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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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sábado, julio 11, 2026

11 de julio de 2026; fallece Antonio Rattín a los 89 años.

 

TRISTE NOTICIA EN EL MUNDO BOCA: FALLECIÓ ANTONIO RATTIN.



11 de julio de 2026: fallece Antonio Rattín a los 89 años.




El capitán eterno de Boca Juniors y uno de los máximos ídolos de la historia del Xeneize, fallece en las últimas horas.

Antonio Ubaldo Rattin, expresión cumbre de la garra xeneize.

Antonio Ubaldo Rattín nacido en Tigre, provincia de Buenos Aires el 16 de mayo de 1937.

Fallece en  Vicente López, provincia de Buenos Aires el  11 de julio de 2026.

Antonio Rattín fue un futbolista profesional, entrenador y político argentino.

Es ídolo del Club Atlético Boca Juniors donde jugó 382 partidos, convirtió 28 goles, ganó seis títulos nacionales y salió subcampeón de la Copa Libertadores de América 1963.

Desarrolló toda su carrera deportiva en Boca Juniors, institución en cuyas divisiones inferiores ingresó en 1955 proveniente del Club Atlético Tigre.

Debutó en Primera División en 1956, con apenas 19 años de edad. Medio volante de grandes condiciones físicas, con Boca consiguió cinco títulos, en 1962, 1964, 1965, 1969 y Copa Argentina 1969.

Es junto a Natalio Agustín Pescia, Ricardo Enrique Bochini, Miguel Ángel Russo, Reinaldo Merlo Guillermo Daniel Ríos y Ariel Ricardo Cafferata los únicos futbolistas que desarrollaron toda su carrera en un solo club en el fútbol argentino.

“Jugué con dos camisetas solamente en toda mi vida, la de Boca y la de Argentina”, dijo en una de sus últimas apariciones públicas, en 2019, antes de que la pandemia y los achaques de la edad lo alejaran de las reuniones masivas

Se desempeñaba como mediocampista defensivo y se caracterizaba por su destacada presencia en la mitad de la cancha, debido en buena parte a su elevada estatura (1,90 m), y con base en su ubicación, tenacidad, control de balón, voz de mando y valentía; convirtiéndose así en un referente de dicho sector del campo de juego.

Fue internacional con la Selección Argentina participó en dos Copas del Mundo consecutivas (1962 y 1966) siendo capitán. 

Solía recordar una anécdota descriptiva de la  inestabilidad institucional de nuestra Argentina: “Cuando salimos de acá el presidente era Illia. Cuando volvimos, Onganía nos recibió en la Casa Rosada”. 

Además, disputó dos Copa América, en las ediciones 1959 y 1967. Con la Albiceleste se consagró campeón de la Copa de las Naciones en 1964, un torneo de selecciones organizado por la Confederación Brasileña de Fútbol, que enfrentaba a las selecciones de Argentina, Brasil, Inglaterra y Portugal.

Fue entrenador de Boca Juniors, con quién disputó el campeonato Metropolitano 1980. La primera rueda del torneo fue difícil, perdiendo muchos encuentros pero pudo remontar en la segunda rueda, en donde mantuvo una racha de doce partidos invictos, finalizando en el séptimo puesto del torneo. Al año siguiente, el equipo realizó una mala campaña en el Nacional 1980 y quedó eliminado en la primera ronda. No volvió a dirigir desde entonces.

Antonio Ubaldo Rattín incursionó en la política siendo Diputado de la Nación Argentina por el partido PAUFE (Partido Unidad Federalista) entre 2001 y 2005. Entre 2005 y 2009 fue de concejal por el Frente Justicialista, en el Partido de Vicente López, Zona Norte del Gran Buenos Aires.

En 2015, fue inmortalizado con una estatua en el Museo de la Pasión Boquense, en honor a su trayectoria como futbolista y su idolatría dentro del Club Atlético Boca Juniors.

martes, febrero 17, 2026

De repente, las candilejas o cuando el desconocido se transforma en famoso.

 


De repente, las candilejas o cuando el desconocido se transforma en famoso.

Por Nicolás Kasanzew.

Generalmente el éxito es el resultado de un largo ejercicio de paciencia, o la consecuencia de esa fórmula que atribuye a la transpiración un abrumador, mayoritario porcentaje. A veces, -no muy a menudo, claro,- el azar, la casualidad, alguna circunstancia fortuita o simplemente una buena estrella obran el milagro y súbitamente transforman al desconocido en famoso, catapultan al ignoto transformándolo en célebre.
Y no sólo en el mundillo de la farándula suelen cosecharse famas repentinas. El fenómeno de la popularidad súbita, casi siempre fortuita e inesperada para los propios protagonistas, se registra también en el deporte, la astrología y hasta la cirugía cardiovascular.
Para una nota en la revista “Siete Días” de hace exactamente medio siglo, no me fue fácil conformar una nómina de notorios, signados por este “repentismo”, que resultara además equitativa en cuanto a su distribución por profesiones.
El deporte, -quizá por los rigores del entrenamiento y la persistencia del trabajo,- era el sector más avaro en prodigar consagraciones de la noche a la mañana. En las entrevistas que hice, un par de nombres lo representan: el del futbolista Roberto Telch y el del maratonista Delfo Cabrera. No ocurría lo mismo en el ambiente artístico, - en especial dentro del mundillo televisivo- donde menudean las circunstancias azarosas capaces de redimir los más profundos anonimatos.
El astrólogo Horangel, los cómicos Alberto Olmedo y Haydée “La Chona” Padilla me relataron también las insólitas circunstancias que propiciaron -en menos de lo que canta un gallo- su caudalosa popularidad.
Otros sectores del arte de ese entonces encontraron su representación en el director cinematográfico Rodolfo Kuhn, el bailarín Oscar Aráiz, el escritor Enrique Medina y la modelo Teté Coustarot, todos signados también por una repentina fama cuyos curiosos entretelones recogí en una nota que se completó con una consagración ajena al ámbito artístico, pero que dejó a todos con el corazón en la boca: la del cirujano Miguel Bellizi, el realizador del primer trasplante cardiaco en la Argentina.

LOS PROTAGONISTAS
* ALBERTO OLMEDO: Yo hice de todo: fui repartidor de carne, de verduras, de farmacia, linotipista, amasador de pan, manejé una jardinera, vendí diarios, trabajé de acróbata y cuando vine a Buenos Aires, en 1954, el director Pancho Guerrero me hizo entrar en el Canal 7 como ayudante técnico. Yo cambiaba de oficio a cada rato porque sabía que iba a encontrar algo que me daría satisfacción. Un día, hacía fines de 1954, los ánimos estaban muy caldeados en el canal por razones laborales y yo, para aliviar las tensiones, empecé a hacer algunas payasadas; los ejecutivos del canal que se estaban yendo, se quedaron mirándome. Una semana después debutaba con un monólogo. Comencé trabajando con Tincho Zabala y Rodolfo Crespi. Ahora, que ganó 200 veces más que antes, cuando vivía en una pieza con otras seis personas en Lavalle y Maipú, y comía día por medio, escucho a algunos que me dicen: “Vos sí que la tenés”. Una vez, me paré a charlar con uno y le conté mis pasadas penurias. Me pidió perdón. Yo sé que hay gente, que queda mareada con la fama. No es mi caso. Yo siempre seré: “El Negro Olmedo”.

