GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...

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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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martes, octubre 05, 2021

5 de octubre de 2011: fallece de la porquería del cáncer de páncreas Steven Paul Jobs.

 


Steven Paul Jobs  nació en San Francisco, California, Estados Unidos el 24 de febrero de 1955 fruto de la relación de dos jóvenes estudiantes universitarios: Abdulfattah Jandali, inmigrante sirio musulmán, que se doctoró en ciencias políticas, y Joanne Carole Schieble, estadounidense de ascendencia suiza y alemana. Sus padres, dos estudiantes universitarios sin medios materiales para mantenerlo, entregaron al pequeño Steve en adopción al matrimonio formado por Paul y Clara Jobs (maquinista ferroviario y ama de casa, respectivamente).

Más conocido como Steve Jobs, fue un empresario y magnate de los negocios en el sector informático y de la industria del entretenimiento estadounidense.

Se lo considera el padre del primer ordenador personal y fundador de Apple Computer Inc., que nació en la habitación de Jobs. Comenzaron armando ordenadores a mano en el garaje de sus padres. En pocos años el salto que dio aquella empresa fue gigantesco, y en 1983 Apple ya había entrado en el Fortune 500, ocupando el puesto 411.

Fallece a de cáncer de páncreas el 5 de octubre de 2011.

Hablando de tiempo. Sobre la vida y su significado decía:

′′ Steve Jobs murió de tumor en el Páncreas a temprana edad y era uno de los hombres más ricos del planeta. Escribió estas palabras 2 días antes de morir.

′′ A los ojos de los demás mi vida es la esencia del éxito pero aparte del trabajo sentí poca alegría. Finalmente mi riqueza es solo una parte de mi vida a la que me he acostumbrado. En este preciso momento enfermo y en mi lecho cerca de la muerte entiendo que toda mi riqueza es insignificante.

Puedes contratar a alguien para que te guíe el auto, puedes contratar a gente que te haga ganar más dinero pero no puedes contratar a alguien a quien darle tu enfermedad.

Podemos tener tantas cosas pero no podemos tener una cosa, la VIDA cuando estás a punto de perderla. Tratate bien y gratifica al siguiente.

Entre más envejecemos más sabios nos volvemos, un reloj que vale $ 30 es el mismo que uno que vale $ $, los dos marcan el tiempo, un auto que vale $ $ 30.000 o uno que vale 300.000 tienen el mismo propósito, te llevan a tu destino, si tienes una casa de 300 metros o 3000 si eres solo la soledad es idéntica.

Así que al final espero que entiendas que tener amigos verdaderos con quien hablar es la verdadera alegría. Son 5 las cosas que debes hacer:

- no eduques a tus hijos a ser necesariamente ricos así cuando sean grandes no importará el precio de las cosas sino su valor.

- Come tu alimento como una medicina de lo contrario tendrás que comer tu medicación como si fuera tu alimento.

- Valora a tu esposa, familia, amigos.

- Tratados bien, gratificando al siguiente.

Él ama a la gente que Dios te envió."

Steve.

Visto en redes sociales.

lunes, julio 03, 2017

2007: el año en el que comenzó el futuro por DANIEL MOLINA.

2007: el año en el que comenzó el futuro 

por  DANIEL MOLINA.

