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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

lunes, agosto 17, 2026

17 de agosto de 1976 - A 50 AÑOS DEL SECUESTRO DE HIPÓLITO SOLARI YRIGOYEN Y MARIO ABEL AMAYA.

 




A 50 AÑOS DEL SECUESTRO DE HIPÓLITO SOLARI YRIGOYEN Y MARIO ABEL AMAYA.

Hoy, 17 de agosto, se cumplen 50 años del secuestro de Hipólito Solari Yrigoyen en Puerto Madryn y de Mario Abel Amaya en Trelew, dos hechos inseparables de la historia de nuestra provincia durante la última dictadura militar y que, vistos a la distancia de medio siglo, permiten reconstruir no solamente lo que padecieron ambos dirigentes políticos, sino también la forma en que funcionó en Chubut el aparato represivo, con la intervención coordinada de las Fuerzas Armadas, organismos de inteligencia y la Policía provincial.
El 17 de agosto de 1976, siendo presidente de facto el general Jorge Rafael Videla, Hipólito Solari Yrigoyen fue secuestrado en su domicilio de la calle Aeron Jenkins 593 de Puerto Madryn, donde durante el operativo le dispararon un balazo que rozó su frente y terminó incrustado en una pared de la vivienda, mientras quienes participaron del procedimiento revolvieron y saquearon la casa, llevándose distintos objetos personales, entre ellos un bastón que había pertenecido a su abuelo y que Solari Yrigoyen había utilizado durante su recuperación del atentado organizado por la Triple A el 21 de noviembre de 1973.
El secuestro había sido organizado en la Jefatura de Área 536 del Ejército, con asiento en la ciudad de Trelew y a cargo de Carlos Barbott, y en el operativo intervino un grupo de tareas de la Armada llegado desde Bahía Blanca, entre cuyos integrantes se encontraba el entonces capitán de fragata Perrén, que actuó junto con personal del Ejército, entre ellos el teniente coronel Galán, mientras que la Policía del Chubut tuvo a su cargo las tareas relacionadas con la ubicación del objetivo y la preparación del terreno para que el grupo pudiera actuar sin interferencias. En aquel sector del sur de la ciudad, prácticamente despoblado, las únicas viviendas eran la de Solari Yrigoyen, la de su vecino Carlos Redondo y, a unos cien metros, “La Blanqueada”, perteneciente al ex juez federal Alejandro Godoy, circunstancia que permite dimensionar aún mejor lo que significaba liberar aquella zona durante la noche en que se produjo el secuestro.
Un escrito anónimo que en 1985 circuló por los despachos de la Gobernación del Chubut, presuntamente proveniente de sectores de la propia Policía provincial, permitió conocer con bastante detalle la forma en que se había organizado el secuestro y la participación que habían tenido miembros de esa fuerza, mencionando a los comisarios Tito Nichols, jefe de Informaciones Policiales, y Alberto Bastida, además de personal de Informaciones, entre ellos el sargento Mundin.
Durante aquella noche la Policía del Chubut controló los caminos y se ordenó a la comisaría de Puerto Madryn que todo el personal que se encontraba en la calle regresara a la dependencia policial, dejando de esa manera la zona liberada, mientras que el grupo de infantería de la Policía provincial, que casualmente se encontraba realizando un operativo de tránsito a cargo del comisario Teolmiro Ovidio Coustet, recibió de Nichols la orden de replegarse hacia Rawson para no entorpecer el operativo.
El subjefe de la Policía del Chubut, comisario Alberto Molina, quien el 18 de enero de 1968 había protagonizado el bochornoso episodio de arremeter a bastonazos contra los vecinos que compartían una cena con el Dr. Arturo U. Illia en el Hotel París y, luego de trastabillar y caer al piso en medio del incidente, acusó a Solari Yrigoyen de haberlo golpeado y ordenó su detención por algunas horas, dio además la orden de que no se recibiera ninguna denuncia en la comisaría, dando tiempo para sacar de la ciudad al secuestrado, al punto que las actuaciones policiales fueron iniciadas recién dos o tres días después del hecho, mientras que el automóvil de Solari Yrigoyen, un Renault 12 de color blanco, fue llevado por sus captores y posteriormente quemado en la ruta 3 rumbo a Comodoro Rivadavia. Según aquel documento, de esta última tarea se ocupó el comisario Alberto Bastida, por entonces a cargo de la Jefatura de Talleres, después de sustraerle las cubiertas, que fueron colocadas en un vehículo que tenía a su servicio el comisario Nichols en el sector de Informaciones.
