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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

domingo, septiembre 07, 2025

Manuel Alberdi fue el hijo de Juan Bautista Alberdi que, tras años de distancia, se convirtió en el editor y custodio de sus escritos póstumos.

Juan Bautista Alberdi, el pensador tucumano, dejó en su hijo Manuel no solo
una herencia intelectual sino también la misión de defender su memoria.
Foto: Gentileza.

El hijo secreto de Juan Bautista Alberdi.

Manuel Alberdi fue el hijo de Juan Bautista Alberdi que, tras años de distancia, se convirtió en el editor y custodio de sus escritos póstumos.

Por Luciana Sabina.

Juan Bautista Alberdi es recordado como el gran pensador que inspiró la Constitución de 1853, el autor de las Bases y uno de los intelectuales más influyentes del siglo XIX argentino. Su vida pública, atravesada por exilios, polémicas y proyectos de nación, fue escrita y reescrita hasta el cansancio.

Sin embargo, en su historia late un costado íntimo y poco difundido: la existencia de su hijo, Manuel Alberdi Abadía, nacido en Buenos Aires en 1837.

El hijo en silencio de Juan Bautista Alberdi.

Manuel fue fruto de la relación de Alberdi con Petrona Abadía Magán. El nacimiento coincidió con el inicio de los tiempos más agitados para el joven tucumano: en 1838 debió partir al exilio, perseguido por Rosas, y ese destino lo mantendría lejos de su hijo durante largos años. El propio Alberdi, en uno de sus primeros testamentos, llegó a declararse soltero y sin herederos forzosos.

Pero esa distancia aparente se fue transformando con el tiempo. En nuevos testamentos, el prócer reconoció el lugar de Manuel en su vida: primero lo nombró “mi legítimo y pariente querido” y más tarde fue aún más claro, legándole sus obras literarias y una parte de sus bienes.

La educación de Manuel.

El reencuentro decisivo ocurrió en mayo de 1857, en París. Padre e hijo se abrazaron después de veinte años de ausencia. Alberdi se encargó de darle una educación cuidada: lo instaló en el colegio del abate Cointreau en Versalles, en una chacra modelo en Chévry y luego en la Holloway School de Londres. Allí aprendió francés, inglés, matemáticas, física, contabilidad y hasta el manejo del arado, siguiendo los ideales prácticos de su padre.

En 1858, Alberdi lo recomendó ante el general Urquiza como su “sobrino”, para que se formara en el trabajo agrícola. Manuel pasó por la estancia San Pedro, por el saladero de Santa Cándida y finalmente se vinculó con parientes en Bahía Blanca. Si bien su carácter retraído le dificultaba adaptarse, Alberdi lo seguía de cerca, enviándole cartas, dinero y consejos.

Ingeniero y viajero.

Manuel se inclinó luego por los estudios de ingeniería en minas y realizó tareas técnicas vinculadas con la explotación minera en la Argentina. En 1879, cuando Alberdi regresó brevemente al país, volvieron a encontrarse en Buenos Aires. Dos años más tarde, por recomendación de Julio A. Roca, fue designado para estudiar la situación de las minas abandonadas de Córdoba. Su informe, publicado por el gobierno, fue uno de los relevamientos más completos de la época.

El custodio del legado.

Tras la muerte de Alberdi en 1884, Manuel asumió una tarea trascendental: preservar la obra de su padre. Entre 1895 y 1901 publicó once tomos de los Escritos póstumos, velando con esmero por cada detalle de edición. No solo ordenó manuscritos, también defendió la memoria paterna. En 1897, en El Municipio de Rosario, respondió con firmeza a los biógrafos Biedma y Pillado, y al propio Ernesto Quesada, que habían trazado una imagen negativa del tucumano. Manuel no dudó en confrontar a intelectuales de prestigio para reivindicar la figura de Alberdi.

Últimos años.

Hombre de carácter reservado, parco en palabras y de vida austera, Manuel vivió siempre bajo la sombra de un apellido que lo engrandecía y lo abrumaba a la vez. Falleció en Buenos Aires el 9 de marzo de 1900, a los 63 años. Al día siguiente, el diario El Tiempo lo despidió con afecto, destacando que “había sido un espíritu distinguidísimo y un periodista muy ilustrado”.