* DELFO CABRERA: Hacia 1948, cuando gané la medalla de oro en maratón, en las Olimpíadas de Londres, muchos quedaron boquiabiertos. Aunque estaba lejos de ser un don nadie -era campeón nacional y sudamericano de fondo- nadie me conocía. Es el destino del deportista amateur. Yo, que trabajaba como bombero, tenía un único afán: emular a Juan Carlos Zabala, “el ñandú criollo”, que ganó la maratón en 1932. Y lo logré él mismo día -un 2 de agosto- dieciséis años después. Imagine la poca fe que nos tendrían, que el presidente de la delegación argentina se enteró de mi triunfo porque lo despertaron cuando dormía la siesta. “¡Que mañana, me perdí la foto!”, atinó a decir. La maratón se corría en el más puro estilo griego: 40 kilómetros por la calle. Y el evento culminaba en el estadio de Wembley, en presencia de la reina. Le gané a un inglés por sólo cien metros. Y así me convertí en famoso. El milagro duró dos horas y media; el tiempo que demoré en ganar la maratón. ¿La fama? Es linda si viene acompañada de dinero. Si no, es una molestia.

*HAYDEE PADILLA (LA CHONA): Yo siempre había acuado como actriz dramática, en diversos teleteatros. Un día, allá por 1966, una persona que se divertía mucho cuando yo hacía La Chona - imitaciones de entrecasa, realizadas en rueda de amigos - quiso que me viera el dueño de Canal 9, Alejandro Romay. “Vos entrá hablando como La Chona”, me dijo. Al escucharme, Romay explotó: “¿Y vos, donde tenías guardado ese personaje?” Así comenzó la cosa. En el programa “Tropicana” hice un monólogo. El director, que no sabía nada de antemano, se quedó con la boca abierta. El esperaba que hiciera uno de mis habituales personajes. Inmediatamente mi contrato, que era por un mes, fue ampliado a tres años. En menos de tres semanas me hice muy popular: en el colectivo la gente me preguntaba por “el Hétor”, los tacheros no me cobraban; uno me vino a buscar al canal con su mujer para que fuera a comer a la casa de su madre, cuya mayor ilusión era conocerme. Fui y la viejita se quedó chocha. Las mujeres me hacen cómplice de sus cosas; cuando voy a la cancha, me gritan: “Chona, te viniste sin el Hétor, te viniste”. La gente se identifica con el personaje y me brinda mucho cariño”.

* HORANGEL: Desde los 14 años me dedico a investigar en astrología. También enseñé Física, Historia, Matemáticas y Cosmografía en una academia que preparaba alumnos para el ingreso a la universidad. El espaldarazo lo recibí en 1963, con el programa “ Mensaje Astral”, que transmitía Canal 9. Allí, en octubre, predije que algo gravísimo le sucedería a John Kennedy entre el 22 y el 24 de noviembre. No era una agorería. Yo explicaba a la teleplatea ciertas coincidencias cósmicas e históricas. Cuando Kennedy cayó asesinado en Dallas, yo no recordé mi vaticinio: cuando hago una predicción, me olvido y a otra cosa. Pero el público quedó pasmado. A nivel internacional mi pronóstico tuvo también una gran repercusión: mis palabras se tradujeron hasta al birmano y vino a verme gente desde Francia, Estados Unidos e Italia. Pero yo no hago estudios personales, a menos que lo pida, por ejemplo, un presidente. En una situación así, es imposible negarse.

* TETE COUSTAROT: En mi caso, el azar tiene el nombre de un fotógrafo de la revista Siete Días, Osvaldo Dubini. En el verano de 1969 me vio en Mar del Plata e insistió que participara en el concurso de Miss Siete Días. Entonces, mi vida se transformó: atrás quedaron mis estudios de periodismo en La Plata, un empleo en una agencia de autos, algunos desfiles. Desde que gané el concurso y salí en la tapa de Siete Días, comenzó la popularidad. Me invitaron a programas de televisión, empezaron los reportajes; la gente, en la calle, comenzaba a decirme “Chau, Teté” y de pronto me di cuenta de que mis modas, sobre todo mis maneras de cortarme el pelo, eran imitadas. De todas maneras, yo creo en el factor suerte; una vez me equivoqué de piso y entré a una oficina donde estaba reunida gente de publicidad. Apenas abrí la puerta, me miraron y dijeron: “Esta es la modelo que estamos buscando”. Y me contrataron para una publicidad de un shampoo. De igual modo, cuando viajé a Estados Unidos, caí justo para una campaña publicitaria que me permitió pasarme dos meses en Japón. Claro que la suerte -que no siempre es grela- para mí tiene el nombre de la revista Siete Días.

* RODOLFO KUHN: A los 15 años empecé a hacer cine con mis compañeros de colegio. Un año después gané un premio del Cine Club Argentino con mi cortometraje “Delirio”. Obligado por mi padre, estudié medicina un par de años y en 1956 empecé a trabajar como asistente de dirección de Lowe. Fui a Nueva York donde estudié con el cineasta alemán Hans Richter, volví al país y produje el primer teleteatros unitario argentino - “Teleteatros a la hora del té”. Pero la fama llegó recién con “Los jóvenes viejos”. El guión lo escribí entre 1958 y 1959, pero fue rechazado varias veces por el Instituto Nacional de Cinematografía, que negaba los créditos por considerarlo poco interesante. Por fin la película se realizó en 1961 con María Vaner, Alberto Argibay, Marcela López Rey y Jorge Rivera López, entre otros. Si el eco que halló en el público fue inmenso, el de la crítica fue triunfal. El diario La Nación dijo que era una de las mejores películas que se hubieran hecho jamás. En Europa me compararon a Orson Welles y a Buñuel. Cristina Rochefort escribió: “Nadie creerá que se trata de una ópera prima por la madurez con que está tratada”. Yo pensé que siempre podría vivir del cine de largometraje. Pero la realidad se encargó de demostrar lo contrario.

* ROBERTO TELCH: En 1964 yo era suplente del Seleccionado Argentino que debía enfrentar a Brasil en Pacaembú. Tenía 20 años y estaba haciendo el servicio militar. Antes había jugado en Defensores de Billinghurst, de donde pasé a San Lorenzo. Al comenzar el partido con Brasil yo estaba en el banco, pero un imprevisto cabezazo de Pelé le rompe el tabique nasal a Messiano. Entonces entré yo. Rattín me dijo: “Salí a jugar libre, que yo lo marco a Pelé”. Y salí como si tuviera un motor fuera de borda: era mi gran oportunidad. Marqué dos goles (el partido terminó tres a cero), con lo cual la Argentina se alzó invicta con la Copa de las Naciones. ¿Las jugadas del gol? No me las olvidaré jamás. Onega la tira al centro, la toma Alfredo Rojas y de un pelotazo le rompe el pecho a Gilmar. Y la pelota se queda ahí. Entonces, yo le pego de sobrepique. Un jugador de Brasil la quiere sacar, pero se traba a sí mismo y cae. Fue el primero. El segundo vino con una pelota que paró Onega y yo la mandé al fondo del arco. Me di cuenta de mi popularidad, cuando en Ezeiza vi la manifestación que coreaba mi nombre. Perdí la corbata, me rompieron el traje. Yo sabía que el triunfo no era casual, porque me tenía confianza.

