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| Juan y José Luis Patalano, padre e hijo. Foto: Cecilia Maletti. |
Empezaron de cero y hoy producen 10 millones de kilos de
peras y manzanas en Río Negro.
La familia Patalano llegó a la Argentina tras la Segunda
Guerra Mundial, tan devastada como su Italia natal. A fuerza de trabajo y
principios firmes, crecieron sin perder el rumbo. El emprendimiento de Juan y
sus hijos en el Alto Valle alcanza hoy su máximo esplendor productivo.
20/07/2025.
La fruticultura de la Patagonia guarda una historia inspiradora. Es la de Juan Patalano e Hijos, una empresa impulsada desde sus orígenes por dos principios inquebrantables: cumplir y adaptarse. Fue fundada por una familia que llegó a la Argentina desde Italia, escapando de los estragos de la Segunda Guerra Mundial, y que pasó de recorrer Avellaneda (Buenos Aires) vendiendo verduras en canastas a convertirse en protagonista de la actividad frutícola del Alto Valle.
Hoy, con rendimientos récord y más de 200 hectáreas
implantadas, la empresa sigue sosteniéndose sobre esos valores fundacionales.
Se adaptaron antes, cuando el tablero comercial cambió rotundamente con la
llegada de las grandes cadenas de supermercados. Se adaptan ahora, creciendo
controladamente, diversificando su cartera de clientes y reduciendo costos.
Cumplieron antes, cuando liquidaban honestamente las frutas
y verduras que vendían en consignación, y cumplen ahora con la premisa de no
convalidar precios que escapan de la ecuación económica y financiera de la
empresa. Como dice José Luis Patalano, actual socio gerente: “En esta actividad
hay que pensar como si fuéramos a ser eternos.”
Fruticultura en Río Negro: cumplir para crecer.
Juan Patalano llegó a la Argentina tras, quizás, los años
más duros de su vida. Su padre, Luis, fue veterano de la Segunda Guerra Mundial
y combatió en el norte de África bajo bandera italiana. La familia emigró sin
nada y comenzó de cero en Avellaneda.
Luis trabajaba en el puerto y en el subte, mientras María
(madre de Juan) cultivaba con verduras una pequeña parcela arrendada con la
ayuda de sus hijos. El padre de la familia falleció de forma trágica, y ella
quedó viuda con seis hijos, entre ellos una recién nacida. Se hizo cargo de
todo, y hoy su nieto la recuerda con orgullo. “Era una bestia, una mujer
impresionante”, dice José Luis sobre su abuela.
Todavía siendo niños, los hermanos mayores (entre ellos
Juan, el futuro fundador de la empresa) salían con canastas a vender las
verduras que cosechaban por el barrio, antes de ir a la escuela. Así se forjó
el primer eslabón comercial de una historia familiar que crecería con esfuerzo,
austeridad y palabra.
Primero vendían verduras, luego sumaron frutas que traían en
carros a mano del Mercado de Abasto, mismo lugar donde luego tendrían su puesto
para vender su producción. La familia fue ganando confianza en el barrio y
prestigio en ese mercado. “Nos fuimos haciendo conocidos por cumplir”, explica
José Luis. En un ambiente marcado por la informalidad, su padre repetía un
principio: “El honor del consignatario es la comisión, hay que liquidar la
fruta al precio real de venta.” Esa honestidad los distinguió y les permitió
crecer.
Adaptarse: la clave de la resiliencia de Patalano.
Durante muchos años, los Patalano fueron más comerciantes
que productores. Vendían en Buenos Aires, compraban en el interior, hasta que
una acreencia impaga los llevó al Alto Valle del río Negro. Un empacador
frutícola de Allen les debía mercadería. Para recuperar la deuda, Juan Patalano
se instaló en el lugar: el negocio crecía y necesitaba esas peras y manzanas.
Con el tiempo, empezó a comprar fruta directamente. Luego
alquilaron un empaque, más tarde lo propio, y finalmente adquirieron sus
primeras chacras. Así se inició el camino productivo, en paralelo a una
estructura comercial que seguía operando desde Buenos Aires. Todo construido
sobre los cimientos de una familia que fue también una sociedad, integrada por
Juan y sus dos hijos, José Luis y Juan Gabriel.
Antes de producir,
los Patalano se dedicaron muchos años a la comercialización.
La transición no fue sencilla, pero sí estratégica. Las
transformaciones en los canales de venta (con la irrupción de las grandes
cadenas de supermercados) exigieron una nueva forma de pensar el negocio. “La
fruticultura cambió más del 80 al 2000 que desde la Edad Media hasta el 80”, grafica
José.
Había que adaptarse. Llegaron a importar frutas exóticas con
el fin principal de colocar sus propias peras y manzanas en las más codiciadas
góndolas, en tiempos en que las tradicionales producciones del Alto Valle no
tenían una salida fácil.
Fue justamente la necesidad de adaptarse a las
requerimientos reales de sus diversos clientes (desde hipermercados hasta
hospitales y cruceros) lo que los había motivado a incursionar en la producción
de peras y manzanas en el Alto Valle. “La fruticultura no es una fábrica de
tuercas en las que todos los productos son iguales, y cada canal requería un
tipo de fruta distinto”, agregó el gerente de la firma. La consigna era simple
pero exigente: entregar la fruta justa, en el momento justo.
Esa misma concepción “darwiniana” sigue rigiendo el negocio.
“No sobrevive el más grande, sino el que mejor se adapta a los medios y a los
cambios”, afirma José Luis. La adaptabilidad fue y es, sin dudas, una de las
claves del éxito de los Patalano.
Temporada récord en el Alto Valle y “la eternidad”.
Hoy, Juan Patalano e Hijos supera las 200 hectáreas implantadas y los 10 millones de kilos de fruta producida por año. El 2025 fue una campaña excepcional: en peras, rindes promedio de 55 toneladas por hectárea y un pico de 90 en un cuadro; en manzanas, 50 toneladas por hectárea. Las variedades Williams y Packhams (en peras) y Chañar y Chieff (en manzanas) se destacaron.
José atribuye ese brillante presente productivo a tres
factores: condiciones climáticas favorables durante la temporada, entrada en
plenitud de plantaciones jóvenes y a un apropiado sistema de conducción de los
montes frutales. Pero en un contexto global competitivo, los desafíos de la
empresa no pasan por incrementar producción abruptamente, sino en producir
mejor.
Dato 90 toneladas por hectárea.
Rendimiento alcanzado por la firma en un cuadro de peras
Packhams.
“Hoy el problema no es el dólar, sino el costo argentino”,
advierte José. Para él, la clave es bajar costos sin sacrificar calidad,
negociar con municipios y sindicatos en busca de reglas más razonables y mayor
competitividad frente las frutas chilenas o sudafricanas.
Además, considera fundamental evitar la dependencia de pocos
compradores: ningún cliente debe representar más del 10% de su facturación. Al
fin y al cabo, la adaptabilidad sigue siendo un principio rector de la firma.
A futuro, el objetivo es mantenerse eficientes, no crecer a
cualquier precio. “No queremos ser General Motors, queremos ser Ferrari”,
resume. Y deja una frase que condensa el alma de la empresa: “La fruticultura
te obliga a pensar como si fueras a ser eterno. Si no lo hacés por pasión, es mejor
dedicarse a otra cosa.”
El Alto Valle y la fruticultura, según José Luis Patalano.
Con más de tres décadas en el sector, el gerente de Juan
Patalano e Hijos tiene una visión crítica pero optimista sobre el presente y el
futuro del Alto Valle. Cree que el mito de los monopolios no se ajusta a la
realidad y ve con buenos ojos la atomización del sector. Dice que, a diferencia
de lo que se planteaba en los 90, empresas como Expofrut aportaban valor a
través de formación y profesionalización de trabajadores. Hoy, según su mirada,
ese capital humano se perdió.
