Por Agustín De Beitia.
El Vaticano informó que no encontró ningún impedimento (nihil obstat) para dar inicio a la causa de beatificación del coronel Argentino del Valle Larraburu, asesinado por le ERP en agosto de 1975 tras un año de cautiverio, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón.
El prefecto del Dicasterio para la Causa de los Santos, el cardenal italiano Marcelo Semerano, así lo informó por carta al delegado episcopal de la Causa de los Santos de la Conferencia Episcopal de Argentina, el obispo castrense monseñor Santiago Olivera, quien había solicitado esa confirmación.
“Examinado el asunto, me complace informar a Vuestra Excelencia que la Santa Sede confirma el nihil obstat. No habría ningún impedimento para dar inicio a la causa de beatificación y canonización del mencionado Siervo de Dios, de acuerdo con las ‘normas que deben observarse en las investigaciones hechas por los obispos en las causas de los santos’, publicadas el 7 de febrero de 1983 por el mismo departamento”, expresó Semerano, según la traducción del latín difundida por el obispado castrense.
El caso de Larrabure, quien era ingeniero químico, es emblemático. Secuestrado el domingo 11 de agosto de 1974 durante el ataque de unos 70 guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) a la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de Villa María, Córdoba, de la que era el subdirector, fue retenido más de un año en celdas subterráneas, primero en Córdoba y luego en Rosario. El 19 de agosto de 1975, cuando tenía 43 años, fue asesinado y su cuerpo arrojado a una zanja.
Fue un año de cautiverio en celdas de dimensiones mínimas y sin altura suficiente para ponerse de pie, privado de noticias sobre su familia porque los mensajes eran muy escasos, con torturas físicas y psicológicas.
Las torturas iban desde atarlo al camastro hasta pasajes de corriente eléctrica; desde el hambre (perdió 48 kilos) y las condiciones insalubres de encierro en un lugar húmedo y sin luz que agravaban su asma, hasta el estrangulamiento final, por no entregar la fórmula de los explosivos.
Monseñor Olivera llevó adelante la instrucción preliminar de la causa.
Esa fase incluyó “el acopio de testimonios, pedidos de apertura de la causa, la recopilación de la historia de su vida y su juicio personal de que había material y posibilidades para llevar adelante el proceso”, explica monseñor Olivera en una entrevista con La Prensa.
“Sobre todo vi que había una vida que podía ser presentada como modelo de entrega sin límites por amor a Dios y a los hermanos, y por plasmar el Evangelio en los consejos que daba por carta a la familia desde su cautiverio sobre el amor, el perdón y que no anidara el odio en ellos”, afirma el obispo.
Olivera destaca que antes de elevar su pregunta a la Santa Sede debió consultar, conforme a lo que establece el derecho canónico, a numerosos obispos, por ejemplo, del lugar donde murió, donde fue secuestrado, etc.
Ahora, con el “nihil obstat” del Vaticano, comenzará la fase diocesana del proceso. “El próximo paso es nombrar un tribunal, con un juez, con notarios, con peritos de historia, etc. En junio, calculo yo, comenzaremos con esa instancia diocesana, que consistirá en llamar a testigos, consultar a los peritos en historia, consultar archivos y documentación, para elaborar una ‘positio’”, comenta monseñor Olivera. “Eso incluirá una investigación sobre su vida y sobre cómo vivió las virtudes teologales y cardinales, pero fundamentalmente cómo las vivió en esta última etapa de su vida, en la que no rehúsa a ser fiel, no claudica, ante el doloroso pedido de sus secuestradores para que dé la fórmula de los explosivos a cambio de la libertad”, añade.
“Aspiramos a que la figura de Larrabure nos ayude a pensar en el presente en lo que él pedía a su familia: el amor y el perdón”, continúa. “Su vida es un sereno grito a la paz, a la reconciliación y la justicia”, concluyó.
En la entrevista con La Prensa, monseñor Olivera retoma una idea que manifestó en una carta a toda la comunidad que se difundió el sábado. Es el llamado a tomar conciencia de que “esta es una parte de nuestra historia que nos duele pero que no debe servir para seguir enfrentándonos sino para seguir el ejemplo de Larrabure, quien entre 1974 y 1975, bajo un gobierno democrático en el que se vivían turbulentos tiempos, y a pesar de sufrir todo lo que sufrió, sin que se respetaran sus derechos humanos, él invitaba al perdón. Esperamos que éste sea un servicio más a la patria y a la Iglesia de este siervo de Dios”.
Arturo Larrabure, hijo del coronel asesinado, comentó a La Prensa que están “muy emocionados” por la novedad. “Dios es justo”, dijo, enfático. “A veces la justicia terrenal no llega”, añadió, en alusión al recurso que planteó para que el caso de su padre sea reconocido como un crimen de lesa humanidad y que está en estudio en la Corte Suprema de la Nación. “Pero ante los ojos de Dios esto camina más rápido”, añadió. “Estamos muy contentos y esperanzados”, concluyó.
Publicado en LA PRENSA.
Por Agustín De Beitia.
https://www.laprensa.com.ar/528982-Nihil-obstat-del-Vaticanopara-la-causa-Larrabure.note.aspx
Argentino del Valle Larrabure, fue un militar argentino
nacido en la ciudad de San Miguel de Tucumán el 6 de junio de 1932. Fue
secuestrado por el grupo guerrillero del Ejército Revolucionario del Pueblo
(ERP) el 11 de agosto de 1974 durante el asalto a la fábrica militar de Villa
María, Córdoba. Quienes lo mantuvieron de forma inhumana en cautiverio por
exactamente 372 días y donde fue sometido a un calvario de torturas hasta que
fue asesinado por ahorcamiento un año después de su secuestro, el 23 de agosto
de 1975.
Sus comienzos.
"De procedimientos íntegros, tenaz, y preocupado.
Demuestra un gran entusiasmo profesional. Es enérgico y centrado en el mando;
ha obtenido excelentes resultados como instructor. Leal. Sobresaliente
camarada. Sobresaliente deportista. Concepto: Sobresaliente".
La fecha que lleva esta calificación es el 1 de diciembre de
1952. Argentino del Valle Larrabure recién había ascendido a subteniente y el
destino que se le asignaba era el Regimiento 19 de Infantería. Sobre él diría
un compañero de aquellos años: "Llevaba en la frente la marca de las
convicciones argentinas, de la lealtad de procederes, de la dedicación al
servicio y a la amistad". Con el correr de los años, estas cualidades no
irían sino profundizándose.
Nacido en la ciudad de San Miguel de Tucumán el 6 de junio
de 1932, hijo de Cirilo Larrabure y de Carmen Conde, el que luego sería una de
las grandes figuras del martirologio nacional, estudió en su ciudad natal en el
Colegio "Tulio García Fernández". Era el menor de los siete hijos de
una familia modesta y trabajadora, apegada a su suelo tucumano, a las
tradiciones de una ciudad y de una región por donde desfilaron los combatientes
de la independencia y los políticos de la independencia, donde el sentido de la
Patria naciente se conservó en tradiciones y objetivos.
El mayor de sus hermanos, Manuel, le llevaba quince años.
Haydée Esther, la única hermana, cinco. Su hermano Oscar, que era diez años
mayor y estudiaba en Buenos Aires cuando él decidió ingresar al Colegio Militar
de la Nación, en 1949, se encargó de patrocinarlo en esta nueva etapa de su
vida.
Ya en su primer año en el Colegio Militar, los responsables
del Instituto certificaban que "ha conseguido adaptarse al conjunto
rápidamente… De muy buenas condiciones morales y muy buen estudiante". Sus
notas más altas correspondían a las matemáticas y a los "materiales de
guerra", por los cuales sentía verdadera pasión. Sobre 260 cadetes, su
orden de méritos lo ubicaba en el puesto 84.
A uno de los hermanos le escribía dos años más tarde:
"No estoy conforme del todo, porque podría haber estado mejor. Esperaba
que en 1952 estaría entre los 20 primeros, pero terminé en el lugar 73 entre
207. También tuve unos cuantos "arrestos" durante el año, pero no
creas que son de esos arrestos de comisaría. Bueno, tampoco fueron cosas serias
esas faltitas mías, apenas problemas de desordenado que soy en mis cosas. Y
fijate, el orden es primordial no sólo en la milicia. Leí por ahí a no recuerdo
qué pensador, que dice que con su estudio en desorden hasta le parece que las
ideas se niegan a salir coherentes y organizadas. Así que todas estas cosas de
la disciplina no se inventaron porque sí, sino porque te dan costumbres buenas
y un modo más fácil de soportar hasta los deberes más difíciles…".
