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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

martes, diciembre 13, 2011

DE REINA A EMPERATRIZ.

Temas de debate y opinión.
De reina a emperatriz por Carlos Salvador La Rosa.









La escena se desarrolla el 2 de diciembre de 1804, en la catedral de Notre Dame de París. Napoleón se distancia aquí del protocolo de la monarquía del antiguo régimen y quiere romper con la herencia de la Casa de Borbón. Sin embargo, los distintos objetos recuerdan los símbolos reales: están presentes la corona y el cetro. El emperador es consagrado por la gracia de Dios, pero su coronación por mano propia simboliza su derecho a la corona por la voluntad del pueblo.



La coronación de Napoleón según la pintura de Jacques-Louis David.



Todo, tanto los símbolos como los contenidos, fueron ayer explícita manifestación de que Cristina se ve como un emperatriz coronada por el pueblo. No se trata de una plebeya populista que vino a romper los protocolos por desprecio a las formalidades del poder, sino de quien vino a remplazar unos protocolos por otros. Ni Cobos, ni la señora de Alperovich ni ningún simple mortal pueden ser dignos de entregarle los cetros de su asunción. Allí sólo participa ella tomándose juramento a sí misma. Más su hija entregándole el cetro como patrimonio familiar. Más su esposo, único humano ante quien se postra, pero ubicándolo a la misma altura de Dios y de la Patria. Nadie, absolutamente nadie más.
















En su presidencia anterior, compartió el poder con su marido en una notable relación de igualdad: ni ella fue más que él, ni él fue más que ella. Y cuando Néstor murió, Cristina transformó la presidencia de dos cabezas en una monarquía donde ella fue la reina y su marido fue el mito. Ahora, con un gran apoyo popular -recuperado y aumentado- proclamó el imperio, donde ella es la emperatriz, que sólo responde a los de más abajo -o sea, al pueblo llano- y al que está arriba de todo, a Él. El resto es silencio. Cortesanos o contreras. Nadies.
El imperio reconoce sutiles pero profundas diferencias con las etapas previas que ayer finalizaron. No son políticas necesariamente contradictorias con las anteriores pero sí diferentes. Básicamente ocurren en tres ámbitos: la economía, el relato y el PJ.


La economía imperial. Néstor Kirchner no tuvo veleidades monárquicas ni imperiales. Siempre se sintió un plebeyo pero con una máxima ambición burguesa: la de ser el dueño del país, patrón de la gran estancia nacional. Por eso su principal política económica fue la del “subsidio para todos”. Su mayor utopía personal fue la de llegar a ser el hombre que cada mes entregara, a cada uno de los cuarenta millones de argentinos, el cheque por las labores realizadas. Directamente él, sin intermediarios.


A Cristina eso ni le va ni le viene. Ella no quiere ser dueña de los argentinos sino la que los simbolice a todos. Emperadora popular, no patroncita burguesa. Por eso las dos grandes medidas económicas de su nuevo imperio son: primera, el control de cambios (como precursor de muchos otros controles) y segunda, el desmantelamiento de todos los subsidios que impuso su marido.


Del discurso de ayer, en su coronación, la frase más importante fue: No puede haber reglas generales para todas las empresas y todos los empresarios. Vamos a ir empresa por empresa y actividad por actividad.


Vale decir, el poder económico y político ya no se concentrará más para que cada argentino reciba un subsidio directamente de manos de “Él”. Pero tampoco se desconcentrará sino que seguirá concentrado para que cada empresa y cada actividad haga lo que manda el gobierno, que será algo distinto para cada una. Por voluntad imperial, desaparecen todas las reglas generales de la economía y se las cambia por reglas particulares. No casualmente, el único funcionario al que el nuevo gobierno otorga aún mucho más poder del mucho que ya tenía es Guillermo Moreno, el verdadero ministro de Economía del segundo mandato de Cristina.


El relato imperial. A Néstor, como a casi todo político convencional, nunca le gustó que los periodistas lo criticaran. Por eso buscó limitar el contrapoder de los medios críticos y crear el monopolio de la prensa oficial. A Cristina tampoco le gusta que la critiquen, pero ésa no es su mayor obsesión porque más le gusta criticar, entendiendo la crítica como un modo de acumular poder.