* OSCAR ARAIZ: La idea consistió en montar un audiovisual con danzas. Casi una revista, pero sin sketches hablados, donde mezclé música de los Beatles con la Sinfonía de los Juguetes de Haydn y algo de música concreta. En la melange se juntaba “Lucy in the sky with diamonds” con un boletín metereológico radial, un gol aullado en el mejor estilo, una receta de cocina, una ranchera cantada por Mercedes Simone. Se llamó “Crash” y se estrenó en el Instituto Di Tella en el año 1966. Durante seis meses se dio con un lleno completo y lo interrumpí para hacerme cargo de la primera consecuencia de mi súbita popularidad; es decir de la dirección del ballet del Teatro Municipal. No se muy bien que elementos contribuyeron a ese éxito. Tal vez fue la mixtura de música de Pink Floyd con “La consagración de la primavera” de Stravinsky. Tal vez se debió a que “Crash” fue la primera obra que incursionó por la nostalgia, mostrando viejos álbumes de familia y antiguas postales. Había días en que la sala estaba llena de viejitos, que se iban cantando. Pero eso sí, para poder seguir creando, el éxito debe ser conquistado todos los días.

* ENRIQUE MEDINA: Entre los 6 y los 16 años viví en un reformatorio. Trabajé como peón de obra, linotipista, mimbrero, técnico en la Ballester Molina; estudié Bellas Artes, cine y también hice títeres, con los que recorrí toda Centroamérica durante seis años. Siempre me gustó escribir, claro, y un buen día me propuse trabajar en una novela que narraba mi paso por el reformatorio: tardé cinco años en escribirla, entre 1965 y 1970. Dos años después se publicó “Las Tumbas”, con un notable éxito editorial. Pero mi popularidad se la debo en gran parte a los medios masivos de difusión, que promocionaron mi libro. Como yo trabajaba de cameraman en Canal 11, pude vincularme con gente que me ayudó mucho. Así me empezaron a llamar de todos lados. La gente me paraba en la calle, como en el caso de una mujer que me detuvo para preguntarme ¿que reformatorio debía elegir para internar a su hijo? Yo le contesté que antes de hacer eso era preferible tirarlo al inodoro: no había entendido nada mi libro. Los quiosqueros me conocen y cuando pasó vocean “Las Tumbas” como si fuera un diario. Ahora soy popular: “Transparentes”, mi última novela vendió 50 mil ejemplares.

* MIGUEL BELLIZI: Desde el año 1958 trabajé en cirugía experimental en los Estados Unidos con los cardiocirujanos Denton Cooley y Michael Debakey y lo seguí haciendo cuando volví al país en 1965, en el hospital Rawson. Cuando en 1967 Christian Barnard realizó su primer trasplante, nuestro equipo ya estaba a punto para hacerlo, pero carecía de un ámbito apropiado. El 27 de mayo de 1968 atendí a un paciente de apellido Serrano, afectado de insuficiencia cardíaca terminal: estaba casi agónico. Decidí trasplantarlo. Pedí un donante al Costa Buero. Consiguen uno, pero la familia se opone. Mientras volvía a mi casa, cambiaron de idea. Una telefonista avisa a un diario que se hará un trasplante de corazón. Horas después, cuando llegué a la Clínica Modelo de Lanús, había un periodista de “Clarín” que me dice: “Doctor, usted va a hacer un trasplante”. Él lo sabía antes que yo.
Fue una verdadera apoteosis. El paciente vivió cinco días y murió de una hemorragia al cerebelo, sin que el trasplante tuviese nada que ver con su deceso. La operación duró entre las 2 y las 5 de la mañana del 31 de mayo. Cuando salí del quirófano, el tránsito estaba cortado. Me pedían autógrafos.

Publicado en LA PRENSA.

sábado, agosto 09, 2025

El baúl de los recuerdos. Un loco, un genio o, simplemente, Corbatta. Se despidió del fútbol en la liga de Río Negro.

 


Un loco, un genio o, simplemente, Corbatta.

El baúl de los recuerdos. Fue un puntero derecho excepcional que brilló en Racing y en la Selección. También resultó un ejemplo de talento desperdiciado que murió en la pobreza.

POR CARLOS VIACAVA.

El Loco Corbatta fue uno de los punteros más espectaculares del fútbol argentino.

Quizás por su condición de fenómenos incomprendidos, a los genios se los tilda de locos. Tal vez se requiera cierto déficit de cordura para hacer cosas imposibles para el común de los mortales. Nadie lo sabe con certeza. En cambio, para el mundo del fútbol está claro que Oreste Osmar Corbatta fue un loco genial que hizo maravillas en el costado derecho del ataque de Racing y la Selección argentina.

Solo a Corbatta, cuyo segundo nombre era Osmar y no Omar como siempre se sostuvo, se le podría haber ocurrido todo lo que inventó en sus días de esplendor en La Academia y en el Seleccionado. Sus jugadas sobre la línea de cal se antojaban genialidades y, en un rasgo de no demasiada creatividad, para todos era El Loco. Más allá de estas cuestiones, quedó en la historia del fútbol argentino como uno de los más espectaculares jugadores que haya pisado una cancha en estas tierras.

Corbatta, El Loco, el genio, una vez encaró con pelota dominada dejando rivales en el camino en dirección a su propio arco. El de Racing. Cuando llegó lo suficientemente cerca de su compañero Osvaldo Negri, se detuvo y fijó el curso hacia el otro lado de la cancha, adonde estaba el guardavalla de Chacarita. Tanto en el viaje de ida como en el de vuelta nadie pudo arrebatarle el balón.

Garrincha y René Houseman fueron, como Corbatta, dos fenómenos que perdieron por goleada con el alcohol.

Si fuese posible construir un árbol genealógico en el que los lazos de sangre queden en segundo plano, este habilidoso delantero podría ser considerado un excelso antepasado de René Orlando Houseman, otro genio con similar condición de loco que años más tarde brilló en Huracán. Incluso, hasta no sería descabellado agregar entre los poseedores de ese particular linaje a otro fabuloso atacante como El Burrito Ariel Ortega.

El parecido no se limitaba a lo que mostraba en la cancha. Fuera de ella, Corbatta tenía similitudes con Houseman y con Orteguita. Los tres perdieron por goleada con el alcohol. Solo el jujeño logró encarrilar su vida, pues El Loco y René, en cambio, tuvieron un final muy oscuro después de haber llenado de luz los estadios en los que desparramaron rivales a fuerza de gambetas y desbordes.

En esa triste y repentina derrota, Corbatta y Houseman se parecieron -además de por su talento- al mejor puntero derecho de la historia, Garrincha. El brasileño, tan genial como sus colegas argentinos, sacudió al mundo con sus imprevisibles quiebres de cinturas y sus centros perfectos para el ingreso al área de Vavá, su socio en el seleccionado verdiamarillo, y de Quarentinha, el centrodelantero al que transformó en el número uno de los goleadores del Botafogo. Como ellos, murió pobre y demasiado joven.

