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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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lunes, marzo 18, 2024

La diferencia entre El Capitalista y “El Capitalista”.


La diferencia entre El Capitalista y “El Capitalista”.

Frecuentemente veo que hay quien confunde al capitalista – individuo que en su función praxeológica invierte sus ahorros y bienes en actividades productivas con el objeto de generar rentas – con el capitalista – individuo que defiende el sistema socio-político basado en el respeto de los derechos individuales y por ende, el libre mercado. Este error es comprensible dado que el término “capitalista” es un término equívoco porque aunque se pronuncie y escriba de forma igual, cada uno tiene un significado radicalmente diferente y no relacionado. Lo mismo ocurre con términos como “timbre”, “apuntar”, “banco”, “carta”, “taza”. 

El capitalista en su función de agente económico al prestar su capital a un empresario, es virtualmente también empresario y especulador, pues corre el riesgo de perder sus fondos. No existe inversión alguna que pueda estimarse totalmente segura. El individuo en su función de empresario puro no posee capital, por lo que el capital que emplea en sus actividades empresariales lo ha prestado de los capitalistas. Como empresario desea sacar ventaja del hecho de acomodar la producción a las mutaciones del mercado. Si tiene éxito obtendrá un beneficio neto; pero si fracasa, la pérdida habrá de ser soportada por los capitalistas prestamistas. En cierto sentido, tal empresario es como un empleado de los capitalistas que especulan a través de éste. 

Pero de lo que estamos hablando aquí es de funciones económicas que reflejan acciones humanas, sin olvidar que el hombre al vivir y actuar combina forzosamente en sí funciones diversas. Nunca es el hombre exclusivamente consumidor, sino también vendedor, empresario, capitalista, terrateniente, trabajador, o mantenido por alguno en las funciones anteriores. Además, las funciones de consumidor, empresario, capitalista, terrateniente, trabajador, pueden, y así ocurre frecuentemente, coincidir en un mismo individuo. 

Como empresario actúa de acuerdo a lo que observa en las mutaciones que registran las circunstancias del mercado. Como capitalista y/o terrateniente actúa contemplando los cambios de valor y precio que se dan por el simple transcurso del tiempo a causa de la distinta valoración que los bienes presentes tienen con respecto a los bienes futuros. Como trabajador utiliza su propia capacidad laboral como factor de producción. Como empresario obtiene beneficio o sufre pérdidas. Como capitalista o propietario de los factores de producción (tierras o bienes de capital) devenga interés originario. Como trabajador gana salarios.

El capital es la suma resultante de valorar en términos dinerarios el conjunto de bienes destinados a inversiones, y constituye el concepto fundamental y base del cálculo económico, que es la herramienta mental primordial a manejar en una economía de mercado. Es la cifra dineraria destinada en un momento dado a un determinado negocio, resultante de deducir del total del valor monetario del activo el total del valor monetario del pasivo. El concepto de capital carece de sentido fuera de la economía de mercado, pues sirve para que los individuos actuando libremente, separados o agrupados, puedan calcular y decidir. Es un instrumento útil sólo en manos de capitalistas, empresarios y agricultores deseosos de obtener ganancias y evitar pérdidas.

En cambio, el capitalista como ideólogo defiende el Capitalismo, un sistema socio-político basado en el reconocimiento de los derechos individuales – derecho a la vida, derecho a la libertad, derecho a la propiedad y derecho a buscar su propia felicidad – en el que toda propiedad es privada. La esencia y  característica distintiva fundamental del Capitalismo es el principio de los derechos individuales. El Capitalismo es el sistema de la supervivencia del hombre pues protege la vida y libertad del individuo dedicado escrupulosamente al uso de su mente, pues reconoce que ésta es el instrumento de supervivencia humano. 

El Capitalismo es el sistema que libera a los productores. Quiere decir esto que protege la libertad de usar la mente de los innovadores, inventores y empresarios que son los pioneros que mediante su trabajo crean la riqueza que disfrutan las naciones más cercanas al Capitalismo hoy.

Todos los bienes que requiere la vida humana deben ser producidos, desde la leche, cereal y huevos de su desayuno, hasta los edificios en los que vive y trabaja. La producción es esencial para la economía porque es crítica para la vida humana. El Capitalismo, el sistema político-económico de la Ilustración, libera a los productores al reconocer que las mentes creativas son la fuente de todos los valores y que ésta debe ser libre para inventar, manufacturar y descubrir donde se deben invertir económicamente los recursos. 

Bajo el Capitalismo, los productores son los que establecen los términos económicos. Es la producción la que hace posible el consumo, pero la producción no es un fin en sí misma. Más bien, la producción es un medio para alcanzar un fin, que es el consumo. La producción crea la riqueza que se puede consumir. El consumo es el uso de esa riqueza para disfrutar de la vida, y sólo esto, vivir disfrutando, es el fin en sí mismo. Pero otro aspecto importante del Capitalismo es que también libera al consumidor, quien se encuentra libre para evaluar la utilidad que una nueva creación tenga para él. Puede elegir entre varias ofertas o por ninguna. Y su elección determina los precios, que informan al empresario de las mutaciones del mercado y en donde debe acomodar  los recursos, en que actividad productiva debe invertir para obtener ganancias. 

El Capitalismo es un sistema que protege la libre economía de mercado donde los capitalistas y empresarios no pueden derivar ventaja alguna del cohecho de funcionarios y políticos. Los burócratas no pueden regular ni controlar las reiteradas transacciones entre los individuos en el mercado, por lo que no pueden conceder ni ventajas ni desventajas a los actuantes. Por el contrario en los sistemas intervencionistas, estatistas, y mercantilistas, existen poderosos grupos de presión que bregan buscando privilegios para sí a costa de otros grupos o personas más débiles. En estos sistemas tan distintos del Capitalismo – que no respetan los derechos individuales – no es de extrañar que los empresarios intenten protegerse contra los abusos administrativos comprando a los funcionarios.

Es un error entonces, suponer que porque un individuo es un capitalista, en su función económica, éste es un representante del capitalista ideólogo que defiende el sistema de respeto a los derechos individuales: el Capitalismo. El capitalista en su función económica pretende obtener beneficios, los cuales sólo puede conseguir en una economía de mercado, sin importar cuál sea su afiliación ideológica. Así encontramos pues un variopinto de combinaciones de función económica e ideología: a un capitalista anti-capitalista, socialista intervencionista como George Soros; a un capitalista mercantilista como Carlos Slim; y a un capitalista capitalista como Thurman John Rodgers.  Las acciones de Soros no describen al Capitalismo, ni las de Slim. El único de los mencionados aquí, cuyas acciones describen al Capitalismo es Rodgers.