La vida de Manuel Alberdi estuvo marcada por silencios, reencuentros y la pesada herencia de un apellido ilustre. Sin embargo, en ese itinerario discreto encontró un papel esencial: el de custodio de la obra de su padre. Gracias a él, los escritos de Juan Bautista Alberdi llegaron íntegros a las nuevas generaciones.

El hijo secreto del gran pensador argentino no fue simplemente una nota al pie en la historia: fue quien garantizó que la voz del autor de las Bases siguiera resonando en la Argentina que ambos soñaron.

Por Luciana Sabina.

Publicado en Diario LOS ANDES.

https://www.losandes.com.ar/el-hijo-secreto-juan-bautista-alberdi-n5961987

Redes Sociales. Humor.

 


jueves, septiembre 04, 2025

MAÑANA...

 

"Ahora o nunca. Mañana es la mentira piadosa con que se engañan las voluntades moribundas".

Una frase de José Ingenieros que decía en sus discursos Oscar Eduardo Alende.

PROYECTO POLITICO O PROYECTO DE PODER.

 


PROYECTO POLITICO O PROYECTO DE PODER.

Los proyectos de poder y los proyectos políticos, aunque a menudo se confunden, representan dos lógicas de acción profundamente diferentes en el ámbito público.
El proyecto de poder es, en su esencia, una empresa orientada hacia la acumulación y el ejercicio de la autoridad de manera personalista o de grupo. Su objetivo principal no es la transformación social o la implementación de una visión colectiva, sino la construcción de una hegemonía que subordina a las instituciones, a los actores sociales y a la pluralidad de intereses bajo la voluntad de un líder o de una élite. Este tipo de proyecto se nutre de la figura del caudillo o del “salvador”, que monopoliza la representación y la toma de decisiones, a menudo relativizando la mediación de partidos políticos, sobre todo respecto de quienes ejercen la auténtica oposición política y del amplio universo de las organizaciones de la sociedad civil, sin dejar de lado el dominio que buscará ejercer sobre todos los medios para condicionar el libre discernimiento de los ciudadanos. A la par, la lealtad se verticaliza militarmente, y la divergencia de opiniones se interpreta como traición.
La democracia, en este esquema, deja de ser un sistema de contrapesos y consensos para convertirse en un mero instrumento que legitima en las urnas al líder providencial, un rito vacío de contenido, propio de lo que se conoce como democracia delegativa. El líder, investido de un supuesto mandato popular absoluto, se siente habilitado para actuar por encima de las instituciones bajo la premisa de que encarna la voluntad del pueblo y la soberanía absoluta que de él deriva.
En contraste, el proyecto político se funda en una premisa radicalmente distinta: la construcción de una hegemonía colectiva basada en el acuerdo y la articulación de intereses diversos. No busca la preeminencia de una persona o facción, sino la consolidación de un camino común que resulta del diálogo, la negociación y el compromiso entre la mayoría de las personas, sectores y grupos de interés. En esa dirección, la legitimidad de un proyecto político no reside en la figura del líder, sino en la solidez de los consensos alcanzados y en la capacidad de las instituciones para procesar y representar la pluralidad de la sociedad.
En este caso, la democracia es el marco insustituible para el debate, la disidencia y la alternancia. Los líderes son meros facilitadores de ese proceso, y su autoridad surge de su capacidad para articular acuerdos, no de una potestad intrínseca. Un proyecto político genuino valora la pluralidad y la institucionalidad, entendiendo que el bien común no es el resultado de una visión única e indiscutible, sino de un proceso dinámico de negociación y síntesis.
La diferencia fundamental entre ambos radica en su relación con el poder y, de manera crucial, con el sistema judicial. En un proyecto de poder, la cooptación del Poder Judicial es una estrategia clave e ineludible. Para el líder o la facción que persigue el poder por sí mismo, la independencia judicial representa un obstáculo insalvable, ya que un Poder Judicial autónomo es capaz de investigar y juzgar actos de corrupción o abuso de autoridad. Por lo tanto, el proyecto de poder busca sistemáticamente neutralizar esta capacidad, nombrando jueces afines, presionando a los magistrados o persiguiendo a aquellos que se muestran reacios a someterse al poder ejecutivo. La justicia se convierte así en una mera herramienta para perseguir opositores y blindar a los propios, despojándola de su función imparcial.
Por el contrario, el proyecto político concibe el rol de la justicia con absoluta independencia, entendiéndola como un contrapeso esencial para la realización de sus objetivos. Para un proyecto que busca la construcción de consensos amplios y duraderos, y que se basa en la fortaleza institucional, la autonomía del Poder Judicial resulta irrenunciable. Se comprende que en la fortaleza de las instituciones radica la verdadera riqueza de las naciones, no en la concentración de poder en pocas manos ni en el unicato. Un sistema judicial independiente garantiza la seguridad jurídica, la igualdad ante la ley, la protección de los derechos individuales y el control de los abusos del poder: elementos indispensables para la confianza pública, la atracción de inversiones y el desarrollo sostenible.
La diferencia final entre ambos es abismal: mientras el proyecto de poder culmina en la dominación y en la subordinación de la ley al poder, el proyecto político se orienta hacia la gobernabilidad, la estabilidad y la representación auténtica, buscando, por el contrario, subordinar el poder a las normas. El primero tiende al populismo, un fenómeno que puede adoptar cualquier ideología, pero que siempre exhibe un rasgo común: la reducción de la complejidad social al antagonismo amigo/enemigo. El proyecto político, en cambio, se aleja de este binarismo maniqueo y asume la tarea de construir puentes, de negociar los límites de lo posible e institucionalizar la diferencia, aceptando que la vida en sociedad es, por definición, un ejercicio de coexistencia entre intereses y visiones que no siempre coinciden.
Por Pedro Pesatti.