En la década de los ‘90, el periodismo político alcanzó sus más altas cumbres de prestigio. Horacio Verbitsky valoró en sus libros el papel del periodismo de ese entonces para contrapesar, con sus críticas, el poder menemista, ante la claudicación de casi todos los otros sectores, incluso la universidad encerrada en peleas corporativas en vez de sumar las grandes ideas al debate público, cuando la Academia -aliada a la prensa- podría fortalecer las voces críticas de la sociedad frente a todo tipo de poder político o económico.


Sin embargo, como las cosas que deben ocurrir siempre ocurren, pero casi nunca como se las piensa, terminó siendo el kirchnerismo quien sacó los intelectuales a la calle, pero no para sumar su voz a la del periodismo sino para hacerlos pelear a unos contra otros. No sólo logró eso sino también que los periodistas se pelearan entre sí. Todas peleas por razones políticas, ninguna por razones profesionales.


El kirchnerismo pudo así poner todos a su servicio: los que devinieron oficialistas porque cambiaron su papel crítico por el propagandístico; los que resistieron, porque se les relativizó su capacidad crítica al caracterizarlos como contendientes directos del poder y no como contrapoderes. El Gobierno elaboró un relato por el cual sólo existen amigos o enemigos en la prensa. Ahora busca hacer lo mismo con la universidad.


Dentro de las ciencias sociales, si hubo una disciplina que desde 1983 a la fecha logró alcanzar un status científico alejado del mero ideologismo, fue la Historia, lo cual no significa que hubiera devenido ciencia exacta, sino que sus debates dejaron de ser maniqueos y se remitieron más a categorías profesionales que ideológicas o políticas. Mientras eso ocurría en la Academia, a nivel masivo se divulgaba un relato novelado que contaba la historia como pelea entre buenísimos y malísimos, comparando anacrónicamente el pasado con el presente. No obstante, a su modo, todos estaban contentos. Unos avanzaban por caminos científicos relativamente alejados de la coyuntura y otros ganaban millones vendiendo novelas históricas. Cada cual en lo suyo.


El problema fue cuando el poder político decidió mezclarlos. Para eso hizo que los autores de best sellers invadieran las academias de historia, al grito acusatorio de elitistas y ocultadoras de próceres “populares”. Como hizo con el periodismo, puso todos contra todos, para usarlos todos a su servicio.


Ésa es la novedad de esta etapa: ya no se busca imponer un relato solamente contra el periodismo sino también contra todo otro relato. Mejor dicho, convertir toda idea en relato oficial. Esa pretensión no la tuvo Néstor, pero es la obsesión de Cristina, aunque seguramente Néstor la hubiera aprobado.


El peronismo imperial. Néstor mantuvo una relación ambigua con el peronismo, porque aunque su ambición excediera la de ser mero jefe del PJ, él era un peronista clásico. Su mayor intento de superar al PJ fue el pacto que hizo con Cobos, pero cuando dos simples peronchos menduco-conservadores como Jaque y Mazzón le demostraron que ellos dos solitos podían ganarle a ese pacto, Kirchner se rindió y decidió hacer todo lo que quería hacer, pero con los peronistas. Eso sí, siempre buscando limar el poder a los aparatos del PJ, para que no se lo quitaran a él. Por eso antes de morir advirtió a Cristina que tuviera cuidado con dos en particular: con Moyano, que manejaba el aparato sindical y con Scioli, que manejaba el aparato bonaerense.


Cristina se tomó esa advertencia al pie de la letra pero la llevó a extremos que Néstor jamás hubiera llegado. Armó su propia guardia pretoriana imperial y con ella está intentando barrer del mapa a esos dos grandes aparatos peronistas (en realidad, las únicas dos “corporaciones” que van quedando en pie), al menos hasta que ella pueda quedarse con ellos. Ese día, además de emperatriz, tendremos imperio.







*** Fuente de información: Diario "Los Andes", Mendoza, 11-XII-2011.
http://www.losandes.com.ar/notas/2011/12/11/reina-emperatriz-612042.asp


Imágenes: Internet.


