GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...

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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

martes, noviembre 25, 2025

EL INSPECTOR - El Gran Robo del Louvre en París.


La Mancha envía una amenaza de que va a robar el museo del Louvre por lo que el inspector deberá cuidar las obras de arte.

domingo, noviembre 23, 2025

Preguntas de un gimnasio. HUMOR.

 


Vieja publicidad de TOYOTA ARGENTINA.

 


FAMILIA FERNÁNDEZ CARRO. Don Domingo, el emblemático boliche de chacra de 100 años, vuelve a ser un bodegón.

 


DOS AMIGOS RESCATARON UN EDIFICIO HISTÓRICO DEL VALLE Y LO CONVIRTIERON  EN UN BODEGÓN  FAMILIAR.

Don Domingo, el emblemático boliche de chacra de 100 años, vuelve a ser un bodegón.




Vecinos del Alto Valle expresaron su alegría por la puesta en valor de una antigua edificación de chacra en Guerrico, que hoy se convirtió en un espacio gastronómico de Río Negro.

Los antiguos almacenes de ramos generales en el Alto Valle, vendían todo lo que pudiesen necesitar los pobladores para la vida diaria. Desde pan y vino, hasta una garrafa o pomada para los zapatos, por poner algunos ejemplos.

En las zonas de rurales, dichos almacenes también servían como paradas de paso, donde tomar algo fresco durante el calor del verano o cerciorarse algún tentempié para seguir el camino. En este tipo de sitios, los trabajadores de las chacras solían comprar sus menesteres y, en muchos casos, con cuentas corrientes abiertas, cuyos saldos se abonaban al terminar la cosecha.

Bastante de este espíritu tenía Don Domingo, el antiguo boliche de chacra ubicado sobre la ruta 22 a la altura de Guerrico, en la entrada de Allen. La construcción, típica de la arquitectura vernácula patagónica rural, se caracteriza por los ladrillos a la vista, una cornisa corrida en la parte superior, aberturas altas y angostas con dinteles rectos, puertas y ventanas de hoja doble en madera con proporciones verticales y una planta en “chaflán” o esquina ochavada, entre otros elementos.

Este edificio, que tiene más de 100 años en el mismo sitio, es un emblema patrimonial de la zona y llama la atención por su fachada cargada de historia y recuerdos ¿Cuántas personas se habrán preguntado al pasar sobre su pasado? Y ¿cuántas de ellas anhelaron su restauración? Para todas ella, ese día llegó.

De almacén a bodegón.

Oscar Velázquez y Marcelo Aveldaño, son los emprendedores gastronómicos que, a partir de un sueño, vieron la oportunidad y no dudaron. Hicieron un arreglo con el dueño actual del edificio, lo restauraron y abrieron un bodegón que funciona los fines de semana.

“A nosotros nos llamó la atención la estructura, el edificio, no sabíamos de la historia del lugar, la conocimos acá”, cuentan Óscar, oriundo de Alberti, provincia de Buenos Aires. Su socio también es bonaerense, pero vive hace 20 años en el Valle.

La obra de recuperación de Don Domingo les llevo casi seis meses, había sido vandalizado y había mucho por hacer. Decidieron conservar los carteles de afuera y todo lo posible en el interior, aunque levantaron pisos e hicieron de vuelta los techos, abrieron arcadas y remplazaron vidrios.

Además, renovaron la cocina, el patio y pusieron baños nuevos y un quincho. Según contaron a este medio, lo que más se mantuvo es la fachada y el cielorraso de los salones con madera de pinotea.

Desde que abrieron a mediados de noviembre, la respuesta de la gente fue muy buena “tengo muchos mensajes sin contestar… no esperábamos esta locura”, admite Oscar sobre el apoyo que recibieron de toda la comunidad. “Recibimos un montón de mensajes de aliento, hasta de gente que vive en España”, dice emocionado.

La propuesta gastronómica de Don Domingo es para familias y amigos, con parrillada y comidas lo más caseras posible, como pastas, que recuerde “a las comidas de antes”, finalizan los emprendedores y aclaran que por ahora abren solo los fines de semana.

Un lugar con historia.

Los primeros dueños de Don Domingo fueron el matrimonio conformado por los inmigrantes españoles Domingo Fernández Alonso y María Manuela Carro Fernández. Esta familia, junto a sus hijos, se establecieron en la chacra sobre ruta 22, donde luego instalaron el almacén de ramos generales en la primera década del 1900.

En aquella época era muy común la producción vitivinícola del vino de mesa. Según el ingeniero Federico Witkowsky, “Don Domingo levantó la copa del néctar sagrado hacia 1915”... mientras que sus hijos continuaron el legado “para el año 1945 constituyen la firma Bodega y Viñedos “La ciudad de Astorga” de Fernández Carro S.C.C.” y comercializaban los vino bajo la marca Dominguito, que duró hasta fines de los 70.

El almacén anexo al camino de chacra sobre ruta 22, luego fue alquilado por los Herrera (“El Boliche de Herrera"), Los Boné, Don Onofre López (El Pobre Onofre) y Primo Bassi.

Recuerdos y actualidad.

El médico reumatólogo, el doctor Oscar Fernández Carro, nieto de Domingo nos cuenta que su padre fue el tercero de los nueve hermanos y que tanto la chacra de 50 hectáreas, como el edificio del almacén siguen perteneciendo a la familia.

“La chacra está en producción, fue pasando de manos dentro de la familia. Algunos de los nietos se dedican a la fruticultura, por ejemplo mi primo Jorge, en el predio donde hoy está el boliche. Otros se dedican a la producción de alfalfa y en mi caso me dedico a la producción de césped y hay un vivero en el otro extremo de las 50 hectáreas”, explica Oscar.

Con respecto al edificio de Don Domingo “el último que lo había alquilado fue Don Onofre (“El Pobre Onofre” así se llamaba el boliche). Luego quedó abandonado y había problemas con la ocupación y suciedad. Pero bueno, ahora encontramos a esta gente que con muy buena voluntad decidió hacer el bodegón don Domingo” cuenta con esperanzas sobre esta reciente recuperación de aquel icónico lugar.

“Mi abuelo llegó a la chacra en 1910 y el almacén ya estaba construido cuando el compró, igual que la bodega que está a unos 300 metros del boliche. Mi abuela estaba a cargo del boliche y mi abuelo se dedicó a la vitivinicultura”, recuerda.

Sus abuelos habían llegado de Astorga, España, en la época de promoción de tierras. Arribaron al Alto Valle en carreta de bueyes desde la zona de Cabo Alarcón, donde estuvieron primero en una estancia.

“Yo lo que más recuerdo del boliche es cuando estaba Herrera y Primo Bassi y Blanca que era su esposa. Primo era un compone huesos muy respetado y era muy amigo de mi padre. Hay muchas anécdotas como la (famosa) historia de Bairoletto que estaba buscado por la policía”, cuenta el Doctor Fernández Carro, orgulloso de sus raíces y de lo que hoy pudo construir junto a su familia.

La reapertura de Don Domingo no solo recupera un edificio centenario: devuelve a la comunidad un pedazo de su identidad. En un Alto Valle que cambia año tras año, estos gestos de memoria activa permiten hilvanar pasado y presente, y recordar que detrás de cada chacra, cada bodega y cada viejo almacén hay historias que todavía buscan ser contadas.