El Loco murió joven, a los 55 años. Dormía en una pieza que Racing le dio debajo de una tribuna del estadio.

Garrincha falleció en 1983 a los 50 años debido un cuadro hepático provocado por un síndrome alcohólico; Houseman se volvió inmortal en 2018 a los 64, víctima de un cáncer de lengua. La misma enfermedad, pero en la laringe, causó el deceso de Corbatta el 5 de diciembre de 1991, cuando tenía apenas 55. Sin un peso en los bolsillos, llevaba un largo tiempo viviendo de la caridad de Racing, que le había armado una modesta pieza debajo de una tribuna.

WING DE LOS DE ANTES.

El arte de Corbatta hoy resultaría incomprensible para las generaciones que observan a los futbolistas que se vuelcan por los costados y reciben el nombre de extremos. El Loco fue uno de los mejores exponentes de una forma de jugar que se perdió en el pasado, jaqueada por las decisiones de los entrenadores que abogaban por hombres todoterreno en detrimento de los especialistas en forzar que los espectadores, asombrados, se pusieran de pie para estallar en aplausos.

Corbatta, como Garrincha, Houseman y el Ortega de sus primeros años, se recostaba en el sector derecho del ataque, bien cerca de la línea de cal. Allí aguardaba que la pelota le llegara y desataba una danza que dejaba a los defensores con las piernas anudadas de tanto amago, enganche para un lado y salida hacia el otro que precedían a una corrida hasta el fondo de la cancha para despedir el centro para el ingreso goleador de un compañero que terminaba haciéndose famoso gracias al Loco o al puntero derecho de turno.

Los efectivos Pedro Manfredini y Pedro Mansilla -ambos en Racing- se beneficiaron de los desbordes de Corbatta. En la Selección, Antonio Valentín Angelillo, El Beto Norberto Menéndez, El Tanque Alfredo Hugo Rojas y El Nene José Francisco Sanfilippo fueron algunos de los que sacaron rédito de esa forma de jugar que cedió terreno ante hombres que ocupan los espacios, rara vez se internan en corridas por la punta y terminan lanzando pases hacia atrás o centros poco productivos como sucede hoy en día.

La habilidad de Corbatta deja desairado a David Iñigo, defensor de San Lorenzo.

El fútbol de este delantero que encarnaba la viva personificación del venerado fútbol de potrero era el mismo que desplegaron por ese mismo flanco del ataque Raúl Emilio Bernao (Independiente) y, más cercano a estos tiempos, Claudio Caniggia cuando surgió en River. Por la banda izquierda hacían lo mismo El Chueco Enrique García y Ezra Sued (los dos en Racing), Félix Loustau (River), El Negro Oscar Ortiz (San Lorenzo), La Bruja Juan Ramón Verón (Estudiantes) y Enzo Ferrero (Boca).

A grandes rasgos, los antiguos wines eran veloces, ciento por ciento habilidosos y, por supuesto, algo locos. O muy locos. Siempre geniales. Como todo loco. También los había potentes y fuertes como El Atómico Mario Boyé (Boca), La Porota Alejandro Barberón y Walter René Fernández (Racing) y eximios goleadores como el propio Boyé, Manuel Pelegrina (Estudiantes), Antonio Alzamendi (Independiente y River), Ernesto Mastrángelo (Boca) y Jorge Comas (Vélez y Boca).

Pero Corbatta no se limitaba a armar las jugadas para que otros las definieran. También hacía goles. Muchos goles. En sus días en Racing (1955-1962) y Boca (1963-1964) marcó 79 en 195 partidos. El promedio de 0,40 conquistas cada 90 minutos resulta más alto que el de muchos futbolistas de la actualidad que son considerados grandes definidores. Claro que la mayoría de sus definiciones se dieron desde el punto penal porque era infalible cuando se paraba a doce pasos del arquero rival.

Un gol de penal a Independiente. El wing de Racing era infalible desde los doce pasos.

“Agachaba la cabeza para que el arquero no me viera. Nunca me paraba de frente a la pelota, y le pegaba con la cara interna del pie derecho, seco. En cuanto se movía, era hombre muerto”. Corbatta explicaba así la fórmula que lo llevó, según sus propias cuentas, a acertar 64 de los 68 penales que ejecutó. Amadeo Carrizo, uno de los mejores arqueros de la historia, sufrió en carne propia esa contundencia: en una práctica de la Selección se trenzó en un desafío con el delantero: El Loco le pateó 50 veces y lo venció en 49. La restante dio en un palo…

Más allá de esa folclórica carencia de cordura con que se lo definía, Corbatta se mostraba como un jugador muy inteligente. Cuando advirtió que quedarse afincado cerca de la línea y en los alrededores del área adversaria significaba facilitar la labor de sus marcadores, amplió su rango de acción. Retrocedió hasta la mitad de la cancha, a veces encaró más por el centro y se convirtió en un interrogante imposible de develar para quienes tenían la misión de intentar despojarlo de la pelota.

En esa posición, una suerte de número 8 que, cuando nadie lo esperaba, volvía ser el imparable 7 que abría de par en par las retaguardias de los otros equipos, no hacía más que dejar en claro lo bien que entendía ese juego que para él no tenía misterios. En esa función se destacó en el Sudamericano de 1957 -el de los famosos Carasucias de Lima- y en el final de su carrera -prematuro final- se movió hacia la izquierda y se convirtió en una personal versión de enganche.

BICAMPEÓN EN RACING.

El 11 de marzo de 1936 en Daireaux, provincia de Buenos Aires, nació Oreste Osmar, hijo de Guillermo Corbatta y de Isabel Emilia Fernández y hermano de Isabel, Hilda Esther, Griselda, Juan Carlos, Guillermo Oscar y Azucena. Así como muchas veces se lo mencionó como Oreste Omar, también se dijo que había llegado al mundo en La Plata, pero lo había hecho en esa localidad agrícola-ganadera del centro de la provincia y luego la familia se trasladó a La Ciudad de las diagonales.

La tapa de El Gráfico no hace más que mostrar la admiración que El Loco despertaba en los niños.

Como todo pibe de la época, Oreste corría permanentemente detrás de la pelota. Cuando no jugaba al fútbol, trabajaba como repartidor de pan. No duró mucho en la escuela: apenas llegó a segundo grado y nunca aprendió a leer ni a escribir, una situación que procuraba ocultar de todas las formas posibles. Cuentan que a veces tomaba un diario y fijaba sus ojos en él como si realmente pudiera entender lo que decía esa maraña de letras desperdigas en el papel.

Estudiantes de La Plata lo recibió a los 14 años. Una fractura de tobillo le puso punto final a sus días en ese club. Tardó doce meses en recuperarse y lo dejaron libre. En ese entonces, una lesión de esas características no auguraba un próspero porvenir para ningún jugador por más que tuviera una relación tan íntima como la de Corbatta con la pelota. Como solo concebía el futuro dentro de una cancha, en 1953 aceptó una oferta para jugar en Juverlandia, de Chascomús.