Lo nuevo comienza siendo ridiculizado o negado; luego se lo comienza a aceptar, pero con críticas, y finalmente termina pareciéndonos obvio. Como todo lo realmente nuevo pasa por ese proceso, la mayoría no se da cuenta de cuán disruptivos son muchos de los productos y procesos que sustentan nuestra vida cotidiana. No solo la mayoría nunca ve lo nuevo “en acto”, sino que no se suelen ver los cambios que esas nuevas tecnologías y conductas han producido realmente en nuestro medio, en nuestro trabajo y en nuestra familia. Hace apenas una década (en términos históricos es “nada”, pero en la vida de una persona es “bastante”) aparecían a la vez el iPhone, PornHub y Twitter, y así comenzaba ese futuro que nos venían prometiendo desde fines del siglo XIX.
Cuando apareció el iPhone (el jueves se cumplieron justo 10 años) todo el ambiente tecnológico volvió a criticar a Steve Jobs por mentir: vender como nuevo un producto que, según ellos, ya existía (y en mejores y más avanzadas versiones). Todos vieron el iPhone como un celular “apenas más lindo y más fácil de usar” que la mayoría de los que ya estaban en el mercado. Nokia, líder indiscutido de la telefonía celular en 2007, ni imaginó que pocos años más tarde sería apenas un recuerdo. Y todo debido a ese aparatito “apenas más lindo” que los otros.
¿Por qué el iPhone fue tan disruptivo y es, aún hoy, la tecnología más novedosa que está transformando el mundo? Porque no es ya un teléfono celular sino una prótesis del cuerpo humano: el iPhone (y todos los demás celulares que lo imitaron desde entonces, incluyendo Samsung, LG o Huawei) nos convirtió en la primera versión acabada de los cyborgs que estamos condenados a ser plenamente en un futuro muy próximo.
El iPhone (y los demás celulares) ya no son teléfonos: son centrales de inteligencia artificial que llevamos todo el tiempo con nosotros para realizar gran parte de las acciones que realizamos todos los días. Cada vez menos gente usa el celular para hablar por teléfono (y casi nadie usa un celular solo para hablar por teléfono). El iPhone (y luego los demás celulares, gracias al sistema Android, que aparece poco después tratando de copiar el iOS de Apple) digitaliza la vida: la transforma en cientos de miles de aplicaciones, que nos sirven para cosas que nos parecen imprescindibles y para otras que consideramos estúpidas (pero que a otros les parecen centrales para sus intereses). Justamente, la multiplicidad de aplicaciones permite, por primera vez, que cada persona pueda diseñar el tablero de mando de su mente para interactuar con el mundo.
Esta transformación que ha producido el uso de los celulares inteligentes es aún poco estudiada entre los expertos y casi invisible en la vida cotidiana, pero es lo que hacemos con un celular: lo hemos convertido en la central de control de nuestra vida.
¿Qué tiene que ver la masificación absoluta de la pornografía y una red social (que constantemente dan por muerta) con el futuro y la mística disruptiva del iPhone? Todo. El iPhone (al igual que los demás celulares) es la central de mando que permite hoy que cada cuerpo aislado esté conectado todo el día y a toda hora no solo a Internet sino a todos los demás cuerpos, aunque lo haga de manera digital. El celular nos digitalizó la vida. Pero para que esa vida quiera ser digitalizada (y pueda serlo) necesitamos “cosas” que nos seduzcan: juegos, sexo, dinero y chismerío. Es decir: sexo.
PornHub recibe 75 millones de visitas por día y es, lejos, la central de contenidos más visitada del mundo. En estos diez años reprodujo varias veces más horas de pornografía que todas las horas que lleva la vida (desde la primera bacteria) en nuestro planeta. No hay nada semejante. La pornografía nació en el Renacimiento (aunque existía en Grecia, Roma, Egipto y China, era casi insignificante). Pero solo para uso de los nobles, de los más ricos. Comenzó a democratizarse a mediados del siglo XX con la aparición de las revistas y los primeros films. Pero Internet permitió que realmente casi cualquier persona pueda acceder a ella. Y así fue que pudimos ver que casi cualquier persona lo que más busca en Internet es pornografía.
Cuando la pornografía logra satisfacer el deseo del internauta, la mayoría quiere pelear, informarse (o, mejor dicho, que le confirmen sus prejuicios y obsesiones) y sentir que hace algo que deja una huella: va a Facebook, Youtube o Twitter. Hay muchas otras plataformas que son masivas y cumplen funciones parecidas (desde Whatsapp a Instagram, pasando por el apogeo declinante de Snapchat), pero el modelo de todas es Twitter, la plataforma que los gurús condenan a la muerte cada mes desde hace al menos 5 años.
¿Qué tiene Twitter que no tienen las otras? Conecta realmente. Permite que las personas funcionen como neuronas de un cerebro colectivo haciendo sinapsis.
Gracias al equipo iPhone+PornHub+Twitter hace una década que ya estamos viviendo en el futuro. Pero la mayoría aun sigue pensando como si viviera en el pasado. Por eso sentimos tanto vértigo: todo gira y nosotros tratamos de mantenernos en el mismo lugar. Eso marea.
Publicado en Diario "Río Negro", sábado 1º de Julio de 2017.

lunes, enero 23, 2017

Por qué los empresarios necesitan de una filosofía Por Leonard Peikoff.

