Fiesta: 30 de agosto - Santa Rosa de Lima, la primera santa del continente americano, Patrona de Perú, América y las Filipinas.
Ceferino Namuncurá nació el 26 de agosto de 1886 en Chimpay, a orillas del Río Negro. Su padre, Manuel, el último gran cacique de las tribus indígenas araucanas, se había rendido tres años antes a las tropas de la República Argentina. Después de once años de vida rural libre, Manuel Namuncurá envía a Ceferino a estudiar a Buenos Aires, para que en un mañana pueda defender a los de su raza. El ambiente de familia que se respiraba en el colegio salesiano lo hizo enamorarse de Don Bosco.

Ambrosio Romero Carranza. 
Enrique Shaw.
Por Roberto Elissalde.
La alegría de la beatificación de Enrique Shaw, nos trajo a la memoria a don Ambrosio Romero Carranza, abogado, magistrado, académico, católico militante, vicentino, caballero sin estridencias. Preocupado por el cariz de los acontecimientos del país había creado, inspirado en la doctrina social de la Iglesia, la revista Rumbo Social, cuyo primer número salió en setiembre de 1976, hace casi medio siglo.
Anunciaba como colaboradores a Raúl Oscar Abdala, Gerardo Ancarola, Atilio Cornejo, Estanislao del Campo Wilson, Jorge L. García Venturini, Carlos María Gelly y Obes, Albero D. Leiva, Manuel Ordóñez, Alberto Rodríguez Varela, Eduardo Ventura y Marcelo Salerno, entre otros. Los secretarios de redacción eran José García Enciso y Roberto Jorge Starke y el tesorero (de poca plata) era Juan Isidro Quesada.
Con el tiempo se fueron agregando colaboradores, como León Rebollo Paz, monseñor Octavio Nicolás Derisi, Alejandro de Gainza, Pbro. Carlos Cuchetti, Victoria Pueyrredon, Hernán Santibánez Vieira, Ramón Barbadori, Roberto Azaretto y un joven que habría de ser presidente por 12 horas, Federico Pinedo, preocupado en abril de 1977 por “el mundo en gran parte antinatural que nos toca vivir, mundo de la ciudad industrial, de las chimeneas que despiden humo ennegrecedor, del automóvil con sus apuros y sus olores, de multitudes y al mismo tiempo de soledad, trae, como consecuencia, el anhelo de evadirse de la realidad. De allí los muchos y distintos modos de escapismos que hoy existen”.
AMABLES TERTULIAS.
Todos los jueves por la noche Ambrosio celebraba unas amables tertulias en su departamento de la calle Uruguay al 1000, donde figuras relevantes como Manuel Ordóñez, García Venturini, Néstor Auza o el padre Cuchetti solían a veces ser expositores, y en las que se comentaba la realidad social. Pero había otra reunión, que no tenía día y hora que era entre las 18 y las 18.30 a la que se accedía solo tocando el timbre, lo único que podía suceder era que el dueño de casa llegara tarde (20.30) de las reuniones a las que concurría en las Academias Nacionales de Derecho y Ciencias Sociales y de la Ciencias de Buenos Aires, de la que era numerario. Si volvía enseguida, su mujer María Cristina nos servía una taza de té ante una mesa repleta de papeles, mientras que la luz de iba apagando en el magnífico contrafrente. Uno de los habituales en ese horario, que recuerdo y con el que a través de los años hemos mantenido una afectuosa relación era Alejandro Domínguez Benavídes, algo más joven que colaboraba muchísimo con Ambrosio en distintas tareas de la administración de la revista. Uno de los temas recurrentes para él, era la figura de monseñor Miguel de Andrea, y la doctrina social de la iglesia, de allí el nombre de la revista, no dejaba de hacernos comentarios sobre el obispo que había renunciado al arzobispado porteño, y había hecho de la Casa de la Empleada una organización modelo para la mujer.
El otro personaje que nos refería en forma permanente era Enrique Shaw, un joven de fortuna, huérfano de madre, que había ingresado a la Escuela Naval en 1935, sin embargo preocupaciones de otra naturaleza lo llevaron a pedir la baja en agosto de 1945, cuando era teniente de navío. “Dada su situación social, la fortuna heredada de su madre y la alta posición de su padre” bien podía darse esa oportunidad y comienza su tarea en la empresa familiar, donde desarrolla una obra increíble, amado por su personal. Cuando una cruel enfermedad lo ataca en plena juventud, llegando un día a presentarse 260 personas para dar sangre y poder recibir las transfusiones. Finalmente este hombre extraordinario había fallecido el 27 de agosto de 1962. Romero Carranza, en poder toda de la documentación que le facilitó la familia, escribió la biografía de Enrique Shaw que se publicó en 1984.