Publicado en Más Producción. Diario La Mañana de Neuquén.

22 de noviembre 2025.

https://masp.lmneuquen.com/fruticultura/don-domingo-el-emblematico-boliche-chacra-100-anos-vuelve-ser-un-bodegon-n1218607

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Marcelo, Oscar y un proyecto de recuperación edilicia histórica para el Alto Valle. Convirtieron un viejo almacén de chacra en bodegón familiar. Está ubicado en el kilómetro 1.192 de la Ruta 22 y ya lo podés visitar. Historias del lugar y cómo podés visitarlo.

(Por Diego Von Sprecher).

Su primer nombre fue Don Domingo y su construcción data de principios del siglo pasado. En la década del ’30 se lo conoció como “El boliche de Herrera” y, ya más acá en el tiempo, muchos lo recordarán como “El Pobre Onofre”. Esa construcción centenaria, ubicada en Guerrico y testigo privilegiado de más de un siglo de historia del Valle, estuvo a punto de caer bajo la piqueta. Hoy, contra todo pronóstico, reabre sus puertas convertido en un bodegón familiar.

Marcelo Avendaño y Oscar Velázquez, dos amigos que eligieron el Alto Valle para vivir, soñaron que el mítico edificio situado a la vera de la Ruta 22 todavía podía salvarse. Los propietarios ya pensaban en demolerlo: los actos de vandalismo eran constantes y cada tanto debían ahuyentar a quienes ingresaban sin permiso.

Aun así, Avendaño y Velázquez apostaron por lo imposible. Tras alquilar el lugar, se embarcaron en una obra compleja y minuciosa: recuperaron la fachada y la estructura original del edificio, incluidos sus ventanales largos y sus techos altos, elementos que conservan intacta la esencia del histórico comercio. Pero también sumaron otros espacios para darle funcionalidad y comodidad.

Una inauguración histórica en Guerrico, la zona rural de Allen.

Fueron meses de trabajo intenso que, desde este fin de semana, quedarán grabados en la memoria de la región. Porque no sólo comenzará a funcionar el bodegón “Don Domingo 1910”; también se habrá salvado uno de los pocos edificios patrimoniales que aún quedaban en pie en el Alto Valle.

El bodegón Don Domingo abrirá sus puertas este viernes 15 de noviembre, con una inauguración que promete ser un acontecimiento histórico para toda la zona. El salón tiene capacidad para 60 comensales y comenzará su actividad con parrilla libre.

Con el correr de las semanas, se sumarán pastas, comidas al horno y a la olla, platos tradicionales que buscan rescatar los sabores con los que se construyó la gastronomía regional.

Además, el predio incluye un patio rodeado de chacras donde se levantó un amplio quincho con asadores y parrilla, ideal para disfrutar encuentros al aire libre.

“Queremos trabajar con el público del Alto Valle. Este bodegón tiene un perfil de restorán de campo: para venir a comer tranquilos, disfrutar de la sobremesa  en familia o con amigos y reencontrarse con los sabores tradicionales. También esperamos al turismo, porque este lugar tiene muchísima circulación y queremos ofrecer una muy buena alternativa gastronómica para quienes pasan por la ruta”, explicó Marcelo.

Quienes deseen reservar una mesa ya pueden hacerlo al 298 413-4418, y también pueden seguir las novedades del lugar en Instagram: @bodegon.dondomingo.

El rescate de la identidad local y un pedido para los vecinos de Allen

El interior del bodegón comienza a tomar forma con una ambientación cálida y tradicional: se colocaron arañas como luminarias y se está trabajando en una decoración que respete la historia del edificio.

Los dueños lanzaron una propuesta especial para la comunidad de Allen y Guerrico: invitan a quienes tengan carteles, objetos antiguos, herramientas, fotografías o recuerdos vinculados a la vida rural del Alto Valle a dejarlos en guarda para decorar el lugar y reforzar su identidad histórica.

La idea es que el bodegón sea un espacio vivo, donde también la memoria de la zona esté presente en cada rincón. Quienes deseen colaborar pueden comunicarse directamente con los propietarios y dejar objetos en guarda para exhibirlos.

¿Por qué volvió a llamarse Don Domingo?

El nombre del bodegón no es casual. Es un homenaje a sus fundadores: Domingo Fernández Alonso y María Manuela Carro Fernández, quienes llegaron a Allen en 1910 y se destacaron por su trabajo en la producción. Levantaron uno de los primeros comercios de la zona y dieron origen a una historia que hoy, más de un siglo después, vuelve a cobrar vida.

Bairoletto y un episodio que quedó grabado en la memoria.

La historia del viejo almacén tiene capítulos que parecen sacados de una novela. Uno de ellos involucra a Juan Bautista Bairoletto, el legendario bandolero pampeano.

Jorge Fernández Carro, nieto de Domingo, ratificó la veracidad del hecho que algunos han relegado al mito. En una nota publicada en 2002, preservada en el archivo del diario Río Negro, relataba:

“No sabemos en qué año pasó, pero creemos que fue en 1932 o 1933, cuando se lo conocía como el boliche de Herrera. Bairoletto mandó a decir que por la noche iba a venir a buscar provisiones, y acá todos lo esperaron armados. Y fue nomás, pero ahí empezaron a los tiros y varios salieron heridos”.

Marcelino Fernández, otro descendiente, recordaba que su madre solía repetir que los vecinos querían hablar con el gobernador por los robos que hacía Bairoletto en la región.

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Bodega y Viñedos “La ciudad de Astorga” de Fernández Carro S.C.C.

Don Domingo Fernández Alonso (1870 – 1931), oriundo de Astorga, provincia de León, España, llega a la Argentina y se instala en Buenos Aires; de ésta ciudad, viaja como cocinero de un grupo de tropilleros hacia suelo patagónico, lo acompaña su hermano Nicanor y se instalan en la Estancia Cabo Alarcón (cerca de Picún Leufú, Provincia del Neuquén).

Tiempo después, desde España recala en este alejado paraje neuquino doña Manuela Carro, fusionando un inquebrantable destino con don Domingo.

Hacia el año 1910, año del nacimiento del pueblo de Allen, el matrimonio Fernández– Carro se establece en tierras allenses, y entonces, en sus ojos brilló una nueva esperanza.

Abroquelados en el trabajo y con la piel cubierta de sudor, se pusieron el sol a hombros y comprendieron que: la vida es la labranza y la muerte la consiguiente cosecha.

Don Domingo había crecido entre viñedos y bodegas, típico paisaje de las góticas tierras leonesas; en el génesis de sus recuerdos aparecía persistentemente esta postal, y así la viña se constituyó en su inseparable compañía en el suelo de Sayhueque. Luego, erigió unas piletas para la elaboración de un tipo de vino que tenía reminiscencias de los gruesos vinos de las órdenes monásticas esparcidas por la meseta ibérica.

Y, en la primavera de 1915, airoso don Domingo levantó la copa desbordante del néctar sagrado, expresión tangible de toda dignidad social, y pudo dar un anhelado descanso a la nostalgia del alma.

