NO HABÍA QUE INVENTAR UN CANDIDATO, HABÍA QUE ENCONTRAR LA MANERA DE MOSTRARLO.
Una de las primeras tareas de David Ratto fue intentar convencer a Alfonsín de adoptar determinados gestos para presentarse en público. Tarea imposible. Raúl, hombre acostumbrado a la tribuna y a los debates parlamentarios de la vieja escuela, desconfiaba de las estrategias del marketing político. No quería ser “vendido” como un producto, ni convertirse en una figura artificiosa, moldeada para la cámara. Ratto lo comprendió enseguida, aunque antes intentó, sin éxito, convencerlo de incorporar algunos gestos y poses que pudieran hacerlo más “visualmente atractivo”.
“No voy a cambiar mis formas —le dijo Alfonsín—. No voy a parecerme a esos personajes de los avisos estadounidenses.” Fue una respuesta tajante, pero reveladora. En ese momento, Ratto comprendió que no debía construir un personaje: el candidato ya era un mensaje en sí mismo. Lo que debía encontrar era la manera de traducir esa autenticidad en un lenguaje visual que conectara con la gente.
En ese contexto, el equipo creativo comenzó a buscar símbolos, frases y recursos que pudieran condensar la propuesta radical de renovación política y ética. Entre ellos estaba Gabriel Dreyfuss, uno de los jóvenes publicistas que integraban el equipo de Ratto, quien años después recordaría cómo nació uno de los gestos más icónicos de la historia política argentina:
“En medio de una conversación de café con el equipo, Alfonsín hizo espontáneamente el gesto —recordó Dreyfuss—. Entonces Ratto lo pescó al vuelo y le dice: ‘Raúl, repetí ese gesto’. Y Raúl respondió: ‘¿Qué gesto? Es un gesto espontáneo que a veces hago’. ‘Bueno, repetilo’, insistió David. Tardamos más de media hora en que le volviera a salir. En esa época no era como ahora, que uno puede borrar o editar las cosas en postproducción. Así que tardó bastante en que saliera simpático haciendo el gesto. Al día siguiente, ya estábamos preparando la foto que iba a dar vueltas por toda la Argentina.”
Ese gesto —las dos manos cruzadas y levantadas sobre la izquierda, saludando a la distancia, casi como un abrazo simbólico al público— se transformó en una marca registrada. No fue planificado en un estudio de televisión ni impuesto por asesores de imagen, sino que surgió de la espontaneidad del propio candidato, y precisamente por eso funcionó. Era humano, cercano y creíble.
Pero una campaña no se construye solamente con imágenes. También necesitaba palabras capaces de expresar lo que representaba aquella candidatura para millones de argentinos que, después de años de dictadura, empezaban a recuperar la esperanza. La historia de cómo nació el eslogan "AHORA ALFONSÍN" quedó registrada en una anécdota, extraída de un relato sobre aquella campaña de 1983:
—Bueno —dijo Luis Brandoni— yo creo que Carlos tiene algo que decirles.
Brandoni hizo silencio. Y por un instante, en la fría noche de julio de 1983, las 8 personas que rodeaban la mesa del departamento del actor hicieron silencio. Fue entonces cuando Carlos Gorostiza se dispuso a hablar. Antes, echó una mirada a quienes esperaban su palabra. Alrededor de la mesa, en ese décimo piso de un edificio de la calle República de la India al 3000, estaban Raúl Alfonsín, candidato a presidente de la Nación, el ingeniero Jorge Roulet, director del Centro de Participación Política y su esposa, la arquitecta Elva Barreiro de Roulet, candidata a la vicegobernación de PBA, la secretaria de Alfonsín, Margarita Rouco, el matrimonio Brandoni y el periodista y crítico literario Luis Gregorich.
—Es muy simple —dijo Gorostiza—. Se me había ocurrido un slogan que, me parece, sintetiza un poco la esperanza que muchos tienen en Alfonsín. Hasta antes de las internas, Alfonsín era la esperanza en marcha, el candidato de la esperanza. Bueno, las internas ya las ganó el doctor Alfonsín, se acabaron las internas; después de las Malvinas, se acabó el proceso; se acabaron los iluminados: Ahora Alfonsín. Me parece que es un slogan que sintetiza toda la esperanza. Si de ésta no salimos, no salimos más, ¿no? ¿Cuántas veces lo escuchamos decir...? Bueno, ¿cuándo tenemos que salir? Ahora. Bueno: Ahora Alfonsín. ¿Le parece bien, doctor?
Mientras hablaba, Gorostiza había escrito en un papel las dos palabras que serían claves en la campaña. Le tendió el papel a Alfonsín que sonreía.
—Me gusta. Suena bien... Sí, es bueno... Ahora, Alfonsín... Sí, me gusta.
Había nacido algo más que un slogan para una campaña electoral. Había nacido un símbolo.
De aquella reunión había salido una consigna que, junto con el saludo de las manos, terminaría convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de la recuperación democrática. No se trataba simplemente de promocionar a un candidato. El desafío era mucho mayor: transmitir la esperanza de una sociedad que quería dejar atrás la violencia y el miedo. Y eso fue precisamente lo que aquella campaña consiguió expresar a través de unos pocos elementos que, combinados, adquirieron una enorme fuerza simbólica.
Si analizamos las piezas gráficas que empapelaron las calles del país, podemos ver 4 elementos fundamentales:
• Esperanza: la frase “AHORA ALFONSÍN” sintetizaba la propuesta radical: romper con un pasado de violencia política y construir un presente de democracia. La idea se repitió en afiches posteriores al triunfo electoral.