Guía del capitalista a las ideas presentadas en La Rebelión de Atlas, de Ayn Rand.
Ensayo publicado en el libro “Por qué los Empresarios necesitan Filosofía”.
“¡Estamos en los últimos segundos del partido! ¡El penalty definitivo...! Si lo marcamos, ganamos la Copa. La pelota ya está en el punto de penalty. El artillero se prepara. . . dispara. . .
¡Gol! ¡Gooooooool...! ¡La selección nacional ha ganado en los penalties por 5 a 4! ¡Somos campeones...!” Los espectadores gritan, el estruendo es ensordecedor. De repente, el silencio.
El público recuerda que hoy es el inicio de una nueva política: la moralidad en el deporte. Es una política que fue concebida en las más famosas universidades del mundo, apoyada por los principales medios de comunicación, y votada ley por mayoría absoluta en todos los países del mundo.
La voz del comentarista resuena de nuevo: “¡El partido de hoy es una gran victoria para el equipo visitante! Sí, como oís. Está mal que los atletas estén obsesionados por competir, por ganar dinero, por su placer personal. Ya no tendremos más eso de ´que gane el mejor´ en el campo, ni más materialismo, ¡ni más egoísmo! Las nuevas reglas del juego consisten en sacrificarse: hay que poner al otro equipo por delante del tuyo, ¡es mejor dar que recibir! Por lo tanto, la selección nacional pierde. La condición para poder jugar hoy fue estar de acuerdo en renunciar a su victoria en favor de los visitantes. Como todos sabemos, los visitantes necesitan desesperadamente una victoria, y sus hinchas también. A partir de ahora lo que cuenta es la necesidad. La necesidad, no la habilidad de delanteros o defensas; la debilidad, no la fuerza; ayudar a los desafortunados, no recompensar a quienes ya son poderosos...”.
Nadie abuchea – ciertamente, lo que están oyendo es muy parecido a lo que siempre han oído en la iglesia – pero nadie ovaciona tampoco. “El fútbol nunca será igual”, le dice un hombre a su hijo. Los dos miran al suelo y se encogen de hombros. “¿Qué le está pasando al mundo?” pregunta el niño.
Por qué los empresarios necesitan filosofía
La idea básica detrás de esta fantasía – la idea de que el sacrificio es la esencia de la virtud – no es fantasía. Está a todo nuestro alrededor, aunque aún no haya llegado al deporte del fútbol. Nadie defiende más el egoísmo: ni los conservadores ni los liberales; ni los religiosos ni los ateos; ni los de derechas ni los de izquierdas.
Los hombres blancos, por ejemplo, no deberían ser tan “avariciosos”, oímos decir con frecuencia; deberían sacrificarse más por las mujeres y por las minorías de color. Tanto los patrones como sus empleados son inhumanos; dedican sus energías a preocuparse por su propio futuro, intentando enriquecerse, cuando deberían preocuparse por servir a sus clientes. Los americanos y los europeos son demasiado ricos, nos dicen; deberían transferirles parte de su abundancia a los pobres, tanto en casa como en el extranjero.
Si una persona pobre encuentra un trabajo y se eleva hasta el punto de poder comprar su propio seguro de salud, por ejemplo, eso no es un logro moral, nos dicen: está siendo egoísta, simplemente queriendo mejorar su situación y la de su familia. Pero si esa misma persona recibe atención médica gratuita del Estado, usando una tarjeta de crédito o de una ley hecha por el político de turno, eso es algo idealista y noble. ¿Por qué? Porque hay un sacrificio de por medio: un sacrificio que consiste en extorsionar a empresarios y médicos, un sacrificio extraído por medio de una soga de nuevas normativas alrededor de sus cuellos.
Si un país entra en guerra para defender sus intereses nacionales como hizo Estados Unidos en la Guerra del Golfo, nos dicen que esa guerra es mala porque es egoísta. Pero si ese mismo país invade alguna pocilga extranjera sin ningún motivo egoísta, sin que haya ningún interés nacional en juego, como en Bosnia, Somalia o Haití, entonces oímos elogios por parte de los intelectuales. ¿Por qué? Porque estamos siendo altruistas desinteresados.
La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América declara que todos los hombres tienen un derecho inalienable a “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. ¿Qué significa “la búsqueda de la felicidad? Jefferson no dice que tú tienes obligación de buscar el placer de tu vecino o el bienestar colectivo de tu país, y menos de satisfacer las aspiraciones de los bosnios. Lo que sostiene es un principio egoísta: cada hombre tiene el derecho a vivir por sí mismo, por su propio interés personal, por su propia felicidad. No dice: atropella sin contemplaciones a los demás, o: viola sus derechos. Pero sí dice: persigue tus propios objetivos de forma independiente, con tu propio trabajo, y respeta el derecho de todos los demás individuos a hacer lo mismo.
En esencia, los Estados Unidos fueron concebidos por egoístas. Los Padres Fundadores tuvieron la visión de un país basado en el egoísmo y la búsqueda del beneficio, una nación del hombre hecho a sí mismo (del “self-made man”), del individuo, del ego, del “yo”. Hoy, sin embargo, oímos por todas partes las ideas opuestas.
¿Quiénes son las mayores víctimas de la actitud actual? ¿Quiénes son los hombres más denunciados y vilipendiados en el país? Sois vosotros. Vosotros, los empresarios. Y cuanto mayores y mejores seáis, peor sois moralmente, según el consenso actual. Os denuncian por un pecado: el de ser la personificación del egoísmo.