Los hijos siguen los designios de sus progenitores y para el año 1945 constituyen la firma Bodega y Viñedos “La ciudad de Astorga” de Fernández Carro S.C.C., sociedad integrada por los hermanos: Teodoro Carlos, Domingo Isidro, Catalina Francisca, Haydeé Cruz, Marcelino y Alfredo Fernández Carro. La bodega ya contaba para entonces con una capacidad de 534.000 litros. Vinos que eran comercializados en bordelesas con la marca DOMINGUITO.

Poseían 50 hectáreas de viñedos propios en Allen y 50 hectáreas en Fernández Oro, desarrollando una intensa actividad vitivinícola que les obligó a ir ampliando las instalaciones hasta alcanzar una capacidad de vasija total de 1.235.000 litros. La bodega quedó registrada en el Instituto Nacional de Vitivinicultura bajo el número N 70738.

Han elaborado vino de mesa tipo blanco, rosado, clarete y tinto, que fraccionaban en damajuanas de 5 y 10 litros y eran comercializados con la afamada marca DOMINGUITO. Asimismo, elaboraran vinos reserva Pinot y Semillón envasados en botellas de 950 cm3 que expendían con la tradicional etiqueta DOMINGUITO.

En el año 1979 alquilan la bodega a la firma S.A. Luis Filippini Ltda. y en 1982 le dan de baja ante el I. N. V.

*** Afiches de bordelesas de vino de la Patagonia Norte de Federico Witkowski.

Una antigua botella del vino Dominguito. Gentileza Flia. Fernández Carro.
La Mañana de Neuquén.
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Pepe Zapata Olea.

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Fernández Carro, prolíficos descendientes de pioneros maragatos.

Por Beatriz Chávez.

09/08/2020 .

La historia de esta familia comienza a fines del siglo XIX en España, en la comunidad autónoma de Castilla y León, Astorga, donde vivían los Maragatos, llamados así por descender de moros y godos que vivieron en España y se unieron, aliaron y casaron. Aquellos habitantes vendían los productos de su comarca con sus “carromatos” tracción a sangre. Cuando llegó el ferrocarril debieron adaptarse al nuevo transporte. Este hecho histórico determinó que algunos maragatos decidieran emigrar a distintos lugares del mundo, principalmente Sudamérica. Argentina fue uno de los países elegidos por sus bondades de progreso: Carmen de Patagones fue un punto de concentración de estos inmigrantes, que actualmente se reconocen como maragatos.

Uno de ellos fue don Domingo Fernández Alonso, nacido el 8 de mayo de 1870 en el pueblo de Santa Coloma de Somoza, a 16 kilómetros de la ciudad de Astorga. Hijo de comerciantes, vio frustrado su futuro y decidió migrar hacia la tierra prometida. En 1893 se embarcó. Había iniciado un noviazgo con Manuela Carro Fernández, nacida el 16 de mayo 1886.

Domingo partió con la promesa de regresar en su búsqueda. Así fue que con su hermano Nicanor, Enrique Carro, primo de su prometida, y algunos amigos como Celestino Delanna, criado, llegaron a Carmen de Patagones.

Más adelante, los hermanos Nicanor y Domingo Fernández lograron adquirir cuantiosas tierras en el departamento de Picún Leufú: fundaron la estancia Cabo Alarcón, mismo nombre del fortín establecido en ese lugar; allí se dedicaron a la ganadería y cría de lanares y abastecían a la región de Neuquén. Su familia nos recuerda que don Domingo Fernández volvió a León a casarse con Manuela un 25 de julio de 1898. En España tuvieron a su primera hija, Catalina. Regresaron a Argentina, a su estancia: allí nacieron sus hijos Julio, Isolina, Domingo Isidro (Golo), Manuela (Ica) y Teodoro (Doro).

La gran cantidad de descendientes de esta familia se juntan anualmente en Allen para celebrar, recrear su historia y recordar viejos tiempos.

En 1910, los hermanos Nicanor y Domingo decidieron disolver la sociedad familiar dedicada a la ganadería. Nicanor se quedó con la propiedad de la Estancia Cabo Alarcón y Domingo, con el dinero que le correspondió de la venta de la estancia, se trasladó al Valle de Río Negro en un carro tirado por caballos. Demoraron casi 30 días en el recorrido.

Llegaron a Allen. Adquirió una chacra sobre la actual ruta 22 en la zona de Cte. Martín Guerrico: 50 hectáreas que dedicó a la producción vitivinícola. Fundó la bodega Ciudad de Astorga con sus vinos Dominguito. También abrió un almacén de ramos generales que se llamaba don Domingo. El almacén aún existe, se llamó El Pobre Onofre, nombre del inquilino, propiedad de los descendientes. Ese almacén, en 1920, había sido atacado por el famoso bandolero Bairoletto; mataron al almacenero y su hija. El arribo de los Fernández Carro a Allen fue en 1910, cinco años antes de que fuese fundado oficialmente el pueblo por Piñeiro Sorondo, que también se dedicaba a la vitivinicultura con su bodega Barón de Río Negro. En Allen nacieron sus otros hijos Alfredo, Haydee y Marcelino (Chicho). En 1917, doña Manuela debió ser trasladada a la ciudad de Bahía Blanca para tratar una cruel enfermedad, pero falleció a los 31 años. Sus hijos quedaron al cuidado de su esposo y su hija mayor Cata.

Esta familia está compuesta por fruticultores, enólogos, comerciantes, docentes, agrónomos, contadores, abogados y médicos. La relación con los descendientes de doña Manuela Carro y don Enrique Carro, exintendente de la ciudad de Neuquén, primo de ella, se mantiene viva. Abelli, Prezoli, Diez, Grieco, García, Aragón, Badariotti, Vázquez, Líseri y Kovalow son apellidos que se han agregado a la familia. La gran cantidad de descendientes de esta familia se juntan anualmente en Allen para celebrar, recrear su historia y recordar esos pretéritos tiempos en que llegaron sus abuelos y bisabuelos a contribuir al crecimiento de esta zona única, de la Norpatagonia, en la que dejaron su indeleble huella.

Beatriz Carolina Chávez.

Diario Río Negro -09/08/2020.

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Primeros pobladores: la familia Fernández Carro, pioneros de Allen.

Llegó desde España y fue uno de los impulsores del desarrollo de la región.

Por Lic. Vicky Chávez.

Primeros pobladores: la familia Fernández Carro, pioneros de Allen

En un recorrido por las vidas de las familias adelantadas en poblar la Norpatagonia, nos encontramos con muchas arribadas a fines del siglo XIX y la mayoría en el siglo XX. Todas ellas conformaron el entramado social, político y económico de la región.

Sus descendientes son los encargados de recrear la memoria a través de la magia de la historia oral que se nutre de sus relatos. Este recorrido no lo encontramos en archivos ni repositorios sino que se basa en los recuerdos.

Una de ellas es la de Domingo Fernández Alonso.

En las últimas décadas del siglo XIX en la Provincia de León, España, la prosperidad que se estaba viviendo, dio un rápido giro debido al progreso. Había llegado el ferrocarril y cambió la estructura económica de la región.

La rica comarca de los Maragatos, principalmente agrupados en la comunidad autónoma de Castilla y León, reúne varias sub comarcas, dentro de estas, la Ciudad de Astorga.

