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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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viernes, octubre 17, 2025

Miguel Ángel Russo falleció ayer a los 69 años. Russo, el luchador que jamás se dio por vencido.


Russo, el luchador que 
jamás se dio por vencido.

El baúl de los recuerdos. Miguelo murió ayer a los 69 años. Dejó impregnado en la memoria colectivo su espíritu combativo en la cancha y fuera de ella. Fue un símbolo de Estudiantes y del fútbol argentino.

Por Carlos Viacava.



La sonrisa amplia con sus dientes perfectos, los ojos chispeantes y la quijada amplia y solida. "Son momentos, son decisiones...", la declaración transformada en gambeta a la polémica... El amor por el fútbol. Sí, Miguel Ángel Russo era un hombre de fútbol. Y lo fue hasta el final de sus días, un final tan triste como anunciado que llenó de tristeza a todos aquellos que de más cerca o de más lejos acompañaron su último ciclo en Boca, recuerdan su exitoso paso por la mayoría de los equipos que dirigió o tienen presentes sus batallas en la mitad de la cancha con la camiseta de Estudiantes.

Batallas es un término muy apropiado para Miguelo. Combatió durante 15 años embanderado con el rojo y blanco pincharrata. Cada vez que salía a la cancha dejaba hasta la última gota de sudor para recuperar la pelota y luego dársela a Marcelo Trobbiani, José Daniel Ponce y Alejandro Sabella, los creativos del mediocampo campeón del Metropolitano de 1982 y del Nacional del 83. Tiempos de Carlos Salvador Bilardo y Eduardo Luján Manera como entrenadores. Los mejores días de Russo y de Estudiantes luego de las gestas coperas a las órdenes de Osvaldo Zubeldía y antes de las épocas triunfales de los equipos de Diego Simeone y Pachorra Sabella.

Así como dejó la piel en su carrera dentro de la cancha, lo hizo en la vida para aferrarse a ella cuando el cáncer, artero y despiadado, apareció con la apariencia de un jugador al que no le podía arrebatar la pelota. Pleno de tesón, durante siete largos años peleó contra esa enfermedad con todas sus fuerzas. Con las fuerzas que le quedaban a ese hombre decidido a no bajar los brazos aunque el deterioro físico, paulatino e inexorable, se cerniera sobre él. Claro que la imagen de los últimos tiempos proponía la de un hombre que iba a perder esa contienda. Pero la perdió con honor, con el corazón caliente y la sonrisa, tal vez más tenue, pero siempre presente.

No siempre una persona puede escoger el marco ideal para su muerte. Es cierto: nada es ideal si la muerte se hace presente. Sin embargo, Russo eligió. El fútbol le renovaba la ganas de vivir. Y se fue siendo parte del fútbol. Como técnico de Boca. Con desafíos, con proyectos. Con metas. Porque del mismo modo en el que Miguelo enfrentaba al cáncer, hurgaba en su mente para dar con las posibles soluciones para un equipo que no funcionaba. Caprichos del destino, empezó a hacerlo cuando al DT no le era posible acompañar a sus jugadores, pero quizás estaba al tanto de que todo se iba encarrilando.

El fútbol es un juego generoso. Quizás el más generoso de todos. Por eso, a Russo le otorgó la posibilidad de que una cancha, la de Rosario Central, le demostrara el afecto que en su caso le era común en casi todas las hinchadas. Es imposible el absolutismo en estas cuestiones, pero resulta difícil imaginar que alguien no haya querido a ese entrenador que eludió siempre las polémicas. El público canalla lo arropó con su cariño y le ofrendó un acto de amor que se pareció mucho a una despedida que el propio entrenador imaginó, consciente de que no bastaba con su voluntad para seguir adelante. Lloraron muchos esa tarde en el Gigante de Arroyito. Y seguro en todos los rincones del país futbolero. Lloró Miguel. También la pelota.

CUNA PINCHARRATA

Russo nació el 9 de abril de 1956 en Lanús, pero su pasión por el fútbol lo llevó a La Plata. Se unió a Estudiantes, que fue siempre su club, por más que el paso del tiempo y la profesión de técnico lo condujeron a instituciones como El Granate de su ciudad, Racing, Vélez, Boca, San Lorenzo, Colón, obviamente al Pincha, Los Andes y Central en la Argentina y a muchas otras en el exterior. Así como devino en una suerte de gitano como DT, dentro de la cancha solo supo de una camiseta.


Transitó las divisiones inferiores junto con El Tata José Luis Brown, Abel Herrera y Patricio Hernández. Con esos compañeros asimiló la cultura del trabajo y del esfuerzo instaurada en Estudiantes por Zubeldía y continuada por pupilos como Bilardo. El Narigón se encargó de darle la oportunidad de jugar en Primera. Corría 1975. Atrás habían quedado los viejos gloriosos tiempos del Pincha campeón de cuanto torneo disputara y el club ponía manos a la obra para la reconstrucción. La renovación estaba personificada en pibes como Miguel, El Petiso Herrera, Patricio y El Tata que convivían con los veteranos Carlos Pachamé, La Bruja Juan Ramón Verón y Néstor Togneri.

El 20 de noviembre, contra San Martín de Tucumán, por la 16a fecha de la Zona A del Nacional, Russo reemplazó a Miguel Ángel Benito -goleador arribado desde Vélez- cuando al partido le quedaba poco menos de media hora. El empate 2-2 se selló con goles del Fantasma y del talentoso Carlos Ángel López para los platenses y de Miguel Pappalardo para los norteños. Una semana más tarde, fue titular en el triunfo por 1-0 sobre Central. Compartió el mediocampo con Nelson Agresta del Cerro y Carlitos López. Cerró el año con un ingreso en lugar de La Bruja Verón en el desempate contra Huracán por una plaza para la Copa Libertadores del 76.

Todavía estaba Pachamé y Russo tuvo que esperar su turno para adueñarse de la camiseta con el 5 en la espalda. Hacia 1977 se afianzó y no abandonó nunca más el equipo. Corría y metía en el medio. Todo sacrificio. Todo corazón. También inteligencia para captar las sugerencias de Bilardo, quien de a poco moldeaba el prototipo de mediocampista central que necesitaba para el Estudiantes que tenía en mente. El DT le enseñó cómo debía moverse, de qué manera se ocupaban mejor los espacios, a pensar… Sí, a pensar. El esfuerzo era importante, pero el derroche por el derroche mismo no tenía sentido. El jugador debía pensar. Y Miguelo ganó en sabiduría con los consejos del Narigón.

Ponce, Russo, Trobbiani y Sabella, un cuarteto inolvidable en el mediocampo de Estudiantes.

El 16 de septiembre del 77 metió su primer tanto. En un empate 1-1 en el clásico contra Gimnasia doblegó a José Luis Ducca. Lo suyo no era el gol. De hecho, en 435 partidos en Estudiantes apenas sumó 11, diez de ellos por torneos locales y uno en la Copa Libertadores de 1983. Eso sí: para marcar a los rivales estaba Russo. Y, por supuesto, para alcanzarles la pelota a sus compañeros técnicamente mejor dotados. Esa fue su misión en el equipo que, primero a las órdenes de Bilardo y, más tarde, con Manera se alzó con el Metro 82 y el Nacional 83. El que tenía en el medio a Trobbiani, Russo, Sabella y Ponce. Ese en el que Miguelo trabajaba para que sus camaradas jugaran.