De hecho, en realidad sí sois egoístas. Sois egoístas en el sentido más noble, que es inherente en la naturaleza misma de los negocios: tratáis de obtener un beneficio, el mayor beneficio posible, vendiendo al precio más alto que el mercado soporte, mientras compráis al precio más bajo que podéis. Tratáis de ganar dinero – cantidades enormes de dinero, cuanto más, mejor – en parte (una pequeña parte) para gastarlo en lujos personales, pero en su mayor parte para volver a invertirlo en vuestro negocio, para que crezca todavía más y así podáis obtener beneficios aún mayores.
Como empresario, consigues tu beneficio siendo lo mejor que puedes ser en tu trabajo, es decir, creando los bienes y servicios que tus clientes quieren. No te beneficias por fraude o por robo, sino produciendo riqueza e intercambiándola con otros. Beneficias a otras personas – a la llamada “comunidad” – pero eso es una consecuencia secundaria de tu acción. No es ni puede ser tu objetivo ni tu motivo principal.
El gran empresario, el brillante hombre de negocios, es como un gran músico, o como un gran hombre en cualquier otra esfera de actividad. El compositor se centra en crear su música; su objetivo es expresar sus ideas en forma musical, en la forma específica con la que consigue más gratificación y le llena más a él mismo. Si el público disfruta de su concierto, por supuesto que se alegra – no hay discordancia entre él y sus oyentes – pero sus oyentes no son su principal objetivo. Su vida es el ejercicio de su poder creativo para lograr su propia satisfacción egoísta. Si no fuese así, no podría funcionar o componer. Si no estuviera motivado por una pasión poderosa, personal y egoísta, no podía exprimir de sí mismo la energía, el esfuerzo, el tiempo y el trabajo necesarios; no aguantaría las frustraciones diarias del proceso creativo. Eso es verdad de cualquier hombre creativo. También es verdad de tu negocio en la medida en que tienes éxito, es decir, en la medida en que eres creativo en organizar, gestionar, administrar, planificar a largo plazo, y en el resultado de todo ello: en producir.
Para un hombre creativo, su negocio es su vida. Su vida no son los resultados sociales de su trabajo, sino el trabajo mismo, literalmente: el pensamiento, los diseños, las decisiones, los tratos comerciales, la acción. La creatividad es inherentemente egoísta; la productividad es inherentemente egoísta.
Lo contrario del egoísmo es el altruismo. Altruismo no significa bondad hacia los demás ni respeto por sus derechos (los cuales son perfectamente posibles para los hombres egoístas, y desde luego algo muy común en ellos). Altruismo es un término que fue acuñado por el filósofo francés del siglo XIX Auguste Comte, quien lo basó en la raíz latina “alter”, que significa “otro”. Literalmente, el término significa: “otro-ismo”. Según la definición de Comte, y desde entonces, significa: “poner a los demás por delante de uno mismo como regla básica de la vida”. Eso significa: no el ayudarle a otro de vez en cuando, si se lo merece y si puedes permitírtelo, sino el vivir incondicionalmente para otros: vivir por otros y, sobre todo, sacrificarte por ellos; sacrificar tus propios intereses, tus propios placeres, tus propios valores.
¿Qué pasaría con un negocio si realmente fuese manejado por un altruista? Sería una persona que no sabe nada sobre creatividad o lo que ella implica. Lo único que le dice su credo es: “Abandona. Dalo todo y entrégalo; dáselo todo a los demás”. ¿Qué es lo que iría de dar? Lo que encuentre por ahí, cualquier cosa a la que tenga acceso; cualquier cosa que otra persona haya creado.
O un hombre se preocupa por el proceso de producción, o no lo hace. Si se preocupa por el proceso, ese debe ser el principal foco de su atención; no los beneficiarios del proceso, sino el pleno desarrollo personal inherente en su propia actividad productiva. Si él no se enfoca en eso, entonces será incapaz de producir.
Si el bienestar de los demás fuese tu principal objetivo, entonces tendrías que desmantelar tu negocio. Por ejemplo, tendrías que contratar a trabajadores que necesitan trabajo, independientemente de lo competentes que sean o de si contribuyen a tus beneficios o no. ¿Y para qué preocuparte de los beneficios, en cualquier caso? Siendo altruista, quieres sacrificarte a ti mismo y a tu negocio, y esos trabajadores necesitan trabajo. Por otro lado, ¿por qué cobrarles a los clientes el mayor precio que puedas conseguir? ¿No es eso ser egoísta? Y ¿qué pasa si tus clientes necesitan desesperadamente el producto? ¿Por qué no simplemente regalarles los bienes y servicios conforme los necesiten? Un altruista dirigiendo una empresa como un proyecto de trabajo social sería un destructor; aunque no por mucho tiempo, porque no tardaría en irse a la quiebra. ¿Visualizas a Steve Jobs gerenciando a Apple? ¿Y tú, habrías prosperado si la Madre Teresa fuese la Gerente General de tu empresa?