Los maragatos recibieron el nombre de los vocablos "mauri capti" (moros cautivos) o de “mauro gotho”, al entender que provenían de aquellos moros y godos que convivían en España, y que al aliarse, relacionarse y casarse, dieron origen a hijos que no eran ni moros ni godos, sino "maurogothos" (maragatos).

Esta región, compuesta por prósperos comerciantes, en carromatos con tracción a sangre, recorría el centro y oeste de España, vendiendo principalmente productos artesanales que producían en su comarca.

Los maragatos, aparte de ser arrieros, se dedicaban a la agricultura y al cuidado de las recuas de mulas, necesarias para su trabajo. También se dedicaban a la actividad textil.

Se habían consolidado como comerciantes, agricultores y manufactureros, desplazando sus mercaderías de un lugar a otro en carros tirados por caballos. Así habían surgido familias de prósperos trabajadores, que impulsados por el comercio, crearon “empresas” de producción y distribución dentro de la comarca. Distintos productos eran fabricados y llevados al consumidor en su lugar de residencia.

La ciudad de Astorga, capital de la Maragatería, junto con Somoza, producían y manufacturaban los productos del campo y la ganadería, lana, quesos, carne, dulces y cuanto producto se pudiera consumir en la ciudad.

El progreso apareció, llegó el ferrocarril, lo que significó un antes y un después para muchas familias, fundamentalmente comerciantes, que debieron adaptarse al nuevo trasporte, terminando con el tradicional comercio de productos transportados en carromatos.

Este hecho histórico, determinó que algunos Maragatos decidieran emigrar a distintos lugares del mundo, principalmente Sudamérica.

Argentina fue uno de los países elegidos por sus bondades de progreso, siendo Carmen de Patagones un punto de concentración de estos inmigrantes, que actualmente se auto reconocen como Maragatos.

El inicio de la historia.

Domingo Fernández Alonso, joven Maragato, nacido el 8 de mayo de 1870 en el pueblo de Santa Coloma de Somoza, a 16 kilómetros de la ciudad de Astorga, hijo de comerciantes, vio frustrado su futuro y decidió migrar hacia la tierra prometida buscando lo que él y su familia había perdido: el progreso.

En el año 1893 decidió embarcarse hacia Argentina, detrás de su futuro y que hoy relatamos es parte de nuestra historia. En ese entonces había establecido una relación sentimental con Manuela Carro Fernández, nacida el 16 de mayo 1886, joven que vivía en su misma ciudad. Ella pertenecía a una familia adinerada, con muy buen estatus social, que incluso tenía una hermana que estaba en una orden religiosa cristiana como monja.

La familia Fernández Carro.

El amor entre ellos fue muy fuerte, tanto que Domingo partió con la promesa de regresar en su búsqueda en cuanto la tierra prometida le permitiera cumplir el deseo obsesivo de consagrarse en América.

Así fue que con un hermano suyo Nicanor Fernández Alonso, un primo de su prometida Enrique Carro, y algunos amigos como Celestino Delanna, Criado, Crespo y otros más, luego de largo tiempo de navegación, llegaron a Carmen de Patagones, punto de reunión de Maragatos inmigrantes en el año 1893.

Lograron adquirir abundantes tierras en el departamento de Picun Leufu, fundando la estancia Cabo Alarcón, mismo nombre del fortín establecido en ese lugar, dedicándose a la ganadería y cría de lanares, abasteciendo a la región de Neuquén con tan preciado producto.

Tenían, como en su pueblo Santa Coloma de Somoza, una tropilla de caballos con la cual arrastraban los carros que traían la producción lanar para su venta en Neuquén.

La historia oral, trasmitida a través de cuatro o cinco generaciones, cuenta que Don Domingo Fernández viajó nuevamente a su origen, León, contrajo matrimonio con su prometida, el 25 de julio de 1898, Doña María Manuela Carro Fernández y tuvo en España a su primera hija Catalina Fernández Carro (Cata), que nació en el año 1889.

Regresó nuevamente a Argentina con su flamante esposa e hija a la estancia Cabo Alarcón, que compartía en propiedad con su hermano Nicanor, luego de 2 años de su partida.

Cuentan que junto a su esposa María Manuela traía en su viaje a las prometidas de algunos de los acompañantes en su aventura, para que desposaran en este país.

En la Estancia, ubicada a 140 Km de Neuquén hacia el sur, en ese entonces Territorio Nacional, nacieron sus hijos Julio, en 1901, Isolina, en 1903, Domingo (Golo), en 1905, Manuela (Ica) Fernández Carro, en 1907, y Teodoro (Doro), en 1909.

En 1910, los patriarcas Don Nicanor Fernández quien se había casado con su pareja de apellido Soteras, y Don Domingo Fernández Alonso, junto a su esposa, deciden disolver la sociedad familiar dedicada a la ganadería, quedando Nicanor con la propiedad de la Estancia Cabo Alarcón.

Actualmente gran parte de la estancia, su casona familiar y el cementerio donde yacen dos hijas mellizas que fallecieron tempranamente, fueron cubiertos por las aguas de la represa del Chocón en la década de 1970.

Domingo Fernández Alonso con el dinero de la venta de la estancia, se trasladó al Valle de Rio Negro demorando casi 30 días en el recorrido en un carro tirado por caballos, que aún se conserva, único medio de locomoción en ese momento.

Llegó a Allen, adquirió una chacra de 50 hectáreas sobre la actual Ruta 22 en la zona de Coronel Martín Guerrico, que dedicó a la producción vitivinícola, fundó la Bodega “Ciudad de Astorga” con sus vinos “Dominguito”.

Junto con la Bodega fundó un Almacén de Ramos Generales que se llamaba Don Domingo. Actualmente, el almacén sigue en el lugar, es propiedad de los herederos y se ha llamado hasta hace poco tiempo “El Pobre Onofre”, nombre que proviene de su último inquilino.

Fue en ese almacén en la década del ’20 donde ocurrió un hecho delictivo que fue protagonizado por un famoso bandolero conocido como Bairoleto. Cuentan que llegó junto a sus secuaces, asaltaron al almacenero de turno matándolo a él y a su hija.

La llegada a Allen, fue en el año 1910, cinco años antes que fuese fundado oficialmente el pueblo por Piñeiro Sorondo, que también se dedicaba a la vitivinicultura con su bodega “Barón de Rio Negro”. Allí nacieron sus otros hijos Alfredo en 1912, Haydee en 1914, Marcelino (Chicho) en 1915.

En 1917, Doña Manuela Carro Fernández, luego de una probable enfermedad infecciosa, debió ser trasladada de Bahía Blanca para su tratamiento, ya que en la zona no había complejidad para hacerlo.

En una carta de su puño y letra, dirigida a su esposo Domingo desde Bahía Blanca, le encarga cuide a sus hijos, y a Julio, su hijo varón mayor, que se haga cargo del almacén que juntos explotaban, y augurios que pronto volvería a estar en el seno de la familia.

Este deseo ferviente de Doña Manuela, nunca se cumplió, una complicación medica, como la infección generalizada pudo más que su deseo de vivir y a la temprana edad de 31 años falleció dejando su numerosa familia en soledad.

