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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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jueves, julio 08, 2021

A 85 años del primer Nobel argentino.

Carlos Saavedra Lamas tuvo a su cargo la organización y presidencia del comité internacional de mediación en la Guerra del Chaco, para lograr la paz entre Bolivia y Paraguay.

Carlos Alberto Saavedra Lamas fue el primer argentino y latinoamericano galardonado con un Premio Nobel. Nació el 1 de noviembre de 1878 en Buenos Aires, cursó estudios de Derecho y desempeñó el cargo de catedrático en las universidades de La Plata y Buenos Aires.

Fue Secretario General de la Municipalidad de Buenos Aires y, en 1908 ocupó la banca de Diputado, tarea que desempeñó hasta 1915.

Años después fue Ministro de Justicia e Instrucción Pública y de Relaciones Exteriores.

Fue también presidente de la Liga de las Naciones, la primera organización internacional con vocación universal y predecesora de las Naciones Unidas, así como presidente de la Asamblea anual de la Organización Internacional del Trabajo.

Saavedra Lamas tuvo a su cargo la organización y la presidencia del comité internacional de mediación en la Guerra del Chaco, en el que también participaron Brasil, Chile, Perú, Uruguay y Estados Unidos.

La tarea llevada adelante por dicho comité aseguró el armisticio del 12 de junio de 1935, y más tarde tuvo parte esencial en las negociaciones que originaron un tratado de paz permanente.

En 1936, como reconocimiento a su actuación, se le concedió el Premio Nobel de la Paz.

Este año, pese al silencio oficial y a la amnesia colectiva, se festeja el 85 aniversario de ese momento tan significativo para los argentinos y para la paz internacional.

Haber contribuido de tal modo a la finalización de la Guerra del Chaco no fue un hecho menor. Aquélla se libró desde 1932 hasta 1935 entre Bolivia y Paraguay, y estuvo orientada al control de la región del Chaco Boreal, el que pese a su aridez y escasa población, tiene un valor estratégico por su proximidad al río Paraguay.

El dominio del río suponía una ventaja crucial para los únicos dos países no costeros de Sudamérica y una cuestión nacional para Bolivia, que había perdido el acceso al Océano Pacífico en la llamada de Guerra del Pacífico de 1879.

La Guerra del Chaco fue la primera guerra moderna en la historia de Latinoamérica.

El enorme despliegue de material bélico y municiones no tuvo comparación con ningún otro conflicto en la región a lo largo del siglo, ni siquiera con la Guerra de Malvinas.

Durante tres años, 250.000 soldados bolivianos y 150.000 paraguayos se enfrentaron en los cañadones chaqueños.

La malaria y otras enfermedades, al igual que la falta de agua, diezmaron más los ejércitos que las balas.

Saavedra Lamas supo interpretar la necesidad de contribuir, desde el sur del mundo, a los esfuerzos por una paz duradera que venían gestándose en la escena internacional desde décadas anteriores.

Nuestro primer premio Nobel caminó así detrás del tucumano Juan Bautista Alberdi, quien medio siglo antes había escrito su emblemática obra “El crimen de la guerra”.

Uno y otro encontraron razón, finalmente, cuando en 1945 la Carta de las Naciones Unidas proscribió definitivamente el uso y la amenaza de la fuerza en las relaciones internacionales.

Ochenta y cinco años después de recibir el Premio Nobel, Carlos Alberto Saavedra Lamas sigue siendo un notable referente para la paz internacional.

Máxime, si se tiene en cuenta la dramática actualidad del uso de la fuerza armada y los siempre pérfidos argumentos con los que se pretende su justificación.

* Por Martín Lozada. Doctor en Derecho (UBA) - Profesor titular de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN).

PUBLICADO EN DIARIO "RÍO NEGRO".

https://www.rionegro.com.ar/a-85-anos-del-primer-nobel-argentino-1878143/

miércoles, enero 06, 2021

Una posible clasificación de los nacionalismos.

 

Yásnaya Elena Aguilar *

La nación y el Estado son entidades que pueden existir como categorías separadas. A partir de ahí, podemos caracterizar el nacionalismo como la serie de ideas y prácticas que se implementan desde el poder para naturalizar e inocular en la población la idea de que un Estado es también una nación.

En este sentido conviene también hacer otras distinciones necesarias. Para ciertas posturas, todas las manifestaciones de orgullo por la pertenencia a cualquier nación son caracterizadas como nacionalismo pero, ciertamente, no se trata del mismo fenómeno. Las Semanas de Vida y Lengua Mixes son un encuentro anual en el que personas de diversas comunidades de la Región Mixe nos reunimos para tomar talleres de lecto-escritura en nuestra lengua, participar en mesas de discusión sobre nuestro idioma, cultura e historia.