Muchos empresarios admiten que son egoístas, pero se siente culpables por ello y tratan de apaciguar a sus críticos. Esos hombres de negocios, en sus discursos y anuncios, normalmente proclaman que en el fondo son desinteresados, que su única preocupación es el bienestar de sus trabajadores, de sus clientes y de sus accionistas, especialmente de las viudas y de los huérfanos que hay entre ellos. Su propio beneficio, dicen, no es realmente muy grande, y el año que viene, prometen, regalarán una parte aún mayor del mismo. Nadie se cree nada de esto, y esos empresarios no parecen más que lo que son: unos hipócritas. De una forma u otra, todo el mundo sabe que esos empresarios están negando la esencia y el propósito de su trabajo. Ese tipo de relaciones públicas destruye cualquier imagen positiva de puedan tener los negocios en la mente del público. Si vosotros mismos, a través de vuestra actitud apaciguadora, maldecís vuestros verdaderos motivos y vuestra verdadera actividad, ¿por qué tendría otra persona que hacerlo de forma diferente?
Algunos podéis decirme: “Pero yo en el fondo soy un altruista. Yo vivo para un propósito superior. No me preocupo excesivamente de mí mismo ni de mi familia. En realidad lo que quiero principalmente es servir a los necesitados”. Esa es una posible motivación humana; una motivación vergonzosa, pero posible. Si esa es tu motivación, sin embargo, no serás un exitoso hombre de negocios, no por mucho tiempo. ¿Por qué es vergonzosa? Voy a responder preguntándoles a los altruistas de entre vosotros: ¿Por qué tenéis una autoestima tan baja? ¿Por qué no merecéis tú y tus seres queridos ser los beneficiarios de tus esfuerzos? ¿Es que estás excluido de la Declaración de Independencia por el mero hecho de ser un empresario? ¿Es que un productor no tiene derecho a la felicidad? ¿Es que el éxito te convierte en un esclavo?
Uno no espera que sus trabajadores digan: “No nos preocupamos por nosotros mismos; somos simplemente siervos del público y de nuestros jefes”. De hecho, los trabajadores dicen exactamente lo contrario. Tus trabajadores se ponen en pie para decir orgullosamente: “Trabajamos duro para ganarnos la vida. Nos merecemos una recompensa, y ¡maldita sea, por supuesto que esperamos conseguirla!” Date cuenta que el país respeta a esos trabajadores y su actitud. ¿Por qué, entonces, los empresarios deben ser considerados siervos? ¿No eres tú tan bueno como el resto de la humanidad? ¿Por qué has de ser tú el único que dedique su precioso tiempo a sudar desinteresadamente por una recompensa que luego tienes que darle a otra persona? Los mejores de entre vosotros no creen esas ridiculeces altruistas. Pero, sin embargo, has sido desarmado por ellas desde hace mucho tiempo. Porque eres la víctima de un poder crucial contra el cual eres impotente. Ese poder es la filosofía.
Lo que nos lleva a la pregunta de por qué los empresarios necesitan filosofía.
El tema con el que comenzamos – el egoísmo contra el altruismo – es un tema filosófico, un tema moral, o ético. Una de las importantes cuestiones de la ética es: ¿Debe un hombre vivir para sí mismo, o debe sacrificarse por algo que no sea él mismo? En la época medieval, por ejemplo, los filósofos mantenían que el egoísmo era malvado, que los hombres debían sacrificarse por Dios. En esa época no existía la posibilidad de un tener un sistema institucionalizado de negocios que buscasen el beneficio. Para los medievales, los negocios habrían supuesto una pura maldad.
Esta filosofía fue cambiando gradualmente, a través de los siglos, y culminó con la visión de Jefferson, quien abogó por la búsqueda egoísta de la propia felicidad. Él tomó esa idea de John Locke, quien a su vez la había tomado, en última instancia, de Aristóteles, el verdadero padre del egoísmo en ética. La defensa que hizo Jefferson del derecho a la felicidad hizo posible la fundación de los Estados Unidos y de un sistema capitalista. Desde el siglo XVIII, sin embargo, el péndulo filosófico ha oscilado de un extremo a otro, hasta volver a la época medieval. Hoy día, una vez más, el sacrificio es alabado como el ideal moral.
¿Por qué debe interesarte esa historia de la filosofía? Como hombre práctico que eres, debe interesarte porque es una cuestión de vida o muerte. Se trata de un simple silogismo. Premisa 1: Los empresarios son egoístas; eso lo sabe todo el mundo, aunque oigas negarlo o rechazarlo. Premisa 2: El egoísmo es malvado, lo que casi todo el mundo hoy, incluyendo los apaciguadores entre vosotros, piensa que es auto-evidente. La ineludible conclusión: Los empresarios son malvados. Si eso es así, sois los chivos expiatorios perfectos para que los intelectuales de todo tipo os culpen por cualquier mal o injusticia que ocurra, sea real o inventado.
Si piensas que esto es sólo una teoría, mira a la realidad – a la cultura actual – y observa lo que el país piensa de los negocios hoy en día. Las películas populares nos proporcionan una buena indicación. No te molestes con el tipo de películas obviamente de izquierdas como Wall Street, producto de radicales declarados y de grupos que odian los negocios. Considera más bien esa película tan popular de Tim Allen, The Santa Clause [La “cláusula” de Santa Claus]. Es una simple fantasía sobre niños que esperan que Santa Claus les traiga regalos; fue una película de temporada para familias, que no proclamaba ideas abstractas o filosofía, el tipo de película que expresaba sólo emociones seguras, no polémicas y evidentes. A mitad de la película, sin ningún objetivo relacionado en absoluto con la trama, la historia deja que Santa Claus muestre a dos “empresarios de verdad”: son fabricantes de juguetes que están alegremente tramando estafar a los niños del país con productos de inferior calidad (supuestamente, para obtener mayores ganancias con ello). Después de eso los personajes desaparecen para nunca más volver a aparecer. Es algo puramente para “usar y tirar”, y el público se burla con desprecio aprobándolo, como si no existiera controversia en ese punto. (“Todo el mundo sabe que así es como son los empresarios”).
