultura del payador sigue viva en la Patagonia. “Él marcó el camino. Es uno de los abuelos que marcó el camino. Nos dijo: ‘Es por acá’. Y nosotros tenemos que honrarlos, seguir ese camino”, resumió Maggi.

Al finalizar la jornada, el público despidió a Saúl Huenchul con una ovación de pie y el grito unísono de “¡Gracias, Saúl!”. El payador, con su sombrero calado, sonrió como quien sabe que la vida es ir y venir, pero que algunos momentos —como este homenaje en su tierra— quedan grabados para siempre en el corazón de la Patagonia.




Fotos Jorge Tanos.

Publicado en Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/sociedad/homenaje-a-saul-huenchul-un-monumento-para-el-payador-que-marco-el-camino-en-la-patagonia/

MOMENTO MUSICAL.

LA YAPA.

Alfredo Contizanetti de Villa Regina quién desde hace años cultiva 
el folclóre argentino.
Foto en el monumento a Saúl Huenchul.

jueves, noviembre 28, 2019

Saúl Huenchul: la vida de película del payador más convocante de la Patagonia.-

Con 73 años y 52 discos, le puso letra y música a la vida en el campo. Su padre lo envió a trabajar a los 9 a un puesto del sur pampeano y aprendió solo a leer, escribir y tocar la guitarra. El trovador que no pudo ir a la escuela va a la universidad: hoy, en Roca, dará un concierto con estudiantes de Música del Iupa, que ya produjo un documental sobre su historia.
Aquí trabajó de chico, en estas 2780 hectáreas en la margen norte del río Colorado, envuelto en la polvareda eterna que levanta el viento en las huellas del sur pampeano, entre las espinas de los alpatacos y los terneros que ahora se asustan con las chatas y antes con las carretas en la ruta 34, ancha y de tierra como entonces. En 1955, mientras la radio traía el eco trágico de las bombas que caían en Plaza de Mayo para derrocar a Perón, su papá lo mandaba al campo de Giménez, que lo puso a cuidar las chivas. “Tenía que salir a pastorearlas. Era chivero. Y hacía de todo. ¿Vio cuando al muchachito se lo da, se lo presta? Tiene que hacer de todo”, cuenta y se acomoda el sombrero para que no se vuele en esta soleada tarde de mediados de noviembre, mientras dos cueros de vaca se orean sobre los palos y Lucho y Chacarero mueven la cola y ladran contentos porque el patrón salió a saludarlos. Más tarde lo acompañarán cuando vaya a buscar a los toros, las vacas y los caballos.
Eso será cuando caiga el sol: entonces le ganará la cuerda a los más ariscos al volante de la rural bordó de más de un millón de kilómetros y les cerrará la tranquera antes de que puedan reaccionar, iluminado por las estrellas que brillan en la noche pura, aunque para disfrutar de ese privilegio deba pagar el precio de no tener electricidad, ni gas y hacer 40 km para tener un poquito de señal.
Tenía 9 años la tarde en que su papá le dijo que a la mañana siguiente saldrían juntos rumbo a lo de su compadre. Y así fue nomás: don Ponciano Huenchul y su hijo Saúl partieron al alba, los dos a caballo bordeando el río desde el lote 7 hasta el puesto donde el pequeño gaucho se quedaría a trabajar. No había vueltas con eso, ni una mínima chance de hacer la primaria en la escuela de Puelches, a 80 kilómetros, aunque le hubiera gustado y mucho. Estuvo hasta los 11 sin ver a sus padres y a sus ocho hermanos. Un día se decidió, agarró un caballo, volvió. “Extrañaba a mi familia”, recuerda. Pasó una semana y no hubo caso: su papá lo mandó de vuelta a lo de Giménez. Aguantó apenas una semana más y se volvió otra vez.
Estuvo los tres años siguientes en campos de Río Negro y La Pampa, siempre de peón, cerca del río que divide a las dos provincias, cuando los pumas y los zorros aún no habían desterrado a las ovejas y las chivas. Y si era necesario, buscaba refugio en lo de su tía Francisca, que siempre le abrió la puerta y le dio una cama y un plato de comida. Un día, recuerda cada detalle, su primo Poroto apareció con una radio celeste, larga, finita y a pila, que traía envuelta en un poncho: la había cambiado por un novillo. Cuando enganchaba la onda, las milongas, los tangos y los chamamés lo transportaban a otro mundo, uno que lo hacía soñar.
A los 15, la polvareda que levantaba esa tropilla que se acercaba al río en un amanecer fue como una aparición, un mensaje. No tardó mucho en ir a ver a sus padres y decirles que se iba, sin rencores ni pedidos de explicación. “Yo lo entiendo a mi padre, era buena gente. Y mamá, Isabel, un ser maravilloso”, dice. Salió a campear y eligió un overo y un colorado mansos y leales que lo llevarían lejos.
A los 73 años, 52 discos después, es dueño del campo donde pastoreaba a las chivas de chico. ¿Qué pasó en el medio durante su larga aventura? Para buscar una respuesta hay que seguir el camino del payador que cerca de los 30 se decidió a ponerle música y letra a la vida en el campo, esa que conocía tan bien sin que nadie se la contara. Este es el rastro de don Saúl Huenchul, un mestizo de pura cepa con sangre mapuche y criolla en las venas, de ojos verdes y pelo castaño largo, palabra calma y precisa, bombacha gaucha, alpargatas, camisa a cuadros, pañuelo y facón en la espalda, puro orgullo campero para pintar su aldea y así al mundo.
Un hombre que puede pasar meses solo en el campo y procurarse comida, agua, guarecerse en las noches a cielo abierto, curarse con las plantas, es alguien que tiene mucha sabiduría. Es un artista libertario que describe el mundo campero como solo él puede hacerlo".
Néstor Ruggeri, director y guinista de "Polvareda de un trovero"
El arte de improvisar.
Anduvo aquí y allá en su montura hasta que entró como mensual en la estancia El Águila, entre Río Colorado y Guardia Mitre, donde lo trataron tan bien como en tantos otros lugares en todo este tiempo, una solidaridad gauchesca que lo animó a seguir: siempre hay alguien dispuesto a dar una mano en el campo. Supo de la soledad del puestero, de esquilar con tijera y más rápido cuando apareció la máquina, del puchero de gallina día tras día, de usar el lazo y las boleadoras cuando hiciera falta, de curarse con yuyos, de dormir a la intemperie, de encontrar donde guarecerse en la inmensidad del norte de la Patagonia. Y de disfrutar de la compañía de la radio, de esos cantores que hablaban de cosas que le pasaban a él.