LA REINA SOL por Carlos Salvador La Rosa.-
El principal factor de poder de la Argentina actual no es el partido de gobierno ni la ideología oficial sino la personalidad de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Hoy el Estado es ella. Por eso, para entender la política del presente hay que bucear en el interior de Cristina.
Ella y él. Iguales pero distintos. Néstor Kirchner fue un caudillo que nunca dejó de serlo aunque buscara ponerse por encima de los demás caudillos, concentrando el poder nacional. Cristina, en cambio, jamás simpatizó con ellos y sus conductas no son las de un caudillo tradicional. Más bien, ella siempre imaginó ser lo que hoy cree que ya es: una política nacida para reinar.
Néstor muchas veces humilló a la clase política pero sólo por necesidades en la construcción del poder, no porque viera algo malo en sus miembros. Cristina, en cambio, los desprecia profundamente; goza al mostrarles su superioridad, su sangre azul.
No obstante, tanto Néstor como Cristina han salvado a la clase política estable a cambio de su humillación, que siempre es mejor que perder la cabeza en manos de la furia popular. Ella sabe, como también sabía él, que humillar a una dirigencia que el pueblo no quiere; sólo suma o, al menos, no resta nada. Pero hoy Cristina hace uso y abuso de esa prerrogativa con un descaro y una crueldad que no tuvo Néstor.
Ahora bien, aparte de ser distintos, a Néstor y a Cristina les tocó protagonizar etapas históricas diferentes. Él debió crear su "modelo" desde la nada. Ella lo heredó completito o, al menos, eso siente. Él se imaginó un nuevo movimiento histórico que lo tuviera como creador único pero sumando otras fuerzas políticas.
Ella cree que la única fuerza que existe es sólo ella. Él murió queriendo imponer un "modelo" que Cristina supone que ya fue impuesto, que ha triunfado, o está triunfando a juzgar por el apoyo electoral hacia ella.
Para Cristina, "profundizar el modelo" no implica crear algo sustancialmente nuevo sino mantener el statu quo actual, si es posible eternamente. Sus tareas no son revolucionarias sino post revolucionarias. No quiere cambiar nada salvo, quizás, algunas hegemonías dirigenciales para ponerlas todas a su único y exclusivo servicio.
Cristina ya no necesita transversales ni concertadores. Bastante tuvo con los Cobos. Los Sabbatella son apenas una anécdota, una colectora? nada. Ella, como toda reina que se precie, sólo quiere fortalecer a su guardia pretoriana, a los custodios de la revolución que impidan el retorno al pasado que anhelan los "enemigos externos" pero que, principalmente, tengan cortitos a los "enemigos internos", a esos del PJ que, si por ellos fuera, desviarían la revolución (léase, en particular, Scioli, también Moyano).
Lo que quiere Cristina es poner una espada de Damocles arriba de la cabeza a cada uno de los dirigentes del PJ para que ninguno se desvíe de la causa. Las espadas son precisamente sus guardianes, una nueva élite creada por ella basada en la lealtad más absoluta, al carecer de cualquier entidad política salvo la de ser caballeros o damas de la reina, por divina voluntad de la misma y sólo por eso. Boudou, Mariotto, La Cámpora... los elegidos.
Con Néstor vivo, el PJ aún era una conjunción de tribus comandadas por caudillos que incidían en el curso político del país con mayor o menor fuerza según las circunstancias. Con Cristina el PJ se está transformando en una corte de vasallos a los cuales sólo se les permite ejercer (controlados por los guardianes) el poder local y nada del nacional. El proyecto de ella es crear una monarquía absoluta y centralizada donde los caudillos sólo se ocupen de sus feudos sin más aspiraciones que ello.
Ya no se negocia con el poder nacional, sólo se lo acata. Ése es el sentido que Cristina pretendió dar a la elección de los candidatos oficialistas para estos comicios. Ni siquiera buscó disimular públicamente la dureza de sus condiciones para hacerlas más digeribles a los humillados, sino que -por el contrario- lo que hizo fue sobreactuarlas.
Con Néstor aún existía una tenue línea de diferenciación entre lo público y lo privado para ejercer el poder, aunque con tendencia a fortalecer lo segundo. Con Cristina esta línea desapareció: hoy el poder es todo privado, es ejercido como un secreto personal sólo compartido -parcialmente- con algunos cortesanos sin poder propio.
