El pueblo que quedó en el plano.
Un plano de remate publicado en 1929 por Río Negro permite
reconstruir la historia del frustrado pueblo Ministro Serú, un proyecto
urbanístico que buscó instalarse dentro de la ya consolidada Colonia Rusa,
entre General Roca y Cervantes.
Por Edith Cabrera.
Los propietarios de esas tierras vieron el enorme potencial
que otorgaban el paso del ferrocarril y la cercanía al Canal Principal de
Riego. Por eso, lanzaron un remate que combinaba el clásico diseño en damero de
las manzanas urbanas con parcelas agrícolas más grandes. Para seducir a los
compradores, el anuncio de la época aseguraba: “Las tierras que ofrecemos en
venta no precisan recomendación pues son reconocidas como las mejores de la
zona, lo cual está justificado con las pequeñas granjas en que está dividida
esta parte de la colonia, cultivadas con frutales, viñedos y donde existe
numerosas bodegas”.
Para garantizar el éxito del pueblo, la parte vendedora había ofrecido al F. C. Sud, en donación gratuita, el terreno necesario para la estación: una franja paralela a la vía de 102.35 por 1000 metros de longitud. Además, el plano ya contemplaba solares reservados para la Escuela, el Correo, la Comisión de Fomento, el Juzgado de Paz, la Iglesia, la Plaza Pública y la Comisaría de Policía. El nombre elegido era un homenaje al Dr. Juan E. Serú, el histórico diputado que en 1884 había defendido la Ley de Territorios Nacionales en el Congreso.
Entre las chacras 277 y 283: el oasis que ya tenía dueño.
El aviso detallaba de forma muy precisa la geografía del
negocio. Las tierras a subastar por los martilleros Oliveira y Argañaraz se
ubicaban específicamente entre las chacras 277 B, C y 283, pertenecientes al
entonces Establecimiento Santa Rosa, que operaba como una finca unificada de
gran extensión.
Si quisiéramos encontrar esa ubicación en el mapa actual,
estaríamos parados en el corazón de la actual Colonia Fátima, justo en el
límite donde termina General Roca (Stefenelli) y comienza el ejido de
Cervantes. De hecho, en esa misma chacra 277 funciona hoy la histórica Escuela
Rural N° 31.
Sin embargo, detrás del marketing inmobiliario que intentaba
imponer una «marca» comercial y política atractiva para los inversores de
Buenos Aires, latía una realidad social inocultable. La zona ya había sido
poblada por familias de inmigrantes ruso-alemanes que habían convertido el
desierto en un oasis verde a fuerza de lomo y canales de riego. El plano del
futuro pueblo «Ministro Serú» se iba a instalar, en realidad, dentro de la ya
establecida Colonia Rusa, fundada en 1906 con la primera adjudicación de lotes.
Recreación visual inspirada en el proyecto Ministro Serú y el paisaje agrícola que caracterizaba a la Colonia Rusa en las primeras décadas del siglo XX (imagen generada con IA).
La investigación histórica demuestra que las chacras de esta
colonia —desde el límite este de Roca hasta entrar en Cervantes— iban desde la
270 hasta la 296. Es más, la célebre “Guía Comercial Edelman” de 1924 ya
registraba que la Colonia Rusa estaba situada “entre la Estación Río Negro y el
kilómetro 1.134, comprendiendo los lotes números 271 al 302”. Para ese
entonces, la colectividad ya estaba consolidada por unas 25 familias y
organizada con sinagoga, escuelas, cementerio separado y sociedades de
beneficencia, además de contar con la Escuela Nacional N° 31, fundada
previamente en 1917.
Decretos, cambios de nombre y el peso de la identidad.
Casi un siglo después, el plano de Ministro Serú sigue
siendo el testimonio más tangible de una ilusión de papel. El territorio
prosperó, las chacras continuaron produciendo y la zona terminó integrada a lo
que hoy conocemos como Colonia Fátima. Lo que aún permanece sin respuesta es
cuánto de aquel ambicioso remate llegó a concretarse antes de que la brutal
crisis económica de 1929 cambiara por completo las reglas del juego.