Imagina el clamor nacional si cualquier otra minoría – y vosotros sois una minoría muy pequeña
– hubiese sido tratada de esa forma. Si una escena “rapidita” fuese insertada en una película mostrando que las hembras – o los gays, o los negros – son unas estafadoras, la película sería denunciada, reeditada, desinfectada, y habría tenido que pedir perdón y ser retirada de los cines. Pero ¿los empresarios? ¿Los que ganan dinero y buscan beneficio? En lo que respecta a ellos, todo vale, porque son malvados, o sea, egoístas. Son los “cerdos”, los “ladrones”, los “villanos”, ¡todo el mundo lo sabe! Por cierto, por lo visto, ningún empresario o grupo de empresarios protestó contra esa película.
Hay cientos de películas de ese tipo, y aún más libros, programas de televisión, sermones y conferencias en la universidad, todos expresando las mismas ideas. ¿Esas ideas son sólo hablar por hablar, sin consecuencias prácticas para ti y tus balances? La principal consecuencia es esta: una vez que has sido despojado de tu prestigio moral, eres presa fácil. No importa lo que hagas o lo bien que actúes, serás acusado de las maldades más escandalosas. El que las acusaciones sean verdaderas o falsas es irrelevante. Si eres esencialmente malvado, como le han enseñado a la gente a creer, entonces cualquier acusación contra ti es posible: la gente piensa que eres capaz de cualquier cosa.
Si es así, entonces los políticos pueden entrar en escena Pueden culparte de cualquier cosa, y pasar leyes para controlarte y expropiarte. A fin de cuentas, piensan todos, debes haber obtenido tu dinero deshonestamente; ¡eres un empresario! Las leyes antimonopolio son un ejemplo elocuente de este proceso en acción. Si un funcionario en Washington o en cualquier otra capital decide que tus precios son “demasiado altos”, por ejemplo, eso debe achacarse a que eres un “monopolista”: tu negocio, por lo tanto, debe ser desmembrado, y tú debes ser multado o encarcelado. O si el funcionario cree que sus precios son “demasiado bajos”, entonces probablemente eres la encarnación de una “competencia feroz” y mereces ser castigado. O si tratas de evitar esos dos caminos estableciendo un precio igual al de tus competidores – ni demasiado alto ni demasiado bajo, sino el justo – entonces eso es una “conspiración”. Hagas lo que hagas, eres culpable.
Pase lo que pase hoy día en cualquier lugar, es tu culpa. Algunos críticos muestran a los “sin techo” y le echan la culpa de su pobreza a los codiciosos empresarios privados que explotan al público. Otros, como John Kenneth Galbraith, dicen que los americanos son demasiado ricos y demasiado materialistas, y culpan a los codiciosos empresarios privados que corrompen a las masas inundándolos con anuncios y con mercancías. Los ecologistas afirman que nuestros recursos están desapareciendo y culpan a los empresarios, que derrochan recursos naturales para lucrarse egoístamente. Si un corredor de bolsa se atreve a sacarle partido a lo que estudiado durante toda su vida y a aprovechar los contactos que tiene en su industria, le culpan de “abusar de información privilegiada”. Si la discriminación racial es un problema, los empresarios deben pagar por ello contratando a trabajadores pertenecientes a minorías, estén cualificados o no. Si el acoso sexual es un problema, los empresarios son los malos; seguro que deben estar acariciando a sus pisoteados empleados y secretarias mientras salen del banco para ir a estafar a viudas pobres y a huérfanos. La letanía es inequívoca: si alguien tiene algún problema de cualquier tipo, se le echa la culpa al empresario, aunque sea un cliente que se quema con su café a muchos kilómetros de distancia del establecimiento del vendedor. Por definición, los empresarios tienen responsabilidad ilimitada. Son culpables de todos los crímenes imaginables, porque son culpables del peor y más bajo de los crímenes: el egoísmo.
El resultado es una corriente interminable de repercusiones políticas: más leyes, más controles, más regulaciones, más crímenes imputados, más multas, más demandas judiciales, más ministerios, más impuestos, más necesidad de inclinarse ante los políticos de turno en Washington, Madrid o Buenos Aires pidiendo favores simplemente para poder sobrevivir. Todo eso significa: la metódica y progresiva esclavitud de los negocios.
Ningún otro grupo en el mundo aguantaría o toleraría tamaña injusticia , ni los fontaneros ni los filósofos, ni siquiera los bosnios o los chechenos. Cualquier otro grupo, indignado, haría valer sus derechos – reales o supuestos – y exigiría justicia. Los empresarios, sin embargo, no lo hacen. Están desarmados porque saben que la acusación de egoísmo es verdadera.
