Del americanismo en Alfredo L. Palacios.
Propulsor de la primera ley laboral argentina en los albores del siglo XX y de una parte importante de la legislación del trabajo aún vigente, el nombre de Alfredo L. Palacios persiste como el de mayor prestigio entre los legisladores constructivos que tuvo en su historia el Congreso Nacional.
Murió el 20 de abril de 1965 en Buenos Aires y a ocho días de ello irrumpían los marines en la República Dominicana, en lo que fue la segunda invasión yanqui a la tierra primada de América (la primera invasión que duró hasta 1924, había ocurrido en 1916, cuando presidía el país antillano Juan Isidro Jimenes, sustituido a poco por el doctor Francisco Henríquez y Carvajal, padre de don Pedro Henríquez Ureña y de su hermano Max, embajador de su patria en la Argentina entre 1945 y 1946).
Sin ser tentados en esta ocasión por el género de la historia alternativa o contrafáctica con exponentes como Charles Renouvier, autor en 1876 de Ucronía; o más cercano: Roger Caillois con Poncio Pilatos: el dilema del poder e incluso nuestro Adolfo Bioy Casares con su cuento “La trama celeste”, no exige demasiada imaginación suponer qué actitud hubiera tomado y qué denuncia al imperialismo habría elevado al mundo quien fue en 1904 electo como primer diputado socialista de América por la popular barriada de La Boca.
HETERODOXIA.
Porque en Palacios, como en Manuel Ugarte, su correligionario, amigo y también alguna vez su casi contendiente en un duelo que detuvo Juan B. Justo, se reunían en algo que implicaba en los inicios del siglo XX una heterodoxia en el dogmatismo de las izquierdas europeizadas y ajenas al dispar tratamiento de la cuestión nacional debatido entre Lenin y Rosa Luxemburgo: la conciliación del socialismo proletario con el nacionalismo a secas.
Ello al entender uno y otro lo imprescindible que era para repúblicas como las nuestras, con sus capas más humildes empobrecidas, tomar sus decisiones políticas sin injerencias extranjeras o extranjerizantes, propendiendo a la defensa soberana de las riquezas naturales de los Estados de nuestra América con el arma de la integración respetuosos de sus autonomías; es decir tender al americanismo capaz de hermanar los países aquí no muy visualizados un siglo atrás, salvo excepciones, por la dirigencia oligárquica nativa.
No en vano Palacios presidió la Unión Latinoamericana fundada en 1925 por José Ingenieros como respuesta al panamericanismo promovido por Teodoro Roosevelt. De la Unión Latinoamericana formaron parte desde su creación: Carlos Sánchez Viamonte, Deodoro Roca, Aníbal Ponce, Manuel Ugarte, Julio V. González, Julio R. Barcos, Carlos Amaya y Gabriel del Mazo.
NUEVA PLUTOCRACIA.
En la década del veinte de la pasada centuria, ya finalizada en 1918 la Primera Guerra y elevados los triunfantes Estados Unidos a potencia mundial, consolidaron su influencia sobre las naciones situadas al sur del Río Bravo, incluso más allá de lo que siempre consideró el país del norte su patio trasero: México, el Caribe y la América Central, haciendo vislumbrar proféticamente por ejemplo a Ugarte y en mucho a Palacios, cómo buscaba su plutocracia ir suplantando a Inglaterra de la posición dominante que en el plano económico mantenía en el sur del Continente. En tal sentido advirtió bien el segundo: “Estados Unidos no vendrá hasta nosotros con acorazados ni con ejércitos: vendrá con su política financiera, que limita la soberanía nacional o compromete la independencia.”
Palacios, cuando pocos en la Argentina conocían su nombre y su gesta heroica, a excepción de Hipólito Yrigoyen y por supuesto de Ugarte, alzó la voz por el patriota nicaragüense general Augusto César Sandino y por la Nicaragua convertida en un protectorado yanqui en 1911. De esa solidaridad militante que se expresó desde la Unión Latinoamericana, da cuenta su libro Nuestra América y el imperialismo yanqui publicado en Madrid en 1930. Con el devenir del siglo y consecuente con la relación discipular entablada desde largo, no es casual entonces que quien fuera su secretario particular entre los años 1946 y 1951: el periodista y escritor Gregorio Selser, haya sido el autor de la obra tan difundida y reeditada en la tierra de Rubén Darío: Sandino, General de Hombres Libres.
Por otra parte, en su conferencia sobre el americanismo que había pronunciado siete años antes, el 31 de julio de 1923 en el Ateneo del Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, historió con elogio el Congreso de Panamá de 1826 impulsado por Simón Bolivar al que junto a San Martín, O’ Higgins, Monteagudo y Pueyrredón llamó: “Héroes de la solidaridad continental”.