Asistida por su esposo Domingo, su hija Catalina se consagró a la crianza y cuidado de sus hermanos, tanto que jamás se casó, falleció en la misma Bodega a los 85 años de edad.

Una nueva etapa familiar.

Fallecida Doña Manuela Carro, la vida continuó su camino y la familia comenzó a ser liderada por Don Domingo y su hija Catalina, que en ese momento tenía 15 años y era la mayor de los hermanos.

Catalina se hizo cargo de la casona familiar, de sus hermanos y de su padre. Con mano fuerte fue la guía de todos ellos, ocupo el lugar que su madre María Manuela muy tempranamente había dejado vacío.

El trabajo y el tesón, llevó a tener un muy buen pasar económico de todos ellos, tanto que uno de los primeros vehículos automotores del pueblo de Allen, fue el de la familia Fernández Carro. 

Hoy la familia Fernández Carro se ha convertido en un enorme grupo de descendientes que nunca dejaron atrás su historia, fruticultores, enólogos, comerciantes, docentes, agrónomos, contadores, abogados, médicos y fundamentalmente gente orgullosa de su pasado y de sus raíces.

Nietos y bisnietos han armado el árbol genealógico a partir de Domingo y María Manuela intentando completar la historia de quienes han hecho posible esta gran familia, recopilando información y datos.

Las Chacras de Allen y Fernández Oro continúan en poder de sus descendientes, Algunos viven en la provincia de Neuquén ejerciendo sus profesiones y otros en la Ciudad de Buenos Aires.

La relación con los descendientes de Doña Manuela Carro y Don Enrique Carro, ex intendente de la ciudad de Neuquén, primo de ella y que la acompañó en su epopeya se mantiene viva, Abelli, Prezzoli, Diez, Grieco, Huerta, Peña, Escudero, García, Aragón, Badariotti, Vázquez, Líseri, Kovalow, son apellidos que se han agregado a la familia y todos han contribuido a formar la Gran Historia de nuestro querido Valle de Río Negro y Neuquén.

Más de 70 descendientes se juntan anualmente en Allen disfrutando de un gran encuentro familiar, afianzando lazos para las nuevas generaciones y que ellos sigan trasmitiendo historias, cultura y anécdotas de sus raíces, el gran fin, mantener presente a la familia y con el orgullo de ver crecer el Valle por obra de sus manos.

La Mañana de Cipolletti - 2 de octubre del 2020.  

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Hoy, Juan Patalano e Hijos supera las 200 hectáreas implantadas y los 10 millones de kilos de fruta producida por año.

Juan y José Luis Patalano, padre e hijo. Foto: Cecilia Maletti.

Empezaron de cero y hoy producen 10 millones de kilos de peras y manzanas en Río Negro.

La familia Patalano llegó a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial, tan devastada como su Italia natal. A fuerza de trabajo y principios firmes, crecieron sin perder el rumbo. El emprendimiento de Juan y sus hijos en el Alto Valle alcanza hoy su máximo esplendor productivo.

20/07/2025.


La fruticultura de la Patagonia guarda una historia inspiradora. Es la de Juan Patalano e Hijos, una empresa impulsada desde sus orígenes por dos principios inquebrantables: cumplir y adaptarse. Fue fundada por una familia que llegó a la Argentina desde Italia, escapando de los estragos de la Segunda Guerra Mundial, y que pasó de recorrer Avellaneda (Buenos Aires) vendiendo verduras en canastas a convertirse en protagonista de la actividad frutícola del Alto Valle.

Hoy, con rendimientos récord y más de 200 hectáreas implantadas, la empresa sigue sosteniéndose sobre esos valores fundacionales. Se adaptaron antes, cuando el tablero comercial cambió rotundamente con la llegada de las grandes cadenas de supermercados. Se adaptan ahora, creciendo controladamente, diversificando su cartera de clientes y reduciendo costos.

Cumplieron antes, cuando liquidaban honestamente las frutas y verduras que vendían en consignación, y cumplen ahora con la premisa de no convalidar precios que escapan de la ecuación económica y financiera de la empresa. Como dice José Luis Patalano, actual socio gerente: “En esta actividad hay que pensar como si fuéramos a ser eternos.”

Fruticultura en Río Negro: cumplir para crecer.

Juan Patalano llegó a la Argentina tras, quizás, los años más duros de su vida. Su padre, Luis, fue veterano de la Segunda Guerra Mundial y combatió en el norte de África bajo bandera italiana. La familia emigró sin nada y comenzó de cero en Avellaneda.

Luis trabajaba en el puerto y en el subte, mientras María (madre de Juan) cultivaba con verduras una pequeña parcela arrendada con la ayuda de sus hijos. El padre de la familia falleció de forma trágica, y ella quedó viuda con seis hijos, entre ellos una recién nacida. Se hizo cargo de todo, y hoy su nieto la recuerda con orgullo. “Era una bestia, una mujer impresionante”, dice José Luis sobre su abuela.

Todavía siendo niños, los hermanos mayores (entre ellos Juan, el futuro fundador de la empresa) salían con canastas a vender las verduras que cosechaban por el barrio, antes de ir a la escuela. Así se forjó el primer eslabón comercial de una historia familiar que crecería con esfuerzo, austeridad y palabra.

Primero vendían verduras, luego sumaron frutas que traían en carros a mano del Mercado de Abasto, mismo lugar donde luego tendrían su puesto para vender su producción. La familia fue ganando confianza en el barrio y prestigio en ese mercado. “Nos fuimos haciendo conocidos por cumplir”, explica José Luis. En un ambiente marcado por la informalidad, su padre repetía un principio: “El honor del consignatario es la comisión, hay que liquidar la fruta al precio real de venta.” Esa honestidad los distinguió y les permitió crecer.

Adaptarse: la clave de la resiliencia de Patalano.

Durante muchos años, los Patalano fueron más comerciantes que productores. Vendían en Buenos Aires, compraban en el interior, hasta que una acreencia impaga los llevó al Alto Valle del río Negro. Un empacador frutícola de Allen les debía mercadería. Para recuperar la deuda, Juan Patalano se instaló en el lugar: el negocio crecía y necesitaba esas peras y manzanas.

Con el tiempo, empezó a comprar fruta directamente. Luego alquilaron un empaque, más tarde lo propio, y finalmente adquirieron sus primeras chacras. Así se inició el camino productivo, en paralelo a una estructura comercial que seguía operando desde Buenos Aires. Todo construido sobre los cimientos de una familia que fue también una sociedad, integrada por Juan y sus dos hijos, José Luis y Juan Gabriel.

Antes de producir, los Patalano se dedicaron muchos años a la comercialización.

La transición no fue sencilla, pero sí estratégica. Las transformaciones en los canales de venta (con la irrupción de las grandes cadenas de supermercados) exigieron una nueva forma de pensar el negocio. “La fruticultura cambió más del 80 al 2000 que desde la Edad Media hasta el 80”, grafica José.

Había que adaptarse. Llegaron a importar frutas exóticas con el fin principal de colocar sus propias peras y manzanas en las más codiciadas góndolas, en tiempos en que las tradicionales producciones del Alto Valle no tenían una salida fácil.