En ese sentido, considera que uno de los mayores problemas
es la falta de personal calificado. Cree que muchos chacareros desalentaron a
sus hijos a continuar en la actividad, sumado a la competencia del sector
hidrocarburífero, que ofrece mejores salarios. También le preocupa la presión
sobre las zonas productivas por el avance urbano. “Estamos tapando un vergel
con caliza. Es suicida”, afirma. Cree que la reconversión hacia actividades
forrajeras puede ser positiva, pero defiende con firmeza el valor estratégico
de la fruta en el mundo.
Finalmente, llama a repensar la relación con el consumidor.
Denuncia que muchos supermercados, al privilegiar la conservación sobre el
sabor, terminan destruyendo el valor del producto: “Una fruta mal exhibida es
una fruta que pierde su lugar frente a un yogur o un helado.” La esperanza,
para él, está en la revalorización de las verdulerías profesionales y en una
mayor conciencia del rol que la fruta puede y debe jugar en una alimentación
saludable.
Publicado en Diario Río Negro.
Las reformas que necesita la fruticultura vienen en los tanques del general Alais,
Lo que separa al apogeo del sector del Alto Valle de su
desafiante presente es una serie de cambios jurídicos perjudiciales: hoy las
condiciones para producir son muy distintas de las de décadas atrás. Ideeas
para lograr que el marco normativo sea nuevamente atractivo para invertir.
POR CDOR. JOSÉ LUIS PATALANO*
22/11/2025
Para los que son millennials: el general Alais fue quien, en
principio, venía desde Curuzú Cuatiá al mando de las tropas leales al
presidente Alfonsín para aplacar el intento de golpe de Estado que se había
gestado en Campo de Mayo por los “militares “cara pintada”. Dicho regimiento de
tanques avanzaba 30 km de día y retrocedía 50 de noche; es decir, nunca
llegaron.
Con las reformas laborales, impositivas, etc., que tanto
necesita el país (y en especial la fruticultura) estaría pasando lo mismo.
El “costo argentino”, un punto de inflexión en la
fruticultura
Hace muchos años, las inversiones en el sector frutícola,
más allá de las empacadoras grandes, medianas o chicas, estaban realizadas por
pequeños chacareros de 10, 15 o 20 hectáreas. Los mismos eran colonos que
habían llegado a principios del siglo XX y formaron una clase media pujante que
enviaba a estudiar a sus hijos para que fueran profesionales. Daban trabajo a
una cantidad importante de trabajadores. Lo mismo pasaba con profesionales de
otras actividades que se venían a instalar al Valle: invertían sus rentas en
comprar tierras y ponerse a producir.
Todo esto fue un círculo virtuoso que daba trabajo y consumo
a los pueblos… Hasta que las condiciones y leyes laborales se volvieron
tóxicas. La corporación jurídica y la política se pusieron de acuerdo para
destruir este fructífero ecosistema: la industria del juicio hizo que esos
pequeños inversores abandonaran la actividad. La justicia laboral en la
Argentina está colonizada por dicha corporación y ha hecho que los
emprendedores corran el riesgo de perderlo todo en un juicio laboral, por no
haber leyes claras y ecuanimidad en las sentencias.
José Luis Patalano, productor frutícola de Río Negro.
Foto:
archivo Cecilia Maletti.
Los certificados médicos truchos, marañas y costos para despedir a un empleado que no cumple sus funciones, el aumento de la conflictividad y el tiempo perdido para atender la judicialización generan un desincentivo para tomar personal. También resta motivación al trabajador bueno que cumple adecuadamente sus funciones. Este sistema hace que un trabajador, cuando acumula años de antigüedad, se vuelva conflictivo para cobrar la indemnización, generando no solo el perjuicio económico, sino la pérdida de una persona calificada y con experiencia, que se formó en el establecimiento.
La fruticultura del Alto Valle y la estacionalidad.
La fruticultura tiene en su calendario puntos críticos de
necesidad de personal: cosecha, poda, raleo, etc. Un sistema de contratación
eventual podría agilizar la incorporación de gente. A modo de ejemplo, una
persona podría tener una cuenta donde cobra su sueldo y otra administrada por
Anses, donde el empleador deposita todas las cargas (jubilación, obra social,
ART, etc.) y un porcentaje de seguro de desempleo.