No debemos pues, confundir la función económica con la ideológica.

Por Warren Orbaugh.

Publicado en REPÚBLICA.

https://republica.gt/

https://republica.gt/columna-de-opinion/2021-3-15-16-14-41-la-diferencia-entre-el-capitalista-y-el-capitalista

domingo, julio 24, 2022

COMBATIENDO AL CAPITAL. El fin del capital, del trabajo… y de las ganas de trabajar.

 


El fin del capital, del trabajo… y de las ganas de trabajar.

En otra increíble paradoja, se está matando simultáneamente a los dos tradicionales factores de producción, y dejando en pie sólo un sistema de limosna obligatoria.

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Desde bastante antes del aislamiento totalitario mundial de la pandemia se viene planteando cada vez con más firmeza, a veces en un formato de enfrentamiento, como si fuera una novedad, las disyuntivas y amenazas que crean a los individuos los avances de la tecnología y de la ciencia, con el permanente esfuerzo de reconversión y adaptación que implica el cambio constante, de paso un desafío permanente y eterno que plantea descarnadamente a los seres vivos la naturaleza, la propia vida. 

El tema es tan viejo como la Tierra, y se llama evolución, adaptación, supervivencia del más apto u otros mil nombres o definiciones que explican por ejemplo por qué los dinosaurios se extinguieron y el hombre (con perdón) –muchísimo más frágil e indefenso- perduró y llegó a ser la forma de vida dominante del planeta, hasta creerse parecido a Dios.

Habría que agregar, para completar la descripción del escenario, que sin esos avances de la tecnología y de la ciencia en todos sus aspectos, la humanidad sería hoy 10 o 100 veces más pequeña, o estaría extinguida, ya que ningún otro mecanismo habría garantizado el sustento, la supervivencia y la evolución de semejante masa poblacional. Es bueno recordar este aspecto para evitar despotricar gratuitamente sobre los valores agregados que felizmente refutaron en la práctica a las teorías malthusianas, aplicables no sólo a la alimentación sino a la medicina, la longevidad, la evolución misma física, espiritual e intelectual de los casi ocho mil millones de personas que habitan el planeta.

El progreso asusta. 

Los avances de la ciencia, los descubrimientos, las invenciones, siempre asustaron, incomodaron al ser humano, lo obligaron a aprender más, a adaptarse, a dominar lo que descubría, a utilizar su conocimiento cada vez mejor, desde los utensilios prehistóricos usados para comer, para cazar o para matarse. A no ser soberbio. Sin intentar incursionar en disciplinas ignoradas por esta columna, tal vez de esa incomodidad, de ese dolor de lo nuevo, de esa inseguridad, de esa necesidad de aprender todo desde cero a cada instante, de ese miedo al fuego prometeico, se formó la materia prima mágica que compone el misterioso cerebro humano, y hasta esa entelequia inasible que se conoce como alma. 

Junto con ese aprendizaje forzado, nació y evolucionó la necesidad gregaria de transmitir lo que se aprendía, de enseñar, de donar a la posteridad lo que se conocía. La necesidad del otro. La imperiosa necesidad de vivir en sociedad. 

El introito sirve para comprender la profundidad del concepto de la evolución, tanto en el individuo como en la grey global. Ya fueran tribus, países, continentes o mundos. 

Ese proceso de evolución, descubrimientos, inventos, adaptación, aprendizaje, transmisión experiencial, fue acelerándose a lo largo de los siglos. Las incomodidades, inseguridades y miedos que creaba fueron largamente compensadas por los beneficios a lo largo de la historia. Quienes se quedaron atrás, o fueron dejados atrás deliberadamente, sufrieron hasta la esclavitud y la servidumbre por culpa de ello, se transformaron en seres humanos de segunda, o descartables, y vivieron condenados a semivivir una vida corta, miserable e infructuosa. 

Fue cuando esos conocimientos se aplicaron al trabajo que éste logró adquirir su prestigio social, su valor dignificante, su importancia real económica en la formación de riqueza. Marx no estuvo solo en sus planteos. La teoría de valuación y determinación del precio en función de unidades de trabajo fue central durante muchos años, hasta que fue desplazada por conceptos que reflejaban más precisamente la acción humana en la economía.  También es generalmente aceptada hoy la necesidad de coexistencia y coordinación del Trabajo con el Capital para generar bienestar. Lo que ocurre es que por Trabajo se entiende cada vez más el conocimiento y dominio de técnicas y tecnologías, del mismo modo que por Capital se entiende cada vez más la capacidad de financiar y ayudar a crear esas tecnologías. Trabajo sin tecnología y capital sin tecnología son sinónimos de ineficacia en el mundo de hoy. 

Ocurre que el salto de los descubrimientos y logros de la informática y ciencias conexas, su popularización y simplificación de uso, parecen representar ahora una amenaza y un miedo mucho mayor para el trabajador, y mucho más para los sindicatos de todo el mundo, que no sólo se encuentran con mecanismos de oferta y demanda laboral no manipulables, o menos  controlables y con mayor cuota de libertad, sino que también implican una masa trabajadora más educada, más independiente, más cuentapropista, y ciertamente más competitiva. Con otro agravante: mientras que los trabajadores de hace dos siglos pasaban por caso de manejar diligencias a manejar trenes dentro de un área dada, ahora el fenómeno es extrafrontera, es global, el trabajador es independiente de su patrón, de su sindicato y de su país, aun de las tarifas, convenios o listas de precios. Cada tarea se valúa de acuerdo al interés de las partes, cada contrato se realiza de acuerdo a la conveniencia o necesidades de cada uno. El sindicato, en la concepción marxista, desaparece o se tiraniza en un mundo digital. 

Un nuevo mundo global.

La tecnología crea un mundo global. Hasta las reglas impositivas y de contribuciones forzosas dejan de existir. Por eso Janet Yellen, la secretaria del Tesoro norteamericano salió a amenazar a sus aliados con tremendos castigos si no gravaban con un impuesto mínimo de 15% a las empresas del rubro, en su gran mayoría estadounidenses. También en el ámbito local, a pedido moyanesco, se obligó a que se imprimieran los resúmenes bancarios en papel para ser distribuidos como hace un siglo, por correo, o que las casillas de peaje siguieran demorando el tráfico cobrando auto por auto manualmente, en vez de usar las cámaras y los sistemas de pago por Internet. Como ocurre con el subte en Inglaterra, lleno de supernumerarios que despuntan tickets magnéticos redundantemente, como ocurría con los vigilantes de diligencias, que viajaban con su Winchester enarbolado en el pescante de las locomotoras, avizorando indios, o con los fogoneros argentinos de máquinas Diesel o trenes eléctricos, o con los equipos de tres personas para hacer una entrevista de TV que hace un periodista con su celular. 