El destino le hizo un guiño de esos que aparecen muy de vez en cuando para cambiar la vida de las personas. Un dirigente de Racing lo vio en acción y recomendó inmediatamente su contratación. Corría 1955 cuando ese prodigio de los potreros se mudó con su carga de sueños a la porción albiceleste de Avellaneda. La Academia pagó cuatro mil pesos el préstamo por un año en una operación que fijaba una opción de compra por otros diez mil.

El Loco prueba puntería en un partido contra Atlanta.

Tras un par de partidos en la Tercera División albiceleste, lo incluyeron en una gira por el interior del país y le dieron la oportunidad de ser parte del plantel profesional en el Campeonato Provincia de Buenos Aires. Ese torneo, instaurado por la gobernación bonaerense, ponía en disputa la Copa Perón, que ese año ganó el Lanús en el que se lucía la línea media conformada por Nicolás Daponte, Héctor Guidi y José Nazionale. Corbatta se hizo notar muy rápidamente y marcó sus primeros dos goles en el profesionalismo.

El debut oficial tuvo lugar en La Plata el 30 de abril del 55, cuando, por la fecha inaugural del torneo de Primera, Racing perdió 1-0 en su visita a Gimnasia (Luis Pentrelli anotó para los triperos). Los once de La Academia fueron Rogelio Domínguez; Pedro Dellacha, José García Pérez; Juan Carlos Giménez, Vladislao Cap, Natalio Sivo; Corbatta, Néstor Barrera, Humberto Maschio, Adalberto Rodríguez y Ángel Cigna.

Casi un mes más tarde, el 22 de mayo, jugó su segundo partido y festejó su primer gol: marcó el tercero en el 3-0 sobre Ferro. Doblegó a Roque Marrapodi con un preciso remate tras recibir un exacto pase de Cigna. No le costó ganarse el puesto y fue titular durante casi todo el campeonato, que cerró con dos tantos en 14 encuentros. Los hinchas se acostumbraron muy pronto a los desbordes y los penetrantes centros de ese muchacho de 19 años, 1,65 metros, de físico frágil y pequeño y de gambetas enormes.

 

El atacante se apresta a marcar un gol contra Central después de haber protagonizado una corrida a pura habilidad.

La llamativa capacidad del puntero derecho para patear penales también quedó en evidencia con inusitada rapidez. Ya en 1956 acertó diez veces desde los doce pasos y cerró ese torneo con otros cinco goles. Dos de esas 15 conquistas sirvieron para definir el clásico contra Independiente, por la cuarta jornada del certamen. Se entendía a la perfección con Maschio y con el centrodelantero Manuel Blanco, uno de los pocos integrantes del Racing tricampeón de 1949, 1950 y 1951 que permanecía en el equipo.

En el 57 nadie cuestionaba que Corbatta se había erigido en un pilar fundamental de la ofensiva académica. Ya sea por sus goles de penal -seis de los 12 que registró ese año- como por sus córners y sus desbordes seguidos de centros para las definiciones de Maschio, Manfredini, Juan José Pizzuti y Juan Carlos Mendiburu, estaba claro que ese puntero guapo para encarar a pesar de los golpes que recibía y enamorado de la gambeta al punto de excederse en maniobras individuales, era un fenómeno.

Muy de vez en cuando, algún arquero prevalecía en el mano a mano desde el punto penal. Lo hizo Pablo Herrera, de Ferro, en un partido que, de todos modos, terminó con triunfo de Racing. Y también pasaba que Corbatta perdía los estribos y se tomaba a golpes de puño con un rival, como lo hizo con el puntero izquierdo de Independiente Osvaldo Cruz en un clásico que El Rojo ganó 3-2 como visitante. Ese día, los dos futbolistas devenidos en púgiles fueron expulsados y llevados a la comisaría por unas horas.

Una vez se tomó a golpes con Osvaldo Cruz, de Independiente. Luego fueron compañeros en la Selección.

Racing terminaba entre los cuatro o cinco primeros de cada torneo, pero no lograba títulos. El último había sido en 1951. En 1958, por fin, La Academia se dio el gusto de proclamarse campeona. Y, por supuesto, Corbatta resultó determinante. No fue un año sencillo para el fútbol argentino, que sufrió un tan inesperado como violento cachetazo en el Mundial de Suecia, pero los de Avellaneda transitaron un momento de alegrías que les permitió recuperar la sonrisa que hacía demasiado no se divisaba en sus rostros.

River, que había dominado casi a voluntad los certámenes de esa década (se llevó los de 1952, 1953, 1955, 1956 y 1957), perdió eficacia y brillo y la puja por el primer puesto situó en el centro de la escena a otros protagonistas. San Lorenzo, Racing, Atlanta -de sorpresiva campaña- y Boca picaron en punta y mantuvieron una lucha bastante reñida hasta que La Academia mostró mayor regularidad y se distanció lo suficiente como para terminar al tope de la tabla con tres puntos de ventaja sobre los xeneizes, a los que en un tramo del torneo llegó a sacarles cinco unidades.

En la consagración del equipo que dirigía José Pechito Della Torre, una gloria de Racing de los años 30, le cupo un papel preponderante a Corbatta. Todos los aplausos lo tuvieron como destinatario principal en un equipo que habitualmente salía a la cancha con Negri; Dellacha, Juan Carlos Murúa; Héctor Bono, El Polaco Cap, Julio Gianella; El Loco, Pizzuti, Manfredini, El Marqués Rubén Sosa y La Bruja Raúl Belén.


Corbatta, Pizzuti, Manfredini, Sosa y Belén, la delantera del Racing campeón de 1958.

Corbatta hizo lo de siempre. Abrió defensas y envió centros perfectos para que Pizzutti, Manfredini, Sosa y Belén llegaran gol. Y, por supuesto, aportó sus propios festejos: dos a Atlanta (uno en la derrota por 2-1 y otra en el empate 1-1), uno a Newell´s (3-0), a Estudiantes (2-1), a Huracán (4-1), a River de tiro libre (3-2), a Lanús (4-0), a San Lorenzo (3-1), a Central Córdoba (3-2) y a Independiente (4-1). De sus diez conquistas, cuatro fueron de penal.

Hasta estuvo cerca de hacer un gol olímpico, pero el córner que ejecutó contra Newell´s impactó en el travesaño del arco de Vladimiro Tarnawsky y el rebote fue captado por Pizzuti, quien terminó anotando en ese 4-1 en Avellaneda. Y pudo haber sumado una conquista más, pero Julio Cozzi, un excelente guardavalla que tenía una notoria intuición para contener penales, se quedó con un remate desde los doce pasos de Corbatta en un 1-1 con Independiente.

Con los goles del Nene Sanfilippo como argumento más valioso, San Lorenzo postergó en 1959 a un Racing que seguía bailando al compás de la música que brotaba de la inspiración de su espectacular wing derecho. Doce meses más tarde Corbatta se despachó con 14 goles -6 de ellos de penal-, pero La Academia terminó cuarta, aunque luego tomó impulso y cosechó su segundo campeonato en cuatro años.

Con Pizzuti, Mansilla, Sosa y Belén ganó el título en 1961.