Aquel remate de 1929 fue quizás el primer intento inconcluso
de cambiarle el nombre a algo que ya estaba firmemente establecido por sus
habitantes. No fue el único. Décadas más tarde, los escritorios oficiales
volvieron a la carga: el 26 de abril de 1963, el Decreto N° 873 de la
Intervención Federal aprobó la Resolución N° 69/63 de la municipalidad de
Cervantes, modificando oficialmente la denominación de Colonia Rusa por el de
“Colonia Fátima”.
La metamorfosis burocrática no terminó ahí. El 16 de octubre
de 1974, otra resolución municipal cambió nuevamente el estatus de la población
a “Villa Fátima”, bajo el argumento de que el paraje ya había superado la actividad
eminentemente agrícola.
Lo cierto es que la historia y la identidad suelen ser más
fuertes que los planos y los sellos oficiales. Ni el ambicioso proyecto de
Ministro Serú en 1929 con sus promesas de estación de tren, ni los cambios de
nombre decretados en 1963 y 1974, lograron borrar de la memoria colectiva el
nombre con el que los pobladores identificaron históricamente a ese sector del
Alto Valle: la Colonia Rusa.
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| Bosquejo de una vivienda de la Colonia Rusa de los años ’30 realizado por Héctor Mutchinick. |
Publicado en Diario Río Negro.
Escuela Rural Nº 31 de Colonia Fatima.
“Creada en 1911, por voluntad de un grupo de inmugrantes
rusos, cumplió 112 años y es de las escuelas más antiguas de la región. Albergó
a varias generaciones de familias. Al llegar, una tranquera, flores y acequias
dan la bienvenida al inmenso y viejo edificio que data del Plan Quinquenal de
Perón.
Primero funcionó en la casa de Itzjak Locev, un inmigrante
ruso-judío asentado en esa zona. El 15 de junio de 1953 se fusionaron dos
instituciones en una, la 31 y la 130, y así surgió el actual edificio ubicado a
pocos kilómetros de Roca, en el éjido de Cervantes”.
- De lo publicado en Diario Río Negro.
Para leer nota completa hacer click en enlace.
Enlace de interés.
Una historia educativa regional de integración positiva.
La promulgación de la ley 1.420 de Educación Común en 1884,
coincidente con la iniciación del período de organización del Territorio
Nacional en la Patagonia, propició la creación de escuelas primarias. Surgió
entonces la primera escuela nacional en el «Pueblo Viejo» de General Roca y con
ello la llegada de los primeros maestros, cuando aún permanecían las fuerzas
militares de la llamada «Campaña del Desierto» en el fuerte de la localidad
(Vapñarsky, 1983). El caso de la escuela Nº 31 representará un modelo de
relación Estado-sociedad, algo diferente pasados veintisiete años de aquel
puntapié educativo inicial.
Su historia comienza siendo la historia de la «Colonia Rusa», asentamiento poblacional agrícola gestado en 1906 por un grupo de pioneros, cuyo mentor principal y utopista fue Itzjak Locev, ruso-judío procedente del pueblo de Shumiatich, Rusia. Las motivaciones de este emprendimiento quizás las explique, en parte, el contexto socio-político posterior a 1880 vivido por la comunidad judía previa a la caída definitiva del régimen del zar, «las persecuciones religiosas, los impuestos voraces, los impedimentos para ejercer libremente sus profesiones, las trabas para acceder a las tareas agrícolas, fueron acorralándolos… situación que culminó en expulsiones y matanzas…» («Gauchos de sinagoga», Ema Wolf,1997).
Locev arribó a la Argentina en abril de 1906, munido de un
poder mediante el cual representaba a cien familias para la adquisición de
tierras en el extranjero (Kaspin, 2006). Merced a su tenacidad, perseverancia y
optimismo racional, luego de interminables gestiones ante el poder central
nacional, logró finalmente su cometido de ser autorizado a ocupar parcelas en
las inmediaciones de Gral. Roca. Después de una larga espera obligatoria de
finalización del loteo de las tierras, junto a 40 familias en el pueblo de
Roca, sufrió un buen número de deserciones y en 1908 recién se habilitó para
concretar la ansiada colonización.
La esperanza renació con mayor fuerza cuando comenzaron a
llegar esposas e hijos y demás familiares que permanecían en Rusia y los nuevos
contingentes judíos que asumieron la labor cotidiana de la construcción real de
la Colonia, en el día a día, de jornadas extensas y extenuantes de labor.