La velocidad de cambio actual obliga a una adaptación continua y a una inseguridad continua. Quienes durante 40 años de su vida ahorraban en acciones de General Electric para pagar la educación de sus hijos, ahora no podrían hacerlo, por la velocidad con que los nuevos inventos y descubrimientos pueden tornar ruinosa cualquier inversión de la noche a la mañana. Elija ejemplos. 

En la última década del siglo XX un futurólogo de nota, Alvin Toffler, sorprendió al mundo con esta afirmación en su libro Powershift“Hasta ahora, un individuo cambiaba dos o tres veces en su vida la empresa en que trabajaba. Ahora debe estar preparado para cambiar 3 o 4 veces en su vida de profesión”. ¡Menuda amenaza!

Toffler abría un mundo lleno de posibilidades para los que tuvieran ganas de seguir aprendiendo siempre, para los que tomaran riesgos, para los que invirtieran tiempo, esfuerzo y dinero en educarse, para los brillantes, para los capaces. El problema fue que la realidad, no ya el libro de Alvin, metió mucho miedo al mundo. A los trabajadores, desde rednecks en adelante, que temían quedar en la calle si sus tareas eran reemplazadas por quién sabe qué Ironman, o por qué Robocop, a los trabajadores del estado, que se saben, en todas partes, redundantes. ¡Un sistema digital los descubriría al instante! Lo sabe bien la justicia argenta, que odia los expedientes digitales porque pondrían en evidencia algo más que su ineficiencia parkinsoniana. 

Salvo una minoría, aunque fuera de millones como en China, descubrió que tenía sentido intentar el cambio. Tal vez porque, como siempre, los países asiáticos, que no tenían la mullida comodidad de un empleo privado o público, con sus bonus, sus perquisites, sus sindicatos, su sistema de retiro, sus stock options, optaron por lo único que tenían y pasaron a la vanguardia tanto de ingresos como de importancia en el valor agregado y en la percepción de sentirse útiles aferrados a la modernidad que aprendían ávidamente. 

El resto se apichonó. Prefirió la comodidad mansa de seguir como siempre, y cuando cerraron sus empresas, se quedaron llorando su pérdida, que viven como una injusticia. Ahí apareció el Estado, o los políticos, siempre populistas, siempre complacientes, siempre corruptos. Ahí las masas comenzaron a reclinarse en sus sindicatos protectores feudales, a votar por los políticos que les prometían luchar por ellos, a elegir proteccionistas y proteccionismos, aun inventando guerras, pandemias, soberanías nacionales o estaduales. Por eso aparecieron tantos mavericks de la política, tantos cómicos y audaces convertidos en falsos estadistas, tantas constituciones ridículas y panfletarias, tanta confusión que hasta superó las estructuras e ideologías partidarias muchas veces. Esos trabajadores ocultaron su miedo al cambio detrás del nacionalismo, de la patria, “del vivir con lo nuestro”.  El miedo y la cobardía siempre toman esos formatos. Así se explican muchos fenómenos de disconformidad popular.  Y de esclavitud. 

El error garrafal de Harari.

Trienta años después de Toffler el gran historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari prometía en algunos de sus libros un mundo fabuloso. De apps inteligentes, de atención médica instantánea a distancia, de fichas médicas a un toque de mousepad, de gobiernos transparentes, de licitaciones controlables con sistema de e-procurement infalible, de desarrollos de medicamentos por inteligencia artificial, de control de gestión, de compras inteligentes de autos y aviones sin conductor ni nafta, ni accidentes, de reemplazo de órganos por otros digitales, y otras maravillas que sí son posibles. 

Pero Harari cometió un error garrafal. Hizo profecías a corto plazo, o que debían cumplirse antes de su muerte, error que ningún Nostradamus que se precie comete. Todo lo que prometió el pensador israelí ocurrirá. Pero no ya. Ni los Estados, ni los políticos, ni los trabajadores quieren eso. Todo el sistema vira hacia el proteccionismo, el monopolio empresario y sindical, el statu quo, la burocracia, la corrupción.  Los progresos que imaginó Harari son saboteados, sobregravados, demorados y prohibidos, cuando no considerados antipatria.  O se obliga a crear una estructura humana paralela para “mantener las fuentes de trabajo”. Los grandes monopolios de servicios, (sin ni siquiera considerar el insulto a la inteligencia colectiva que es Telecom Argentina y su larga carrera de favores kirchneristas que se inició con la fusión Multicanal-Cablevisión y que culminó recientemente con nuevas absurdas fusiones) han transformado al consumidor, al cliente, en vulgar usuario. Meros millones de números a quiénes no se trata de satisfacer sino de sacarles un dólar más por mes de algún modo. Netflix es un gran ejemplo. Los sistemas de salud se caen a pedazos en el mundo, desenmascarados por una pandemia semiinventada. Las apps médicas son mecanismos para demorar meses cualquier atención, y las apps gubernamentales son engorrosos loops que terminan con un bot explicando lo que no se pregunta ni interesa o refiriendo a un teléfono que nadie responde. Las vacunas de la pandemia y las orientaciones de la OMS eximen de más ejemplos. 

Lo que se conoce como economía liberal moderna, más entendible si se la denomina economía de la escuela austríaca, pone énfasis en dos conceptos esenciales que abarcan a todos los individuos: la economía organizada en función de la decisión del consumidor o sea el mercado, y la lucha contra la corrupción, la prebenda empresaria y sindical y los monopolios. Ni derecha ni izquierda. Ni capital ni trabajo: consumidores. La acción humana. Las profecías de Harari hubieran ayudado a lograr esos objetivos. Sin embargo, los trabajadores del mundo, en su mayoría, o en su mayoría apedreadora al menos, no soportaron la idea de tener semejante incertidumbre, semejante miedo, semejante riesgo. Se cobijaron en los políticos siempre mediocres, en el mejor de los casos. No muy distinto pasa con los círculos rojos del mundo. Piénsese en Gates y su renta universal. 