MEJOR IBEROAMÉRICA.
Algo a destacar cuando se menciona “Latinoamérica” es que sin duda nuestro prócer civil advirtió pronto lo dudoso del término, que si bien lo originaron en el siglo XIX figuras de la cultura hijas de estas tierras como el chileno Bilbao y el colombiano Torres Caicedo, le vino como anillo al dedo a Napoleón III para sus sueños imperiales sobre México y su aventura con el Archiduque Maximiliano de Austria que terminó en tragedia para el antiguo habitante del castillo de Miramar en Trieste.
Atento entonces a la dudosa significación de la palabra “Latinoamérica”, en 1960, Palacios dio a conocer un libro con el siguiente título: Masas y élites en Iberoamérica; donde ajeno a la leyenda negra y tampoco embobado con la leyenda rosa, muestra una alta cuota de hispanismo además de revalorizar el papel cumplido por los caudillos federales en nuestras guerras civiles, apartándose en buena medida de la historiografía liberal que lo había nutrido en su juventud.
HISPANISMO.
Sucede que no hay sano americanismo sin algún condimento de hispanismo. Al respecto referiremos aquí un hecho que conocimos en la niñez de primera fuente. En 1964, un investigador del pasado y profesor de historia graduado en la Universidad de La Plata cuya presidencia había ejercido Palacios entre 1941 y 1943: Efraín H. Gómez Langenheim, dio a conocer una iniciativa elogiada en su momento por figuras de la talla del ex canciller Enrique Ruiz Guiñazú, el historiador Enrique de Gandía o el sacerdote salesiano, filólogo y miembro de la Academia Argentina de Letras, Padre Rodolfo M. Ragucci.
Se promovía allí que en la isla de Watling, en las Bahamas británicas, primera tierra pisada por Colón a la que bautizó San Salvador, se homenajeare a España, izándose para las generaciones la bandera rojigualda y creando una universidad de estudios colombinos y americanos. Aunque el autor conocía desde joven a Palacios, debido al vínculo que había sostenido con sus padres, no advirtió acercarle ese trabajo. Pero su madre y nuestra abuela materna, Flora García Black de Gómez Langenheim, una escritora y periodista que firmaba sus colaboraciones literarias en La Nación, La Prensa, Caras y Caretas y otras publicaciones con el seudónimo “Carmen Arolf”, a poco jubilada como redactora del diario católico El Pueblo -fundado en 1900 por el sacerdote redentorista alemán Federico Grote, religioso con quien en su primera juventud colaboró el después líder socialista memorado-, le hizo saber a quien era entonces nuevamente diputado nacional por la Capital, la existencia de esa iniciativa, que el legislador se interesó en conocer, rubricando el diálogo con las palabras: “Yo soy hispanista”.
Claro que por tomar citas de su mencionado libro Masas y élites en Iberoamérica, su hispanismo enraizaba en Juan de Solórzano Pereira, el jurista que en su Política Indiana asentó: “Pero los indios no quedan por esclavos ni aún por vasallos de los encomenderos y solo reconocen al Rey por señor, como los demás españoles”. Y ello fiel al mandato de las Leyes de Indias: “No se encomiendan los indios, sino los tributos”.
Y también fundaba su amor por la Madre Patria en la Recopilación –Ley 23, título X, libro VI- dictada con motivo de los malos tratos recibidos por los naturales y la enérgica consigna del monarca Carlos II: “Quiero que me deis satisfacción a mí y al mundo del modo de tratar esos mis vasallos y de no hacerlo, con que en respuesta de esta carta vea yo ejecutaos ejemplares castigos en los hubieren excedido en esta parte.”
Y ciertamente en los desvelos de Fray Bartolomé de las Casas, defensor de los naturales en el siglo XVI. O de Jorge Juan y Antonio de Ulloa que en el siglo XVIII informaron a Fernando VI “sobre la miserable, infeliz y desventurada suerte de una Nación que sin otro delito que el de la simplicidad, ni más motivo que el de una ignorancia natural, han venido a ser esclavos.”
SOLIDARIDAD.
El 5 de abril del año en curso dimos a conocer en La Prensa el artículo “Convergencia entre opuestos”, donde tratamos sobre la común admiración y solidaridad que despertó tanto en el socialista, como en el nacionalista católico Juan Carlos Goyeneche, la figura mártir del dirigente independentista puertorriqueño, la más notoria del Partido Nacionalista de Puerto Rico creado en 1922 por José Coll y Cuchí: el doctor Pedro Albizu Campos.
*** Publicado en LA PRENSA.
https://www.laprensa.com.ar/Del-americanismo-en-Alfredo-L-Palacios--575027.note.aspx


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