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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

sábado, junio 27, 2026

El pueblo que quedó en el plano. Por Edith Cabrera.

 


El pueblo que quedó en el plano.

Un plano de remate publicado en 1929 por Río Negro permite reconstruir la historia del frustrado pueblo Ministro Serú, un proyecto urbanístico que buscó instalarse dentro de la ya consolidada Colonia Rusa, entre General Roca y Cervantes.

Por Edith Cabrera.


Esta página histórica de la arqueología inmobiliaria nos traslada exactamente al jueves 12 de septiembre de 1929. Aquel día, las páginas de nuestro diario anunciaban con entusiasmo un mega-remate que prometía refundar un sector clave del Alto Valle de Río Negro: el nacimiento del futuro pueblo «Ministro Serú». Era un ambicioso proyecto urbano y agrícola diseñado sobre los papeles que ofrecía facilidades de pago sumamente tentadoras para la época: los solares urbanos se pagarían en mensualidades de 10 pesos cada una, sin intereses, mientras que las quintas se ofrecían en cuotas semestrales con el 7% de interés y garantía en primera hipoteca.

Los propietarios de esas tierras vieron el enorme potencial que otorgaban el paso del ferrocarril y la cercanía al Canal Principal de Riego. Por eso, lanzaron un remate que combinaba el clásico diseño en damero de las manzanas urbanas con parcelas agrícolas más grandes. Para seducir a los compradores, el anuncio de la época aseguraba: “Las tierras que ofrecemos en venta no precisan recomendación pues son reconocidas como las mejores de la zona, lo cual está justificado con las pequeñas granjas en que está dividida esta parte de la colonia, cultivadas con frutales, viñedos y donde existe numerosas bodegas”.

Para garantizar el éxito del pueblo, la parte vendedora había ofrecido al F. C. Sud, en donación gratuita, el terreno necesario para la estación: una franja paralela a la vía de 102.35 por 1000 metros de longitud. Además, el plano ya contemplaba solares reservados para la Escuela, el Correo, la Comisión de Fomento, el Juzgado de Paz, la Iglesia, la Plaza Pública y la Comisaría de Policía. El nombre elegido era un homenaje al Dr. Juan E. Serú, el histórico diputado que en 1884 había defendido la Ley de Territorios Nacionales en el Congreso.

Entre las chacras 277 y 283: el oasis que ya tenía dueño.

El aviso detallaba de forma muy precisa la geografía del negocio. Las tierras a subastar por los martilleros Oliveira y Argañaraz se ubicaban específicamente entre las chacras 277 B, C y 283, pertenecientes al entonces Establecimiento Santa Rosa, que operaba como una finca unificada de gran extensión.

Si quisiéramos encontrar esa ubicación en el mapa actual, estaríamos parados en el corazón de la actual Colonia Fátima, justo en el límite donde termina General Roca (Stefenelli) y comienza el ejido de Cervantes. De hecho, en esa misma chacra 277 funciona hoy la histórica Escuela Rural N° 31.

Sin embargo, detrás del marketing inmobiliario que intentaba imponer una «marca» comercial y política atractiva para los inversores de Buenos Aires, latía una realidad social inocultable. La zona ya había sido poblada por familias de inmigrantes ruso-alemanes que habían convertido el desierto en un oasis verde a fuerza de lomo y canales de riego. El plano del futuro pueblo «Ministro Serú» se iba a instalar, en realidad, dentro de la ya establecida Colonia Rusa, fundada en 1906 con la primera adjudicación de lotes.


Recreación visual inspirada en el proyecto Ministro Serú y el paisaje agrícola que caracterizaba a la Colonia Rusa en las primeras décadas del siglo XX (imagen generada con IA).

La investigación histórica demuestra que las chacras de esta colonia —desde el límite este de Roca hasta entrar en Cervantes— iban desde la 270 hasta la 296. Es más, la célebre “Guía Comercial Edelman” de 1924 ya registraba que la Colonia Rusa estaba situada “entre la Estación Río Negro y el kilómetro 1.134, comprendiendo los lotes números 271 al 302”. Para ese entonces, la colectividad ya estaba consolidada por unas 25 familias y organizada con sinagoga, escuelas, cementerio separado y sociedades de beneficencia, además de contar con la Escuela Nacional N° 31, fundada previamente en 1917.

Decretos, cambios de nombre y el peso de la identidad.

Casi un siglo después, el plano de Ministro Serú sigue siendo el testimonio más tangible de una ilusión de papel. El territorio prosperó, las chacras continuaron produciendo y la zona terminó integrada a lo que hoy conocemos como Colonia Fátima. Lo que aún permanece sin respuesta es cuánto de aquel ambicioso remate llegó a concretarse antes de que la brutal crisis económica de 1929 cambiara por completo las reglas del juego.

Aquel remate de 1929 fue quizás el primer intento inconcluso de cambiarle el nombre a algo que ya estaba firmemente establecido por sus habitantes. No fue el único. Décadas más tarde, los escritorios oficiales volvieron a la carga: el 26 de abril de 1963, el Decreto N° 873 de la Intervención Federal aprobó la Resolución N° 69/63 de la municipalidad de Cervantes, modificando oficialmente la denominación de Colonia Rusa por el de “Colonia Fátima”.

La metamorfosis burocrática no terminó ahí. El 16 de octubre de 1974, otra resolución municipal cambió nuevamente el estatus de la población a “Villa Fátima”, bajo el argumento de que el paraje ya había superado la actividad eminentemente agrícola.

Lo cierto es que la historia y la identidad suelen ser más fuertes que los planos y los sellos oficiales. Ni el ambicioso proyecto de Ministro Serú en 1929 con sus promesas de estación de tren, ni los cambios de nombre decretados en 1963 y 1974, lograron borrar de la memoria colectiva el nombre con el que los pobladores identificaron históricamente a ese sector del Alto Valle: la Colonia Rusa.

Bosquejo de una vivienda de la Colonia Rusa de los años ’30 realizado
por Héctor Mutchinick.

Publicado en Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/historias-de-la-patagonia/el-pueblo-que-quedo-en-el-plano/

Escuela Rural Nº 31 de Colonia Fatima.

“Creada en 1911, por voluntad de un grupo de inmugrantes rusos, cumplió 112 años y es de las escuelas más antiguas de la región. Albergó a varias generaciones de familias. Al llegar, una tranquera, flores y acequias dan la bienvenida al inmenso y viejo edificio que data del Plan Quinquenal de Perón.

Primero funcionó en la casa de Itzjak Locev, un inmigrante ruso-judío asentado en esa zona. El 15 de junio de 1953 se fusionaron dos instituciones en una, la 31 y la 130, y así surgió el actual edificio ubicado a pocos kilómetros de Roca, en el éjido de Cervantes”.

- De lo publicado en Diario Río Negro.

Para leer nota completa hacer click en enlace.

https://www.rionegro.com.ar/sociedad/defendemos-a-muerte-la-educacion-publica-la-escuela-que-nacio-en-una-casa-hace-112-anos-3326174/

Enlace de interés.

Una historia educativa regional de integración positiva.

La promulgación de la ley 1.420 de Educación Común en 1884, coincidente con la iniciación del período de organización del Territorio Nacional en la Patagonia, propició la creación de escuelas primarias. Surgió entonces la primera escuela nacional en el «Pueblo Viejo» de General Roca y con ello la llegada de los primeros maestros, cuando aún permanecían las fuerzas militares de la llamada «Campaña del Desierto» en el fuerte de la localidad (Vapñarsky, 1983). El caso de la escuela Nº 31 representará un modelo de relación Estado-sociedad, algo diferente pasados veintisiete años de aquel puntapié educativo inicial.

Su historia comienza siendo la historia de la «Colonia Rusa», asentamiento poblacional agrícola gestado en 1906 por un grupo de pioneros, cuyo mentor principal y utopista fue Itzjak Locev, ruso-judío procedente del pueblo de Shumiatich, Rusia. Las motivaciones de este emprendimiento quizás las explique, en parte, el contexto socio-político posterior a 1880 vivido por la comunidad judía previa a la caída definitiva del régimen del zar, «las persecuciones religiosas, los impuestos voraces, los impedimentos para ejercer libremente sus profesiones, las trabas para acceder a las tareas agrícolas, fueron acorralándolos… situación que culminó en expulsiones y matanzas…» («Gauchos de sinagoga», Ema Wolf,1997).

Locev arribó a la Argentina en abril de 1906, munido de un poder mediante el cual representaba a cien familias para la adquisición de tierras en el extranjero (Kaspin, 2006). Merced a su tenacidad, perseverancia y optimismo racional, luego de interminables gestiones ante el poder central nacional, logró finalmente su cometido de ser autorizado a ocupar parcelas en las inmediaciones de Gral. Roca. Después de una larga espera obligatoria de finalización del loteo de las tierras, junto a 40 familias en el pueblo de Roca, sufrió un buen número de deserciones y en 1908 recién se habilitó para concretar la ansiada colonización.