No hay simpatizante pincharrata que sea incapaz de repetir, casi como un Padrenuestro, la formación que contaba con Juan Carlos Delménico o Carlos Bertero; Julián Camino, Brown, Ángel Landucci o Miguel Gette, Herrera; Trobbiani, Russo, Sabella, Ponce; Hugo Gottardi y Guillermo Trama. O que no mantenga en alto el orgulloso recuerdo del épico empate 3-3 con Gremio en La Plata. La noche del 8 de julio de 1983, con apenas siete jugadores por las expulsiones de Trobbiani, El Bocha Ponce, Hugo Tévez y Camino, Estudiantes se recuperó de una desventaja de dos tantos y alumbró una igualdad heorica con un gol de… sí, de Miguel Ángel Russo cuando la victoria brasileña se antojaba un hecho consumado.

Ese año Russo se dio el gusto de debutar en la Selección argentina. Bilardo estaba al frente del equipo albiceleste y en el inicio de su gestión decidió confiar en los jugadores que mejor entendían su propuesta futbolística. Miguel era uno de ellos y salió a escena el 10 de agosto en el 2-2 con Ecuador en Quito por la Copa América. Nery Pumpido; Néstor Clausen, El Tata Brown, Omar Jorge, Oscar Garré; Ricardo Giusti, Russo, Jorge Burruchaga, Pachorra Sabella; Víctor Rogelio Ramos y Ricardo Gareca dieron el presente en esa oportunidad. También estuvo en el histórico éxito por 1-0 sobre Brasil que cortó una larga racha sin festejos contra los verdiamarillos.


Fue hombre de Selección durante los primeros años de la gestión de Carlos Bilardo.

Claudio Marangoni, un exquisito volante de Independiente, era el competidor directo por el puesto. Se trataba de dos futbolistas de características muy diferentes, pero en ese entonces Bilardo se preocupaba por darle una identidad definida al Seleccionado y probaba bastante. Cuando Argentina debió buscar el pasaje para el Mundial 86, jugó Russo. Y hasta le hizo un gol a Venezuela en un 3-0 en el Monumental. Tal vez Miguelo se ilusionaba con viajar a México, pero El Narigón lo dejó al margen y en su lugar citó al Checho Sergio Batista, quien debutó el mismo día que él vestía por 17a y última vez de celeste y blanco seis meses antes de la Copa del Mundo. Nunca criticó la medida. Esquivaba las polémicas.

Se mantuvo un tiempo más en Estudiantes. Siempre firme. Como guía de los jóvenes que surgían para tomar la posta a medida que se despedían los campeones del período 82-83. A los 33 años, el 16 de mayo de 1988, le puso punto final a su carrera en una derrota por 2-1 a manos de Independiente. Jorge Antonio Battaglia; Roberto Trotta, Néstor Craviotto, Rubén Agüero, Claudio Magnífico; Néstor Cuchillo González (reemplazado por El Pelusa Rodolfo Cardoso), Russo (a los 43 minutos lo reemplazó Oscar Gissi), Daniel Peinado, El Gallego Rubén Darío Insua; César Angelello y Sergio Gurrieri fueron de la partida. Más tarde hubo un intento infructuoso para extender sus días como futbolista en la Serie B italiana, pero el futuro le deparaba un trabajo diferente.

GRAN DT

Apenas se había secado el sudor con el que impregnaba la camiseta de Estudiantes cuando lo llamaron de Lanús para hacerse cargo del equipo. El Granate estaba en el Nacional B y pugnaba por regresar a Primera. A pesar de su inexperiencia, Miguel sabía lo que hacía. Esparció los conocimientos que había adquirido en La Plata y cambió para siempre la filosofía de un club que había tocado fondo en la década anterior con una dura caída a la C. Con la firme conducción de Russo, no solo se concretó el ascenso, sino que se sentaron las bases para un proyecto superador.


En su primera experiencia como técnico en Lanús ya demostró que tenía todo para ser un gran DT.

Poco importó que El Grana perdiera la categoría al cabo de doce meses. El DT se quedó y, con campeonato del Nacional B ganado en la temporada 1991-92, lo devolvió para siempre a la elite del fútbol argentino. Lanús estaba donde tenía que estar y Miguelo resultó decisivo para todo lo que llegó después de la mano de Héctor Cúper (Copa Conmebol 1996), Ramón Cabrero (Apertura 2007), Guillermo Barros Schelotto (Copa Sudamericana 2013) y Jorge Almirón (Torneo de Transición 2016 y Supercopa Argentina 2016).

Estudiantes lo necesitaba y regresó en 1994 para conquistar el ascenso a Primera con un un equipo que formaba habitualmente con Carlos Bossio; El Ruso Edgardo Prátola, Juan Manuel Llop, Ricardo Rojas; Leonardo Ramos, Claudio París, Manuel Santos Aguilar; La Brujita Juan Sebastián Verón, El Mago Rubén Capria; José Luis Calderón y Mariano Armentano o Domingo Arévalos. Esa campaña la dirigió en dupla con Manera, otro hombre del Pincha que volvió en un momento en el que la crisis futbolística podía tener alcances inesperados.

Cruzó la Cordillera y protagonizó un campañón con la Univeridad de Chile en 1996. En las semifinales de la Copa Libertadores le cerró el paso el River que terminó llevándose el título con Ramón Díaz como entrenador. En 1997 encaró el primero de sus cinco ciclos en Rosario Central. Allí terminaron adorándolo y no era para menos. En su gestión inicial lo dejó tercero en el Apertura de ese año, en 2002 lo libró de la amenaza del descenso y lo convirtió en un equipo muy competitivo. En 2009, aunque lo salvó de perder la categoría, no duró demasiado en el cargo. Los canallas caían en picada y Russo tuvo que volver en 2012 para catapultarlos a Primera con un título en la B Nacional.

Ya con su salud muy deteriorada, en 2023 depositó sus pies en Rosario para terminar de instalarse eternamente en el corazón de los hinchas. Su Central obtuvo la Copa de la Liga Profesional. Miguel se despidió a lo grande. Como el grande que era en la porción canalla de esa ciudad. ¿Cómo no iba a permitirse el acto de amor de volver una vez más, ya como técnico de Boca, para llevarse la ovación y el afecto que le tributó ese club en sus últimos días?

En el medio, no le fue bien en Colón, tampoco en un regreso a Lanús y en Los Andes. En 1998 viajó a España para hacerse cargo del Salamanca y más tarde a México para comandar al Morelia. Trabajó en Cerro Porteño, de Paraguay y en Al Nassr, de Arabia Saudita, como para nadie dudara de su disposición para asumir cualquier tipo de desafíos.