Fue justamente la necesidad de adaptarse a las requerimientos reales de sus diversos clientes (desde hipermercados hasta hospitales y cruceros) lo que los había motivado a incursionar en la producción de peras y manzanas en el Alto Valle. “La fruticultura no es una fábrica de tuercas en las que todos los productos son iguales, y cada canal requería un tipo de fruta distinto”, agregó el gerente de la firma. La consigna era simple pero exigente: entregar la fruta justa, en el momento justo.

Esa misma concepción “darwiniana” sigue rigiendo el negocio. “No sobrevive el más grande, sino el que mejor se adapta a los medios y a los cambios”, afirma José Luis. La adaptabilidad fue y es, sin dudas, una de las claves del éxito de los Patalano.

Temporada récord en el Alto Valle y “la eternidad”.


Hoy, Juan Patalano e Hijos supera las 200 hectáreas implantadas y los 10 millones de kilos de fruta producida por año. El 2025 fue una campaña excepcional: en peras, rindes promedio de 55 toneladas por hectárea y un pico de 90 en un cuadro; en manzanas, 50 toneladas por hectárea. Las variedades Williams y Packhams (en peras) y Chañar y Chieff (en manzanas) se destacaron.

José atribuye ese brillante presente productivo a tres factores: condiciones climáticas favorables durante la temporada, entrada en plenitud de plantaciones jóvenes y a un apropiado sistema de conducción de los montes frutales. Pero en un contexto global competitivo, los desafíos de la empresa no pasan por incrementar producción abruptamente, sino en producir mejor.

Dato 90 toneladas por hectárea.

Rendimiento alcanzado por la firma en un cuadro de peras Packhams.

“Hoy el problema no es el dólar, sino el costo argentino”, advierte José. Para él, la clave es bajar costos sin sacrificar calidad, negociar con municipios y sindicatos en busca de reglas más razonables y mayor competitividad frente las frutas chilenas o sudafricanas.

Además, considera fundamental evitar la dependencia de pocos compradores: ningún cliente debe representar más del 10% de su facturación. Al fin y al cabo, la adaptabilidad sigue siendo un principio rector de la firma.

A futuro, el objetivo es mantenerse eficientes, no crecer a cualquier precio. “No queremos ser General Motors, queremos ser Ferrari”, resume. Y deja una frase que condensa el alma de la empresa: “La fruticultura te obliga a pensar como si fueras a ser eterno. Si no lo hacés por pasión, es mejor dedicarse a otra cosa.”

El Alto Valle y la fruticultura, según José Luis Patalano.

Con más de tres décadas en el sector, el gerente de Juan Patalano e Hijos tiene una visión crítica pero optimista sobre el presente y el futuro del Alto Valle. Cree que el mito de los monopolios no se ajusta a la realidad y ve con buenos ojos la atomización del sector. Dice que, a diferencia de lo que se planteaba en los 90, empresas como Expofrut aportaban valor a través de formación y profesionalización de trabajadores. Hoy, según su mirada, ese capital humano se perdió.

En ese sentido, considera que uno de los mayores problemas es la falta de personal calificado. Cree que muchos chacareros desalentaron a sus hijos a continuar en la actividad, sumado a la competencia del sector hidrocarburífero, que ofrece mejores salarios. También le preocupa la presión sobre las zonas productivas por el avance urbano. “Estamos tapando un vergel con caliza. Es suicida”, afirma. Cree que la reconversión hacia actividades forrajeras puede ser positiva, pero defiende con firmeza el valor estratégico de la fruta en el mundo.

Finalmente, llama a repensar la relación con el consumidor. Denuncia que muchos supermercados, al privilegiar la conservación sobre el sabor, terminan destruyendo el valor del producto: “Una fruta mal exhibida es una fruta que pierde su lugar frente a un yogur o un helado.” La esperanza, para él, está en la revalorización de las verdulerías profesionales y en una mayor conciencia del rol que la fruta puede y debe jugar en una alimentación saludable.

Publicado en Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/rural/empezaron-de-cero-y-hoy-producen-10-millones-de-kilos-de-peras-y-manzanas-en-rio-negro/


Las reformas que necesita la fruticultura vienen en los tanques del general Alais,

Lo que separa al apogeo del sector del Alto Valle de su desafiante presente es una serie de cambios jurídicos perjudiciales: hoy las condiciones para producir son muy distintas de las de décadas atrás. Ideeas para lograr que el marco normativo sea nuevamente atractivo para invertir.

POR CDOR. JOSÉ LUIS PATALANO*

22/11/2025 

Para los que son millennials: el general Alais fue quien, en principio, venía desde Curuzú Cuatiá al mando de las tropas leales al presidente Alfonsín para aplacar el intento de golpe de Estado que se había gestado en Campo de Mayo por los “militares “cara pintada”. Dicho regimiento de tanques avanzaba 30 km de día y retrocedía 50 de noche; es decir, nunca llegaron.

Con las reformas laborales, impositivas, etc., que tanto necesita el país (y en especial la fruticultura) estaría pasando lo mismo.

El “costo argentino”, un punto de inflexión en la fruticultura

Hace muchos años, las inversiones en el sector frutícola, más allá de las empacadoras grandes, medianas o chicas, estaban realizadas por pequeños chacareros de 10, 15 o 20 hectáreas. Los mismos eran colonos que habían llegado a principios del siglo XX y formaron una clase media pujante que enviaba a estudiar a sus hijos para que fueran profesionales. Daban trabajo a una cantidad importante de trabajadores. Lo mismo pasaba con profesionales de otras actividades que se venían a instalar al Valle: invertían sus rentas en comprar tierras y ponerse a producir.

Todo esto fue un círculo virtuoso que daba trabajo y consumo a los pueblos… Hasta que las condiciones y leyes laborales se volvieron tóxicas. La corporación jurídica y la política se pusieron de acuerdo para destruir este fructífero ecosistema: la industria del juicio hizo que esos pequeños inversores abandonaran la actividad. La justicia laboral en la Argentina está colonizada por dicha corporación y ha hecho que los emprendedores corran el riesgo de perderlo todo en un juicio laboral, por no haber leyes claras y ecuanimidad en las sentencias.


José Luis Patalano, productor frutícola de Río Negro. 

Foto: archivo Cecilia Maletti.

Los certificados médicos truchos, marañas y costos para despedir a un empleado que no cumple sus funciones, el aumento de la conflictividad y el tiempo perdido para atender la judicialización generan un desincentivo para tomar personal. También resta motivación al trabajador bueno que cumple adecuadamente sus funciones. Este sistema hace que un trabajador, cuando acumula años de antigüedad, se vuelva conflictivo para cobrar la indemnización, generando no solo el perjuicio económico, sino la pérdida de una persona calificada y con experiencia, que se formó en el establecimiento.

La fruticultura del Alto Valle y la estacionalidad.

La fruticultura tiene en su calendario puntos críticos de necesidad de personal: cosecha, poda, raleo, etc. Un sistema de contratación eventual podría agilizar la incorporación de gente. A modo de ejemplo, una persona podría tener una cuenta donde cobra su sueldo y otra administrada por Anses, donde el empleador deposita todas las cargas (jubilación, obra social, ART, etc.) y un porcentaje de seguro de desempleo.