La historia oficial. La reina Cristina no sólo busca ejercer el poder personalizada y privadamente sin participación ninguna del resto de la clase política; también quiere ser la única dueña de la historia nacional. Sus discursos en las dos últimas fechas patrias lo demuestran claramente: el 25 de Mayo ella no festejó el 25 de Mayo de 1810 (al que ni siquiera mencionó) sino el de 2003, porque ése fue el día en que nació "su" revolución. El 20 de Junio, más que recordar a Belgrano, buscó caracterizarlo solamente como antecesor de ella y su marido.
Tal cual lo muestran los films históricos producidos por el kirchnerismo, hoy San Martín y Belgrano se explican como meros precedentes, meros precursores de Néstor y Cristina. Esto no es un debate ideológico, aunque algunos ingenuos así lo crean y hasta le escriban los genuflexos guiones. Acá no se discute un relato contra otro relato.
Acá lo que se discute es la posesión de la historia, quién es su dueño, no quién la interpreta con más fidelidad a la verdad y los hechos. Una reina que se precie de tal no sólo es la única propietaria del poder presente sino que también es la dueña del pasado.
La juventud maravillosa. Reina Cristina humilla a quienes necesitan imperiosamente sus votos para sobrevivir en sus provincias, como el PJ mendocino, pero mucho más humilla a los que tienen votos propios, como Scioli o Filmus, para advertirles que el poder no se comparte, que el poder es propiedad privada de ella y de nadie más.
Como no es tonta, no le gusta acercarse a los que le restan, pero menos le gusta acercarse a los que le suman, por su peligro de autonomía potencial. Los únicos que le encantan son los que no le restan ni le suman, en particular esos jóvenes a los que dice elegir por su ideología y por su juventud, pero que en realidad elige por su fidelidad; esos jóvenes a los que llama herederos de la rebelde JP de los 70.
La diferencia es que los jóvenes de los 70 (aún con sus gravísimos errores) se enfrentaron no sólo a las dictaduras sino hasta al General Perón, mientras que estos sólo se enfrentan, desde el poder, a los enemigos que les crea el poder para justificar su existencia.
El caballero de la reina. La elección de Amado Boudou es una síntesis perfecta de esta concepción política. Lo convoca por su fidelidad personal pero, más aún, porque supo abjurar de sus anteriores ideas pecaminosas para convertirse a las tablas de la ley que señala la ideología oficial.
Claro que, a diferencia de Moisés, Boudou no se convirtió al nuevo ideario desde abajo, en el desierto, sino desde bien arriba, en los despachos del poder.
No obstante, eso es un mérito aún mayor porque lo muestra como el más sumiso con la reina que le perdonó sus pecados anteriores y, a la vez, como el más implacable con los enemigos de la reina, ya que delatando a los que no se dieron vuelta como él, el converso deviene el más "leal" de todos. El cortesano perfecto.
Cristina lo dijo la semana pasada en el discurso en el que anunció su vicepresidente con la anuencia de "él" y bajo la lluvia de aplausos prodigado por la corte entera. Ella siempre pensó igual, ella jamás cambió de ideología, por eso es la reina. Sin embargo, por ser reina, convoca generosamente a todos los que no piensan igual a ella, a que piensen como ella. Ser converso es el nuevo nombre de la lealtad. Las puertas están abiertas para todos los que digan siempre sí, sólo sí y nada más que sí.
Forma, sustancia... y algunas dudas. Sin embargo, más allá de los deseos de Cristina, los hechos siempre toman los más extraños caminos en el devenir de la historia, incluso generalmente, más allá -o incluso en contra- de las intenciones de quiénes los concretan. De allí la ambigüedad que provocan las decisiones cristinistas.
Desde el punto de vista "formal", lo suyo parece un retroceso fenomenal, un interminable regreso al pasado, cada vez a un pasado más pasado. Ella más que "anti", es "pre" en casi todas las categorías políticas.