lunes, septiembre 01, 2025

A 70 años del golpe de Estado de 1955 (Entrega Nº 2) “Ni vencedores ni vencidos”. Por Gustavo Dalmazzo.

 

Lonardi es considerado como un militar nacionalista, profundamente católico, que comulgaba con la Doctrina Social de la Iglesia.

  • Lonardi es considerado como un militar nacionalista, profundamente católico, que comulgaba con la Doctrina Social de la Iglesia.
23 de septiembre de 1955: Lonardi saluda desde el balcón de la Casa Rosada
después de asumir el cargo.

A 70 años del golpe de Estado de 1955 (Entrega Nº 2)

“Ni vencedores ni vencidos”.

Por Gustavo Dalmazzo.

El flamante presidente provisional, general Eduardo Lonardi, había nacido en Buenos Aires, el 15 de septiembre de 1896. En 1914 ingresó al Colegio Militar de la Nación, del cual egresó, cuatro años más tarde, como subteniente del Arma de Infantería. Llegará a ser director de la Escuela de Infantería.
La mayor parte de su carrera militar la hizo en la Provincia de Córdoba. Allí conoció a Mercedes Villada Achával, que pertenecía a una familia de clase alta relacionada con los círculos católicos, con quien se casó y tuvo cuatro hijos: Mercedes Susana, Eduardo, Marta y Luis Ernesto. Años después, su hija Marta escribirá un libro: “Mi padre y la Revolución Libertadora” en donde contará su visión sobre aquellos sucesos.
En 1942, revistando como agregado militar en Chile, Lonardi protagonizó una confusa situación, derivada de actividades de espionaje militar. Parece ser que al llegar a Santiago de Chile el agregado militar que dejaba el cargo y regresaba a Buenos Aires, le entregó un portafolio con documentación de actividades secretas del Ejército chileno, sabiendo que él no las podría sacar del país porque los chilenos, conocedores del espionaje, no lo dejarían salir.
Fue así que la documentación clandestina quedó en poder de Lonardi, pero los agentes de la Inteligencia chilena cayeron sobre él y lo detuvieron durante varios días. El antiguo agregado militar, Juan Domingo Perón, pudo tomar el avión sin inconvenientes.
Lonardi no participó en el golpe de Estado de 1943 pero fue pasado a retiro con el fallido de 1951, encabezado por el general Benjamín Menéndez, contra el gobierno peronista. La idea de Lonardi al ponerse al frente del derrocamiento a Perón fue la de terminar con un régimen que consideraba autoritario, pero no retrotraer la política social del peronismo y así mantener los derechos adquiridos por los trabajadores y la organización gremial.