Entre 2009 y 2011 puso manos a la obra en tiempos difíciles de Racing y hasta retornó sin demasiado éxito a Estudiantes. En 2018, cuando el cáncer se apoderó de su futuro, festejó el título de Colombia con Millonarios, correspondiente a la temporada 2017-18. La quimioterapia lo afectó mucho, pero un luchador como él no estaba dispuesto a rendirse. Como pudo, acompañó al equipo hasta la consagración. “Todo se cura con amor”, proclamó en esos días en los que su apariencia de debilidad asustaba.

Pasó dos etapas en San Lorenzo. En la primera, en 2008, se le escurrió entre las manos un título que parecía a medida del Ciclón y que acabó en poder de Boca, vencedor de un triangular en el que participó también un Tigre de sorprendente rendimiento. En 2024, en plena hecatombe futbolística e institucional, le demostró al pueblo de Boedo que siempre se podía competir: alcanzó las semifinales del Torneo Apertura 2025 antes de asumir en Boca, la escala final de su viaje.




Esa febril trayectoria del otro lado de la línea de cal supo de espectaculares momentos en Vélez y en Boca. Con El Fortín, que estaba sumido por la decepción por una inesperada frustración en el Apertura 2004, se llevó el título en el Clausura 2005 con un equipo que funcionaba a la perfección. Gastón Sessa; Fabián Cubero, Maximliano Pellegrino, Fabricio Fuentes, Marcelo Bustamante; Jonás Gutiérrez, Leandro Somoza, Marcelo Bravo, Leandro Gracián; Lucas Castromán -a quien convirtió en delantero- y Rolando Zárate cortaron una sequía de siete años sin alegrías. Es cierto: la última vez de Russo en Liniers, en 2015, no deparó buenos resultados. Eran tiempos de vacas muy flacas y Miguel no pudo sacarle jugo a las piedras…

Luego de sus triunfos en Vélez se unió a Boca para hacer realidad la Copa Libertadores que ganaron los xeneizes en 2007. Con un Juan Román Riquelme como estandarte de una alineación integrada por Mauricio Caranta; Hugo Ibarra, El Cata Daniel Díaz, Claudio Morel Rodríguez, Clemente Rodríguez; Pablo Ledesma, Ever Banega, Neri Cardozo; Román; Rodrigo Palacio y Martín Palermo, la mitad más uno del país gozó de su última gran satisfacción en el campo internacional y todavía sigue persiguiendo a ese esquivo trofeo. Sí, Miguelo también encabezó la conquista en 2020 de la Copa de la Liga en una racha final demoledora que encaminó a un equipo que parecía sin rumbo.

Enfermo, pero convencido de que “todo se cura con amor”, se entregó a su profesión. Lo impulsó el amor por el fútbol, la férrea determinación para no rendirse sin dar pelea. En el medio, sacó a relucir ya con menos frecuencia su dentadura perfecta en sonrisas inmensas que hacían todavía más gigante esa amplia quijada. Evitó las polémicas y las explicaciones incómodas con respuestas tales como “son momentos, son decisiones” y luchó con lo que pudo. Porque Russo era un luchador. Dentro y fuera de la cancha.

Publicado en LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/Russo-el-luchador-que-jamas-se-dio-por-vencido-564986.note.aspx

sábado, agosto 09, 2025

El baúl de los recuerdos. Un loco, un genio o, simplemente, Corbatta. Se despidió del fútbol en la liga de Río Negro.

 


Un loco, un genio o, simplemente, Corbatta.

El baúl de los recuerdos. Fue un puntero derecho excepcional que brilló en Racing y en la Selección. También resultó un ejemplo de talento desperdiciado que murió en la pobreza.

POR CARLOS VIACAVA.

El Loco Corbatta fue uno de los punteros más espectaculares del fútbol argentino.

Quizás por su condición de fenómenos incomprendidos, a los genios se los tilda de locos. Tal vez se requiera cierto déficit de cordura para hacer cosas imposibles para el común de los mortales. Nadie lo sabe con certeza. En cambio, para el mundo del fútbol está claro que Oreste Osmar Corbatta fue un loco genial que hizo maravillas en el costado derecho del ataque de Racing y la Selección argentina.

Solo a Corbatta, cuyo segundo nombre era Osmar y no Omar como siempre se sostuvo, se le podría haber ocurrido todo lo que inventó en sus días de esplendor en La Academia y en el Seleccionado. Sus jugadas sobre la línea de cal se antojaban genialidades y, en un rasgo de no demasiada creatividad, para todos era El Loco. Más allá de estas cuestiones, quedó en la historia del fútbol argentino como uno de los más espectaculares jugadores que haya pisado una cancha en estas tierras.

Corbatta, El Loco, el genio, una vez encaró con pelota dominada dejando rivales en el camino en dirección a su propio arco. El de Racing. Cuando llegó lo suficientemente cerca de su compañero Osvaldo Negri, se detuvo y fijó el curso hacia el otro lado de la cancha, adonde estaba el guardavalla de Chacarita. Tanto en el viaje de ida como en el de vuelta nadie pudo arrebatarle el balón.

Garrincha y René Houseman fueron, como Corbatta, dos fenómenos que perdieron por goleada con el alcohol.

Si fuese posible construir un árbol genealógico en el que los lazos de sangre queden en segundo plano, este habilidoso delantero podría ser considerado un excelso antepasado de René Orlando Houseman, otro genio con similar condición de loco que años más tarde brilló en Huracán. Incluso, hasta no sería descabellado agregar entre los poseedores de ese particular linaje a otro fabuloso atacante como El Burrito Ariel Ortega.

El parecido no se limitaba a lo que mostraba en la cancha. Fuera de ella, Corbatta tenía similitudes con Houseman y con Orteguita. Los tres perdieron por goleada con el alcohol. Solo el jujeño logró encarrilar su vida, pues El Loco y René, en cambio, tuvieron un final muy oscuro después de haber llenado de luz los estadios en los que desparramaron rivales a fuerza de gambetas y desbordes.

En esa triste y repentina derrota, Corbatta y Houseman se parecieron -además de por su talento- al mejor puntero derecho de la historia, Garrincha. El brasileño, tan genial como sus colegas argentinos, sacudió al mundo con sus imprevisibles quiebres de cinturas y sus centros perfectos para el ingreso al área de Vavá, su socio en el seleccionado verdiamarillo, y de Quarentinha, el centrodelantero al que transformó en el número uno de los goleadores del Botafogo. Como ellos, murió pobre y demasiado joven.

El Loco murió joven, a los 55 años. Dormía en una pieza que Racing le dio debajo de una tribuna del estadio.

Garrincha falleció en 1983 a los 50 años debido un cuadro hepático provocado por un síndrome alcohólico; Houseman se volvió inmortal en 2018 a los 64, víctima de un cáncer de lengua. La misma enfermedad, pero en la laringe, causó el deceso de Corbatta el 5 de diciembre de 1991, cuando tenía apenas 55. Sin un peso en los bolsillos, llevaba un largo tiempo viviendo de la caridad de Racing, que le había armado una modesta pieza debajo de una tribuna.

WING DE LOS DE ANTES.

El arte de Corbatta hoy resultaría incomprensible para las generaciones que observan a los futbolistas que se vuelcan por los costados y reciben el nombre de extremos. El Loco fue uno de los mejores exponentes de una forma de jugar que se perdió en el pasado, jaqueada por las decisiones de los entrenadores que abogaban por hombres todoterreno en detrimento de los especialistas en forzar que los espectadores, asombrados, se pusieran de pie para estallar en aplausos.

Corbatta, como Garrincha, Houseman y el Ortega de sus primeros años, se recostaba en el sector derecho del ataque, bien cerca de la línea de cal. Allí aguardaba que la pelota le llegara y desataba una danza que dejaba a los defensores con las piernas anudadas de tanto amago, enganche para un lado y salida hacia el otro que precedían a una corrida hasta el fondo de la cancha para despedir el centro para el ingreso goleador de un compañero que terminaba haciéndose famoso gracias al Loco o al puntero derecho de turno.

Los efectivos Pedro Manfredini y Pedro Mansilla -ambos en Racing- se beneficiaron de los desbordes de Corbatta. En la Selección, Antonio Valentín Angelillo, El Beto Norberto Menéndez, El Tanque Alfredo Hugo Rojas y El Nene José Francisco Sanfilippo fueron algunos de los que sacaron rédito de esa forma de jugar que cedió terreno ante hombres que ocupan los espacios, rara vez se internan en corridas por la punta y terminan lanzando pases hacia atrás o centros poco productivos como sucede hoy en día.

La habilidad de Corbatta deja desairado a David Iñigo, defensor de San Lorenzo.

El fútbol de este delantero que encarnaba la viva personificación del venerado fútbol de potrero era el mismo que desplegaron por ese mismo flanco del ataque Raúl Emilio Bernao (Independiente) y, más cercano a estos tiempos, Claudio Caniggia cuando surgió en River. Por la banda izquierda hacían lo mismo El Chueco Enrique García y Ezra Sued (los dos en Racing), Félix Loustau (River), El Negro Oscar Ortiz (San Lorenzo), La Bruja Juan Ramón Verón (Estudiantes) y Enzo Ferrero (Boca).

A grandes rasgos, los antiguos wines eran veloces, ciento por ciento habilidosos y, por supuesto, algo locos. O muy locos. Siempre geniales. Como todo loco. También los había potentes y fuertes como El Atómico Mario Boyé (Boca), La Porota Alejandro Barberón y Walter René Fernández (Racing) y eximios goleadores como el propio Boyé, Manuel Pelegrina (Estudiantes), Antonio Alzamendi (Independiente y River), Ernesto Mastrángelo (Boca) y Jorge Comas (Vélez y Boca).

Pero Corbatta no se limitaba a armar las jugadas para que otros las definieran. También hacía goles. Muchos goles. En sus días en Racing (1955-1962) y Boca (1963-1964) marcó 79 en 195 partidos. El promedio de 0,40 conquistas cada 90 minutos resulta más alto que el de muchos futbolistas de la actualidad que son considerados grandes definidores. Claro que la mayoría de sus definiciones se dieron desde el punto penal porque era infalible cuando se paraba a doce pasos del arquero rival.

Un gol de penal a Independiente. El wing de Racing era infalible desde los doce pasos.

“Agachaba la cabeza para que el arquero no me viera. Nunca me paraba de frente a la pelota, y le pegaba con la cara interna del pie derecho, seco. En cuanto se movía, era hombre muerto”. Corbatta explicaba así la fórmula que lo llevó, según sus propias cuentas, a acertar 64 de los 68 penales que ejecutó. Amadeo Carrizo, uno de los mejores arqueros de la historia, sufrió en carne propia esa contundencia: en una práctica de la Selección se trenzó en un desafío con el delantero: El Loco le pateó 50 veces y lo venció en 49. La restante dio en un palo…

Más allá de esa folclórica carencia de cordura con que se lo definía, Corbatta se mostraba como un jugador muy inteligente. Cuando advirtió que quedarse afincado cerca de la línea y en los alrededores del área adversaria significaba facilitar la labor de sus marcadores, amplió su rango de acción. Retrocedió hasta la mitad de la cancha, a veces encaró más por el centro y se convirtió en un interrogante imposible de develar para quienes tenían la misión de intentar despojarlo de la pelota.

En esa posición, una suerte de número 8 que, cuando nadie lo esperaba, volvía ser el imparable 7 que abría de par en par las retaguardias de los otros equipos, no hacía más que dejar en claro lo bien que entendía ese juego que para él no tenía misterios. En esa función se destacó en el Sudamericano de 1957 -el de los famosos Carasucias de Lima- y en el final de su carrera -prematuro final- se movió hacia la izquierda y se convirtió en una personal versión de enganche.

BICAMPEÓN EN RACING.

El 11 de marzo de 1936 en Daireaux, provincia de Buenos Aires, nació Oreste Osmar, hijo de Guillermo Corbatta y de Isabel Emilia Fernández y hermano de Isabel, Hilda Esther, Griselda, Juan Carlos, Guillermo Oscar y Azucena. Así como muchas veces se lo mencionó como Oreste Omar, también se dijo que había llegado al mundo en La Plata, pero lo había hecho en esa localidad agrícola-ganadera del centro de la provincia y luego la familia se trasladó a La Ciudad de las diagonales.

La tapa de El Gráfico no hace más que mostrar la admiración que El Loco despertaba en los niños.

Como todo pibe de la época, Oreste corría permanentemente detrás de la pelota. Cuando no jugaba al fútbol, trabajaba como repartidor de pan. No duró mucho en la escuela: apenas llegó a segundo grado y nunca aprendió a leer ni a escribir, una situación que procuraba ocultar de todas las formas posibles. Cuentan que a veces tomaba un diario y fijaba sus ojos en él como si realmente pudiera entender lo que decía esa maraña de letras desperdigas en el papel.

Estudiantes de La Plata lo recibió a los 14 años. Una fractura de tobillo le puso punto final a sus días en ese club. Tardó doce meses en recuperarse y lo dejaron libre. En ese entonces, una lesión de esas características no auguraba un próspero porvenir para ningún jugador por más que tuviera una relación tan íntima como la de Corbatta con la pelota. Como solo concebía el futuro dentro de una cancha, en 1953 aceptó una oferta para jugar en Juverlandia, de Chascomús.

El destino le hizo un guiño de esos que aparecen muy de vez en cuando para cambiar la vida de las personas. Un dirigente de Racing lo vio en acción y recomendó inmediatamente su contratación. Corría 1955 cuando ese prodigio de los potreros se mudó con su carga de sueños a la porción albiceleste de Avellaneda. La Academia pagó cuatro mil pesos el préstamo por un año en una operación que fijaba una opción de compra por otros diez mil.

El Loco prueba puntería en un partido contra Atlanta.