Las profecías de Harari se han postergado para algún mejor momento. Ahora los gobiernos que pronto deberán abandonar su alfombra roja en manos de otros prometedores peores se ocupan de generar pandemias, emisiones, gastos, guerras, conflictos, tratados contra el cambio climático que encarezcan todo e impidan todo. Y que lastimen a todo intento tecnológico, mucho más si es global, que se ha vuelto una mala palabra por su contenido de libertad implícito, reducido al relato y a la posverdad. 

Todo intento de mejorar la vida y las necesidades del consumidor muere en el Salario o la Renta universal, que es el mecanismo opuesto a la naturaleza y al orden natural que se ha inventado para impedir la evolución de la humanidad y de las sociedades. Como si se hubiera prohibido el ascensor para impedir el Department Store, o mejor, como cuando se mantuvo el ascensorista inútil en los ascensores a botonera, pero ahora multiplicado más o menos por dos mil millones.  Ese intento no tiene seriedad ni base técnica, teórica ni ideológica alguna, salvo el de pagarle una coima a la sociedad para que deje que los políticos sigan haciendo su negocio, o su latrocinio. En Argentina no se ha aplicado plenamente aún, porque el país ha llegado a la ruina por otros medios, pero se ve claramente el efecto de sus esbozos preliminares.

Un ejército de haraganes.

Pero en otra paradoja, el empleo no está sufriendo por culpa de las apps, ni de los drones, bots o robots. Está sufriendo porque mucha gente ha decidido no trabajar, o reclama trabajar desde su casa, y los días que cree conveniente. No solamente los otrora proletarios del mundo se consideran innecesarios, sino que descuentan que, o bien las empresas cederán y les pagarán hacer la mitad de lo que hacían y/o que el Estado les pagará sin trabajar ni esa mitad. Por hacer nada. Hasta Marx se retuerce de asco ante esta concepción. Por supuesto que ya se organizan huelgas porque antes de nacer, el Salario Universal no es suficiente, ni alcanza para nada. También hay ya sindicatos que defienden a los no trabajadores. Es de suponer que temen la aparición de una app que no haga nada, absolutamente nada, salvo verificar que se les ha acreditado cada mes el Salario Universal. 

Se trata de un paso adicional. Ya ni siquiera se intenta demostrar que el trabajo es uno de los generadores fundamentales de riqueza, como sostiene el marxismo, ni importa la discusión sobre participación sobre esa riqueza. Ahora se pide un sueldo gratuito sobre una prestación que no se hace, y tampoco se permite reemplazar ese ex trabajo con tecnología. Una manera de chuparle toda la sangre al sistema hasta que muera. Una variante de odio. Por eso cuando se escucha en el medio local que “se cambiarán los planes por trabajo” la respuesta debe ser un insulto. No cabe una argumentación.  

Hay otra afirmación de Toffler en Powershift: “El conocimiento es la forma más democrática de obtener el poder”. Eso no le importa a nadie. Se ha dado un salto gigantesco por encima de todas las premisas. “Lo único que importa es la masa que vota. No interesa lo que vote. El poder es la mayoría. A eso se le llama democracia a boca llena. A partir de ahí, se puede hacer lo que se guste”. No lo dijo Toffler. Debió decirlo, acaso. 

lunes, marzo 07, 2022

La historia del empresario argentino que huyó de Ucrania y ayudó a evacuar a las familias de sus empleados.

La historia del empresario argentino que huyó de Ucrania y ayudó a evacuar a las familias de sus empleados.

Se trata de Ricardo Fernández Nuñez, propietario de Vinos de la Luz, un grupo vitivinícola internacional que tiene bodegas en Argentina, España e Italia.

Ricardo Fernández Nuñez es propietario de Vinos de la Luz, un grupo vitivinícola internacional.

Ricardo Fernández Nuñez es propietario de Vinos de la Luz, un grupo vitivinícola internacional que tiene bodegas en Argentina, España e Italia. Y desde hace varias décadas tiene negocios en Ucrania y Polonia. En la noche del pasado sábado logró coordinar un operativo para sacar de Kiev a sus empleadas y a las familias de sus empleados ucranianos. Ya también tuvo que abandonar el país en el que se instaló hace 25 años.

“Este sábado por la noche terminamos el operativo que fue sacar a las familias de Ucrania. Eran mujeres empleadas porque los hombres no pueden salir pero nos encargamos de traernos a su familia, mujeres e hijos”, relató Fernández Nuñez en diálogo con Radio Rivadavia. El empresario está instalado en Varsovia, donde también tiene parte de sus empresas.

“Tenemos una organización multilateral. Somos productores de vino y tenemos producción de alimentos. Hoy en Ucrania hemos dejado 30 empleados. La empresa está cerrada fésicamente pero los 30 empleados continúan trabajando en sus casas”, explicó.

“La mayoría de esa gente quedó en Kiev, porque lo hombres no pueden salir del país. Los empleados que estaban en el interior son varones y han sido convocados al ejército regular o a las fuerzas de autodefensa”, dijo.

Con respecto a la salida de Ucrania de sus empleadas y las familias de ucranianos que trabajan en su empresa, Fernández Nuñez señaló que fue “un operativo con bastante suerte”, ya que contaron con el asesoramiento adecuado sobre cómo y por dónde debían hacer el cruce de Ucrania a Polonia.

Fernández Nuñez indicó que llegó a Ucrania por primera vez en 1998, unos cuatro años después de la independización del país. “Yo estoy en Europa del Este poco después de que se cayó la Cortina de Hierro. Y la residencia permanente la tengo desde hace ocho años. Estoy en Varsovia y tenemos una organización muy grande con mucha gente”, detalló.

“Los hombres grandes como yo, ya tendríamos que estar retirados. Yo tengo a mis hijas y nietos en la Argentina. Tengo bodegas en España, Italia, Mendoza, en el Valle de Uco, y negocios de distribución en distintas partes del mundo”, destacó.

El empresario calificó a la invasión a Ucrania como una “guerra totalmente injusta, salvaje, ridícula, absurda e hipócrita”. “No hay calificativo para nombrar a esta persona que declaró la guerra, a este Hitler del sigo XXI. Es una guerra étnica y una guerra de expansión”, señaló.

“Putin dijo que las sanciones que le impuso Occidente son una declaración de guerra. Putin es leíble hace muchos años. Cuando empezó a decir que Rusia era la madre. Que Ucrania debía ser de Rusia. Después logró que Ucrania se alejara de la Unión Europea, él llamó a Víktor Yanukóvich (ex presidente de Ucrania) con promesas de programas y ahí nomás vino la Revolución del Euromaidán. Lo primero que hizo Putin fue invadir y anexar Crimea, en 10 días. Sublevó dos provincias separatistas y empezó en mayo del año pasado a rodear a Ucrania con tropas”, resumió el empresario.