El comisario Nichols había cursado estudios de inteligencia en la Armada y siempre trabajó para los servicios de inteligencia, cobrando por ello. También participó de la colocación de bombas en la casa de Solari Yrigoyen junto con un capitán del Ejército, Luis María Galán, quien hasta 1976 reportaba al gobernador Benito Fernández, según declaró ante la justicia el comisario Manuel García Vázquez, y un oficial de apellido Agusti, docente de inteligencia en la Escuela de Cadetes cuando Nichols era su director. Nichols fue condenado por el secuestro y la desaparición forzada de Elvio Ángel Bel, causa en la cual también se utilizó un escrito anónimo similar al referido anteriormente, que describía detalles del operativo militar y policial.
El ensañamiento contra Solari Yrigoyen tenía antecedentes que permiten comprender lo ocurrido aquella noche, porque dos meses antes del golpe de Estado había presenciado cómo Carlos Barbott requisaba un asentamiento en la ciudad de Trelew y conducía a los trabajadores por la calle, en fila, con las manos en la nuca y apuntándolos con ametralladoras, como si se tratara de delincuentes, hecho que denunció mediante telegramas dirigidos al V Cuerpo de Ejército, que tenía jurisdicción en la zona, y al presidente del Senado de la Nación, Ítalo Luder.
Pocos días después del golpe de Estado, Barbott se hizo presente durante una madrugada en el domicilio de Solari Yrigoyen para detenerlo, alegando que tenía en infracción un arma perteneciente al Senado de la Nación, pero cuando informó a Buenos Aires le respondieron que aquello no era cierto y le ordenaron liberarlo, oportunidad en la que ambos mantuvieron una áspera discusión en el despacho del militar y Solari Yrigoyen pudo comprobar cuál era la filosofía de aquel oficial, que tenía colocado en un lugar destacado de la pared el discurso pronunciado en 1975 por monseñor Victorio Bonamín, provicario castrense, con un encendido elogio de la denominada sagrada violencia: “Cuando hay derramamiento de sangre, decía el texto de Bonamín, hay redención. Dios está redimiendo, mediante el Ejército, a la Nación Argentina”. Sobre Barbott, cuyo apellido original era Barbotta, recomiendo especialmente la lectura del libro escrito por su sobrino, Héctor Barbotta, “Mi tío el francés”, en el que reconstruye la historia de su tío y de su propia familia.
El 17 de agosto de 1976 Barbott volvió por él, pero esta vez ya no se trató de una detención que pudiera ser conocida o revisada por sus superiores desde Buenos Aires, sino de un secuestro ejecutado por un aparato represivo que actuó con la zona liberada, con los caminos controlados y con la colaboración de quienes tenían precisamente la obligación de proteger a los ciudadanos.
Teresa “Tessy” Hansen, esposa de Solari Yrigoyen, se encontraba en Buenos Aires y llegó esa misma tarde a Puerto Madryn, pero al advertir que Hipólito no había ido a buscarla al aeropuerto de Trelew, como habían convenido, se dirigió a su domicilio, donde encontró las persianas bajas y comprobó que tampoco estaba el automóvil de su esposo, por lo que luego de tocar el timbre sin obtener respuesta se trasladó hasta la casa del escribano Manuel del Villar para preguntar si sabían algo de él. Su vecino colindante, Carlos Jonás Redondo, la acompañó posteriormente para ingresar a la vivienda, donde encontraron restos de sangre, un palo y la marca de una bala en la pared, que luego se supo era de calibre 9 milímetros.
De fe católica, a los pocos días Tessy concurrió a la iglesia de nuestra ciudad buscando consuelo espiritual frente a la desaparición de su esposo y sin saber siquiera si estaba vivo o muerto. Estando sola y acongojada, vio ingresar al padre Rafael Haene, quien la miró de arriba abajo y pasó frente a ella sin un gesto de saludo ni un intento de acercarse a brindarle consuelo, aunque la mayoría de los vecinos de Madryn, aun teniendo ideas políticas muy distintas, no tuvieron la misma actitud y se solidarizaron con ella y con su familia.
En noviembre de 1976 Tessy envió una carta dirigida al presidente de facto Jorge Rafael Videla, publicada en “La Opinión”, diario dirigido por Jacobo Timerman, en la que, con valentía, con la verdad de su lado y con un coraje que a muchos les faltó, defendió a su esposo frente a los trascendidos difundidos por la prensa afín a la dictadura, que pretendían justificar su desaparición mediante supuestas “vinculaciones subversivas”. Una muestra de ese discurso puede encontrarse en el editorial del diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca del 17/10/1976, que bajo el título “Telón de Hipocresía… Dos Caballitos de Troya en Exposición”, se refería a Mario Abel Amaya e Hipólito Solari Yrigoyen afirmando: “[hubo] quienes los defienden, asegurando que son inocentes de los cargos que pesan sobre ellos; […] los mal informados, sin elementos de juicio necesarios para analizar el problema, y […] los indiferentes –que son los menos–, y que piensan que ‘algo debe haber’ como para que estén detenidos”. El diario agregaba: “[…] ambos políticos estaban actuando como protectores de quienes […] quieren todo lo contrario para el país […] Son los clásicos ‘caballitos de Troya’ que utiliza la subversión marxista, amparándose en las ‘debilidades democráticas’ de un sistema de libertad”.