En las diversas ceremonias asociadas se halla presente la bandera del pueblo mixe, se entona el himno de nuestra nación y se reflexiona sobre el significado de nuestros símbolos; aunque estos símbolos son, en formato, semejantes a las banderas, himnos y escudos de los países del mundo, el fondo no podría ser más distinto: estos símbolos se utilizan como elementos de integración que recuerdan que no somos grupos étnicos, sino naciones en resistencia en contra de las prácticas integracionistas y violentas del Estado mexicano. No hay una elaboración de superioridad ni estos símbolos sirven para justificar el control de nuestras fronteras, la creación de un gobierno mixe centralizado o la imposición de nuestra lengua y formas de vida a otras naciones.

Detrás de las ceremonias de la bandera mixe no existe la voluntad de equiparar Estado con nación borrando otras identidades, otras lenguas y otras culturas; es más, detrás de estas prácticas, no existe lo que la politóloga k’iche’ Gladys Tzul ha llamado el “deseo de Estado”. Las pretensiones del movimiento mixe no implican crear un Estado independiente, porque el problema es precisamente la creación de un mundo dividido en Estados nacionales. Las narraciones y las prácticas simbólicas de la nación mixe no son en modo alguno equiparables al nacionalismo mexicano, un nacionalismo de Estado que se ha articulado sobre la eliminación de nacionalidades que cuestionan su legitimidad, que pretende hacer creer a golpe de ideología que el Estado mexicano es también una nación “única e indivisible”, como reza el artículo segundo de la Constitución.

Por otra parte, podemos encontrar naciones que sí han expresado más claramente el “deseo de Estado” como sucede con Cataluña, encapsulada actualmente dentro del Estado español. Sus prácticas y discursos nacionalistas están estrechamente ligadas con el deseo de convertirse en un Estado independiente, una república distinta.

Estas prácticas, desde ciertos puntos de vista, son severamente condenadas desde los círculos de poder de los Estados mientras que su nacionalismo está casi siempre normalizado. Lo que para el Estado es simplemente un valor positivo, esto mismo se convierte en una amenaza terrible cuando el nacionalismo no es suyo, sino de las naciones que ha encapsulado; el Estado teme el secesionismo como el peor de los males y combate toda práctica nacionalista que no sea la suya.

¿Qué tipo de nacionalismo condenamos? Mientras que el nacionalismo que despliegan los Estados-nación se hallan disfrazados dentro de la narrativa del amor –sí, el “amor a la patria”–, otras manifestaciones simbólicas de naciones que no son Estados son estrictamente descalificadas. El nacionalismo que preocupa es el de naciones sin Estado, mientras que el del Estado, tan violento, ha sido totalmente normalizado e incluso calificado como deseable.

Podríamos aventurar la siguiente clasificación: el nacionalismo de los Estados que pretenden forzar la equivalencia Estado=nación, como el mexicano; el nacionalismo de las naciones que pretenden convertirse en Estados independientes, como el caso de Cataluña; y las prácticas simbólicas colectivas de naciones sin Estado y sin “deseos de Estado”, a las que incluso no llamaría nacionalismo, como el caso de la nación mixe o de la nación kurda, la cual antes buscaba crear un Estado pero ahora propone más bien una confederación basada en una idea muy distinta del Estado-nación.

Mientras que el nacionalismo de naciones sin Estado que desean convertirse en uno, y las prácticas simbólicas de naciones sin deseos de Estado son utilizadas para ejemplificar los peligros del nacionalismo, el nacionalismo de Estado se ha inoculado tanto que parece normal e incluso imperceptible, algo dado e incuestionable. Pero no es así: están siendo permanentemente recreados desde el poder.

El nacionalismo no debe confundirse, entonces, con simples deseos y anhelos de pertenencia colectiva o pertenencia geográfica o regional, la pertenencia colectiva se articula en otros símbolos y alianzas. Podemos celebrar y reproducir símbolos colectivos sin necesidad de nacionalismo ni de exclusiones sistemáticas. El nacionalismo es una operación ideológica del Estado, o desde el “deseo de Estado”, que convierte la ideología en sentimientos y sirve para naturalizar el despojo, la discriminación de las miles de naciones en el mundo que no formaron Estados ni tienen deseos de hacerlo.

*Lingüista ayuujk de Ayutla Mixe Oaxaca, en México. The Washington Post.

Publicado en Diario Río Negro, 6 de enero del 2020. Imagen: Diario Río Negro.

viernes, junio 28, 2019

28 de junio de 1919: A 100 años de Versalles: muy lejos de la paz y el progreso

A 100 años de Versalles: muy lejos de la paz y el progreso.

