PASÉ A SER UN DESAPARECIDO.
(Fragmento del libro 'Crónica de una vida. Memorias' de
Hipólito Solari Yrigoyen).
"Fui secuestrado el 17 de agosto de 1976 en mi casa de
Puerto Madryn. Recuerdo la fecha con exactitud pues es el día del Libertador
San Martín. El operativo ilegal lo hizo una comisión militar. Serían las 2 de
la mañana cuando una perra que dormía al lado de mi dormitorio me despertó con
sus ladridos y sentí que sonaba el timbre. Me levanté y fui a una ventana del
primer piso que da al jardín del frente de la casa y vi que mi domicilio estaba
rodeado de militares con uniformes de fajina y de varios vehículos.
Los procedimientos, llamados arbitrariamente
“antisubversivos”, para intentar justificar la ilegalidad, los hacía el área
represiva 536, con base en Trelew, que estaba a cargo de un mayor del ejército.
Uno de los militares que intervino en el operativo del que
fui víctima, dijo ser capitán del Ejército y que venía a traerme un radiograma.
Por el contexto de terror, que entonces se vivía, tuve conciencia que me
esperaban momentos muy graves y que mi vida estaba en peligro. Descendí a la
planta baja y abrí la puerta. Me dispararon un tiro y fui consciente de que la
bala me había rozado la frente.
Este disparo fue registrado por la policía de Puerto Madryn
que encontró la cápsula de la bala y constató el orificio en la pared. De
inmediato, unos hombres uniformados se me tiraron encima. Me ataron de pies y
manos, las manos por detrás, lo que no tardé en aprender que es un tormento que
provoca un gran sufrimiento. Me amordazaron, vendaron los ojos y encapucharon.
Me dieron una inyección que no se de que era pero que no me durmió ni me trajo
sosiego en el inicio del calvario que empezaba a vivir. Todo el procedimiento
se hacía amparado por la oscuridad, pues mi casa estaba apartada, era la última
del pueblo, con calles de tierra y sin faroles de luz.
Como había sido senador nacional y vicepresidente del Bloque
U.C.R. hasta el Golpe del 24 de marzo, nunca quise pedir que se me dieran esos
servicios para que no se pensara que solicitaba un privilegio personal.
Tampoco, por la misma razón, tenía teléfono; la empresa que daba el servicio
era entonces estatal. Entre el momento en que pedí la línea y me la dieron,
pasaron 12 años. En mi domicilio estaba solo. Tessy, que había ido a Bs.As
donde estaban estudiando nuestros hijos, debía de regresar ese día. Al llegar,
en la fecha prevista, hizo la denuncia de mi desaparición y de los robos
perpetrados en nuestro domicilio por los captores. El auto de mi propiedad, que
se habían robado, fue encontrado días después destrozado por una bomba en la
zona de chacras del río Chubut.
Mis secuestradores me alzaron y me metieron en el baúl de un
auto cerrando la tapa. Comenzó para mí una lucha para poder respirar. Sentía
que me faltaba el aire y me asfixiaba. El coche se puso en marcha y anduvo una
hora hasta que frenó y, de nuevo alzado, me introdujeron en un camión. El
trayecto se había hecho por camino de tierra, lo que me hizo presumir que era
el camino sin asfaltar que une Puerto Madryn con Rawson. Cuando el automóvil se
detuvo, me introdujeron en un edificio y me acostaron. Pasó un tiempo largo,
más de 2 horas, cuando nuevamente me subieron a un vehículo, el que partió y
poco después arribó a un aeropuerto asfaltado donde me subieron a un avión
pequeño. El único aeropuerto de esas características, en la zona, era el de la
Base Aeronaval Almirante Zar, de Trelew.
En el avión percibí que había otro secuestrado. Era mi
amigo, el ex diputado nacional Mario Abel Amaya. Oí sus quejidos. Amaya residía
en Trelew donde fue secuestrado por un grupo de tareas. Había sido detenido por
uniformados unos días antes y luego liberado por las mismas personas que en ese
momento lo secuestraban, dirigidos en esa diligencia por el jefe del área
represiva de la zona.