Tras un par de partidos en la Tercera División albiceleste, lo incluyeron en una gira por el interior del país y le dieron la oportunidad de ser parte del plantel profesional en el Campeonato Provincia de Buenos Aires. Ese torneo, instaurado por la gobernación bonaerense, ponía en disputa la Copa Perón, que ese año ganó el Lanús en el que se lucía la línea media conformada por Nicolás Daponte, Héctor Guidi y José Nazionale. Corbatta se hizo notar muy rápidamente y marcó sus primeros dos goles en el profesionalismo.

El debut oficial tuvo lugar en La Plata el 30 de abril del 55, cuando, por la fecha inaugural del torneo de Primera, Racing perdió 1-0 en su visita a Gimnasia (Luis Pentrelli anotó para los triperos). Los once de La Academia fueron Rogelio Domínguez; Pedro Dellacha, José García Pérez; Juan Carlos Giménez, Vladislao Cap, Natalio Sivo; Corbatta, Néstor Barrera, Humberto Maschio, Adalberto Rodríguez y Ángel Cigna.

Casi un mes más tarde, el 22 de mayo, jugó su segundo partido y festejó su primer gol: marcó el tercero en el 3-0 sobre Ferro. Doblegó a Roque Marrapodi con un preciso remate tras recibir un exacto pase de Cigna. No le costó ganarse el puesto y fue titular durante casi todo el campeonato, que cerró con dos tantos en 14 encuentros. Los hinchas se acostumbraron muy pronto a los desbordes y los penetrantes centros de ese muchacho de 19 años, 1,65 metros, de físico frágil y pequeño y de gambetas enormes.

 

El atacante se apresta a marcar un gol contra Central después de haber protagonizado una corrida a pura habilidad.

La llamativa capacidad del puntero derecho para patear penales también quedó en evidencia con inusitada rapidez. Ya en 1956 acertó diez veces desde los doce pasos y cerró ese torneo con otros cinco goles. Dos de esas 15 conquistas sirvieron para definir el clásico contra Independiente, por la cuarta jornada del certamen. Se entendía a la perfección con Maschio y con el centrodelantero Manuel Blanco, uno de los pocos integrantes del Racing tricampeón de 1949, 1950 y 1951 que permanecía en el equipo.

En el 57 nadie cuestionaba que Corbatta se había erigido en un pilar fundamental de la ofensiva académica. Ya sea por sus goles de penal -seis de los 12 que registró ese año- como por sus córners y sus desbordes seguidos de centros para las definiciones de Maschio, Manfredini, Juan José Pizzuti y Juan Carlos Mendiburu, estaba claro que ese puntero guapo para encarar a pesar de los golpes que recibía y enamorado de la gambeta al punto de excederse en maniobras individuales, era un fenómeno.

Muy de vez en cuando, algún arquero prevalecía en el mano a mano desde el punto penal. Lo hizo Pablo Herrera, de Ferro, en un partido que, de todos modos, terminó con triunfo de Racing. Y también pasaba que Corbatta perdía los estribos y se tomaba a golpes de puño con un rival, como lo hizo con el puntero izquierdo de Independiente Osvaldo Cruz en un clásico que El Rojo ganó 3-2 como visitante. Ese día, los dos futbolistas devenidos en púgiles fueron expulsados y llevados a la comisaría por unas horas.

Una vez se tomó a golpes con Osvaldo Cruz, de Independiente. Luego fueron compañeros en la Selección.

Racing terminaba entre los cuatro o cinco primeros de cada torneo, pero no lograba títulos. El último había sido en 1951. En 1958, por fin, La Academia se dio el gusto de proclamarse campeona. Y, por supuesto, Corbatta resultó determinante. No fue un año sencillo para el fútbol argentino, que sufrió un tan inesperado como violento cachetazo en el Mundial de Suecia, pero los de Avellaneda transitaron un momento de alegrías que les permitió recuperar la sonrisa que hacía demasiado no se divisaba en sus rostros.

River, que había dominado casi a voluntad los certámenes de esa década (se llevó los de 1952, 1953, 1955, 1956 y 1957), perdió eficacia y brillo y la puja por el primer puesto situó en el centro de la escena a otros protagonistas. San Lorenzo, Racing, Atlanta -de sorpresiva campaña- y Boca picaron en punta y mantuvieron una lucha bastante reñida hasta que La Academia mostró mayor regularidad y se distanció lo suficiente como para terminar al tope de la tabla con tres puntos de ventaja sobre los xeneizes, a los que en un tramo del torneo llegó a sacarles cinco unidades.

En la consagración del equipo que dirigía José Pechito Della Torre, una gloria de Racing de los años 30, le cupo un papel preponderante a Corbatta. Todos los aplausos lo tuvieron como destinatario principal en un equipo que habitualmente salía a la cancha con Negri; Dellacha, Juan Carlos Murúa; Héctor Bono, El Polaco Cap, Julio Gianella; El Loco, Pizzuti, Manfredini, El Marqués Rubén Sosa y La Bruja Raúl Belén.


Corbatta, Pizzuti, Manfredini, Sosa y Belén, la delantera del Racing campeón de 1958.

Corbatta hizo lo de siempre. Abrió defensas y envió centros perfectos para que Pizzutti, Manfredini, Sosa y Belén llegaran gol. Y, por supuesto, aportó sus propios festejos: dos a Atlanta (uno en la derrota por 2-1 y otra en el empate 1-1), uno a Newell´s (3-0), a Estudiantes (2-1), a Huracán (4-1), a River de tiro libre (3-2), a Lanús (4-0), a San Lorenzo (3-1), a Central Córdoba (3-2) y a Independiente (4-1). De sus diez conquistas, cuatro fueron de penal.

Hasta estuvo cerca de hacer un gol olímpico, pero el córner que ejecutó contra Newell´s impactó en el travesaño del arco de Vladimiro Tarnawsky y el rebote fue captado por Pizzuti, quien terminó anotando en ese 4-1 en Avellaneda. Y pudo haber sumado una conquista más, pero Julio Cozzi, un excelente guardavalla que tenía una notoria intuición para contener penales, se quedó con un remate desde los doce pasos de Corbatta en un 1-1 con Independiente.

Con los goles del Nene Sanfilippo como argumento más valioso, San Lorenzo postergó en 1959 a un Racing que seguía bailando al compás de la música que brotaba de la inspiración de su espectacular wing derecho. Doce meses más tarde Corbatta se despachó con 14 goles -6 de ellos de penal-, pero La Academia terminó cuarta, aunque luego tomó impulso y cosechó su segundo campeonato en cuatro años.

Con Pizzuti, Mansilla, Sosa y Belén ganó el título en 1961.

En 1961, Racing se llevó el título casi sin oposición. Arrancó con cinco victorias consecutivas y construyó una campaña inapelable que incluyó abultados triunfos como el 7-2 a Chacarita, el 4-1 a Lanús como visitante y el 5-0 en Avellaneda y el 6-2 a Rosario Central. Se proclamó en la 27ª fecha -tres antes del cierre- con un 3-2 sobre San Lorenzo, al que terminó relegando por siete puntos. Solo perdió dos partidos en una tarea prácticamente sin fallas. 