Un fin de año se le acercó un compañero a charlar, Paulino Fortunato Vita, acaso para sentirse menos solos. “Somos amigos hasta hoy”, cuenta don Saúl y señala una foto con él en la pared, cerca de las de sus cuatro hijos, de la guitarra y el estuche (no conviene guardarla le dijo un profesor), la valija para la ropa, la otra más grande en la que lleva casetes y discos compactos que vende tras sus presentaciones y las muletas que usó para recuperarse de un accidente hace casi dos años, cuando se le vino encima esa camioneta que no pudo eludir en una rotonda camino a una presentación en Arenaza, en el noroeste bonaerense.
“Parece mentira compañero, tantos años han pasado”, dice don Saúl y evoca aquella vez que fueron juntos con Paulino a ver a una yunta de payadores en un boliche del pueblo. Recuerda bien lo que pasó esa noche, a esos dos hombres que se sacaban chispas con respeto, las milongas y esas rimas que le impactaron tanto. Y el detalle más importante: “Improvisaban, eso me llamó mucho la atención, porque en la radio no te dabas cuenta”. No sabía aun que esa noche empezaría a seguir la huella de su don. Pero para eso haría falta aprender a leer, a escribir, a tocar la guitarra.
Todavía conservaba en el bolsillo el papel con las cinco vocales que le había escrito la tía Francisca cuando partió. “Las consonantes las aprendí con los títulos de los diarios. Y de a poquito empecé a escribir”, recuerda. Paulino le enseñó a tocar el mi menor en la guitarra. Ya estaba en el camino, pero no fue rápido el trayecto. “Hasta que tuve que decidir si seguía en el campo o salía a bolichear. Elegí salir a bolichear”. ¿Le dio miedo tomar esa decisión? “No, sabía que si me iba mal podía volver al campo, cualquier trabajo bruto yo lo podía hacer. No hay que andar temblándole a la vida”.

El boliche de Cachín

En Bahía Blanca, el primero que le abrió la puerta de su boliche para que se presentara en soledad fue Cachín Méndez, un boxeador que supo ser campeón argentino de los plumas. “¿Por qué? No sé, por ahí porque él también sabía lo que era rascar la moneda”, cuenta don Saúl. ¿Y cómo cantó? “No me acuerdo, pero seguro que mal. Yo era un mal cantor, entraba a destiempo. A veces pienso que me hubiera gustado formarme, aprender a cantar, a tocar la guitarra. Pero una vez que salí a la ruta me quedé sin tiempo”, cuenta. Con los años eligió dedicarse a la payada, a integrarse al circuito de las fiestas populares, a circular por los boliches, gimnasios, sociedades de fomento de pueblos y parajes, aguzando la intuición para detectar qué quería la audiencia, hasta llegar a ese punto alto tan buscado: el del público respetuoso que escucha en silencio y saborea las letras con unción.
Decidió también ser el dueño de su producción, sin mezclarse con las discográficas. Se encargaba de contratar a la grabadora y se iba de gira con una pila de casetes y después discos compactos en la valija grande negra. “Los dejaba en consignación en las estaciones de servicios y los almacenes”, relata. O los vendía en una mesita o parado después del espectáculo, mientras se armaba la fila para sacarse la foto. No era difícil encontrarlo: siempre estaba en el medio de la admiración de mucha gente.
“Con toda esa plata que ahorré pude comprar el campo”, dice ahora, mientras se arrima a la alambrada que está terminando de instalar a un par de kilómetros de la casa y a metros de un brazo del río Colorado, que corre con fuerza mientras el viento sopla y el cielo se nubla. Lucho y Chacarero ladran con los ojos fijos en la isla de enfrente. “Se escuchan a las crías de los chanchos jabalíes, ahí no hay nadie, están tranquilos”, explica bajo un sauce don Saúl, que nació cerca de aquí y nadaba de chico en estas aguas: “A dos leguas río arriba estaba el puesto, en el Lote 7 vine al mundo yo”.