“Ucrania se desganó diciendo ‘cuidado con este tipo que va a terminar invadiendo’. Lo que pasó en los últimos dos meses es la ejecución de lo que él decía. Decía que Ucrania no tenía la capacidad para ser una nación”, señaló.

En 2020, en el comienzo de la pandemia, Fernández Nuñez ayudó a varias familias argentinas que habían quedado varadas en Ucrania a regresar al país a través de un vuelo privado.

NOTICIA PUBLICADA EN INFOBAE.

https://www.infobae.com/economia/2022/03/07/la-historia-del-empresario-argentino-que-huyo-de-ucrania-y-ayudo-a-evacuar-a-las-familias-de-sus-empleados/

martes, septiembre 14, 2021

Capitalismo emprendedor, una salida posible.

 


Capitalismo emprendedor, una salida posible.

Mientras las Pymes intentan sobrevivir, empresas de base tecnológica se globalizan para ganar escala y eludir el riesgo local.

pOR TRISTÁN RODRÍGUEZ LOREDo.

En la cultura argentina, 11 es el número del equipo que salta a la cancha a jugársela y si es con la camiseta argentina, se le pide un plus en ingenio, constancia, garra y resultados. Mercado Libre, Globant, Despegar, OLX, Auth0, Vercel, Aleph Holding, Mural, Bitfarms, Ualá y TiendaNube; son los nombres de las empresas nacidas en suelo argentino que ganaron en escala y obtuvieron financiamiento de quienes confiaron en su propuesta para convertirse en “unicornios” (compañías cuya valoración de mercado supera los US$ 1.000 millones).

Desde 2018 a la fecha, la súper-devaluación del peso, la persistencia de la inflación a casi 50% anual, un mercado que lleva una década estancada, una carga tributaria récord para la región y una regulación laboral que no distingue entre micropymes y multinacionales afectó la sustentabilidad del ecosistema empresario. Ya mató al 5% del total de las empresas y muchas más bajaron su actividad o pasaron a ser personas físicas que trabajan como cuentapropistas.

Dualidad. ¿Es este otro mundo o la grieta también se instaló en las empresas que brilla en el firmamento de las finanzas internacionales mientras otras intentan sobrevivir en el ámbito local? Para Carolina Dams, profesora de Financiamiento Emprendedor del IAE, la diferencia entre ambas realidades obedece a las características de las empresas más que a su tamaño. “Las que alguna vez podrán convertirse en unicornios, están ancladas en el mundo digital, con un modelo de negocios diferente: su mercado es regional y por eso las hace más inmunes a los ciclos de la economía argentina”, explica. Por esa razón, sostiene que están estructurados para hacer negocios con el mundo como mercado e incluso pasa a tener otra estructura impositiva. Pero advierte que lo que vemos hoy como rondas millonarias de capitalización privadas en realidad empezaron con los primeros pasos a través del “capital semilla” y el sistema de aceleradoras de negocios e inversores ángeles que las formatearon para seguir creciendo y ser susceptibles de capitalizarse.

Ese fue, por ejemplo, el caso de Onapsis, una empresa desarrolladora de soluciones de seguridad informática que fue creada en 2009 por dos socios que trabajaban en el área y vieron la oportunidad adicionar un blindaje digital a sistema SAP de gestión. Un año más tarde le pudieron vender ese sistema de seguridad a la Marina de los Estados Unidos y en 2012 ya recibieron la primera capitalización. Hoy tienen más de 400 empleados distribuidos entre Alemania, Estos Unidos y Argentina, en la que también está su “hub” de investigación y desarrolloPablo Valeriano, su country manager en Argentina y director financiero, subraya que “la posibilidad de desarrollar está acá para el mundo porque tenemos el equipo de investigación de avanzada y en el sector de la economía del conocimiento la clave está en el desarrollo del talento antes que en el capital financiero”.

A su juicio, en dicha industria, pesa positivamente el ambiente emprendedor local: “somos colaborativos, nos ayudamos entre nosotros y la organización Endeavor nos presta gran ayuda”, un factor clave a la hora de plantearse la hoja de ruta del crecimiento.

En red. Justamente, María Julia Bearzi es la directora ejecutiva de Endeavor, una organización internacional también con sede en Argentina que selecciona a los emprendedores de alto potencial y los apoya estratégicamente en su crecimiento a través de una red de mentores y emprendedores de nivel global. “Hay capital para esta clase de empresas: de base tecnológica y que tienen proyección global”, cuenta. La explicación de esta súbita primavera de startups es que la oportunidad llegó con la pandemia. “Derribó fronteras, las compañías salieron a resolver problemas urgentes, a gran escala y así pudieron mostrar su valor. Fue una prueba de fuego”, agrega. Y también rescata no sólo a los que llegaron a la meta del “unicornio”, como Mercado Libre, Despegar, OLX o Globant, auténticos embajadores de la “marca del talento argentino”, sino también a aquellas que están en los primeros eslabones de la cadena de creación de valor. Estos ayudan a diversificar la matriz productiva y mejorar la competitividad global de la economía. Y como hilo conductor, encuentra que las ideas de visionarios resilientes funcionaron cuando fueron proyectas para un mercado más amplio y se rodearon de un equipo complementario profesional.

Diego González Bravo, Managing Partner en Draper Cygnus y vicepresidente de Capital Emprendedor en la Asociación Argentina de Capital Privado, Emprendedor y Semilla (ARCAP), una asociación sin fines de lucro que tiene el objetivo de promover el desarrollo de la industria de capital privado en Argentina, se plantea un interrogante inquietante: hasta cuándo consideramos argentina a una empresa de este tipo. “Si comenzó en Argentina y sus fundadores son de acá, sigue siendo argentina por más que ahora tenga más actividad en el resto del mundo”, define. Cree que a medida que crezcan, se van desnacionalizando, también porque hay un “efecto Latam”:  la región como un todo es atractiva para capitales que buscan alternativas interesantes y ya pueden comparar con otras compañías con sello local. En su último informe anual, ARCAP consignó en Argentina 45 transacciones en capital semilla y emprendedor por US$ 210 millones; con una preferencia por sectores como biotecnología (30%), software (20%) y Fintech/Agrotech (10%).