Gabriel Rafart*

Firmado el 28 de junio de 1919 tras la I Guerra Mundial, con sus cláusulas se creyó terminar con un mundo en guerra. La realidad mostró otra cosa y apenas 20 años después se volvía a las armas.
Hace un siglo las principales potencias del mundo firmaron el Tratado de Versalles. Fue el 28 de junio de 1919. Con sus cláusulas se creyó terminar con un mundo en guerra. Aún más, estaban quienes consideraron que el Tratado era el punto de partida para que el mundo no volviera jamás a embarcarse en tan amarga y trágica experiencia. Habían transcurrido siete meses desde que firmaron un precario armisticio los imperios centrales y sus enemigos bajo la égida de Francia e Inglaterra. En ese momento no estaba claro quién era quién, tanto en la derrota como en la victoria, aunque fueron los alemanes quienes pidieron la tregua.
La contienda había empezado cinco años antes a causa de una disputa provinciana en los Balcanes. Conflicto que terminó arrastrando a las grandes potencias europeas. A los pocos años estas habían traído al territorio europeo numerosas tropas de los restantes continentes para que murieran por sus gobiernos imperialistas. Decenas de miles de senegaleses, vietnamitas, australianos, pakistaníes, canadienses, el millón de hindúes, entre muchas otras nacionalidades, estuvieron en el territorio de sus mandantes coloniales muriendo por una causa ajena. Los norteamericanos aportaron dos millones de hombres a la guerra.
Las rivalidades del viejo continente complicaron al mundo entero en aquello que comenzó a interpretarse como el primer capítulo de una prolongada guerra civil europea.
La terrible contienda destruyó muchos gobiernos, provocó la caída de imperios nuevos y antiguos, llevó a la bancarrota a los que sobrevivieron, provocó revoluciones anticapitalistas impensadas, reconfiguró el mapa colonial africano y asiático, además de quebrar la arquitectura y la moral de las sociedades de entonces. Todos lloraron a los millones de muertos en combate.
Y por años tuvieron que convivir con otros millones de tullidos, viudas y huérfanos. Las sociedades fueron humilladas en sus esperanzas de un mundo en paz. Versalles apenas logró un respiro frente a una era de catástrofes.
“Entre enero y junio de 1919, París fue a la vez el gobierno del mundo, su tribunal de apelación y su parlamento, el lugar donde se centraban sus temores y sus esperanzas”, reseña la historiadora Margaret Macmillan en París, 1919, el mejor y más documentado libro sobre aquella crucial coyuntura de la historia.
Cien años han transcurrido desde la firma del Tratado de Versalles y nada fue como se esperaba. La profusa y precisa narrativa de aquel tratado dio pie a una segunda y más sangrienta barbarie mundial. A los veinte años Europa, junto a la casi totalidad de las naciones del mundo, volvieron a estar en guerra. Una guerra aún mayor a la de 1914-18. Ciertamente 1939-1945 multiplicó por siete la cantidad de muertos de la primera contienda.
Si Versalles quiso poner fin a la guerra como empresa total lo que siguió generó un belicismo que no contempló ninguna frontera para imaginar y llevar a cabo la destrucción de ciudades, paisajes y millones de humanos que no vestían uniformes.
Después de la firma del tratado el 28 de junio de 1919 continuaron otros meses más para ajustar cuestiones diplomáticas pendientes. Lo que se rubricó en junio de hace una centuria fue el triunfo del alma vengativa de Francia, el desgano del viejo imperio británico y la traición a la letra de los doce puntos enarbolado por el presidente de los estadounidenses.
Los representantes alemanes obligados a firmar el Tratado ensayaron una crítica frente a las duras condiciones exigidas. Ellos querían que se respetara los acuerdos que dieron lugar al armisticio del 11 de noviembre de 1918. En aquel momento nadie habló de rendición incondicional. Aún más, se imaginó una paz sin anexiones y nada de venganzas. Alemania había acallado sus cañones sin que un soldado enemigo pusiera pie en su territorio. Aún así, el nuevo gobierno alemán de 1919 no supo encontrar otra salida y terminó aceptando las oprobiosas condiciones impuestas por quienes ahora se presentaban como ganadores.
El país había pasado, en los meses en que los líderes de Londres, Washington y París pergeñaban sus planes, de un agresivo imperio en guerra a una república debilitada y convulsionada por ataques tantos desde la derecha como por la izquierda. Tampoco los italianos, en el bando de los vencedores de la contienda, terminaron satisfechos con los arreglos de Versalles.
Solo Japón parecía encontrar un nuevo sitio en el mapa mundial. Aún así debieron soportar el racismo de los diplomáticos europeos y norteamericanos. El racismo y nacionalismo, sentimientos viejos, fueron remozados, y serán los dos componentes que marcaron los tiempos de alemanes y otros países.
El tratado intentó ofrecer una fórmula de paz para el futuro con la nueva ingeniería de la Sociedad de las Naciones. Se pretendía resolver los desacuerdos entre estados y pueblos, bajo el principio de la autodeterminación. A los pocos años demostró su ineficacia. De allí surgió una institución original para tratar de encauzar la evidente conflictividad entre trabajadores y capital: la Organización Internacional del Trabajo (OIT), institución multinacional que se mantiene vigente. Sin duda un pobre resultado para un tratado que suponía restablecer los canales del progreso y la paz mundial.
Publicado en el Diario "Río Negro", 28 de Junio de 2019.