Negri; Norberto Anido, Juan Carlos Mesías; Roberto Blanco, Anacleto Peano, Federico Sacchi; Corbatta, Pizzuti, Pedro Mansilla, Sosa y el uruguayo Carlos Borges o Belén constituían la formación base de ese equipo dirigido por Saúl Ongaro, integrante del equipo tricampeón académico en 1949, 1950 y 1951. Como siempre, el toque de distinción lo aportaba El Loco, quien no solo marcó nueve goles, sino que se las arregló para ayudar a que Pizzuti anotara 15, Sosa 12, Borges 9 y Mansilla 7.

El puntero derecho les puso la firma a dos conquistas en el 7-2 sobre Chacarita, a dos penales en el 3-2 decisivo contra San Lorenzo y a un gol en el 2-0 frente a Huracán, en el 2-1 a River, en el 1-1 con Atlanta, en el 3-0 sobre Los Andes y en el 2-1 a Estudiantes. Fueron nueve tantos en 29 partidos, un aspecto que se podía contabilizar para nutrir el mundo de las frías estadísticas. Todo lo otro que brindaba Corbatta era imposible de cuantificar.


UN CARASUCIA ESPECTACULAR.

Las deslumbrantes actuaciones de Corbatta no pasaban inadvertidas para el técnico de la Selección. Guillermo Stábile, el goleador del Mundial de 1930, no dudó un instante y citó al joven de 20 años para ser parte del equipo nacional que se preparaba para disputar los Juegos Panamericanos de 1956, en México. El DT, con el que Argentina ganó los Sudamericanos -la actual Copa América- de 1941, 1945, 1946 y 1947, tenía ojo clínico y sabía distinguir a los jugadores con talento.

Una delantera de la Selección argentina integrada por Corbatta, El Beto Menéndez y El Mono Zárate.

Corbatta se unió a un plantel que Stábile diseñó pensando en el futuro de la Selección. Los arqueros Rogelio Domínguez (Racing) y Antonio Roma (Ferro), los medios Daponte y Guidi (ambos de Lanús) y los atacantes Maschio (Racing), Enrique Omar Sívori (River), Benito Cejas, Dante Lugo (dos más del Granate) y José Yudica (Newell´s), entre otros, ganaban experiencia al lado de jugadores con mayor recorrido como Federico Vairo (River), Eliseo Mouriño (Boca), Ernesto Gutiérrez (Racing) y Norberto Tucho Méndez (Tigre).

El 28 de febrero, en el Estadio Universitario del Distrito Federal de México, Argentina empató 0-0 con Perú. Domínguez; Vairo, Juan Manuel Filgueiras; Daponte, Guidi, Natalio Sivo (reemplazado por Gutiérrez); Corbatta, Maschio (luego, Francisco Loiácono), Cejas, Mandrake Lugo (lo sustituyó Sívori) y Yudica fueron de la partida. Los albicelestes vencieron después 4-3 a Costa Rica, 3-0 a Chile, igualaron 0-0 con México y cerraron su participación con un 2-2 con Brasil. Los verdiamarillos se quedaron con el título, escoltados por las huestes de Stábile.

Los Carasucias de Lima: Corbatta, Cruz (ambos de pie), Maschio, Angelillo y Sívori (hincados).

El siguiente compromiso de relevancia para el Seleccionado era el Sudamericano del 57, en Lima. Con vistas a ese certamen, Argentina encaró una serie de amistosos que le permitieron al Filtrador darle forma al equipo. El 14 noviembre del 56, Corbatta logró su primer gol en partidos internacionales en el 2-2 con Uruguay en la cancha de Boca. Competía por el puesto con Rodolfo Micheli (Independiente) y Ernesto Sansone (Vélez). En realidad, se los prestaba porque para el técnico parecía no haber dudas.

El puntero derecho de Racing estuvo en el 8-2 sobre Colombia con el que Argentina inició su recorrido por ese torneo. Y eso no fue todo: anotó el sexto tanto. El 17 de marzo, cuatro días después del debut, jugó por primera vez con Maschio, Angelillo, Sívori y Cruz, el mismo con el que se había tomado a golpes ese año en un clásico contra Independiente. En ese 3-0 sellado con dos goles de Angelillo y uno del Cabezón Sívori nació un quinteto ofensivo que se hizo eterno: Los Carasucias de Lima.

El 4-0 sobre Uruguay, el 6-2 contra Chile con un gol de Corbatta de penal y el 3-0 frente a Brasil condujeron a la Argentina un título obtenido con un fútbol magistral. Ya con la consagración consumada, los de Stábile cedieron el invicto en un 2-1 con Perú. Domínguez; Giménez, Dellacha, Vairo; Néstor Rossi, Ángel Schandlein; Maschio, Sívori; Corbatta, Angelillo y Cruz estuvieron en la mayoría de los partidos.

“De aquel equipo que ganó el Sudamericano del 57 se dijeron muchas cosas. Hablaban maravillas de los tres carasucias, de Maschio, Angelillo y Sívori, pero el verdadero genio fue Corbatta. A los de arriba yo los manejaba a gritos; a Corbatta le daba la pelota y listo”, resumió en una entrevista Pipo Rossi, un líder de ese conjunto campeón. El Loco o Corbatita, como le decían por su juventud, colaboró mucho con el volante central en su nueva función de puntero que retrocedía a la mitad de la cancha.

Argentina protagonizó una de sus mejores actuaciones de la historia en el Campeonato Sudamericano de 1957.

Era imposible concebir una delantera sin Corbatta. Lo mismo podría decirse del resto de los integrantes del Seleccionado que brilló en Lima. Sin embargo, Domínguez se fue al Real Madrid para jugar al lado de Alfredo Di Stéfano y tres de los purretes que se habían lucido en la ofensiva desembarcaron en Italia: Maschio se sumó al Bologna, Angelillo al Inter y Sívori a la Juventus. Nadie tomó dimensión de lo que significaron esas partidas hasta que fue demasiado tarde.

Los de Stábile transitaron sin mayores contratiempos la ruta de las Eliminatorias para el Mundial del 58. El Loco alumbró un golazo en un 4-0 sobre Chile. El 20 de octubre del 57 avanzó dejando rivales a su paso. Gambeteó a Vicente Astorga y le salió al cruce Julio Salazar. El arquero Ángel Quitral cubría el poste izquierdo. Había un hueco para la definición, pero el delantero enganchó hacia el centro, eludió a Salazar y cuando regresaba Astorga para apretarlo, metió una pausa y sacó un remate que ingresó junto al palo derecho. Tamaña obra de arte lo depositó en la tapa de la revista Life.

Esperaba la Copa del Mundo. Argentina partió hacia suelo escandinavo envuelta en la euforia. Se sentía campeona antes de jugar. Le faltaban varias de las figuras de Lima, pero la confianza era enorme. Y, se sabe, la confianza mató al gato. En este caso, aplastó a la Selección. Corbatta fue uno de los pocos que quedó a salvo de esa catástrofe futbolística que recibió nombre propio: El Desastre de Suecia.

El espectacular gol a Chile en las Eliminatorias para el Mundial 58.

