LA BOINA BLANCA.
LA BOINA BLANCA es, por excelencia, el símbolo de la Unión Cívica Radical. Su origen se remonta a la madrugada del 26 de julio de 1890.
En aquella fría, húmeda y neblinosa mañana porteña se aglutinaron los batallones cívicos que habrían de participar en la lucha organizada por la Unión Cívica. Ante las bajas temperaturas, algunos militantes acudieron a un comercio cercano, que a esa hora todavía permanecía cerrado, para pedirle al dueño que les abriera y les vendiera unas boinas.
El comerciante les explicó que no contaba con una cantidad suficiente de un mismo color, salvo de boinas blancas. Sin embargo, detrás de aquella compra existía también una necesidad más urgente que la de protegerse del frío: los revolucionarios necesitaban un distintivo que les permitiera reconocerse durante el combate, aglutinarse en la acción, identificarse como uno solo y distinguir quién era correligionario y quién pertenecía a las fuerzas oficialistas.
La boina poseía características que favorecerían su rápida transformación en un emblema político. A diferencia de la galera, el sombrero de copa o las prendas comúnmente asociadas con los sectores más privilegiados o aliados al Régimen, era una prenda modesta, accesible y sin ostentación. Su sencillez permitió vincularla con la imagen de un movimiento integrado por militantes de comité, trabajadores, estudiantes, pequeños comerciantes, profesionales, chacareros y sectores medios.
También se encontraba relacionada con el mundo popular y rural. Distintos tipos de boinas eran utilizados por inmigrantes, peones de campo, trabajadores y habitantes de las provincias. Con el tiempo, esta asociación permitió presentar al radicalismo como una fuerza cercana al pueblo, alejada de las formas aristocráticas y elitistas que se atribuían al P.A.N.
Cumplía, además, una función igualadora. Una vez colocada, las diferencias sociales y jerárquicas quedaban relegadas. El dirigente, el estudiante, el profesional o el trabajador aparecían reunidos bajo una misma identidad. La prenda no distinguía cargos ni rangos: identificaba al correligionario.
(La adopción fue un éxito y la iniciativa se extendió por todos los batallones distribuidos en los cantones revolucionarios. Así, lo que había nacido como una necesidad práctica terminó convirtiéndose en un símbolo político.
Desde entonces, la boina blanca dejó de identificar únicamente a los hombres que participaron en aquellos heroicos combates de 1890. Pasó a representar a generaciones enteras de radicales que, inspiradas en aquella jornada fundacional, lucharían contra los sucesivos “unicatos” que pretendieron y pretenden imponerse sobre la vida argentina.
Con el correr del tiempo, se añadiría a aquella prenda el contenido doctrinario y simbólico que hoy conocemos. El blanco representa la transparencia, la pureza cívica y la limpieza de los procedimientos que, desde sus primeros años, pregonó este movimiento soberano y popular, en aras de moralizar y sanear el ejercicio de la función pública.
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