En vez de enorgulleceros de vuestros motivos egoístas y de defenderos, estáis avergonzados, desmoralizados y callados. Eso es lo que la filosofía – una filosofía mala, y concretamente, un código de moralidad malo – ha hecho con vosotros. De la misma forma que ese código destruiría el fútbol, ahora está destruyendo a los Estados Unidos.
Hoy día existe un malvado doble estándar en el sistema de justicia americano. Compara cómo son tratados los delincuentes acusados con cómo son tratados los empresarios acusados. Por ejemplo: si un hombre (como O.J. Simpson) comete un doble asesinato atroz, las multitudes en todas partes proclaman a los cuatro vientos que es inocente hasta que se demuestre su culpabilidad. Millones acuden en su defensa; él compra a la mitad de los abogados del país y es absuelto de sus crímenes. Mientras que si un empresario inventa un método brillante para financiar proyectos empresariales a través de los llamados bonos basura, convirtiéndose así en un éxito fulgurante sin violar los derechos de nadie, él sí es culpable – culpable por definición, culpable de ser un hombre de negocios – y tiene que pagar multas de millones de dólares, realizar durante años servicio a la comunidad, dejar de trabajar en su profesión elegida, e incluso pasar muchos años en la cárcel.
Si en el proceso de perseguir tus beneficios egoístas realmente perjudicaras al público, entonces los ataques contra ti tendrían alguna justificación. Pero lo contrario es verdad. Tú consigues tus beneficios produciendo y comerciando libremente con tus clientes, de esa forma esparciendo riqueza y beneficios para todo el mundo. (Me estoy refiriendo aquí a los empresarios independientes que realmente producen en un mercado libre, no a los que se alimentan del erario público con subsidios, rescates, aranceles, y monopolios que el gobierno adjudica.)
Consideremos ahora en qué consiste esencialmente el administrar un negocio, y las cualidades de carácter que ello requiere.
Existe una importante división del trabajo que no se enseña en nuestras universidades. Los científicos descubren las leyes de la naturaleza. Los ingenieros e inventores aplican esas leyes al desarrollo de ideas para nuevos productos. Los obreros trabajan para producir esos bienes si se les da un sueldo y una tarea que hacer, es decir, un plan de acción y un objetivo productivo que oriente su trabajo. Todas esas personas y profesiones son esenciales para la economía. Pero no son suficientes. Si lo único que tuviésemos fuese conocimiento científico, ideas no probadas para nuevos productos y trabajo físico sin rumbo, nos moriríamos de hambre.
El elemento indispensable aquí – la “bujía” crucial que enciende y logra lo mejor de cada uno de esos grupos, transformando riqueza que es mero potencial en la abundancia de una sociedad industrial moderna – es la empresa.
Los empresarios acumulan capital a través de la producción y el ahorro. Ellos deciden en qué futuros productos invertir sus ahorros. Ellos tienen la crucial tarea de integrar los recursos naturales, los descubrimientos humanos y el trabajo físico. Tienen que organizar, financiar y administrar el proceso productivo, o elegir, entrenar y supervisar a hombres competentes para que lo hagan. Esas son las decisiones y las acciones rigurosas y cargadas de riesgo de las que la abundancia y la prosperidad dependen. El beneficio representa el éxito en lo que respecta a esas decisiones y acciones. La pérdida representa el fracaso. Filosóficamente, por lo tanto, el beneficio es devengado por una virtud moral, por la virtud moral más alta. Es el pago por el pensamiento, la iniciativa, la visión de largo alcance, el valor y la eficacia de los principales motores de la economía: los empresarios.
Tu virtud le confiere bendiciones a todos los segmentos de la sociedad. Al crear mercados de masas, estás haciendo nuevos productos disponibles a todos los niveles de ingresos. Al organizar empresas productivas, estás creando empleo para personas en innumerables campos de actividad. Al usar maquinaria, estás aumentando la productividad del trabajo, aumentando así la retribución y las recompensas del trabajador. El empresario, citando a Ayn Rand,
“es el gran libertador que, en el breve lapso de un siglo y medio, ha liberado a los hombres de la esclavitud a sus necesidades físicas, de las horribles jornadas de dieciocho horas de penoso trabajo físico para poder subsistir, de las hambrunas, de las pestes, del desesperado estancamiento y terror en el que la mayoría de la humanidad vivió durante todos los siglos pre-capitalistas, y en el que continúa viviendo en países no-capitalistas”. (1)
Si los empresarios son tales grandes libertadores, podéis estar seguros de que quienes os critican conocen ese hecho. La verdad es que estáis siendo criticados en parte porque sois los grandes proveedores y liberadores de la humanidad, lo que plantea otro tema fundamental.
El egoísmo no es la única virtud por las que sois condenados por los intelectuales de hoy. Ellos invocan otras dos cuestiones filosóficas, como un garrote con el que condenarte: la realidad y la razón.