La esperanza renació con mayor fuerza cuando comenzaron a llegar esposas e hijos y demás familiares que permanecían en Rusia y los nuevos contingentes judíos que asumieron la labor cotidiana de la construcción real de la Colonia, en el día a día, de jornadas extensas y extenuantes de labor.

A fines de 1910, algo más afianzados como chacareros y en «muy buenas relaciones con los vecinos no judíos… ayudándose unos a otros, prestándose herramientas o intercambiando opiniones acerca de los métodos de trabajo», decidieron reunirse para hablar de la necesidad de una escuela primaria para la educación de sus hijos. A comienzos de 1911 comenzó a funcionar en la casa de Locev, por cesión de dicho espacio, la escuela 31, con la asistencia de una maestra enviada por el Consejo Nacional de Educación procedente de San Luis.

Los registros de asistencia escolares históricos muestran la pluralidad de nacionalidades que se vieron implicadas en un proceso de integración social progresivo, mediados por el trabajo y la convivencia social, cuyo eje fue la escuela a través del lenguaje unificador y la cultura. Rusos, polacos, españoles, chilenos, alemanes, italianos, franceses y nativos.

Laura Riskin de Mutchinik, alumna en 1921 de la escuela, recuerda con inmenso cariño uno a uno los nombres completos de los compañeros y amigas de las tres secciones de grado: Elena, Anelo y Guarrino Verdechia, Luisita Genari, Antonia y Francisca Escales, Elvira Nervi, Pilar Matilla, Rosita Palmero, León y Rafael Liberman, Fanny Sour, Luisa Panich, Noemí y Naum Locev, Encarnación y Dolores Hernández, Hermegildo González, deteniéndose en cada recuerdo de cariño y protección recibido de sus maestros.

El Acta de Visita de Inspección más antigua que conserva la escuela data de 1913, inspector Juan De Luiggi, director interino José F. Font y el maestro Luis Barbeito. Los alumnos presentes: 59 en 1º grado y 23 en 2º. En 1914 se trasladó al terreno cedido por el señor Ulman primero y luego por el señor Sporle.

Entre los directores más antiguos de Colonia Rusa figuran: Rosalía Núñez de Alcaraz, Enrique Garro, Francisca V. de Rodríguez García, Delia Q. De la Canal, Hilda Blanca de Ochoa, Onofre Funes, Elías Cagarlisky, Raquel M. de Casanova.

De los primeros docentes: Petrona Astudillo, Otilia Lucero, María E. Lucero Milan, Humberto Nievas; Vicente Zabala, P. Molina, Bautista Fasola, Irma Amerio, Rosa Cruz, Clelia Genghini de Escude.

En 1953 se produjo la fusión con la escuela Nº 130, también de Colonia Rusa, estrenaron edificio propio y conservaron el número 31. La dirección quedó a cargo del Sr. Elías Cagarlisky y como maestros: Carmelo Vazzana, Raquel M. de Casanova, Ada Vial y Marta Gabarret. De ahí en adelante el camino de la cultura, el conocimiento y el trabajo siguieron presentando un sinnúmero de dificultades propias de toda realidad dinámica y cambiante, pero nunca pudo compararse con aquella etapa del período inicial de la Colonia, donde parecía ser que cada cosa tenía que ser creada, recreada o inventada por primera vez. Toda su gesta nos llena de orgullo y esperanza.

En cuanto a la Colonia en su conjunto, en la década del cincuenta ya había empezado un proceso de desgranamiento de la población originaria de la Colonia Rusa, que durante el sesenta se agudizó debido a distintos factores y quedaron sólo unas pocas familias de colonos fundadores. El remate final inesperado para aquella historia construida por una sociedad civil activa, con gran espíritu asociacionista y solidario, visiblemente integrada, fue el cambio de denominación de la ya histórica «Colonia Rusa» por el de «Colonia de Fátima» en 1963. Decisión apresurada y desafortunada, adoptada por algunos sectores que, desconociendo el proceso socio histórico de gestación y su memoria, avanzaron en tal medida. La sociedad mantiene en ese sentido una deuda histórica de reparación, que esperamos sea saldada en aras del fortalecimiento de nuestra propia identidad y dignidad valletana.

ROBERTO «TONY» BALMACEDA Especial para «Río Negro»   Docente e investigador de la historia. rbalmaceda@hotmail.com

Publicado en Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/una-historia-educativa-regional-de-integracion-positiva-NAHRN20061016282002/

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