En 1961, Racing se llevó el título casi sin oposición. Arrancó con cinco victorias consecutivas y construyó una campaña inapelable que incluyó abultados triunfos como el 7-2 a Chacarita, el 4-1 a Lanús como visitante y el 5-0 en Avellaneda y el 6-2 a Rosario Central. Se proclamó en la 27ª fecha -tres antes del cierre- con un 3-2 sobre San Lorenzo, al que terminó relegando por siete puntos. Solo perdió dos partidos en una tarea prácticamente sin fallas. 

Negri; Norberto Anido, Juan Carlos Mesías; Roberto Blanco, Anacleto Peano, Federico Sacchi; Corbatta, Pizzuti, Pedro Mansilla, Sosa y el uruguayo Carlos Borges o Belén constituían la formación base de ese equipo dirigido por Saúl Ongaro, integrante del equipo tricampeón académico en 1949, 1950 y 1951. Como siempre, el toque de distinción lo aportaba El Loco, quien no solo marcó nueve goles, sino que se las arregló para ayudar a que Pizzuti anotara 15, Sosa 12, Borges 9 y Mansilla 7.

El puntero derecho les puso la firma a dos conquistas en el 7-2 sobre Chacarita, a dos penales en el 3-2 decisivo contra San Lorenzo y a un gol en el 2-0 frente a Huracán, en el 2-1 a River, en el 1-1 con Atlanta, en el 3-0 sobre Los Andes y en el 2-1 a Estudiantes. Fueron nueve tantos en 29 partidos, un aspecto que se podía contabilizar para nutrir el mundo de las frías estadísticas. Todo lo otro que brindaba Corbatta era imposible de cuantificar.


UN CARASUCIA ESPECTACULAR.

Las deslumbrantes actuaciones de Corbatta no pasaban inadvertidas para el técnico de la Selección. Guillermo Stábile, el goleador del Mundial de 1930, no dudó un instante y citó al joven de 20 años para ser parte del equipo nacional que se preparaba para disputar los Juegos Panamericanos de 1956, en México. El DT, con el que Argentina ganó los Sudamericanos -la actual Copa América- de 1941, 1945, 1946 y 1947, tenía ojo clínico y sabía distinguir a los jugadores con talento.

Una delantera de la Selección argentina integrada por Corbatta, El Beto Menéndez y El Mono Zárate.

Corbatta se unió a un plantel que Stábile diseñó pensando en el futuro de la Selección. Los arqueros Rogelio Domínguez (Racing) y Antonio Roma (Ferro), los medios Daponte y Guidi (ambos de Lanús) y los atacantes Maschio (Racing), Enrique Omar Sívori (River), Benito Cejas, Dante Lugo (dos más del Granate) y José Yudica (Newell´s), entre otros, ganaban experiencia al lado de jugadores con mayor recorrido como Federico Vairo (River), Eliseo Mouriño (Boca), Ernesto Gutiérrez (Racing) y Norberto Tucho Méndez (Tigre).

El 28 de febrero, en el Estadio Universitario del Distrito Federal de México, Argentina empató 0-0 con Perú. Domínguez; Vairo, Juan Manuel Filgueiras; Daponte, Guidi, Natalio Sivo (reemplazado por Gutiérrez); Corbatta, Maschio (luego, Francisco Loiácono), Cejas, Mandrake Lugo (lo sustituyó Sívori) y Yudica fueron de la partida. Los albicelestes vencieron después 4-3 a Costa Rica, 3-0 a Chile, igualaron 0-0 con México y cerraron su participación con un 2-2 con Brasil. Los verdiamarillos se quedaron con el título, escoltados por las huestes de Stábile.

Los Carasucias de Lima: Corbatta, Cruz (ambos de pie), Maschio, Angelillo y Sívori (hincados).

El siguiente compromiso de relevancia para el Seleccionado era el Sudamericano del 57, en Lima. Con vistas a ese certamen, Argentina encaró una serie de amistosos que le permitieron al Filtrador darle forma al equipo. El 14 noviembre del 56, Corbatta logró su primer gol en partidos internacionales en el 2-2 con Uruguay en la cancha de Boca. Competía por el puesto con Rodolfo Micheli (Independiente) y Ernesto Sansone (Vélez). En realidad, se los prestaba porque para el técnico parecía no haber dudas.

El puntero derecho de Racing estuvo en el 8-2 sobre Colombia con el que Argentina inició su recorrido por ese torneo. Y eso no fue todo: anotó el sexto tanto. El 17 de marzo, cuatro días después del debut, jugó por primera vez con Maschio, Angelillo, Sívori y Cruz, el mismo con el que se había tomado a golpes ese año en un clásico contra Independiente. En ese 3-0 sellado con dos goles de Angelillo y uno del Cabezón Sívori nació un quinteto ofensivo que se hizo eterno: Los Carasucias de Lima.

El 4-0 sobre Uruguay, el 6-2 contra Chile con un gol de Corbatta de penal y el 3-0 frente a Brasil condujeron a la Argentina un título obtenido con un fútbol magistral. Ya con la consagración consumada, los de Stábile cedieron el invicto en un 2-1 con Perú. Domínguez; Giménez, Dellacha, Vairo; Néstor Rossi, Ángel Schandlein; Maschio, Sívori; Corbatta, Angelillo y Cruz estuvieron en la mayoría de los partidos.

“De aquel equipo que ganó el Sudamericano del 57 se dijeron muchas cosas. Hablaban maravillas de los tres carasucias, de Maschio, Angelillo y Sívori, pero el verdadero genio fue Corbatta. A los de arriba yo los manejaba a gritos; a Corbatta le daba la pelota y listo”, resumió en una entrevista Pipo Rossi, un líder de ese conjunto campeón. El Loco o Corbatita, como le decían por su juventud, colaboró mucho con el volante central en su nueva función de puntero que retrocedía a la mitad de la cancha.

Argentina protagonizó una de sus mejores actuaciones de la historia en el Campeonato Sudamericano de 1957.

Era imposible concebir una delantera sin Corbatta. Lo mismo podría decirse del resto de los integrantes del Seleccionado que brilló en Lima. Sin embargo, Domínguez se fue al Real Madrid para jugar al lado de Alfredo Di Stéfano y tres de los purretes que se habían lucido en la ofensiva desembarcaron en Italia: Maschio se sumó al Bologna, Angelillo al Inter y Sívori a la Juventus. Nadie tomó dimensión de lo que significaron esas partidas hasta que fue demasiado tarde.

Los de Stábile transitaron sin mayores contratiempos la ruta de las Eliminatorias para el Mundial del 58. El Loco alumbró un golazo en un 4-0 sobre Chile. El 20 de octubre del 57 avanzó dejando rivales a su paso. Gambeteó a Vicente Astorga y le salió al cruce Julio Salazar. El arquero Ángel Quitral cubría el poste izquierdo. Había un hueco para la definición, pero el delantero enganchó hacia el centro, eludió a Salazar y cuando regresaba Astorga para apretarlo, metió una pausa y sacó un remate que ingresó junto al palo derecho. Tamaña obra de arte lo depositó en la tapa de la revista Life.