NACIONALISTA Y CATOLICO.
Lonardi es considerado como un militar nacionalista, profundamente católico, que comulgaba con la Doctrina Social de la Iglesia, pero hay algunas excepciones a la primera caracterización.
El académico Isidoro Ruiz Moreno, especialista en el tema y antiperonista visceral, sostiene que Lonardi fue, antes que nada, un demócrata preocupado por volver a instalar el Estado de Derecho que consideraba vulnerado.
Señaló que su gobierno no tendría más duración que la impuesta por las circunstancias. No tuvo Lonardi conceptos de censura para los seguidores de Perón; aseguró el mantenimiento de las legítimas conquistas de los trabajadores y de sus sindicatos.
Asumió la presidencia provisional pronunciando el lema que había utilizado Justo José de Urquiza después de derrotar a Juan Manuel de Rosas en la Batalla de Caseros: “ni vencedores ni vencidos”.
Sí, se rodeó de nacionalistas como el mayor Juan Francisco Guevara, un militar nacionalista y antiperonista; también contó con la colaboración de otro nacionalista, su cuñado Clemente Villada Achával, aunque este llegó a decir que: “no siempre tuve la suerte de coincidir con Lonardi”. Otro fue el secretario de Prensa, Juan Carlos Goyeneche, simpatizante del nazismo que supo estar además en la Alemania nazi; el ministro de Relaciones Exteriores, Mario Amadeo y el ministro de Ejército, general León Justo Bengoa.
Pero si rodeaban a Lonardi algunos nacionalistas, también lo hicieron algunos liberales como los ministros del Interior, Eduardo Busso; de Marina, almirante Teodoro Hartung y Atilio dell’Oro Maini en Educación, entre otros. Por otra parte, el presidente provisional contó también en su gabinete con peronistas desilusionados como Luis Cerruti Costa, ministro de Trabajo, y el general Juan José Uranga, ministro de Transporte.
Pero Lonardi, partidario de la concordia inmediata entre los argentinos no fue bien visto por los liberales, los más “gorilas”, decididamente opuestos a mantener vestigio alguno del régimen anterior. Por otra parte, desconfiaban de los nacionalistas, temían algún tipo de alianza de estos con el peronismo.

DEFENESTRACION.
Inspirados en el pensamiento de que la llamada Libertadora era la continuidad histórica de la línea Mayo-Caseros, y que Lonardi era demasiado condescendiente con los vencidos, empezaron prontamente el proceso de defenestración. Por otra parte, era ya sabido que Lonardi estaba seriamente enfermo.
La avanzada contra el presidente comenzó. Se lo presionó para sustituir al ministro Bengoa por el general Arturo Ossorio Arana, representante del antiperonismo más rabioso. Pero Lonardi no claudicó y firmó un decreto por el cual se separaba el Ministerio del Interior y Justicia en dos. En Justicia se quedó Busso y en el del Interior nombró al nacionalista Luis María de Pablo Pardo.
También le jugó en contra a Lonardi, la designación del general Bernardino Labayru en la Casa Militar, amigo del presidente, pero muy vinculado al general Aramburu y al almirante Isaac Francisco Rojas. Este último va a expresar el antiperonismo más radical después de 1955 y hasta 1989 cuando la política de conciliación nacional llevada adelante por el presidente Carlos Menem lo dejará sin argumentos.
También el capitán de navío Francisco Manrique y el jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, unidad militar escolta de los mandatarios, teniente coronel Alejandro Agustín Lanusse, formaron parte del círculo que socavó el poder de Lonardi.

“USTEDES ME ECHAN”.
En el amanecer del 13 de noviembre se presentaron en la residencia presidencial los tres ministros militares: el de Guerra, general Ossorio Arana, el de Marina, almirante Hartung, y el de Aeronáutica, brigadier Abrahim. Ossorio Arana tomó la palabra y le dijo a Lonardi: “Señor General: Debo manifestarle, en nombre de las Fuerzas Armadas, que le han perdido la confianza y exigen su renuncia en no más de cinco minutos. para presentarla”. Lonardi respondió alzando la voz que no renunciaría: “ustedes me echan”. Hubo entonces vencedores y vencidos.
La salud de Lonardi fue en detrimento. Murió poco después, el 22 de marzo de 1956. Sus restos mortales fueron velados en el Colegio Champagnat, en la calle Montevideo al 1000, frente al edificio de departamentos en que, tiempo después, viviría Aramburu, hasta que de ahí saliera secuestrado, en 1970. Circularidades de la historia.

A 70 años del golpe de Estado de 1955 (Entrega Nº 2) “Ni vencedores ni vencidos”.
*** Publicado en LA PRENSA.
31/8/2025.
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A setenta años del golpe de Estado de 1955 (Entrega N.º 1)

El derrocamiento de Perón

Autor: Gustavo Dalmazzo.
24/8/2025.
Entrega Nº 1 se pueden leer haciendo click en enlaces: