El arquetipo simbólico de las Pascuas.
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Cuando uno observa con atención las distintas tradiciones del mundo, descubre algo que no encaja con las versiones simplificadas de la historia,ya que los símbolos más importantes no pertenecen a una religión, sino a la humanidad.
Uno de ellos es el huevo.
En el Antiguo Egipto, el huevo era mucho más que un elemento natural, representaba el origen mismo de la vida, la aparición de lo manifestado desde un estado cerrado, silencioso y potencial.
En la cosmogonía egipcia, el universo podía surgir desde un huevo primordial vinculado al Nun, y asociado al dios Bennu, una forma arcaica del renacimiento cíclico.
Pero esto no quedó solo en la idea.
Los egipcios desarrollaron prácticas concretas: hervían huevos de aves y tortugas, los coloreaban con tintes naturales extraídos de plantas y los intercambiaban como obsequios al inicio de la primavera.
Siendo que este festejo no era un gesto decorativo, era una acción simbólica cargada de intención, debido a que sobre esos huevos se escribían deseos, y luego se colocaban en cestas de palma o se colgaban en árboles y viviendas, esperando que las fuerzas divinas “leyeran” esos mensajes al amanecer.
Esta celebración estaba vinculada al ciclo de Shemu, la estación de la cosecha, que con el tiempo derivó en lo que hoy se conoce como Sham el-Nessim, una festividad que aún se celebra en Egipto y donde los huevos coloreados siguen presentes como eco de una memoria milenaria.
Incluso en contextos funerarios, el huevo aparece como símbolo de continuidad, siendo depositado en tumbas como representación de la vida en toda su potencia, no como final, sino como transformación.
Siglos después, en la tradición judía, el huevo aparece dentro del Séder y su presencia es discreta, pero constante.
No necesita explicación porque su símbolo ya estaba instalado en la conciencia humana: continuidad, ciclo, permanencia.
Más tarde, en el mundo cristiano, el huevo se vuelve visible y celebratorio, se lo colorea, se lo regala, se lo transforma.
Pero en esencia, sigue representando lo mismo, aquello que emerge, lo que se renueva, lo que contiene vida antes de mostrarse.
Ahora acá lo interesante no es discutir quién lo inventó primero, sino comprender por qué nunca desaparece y es porque el huevo no es solo un objeto cultural.
Es una representación directa de un principio biológico y filosófico, el cigoto.
Ese punto inicial donde toda la vida futura ya está contenida en potencia dentro de un sistema cerrado que guarda en silencio una complejidad infinita.
Por eso el símbolo atraviesa civilizaciones y sobrevive a religiones, lenguas y épocas.
Porque habla de algo que no cambia, mientras las formas se adaptan y los relatos se transforman.
Pero el arquetipo permanece.....
Por Alvaro J. Aparicio.
Imagen: intternet.

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