A fines de 1910, algo más afianzados como chacareros y en
«muy buenas relaciones con los vecinos no judíos… ayudándose unos a otros,
prestándose herramientas o intercambiando opiniones acerca de los métodos de
trabajo», decidieron reunirse para hablar de la necesidad de una escuela
primaria para la educación de sus hijos. A comienzos de 1911 comenzó a
funcionar en la casa de Locev, por cesión de dicho espacio, la escuela 31, con
la asistencia de una maestra enviada por el Consejo Nacional de Educación
procedente de San Luis.
Los registros de asistencia escolares históricos muestran la
pluralidad de nacionalidades que se vieron implicadas en un proceso de
integración social progresivo, mediados por el trabajo y la convivencia social,
cuyo eje fue la escuela a través del lenguaje unificador y la cultura. Rusos,
polacos, españoles, chilenos, alemanes, italianos, franceses y nativos.
Laura Riskin de Mutchinik, alumna en 1921 de la escuela,
recuerda con inmenso cariño uno a uno los nombres completos de los compañeros y
amigas de las tres secciones de grado: Elena, Anelo y Guarrino Verdechia,
Luisita Genari, Antonia y Francisca Escales, Elvira Nervi, Pilar Matilla,
Rosita Palmero, León y Rafael Liberman, Fanny Sour, Luisa Panich, Noemí y Naum
Locev, Encarnación y Dolores Hernández, Hermegildo González, deteniéndose en
cada recuerdo de cariño y protección recibido de sus maestros.
El Acta de Visita de Inspección más antigua que conserva la
escuela data de 1913, inspector Juan De Luiggi, director interino José F. Font
y el maestro Luis Barbeito. Los alumnos presentes: 59 en 1º grado y 23 en 2º.
En 1914 se trasladó al terreno cedido por el señor Ulman primero y luego por el
señor Sporle.
Entre los directores más antiguos de Colonia Rusa figuran:
Rosalía Núñez de Alcaraz, Enrique Garro, Francisca V. de Rodríguez García,
Delia Q. De la Canal, Hilda Blanca de Ochoa, Onofre Funes, Elías Cagarlisky,
Raquel M. de Casanova.
De los primeros docentes: Petrona Astudillo, Otilia Lucero,
María E. Lucero Milan, Humberto Nievas; Vicente Zabala, P. Molina, Bautista
Fasola, Irma Amerio, Rosa Cruz, Clelia Genghini de Escude.
En 1953 se produjo la fusión con la escuela Nº 130, también
de Colonia Rusa, estrenaron edificio propio y conservaron el número 31. La
dirección quedó a cargo del Sr. Elías Cagarlisky y como maestros: Carmelo
Vazzana, Raquel M. de Casanova, Ada Vial y Marta Gabarret. De ahí en adelante
el camino de la cultura, el conocimiento y el trabajo siguieron presentando un
sinnúmero de dificultades propias de toda realidad dinámica y cambiante, pero
nunca pudo compararse con aquella etapa del período inicial de la Colonia,
donde parecía ser que cada cosa tenía que ser creada, recreada o inventada por
primera vez. Toda su gesta nos llena de orgullo y esperanza.
En cuanto a la Colonia en su conjunto, en la década del
cincuenta ya había empezado un proceso de desgranamiento de la población
originaria de la Colonia Rusa, que durante el sesenta se agudizó debido a
distintos factores y quedaron sólo unas pocas familias de colonos fundadores.
El remate final inesperado para aquella historia construida por una sociedad
civil activa, con gran espíritu asociacionista y solidario, visiblemente
integrada, fue el cambio de denominación de la ya histórica «Colonia Rusa» por
el de «Colonia de Fátima» en 1963. Decisión apresurada y desafortunada,
adoptada por algunos sectores que, desconociendo el proceso socio histórico de
gestación y su memoria, avanzaron en tal medida. La sociedad mantiene en ese
sentido una deuda histórica de reparación, que esperamos sea saldada en aras
del fortalecimiento de nuestra propia identidad y dignidad valletana.
ROBERTO «TONY» BALMACEDA Especial para «Río Negro» Docente e investigador de la historia.
rbalmaceda@hotmail.com
Publicado en Diario Río Negro.





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