En 1953 su destino es su Tucumán natal. Allí se siente
reunido con sus raíces familiares, a la vez que logra un amplio reconocimiento
por parte de sus superiores, en lo profesional y en lo personal.
"Supera sus apariencias, que son de porte muy natural y
sencillo, modesto. Puesto en acción frente a una tarea se multiplica en el
rendimiento, evidenciando toda su capacidad y sus deseos de cumplir. Su manera
de ser es llana, franca y leal, lo cual le permite conquistar el aprecio de sus
camaradas, el afecto de sus subordinados y la confianza de sus superiores.
Dispuesto para la lucha franca, con elevado espíritu de sacrificio demuestra
aspiraciones profesionales dignas de ser reconocidas. Conduce su fracción con
criterio. Educa e instruye a su tropa con dominio, precisión y método, y
adoctrina con el refuerzo de sus propias convicciones. Es culto. Es respetuoso
con todos, sin excepción; subordinado y buen camarada. Es puntual. Buen
gimnasta y resistente a la fatiga". Esta calificación, firmada por el
mayor Pedro Alejandro del Río, que era su jefe de batallón, era compartida al
cabo de su primer año como oficial, por el jefe del Regimiento, teniente
coronel Alfredo Cirulli, quien añadía, además, que lo había observado en el
ejercicio del mando como "firme, enérgico y siempre equitativo".
Las virtudes de Larrabure serían valoradas de año en año y
de unidad en unidad. Su jefe en el Regimiento 7 de La Plata, teniente coronel
José María Morteo, observaría que "es de temperamento reposado, afable y
bondadoso", lo cual no le impide "mandar con energía y firmeza…,
enseñando con el ejemplo" a sus subordinados.
El año 1955 determina el ascenso del joven oficial al grado
de teniente, suceso que coincide con su casamiento con María Susana de San
Martín, hija de un médico porteño. En octubre de 1956, nacería la primogénita
del matrimonio, María Susana, a la cual seguiría en junio de 1959 un varón,
Arturo Cirilo. Es de destacar que en febrero de 1974, poco antes de su
secuestro a manos de los terroristas, Larrabure obtuvo que la Justicia de Menores
de Villa María, provincia de Córdoba, le concediera la guarda de un menor de
nueve años, Jorge Alberto, que pasó a ser educado y "mimado" –como él
mismo decía- en el seno de su hogar.
"Para mí el matrimonio no es un contrato, o no es sólo
un contrato. No es tampoco una institución, porque es mucho más que una
institución. Y lo mismo, los hijos, los hijos de la sangre de uno, a la cual
uno puede asimilar hijos de afecto, hermanos de afecto. Estoy convencido de que
el matrimonio y la paternidad son grandes por la grandeza de las cosas que los
inspiran, desde el espíritu de Dios en quien creo, hasta la profundidad del
amor, de que debe ser capaz cualquier ser humano, a no ser que lo obnubile esa
naturaleza animal que debe estar controlada por el espíritu".
Larrabure, además de soldado altamente capacitado, tenía el
sentido de las cosas superiores y a veces compartía, con una modestia admirable
–porque jamás quería aparecer como enseñando, en temas espirituales-, sus
convicciones con sus camaradas.
Durante el año 1959 prestó servicios como jefe de la sección
Mantenimiento en el Estado Mayor del Ejército y allí ascendió a teniente 1º. En
el año militar siguiente pasó a la Escuela Superior Técnica, donde el mayor
Jorge Garrié Faguet, su jefe del primer curso, señala que "se destaca
entre sus camaradas por su actuación en los estudios y por haber puesto de
manifiesto en forma encomiable su sentido de responsabilidad, de resolución e
independencia de juicio, y su dominio de sí mismo".
Edificar por dentro.
Estos testimonios permiten explicar luego, con claridad, esa
dimensión excepcional que alcanza la persona de Larrabure a lo largo de 372
días de cautiverio, en condiciones de tortura física y psíquica tal vez nunca
registradas en todo el historial de la delincuencia, subversiva o no, en
nuestro país.
El ser humano es persona, enseñan los filósofos desde la
antigüedad. O sea, un ser físico, pero también, y esencialmente, espiritual,
que es un todo en sí mismo, si bien existe para sí y para los demás, y tiende a
su propia perfección temporal y eterna. Si no se admitiera la personalidad del
hombre en su conjunto, no sería posible interpretar el significado de su
existencia ni interpretar la significación de sus actos y de su desarrollo.
Para Larrabure, el martirio fue, en 1975, la victoria.
Posiblemente el país necesitaba que la década del terror no estuviera sólo
iluminada por el coraje, o que las víctimas fueran meritorios ciudadanos a los
cuales la subversión "castigaba" para que nadie se atreviera a
emularlas. Tampoco bastaba que el país presenciara la eliminación de
personalidades que estorbaban, por una función social determinada, a la
expansión subversiva.
Larrabure no era sólo coraje, ni tenia sentido para los
terroristas torturarlo y asesinarlo por su desempeño en la Fábrica Militar de
Pólvora y Explosivos, de Villa María, donde fue capturado el 11 de agosto de
1974. Fue su coraje y su pertenencia al Ejército lo que determinaron la acción,
pero muy especialmente ese permanente gesto de desafío moral a la organización
antiargentina y antisocial que lo tenía en sus manos.
"El que muere por la fe, triunfa. Si viviera sin la fe,
sería derrotado", decía Máximo de Turín, ya en el siglo V.
Lo significativo en el sacrificio de la propia vida, no es
el hecho de perderla, sino el de perderla pese a haber tenido la posibilidad de
conservarla por medio de la deserción, de la traición o al menos de alguna
claudicación menor. El mártir no menosprecia la vida. Más aún, para que su
sacrificio tenga valor pleno, debe atribuirle el valor individual, social y
eterno que tiene, como bien primero con que cuenta. Pero este bien, para una
persona que asume en su plenitud el martirio, es un valor menor que aquel otro,
por el cual lo sacrifica.
La esencia de la fortaleza, que Larrabure demostró en manos
de los marxistas, radica en la disposición a perderlo todo: la vida, la salud,
la libertad, el afecto de quienes quedan, por conservar aquello que trasciende
la propia existencia coyuntural.
"Lo que a los héroes importa, no es la muerte ni la
herida, sino el logro del bien de la Patria", afirmaba George Washington.
En el cristianismo, la fortaleza aparece en el tercer lugar
entre las virtudes cardinales. La fortaleza sin prudencia, no sería fortaleza.
Ya a lo largo de su vida castrense y de su actuación privada, Larrabure había
demostrado ser prudente y equilibrado, justo y considerado, ecuánime y
dinámico, amante de la vida y de los suyos, optimista y emprendedor. Justamente
por eso, a la hora de elegir, eligió.
Entre los años 1960 y 1964, período en el cual cursó
estudios en la Escuela Superior Técnica, su calificación fue siempre la máxima
posible. Cien puntos en "carácter", 100 puntos en "espíritu
militar", 100 puntos en "capacidad intelectual", 100 puntos en
"competencia en el mando".
En 1963, el Ingeniero militar Larrabure había ascendido a
Capitán, y con ese grado pasó a desempeñarse en la Fábrica Militar de Tolueno,
en Campana, donde primero fue auxiliar técnico de la dirección, y a los seis
meses designado jefe de producción. El coronel Eugenio H. Martínez, que en esos
momentos era director de producción de la planta, exaltó al terminar 1965 que
había encontrado en Larrabure no sólo "condiciones generales realmente
sobresalientes", sino que también durante el período de su gestión se
lograron "resultados altamente satisfactorios, que ponen en evidencia
responsabilidad, criterio y conocimientos técnicos de su especialidad".
En 1968 siguió el curso básico de Comando en la Escuela
Superior de Guerra, pasando luego al Comando de Intendencia, donde fue nombrado
jefe de laboratorios. Todas sus calificaciones continuaron siendo 100 sobre
100, mientras que su dedicación profesional hizo que estudiase incesantemente
las materias de su especialidad. Largas horas en laboratorios y bibliotecas le
permitieron estar al día con los adelantos mundiales, porque como dijo a un
químico civil en Campana, "lo único que sé es que en el año 2000 usted y
yo vamos a estar estudiando".
A su modo de ver, las fábricas militares son insustituibles.
Precisamente "porque no compiten con la actividad civil y porque abren
camino". En general, a toda la actividad militar le asigna especial
importancia, destacando que las armas habían sido –por medio de Saavedra y sus
Patricios- determinantes para el pronunciamiento del 25 de Mayo. Más tarde, para
expulsar a los colonizadores, para establecer la unidad geopolítica del país,
para ensanchar las fronteras interiores y para unificar, en períodos cruciales,
el pensamiento político con la acción.