Magnífica obra que es además una historia de la preocupación social de ciertos laicos en lo que hace a la doctrina social de León XIII. El libro finaliza con estas palabras: “Y ese ser alguien, ¿fue verdaderamente llegar a ser un santo?”. En esta beatificación que alegra a la iglesia argentina, no debemos olvidar que el gran promotor de la misma, fue Ambrosio Romero Carranza, fallecido en 1999, a los 95 años, aunque él nacido un 29 de febrero, solía decir cuando llegaba ese día que cumplía muchos menos, recuerdo que para sus 80 decía en broma tengo 20 años bisiestos. Evocábamos esto con Alejandro Domínguez Benavídes colaborador de este diario, que mucho colaboró con el autor en la tarea documental, y sin duda como testigo de ese tiempo, él podrá dar también su valioso testimonio; a la vez que cumplir el sentido homenaje a quien fue el Anunciador, especialmente porque gente por demas interesada y vinculada a la causa había olvidado su nombre.
Publicado en LA PRENSA.
Dios recuerda los libros que olvidan los hombres.
Por ALEJANDRO A. DOMÍNGUEZ BENAVIDES.
Muchas veces los libros cumplen una misión y misteriosamente desaparecen; tal es el caso de Enrique Shaw y sus circunstancias de Ambrosio Romero Carranza.
En el Buenos Aires de la década del ochenta del siglo pasado, solo los muy allegados al biografiado podían dar testimonio de su espiritualidad profunda y de su santidad. Era imprescindible que se diera a conocer su vida a los católicos laicos del siglo XX, ya que su ejemplo de liderazgo ético en el mundo empresarial ofrece un modelo inspirador para quienes buscan conciliar fe y vida profesional. Los recuerdos de la familia, amigos y empleados debían quedar plasmados en un libro.
Una mañana en su departamento de Uruguay 1064, Romero Carranza recibió la visita de Hernando Campos Menéndez que presidia por aquel entonces la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas con una propuesta concreta: “Vos tenés que escribir la biografía de Enrique, vas a recibir todo el material que necesites, ya tenemos la editorial y además un cheque como adelanto”. Ambrosio quedó atónito.
Esa misma tarde, cuando nos encontramos, Ambrosio me relató lo sucedido y añadió: "No hay dudas de que es una propuesta propia de un empresario". Por supuesto que aceptó, pero se negó a recibir el cheque. Su actitud fue motivo de nuestras bromas irreverentes, diciéndole que por esos cheques la escribíamos nosotros…
Cecilia Bunge de Shaw entregó un cúmulo impresionante de documentación, cuidadosamente almacenada en varias valijas que ocupaban todo un cuarto de la casa. Entre esos documentos se encontraban cartas inéditas y diarios personales que revelan aspectos desconocidos de la vida del biografiado, aportando un inmenso valor histórico y personal a la investigación.
Bajo secreto profesional, tuve la oportunidad de clasificar el material que el autor aceptaba o desechaba; durante este proceso, la responsabilidad de seleccionar qué conservar y qué descartar me hizo sentir parte de una historia íntima trascendental, divina. Leer tantas cartas, diarios y reflexiones fue una experiencia profunda que me permitió comprender la dimensión humana detrás de los hechos y la memoria.
A los ochenta años, Romero Carranza escribió el libro con fruición, Había recorrido una extensa trayectoria: magistrado, profesor universitario, académico de Derecho y Ciencias Sociales y de Ciencias Morales y Políticas, conferencista, historiador y colaborador de La Prensa
.No obstante, por encima de todos esos logros, prevalecía el agitador social cristiano -como lo caratulaban los servicios de inteligencia peronista- infatigable difusor de la tradición católica en nuestra patria.
Tuvo el privilegio de cultivar la amistad con el hoy beato Shaw y como biógrafo se adentra en su trayectoria, destacando su profunda espiritualidad, el desafío de mantener valores cristianos en el mundo empresarial y su capacidad de desprenderse de lo material sin abandonar sus responsabilidades terrenales.
La biografía abarca momentos significativos como la persecución religiosa que llevó a Shaw a prisión, en 1955 en el estertor de la tiranía peronista, su gesto de generosidad al compartir su colchón con otro detenido, y la ausencia de rencor hacia quienes lo interrogaron, lo que pone de manifiesto su carácter ejemplar y su entrega al prójimo.
Estos episodios, junto con la descripción de sus vínculos familiares y su paso por la Acción Católica y la Democracia Cristiana, ilustran por qué esta obra es considerada una de las más intensas y reveladoras de Romero Carranza, permitiendo al lector comprender en profundidad la dimensión humana y espiritual del beato Enrique Shaw.
Desde su primer libro, El triunfo del cristianismo, hasta este que recordamos de una serie de más de diez títulos diferentes la pluma de Romero Carranza, tan incesante como apostólica, regaló horas de lectura, estudio y placer estético.
Con este libro cumplió su mayor objetivo: ayudar a qué se revalorice la santidad de los laicos en medio del mundo y nos confirma que Dios recuerda los libros que olvidan los hombres.
Publicado en LA PRENSA.
https://www.laprensa.com.ar/Dios-recuerda-los-libros-que-olvidan-los-hombres-567434.note.aspx