El avión comenzó su vuelo y supe que lo hacía hacia el
Norte, pues el día despuntaba y se veía que su claridad venía del Este. Cuando
el avión descendió, pensé que estábamos en la Base Naval de Bahía Blanca. Por
mis funciones legislativas yo viajaba todas las semanas a Bs.As y podía
calcular la duración del vuelo entre escalas. En ese entonces no había vuelos
directos y el avión de Aerolíneas Argentinas, que unía Trelew con Bs.As, paraba
en Bahía Blanca. En un vehículo, nos llevaron a Amaya y a mí a un lugar
relativamente cercano donde nos bajaron a golpes. El maltrato que ahí
comenzaba, pasó a ser para mí, una rutina permanente en los 9 meses que
siguieron.
No sabía donde estaba, pero luego supe que era en Bahía
Blanca, en el Regimiento 181 de Comunicaciones, del Vº Cuerpo de Ejército, en
el campo de concentración “La Escuelita”. Las personas que nos golpeaban, en
conocimiento de que Amaya y yo éramos radicales, mientras nos daban golpes y
patadas, proferían groseros insultos contra Ricardo Balbín, el presidente del
Comité Nacional de nuestro partido. Nos llevaron a lo que podía ser un salón, por
el tamaño que podía adivinarse. A mí me pusieron en la parte superior de una
cama de dos niveles, acostado sobre los hierros, sin colchón y me ataron de
pies y manos a los barrotes de la cama. A Amaya lo tenía cerca. Por los gritos
debidos a los golpes que recibíamos todos, pude saber que había en ese cuarto,
o pabellón, muchas personas, hombres y mujeres. A una chica que estaba en la
cama vecina de la mía uno de los guardianes la sometía a graves abusos sexuales
y quería obligarla a decir que le gustaba lo que le hacía. La chica lloraba y
pedía que no la mataran. Yo supe que estaba al lado de una ventana ya que en
algunos momentos el sol, traspasando la venda, me daba en la cara y me
molestaba y también supe que en alguno de sus desplazamientos, por ahí pasaba
un tren pues se sentían los ruidos.
Cuando mi vista se acostumbró a las vendas, o estas se
corrían un poco con los movimientos, pude ver que nuestros captores estaban
uniformados y calzaban borceguíes. Sentía quejidos, llantos. Todo era un
infierno. En lo personal sufrí en esos días la asfixia, torturas, trato cruel,
un simulacro de fusilamiento y hasta el suplicio de Tántalo con una gota de
agua que me caía sobre la cabeza, además del tormento que significa oír los
gritos de otros torturados. Yo hice el servicio militar obligatorio y conocía
esas grandes ollas de los cuarteles en que traían la comida. Debíamos comer con
las manos porque no nos daban cubiertos. Una de las personas que me golpeaba y
que sabía de mi parentesco cercano con el presidente Hipólito Yrigoyen, del que
soy sobrino nieto, reflejaba su resentimiento histórico diciendo que a él en su
momento, tendrían que haberlo matado.
A Amaya que era asmático, y como consecuencia de los golpes
tenía dificultades para respirar, lo fue a ver un médico, también militar, que
ordenó que estuviera sentado en la cama. Como me lo contaría él días después,
dejaron de golpearlo. En ese salón estuvimos una semana y luego fuimos
trasladados a otro, al que pese a estar a corta distancia, lo hicieron en un camión
que se detuvo enseguida. En ese otro salón siguieron mis sufrimientos, aunque
me sacaron la mordaza, conservaba siempre los ojos vendados. Me golpeaban con
un palo de goma. Sentía que me corría la sangre entre las vendas de la cara.
Nadie podía hablar. Los guardias descubrieron que uno de los
prisioneros estaba hablando. Escuché que dispararon un tiro y que uno de los
guardias dijo algo así como que “este ya no va a hablar más”. Presumí que lo
podían haber matado y después se sintieron movimientos y ruidos. Efectivamente,
estaban retirando un cuerpo."
Publicado en historia UCR.





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