El trabajador, en forma independiente, determina qué jubilación quiere, qué obra social, qué ART asignar. Cuando el empleador no necesita más del empleado, este cobra todo el monto acumulado por ese seguro aportado. Si tiene un inconveniente con la ART, será entre él y la ART, sacando al empleador del medio. Esto permitiría generar miles de puestos de trabajo, no solo en la fruticultura: una heladería que necesita más personal en verano, o muchas actividades estacionales. El sistema sería similar al de EE.UU., donde un trabajador despedido consigue otro trabajo rápidamente, porque no hay el nivel de judicialización que existe en Argentina.

El costo salarial, el principal problema de la fruticultura

Si un trabajador cobra $1.000.000 de sueldo, se le descuentan aproximadamente 20,5% de aportes: cobra $795.000 de bolsillo.

La empresa, además del sueldo, paga alrededor de $570.000 de contribuciones. El trabajador destina su ingreso al consumo, pagando 21% de IVA, por lo que su poder de compra es de $628.050.

«Quien da trabajo paga $1.570.000 y el trabajador tiene un poder de compra de $628.050. No hacen falta más palabras.»

José Luis Patalano.

Quien da trabajo paga $1.570.000 y el trabajador tiene un poder de compra de $628.050. No hacen falta más palabras.

Exámenes preocupacionales y empresas contratistas.

Sería apropiado establecer una libreta sanitaria, confeccionada por hospitales o clínicas privadas, que habilite al trabajador para el puesto ofrecido, con costos a cargo de la persona o la empresa. Todo más ágil.

Por otro lado, es necesario modernizar el rol de contratistas como en Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, NOA y NEA, donde empresas de servicio siembran, cuidan y cosechan cereales. Esto permite inversores de otras actividades y genera nuevos actores.

Brasil como ejemplo a seguir.

Argentina necesita un proceso similar al de Brasil en los años 70 y 80, con reformas impulsadas por Fernando Henrique Cardoso junto a una burguesía industrial que pensó un país desarrollado a 20 o 30 años.

Los resultados fueron milagrosos: Brasil pasó de importar carne a ser primer exportador del mundo; también pasó de no producir manzana a ser un gran exportador. Todo esto se gestó en la Fundación Getulio Vargas, una institución para formar personal calificado para la administración pública y privada.

La educación, clave en todos los ámbitos.

Argentina necesita una reforma educativa urgente, seria. No puede ser que un portero (con todo respeto) marque la agenda a un director de escuela o decano.

La clase media se retiró de la política por temor durante los regímenes militares, y ese espacio fue ocupado por punteros sin proyecto de país. Basta comparar la composición de las cámaras legislativas actuales con las del siglo pasado. Ni hablar de los concejos deliberantes e intendentes.

Costos ocultos que restan competitividad

Los municipios aplican una doble imposición, gravando la tasa de seguridad e higiene como si fueran ingresos brutos, lo cual es inconstitucional.

Solo pueden cobrar por una contraprestación real: levantar residuos, controlar seguridad, etc. El porcentaje de facturación no mide el servicio prestado.

Costos logísticos: un despropósito argentino.

El costo de SMR, Senasa y Aduana por camión cargado a Brasil (incluyendo fruta perdida por corte) es igual al flete total de un productor europeo o portugués para enviar un contenedor al puerto de Santos.

Un flete por camión del Valle a San Pablo cuesta tres a cuatro veces más que el de un productor europeo a Brasil. Por su parte, un productor chileno paga la mitad por un tractor de iguales características y la misma marca.

Consideraciones finales.

Estos son solo algunos ítems que necesitan análisis profundo y reformas que mejoren la competitividad del sector. El productor y empacador argentino es realmente eficiente, pero el resultado de esa eficiencia se pierde en manos del gran “costo argentino”. Como diría el recordado Guillermo Nimo: “Por lo menos, así lo veo yo”.

(*) joseluispatalano@juanpatalano.com.ar

Publicado en RURAL del Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/rural/las-reformas-que-necesita-la-fruticultura-vienen-en-los-tanques-del-general-ala

TRES ASES. 50 mil toneladas de frutas al año: el gigante de la Patagonia que nunca dejó de estar a la vanguardia.

 



FAMILIA GRISANTI.

50 mil toneladas de frutas al año: el gigante de la Patagonia que nunca dejó de estar a la vanguardia.

Ayer, con la conservación en atmósfera controlada y hasta un barco de exportación propio, y hoy con las cámaras de maduración presurizada, Tres Ases ha hecho de la innovación la base de su éxito y resiliencia. Los hitos y los desafíos a lo largo de su historia en la fruticultura del Alto Valle.

En el Alto Valle del río Negro hay una firma cuya historia es un ejemplo de resiliencia apoyada en el progreso técnico: hablamos de Tres Ases, una de las empresas frutícolas más importantes de Argentina. Nació como un emprendimiento familiar comercial impulsado por inmigrantes italianos, creció de la mano de la innovación (primero con las cámaras de atmósfera controlada, hoy con la presurización), atravesó una fuerte crisis originada en los años de la hiperinflación argentina y, aun así, logró transformarse para volver a ser protagonista central del sector.

Con sede central en Cipolletti (Río Negro), hoy la compañía está en plena transición: mantiene el ADN familiar que la caracterizó desde siempre, pero avanza decididamente hacia la profesionalización de su gestión. En ese proceso, la mirada moderna de su presidente, Gabriel Grisanti, y la incorporación de perfiles como Alejandro Sartor (adjunto al Directorio) explican por qué Tres Ases vuelve a ser una referencia absoluta en la región y el país. Esta es la historia de cómo una firma pionera supo reinventarse sin perder su esencia.

Fruticultura en Río Negro: la empresa siempre innovadora.

Antes de ser una empresa, Tres Ases fue una idea. Su raíz se remonta a 1914, cuando Enrique Grisanti (abuelo de Gabriel), nacido en Italia, instaló un puesto de frutas y verduras en el mercado de Bahía Blanca. Ese fue el puntapié inicial. Con el fin de ampliar y fortalecer su red comercial, en 1941 la familia desembarcó en el Alto Valle, alternando su actividad con la campaña del cítrico en Entre Ríos. La empresa formal nacería en 1960, pero para entonces ya había experiencia productiva: en 1957 se habían adquirido las primeras chacras en Villa Elvira, Cipolletti. Las mismas siguen siendo un importante bloque productivo de Tres Ases, y fueron visitadas por Río Negro

Foto de la planta de empaque de Tres Ases en 1977.
Foto: gentileza.

La segunda generación, conformada por Enrique y Segundo Grisanti (padre y tío de Gabriel), apostó por la innovación sin titubeos. Alrededor de 1970, “viajaron a Italia, consiguieron la representación de una empresa, y así Tres Ases construyó las primeras cámaras de atmósfera controlada de la región”, relata Gabriel. Ese salto tecnológico enorme les permitió extender la vida de poscosecha y vender fruta hasta la siguiente temporada. Fue la chispa de un cambio estructural en el sector.

En aquellos años, Tres Ases también construyó un frigorífico en el puerto de Ingeniero White y, en 1969, se convirtió en la única firma frutícola del Alto Valle con buque exportador propio. Fue bautizado como “Cipolletti” y construido en el astillero Río Santiago para abastecer los puertos del

Tres Ases tuvo barco de exportación propio: el histórico buque Cipolletti. Foto: gentileza.