El Picazo

Así se llama su campo. En el acceso en la ruta 34 hay un disco de arado y en el medio el dibujo sobre la chapa de un caballo brioso y negro, que levanta la pata delantera derecha como aquella vez hace tantos años, cuando pisó mal en una vizcachera y don Saúl se fue de lomo contra los troncos. No sabe cuánto tiempo estuvo tirado inconsciente, pero sí que el Picazo estaba ahí cuando se despertó dolorido, que se agarró primero de la pata y después de la larga crin. Logró montarlo y el caballo lo llevó hasta el puesto. “Era un hermoso animal. Lo extrañé mucho cuando se fue”. 
Como tantas cosas que pasaron en su vida, El Picazo tiene su canción. “Ahí estaba el aparcero, con la rienda y sin apuro, esperándome seguro, como lo hace un compañero”, dice la letra, fiel reflejo de ese mundo de las métricas que lo apasiona y perfeccionó hasta el extremo. Ahí, en la punta de la mesa, al lado del cuaderno donde escribe con birome y del cepillo con el que repasa el sombrero, están los libros y el diccionario de antónimos y sinónimos donde tantas veces busco inspiración o se sacó alguna duda.
Payar es un desafío. En especial con uno mismo. Pero siempre digo que si lo que uno hace le va a sacar una sonrisa a un puestero solitario, todo esto vale la pena. "
Y si antes los temas estaban solo en casetes y cd’s, ahora están todos en Youtube, una movida de compilados ya fuera de su control: solo las cinco recopilaciones más vistas de sus canciones suman tres millones de reproducciones. “Ahora es así”, comenta, acaso con la resignación de una batalla que no se puede ganar. “Igual algo se sigue vendiendo”, agrega esperanzado. Desde Sin pulir, su primera placa, a Entre Don Juan y Lorenzo, la última, lleva 52 discos. Entre las canciones que vienen en el próximo, paladea otra sobre el oficio del payador.
Si la inspiración existe pero te debe encontrar trabajando, como aconsejaba Picasso, don Saúl sabe exactamente de qué se trata. Pero, como todo, lo dice a su manera: “Se trae el don, pero hay que laburarlo también”, reflexiona y se ríe cuando piensa la respuesta a la pregunta que sigue, esa de si es cierto que las chinas más lindas siempre eligen a los payadores.  “No, acá no quiso venir ninguna”, contesta y larga una sonrisa plena. Ya es tiempo de ir terminar de alambrar, de buscar a los animales con Lucho y Chacarero, de aprontar las valijas para el próximo viaje, cuando el payador que no pudo ir a la escuela salga otra vez a dar cátedra por las rutas de la Patagonia. 
Nació el 3 de noviembre de 1946 al norte de la provincia de Río Negro, en una zona de campos fiscales cercanas al río Colorado.
La población más cercana, Gobernador Duval, en el sur pampeano, está a 50 kilómetros.
Su papá, Ponciano Huenchul, era mapuche. Su mamá Isabel del Carmen Gatica, tenía ascendencia española. Eran 9 hermanos, 3 varones y 6 mujeres. Lo anotaron en el Registro Civil el 25 de enero de 1947.
El primer disco "Sin Pulir". El último, Don Juan y Lorenzo.
Las cinco compilaciones de temas suyos más vistas en Youtube suman tres millones de reproducciones.
A los nueve años su papá lo “prestó” a una familia de puesteros para que trabajara allí. Estuvo dos años sin ver a su familia. A los 11 volvió solo para vivir con ellos, pero su papá lo volvió a llevar. Solo aguantó una semana más.
Hasta los 15 estuvo trabajando en campos cercanos a uno y otro lado del río Colorado.
A esa edad fue a ver a sus padres y les dijo que se iba. Partió con dos caballos y entró como mensual a la estancia El Águila, entre Río Colorado y Guardia Mitre.
Su amigo Paulino Fortunato Vita le enseñó a tocar el mi menor en la guitarra. Empieza componer las primera octavillas.
Recién a los 30 años decide a dedicarse a la música. “Sabía todos los trabajos brutos del campo. Si me iba mal podía volver. No hay que andar temblándole a la vida”.
El primero que le abre la puerta de su boliche fue el boxeador Cachin Mendez en Bahía Blanca. “Desde entonces me dediqué a bolichear. Aunque ahora me gusta quedarme un poco más en el campo”.
Con lo que ganó con sus espectáculos y la venta de sus casetes y CDs, que dejaba en consignación en estaciones de servicio y almacenes compró las 2780 hectáreas donde supo trabajar de chico en el sur de La Pampa.