Aquel 17 de agosto la represión no se limitó a Puerto Madryn, porque ese mismo día fue secuestrado en Trelew el abogado y dirigente radical Mario Abel Amaya, permaneciendo ambos desaparecidos hasta que, mediante el Decreto 1878/76 del 1º de septiembre de 1976 y después de simular en cercanías de Viedma que el Ejército los había “rescatado” de manos de grupos subversivos, pasaron formalmente a encontrarse “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, cesando el estado de desaparición forzada.
Solari Yrigoyen y Amaya fueron trasladados a la Unidad 6 de Rawson, donde sufrieron las más crueles torturas, al igual que numerosos presos políticos alojados allí, pero la salud de Mario Abel Amaya no resistió y falleció posteriormente en el Hospital de Villa Devoto, adonde había sido trasladado, mientras que Hipólito Solari Yrigoyen logró sobrevivir y, gracias a las gestiones de Carlos Andrés Pérez, presidente de la entonces democrática Venezuela, y de varios parlamentarios y presidentes extranjeros, fue subido esposado a un avión para ser trasladado al exterior, donde permaneció exiliado junto con su familia hasta que un fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación le permitió regresar al país el 11 de junio de 1983.
La vivienda de la calle Jenkins de Puerto Madryn, que había resistido las dos bombas colocadas el 15 de abril de 1975, permanece erguida como testigo de las atrocidades cometidas durante aquellos años y de la dignidad y resiliencia de una familia que debió soportar atentados, persecuciones, secuestro y exilio, pero también como un testimonio material de que el terrorismo de Estado no fue una historia lejana que solamente ocurrió en Buenos Aires o en los grandes centros urbanos del país, sino que también ocurrió acá, en Puerto Madryn, Trelew y Rawson, en nuestras calles, dentro de nuestras casas y con la participación de personas que vivían entre nosotros.
En ciudades pequeñas como las nuestras, quienes integraron o colaboraron con el aparato represivo no eran figuras lejanas ni desconocidas, sino personas que después continuaron formando parte de la sociedad, que fueron profesores de la universidad o de los colegios secundarios, policías conocidos por todos, personas que participaron en política a partir de diciembre de 1983 o que ocuparon lugares en distintas instituciones, lo que explica también por qué durante tantos años resultó más sencillo mirar hacia otro lado que preguntarse qué papel había desempeñado cada uno durante la dictadura.
Al cumplirse hoy 50 años del secuestro de Hipólito Solari Yrigoyen y Mario Abel Amaya, recordarlos implica algo más que evocar a dos víctimas de la dictadura, significa reconstruir cómo ocurrieron aquellos hechos, quiénes participaron, quiénes dieron las órdenes, quiénes liberaron las calles, quiénes torturaron, quiénes negaron consuelo espiritual, quiénes callaron y quiénes prefirieron no saber o no actuar, aun cuando por sus responsabilidades institucionales tenían el deber de hacerlo, como ocurrió con el entonces juez federal de Rawson, Delfor Omar Garzonio, ya que la memoria, cuando pretende ser verdadera, no puede limitarse a recordar solamente a las víctimas, sino que debe también conservar los nombres, los hechos y las responsabilidades de quienes, por acción u omisión, hicieron posible que todo aquello sucediera.
Medio siglo después, a sus 93 años, Hipólito es también un testimonio vivo de aquella historia, de la violencia que padeció y de una vida atravesada por la defensa de la democracia, las instituciones y los derechos humanos, pero también de la posibilidad de sobrevivir a quienes pretendieron silenciarlo y de continuar dando testimonio para que aquello que ocurrió no sea olvidado.
La memoria, la verdad, aunque duela, y la justicia siguen constituyendo un compromiso con las nuevas generaciones, para que puedan comprender que la plena vigencia de los derechos humanos y del sistema democrático y republicano de gobierno nunca puede darse por definitivamente conquistada, y que conocer y recordar lo sucedido aquel 17 de agosto de 1976, aquí mismo, entre nosotros, es también una manera de contribuir a que hechos como aquellos nunca vuelvan a repetirse.




Publicado en Madryn Olvidado.

Patricio Castillo Meisen.

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