La designación, en diciembre de 1969, para ocupar la
subdirección de la Fábrica Militar de Pólvora y Explosivos de Villa María, lo
llenó de tanta alegría como el coincidente ascenso a Mayor. A los 37 años,
comprendía que todo lo que tenía aún por hacer y veía en el desarrollo de esa
industria una posibilidad concreta de aportar al desarrollo técnico del arma y
del país. En vísperas de Navidad asumió el cargo, luego veraneó con su esposa y
sus dos hijos en Claromecó, como venía haciéndolo desde años atrás.
En abril de 1970, simultáneamente con sus funciones de
subdirector, se hizo cargo de las responsabilidades de jefe de producción. Sus
subordinados, militares o civiles, quedaron maravillados con su capacidad de
trabajo. Doce o catorce horas al frente de la planta, no le parecían demasiado
cuando de él se trataba. Al mismo tiempo, no había problema personal de
"su gente" al cual no fuera permeable.
A comienzos de 1972 renunció a su licencia anual, porque
luego de un breve período en Buenos Aires, cumpliendo funciones en el Estado
Mayor, se lo designó para seguir un curso en el Instituto Militar de
Ingeniería, de Río de Janeiro. Comprobó allí que la Argentina contaba con todos
los elementos humanos y técnicos necesarios para que su producción militar se
situara a la cabeza en América del Sur. Todo el año 1972 y todo 1973 permaneció
en el vecino país, cursando Extensión en Química, alcanzando las más altas
calificaciones, además de establecer sólidas amistades con su cautivante don de
gente y su conducta simple y cordial.
Según el general José Guimaraes Pinheiro, director del IME,
Instituto Militar de Engenharia, dependiente del Ministerio brasileño de
Ejército, Larrabure era un hombre "de magníficas condiciones morales e
intelectuales. Demostró formación castrense excelente, responsabilidad, sólidos
conocimientos profesionales y un elevado espíritu de camaradería".
Agregaba el general brasileño que superiores y camaradas de los cursos en el
IME se maravillaron de la prontitud con que Larrabure pasó a dominar el portugués,
lo que pronto permitió que quedaran realzados su "cavalheirismo e
sociabilidade". La solidez de esos vínculos amistosos quedaría comprobada
también a la hora aciaga de su asesinato.
En lo estrictamente científico, Larrabure se había destacado
principalmente en Física-Química Orgánica, en Administración y Organización de
Industrias Químicas, en Química Cinética y en Economía Aplicada a la
especialidad. Su trabajo Nitración de celulosa por proceso no-clásico tuvo
amplia repercusión en el Instituto brasileño, y en diciembre de 1973 el vecino
país lo condecoró con la Orden del Pacificador, destacándose sus cualidades
humanas, militares y profesionales, en la resolución correspondiente.
En enero de 1974, sin tomarse la licencia correspondiente,
Larrabure ya estaba en su puesto de Villa María.
El secuestro.
En una misma noche, la del 11 de agosto de 1974, el Ejército
Revolucionario del Pueblo asaltaba dos organismos militares. Uno de ellos era
el Regimiento de Infantería Aerotransportado nº 17, de Catamarca, donde la
actuación de la guardia y de la policía provincial impidieron el copamiento,
con el resultado de dos terroristas muertos y uno herido. A su vez, dos
policías también quedaron con impacto de bala.
En el otro hecho, perpetrado contra la Fábrica Militar de
Villa María, el resultado fue muy distinto. Allí, cinco kilómetros afuera del
radio urbano, la acción de setenta guerrilleros fuertemente armados logró
vulnerar las defensas del perímetro castrense, gracias a la complicidad de un
soldado conscripto, apellidado Pettigiani.
El ataque se inició aproximadamente a las 10 de la noche del
sábado, cuando por el tiempo invernal la mayoría de la población vecina ya
estaba recluida en sus hogares. A esa hora, quince subversivos coparon el motel
"Pasatiempo", ubicado a unas nueve cuadras de la planta militar.
Varias parejas guerrilleras, llegadas con anterioridad, ya habían ocupado
habitaciones del establecimiento, que en pocos minutos se convirtieron en
cuartel general del operativo. Entre los treinta ocupantes armados, una decena
vistió con prontitud uniformes militares, mientras que con otro grupo, alejado
del lugar, se mantenían conversaciones radiales.
La llegada casual del automóvil de una pareja, que al ver la
oscuridad del edificio supuso que estaba cerrado y optó por regresar hacia
Villa María, desbarató en parte los preparativos. Asustados, algunos de los
guerrilleros que actuaban en el exterior como "campanas" comenzaron a
disparar sin resultado contra el automóvil, gracias a lo cual se puso en
movimiento un operativo policial en la zona. Varios grupos de guerrilleros se
lanzaron en consecuencia al ataque contra la Fábrica Militar, mientras frente
al motel era muerto por los terroristas el cabo Marcelino Cuello. La policía
provincial tuvo, igualmente, cuatro heridos.
La acción del soldado Pettigiani, que junto con otros dos
había formado una célula en la Fábrica, permitió que la guardia de los portones
de entrada fuera reducida por la acción traicionera desde el recinto. A la vez,
en el perímetro castrense, donde se alojaban los oficiales superiores con sus
familias –entre ellos Argentino del Valle Larrabure, su esposa, los dos hijos
del matrimonio y el pequeño incorporado meses atrás al grupo-, se estaba
desarrollando una reunión de amigos.
En el instante de abrirse el portón de acceso, y pese a que
continuaba el enfrentamiento en el motel, los guerrilleros que penetraron
sumaban más de sesenta. Divididos en grupos que conocían perfectamente la
distribución de los hombres a esa hora, así como la ubicación de los
materiales, los guerrilleros intentaron secuestrar al Teniente Coronel Osvaldo
Jorge Guardone, que se hallaba en su casa. El militar, que segundos antes había
percibido movimientos extraños, organizó rápidamente su defensa, entregándole
un arma a cada integrante de su familia que sabía manejarla, así cayó muerto
uno de los asaltantes que había irrumpido en su vivienda; los restantes
componentes del grupo se dieron a la fuga.
A todo el personal que estaba en la reunión, entre los que
se contaban el mayor Argentino del Valle Larrabure y el capitán Roberto A.
García, se le ordenó que se tiraran al piso, el mayor Larrabure rápidamente se
identificó como la persona de más alta jerarquía militar de la fiesta y pidió
tranquilidad y que no se les hiciera daño a ninguna de las personas allí
congregadas. Los dos militares fueron tomados de rehenes. Cuando fueron
llevados hacia un automóvil, el capitán García intentó fugarse; fue acribillado
por la espalda y mal herido, junto al mayor Larrabure, fueron subidos al
vehículo con el que se dieron a la fuga. A la mañana siguiente el capitán
García, gravemente herido, dándolo por muerto, fue abandonado. Larrabure, en
cambio, golpeado brutalmente, comenzaba su largo peregrinar hacia su calvario.
En otros sectores, los 50 o 60 soldados que constituían la
dotación de la planta resistían en forma desordenada. La mayoría estaba ya
disponiéndose para el reposo, cuando los extremistas, vestidos de soldados u
oficiales, se interpusieron entre ellos esgrimiendo armas. Dos horas después de
haber ocupado la Fábrica, los atacantes dejaban el lugar con un camión cargado
de fusiles FAL, ametralladoras, explosivos, armas cortas, y uniformes. En otros
diez vehículos, parte de los cuales habían permanecido estacionados sobre la
ruta y en medio de pastizales, huyeron los guerrilleros llevando consigo a sus
muertos –habrían sido dos- y a siete u ocho heridos.
El soldado José Carlos Fernández y el suboficial Alberto
Albornoz eran, entretanto, los efectivos de Ejército peor heridos, junto al
capitán García, quien apareció abandonado en un vehículo con varios tiros en el
abdomen, signos de quemaduras de cigarrillos y fractura de un brazo y de una
pierna, producidos durante torturas de que fue objeto durante el breve
cautiverio. De las 10 heridas de bala, siete le fueron inferidas durante las
torturas.