Un caso interesante es el de Mudafy, una empresa que se define como una “proptech” argentina, que dio sus primeros pasos y que ya tiene operaciones en México. “Somos lo mejor de los dos mundos: el portal inmobiliario donde navegás, descubrís y seleccionás propiedades y también la persona física que te espera del otro lado para acompañarte a las visitas”, aclara Franco Forte, su CEO. En su visión, construir algo desde cero es un camino lleno de desafíos: “está prácticamente todo por hacer, desde sumar al equipo que va a hacer realidad la visión a ir redefiniendo los detalles que aseguran la mejor experiencia para las personas; con dificultades inesperadas que aparecen todos los meses, e incluso semanas”, remarca.

Alfredo Blousson fundó otra empresa, Signatura, que trabaja con la tecnología blockchain para soluciones de firma digital, algo que también explotó durante las cuarentenas del Covid. Además, es el presidente de la Asociación de Emprendedores de Argentina (ASEA) que ya tiene más de 40 mil asociados. “Argentina entrena a los emprendedores para ser resistentes. Pero además de las dificultades y trabas propias de nuestro país, también se parece a un curso acelerado para lidiar con un mundo cada vez más cambiante, desde la tecnología, los aspectos sociales o hasta una novedad como el Covid el año pasado”, detalla.

En síntesis, como recuerda la economista Alicia Caballero, decana de Ciencias Económicas de la UCA, coexisten muchas argentinas. “Si hay empresas que recorren este camino de éxito es porque logran, sobre la base del sector que eligen, evitar muchos de los problemas que enfrentan las Pymes tradicionales:  logísticos, de infraestructura, laberinto laboral y nada de crédito”, relata. Como muchos de estos problemas no los tienen, la globalización les resulta más adecuada. “Lo que uno tiene que lograr no es sólo 11 unicornios sino, además, otra cantidad de otras empresas que crezcan y funcionen competitivamente. Que de Pymes pasen a ser grandes y de allí, a ser transnacionales. No es uno u otro: la economía es un todo y el desafío que toca es el de incluir compitiendo” concluye.

Como el nivel global del fútbol argentino, lo bueno es que los once titulares de la Selección reflejen el talento sumergido que se edifica a diario y no que se agote en esa instancia. Ya no dependeremos del talento del 10 de turno, sino que será la evolución natural de una formación de base.

Fuente: NOTICIAS PERFIL. Imagen de la misma publicación.

https://noticias.perfil.com/noticias/economia/una-salida-posible.phtml

lunes, agosto 02, 2021

Revalorizar el rol del empresario.

 

Revalorizar el rol del empresario.

La mala imagen que suele tener quien hace negocios en Argentina es producto de una serie de preconceptos. Recuperar el valor de la empresa como motor de la inversión productiva es esencial para recomponer los niveles de empleo y reducir la pobreza.


En épocas de dicotomías, resulta imprescindible diferenciar al empresario genuino, que arriesga su patrimonio, invierte, produce y compite sin privilegios; del pseudo (falso) empresario, que lucra por su vinculación con el poder político, obteniendo privilegios (obra pública sin licitación, mercados cautivos derivados del proteccionismo, subsidios y otras prebendas).
Según el relevamiento de junio de la consultora CIO, que lidera Cecilia Mosto, sobre el nivel de confianza de actores sociales, las empresas solo tienen un 42%. Otras encuestas arrojan resultados similares. En nuestro país, el empresario tiene una mala imagen, si bien existen diferencias en la percepción respecto del empresario Pyme y de los dueños de grandes empresas (que en algún momento fueron Pymes).
¿Cuáles son las causas de esta mala imagen? El problema es multicausal. Por un lado los gobiernos han hecho a los empresarios responsables de aumentos de precios, desempleo y desabastecimiento, mientras que quienes están flojitos de educación económica “compraron” y se hicieron eco de estas acusaciones.
También, la mentalidad anticapitalista, que contamina a una parte de nuestros compatriotas, considera a los empresarios como explotadores, adhiriendo, consciente o inconscientemente a la teoría marxista de la explotación.
Por último, muchos asimilan la figura del empresario de riesgo a la de quienes, como señalé, hicieron su fortuna por sus vínculos con el poder político y en consecuencia, a costa de los consumidores.
Revalorizar el rol del empresario en la sociedad requiere entender cómo funciona el proceso de mercado. Ludwig Von Mises, el gran economista de la escuela austríaca, señaló que: “El sistema de mercado hace que prosperen aquellas personas que han conseguido satisfacer los deseos de la gente de la manera mejor y más barata. La riqueza sólo puede ser adquirida sirviendo a los consumidores”.
La búsqueda de ganancias, monetarias o no monetarias, es inherente a la naturaleza humana. El problema se da cuando se pretende ganar a toda costa, fuera del marco de los valores.
“El mercado es un mecanismo que orienta el interés propio hacia la satisfacción del interés ajeno. Todo acto de comercio es un acto de servicio mutuo”, destaca Fredy Kofman en su libro “Metamanagement”. Quien dude de esta afirmación puede probar tener éxito vendiendo pizzas con la masa quemada y poca muzzarella.
Por mi actividad, conozco a muchos empresarios de nuestra región. Puedo dar testimonio del esfuerzo, creatividad y energía que ponen para mantener a sus empresas con vida y conservar las fuentes de trabajo, a pesar de los gobiernos y en un ambiente de negocios altamente desfavorable. Crear riqueza –única forma de mitigar la pobreza - requiere un gran esfuerzo y produce altos niveles de estrés en este contexto, agravado por la pandemia-cuarentena y la mala gestión de la vacunación.
Sin empresarios no hay empresas. Y sin empresas no hay generación de fuentes de trabajo y producción de bienes y servicios. Un informe de la fundación “Observatorio Pyme” (2019) sobre la densidad empresarial en distintos países, indica que en Australia hay 88 empresas cada 1.000 habitantes; en Argentina, 14 empresas cada 1.000 habitantes. ¿Cómo se ve reflejado en el PBI per cápita? El de Australia es de u$s 51.812; el de nuestro país: u$s 22.063 (Banco Mundial, 2019). Para muestra basta un botón.
En este contexto de mala imagen de los empresarios, hay excepciones: según el citado relevamiento de la consultora CIO, más del 60% de la población adulta argentina confía en el sector de la agroindustria, y más del 70% cree que hace una contribución a su bienestar. Cuando el sector fue atacado, la población salió a la calle a defenderlo (la 125 y Vicentín).
Significa que la mala imagen puede revertirse. Para ello se requiere que los empresarios genuinos abandonen el bajo perfil y le hablen a la sociedad, y expliquen todo lo que podrían hacer para invertir, generar empleo y producir más, en un ambiente de libertad económica y respeto a la propiedad privada. La filosofía de la víctima no genera resultados, de nada sirve lamentarse. Los empresarios deben asumir un rol activo e involucrarse en la gestión del contexto. Se han dejado espacios vacíos y hay que recuperarlos.
Para el economista Joseph Schumpeter, el empresario es el motor del desarrollo económico. Juan Bautista Alberdi, padre de nuestra Constitución Nacional, señaló que “el buen empresario siempre es un héroe”. La función empresarial tiene un fundamento ético. La producción es un valor central del ser humano. La libertad, la responsabilidad, el esfuerzo, la productividad y la innovación conforman un marco moral para la actividad empresarial. La calidad de los empresarios (genuinos) de la región y el país debe ser un motivo de optimismo. Revalorizar su contribución es una de las condiciones necesarias para avanzar en una estrategia de desarrollo.