“Acompañando al barco y a la atmósfera controlada, se consolida una marca comercial muy fuerte, muy vinculada a una jugada ganadora o a una jugada de éxito que tiene traducción en todos los idiomas y culturas”, describe Gabriel Grisanti con respecto a la elección de Tres Ases como denominación, y revelando el ambicioso objetivo de llegar a todo el mundo con las peras y manzanas norpatagónicas.

El relacionamiento con productores fue otra piedra angular del modelo Tres Ases. La empresa supo articular redes de provisión con familias históricas de la región, convirtiéndose en un actor integrador. Esa visión (una marca comercial fuerte, un proyecto de alcance global y un espíritu innovador permanente) moldearía su identidad durante las siguientes décadas.

1989: el origen de un problema… y de su solución.

La hiperinflación de fines de los años ochenta encontró a Tres Ases en plena reconversión productiva: plantaciones tradicionales estaban siendo reemplazadas por sistemas intensivos en espaldera, un cambio tecnológico indispensable pero costoso. “El financiamiento más largo disponible en ese momento en la Argentina era a seis meses, y el 97% del pasivo cuando ingresé a la empresa vencía en menos de 180 días, que además había que renovar”, recuerda Gabriel, que se incorporó a la dirección en 1991. La ecuación era insostenible.

La empresa tuvo que achicarse, desprenderse de activos y centralizar su administración en Cipolletti. El proceso concluyó en 1999 con un concurso de acreedores que ordenó el pasivo y permitió respirar. Fueron años extremadamente duros, pero también decisivos. La inversión que había generado la crisis (la reconversión de las chacras) fue la llave del futuro. La modernización productiva estaba hecha; solo faltaba un contexto favorable.

Gabriel Grisanti, presidente de Tres Ases. Foto: Juan Thomes.

Ese “viento de cola” llegó en 2002 con la devaluación. Para entonces, Tres Ases era un “velero liviano”, en palabras de Grisanti: una estructura eficiente, con costos ajustados y plantaciones tecnológicamente renovadas. Cuando soplaron los vientos adecuados, la empresa estaba lista. Y despegó con fuerza.

Despegue, innovación y un nuevo modelo comercial desde el Alto Valle.

Tras la resolución del concurso comenzó una etapa de crecimiento continuo. Con los tres hermanos Grisanti que conforman la tercera generación (Gabriel, Enrique y Gustavo) ya firmes en Peras de Tres Ases, en el Alto Valle.

Peras de Tres Ases, en el Alto Valle. Foto: gentileza.

Uno de los hitos fue la incorporación de la clasificación óptica, que reemplazó personal de clasificación manual y permitió ampliar estándares de calidad y eficiencia. Al mismo tiempo, Tres Ases reformuló su modelo comercial. Ya no se trataba solo de vender productos: la empresa decidió vender soluciones. Incorporó importaciones estratégicas y amplió su abanico de frutas hasta superar las veinte referencias, entre producción propia, compras a productores regionales e importaciones. El objetivo: garantizar abastecimiento continuo y calidad uniforme para clientes de Argentina.

Ese enfoque convirtió a Tres Ases en un proveedor integral: peras, manzanas, carozos, membrillos, bananas, paltas, cítricos contraestación, nueces y más. La clave estaba en la logística, el know-how, la maduración controlada y la consistencia. “Para cada cliente se construía una relación de confianza a largo plazo, que normalmente demanda entre tres y cinco años hasta consolidarse. Y una vez consolidada, el factor determinante deja de ser el precio: lo que importa es la confiabilidad”, explicó Alejandro Sartor.

El emblemático establecimiento de Tres Ases en el casco urbano de Cipolletti. Foto: Juan Thomes.

Con ese objetivo, Tres Ases se asoció con el mayor importador de banana de Argentina y está próxima a iniciar la maduración de frutas en cámaras presurizadas de última tecnología en la ciudad de Cipolletti. “Será la primera planta de maduración presurizada de la Patagonia, y nos permitirá abastecer bananas, paltas, peras y otras frutas listas para ser consumidas en la región y en el norte de Patagonia”, explicó Sartor.

La eficiencia productiva siguió siendo una prioridad. Todo cuadro que rinde menos de 37.000 kilos por hectárea se reemplaza con plantas nuevas. El rendimiento promedio actual ronda las 42 toneladas entre peras y manzanas. Otra máxima de Tres Ases es que toda nueva hectárea debe implantarse con tecnología e infraestructura de punta. El crecimiento siempre estuvo atado a la calidad.

El presente de Tres Ases, un gigante de la Patagonia.

Hoy Tres Ases es una de las firmas frutícolas más importantes del país. Opera 1.100 hectáreas (70% propias, 30% arrendadas), distribuidas desde San Patricio del Chañar (Neuquén) hasta Cervantes (Río Negro). Produce peras, manzanas, carozos y membrillos, con una estructura que combina tradición y modernidad. Más de 2.300 personas trabajan en temporada alta, con 180 permanentes. El 60% de la producción propia se exporta, mientras que la mitad de las 50.000 toneladas anuales comercializadas se destina a mercado interno.

Pero el cambio más profundo está en la organización. Tres Ases avanza hacia un esquema de gestión profesionalizada, donde perfiles técnicos y comerciales especializados toman protagonismo. En ese camino, Alejandro Sartor encarna la nueva etapa: una mirada estratégica, foco en la logística, la diversificación y el desarrollo comercial de largo plazo.

Alejandro Sartor, adjunto al Directorio de Tres Ases. Foto: Juan Thomes.

Esa profesionalización no borra la esencia familiar: la complementa. Gabriel Grisanti refleja esa síntesis a la perfección. Heredó de su padre valores como la integridad, el esfuerzo y la visión integral del negocio; a eso le sumó una perspectiva moderna, tecnológica y orientada al servicio. Tres Ases también es eso: una empresa que empezó siendo familiar, que hoy se profesionaliza, y que en ambos modelos encuentra la misma identidad. Una firma que fue pionera hace sesenta años con la atmósfera controlada y que hoy, con cámaras presurizadas y un enfoque comercial global, vuelve a estar en la vanguardia.

Tres Ases no solo sobrevivió a un ciclo adverso: lo convirtió en plataforma. Y hoy vuelve a liderar un sector que necesita exactamente eso: innovación, calidad, eficiencia y una visión de largo plazo. Como su historia lo demuestra, esa siempre fue su jugada ganadora (como los tres ases en el póker).

Publicado en RURAL del Diario Río Negro.

Domingo 23 de noviembre del 2025.

https://www.rionegro.com.ar/rural/50-mil-toneladas-de-frutas-al-ano-el-gigante-de-la-patagonia-que-nunca-dejo-de-estar-a-la-vanguardia/

Enlace de interés.

Los Grisanti: tres generaciones de fruticultores.

HISTORIA DE VIDA 
Diario Río Negro, suplemento Rural,sábado 07 de Abril de 2007.
Publicado en GPA 2011.

https://guillermopirriargentino.blogspot.com/2011/07/los-grisanti-tres-generaciones-de.html