Esperaba la Copa del Mundo. Argentina partió hacia suelo escandinavo envuelta en la euforia. Se sentía campeona antes de jugar. Le faltaban varias de las figuras de Lima, pero la confianza era enorme. Y, se sabe, la confianza mató al gato. En este caso, aplastó a la Selección. Corbatta fue uno de los pocos que quedó a salvo de esa catástrofe futbolística que recibió nombre propio: El Desastre de Suecia.

El espectacular gol a Chile en las Eliminatorias para el Mundial 58.

La Selección debutó contra Alemania Federal, el equipo campeón en 1954. Ese día, con una llamativa camiseta amarilla del club sueco IFK Malmo, Corbatta volvió a hacer de las suyas y sometió con un hermoso tanto al guardavalla Fritz Herkenrath. El gol fue un espejismo: los de Stábile perdieron 3-1 en su regreso a las Copas del Mundo luego de 24 años de ausencia. Las críticas se acallaron con una victoria por el mismo marcador sobre Irlanda del Norte en la que el atacante de Racing volvió a hacerse presente al anotar desde el punto penal.

Faltaba el último partido de la zona de grupos. Checoslovaquia era el rival. Urgía el triunfo para pasar a la siguiente instancia. Argentina sufrió la peor derrota de su historia: cayó 6-1 y se despidió más pronto de lo esperado de Suecia. Corbatta descontó, otra vez desde los doce pasos, cuando el partido estaba 3-0 a favor de los europeos. Ese traspié sumió al fútbol nacional en una decepción inconmensurable.

El enfurecido público le tributó una recepción a monedazo limpio al equipo. Ninguno de los jugadores se animaba a bajar del avión. Algunos proponían que Corbatta encabezara la retirada porque había sido el único que quedó a salvo de las críticas. Sea como fuere, ese golpe marcó a fuego el futuro inmediato del elenco albiceleste. Más aún: también incidió en el desarrollo del fútbol argentino.

El golazo a Alemania Federal en Suecia, el día que la Selección usó una extraña camiseta amarilla.

Stábile fue cesanteado y, pese a que volvió al cargo por unos meses en 1960, se puso en tela de juicio el prestigio que había acumulado en las dos décadas que estuvo al frente del Seleccionado. Los jugadores mundialistas recibían insultos y agresiones en todas la canchas. El que más difícil la pasó fue Carrizo, injustamente señalado como uno de los principales responsables del fracaso. Se empezó a subestimar la calidad innata de las estrellas del país y se adhirió ciegamente a tácticas defensivas y al imperio de la preparación física por sobre la jerarquía individual.

La Selección no volvió a las canchas hasta casi ocho meses después del lapidario 1-6 contra Checoslovaquia. Con un trío de técnicos formado por Victorio Spinetto, Pechito Della Torre y José Barreiro, Argentina se sacudió momentáneamente las penas con la obtención de la Copa América disputada en 1959 en Buenos Aires. Corbatta actuó como titular en una nueva delantera que contaba con él, Pizzuti, Manfredini, Eugenio Callá y La Bruja Belén. Aportó goles en el 2-0 sobre Bolivia, en el 3-1 contra Perú y en el 3-1 frente a Paraguay.

Continuó unido a la Selección en los años siguientes, cuando se sucedían los técnicos en medio de la desorientación que se había apoderado a la conducción de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Luego de la Copa América del 59 habían pasado El Charro José Manuel Moreno, Stábile -en su regreso-, Spinetto y José D´Amico. Precisamente bajo la conducción de Spinetto se afrontaron las Eliminatorias para Chile 1962 y el elenco albiceleste goleó 6-3 y 5-0 a Ecuador con tres tantos de Corbatta en la suma de ambos cotejos. 

El equipo argentino que se llevó la Copa América en 1959.

El 12 de octubre de 1961 el wing gritó sus últimos dos goles en el 5-1 contra Paraguay. Con la mira puesta en la Copa del Mundo, arribó Juan Carlos Lorenzo como DT. El Toto había anunciado que El Loco iba ser parte de su proyecto. Lo incluyó el 28 de marzo del 62 en un 0-0 con México junto a Roma; Carlos Sáinz, Rubén Hacha brava Navarro, El Polaco Cap, Miguel Vidal; Ramón Abeledo, Antonio Rattín; Luis Artime, Sanfilippo y Belén.

Cuando debía dar la lista de 22 mundialistas para concurrir al certamen en tierras chilenas, Lorenzo dejó al margen a Corbatta. Más allá de su perfil polémico, prefirió la cautela y esbozó “problemas personales” que impedían la convocatoria del puntero derecho de Racing. Esa diplomática excusa ocultaba el infierno en el que ardía El Loco, que cerraba su período como hombre de Selección con 43 presencias y 18 goles.

EL RÁPIDO DECLIVE.

“Houseman fue el mejor jugador que vi en mi vida. Vos decís, jugó tres años, se caía a pedazos a los 25 años… No importa eso, tenés razón, pero los tres años que jugó fue un crack total”. Carlos Bábington, emblema del inolvidable Huracán campeón del Metropolitano de 1973, pronunció estas palabras en el libro Menotti – El último romántico (librofutbol.com, 2018). El testimonio también aplica a Corbatta y permite trazar otro paralelo con René.

El prematuro declive de la carrera del genial puntero se dio cuando apenas había pasado los 25 años.

Hacia 1962, cuando apenas tenía 26 años, Corbatta inició la curva descendente de su trayectoria. Su pico no había durado tan poco como el de Houseman, pero su luz dentro de la cancha se apagó menos de una década después de haber sido encendida. Apenas disputó 13 partidos esa temporada en un certamen en el que La Academia deambuló en la mitad de la tabla. Y solo marcó tres goles: uno de penal (en el triunfo 2-0 sobre Estudiantes) y dos de tiro libre (en la victoria 3-0 contra Argentinos y en el empate 2-2 con Vélez).

El 16 de diciembre de ese año jugó por última vez con la camiseta de Racing. Lo acompañaron José Toledo; David Siles, Anido, Sacchi, Mesías; Rubén Bertulessi, Eduardo Curia; El Chango Juan Cárdenas, El Marqués Sosa y La Bruja Belén. Atrás quedaban 177 partidos, 72 goles, dos títulos y funciones de gala instaladas en las páginas más brillantes de la historia del fútbol argentino.

Quizás porque nadie intuía que ese declive se avecinaba con inusitada rapidez, Boca no dudó en pagar 12 millones de pesos para contratar a Corbatta. Porque era Corbatta. Y Corbatta era bueno. Muy bueno. Su debut con la camiseta auriazul no hizo más que ratificar que ese puntero derecho que había maravillado en Racing seguía siendo el mismo. Al menos, eso parecía, aunque poco tiempo después el panorama cambió por completo.

En 1963 se incorporó a Boca y fue compañero del Nene Sanfilippo (el penúltimo de los hincados).

El 28 de abril del 63, Corbatta apareció en el equipo conducido técnicamente por D´Amico y su carta de presentación fueron dos goles en el éxito por 4-1 sobre Argentinos Juniors en la cancha de Atlanta. Roma; Carmelo Simeone, Edson Dos Santos, Orlando, Héctor Heredia; Rattín y El Beto Menéndez; Corbatta, Emanuelle Del Vecchio, El Nene Sanfilippo y Alberto Mario González fueron de la partida en esa ocasión.