• Identificación: en su doble alusión, la sigla R.A. (Raúl Alfonsín - República Argentina) unía nombre y país en una misma idea de unidad nacional.
• Gestualidad: no era un saludo político clásico —no era la “V” de la victoria del peronismo ni el puño en alto del comunismo—. Era una expresión corporal de cercanía y de diálogo, una forma de tender la mano sin imposiciones. El saludo simbolizaba un abrazo a la distancia con la gente y aludía a un llamado de reconciliación por sobre el enfrentamiento, la violencia y el odio.
• Adhesión: para captar votos independientes e indecisos, los signos partidarios —como el escudo de la Unión Cívica Radical— fueron minimizados en la campaña gráfica. Ratto estaba convencido de que la figura de Alfonsín debía trascender los límites partidarios y convertirse en un símbolo de todos los argentinos. El protagonista era el mensaje, no el partido.
La campaña de 1983 fue, en muchos sentidos, pionera en el uso de la comunicación política moderna en la Argentina. Por primera vez se combinó una estrategia visual coherente, un mensaje emocional y una figura auténtica, sin caer en la manipulación ni en el artificio. El resultado sería una conexión directa entre el candidato y la ciudadanía.
¿CÓMO NACIÓ EL SÍMBOLO "RA": DE REPÚBLICA ARGENTINA A RAÚL ALFONSÍN?
La mañana del 30 de octubre de 1983, el día de la verdad, Raúl Alfonsín aguardaba su turno en la fila para votar mientras estrechaba las manos de los vecinos. Uno de ellos, tímidamente, le preguntó si, por favor, podía autografiarle una calcomanía autoadhesiva con un óvalo azul y blanco y las iniciales RA.
Raúl pensó entonces que la gente suele creer que un candidato presidencial sabe todo cuanto sucede a su alrededor, aunque no siempre es así. Le contó en voz baja y con cierto humor al vecino la verdad. Y se prometió que, cuando todo pasara, cuando aquel largo día terminara y los días subsiguientes hubiesen dejado paso a otros, averiguaría cómo y cuándo había nacido la idea de aquella etiqueta que se había pegado en vidrios, ventanas, autos y negocios, desde Mendoza hasta La Plata y desde La Quiaca hasta Ushuaia.
¿Cómo era que nacían esas ideas...?
Una noche de julio de 1983, cuando Raúl ya había ganado las internas, y ante la necesidad de crear un lema que sintetizara lo que para el Centro de Participación Política (CPP) era la convocatoria fundamental del momento —la unión nacional—, Carlos Álvarez Herrera, un hombre de 52 años con amplia experiencia en comunicación, se puso de pie frente a quienes participaban de la reunión. Entre los presentes estaban David Ratto, Luis Brandoni, Ricardo Wullicher, Luis Gregorich, Carlos Gorostiza y Osvaldo Bonet.
A espaldas de Álvarez Herrera había un pizarrón. En reuniones anteriores se había llegado a un acuerdo: la bandera nacional, sin dudas, era el símbolo de unión de los argentinos. Pero había un inconveniente: la bandera, como tal, agrupaba a todos los hijos de esta tierra y no hacía distinciones políticas.
Acostumbrado a tomar notas y a abreviar, Álvarez Herrera había trazado sobre una bandera dibujada en papel dos iniciales. Una R y una A: República Argentina. Enseguida comprendió que esas dos letras podían identificarse fácilmente con las iniciales de Raúl Alfonsín.
De inmediato, asoció la idea con el óvalo que llevan algunos automóviles y que se exige en determinados casos para salir del país. Pensó que aquel símbolo no podía ser rechazado por nadie, que era fácil de reproducir y que, de aprobarse, debía imprimirse sin ninguna aclaración del nombre.
—Hice un primer intento y se lo mostré a dos dirigentes del partido que no lo aprobaron.
En aquella noche de julio, Álvarez Herrera retomó su símbolo. Mientras se discutía cuál era la mejor manera de representar a Alfonsín, se levantó y dibujó en el pizarrón el óvalo con las iniciales.
—¿Qué querés decir? —le preguntaron.
Aquella pregunta no hizo más que reafirmar su convencimiento de que estaba en el camino correcto.
—Mi experiencia en comunicación me dice que lo que es obvio no es bueno. El mensaje que es decodificado por el individuo es más valioso. Y más valioso es si le lleva algún tiempo interpretarlo. Su interpretación jerarquiza el mensaje; es como si la persona que “descubre” el mensaje lo inventara. Me parecía que el fuerte del símbolo era, justamente, la no aclaración de lo que significaban esas dos iniciales. Después de la inicial demora en reaccionar, todos empezaron a hablar en cadena. Ahí supe que mi presunción era acertada. Lo válido era interpretar el mensaje. Pero yo lo imaginaba hecho cartel, afiche o botón. Nunca lo imaginé como oblea autoadhesiva que recorrería el país pegada en la ropa de la gente e incluso en sus cuerpos. Después de esa reunión no supe nada del famoso óvalo, hasta que, dos meses después, viendo televisión en mi casa, vi una propaganda del partido con el óvalo y las iniciales. Me puse muy contento, claro, aunque nadie me dijera que la iban a usar y quién había llevado a cabo la idea.
Lo curioso de esta historia es que sus dos protagonistas desconocían una parte de ella. Alfonsín, al encontrarse con aquella calcomanía en manos de un vecino, confesaba no saber cómo había nacido. Álvarez Herrera, que había concebido el símbolo y lo imaginaba sobre carteles, afiches o botones, tampoco sabía cómo su creación había terminado convertida en una oblea autoadhesiva que recorría el país.








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