El trabajador, en forma independiente, determina qué
jubilación quiere, qué obra social, qué ART asignar. Cuando el empleador no
necesita más del empleado, este cobra todo el monto acumulado por ese seguro
aportado. Si tiene un inconveniente con la ART, será entre él y la ART, sacando
al empleador del medio. Esto permitiría generar miles de puestos de trabajo, no
solo en la fruticultura: una heladería que necesita más personal en verano, o
muchas actividades estacionales. El sistema sería similar al de EE.UU., donde
un trabajador despedido consigue otro trabajo rápidamente, porque no hay el
nivel de judicialización que existe en Argentina.
El costo salarial, el principal problema de la fruticultura
Si un trabajador cobra $1.000.000 de sueldo, se le descuentan
aproximadamente 20,5% de aportes: cobra $795.000 de bolsillo.
La empresa, además del sueldo, paga alrededor de $570.000 de
contribuciones. El trabajador destina su ingreso al consumo, pagando 21% de
IVA, por lo que su poder de compra es de $628.050.
«Quien da trabajo paga $1.570.000 y el trabajador tiene un
poder de compra de $628.050. No hacen falta más palabras.»
José Luis Patalano.
Quien da trabajo paga $1.570.000 y el trabajador tiene un
poder de compra de $628.050. No hacen falta más palabras.
Exámenes preocupacionales y empresas contratistas.
Sería apropiado establecer una libreta sanitaria,
confeccionada por hospitales o clínicas privadas, que habilite al trabajador
para el puesto ofrecido, con costos a cargo de la persona o la empresa. Todo más
ágil.
Por otro lado, es necesario modernizar el rol de contratistas como en Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, NOA y NEA, donde empresas de servicio siembran, cuidan y cosechan cereales. Esto permite inversores de otras actividades y genera nuevos actores.
Brasil como ejemplo a seguir.
Argentina necesita un proceso similar al de Brasil en los
años 70 y 80, con reformas impulsadas por Fernando Henrique Cardoso junto a una
burguesía industrial que pensó un país desarrollado a 20 o 30 años.
Los resultados fueron milagrosos: Brasil pasó de importar
carne a ser primer exportador del mundo; también pasó de no producir manzana a
ser un gran exportador. Todo esto se gestó en la Fundación Getulio Vargas, una
institución para formar personal calificado para la administración pública y
privada.
La educación, clave en todos los ámbitos.
Argentina necesita una reforma educativa urgente, seria. No puede ser que un portero (con todo respeto) marque la agenda a un director de escuela o decano.
La clase media se retiró de la política por temor durante los regímenes militares, y ese espacio fue ocupado por punteros sin proyecto de país. Basta comparar la composición de las cámaras legislativas actuales con las del siglo pasado. Ni hablar de los concejos deliberantes e intendentes.
Costos ocultos que restan competitividad
Los municipios aplican una doble imposición, gravando la tasa de seguridad e higiene como si fueran ingresos brutos, lo cual es inconstitucional.
Solo pueden cobrar por una contraprestación real: levantar residuos, controlar seguridad, etc. El porcentaje de facturación no mide el servicio prestado.
Costos logísticos: un despropósito argentino.
El costo de SMR, Senasa y Aduana por camión cargado a Brasil (incluyendo fruta perdida por corte) es igual al flete total de un productor europeo o portugués para enviar un contenedor al puerto de Santos.
Un flete por camión del Valle a San Pablo cuesta tres a cuatro veces más que el de un productor europeo a Brasil. Por su parte, un productor chileno paga la mitad por un tractor de iguales características y la misma marca.
Consideraciones finales.
Estos son solo algunos ítems que necesitan análisis profundo
y reformas que mejoren la competitividad del sector. El productor y empacador
argentino es realmente eficiente, pero el resultado de esa eficiencia se pierde
en manos del gran “costo argentino”. Como diría el recordado Guillermo Nimo:
“Por lo menos, así lo veo yo”.
(*) joseluispatalano@juanpatalano.com.ar
Publicado en RURAL del Diario Río Negro.
https://www.rionegro.com.ar/rural/las-reformas-que-necesita-la-fruticultura-vienen-en-los-tanques-del-general-ala





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