Es pre-democrática porque, en el fondo, no cree en el actual sistema institucional para resolver los conflictos; según Cristina las ideas republicanas de sus adversarios no son más que meras cortinas de humo para defender intereses corporativos, a los cuales sólo se los puede derrotar con una concentración absoluta del poder estatal.
Un setentismo puro donde la democracia era una mera transición hacia la revolución (en este caso la monarquía) o un retorno de la reacción (en este caso las corporaciones), según qué facción se impusiera.
Es pre-constitucional porque su sistema de poder hereda más de Juan Manuel de Rosas que de Juan Perón: un federalismo ideológico disfrazado de nacional y popular que en nombre de la lucha contra los unitarios (en este caso, los neoliberales) ha concentrado el poder político y económico a niveles contradictorios con la Constitución, mientras que -también igual al rosismo- tolera y hasta fomenta los caudillismos provinciales en la medida que no tengan aspiraciones nacionales de ningún tipo.
Es pre-republicana como el absolutismo monárquico de Luis XIV, el Rey Sol, ése de "El Estado soy yo", el monarca que muriendo a los 77 años de edad, reinó Francia durante 72 años (récord que Cristina no alcanzará, aunque, como el Rey Sol, no descarta reinar hasta el último de sus días).
En realidad, más que a Evita, Cristina quisiera parecerse a María Antonieta, pero no a la real, sino a ésa que insinúa la de la película de Sofía Coppola: una eterna adolescente a la que si la revolución en vez de cortarle la cabeza la hubiera sumado a la misma, habría podido hacer una "revolución en paz" complementando perfectamente bien las ideas republicanas con las actitudes monárquicas.
Una reina que despreciaba a los cortesanos y que era querida por el pueblo. Una reina que seguramente no habría cortado la cabeza a los nobles pero que, en contrapartida, les hubiera quitado todo poder real, haciendo lo mismo que hizo Robespierre pero sin sangre. Cristina. tal cual esa María Antonieta revisitada que no pudo ser pero que hubiera sido bueno que fuera, quisiera ser reina y revolucionaria a la vez.
En fin, Cristina no sólo busca parecerse a María Antonieta o al Rey Sol, sino ser directamente el sol, o competir con él, de modo que éste (vale decir, el peronismo, la Argentina y todo su sistema institucional) gire alrededor de ella. En ese sentido, Cristina es también, pre-Galileo Galilei.
Ahora bien, desde el punto de vista "sustancial", Cristina, de hecho, parece estar enfrentándose de algún modo con la mayor corporación político-económica dominante en la Argentina de las últimas décadas:la corporación peronista-sindical. Ésa que supo sobrevivir a todo y a todos, "ayudando" a que no sobrevivieran los alfonsinismos, ni las renovaciones peronistas, ni las alianzas, ni siquiera los transversalismos o las concertaciones nestoristas.
Esa corporación que hoy parece acatar -indignada pero dócilmente- todas las humillaciones cristinistas, no sabemos si a la espera de su revancha o simplemente porque su poder real no es tan grande como el que parece ser y Cristina está poniéndolos al desnudo.
No lo sabemos, como tampoco sabemos si esa corporación que ha feudalizado a casi todas las provincias, que ha conurbanizado a Buenos Aires y cuya pata sindical torna inviable cualquier gobierno que no se le subordine, es igual o peor que el absolutismo cristinista plagado de cortesanos, aduladores y obsecuentes.
No lo sabemos, como tampoco sabemos si las corporaciones económicas que crecieron al calor de militares y menemistas son iguales o peor que el capitalismo de amigos que Néstor Kirchner construyó, poniendo el Estado a su exclusivo servicio. Capitalismo de amigos que tampoco sabemos si Cristina continuará reforzando o no.
Todas incógnitas de un país que en vez de desvestir santos para que todos seamos iguales ante la ley y el poder, lo único que parece estar haciendo es desvestir a unos para vestir a otros, iguales o peores que los anteriores yque por eso vive condenado a seguir avanzando con una frenética y apabullante movilidad... pero avanzando hacia ninguna parte.
>>> FUENTE DE INFORMACIÓN E IMAGEN: DIARIO "LOS ANDES" (MENDOZA), domingo 3 de julio del 2011.http://www.losandes.com.ar/notas/2011/7/3/reina-578374.asp



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