De Larrabure, igualmente secuestrado, no hubo huellas y
García no pudo aportar datos. Horas después del copamiento, al intentar la fuga
ante un control policial, chocó espectacularmente un Fiat 128 robado la noche
anterior. Herido, fue retirado de entre los hierros del rodado un tucumano
apellidado Sánchez, mientras que a su lado estaba el cadáver del médico José
Luis Boscaroli, viejo conocido de las autoridades por sus actividades
subversivas. Sánchez reconoció que ambos habían participado del ataque de Villa
María. El soldado Fernández ya estaba en estado de coma profundo…
En la fecha del golpe, ya tenían los terroristas a un
militar en sus manos: el Tte Cnl Jorge Roberto Ibarzábal, secuestrado en Azul.
El cautiverio.
El 28 de febrero de 1975, Narciso Aurelio Larrabure, uno de
los hermanos del militar, del cual no se tenían noticias, salvo por
conmovedoras misivas enviadas desde la prisión del ERP –y remitidas por medio
de los terroristas-, publicaba en el diario "Córdoba" una carta
dirigida al cautivo:
"Querido hermano: Sé de los problemas y vicisitudes que
estás pasando. No sólo vos tenés este problema. En el andar diario veo la
preocupación del ciudadano, llámese amigo nuestro, conocido; sea profesional,
empleado, comerciante, obrero, estudiante, sacerdote, incluidos en esta gama
muchos de los adversarios políticos que yo tuve hasta ayer.
Todos, queridos hermanos argentinos, expresan por igual su
más decidido apoyo ante tu problema y reiteran permanente solidaridad con tu
persona. Dentro del dolor, comparto la alegría de escuchar lo que de ti
expresan. Todos esperan el día de tu liberación. No estás solo. Contás con el
apoyo espiritual y material de todo aquel que te conoce, y por lo tanto meritúa
tu persona.
Hermano mío: No debes desfallecer. Debes tener fe en este
cautiverio que estas soportando. No te abandones ni espiritual ni físicamente,
hacé ejercicios indicados, pensá sin temor a equivocarte que en días o meses
deberá llegar el entendimiento entre los hombres de este suelo, y todo quedará
como recuerdo, caro sí, pero recuerdo al fin.
Entonces podrás decir como fray Luis de León a sus
discípulos: "Y como decíamos ayer…". Y así podrás seguir trabajando
como lo has hecho siempre para tu Patria, con esa auténtica y desinteresada
vocación de servirla que tenés.
Cariños de Moña, tu querida sobrina, Maria Aurelia; te manda
muchos besos tu desconsolada hermana gringa. Un abrazo de tu hermano que no te
olvida ni un segundo. Hasta dentro de poco… Cariños, Toti.
P.D. –En estos momentos sos para la subversión un
"trofeo de acción". En la paz no lejana, éstos se devuelven.
Vale".
Este mensaje nunca llegó a ser leído por Larrabure, a quien
sus carceleros le impedían ya leer diarios o revistas, e inclusive escuchar la
radio. Un mes más tarde, y ante el silencio total de los secuestradores, a los
cuales el primer texto invitaba indirectamente a establecer contacto, Narciso
Aurelio Larrabure publicaba una segunda carta. Al pie de ella consignaba su
teléfono y dirección en San Miguel de Tucumán.
"Tucumán, 31 de marzo de 1975. A los jóvenes
secuestradores de mi hermano, el Ingeniero militar Argentino del Valle
Larrabure. Jóvenes: He esperado con reflexiva fe en ustedes, y por eso les
escribo ahora, durante los ocho meses desde que vuestro grupo secuestró a mi
hermano, el Ingeniero militar Argentino del V. Larrabure. Leída la carta que
por medio del diario "Córdoba" ustedes hicieron llegar, la cual está
escrita de puño y letra por mi hermano desde su prisión, él nos anuncia que vuestra
sentencia sobre su persona es la de "prisionero de guerra".
Ahora bien, en todos los contactos que logré con vuestros
subalternos correos, a pesar de haber cumplido con toda solemnidad sus
múltiples instrucciones, no he logrado una entrevista con la cúspide de vuestro
movimiento ni con mi hermano, para poder certificar que realmente le dan trato
de "prisionero de guerra", y más aún, certificar sobre su salud y
vida. Todo hasta ahora, fueron palabras.
Medito, averiguo, comparo y les expreso: por conversaciones
mantenidas con padres y hermanos de jóvenes que integran vuestros movimientos y
se encuentran detenidos, me entero de que no hay ninguna dificultad –padres y
hermanos- en entrevistarse, conversar y comprobar personalmente el estado de
salud y trato personal de quien está privado de libertad. ¿Y vosotros? ¿Vuestro
ejemplo?
Espero y ratifico mis anteriores procederes que tuve con
vuestros correos al ofrecerles mi vida, la del suscrito, la de mi señora esposa
y la del tesoro más preciado que poseo, mi hija como las vuestras, María
Aurelia, de 9 años, para garantizar mi lealtad y pureza para las entrevistas.
Ustedes conocen los lugares de desplazamientos para concretarla. Dios ilumine
vuestras decisiones. Narciso Aurelio Larrabure, Mendoza 606, 3º, B. - Teléfono
26969, Tucumán".
Días antes de cumplirse el año del secuestro, en diarios de
Córdoba y Buenos Aires aparecía una solicitada de la familia, expresando la
esperanza en el reencuentro. En cuanto a las misivas que el mayor Larrabure
pudo enviar a los suyos, tres de ellas estuvieron fechadas el 8 y el 22 de
octubre de 1974, y enero de 1975.
"Querida María Susanita: Por las razones conocidas no
puedo acompañarte en tu cumpleaños, pero sí te llegará mi amor de padre, a
través del espacio, de la distancia. Cumples 18 años. Toda una señorita. Debes
tener la entereza para sobrellevar este infortunio y estar dispuesta a esperar
lo peor Dale un beso grandote a mamá, dile que la extraño muchísimo, lo mismo
que a Arturo, a Jorgito y a ti. Cuiden a mamá. Estudien. Si te va a visitar
Pola para tu cumpleaños, o si le escribís, dale un fuerte abrazo extensivo a
sus padres. A mis hermanos, cuando vayan, también dales un gran abrazo. Saludos
al personal militar, civil, amigos y alumnos. Un beso grandote para los cinco.
Mi tirón de orejas para ti. Tu padre…".
Dos semanas más tarde, el 22 de octubre, Larrabure conseguía
anuencia de sus carceleros para remitir una segunda carta a sus familiares,
especialmente dirigida a su esposa, a la cual afectuosamente llamaba
"Marisita".
"No bajes la guardia Marisita, y seguí adelante. Nita y
los chicos te ayudarán y podrás continuar conduciendo la familia. Les agradezco
infinitamente a mis hermanos, y a todos los amigos, personal del Ejército y de
la Fábrica que te ayudan en esta emergencia. A mis hijos y ahijado especialmente,
que no olviden mi mensaje: aun suceda lo peor, no deben odiar a nadie, y
devolver la bofetada con poner la otra mejilla."
En el texto, el prisionero intentaba tranquilizar a los
suyos y procuraba demostrar la continuidad de la relación con consejos sobre la
marcha de la casa, la educación de los hijos y otros detalles. Pero ya en enero
de 1975, cinco meses después del secuestro, la letra de Larrabure se hacía, por
párrafos, difícil de descifrar. Tras referir que "he vivido momentos muy
inciertos, pero creo que los voy superando", en esta nueva carta, dirigida
a "Querida Marisita, queridos hijos María Susana y Arturo Cirilo, queridos
Jorgito y Nita", Larrabure expresa:
"Si están todos juntos sean fuertes. No tengan mucha
esperanza en volverme a ver. Sepan que siempre los quise mucho. A vos,
Marisita, un beso fuerte y la refirmación de mi amor… A mis hijos les dedico lo
mejor de mí, los quiero con toda mi alma. Tuve desesperación cuando creí que
habían sufrido algún daño. Cuiden a su mamá..." Tras recordar a su madre,
a sus hermanos, amigos, colaboradores de la Fábrica de Villa María, y a muchas
personas más que evidentemente estaban grabadas en su estima, Larrabure
concluía: "Marisita, fuerza y adelante. Te adoro con todo corazón. Quiero
que esta carta la leas a todos a quienes tú creas que corresponde".
Tal como se comprobó posteriormente, el mayor Larrabure
estaba cautivo, en esta parte del período, en Rosario, adonde había sido
llevado el día 3 de noviembre. Nada pudo establecerse sobre la ubicación de la
prisión anterior, ni tampoco sobre los motivos del traslado, que coincidió con
un drástico empeoramiento del trato. Tal como lo entendía Larrabure mismo, su
muerte estaba decretada. Las investigaciones sobre su paradero, entretanto, no
avanzaban. Las precauciones de los terroristas y la magnitud del aparato
logístico con que contaban, impedía aproximación. Por supuesto, las cartas que
el secuestrado escribía en su celda de Rosario, eran despachadas desde Córdoba.
Los correos a los cuáles aludía en sus avisos el hermano, no conducían a nada y
parecieron ser, más que nada, parte de una cruel acción psicológica para
destruir a la familia.
Larrabure, entretanto, escribía poemas que eran filosofía y
credo. El credo de un hombre que evaluaba en largas horas el único patrimonio
inajenable que la naturaleza le otorga: la vida, el amor y la muerte. De su
puño y letra le puso también el título "Soledad, desesperanza".
"En la soledad del cautiverio,
Lacerado por el recuerdo y la tristeza,
Se agiganta tu figura de mujer amada
Rondando la locura y la desesperanza.
Bloqueado en el pensamiento y el habla,
Solo, casi junto a la nada,
va pasando el impertérrito tiempo
en su marcha hacia Dios, hacia la eternidad deseada.
Y yo junto a ti, a nuestros hijos amados.
Y yo lejos de ti, de nuestros hijos amados,
Penando en la incerteza, en el no saber nada.
Sabiendo solo de tu amor, de tu amor incalculado.
Así va todo trascurriendo…
Como trascurren las cosas en la tierra.
En la tierra habitada por los hombres que hacen,
Y por los hombres que torturan y matan".
La resistencia
Larrabure era Ingeniero químico. Nunca había pensado que
podría ser prisionero de nadie; pero como sabía ser hombre y soldado, también
supo ser prisionero. En el centro de secuestradores de la casucha de Garay
esquina Bariloche, en Rosario, dio pruebas de su temple, invocando a Dios,
cantándole a la Patria o a su mujer y a sus hijos, o escribiendo fórmulas
químicas en el mismo cuaderno, para conservar sus facultades intelectuales.
También hacía crucigramas, que él mismo armaba.
Sus ataques de asma ya no merecían atención por parte de sus
carceleros. El recinto donde se lo tuvo durante más de nueve meses tenía dos
metros de largo por metro y medio de ancho, y junto al catre había un retrete
portátil. La celda se hallaba bajo un negocio de mercería, atendido por una
mujer joven. En la vivienda habitaban, además, el marido, su madre y las dos
criaturas del matrimonio. Un cuadro típico de un modesto barrio de nuestras
ciudades. O de cualquier ciudad del mundo.
A la celda de Larrabure y a la contigua, ocupada
sucesivamente por varias personas que fueron secuestradas con fines extorsivos
y que luego reconocieron el lugar, se llegaba a través del "placard"
del dormitorio de la pareja. Las celdas "A" y "B", denominadas
así en los brevísimos diálogos que los secuestrados podían oír, carecían de
otra luz que la de un tubo fluorescente encendido o apagado a criterio de los
terroristas. En la celda B, un industrial fue testigo del temple de Larrabure
ante la muerte, cuando lo oyó cantar el Himno Nacional frente a sus asesinos.
Un mes antes, en la última carta que pudo hacer llegar a su
familia, Larrabure consolaba todavía a su mujer: "espero nos encontraremos
pronto". Pero, inclusive, su estado físico era grave. Había perdido
cuarenta kilos y el asma lo asfixiaba con creciente frecuencia. No tenía con
quién hablar. Sólo el "capitán" encargado del centro de detención,
que venía ocasionalmente, estaba autorizado para contestar las preguntas del
detenido, siempre que tuviera voluntad de hacerlo. Hay indicios firmes de que
se le exigió a Larrabure que pasara al bando subversivo. Su negativa fue
determinante para que en ningún momento cediera el rigor sobre su persona, y
para que al final se lo asesinara.
"A Dios, que con tu sabiduría omnipotente has
determinado este derrotero de calvario, a Ti te invoco permanentemente para que
me des fuerzas. A ti, mi muy amada esposa, para que sobrepongas tu abatido
espíritu por la fe en Dios. A mis hijos, para que sepan perdonar. Al Ejército
argentino, para que mantenga orgulloso los colores patrios. Al pueblo
argentino, dirigentes o dirigidos, para que toda la sangre derramada conmueva a
la reflexión para dilucidar que somos hombre capaces de hacer nuestro destino
sin ideas y formas de vida foráneas y ajenas. A mi tierra argentina, ubérrima y
acogedora, hoy escenario de luchas fraticidas. Para que cobije mi cuerpo y me
dé paz".
Así, con palabras que justificaban que en una
"solicitada" el personal de la fábrica de Villa Maria dijera que
Larrabure podía alinearse en la fila de los generales Mosconi y Savio, comenzó
el militar cautivo su diario, breve y frustrado, en las postrimerías de su
agonía. No tenía ya noción ni del tiempo ni de los hechos exteriores; de ahí
que recurriera a todo lo que dentro de sí había edificado a lo largo de 43 años
de vida.
"No escribo para el insulto ni formulo personalismos,
más bien me impulsa escribir, este cautiverio que me sume en las sombras, pero
que me inundó de luz", acotaba Larrabure. Con todo, no podía omitir la
referencia a sus captores: "Mis enemigos son medrosos y pusilánimes ante
iguales o superiores. Pero impulsivos, cortantes y autoritarios ante
inferiores, débiles y desarmados… Aquí hay soledad de voces y ausencia total de
facciones vivas. La cara es reflejo del alma… y los mentados "carceleros
del pueblo" son capuchas móviles, insensibles, endurecidos por
resentimientos de profundas raíces. Son carceleros sin alma.
…No puedo imaginar qué ventura de halito bondadoso y sutil
pretende acariciar su accionar delictivo, qué hace que su carroña se transforme
en doradas mieses.
…Estar cautivo de estos revolucionarios antiimperialistas,
que arroban sus ideas en los "sobacos" del imperialismo que nace de
la idea de los placeres fáciles, del poder asequible sin espera, del dinero,
diciendo ser antiburgués cuando huelen a burgués desde que se amamantaban de
los pechos de sus madres.
Estar cautivo de estos "próceres" es como estar
atrapado en una telaraña, donde sustraídos del medio nos vemos imponentes para
liberarnos pero mantenemos la esperanza de una muerte.
Sabía ya que la subversión en su estrategia y en su táctica
busca crear el caos nacional. En su estrategia están los revolucionarios
burgueses con coches, mujeres, departamentos, buenas "pilchas" y
cuentas en el extranjero.
Su escenario es multinacional, hablan de "revolución en
América latina" y sus representantes se reúnen en Praga, que como es de
suponer les permite recibir instrucciones de un "buen señor maestro en
revoluciones" que supongo no se llama García ni Fernández ni Pérez…
…Estoy celosamente custodiado por encapuchados cuyos cambios
de guardia constato por el cambio de calzado que usan o por las manos… Estos
son mis carceleros, mis jóvenes encapuchados que resignan con su agresiva actitud
la milenaria disposición que a la juventud la caracteriza por su ternura, por
su amor.
…Aprecio que mi celda es una excavación porque carece de
ventanas y una de las paredes laterales está burdamente revocada a cemento. El
frente es de idéntica composición. El contrafrente es una pared de ladrillos
huecos y una reja de aproximadamente 40 por 60 y el costado una divisoria de
madera compactada. La puerta de igual material da a un pasillo, donde ví otra
lúgubre y húmeda celda.
…Dos tubos de plástico negro de unos dos centímetros de
diámetro conectan con el exterior y permiten la aireación mediante un extractor
eléctrico cuyo funcionamiento depende de mis captores. Yo padezco la terrible
desventura de pensar que puede dejar de funcionar y aumenta mi congoja de
sentirme ahogado en este nicho donde el aire húmedo y enrarecido aumenta el
asma que quebranta mi fuerza física. ¡Oh Dios, no permitas que muera ahogado,
asfixiado, desesperado!
…Estoy confundido y quiero ordenar mis ideas. No sé cuándo
es de noche ni cuándo es de día. Las horas no están marcadas por el reloj. Me
son dichas por mis "piadosos" carceleros encapuchados y por Radio
Rivadavia, que ellos sintonizan y puedo escuchar mientras me vigilan…
Pero hoy, prisionero, sin entender la razón de mi
cautiverio, el tiempo sólo sirve para dimensionar un tiempo transcurrido y un
futuro cada vez más cerca de mi muerte o de mi liberación…
Oh Dios… ¿Podré encandilar un día mis ojos con la luz del
sol y palpitar mi corazón agitadamente junto a mi amada esposa, hijos y demás
queridos? Si no me quitan lápiz y borradores podré confeccionar mi propio
calendario…
…Mis carceleros me han brindado entrevistas para hablarme de
política. Por supuesto, política revolucionaria empapada de Mao Tse Tung, Regis
Debray, Giap, Ho Chi Minh, Guevara y demás. Les expresé que mi formación es
eminentemente técnica y no siento vocación, o prácticamente me fastidia la
política. Para prepararme me han entregado la bibliografía correspondiente pero
persisto en mi obstinación de mi poco apego a tales estudios e insisto en que
deseo libros de matemáticas o física o química…
Este vivir sin querer vivir, este transcurrir del tiempo sin
ser dueño de él me hace volcar a diario a profundas meditaciones. Ellas me
reencuentran con Dios, en quien deposito mi esperanza, de quien guardo infinita
fe y me someto sumiso al destino que me dé y al recuerdo permanente de mis
seres queridos, que vivirán una pesada cadena de dolor por esta separación e
incertidumbre de mi destino…
…Las marañas de este largo tiempo traen a mi memoria un
libro que habré leído hace más de 20 años, Mis prisiones, de Silvio Pellico.
Allí el autor componía una autobiografía en que cuenta su prisión por causas
políticas, allá por 1820. Estaba encerrado en celdas pero disponía de
carceleros sin capuchas, que ya en el primer día se ofrecen de comprarle vino y
se horrorizan cuando Pellico les dice que no bebe, por cuanto entonces, según
ellos, se le hará insoportable la soledad de la prisión. Pero son carceleros
que tienen cara y traducen alguna consideración para con los que sufren allí.
El autor de Mis prisiones relata que en la soledad y el silencio de su celda se
reconforta con su devoción a Dios y el recuerdo de los seres queridos que
añora. Un día, una Biblia le permitirá deambular en profundas meditaciones y
muy pronto, un día, se acerca a las rejas de su celda un niño, hijo de
ladrones, que vive cerca y crece al amparo de la cárcel donde su padre purga
una pena. Pellico le arroja un pan, y advierte enseguida que la criatura es
sordomuda. El pequeño agradece con cariñosos gestos y así a diario se establece
una comunicación por señas y muestras de gratitud y el ferviente deseo del
preso de mantener esas comunicación, que en su soledad está llena del candor
del niño, que arrastra sus signos de tantas desgracias…"
Es curioso cómo, poco antes de su secuestro, había vuelto a
la memoria de Larrabure el recuerdo de este libre, durante una de las clases
que dio ese año en el colegio de las Hermanas de Villa María, donde se
desempeñaba como profesor. Su gusto por la docencia, que ya había ejercido en
la Universidad Católica, no se traducía sólo en explicaciones científicas.
Espontáneamente, siempre dejaba en sus clases algo más, aquello que debe ser el
encuadre de los conocimientos técnicos. Refiriéndose a Pellico, había acotado
Larrabure en aquella ocasión que nadie sabe todo lo que conserva en su corazón
y en su intelecto, hasta que el dolor y la soledad se lo revelan…
Siguiendo con el "diario", que en muchas partes
revela una debilidad física extrema, reiteraciones y superposiciones, se hallan
otras referencias al agravante de las condiciones de encierro representado por
el encapuchamiento, o sea, por la absoluta despersonalización de sus
guardianes.
"La falta de distancias, la visión del día y de la
noche, la mirada de piedad, la comunicación con el interior y con el exterior,
la mirada a cara descubierta de los carceleros, el cruce de miradas amigas con
otros presos de igual destino, la aparición de un médico viejo y otros detalles
por el estilo que se daban en el libro de Pellico, eran un sustento que por lo
visto falta en estas "modernas y justicieras cárceles del pueblo".
Al parecer, también en su encierro en Rosario, Larrabure fue
–a su pedido- visitado por un médico o por alguien que se presentó como tal. Le
entrega un mensaje con el número telefónico de familiares en Buenos Aires, para
que les diga que está bien.
"La capucha asiente…, pero por los ojos tuve el
convencimiento de que la capucha es solamente estuche de un hombre que está
técnicamente preparado para ejercer la medicina, pero carente de sentido de
piedad. También este hombre debe tener cualidad de verdugo. Sí, éste también es
un hombre frío, nacido indudablemente para manejar el hacha que secciona una
cabeza en el cadalso, donde cae sanguinolenta, con un torso y extremidades dan
estertores al ser tocados por una brutal muerte… Al ver sus ojos ví la malicia
calculadora del sádico…"
"…La negra capucha que esconde sus mejillas
desencarnadas de la muerte, me espera paciente. En una espera que procura lenta
para gozar de mi impotencia y de mi desesperanza se nutre su ansia fatídica,
sabiendo que no será vana. Después del médico, no mejoraron las condiciones.
Amargo sabor de hiel ví en los ojos fríos por el orificio de su capucha, ojos
de ave voraz que goza de que la carroña de mi cuerpo sea devorada en amarga
espera…
"…Un encapuchado que viene me dice hoy: "Mayor, no
se desespere y no trate de quebrantar su prisión. Usted permanece en la cárcel
del pueblo porque el Ejército al que usted pertenece, lo ha abandonado.
"No estoy abandonado, estoy acompañado por la fe
infinita de Dios y por el amor de mis seres queridos, amigos y mi Ejército, que
no me abandonará jamás, porque el hizo mi carácter, él perfeccionó mi intelecto
y en él aprendí a esperar también a la muerte, con templanza.
"Usted, mayor, tiene una evidente inestabilidad
emocional, pero igual, habiéndolo abandonado el Ejército, puede conseguir su
libertad.
"Le pregunté a cambio de qué.
"Acepte trabajar como asesor de nuestras fábricas y
será libre.
"Por ese precio, no (le contesté)…
"Larrabure, usted tiene un desequilibrio emocional que
no le permite apreciar exactamente su situación. Piense y hablaremos.
"Sí, hablaremos, para que se consolide cada vez mas mi
fe y mi fidelidad.
"…Hijo mal parido sería trocar este encierro por una
libertad física, mientras mi alma se envilecería con el fango de estos
miserables… Están en la revolución, hoy son sus prisioneros, entraron ayer y
seguirán, porque deben seguir como el río que no se detiene…
"El asma altera mis nervios y mis sentidos están
atentos a que el extractor de aire no me traicione. El humo de los Camel me
ahoga en la estrechez de mi pocilga. Los cigarrillos que fuman mientras me
cuidan me hace mucho mal…
"Humedad, humo, y creo sentir cada tanto el croar de
ranas, ranitas verdes que miran las estrellas del cielo. A diario, motores de
automóviles ponen una nota acústica a esta vida"
"… Esta mi pensamiento en dar alimentación a mi cuerpo
para que no se extinga como una vela por consumo de estearina. Sin embargo, veo
que mis fuerzas decrecen, siento altibajos emocionales, insomnio, inapetencias,
indisposiciones estomacales y una aguda cistitis…
"Hago gimnasia moviendo mis brazos y piernas en
flexiones interminables, porque quiero fatigarme. A pesar de ello no puedo
dormir y debo recurrir al carcelero y me entregan Valium 5…
"… Busco fuerzas en mi espíritu azotado para superarme.
Sé que no debo quebrantarme, no claudicar sino para morir en Dios que estos
pervertidos sin fe insultan, pero también tengo lucidez para darme cuenta de
que en algunos momentos hay zumbidos que me cruzan la cabeza y estoy en un
estado de inconciencia y siento voces de personas muy caras a mi corazón…
"Calladamente pido a Dios que no me abandone a una
locura que seria humillante…, quiero morir de pie como el quebracho que al caer
hace un ruido que es un alarido que estremece al monte. Quiero morir de pie,
invocando a Dios en mi familia, a la Patria en mi Ejército y a mi pueblo no
contaminado… Dios misericordioso, te pido humildemente esta gracia, protege mi
espíritu para que mi vida pueda cesar como la serena llama de una vela que se
extingue".
Las hojas desordenadas, sucias muchas, de escritura muy
irregular, se suceden.
"… Hoy me siento convulsionado, angustiado, una
profunda pena oprime mi pecho. Y me siento sumamente tensionado, nervioso. Mi
mente se agita y parece percibir no se que conjunto de sensaciones
extrasensoriales, y me invade una desesperante gana de llorar o de gritar, de
patear el tabique de mi celda mientras los ojos vigilantes del joven de la
capucha siguen inquisidores mi movimiento nervioso en esa ratonera… En mi
meditación creo haber comprendido que el estado de paroxismo es producido por
un hecho irreversible. Siento quizás la laxitud de haber captado un mensaje de
despedida, de un ser muy querido. ¿Habrá sido de mi esposa, de mi madre pobre,
de mis hijos, de mis hermanos?
Sorpresivamente sentí voces de mi hija y salí en su búsqueda
y me encontré con tres hombres y una mujer joven que hablaba en una habitación.
Les ví sus caras y la contracción de sus mejillas pálidas, supongo ante la
presencia de un hombre que tienen cautivo y los encuentra desarmados.
Lamentablemente, mi estado de alucinación y mi cuerpo quebrantado no me ayudan
en la gresca que hubo. Sé que rompí un vidrio, pero fui desvanecido y cuando
desperté estaba maniatado de pies y manos en el camastro…"
Aquí se interrumpe este recorrido de sufrimientos y
cavilaciones llevadas al papel. Posiblemente al descubrir las hojas o al
tomarse por primera vez el trabajo de leer lo que el secuestrado escribía, los
terroristas decidieron impedirle la escritura.
La muerte
A partir de esas imprecisas fechas, que se sitúan en el
comienzo de 1975, ya nada se sabe de cómo se desarrolló el cautiverio. Si hubo
nuevos intentos de obtener su deserción, evidentemente terminaron como el
primero. Si Larrabure, en un momento dado logró reunir las suficientes fuerzas
para lograr una fuga – el episodio de que da cuenta el diario no lo había sido
– a mediados de agosto de 1975 terminó con las torturas de que fue objeto y su
ahorcamiento el 19 de ese mes.
O tal vez, los cabecillas del ERP, al llegar esa fecha,
creyeron que ya se habían ensañado suficiente con su noble vida, y resolvieron
cortarla por fin.
Para el marxismo, la degradación de la sociedad y la marcha
hacia el poder van mancomunadas. Se trata de la difamación y degradación de las
instituciones, de los próceres, de las leyes, de las costumbres, de las
tradiciones y también de las expectativas de evolución que crecen en un pueblo.
Pero también el objetivo de la difamación y degradación de
cada persona. Se ataca su personalidad a efectos de producir un estado de
shock. Los hombres de sólida moral y ética, de sistema psíquico asentado sobre
la disciplina o la fe inconmovible en Dios, difícilmente son minados; pese a
los estados de postración que confiesa periódicamente en su diario el mayor
Larrabure, no se observa deslizamiento alguno de su personalidad hacia la traición,
la duda o la desesperación sobre los ideales de Dios, Patria y familia que son
la constante en su pensamiento.
Para los marxistas, la lealtad carece por completo de toda
condición espiritual superior. De hecho la reducen a una combinación de dependencia
económica y de obediencia, que puede ser manejada mediante la presión, con
elementos de rigor, necesidad y sujeción. El tema de la lealtad ocupa,
curiosamente, mucho espacio en los textos de psicología destinados a los
planificadores marxistas.
Cómo quebrarla, por medio de técnicas psicopolíticas que
están altamente desarrolladas, es una de las ciencias mejor dominadas por la
subversión. En el diario que se halló en la finca de Garay 3254, en Rosario,
cuando fue descubierta por las autoridades, no hay indicio de que a Larrabure
se lo hubiera sometido a ningún otro tratamiento que no fuera el de la tortura
física y psíquica, para que claudicara o pereciera. Inclusive, en la década de
los años 70, y en nuestro país, la aplicación de métodos psicopolíticos por la
subversión armada no se observó. Dada su evolución en el extranjero, no debe
descartarse de que cualquier intento futuro de la violencia terrorista sea
complementado con ella.
A Larrabure, en cambio, se lo sometió a toda la gama de
sufrimientos que, sin refinamiento y técnicas científicas de avanzada, debían
llevarlo al colapso mental o físico. Inclusive en uno de los párrafos de sus
anotaciones se lee que "este estado anímico tan especial, pienso, es
producto de un lento envenenamiento a que me someten mis captores. Son
frecuentes mis trastornos estomacales…."
"¿ Hasta cuándo, hasta cuándo esta locura sin sentido
de tenerme aquí?", preguntaba Larrabure en su desesperación, que sólo
abarcaba aspectos de su existencia física. De ahí que en ningún momento
claudicara.
El 19 de agosto de 1975, el industrial que ocupaba la celda
contigua a la de Larrabure, sin saber de quién se trataba, oyó durante largos
ratos una voz entrecortada por accesos de tos, que rezaba. Hacia el atardecer,
según supuso, oyó que ese mismo compañero de encierro, en voz muy alta, si bien
con evidentes problemas respiratorios o de de garganta, cantaba el Himno
Nacional. Luego hubo ruidos distintos, que no pudo interpretar, y finalmente un
silencio largo como si el ocupante de la celda vecina hubiera sido evacuado.
Pasado el mediodía del sábado 23 de agosto, la comisaría 18º
de la policía provincial santafecina recibía una llamada. La voz, de un hombre
que evitó cualquier detalle identificatorio, informó que en un zanjón próximo
al cruce de la avenida Ovidio Lagos y calle Muñoz, poco antes de la salida de
la ruta 178, había "un bulto que les va a interesar".
En el lugar, despoblado, casi frente a la abandonada
estación El Gaucho, del Ferrocarril Belgrano, un grupo de niños ya había
descubierto el llamativo paquete de revestimiento plástico. Sin embargo,
habituados a la frecuente aparición de cadáveres o de bombas, se hallaban en
prudente espera frente al bulto.
Al acercarse la policía se encontró con un documento del
mayor Larrabure. Desenvuelto con cautela el envoltorio, en su interior se
encontró el cadáver de un hombre de "impresionante delgadez", según
el testimonio de los responsables de la macabra operación, "colocado sobre
un colchón muy angosto, posiblemente de material sintético, envuelto en una
sábana y en una frazada".
El cuerpo estaba vestido solamente de un pantalón pijama y
un pullover en mal estado. En el cuello había marcas profundas de estrangulamiento
o ahorcamiento. En uno de los dedos, un anillo con las iniciales completas de
Larrabure dejaba pocas dudas de que se trataba de su cadáver. De la frazada
saltó el carnet de conductor a su nombre, expedido por las autoridades de Villa
María, Córdoba.
Trasladado el cadáver al Hospital Municipal Central, el
médico forense dictaminó que el cuerpo había permanecido congelado durante por
lo menos 36 horas, y de que la muerte databa de 27 horas antes del hallazgo.
Además de las marcas del ahorcamiento, se observaron en el cuerpo señales de
golpes, así como lesiones producidas por larga permanencia en posición
cúbito-dorsal.
"No se pueden reconstruir los últimos momentos del
señor Mayor Larrabure. Quizás se le notificó fríamente que sería ultimado.
Quizás él, en algún diálogo de dignidad suprema, provocó que los asesinos se
arrojaran sobre el ahorcándolo, al no poder soportar su desafío. O tal vez la
ejecución se fue preparando durante un día o dos", expresó una fuente
policial encargada de la investigación.
En un comunicado, la organización Ejército Revolucionario
del Pueblo daba cuenta de la muerte de Larrabure, confirmando la fecha del 19
de agosto. En el comunicado del Comando General del Ejército se informaba, a su
vez, de las conclusiones de la junta médica , que dictaminó sobre el cuerpo del
infortunado ingeniero militar:
"En la región fronto-parietal, zona media, aparece una
contusión de forma rectangular de medida cuatro por dos centímetros, similar a
la periferia del cotillo de un martillo, presuntivamente.
Placas apergaminadas de cuatro centímetros, aproximadamente,
en ambas caras internas de las rodillas, producidas en vida, por fuerte
compresión.
En tercio medio de la pierna derecha, surco profundo que
rodea el contorno anatómico, producto probable de una ligadura compresiva en
vida.
En el cuello, surco profundo de estrangulamiento de fondo
apergaminado, de recorrido horizontal levemente oblicuo, que abarca todo el
perímetro, producido posiblemente por torsión desde atrás, ya que no se
observan signos de cianosis en sus extremidades inferiores, propias en caso de
haber estado suspendido.
En los órganos genitales, gran zona congestiva inflamatoria,
probablemente por pasajes prolongados de corriente eléctrica.
Hay zona escarificada en el tercio superior del tórax, cara
posterior, producida probablemente por la permanencia prolongada, en vida, en
posición cúbito-dorsal.
En el rostro, hemicara derecha, gran zona de congestión, que
abarca la región frontal de ese lado, región maseteriana derecha, con gran
derrame conjuntival en ojo derecho, presumiblemente provocadas por la acción de
golpes o por choque violento con objetos duros.
El cadáver presenta signos evidentes de deshidratación grave
en vida por falta de líquidos y electrolitos suficiente, ratificado por una
rebaja de peso superior a los 40 kilos de su peso en oportunidad del secuestro,
según resulta de fichas".
En el comunicado militar se destacaban el carácter brutal
del asesinato y las condiciones infrahumanas del cautiverio de Larrabure,
puntualizándose en su parte final:
"El Ejército Argentino recibe hoy a un nuevo mártir,
con firme propósito y compromiso de continuar en la lucha contra la subversión
hasta su total extinción, para lograr de forma definitiva la paz tan ansiada y
merecida por la familia argentina".
Trasladados a Buenos Aires, los restos de Larrabure fueron
velados en el Regimiento I de Infantería Patricios, y su sepelio se llevó a
cabo en el Panteón Militar a primera hora del día 25 de agosto, en el
Cementerio de la Chacarita.
Apenas se había conocido la noticia de su muerte, Larrabure
fue ascendido a coronel, fue el único militar en la historia argentina que
ascendió estando en cautiverio cuando fue secuestrado era mayor, ascendió a
teniente coronel, y post-mortem ascendió a coronel.
Mientras tanto, en Tucumán, el Ejército ya había puesto en
marcha, desde cinco meses atrás, el Operativo Independencia, que a un elevado
costo de vidas determinaría la derrota del audaz intento del ERP de ocupar
política y militarmente un área del territorio nacional. Pero sólo con la
llegada de los militares al poder, en marzo de 1976, podría ser desarmada toda
la guerrilla y dislocado su sistema de apoyo.
Según Mao Tse Tung, "la retirada estratégica es una
medida estratégica planificada que adopta un ejército inferior en fuerza cuando
estima que no puede aplastar la ofensiva de un adversario más peligroso, con el
fin de conservar sus fuerzas y esperar el momento oportuno para derrotar al
enemigo. Sólo los partidarios del aventurerismo militar se oponen porfiadamente
a semejante paso y propugnan detener al enemigo más allá de las puertas.
De más está decir que los guerrilleros fracasaron en su
intento inicial de presentar su virtual desaparición como una "retirada
estratégica". No se retiraron, fueron derrotados y aniquilados.
El sádico asesinato de Larrabure contribuyó indudablemente,
junto a otros hechos similares, a movilizar la opinión pública. Sirvió también
para establecer la abismal divisoria entre una conducta moral y nacional, y el
carácter de los grupos marxistas.
Pero no debe olvidarse que el vietnamita Giap, tan apreciado
por los guerrilleros argentinos, había alentado con estos argumentos muy
duraderos a los irregulares birmanos, después de una dura derrota:
"Nosotros surgimos la primera vez de la nada, solamente por el poder de
una idea. ¿Cómo no seríamos capaces de reaparecer, una y mil veces, en uno y
mil lugares, con una bandera u otra, como sea? Mientras existamos, sabremos
reaparecer, multiplicarnos y golpear. Cuando regresemos tenemos una historia
detrás, y también la historia de nuestra derrota. Para los revolucionarios,
todo lo que ocurrió sirve para vencer la segunda vez… o la nonagésimonovena
vez."
De ahí que el martirio de Larrabure, como el de cientos de
argentinos, no ha concluído en su vigencia. Todo lo que ha ocurrido debe servir
también para vencer la segunda vez, y la nonagésimonona.
El mismo Larrabure en un párrafo de sus anotaciones del
cautiverio, pone de relieve el carácter fanático y la fuerza permanente del
aparato de odio de la subversión.
"Estos revolucionarios ruedan, y llegan a un instante
en que no saben porqué y para qué, pero ruedan."
Obviamente, detrás de ellos hay una planificación mundial
fría e inexorable, que mantiene en funcionamiento la maquinaria, y que no se
desanima por una derrota. Los campos de batalla son el mundo entero, y el
tiempo ilimitado. Las vidas humanas…. lo de menos, aunque sean las de sus
combatientes.
Larrabure, del lado nacional, dejó no solo el valor
sobrenatural del martirio libremente elegido, elegido de día en día durante más
de un año. También dejó escrito como mensaje: "Morir, pero por ideales que
están al amparo de símbolos que nos conmueven el espíritu con la visión de una
nación altiva. Ricas pampas, ríos caudalosos, mocetones que sienten la patria
por la pureza de sus corazones libres y que ignoran cánticos foráneos y
estrellas imperialistas de cinco puntas teñidas de rojo…"
No son muchos los casos de nuestra historia política, en que
alguien ha mirado tan en los ojos a la muerte violenta e injusta con tanta
conciencia, frialdad y altivez. Johann Fichte dio un ejemplo parecido al
referirse a la muerte del sabio, aunque en momentos en que esa muerte no le
parecía inminente:
"Eso que se llama muerte no podría interrumpir mi obra…
Yo me he adueñado de la inmortalidad. Levanto la cabeza hacia las amenazadoras
peñas que surgen en las montañas, hacia el furioso crujir de las cascadas y
hacia las crujientes nubes de humo que flotan sobre un mar de fuego, para
exclamar: Soy eterno y me resisto a vuestro poder. Destrozad el último grano de
polvo de este cuerpo que yo llamo mío. Sola mi voluntad, arriesgada y serena,
flotará sobre los escombros del universo".
Pero, ¿qué es esto si no grata poesía de alguien que está
alejado del lecho del moribundo o del patíbulo, para gente que está igualmente
al abrigo momentáneo del desenlace último?
Un capellán de prisiones alemán Harald Poelchau, que tuvo
ocasión de vivir el desfile de condenados a la última pena, sostiene que al
verse frente a la muerte los hombres demuestran que "la conciencia de
culpabilidad no consiste en atavismos psicológicos o en taras mentales que se
alejan por procedimientos psicoterapéuticos… Una culpa sin perdonar, es el
impedimento más grave que existe para ir a la muerte tranquilo y sereno, cuando
se trata de una muerte conciente".
Aquí ya se explica el valor de Larrabure. Y también en su
evaluación de su causa, frente a la de sus captores. No podía sino colmarlo de
desprecio la diferencia.
"El desprecio del enemigo es lo que más sentimiento de
fuerza puede darnos, sea en un campo de batalla, sea en la acción civil y hasta
en el sufrimiento cotidiano. De este sentimiento, más que del odio, resultan
prodigios, afirma Gabriel Superfinh.
Y tal como lo expresó en su momento Monseñor Adolfo S.
Tórtolo, los muertos como Larrabure "son muertos que viven y no mueren,
muertos que por la inapelable voz de la sangre nos transmiten la consigna de
ser dignos en esta hora siendo actores. Es decir: nos dan ellos una lección de
grandeza moral y de audaz coraje, y nos reclaman fidelidad absoluta a los
grandes valores que están en juego en esta batalla por la libertad del
espíritu".
Fuente
Petric, Antonio – Así sangraba la Argentina – Ed. Depalma,
Buenos Aires (1980).
Fuente de información pertenece a METAPEDIA,
https://es.metapedia.org/wiki/Argentino_del_Valle_Larrabure
Argentino del Valle Larrabure (Tucumán, 6 de junio de 1932 -
Rosario, 19 de agosto de 1975) fue un militar argentino que, mientras se
desempeñaba como subdirector de la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de
Villa María, fue secuestrado el 12 de agosto de 1974 durante el gobierno de
María Estela Martínez de Perón por la organización guerrillera Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP) y permaneció cautivo 372 días en una denominada
«cárcel del pueblo» hasta su muerte. Sobre las circunstancias de su muerte hay
versiones contrapuestas. El Ejército y su familia señalan que fue asesinado,
mientras que la afirmación del ERP que se trató de un suicidio. El periodista y
diputado provincial por el Frente Social y Popular (FSP) de la provincia de
Santa Fe, Carlos del Frade afirma que los resultados de la autopsia no permiten
concluir en un sentido ni en otro.
En 2007, su hijo Arturo Larrabure, emprendió lo que fue
calificado por el diario Página/12 como una campaña judicial y mediática para
que la justicia reabriera el caso que se encontraba prescrito, como un crimen
de lesa humanidad. La Procuración General de la Nación desestimó el caso y
denegó la consideración como crimen de lesa humanidad10 luego el juez de la
causa consideró prescrita la causa. En paralelo, se abrió una «investigación
por la verdad» para determinar los hechos.
En el 2022 la Santa Sede habilitó su caso con el fin de
poder iniciar un proceso formal de canonización.1213 Fue declarado Siervo de
Dios el 14 de marzo de 2023.
Fuente de información: Wikipedia.https://es.metapedia.org/wiki/Argentino_del_Valle_Larrabure