Por Cr. Daniel Darrieux Director de IMPACTO ECONÓMICO.

Publicado en Pulso Económico del Diario "Río Negro", domingo 1º de agosto del 2021.


https://www.rionegro.com.ar/revalorizar-el-rol-del-empresario-1900490/

sábado, julio 10, 2021

Empresarios incoherentes: la disonancia cognitiva.

 

Empresarios incoherentes: la disonancia cognitiva.

Por diferentes razones, muchas veces los hombres de negocios actúan en franca contradicción con los principios del libre mercado.

Desde el célebre trabajo de Adam Smith en 1776 se viene insistiendo en que la actividad empresaria debe circunscribirse a la faena comercial en el contexto del proceso de mercado libre pues ese es el talento del empresario exitoso: la capacidad de detectar arbitrajes entre costos subvaluados en términos de los precios finales y sacar partida por la diferencia. Subrayamos lo de mercado libre pues es el modo de satisfacer al prójimo como condición para incrementar ganancias, por el contrario si yerra en sus conjeturas incurre en quebrantos.

Lo dicho excluye a los asaltantes que pretenden jugarla de empresarios en conexión con el poder de turno al efecto de obtener privilegios que necesariamente conspiran contra el bienestar ajeno. Adam Smith advertía contra estos fantoches disfrazados de empresarios. Por su parte, en la misma línea argumental, Herbert Spencer explicaba los enormes beneficios de la acción de genuinos empresarios a los que les debemos los progresos en la alimentación, los medicamentos, los transportes, las comunicaciones, la vestimenta y todo cuanto aparece en el mercado. Pero como queda dicho todos esos beneficios se esfuman y se convierten en graves perjuicios ni bien se permite la antedicha cópula hedionda que le da la espalda a la inexorable conexión entre la satisfacción de los demás como requisito ineludible para la propia satisfacción.

Y ya que mencionamos al mercado es pertinente destacar que no se trata de una cosa ni de un lugar sino de un proceso en el que se llevan a cabo transacciones libres y voluntarias entre las partes. Constituye un antropomorfismo inaceptable interpretar que el mercado prefiere o el mercado decide como si se tratara de una persona que opera pues, como queda dicho, se refiere a millones de contrataciones implícitas o explícitas que se llevan a cabo cotidianamente. El mercado somos todos, cuando se dice livianamente que todo no puede dejarse en manos del mercado se está diciendo que las decisiones no pueden dejarse en manos de la gente para en su lugar permitir que megalómanos manejen vidas y haciendas ajenas.

Ahora bien, en no pocas oportunidades observamos que el empresario renuncia a su misión y se coloca como cortesano del aparato estatal e incluso abandona el apoyo a instituciones que trabajan para defender la sociedad libre en la que se desenvuelve el proceso de mercado. Algunas veces esto se hace por pura ignorancia del significado de la sociedad libre ya que el tener olfato para los negocios no remite necesariamente a que conozca los fundamentos de la libertad y en otras muchas ocasiones lo hace a sabiendas de su falta pero equivocadamente considera que personalmente puede sobrevivir mejor de esa manera sin percatarse que está rematando su empresa a manos de burócratas. Este segundo caso está vinculado a la denominada “disonancia cognitiva” que exploramos más abajo, pero en ambos casos se trata de muestras de irresponsabilidad mayúscula y de un suicidio colectivo.

En este contexto es menester subrayar la importancia de cortar amarras con los ladrones de guante blanco mal llamados empresarios en lugar de cambiar la fachada y rotar de “amigos del poder” en una calesita infernal. En esta línea argumental, cito a una persona que no puede estar más en las antípodas de mi pensamiento pero en una frase ilustra el cambio necesario aunque en una dirección distinta, es lo escrito por Arturo Jauretche: “No se trata de cambiar de collar sino dejar de ser perro”.

Es de interés indagar en los motivos que hacen que personas formadas con determinados valores en los que creen, en la práctica de la vida operan a contramano de aquellos principios. En economía hay un precepto que se denomina “la preferencia revelada”: no importa en qué consistan los discursos y las declamaciones, lo relevante son las acciones que en verdad ponen al descubierto los valores que se profesan.

Si una persona dice y repite que lo importante para él es la lectura pero se pasa la vida jugando al tenis, en la práctica, pone de manifiesto que lo prioritario para él es el deporte y no la lectura. Sin duda que también hay que tener en cuenta que pueden sostenerse de buena fe ciertos principios y, en los hechos, se violan debido a que “nadie puede tirar la primera piedra” en el sentido de que todos nos equivocamos. Pero el asunto es la continuidad en el tiempo: si permanentemente se cae en el pantano y no hay esfuerzo alguno para mantener la brújula y subirse a la huella y rectificarse, queda claro el principio que se aplica eclipsa y deglute al declamado. Sin duda que peor que esta situación es olvidarse de los mojones y parámetros de la conducta recta y ni siquiera declamarlos porque, en ese caso, se borra toda esperanza de reencauzar la acción hacia la buena senda.

En este mismo plano, intriga cómo es que muchos estudiantes universitarios que, dados lo tiempos que corren, tienen el raro privilegio de atender clases en las que se exponen las ventajas de la sociedad abierta o quienes han obtenido los beneficios de haber recibido esa educación en sus hogares y adhieren a esa forma de convivencia basada en el respeto recíproco, pero, sin embargo, en los avatares de la vida, en la práctica, renuncian a esos valores. Y lo curioso es que no lo hacen porque deliberadamente abandonan ese modo de pensar, al contrario, insisten en suscribir los pilares de la sociedad libre en el contexto de las relaciones sociales pero, nuevamente decimos, en los actos cotidianos ese pensamiento, de tanto amoldarse a las opiniones que prevalecen, se diluye y finalmente es devorado y triturado por los hechos diarios.