La Selección debutó contra Alemania Federal, el equipo campeón en 1954. Ese día, con una llamativa camiseta amarilla del club sueco IFK Malmo, Corbatta volvió a hacer de las suyas y sometió con un hermoso tanto al guardavalla Fritz Herkenrath. El gol fue un espejismo: los de Stábile perdieron 3-1 en su regreso a las Copas del Mundo luego de 24 años de ausencia. Las críticas se acallaron con una victoria por el mismo marcador sobre Irlanda del Norte en la que el atacante de Racing volvió a hacerse presente al anotar desde el punto penal.

Faltaba el último partido de la zona de grupos. Checoslovaquia era el rival. Urgía el triunfo para pasar a la siguiente instancia. Argentina sufrió la peor derrota de su historia: cayó 6-1 y se despidió más pronto de lo esperado de Suecia. Corbatta descontó, otra vez desde los doce pasos, cuando el partido estaba 3-0 a favor de los europeos. Ese traspié sumió al fútbol nacional en una decepción inconmensurable.

El enfurecido público le tributó una recepción a monedazo limpio al equipo. Ninguno de los jugadores se animaba a bajar del avión. Algunos proponían que Corbatta encabezara la retirada porque había sido el único que quedó a salvo de las críticas. Sea como fuere, ese golpe marcó a fuego el futuro inmediato del elenco albiceleste. Más aún: también incidió en el desarrollo del fútbol argentino.

El golazo a Alemania Federal en Suecia, el día que la Selección usó una extraña camiseta amarilla.

Stábile fue cesanteado y, pese a que volvió al cargo por unos meses en 1960, se puso en tela de juicio el prestigio que había acumulado en las dos décadas que estuvo al frente del Seleccionado. Los jugadores mundialistas recibían insultos y agresiones en todas la canchas. El que más difícil la pasó fue Carrizo, injustamente señalado como uno de los principales responsables del fracaso. Se empezó a subestimar la calidad innata de las estrellas del país y se adhirió ciegamente a tácticas defensivas y al imperio de la preparación física por sobre la jerarquía individual.

La Selección no volvió a las canchas hasta casi ocho meses después del lapidario 1-6 contra Checoslovaquia. Con un trío de técnicos formado por Victorio Spinetto, Pechito Della Torre y José Barreiro, Argentina se sacudió momentáneamente las penas con la obtención de la Copa América disputada en 1959 en Buenos Aires. Corbatta actuó como titular en una nueva delantera que contaba con él, Pizzuti, Manfredini, Eugenio Callá y La Bruja Belén. Aportó goles en el 2-0 sobre Bolivia, en el 3-1 contra Perú y en el 3-1 frente a Paraguay.

Continuó unido a la Selección en los años siguientes, cuando se sucedían los técnicos en medio de la desorientación que se había apoderado a la conducción de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Luego de la Copa América del 59 habían pasado El Charro José Manuel Moreno, Stábile -en su regreso-, Spinetto y José D´Amico. Precisamente bajo la conducción de Spinetto se afrontaron las Eliminatorias para Chile 1962 y el elenco albiceleste goleó 6-3 y 5-0 a Ecuador con tres tantos de Corbatta en la suma de ambos cotejos. 

El equipo argentino que se llevó la Copa América en 1959.

El 12 de octubre de 1961 el wing gritó sus últimos dos goles en el 5-1 contra Paraguay. Con la mira puesta en la Copa del Mundo, arribó Juan Carlos Lorenzo como DT. El Toto había anunciado que El Loco iba ser parte de su proyecto. Lo incluyó el 28 de marzo del 62 en un 0-0 con México junto a Roma; Carlos Sáinz, Rubén Hacha brava Navarro, El Polaco Cap, Miguel Vidal; Ramón Abeledo, Antonio Rattín; Luis Artime, Sanfilippo y Belén.

Cuando debía dar la lista de 22 mundialistas para concurrir al certamen en tierras chilenas, Lorenzo dejó al margen a Corbatta. Más allá de su perfil polémico, prefirió la cautela y esbozó “problemas personales” que impedían la convocatoria del puntero derecho de Racing. Esa diplomática excusa ocultaba el infierno en el que ardía El Loco, que cerraba su período como hombre de Selección con 43 presencias y 18 goles.

EL RÁPIDO DECLIVE.

“Houseman fue el mejor jugador que vi en mi vida. Vos decís, jugó tres años, se caía a pedazos a los 25 años… No importa eso, tenés razón, pero los tres años que jugó fue un crack total”. Carlos Bábington, emblema del inolvidable Huracán campeón del Metropolitano de 1973, pronunció estas palabras en el libro Menotti – El último romántico (librofutbol.com, 2018). El testimonio también aplica a Corbatta y permite trazar otro paralelo con René.

El prematuro declive de la carrera del genial puntero se dio cuando apenas había pasado los 25 años.

Hacia 1962, cuando apenas tenía 26 años, Corbatta inició la curva descendente de su trayectoria. Su pico no había durado tan poco como el de Houseman, pero su luz dentro de la cancha se apagó menos de una década después de haber sido encendida. Apenas disputó 13 partidos esa temporada en un certamen en el que La Academia deambuló en la mitad de la tabla. Y solo marcó tres goles: uno de penal (en el triunfo 2-0 sobre Estudiantes) y dos de tiro libre (en la victoria 3-0 contra Argentinos y en el empate 2-2 con Vélez).

El 16 de diciembre de ese año jugó por última vez con la camiseta de Racing. Lo acompañaron José Toledo; David Siles, Anido, Sacchi, Mesías; Rubén Bertulessi, Eduardo Curia; El Chango Juan Cárdenas, El Marqués Sosa y La Bruja Belén. Atrás quedaban 177 partidos, 72 goles, dos títulos y funciones de gala instaladas en las páginas más brillantes de la historia del fútbol argentino.

Quizás porque nadie intuía que ese declive se avecinaba con inusitada rapidez, Boca no dudó en pagar 12 millones de pesos para contratar a Corbatta. Porque era Corbatta. Y Corbatta era bueno. Muy bueno. Su debut con la camiseta auriazul no hizo más que ratificar que ese puntero derecho que había maravillado en Racing seguía siendo el mismo. Al menos, eso parecía, aunque poco tiempo después el panorama cambió por completo.

En 1963 se incorporó a Boca y fue compañero del Nene Sanfilippo (el penúltimo de los hincados).

El 28 de abril del 63, Corbatta apareció en el equipo conducido técnicamente por D´Amico y su carta de presentación fueron dos goles en el éxito por 4-1 sobre Argentinos Juniors en la cancha de Atlanta. Roma; Carmelo Simeone, Edson Dos Santos, Orlando, Héctor Heredia; Rattín y El Beto Menéndez; Corbatta, Emanuelle Del Vecchio, El Nene Sanfilippo y Alberto Mario González fueron de la partida en esa ocasión.