Corbatta y Sanfilippo eran las rutilantes contrataciones de los xeneizes. El primero, un puntero excepcional que se había destacado en Racing y en la Selección; el otro, el gran goleador de los certámenes locales de 1958, 1959. 1960 y 1961 con la camiseta de San Lorenzo había llegado a cambio de 25 millones de pesos, una fortuna. El pase del año. Una dupla explosiva, soñada. En realidad, una dupla que deparó una decepción gigantesca en la Ribera.

Era imposible avizorar ese final si Sanfilippo había abierto el marcador al enviar al fondo del arco de Manuel Ovejero un centro de Corbatta, el autor de otros dos goles esa tarde. El Nene y El Loco asomaban como los principales refuerzos de la dirigencia encabezada por el presidente Alberto J. Armando en su aspiración de ganar la Copa Libertadores. Las otras contrataciones habían sido los brasileños Del Vecchio y Ayres Moraes, el paraguayo Benicio Ferreira, el uruguayo Alcides Silveira y Juan Carlos Rulli, proveniente de Estudiantes.

Su llegada a Boca despertó grandes expectativas, pero El Loco ya había entrado en la curva descendente de su carrera.

Una semana más tarde, Corbatta fue expulsado por agredir a un rival luego de haber sufrido una fuerte infracción. Se redimió 15 días después con los tres goles en la victoria por 3-0 sobre Vélez. Ese 19 de mayo debutó y fue figura un joven flaquito muy habilidoso que respondía al nombre de Ángel Clemente Rojas y que se ganó la idolatría del público boquense con el apodo de Rojitas.

Eriberto Righi, de Banfield, consumó la hazaña de atajarle un penal al Loco en un 0-0 en La Bombonera. Los resultados no acompañaban y después de una derrota por 3-0 a manos de Rosario Central con dos tantos de un flaco fumador empedernido llamado César Luis Menotti, D´Amico fue cesanteado. Tras un interinato de Arcadio Julio López, fue designado como DT Aristóbulo Deambrossi.

El nuevo entrenador llegó con el aval del Maestro Adolfo Pedernera, quien había sido contratado por Armando en un puesto similar a lo que hoy se conoce como mánager. La otrora gloria de La Máquina de River había convencido al dirigente de la importancia de apostar fuerte por la Libertadores y sugirió el nombre de Deambrossi para sustituir al técnico con el que Boca había ganado el título del 62.

Al cabo de su segundo año en Boca, le rescindieron el contrato. Una clara señal de que la magia había empezado a extinguirse.

Increíble, pero real, a Corbatta volvieron a superarlo en un duelo desde los doce pasos. Le tocó a Carlos Minoian, de Gimnasia, dejar con las manos vacías al delantero. Aunque esa acción no impidió la victoria auriazul por 1-0, asomaba como una señal de peligro. Algo había cambiado. Corbatta había cambiado. Por más que hizo un gol en el 3-2 sobre Independiente, su aporte no fue tan importante como se esperaba. Ni siquiera se había destacado en la Copa Libertadores, en la que jugó dos partidos y anotó una vez en un 5-3 sobre Olimpia, de Paraguay.

Boca perdió ese año la final del torneo continental contra el Santos de Pelé, pero Corbatta quedó confinado a un rol secundario en esa competición. El balance del Loco en esa primera temporada había sido opaco: 14 partidos, siete goles, dos penales atajados y una expulsión. Peor le fue en 1964: a pesar de que el equipo ganó el campeonato, él solo dio el presente en dos encuentros y le rescindieron el contrato al finalizar el torneo.

Su adicción al alcohol le provocaba lacerantes derrotas. Muchas veces había jugado en estado de ebriedad, pero se las había arreglado para destacarse a pesar de esa situación. Se saboteaba a sí mismo, aunque no lo comprendía. No era capaz de hacerlo. Tampoco conseguía estabilizar sus relaciones de pareja. Se casó y se divorció en cuatro ocasiones y en todas perdió dinero y dejó jirones de su corazón. “Con la primera me fue muy mal; con la segunda me fue mal; con la tercera mal y con la cuarta, mal. Las cuatro me sonaron, pero las quiero lo mismo”, confesó.

A pesar de estar lejos de su mejor nivel, Corbatta se las ingenió para destacarse en Independiente Medellín.

Sin lugar en el fútbol argentino, armó las valijas y viajó a Colombia para sumarse a Independiente Medellín. Allí, durante cuatro años, renació de las cenizas a las que pareció haber quedado reducido tras su paso por Boca. Arribó como puntero derecho y terminó como mediocampista ofensivo, casi como un enganche. Le costaba imponer su gambeta, pero le alcanzaba con su inteligencia para diseñar los ataques del DIM.

Entre 1965 y 1969 celebró 35 goles en 149 partidos. Su físico ya no respondía, pero la jerarquía estaba casi intacta. Lo suficiente para haberse lucido con cinco tantos en 8-3 contra Deportes Tolima el 25 de mayo de 1969. Hasta en esa versión tan poco digna de su ilustre pasado, se destacó y los hinchas lo veneraban. Quizás hasta le perdonaron que haya errado un penal en un duelo copero con Racing en 1967.

En el 70 volvió a la Argentina. No le sobraban las ofertas. En su camino se cruzó San Telmo, que en 1969 había estado muy cerca de ascender a Primera. La incorporación del Loco constituía la oportunidad de darle el toque de calidad al equipo para concretar la llegada a la elite del fútbol nacional. Si bien no era el de antes, cumplió un buen papel. Debutó con un gol de penal en un 2-2 contra All Boys como visitante. Selló su paso por el certamen de la B con una decena de tantos en 33 partidos.

En 1970 regresó al país para jugar en San Telmo. Ya quedaba poco y nada del brillo del pasado.

Aunque su rendimiento como mediocampista por el sector derecho -el puesto en el que se desempeñó en San Telmo- había sido satisfactorio, a los 34 años abandonó a los de la Isla Maciel y se internó en el interior profundo de la Argentina. Militó en Italia Unida (1972) y en Tiro Federal (1973 y 1974) de la liga rionegrina.

El resto de sus días los pasó olvidado, peleado con la vida y vencido por la bebida. Pobre y con una mano atrás y otra adelante, fue cobijado por Racing, que a través de la encargada de la pensión de las divisiones inferiores, Tita Mattiussi -su nombre era Elena Margarita-, le consiguió una pieza debajo de una tribuna de la cancha. Allí volvía una y otra vez como si fuera su casa. Se podría decir que lo era, porque en Avellaneda pasó sus mejores momentos.

Afectado por un cáncer de laringe falleció el 5 de diciembre de 1991 en una clínica de La Plata. Su nombre resistió el paso del tiempo y el recuerdo de sus hazañas pasó de generación a generación. Lo homenajearon bautizando con su apellido al pasaje Cuzco. Cada vez que un hincha de Racing recorre esa calle pegada a la cancha seguramente no notará que los pasos que da simulan los latidos del corazón de un loco, mejor dicho, de un genio llamado Oreste Osmar Corbatta.

Se despidió del fútbol en la liga de Río Negro.
*** Publicado en LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/Un-loco-un-genio-o-simplemente-Corbatta-562691.note.aspx

 07.08.2025