La explicación consiste que en numerosos casos, la persona aún manteniendo en las palabras esos principios, percibe que en el mundo que lo rodea las conductas son muy otras y, para sobrevivir, como si se tratara de un instinto inconsciente de supervivencia, aplican los valores opuestos en lugar de hacer frente a los acontecimientos e intentar revertirlos para mejorar la situación.

Internamente se pretende el autoengaño que, para suavizar la tensión subyacente, aparentan mantener los principios en los que racionalmente adhieren pero todos sus dichos y hechos apuntan en la dirección opuesta. Muchas veces de tanto simular terminan creyendo en sociedades autoritarias de diverso grado. Al fin y al cabo, como ha escrito Nathaniel Hawthorne en La letra escarlata: “Ningún hombre puede por un período considerable de tiempo usar una cara para él mismo y otra para la multitud sin finalmente confundirse acerca de cuál es la verdadera”.

Independientemente de las concepciones del psicólogo Leon Festinger en otros ámbitos, fue él quien bautizó en 1957 la idea de la referida tensión (aunque aplicada a casos y, en cierto sentido, contextos diferentes a los aquí expuestos) como “disonancia cognitiva”. Un neologismo fértil para explicar el fenómeno al que nos venimos refiriendo.

Hay otra situación a la que también aplicamos la antedicha noción de “disonancia cognitiva” y es cuando una persona sostiene que procede convencida de la más alta calidad de un bien pero queda a todas luces patente que su conducta obra por snobismo, show-off, para llamar la atención o simplemente para esconder algún complejo. Es cuando se encandila por precios altos de un bien y está atraída a su compra, no tanto por el contenido de lo que adquiere sino precisamente por el precio especialmente elevado.

Como es sabido, en economía se enseña que cuando el precio aumenta la demanda decrece (según sea su elasticidad). Sin embargo, se sostiene que en el caso comentado no tiene lugar la mencionada ley puesto que cuando el precio se incrementa se incrementa también la cantidad demandada. Esto no es así. Hay un espejismo que se conoce como “la paradoja Giffen” (por Robert Giffen, a quien Alfred Marshall le atribuyó la autoría del concepto). En realidad la ley se mantiene inalterada, lo que ocurre es que aparece un nuevo bien que se superpone al anterior y es el snobismo o sus antes referidos equivalentes que hacen de nuevo producto, para el que al elevarse el precio naturalmente se contrae la demanda.

Nadie declara que procede por snobismo, incluso puede pensarse que no se opera en base a esa tontera pero, en la práctica, la tensión interna hace que tenga lugar el autoconvencimiento de que se compra el bien en cuestión debido a “la calidad superior del mismo”. Dicho sea de paso, esa es, por ejemplo, la razón por la que la botella del vino Petrus se cotice a cinco mil dólares ya que no hay fundamentos enológicos para tal precio en comparación con otros vinos de igual o mejor calidad pero sin el mercadeo y la presentación de aquel (reflexión que para nada se traduce en que el valor deja de ser puramente subjetivo y dependiente de la utilidad marginal). Esto también ocurre con la pintura, la moda y otras manifestaciones públicas de variado tenor y especie pero, de más está decir, esta no es la tendencia prevaleciente en el mercado ya que la gente elige microondas, comida, televisores y demás bienes por su calidad y no por snobismo (de lo contrario, con suficiente mercadeo y publicidad se podría convencer a la gente que use candelas en lugar de luz eléctrica, carpas en lugar de edificios, monopatines en lugar de automóviles etc).

Otro ejemplo -lamentablemente de gran actualidad por estos días- es el método Ponzi (llamado así por el célebre estafador Carlo Ponzi emigrado a Estados Unidos de Italia en 1903) que se basa en un esquema piramidal en el que se prometen altos rendimientos sustentado en ingresos de nuevos inversionistas engatusados por grandes retornos y no debido a prometidas pero inexistentes colocaciones de fondos tomados de los clientes. Ha habido sonados casos de quienes sospechaban el fraude pero se autoconvencían de supuestos éxitos y habilidades de los tramposos. Otra vez, la “disonancia cognitiva”. Esto va también para sistemas de inseguridad antisocial conocidos como “sistema jubilatorio” administrados por quienes se presentan con la máscara de supuestos empresarios estatales. Y no se trata de introducir más regulaciones estatales e intentar hacer bien lo que está mal con retoques al fraude, sino de abrir paso a la completa libertad en el sector privado para que cada uno pueda usar y disponer del fruto de su trabajo.

En todo caso, el punto central de esta nota consiste en destacar esos raros y un tanto misteriosos vericuetos internos que apuntan al alivio de tensiones entre posiciones opuestas a través del autoengaño o la “disonancia cognitiva” que como hemos apuntado al abrir esta nota periodística se refiere de modo destacado y reiterativo a los pseudoempresarios de nuestro tiempo que constituyen un peligro manifiesto y presente para la preservación de los derechos de las personas.

Afortunadamente en estas épocas no estoy solo en las referidas preocupaciones respecto a los asaltantes de guante blanco (con o sin “disonancia cognitiva”), son muchos los que alzan su voz. En este sentido para ilustrar el asunto cierro con una referencia anecdótica que refuerza lo dicho en relación a personas de gravitación con quienes he intercambiado ideas en diversas oportunidades sobre la seria amenaza de los empresarios prebendarios y con quienes he mantenido un mano a mano en recintos universitarios, centros culturales, programas televisivos o por Zoom (todos se encuentran en Youtube) que me han resultado altamente enriquecedores, y ellas son: Loris Zanatta, Antonio Escohotado, Santiago Kovadloff, Javier Milei, Gloria Álvarez, Carlos Alberto Montaner, Ricardo Lopez Murphy, Juan José Sebreli, Agustín Laje, Marcos Aguinis, Álvaro Vargas Llosa, Axel Kaiser, Cayetana Álvarez de Toledo, Luis Pazos, Carlos Rodríguez Braun, Álvaro de Lamadrid y Jorge Fernández Díaz.

Por Alberto BENEGAS LYNCH (h).

PUBLICADO EN INFOBAE.

https://www.infobae.com/opinion/2021/07/10/empresarios-incoherentes-la-disonancia-cognitiva/