Corbatta y Sanfilippo eran las rutilantes contrataciones de los xeneizes. El primero, un puntero excepcional que se había destacado en Racing y en la Selección; el otro, el gran goleador de los certámenes locales de 1958, 1959. 1960 y 1961 con la camiseta de San Lorenzo había llegado a cambio de 25 millones de pesos, una fortuna. El pase del año. Una dupla explosiva, soñada. En realidad, una dupla que deparó una decepción gigantesca en la Ribera.

Era imposible avizorar ese final si Sanfilippo había abierto el marcador al enviar al fondo del arco de Manuel Ovejero un centro de Corbatta, el autor de otros dos goles esa tarde. El Nene y El Loco asomaban como los principales refuerzos de la dirigencia encabezada por el presidente Alberto J. Armando en su aspiración de ganar la Copa Libertadores. Las otras contrataciones habían sido los brasileños Del Vecchio y Ayres Moraes, el paraguayo Benicio Ferreira, el uruguayo Alcides Silveira y Juan Carlos Rulli, proveniente de Estudiantes.

Su llegada a Boca despertó grandes expectativas, pero El Loco ya había entrado en la curva descendente de su carrera.

Una semana más tarde, Corbatta fue expulsado por agredir a un rival luego de haber sufrido una fuerte infracción. Se redimió 15 días después con los tres goles en la victoria por 3-0 sobre Vélez. Ese 19 de mayo debutó y fue figura un joven flaquito muy habilidoso que respondía al nombre de Ángel Clemente Rojas y que se ganó la idolatría del público boquense con el apodo de Rojitas.

Eriberto Righi, de Banfield, consumó la hazaña de atajarle un penal al Loco en un 0-0 en La Bombonera. Los resultados no acompañaban y después de una derrota por 3-0 a manos de Rosario Central con dos tantos de un flaco fumador empedernido llamado César Luis Menotti, D´Amico fue cesanteado. Tras un interinato de Arcadio Julio López, fue designado como DT Aristóbulo Deambrossi.

El nuevo entrenador llegó con el aval del Maestro Adolfo Pedernera, quien había sido contratado por Armando en un puesto similar a lo que hoy se conoce como mánager. La otrora gloria de La Máquina de River había convencido al dirigente de la importancia de apostar fuerte por la Libertadores y sugirió el nombre de Deambrossi para sustituir al técnico con el que Boca había ganado el título del 62.

Al cabo de su segundo año en Boca, le rescindieron el contrato. Una clara señal de que la magia había empezado a extinguirse.

Increíble, pero real, a Corbatta volvieron a superarlo en un duelo desde los doce pasos. Le tocó a Carlos Minoian, de Gimnasia, dejar con las manos vacías al delantero. Aunque esa acción no impidió la victoria auriazul por 1-0, asomaba como una señal de peligro. Algo había cambiado. Corbatta había cambiado. Por más que hizo un gol en el 3-2 sobre Independiente, su aporte no fue tan importante como se esperaba. Ni siquiera se había destacado en la Copa Libertadores, en la que jugó dos partidos y anotó una vez en un 5-3 sobre Olimpia, de Paraguay.

Boca perdió ese año la final del torneo continental contra el Santos de Pelé, pero Corbatta quedó confinado a un rol secundario en esa competición. El balance del Loco en esa primera temporada había sido opaco: 14 partidos, siete goles, dos penales atajados y una expulsión. Peor le fue en 1964: a pesar de que el equipo ganó el campeonato, él solo dio el presente en dos encuentros y le rescindieron el contrato al finalizar el torneo.

Su adicción al alcohol le provocaba lacerantes derrotas. Muchas veces había jugado en estado de ebriedad, pero se las había arreglado para destacarse a pesar de esa situación. Se saboteaba a sí mismo, aunque no lo comprendía. No era capaz de hacerlo. Tampoco conseguía estabilizar sus relaciones de pareja. Se casó y se divorció en cuatro ocasiones y en todas perdió dinero y dejó jirones de su corazón. “Con la primera me fue muy mal; con la segunda me fue mal; con la tercera mal y con la cuarta, mal. Las cuatro me sonaron, pero las quiero lo mismo”, confesó.

A pesar de estar lejos de su mejor nivel, Corbatta se las ingenió para destacarse en Independiente Medellín.

Sin lugar en el fútbol argentino, armó las valijas y viajó a Colombia para sumarse a Independiente Medellín. Allí, durante cuatro años, renació de las cenizas a las que pareció haber quedado reducido tras su paso por Boca. Arribó como puntero derecho y terminó como mediocampista ofensivo, casi como un enganche. Le costaba imponer su gambeta, pero le alcanzaba con su inteligencia para diseñar los ataques del DIM.

Entre 1965 y 1969 celebró 35 goles en 149 partidos. Su físico ya no respondía, pero la jerarquía estaba casi intacta. Lo suficiente para haberse lucido con cinco tantos en 8-3 contra Deportes Tolima el 25 de mayo de 1969. Hasta en esa versión tan poco digna de su ilustre pasado, se destacó y los hinchas lo veneraban. Quizás hasta le perdonaron que haya errado un penal en un duelo copero con Racing en 1967.

En el 70 volvió a la Argentina. No le sobraban las ofertas. En su camino se cruzó San Telmo, que en 1969 había estado muy cerca de ascender a Primera. La incorporación del Loco constituía la oportunidad de darle el toque de calidad al equipo para concretar la llegada a la elite del fútbol nacional. Si bien no era el de antes, cumplió un buen papel. Debutó con un gol de penal en un 2-2 contra All Boys como visitante. Selló su paso por el certamen de la B con una decena de tantos en 33 partidos.

En 1970 regresó al país para jugar en San Telmo. Ya quedaba poco y nada del brillo del pasado.

Aunque su rendimiento como mediocampista por el sector derecho -el puesto en el que se desempeñó en San Telmo- había sido satisfactorio, a los 34 años abandonó a los de la Isla Maciel y se internó en el interior profundo de la Argentina. Militó en Italia Unida (1972) y en Tiro Federal (1973 y 1974) de la liga rionegrina.

El resto de sus días los pasó olvidado, peleado con la vida y vencido por la bebida. Pobre y con una mano atrás y otra adelante, fue cobijado por Racing, que a través de la encargada de la pensión de las divisiones inferiores, Tita Mattiussi -su nombre era Elena Margarita-, le consiguió una pieza debajo de una tribuna de la cancha. Allí volvía una y otra vez como si fuera su casa. Se podría decir que lo era, porque en Avellaneda pasó sus mejores momentos.

Afectado por un cáncer de laringe falleció el 5 de diciembre de 1991 en una clínica de La Plata. Su nombre resistió el paso del tiempo y el recuerdo de sus hazañas pasó de generación a generación. Lo homenajearon bautizando con su apellido al pasaje Cuzco. Cada vez que un hincha de Racing recorre esa calle pegada a la cancha seguramente no notará que los pasos que da simulan los latidos del corazón de un loco, mejor dicho, de un genio llamado Oreste Osmar Corbatta.

Se despidió del fútbol en la liga de Río Negro.
*** Publicado en LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/Un-loco-un-genio-o-simplemente-Corbatta-562691.note.aspx

 07.08.2025