Por “realidad” me refiero al universo que nos rodea, al mundo material en que vivimos y que vemos con nuestros sentidos: la tierra, los planetas, las galaxias. Como empresarios, estáis comprometidos con este mundo, no a cualquier otra dimensión que supuestamente lo trasciende. No tienes un negocio para garantizar u ofrecer recompensas sobrenaturales, una dicha en el otro mundo, o el bienestar ecológico de un jardín de rosas en el siglo XXV. Estás persiguiendo valores reales, valores de este mundo, aquí y ahora. Estás produciendo bienes físicos y servicios tangibles. Estás buscando un beneficio monetario, que tienes intención de invertir o de gastar ahora. No estás ofreciéndoles a tus clientes experiencias extra-corporales, paseos en OVNI o la reencarnación, como hace Shirley MacLaine. Les estás ofreciendo verdaderos placeres terrenales; estás haciendo posible productos físicos, servicios racionales y el disfrute real de esta vida.
Esto contradice por completo muchas de las principales escuelas filosóficas. Te pone en conflicto con cualquier tipo de lo sobrenatural, desde los teístas de estilo medieval hasta los espiritualistas y místicos “New Age” de hoy. A toda esta gente le gusta menospreciar esta vida y este mundo en favor de otra existencia no definida, algo en el más allá que se encuentra en el cielo, en el nirvana o en el LSD. Lo llamen como lo llamen, ese otro reino está fuera del alcance de la ciencia y de la lógica.
Si esos fans de lo sobrenatural tuvieran razón, entonces vuestras prioridades como empresarios – vuestras prioridades filosóficas – estarían totalmente equivocadas. Si el mundo material es, como ellos dicen, “bajo, vulgar, grosero e irreal”, entonces también lo sois vosotros, que os dedicáis a él. Sois animales materialistas dedicados a problemas físicos de bajo nivel. Al repartir valores materiales entre los hombres, los estáis corrompiendo y degradando, como dice Galbraith, en vez de verdaderamente liberarlos.
Un hombre de negocios ha de ser mundano y preocuparse por el bienestar físico. Desde las leyes físicas que rigen tu línea de ensamblaje, hasta los datos fríos y duros de tus cuentas financieras, un negocio es una empresa materialista. Esta es otra razón por la que no pudo haber existido un negocio en la época medieval: no sólo el egoísmo, sino también las cosas de este mundo eran consideradas un pecado grave. Esa misma combinación de acusaciones – el egoísmo y el materialismo – se desata contra vosotros por el equivalente moderno a la mentalidad medieval. La conclusión a la que llegan es la misma: “¡Abajo los negocios!”
La tercera cuestión filosófica es la validez de la razón. La razón es la facultad humana que forma conceptos mediante un proceso de lógica basado en la evidencia de los sentidos: la razón es nuestro medio de adquirir conocimiento de este mundo y de guiar nuestras acciones en él. Por la naturaleza de su campo de acción, los empresarios deben estar comprometidos con la razón, al menos en sus vidas profesionales. Tú no tomas decisiones de negocios consultando hojas de té, la “Red de Amigos Psíquicos”, el Libro del Génesis, o cualquier otro tipo de revelación mística. Si trataras de hacerlo, entonces, te pasaría lo mismo que a todos los jugadores que apuestan basados en la intuición ciega: te arruinarías.
Para tener éxito, los empresarios tienen que ser hombres del intelecto. Mucha gente cree que la riqueza es un producto de factores puramente físicos, tales como recursos naturales y mano de obra. Pero esas dos cosas han sido abundantes durante toda la historia y siguen siéndolo hoy en países afectadas por la pobreza, como India, Rusia y en la mayor parte de África.
La riqueza es antes que nada un producto, no de factores físicos, sino de la mente humana, de la facultad intelectual, de la facultad racional y pensante. Me refiero aquí a la mente no sólo de científicos e ingenieros, sino también a la mente de los hombres y mujeres – los empresarios – que organizan el conocimiento y los recursos para construir empresas industriales. Principalmente, es la razón y la inteligencia de los grandes industrialistas lo que hace posible los generadores eléctricos, los ordenadores, los instrumentos quirúrgicos para realizar operaciones de corazón, y las naves espaciales.
Si quieres triunfar en los negocios, tienes que tomar decisiones usando la lógica. Tienes que lidiar con realidades objetivas, te guste o no. Tu vida está llena de números, de balances, de una eficiencia impecable y de una organización racional. Tienes que ser lógico para tus empleados, para tus clientes y para ti mismo. No puedes dirigir un negocio como un jugador apuesta a los caballos, o como un bobo que se lamenta diciendo: “¿Quién soy yo para saber? Mi mente es impotente. Necesito un mensaje de Dios, o un astrólogo de Nancy Reagan o el alma de Eleanor Roosevelt”. Para dirigir un negocio tienes que pensar.
Los proponentes de un reino sobrenatural nunca intentaron probar la existencia de éste a través de la razón. Alegan que ellos tienen medios de conocimiento superiores a la razón, tales como intuición, corazonadas, fe, emociones subjetivas, o “lo que les sale”. La razón es su enemigo, porque es la herramienta que va a revelar su estafa, y por eso la condenan a ella y a los que la defienden como siendo algo frío, analítico, sin sentimientos, como siendo una camisa de fuerza, estrecha, limitada. Según su criterio, cualquiera que se guíe por la razón tiene una mentalidad inferior y sólo sirve para ser gobernado por aquellos dotados de una visión mística superior. Este argumento se originó con Platón en el mundo antiguo y sigue manteniendo su fuerza hoy día. Es otro elemento esencial en la filosofía anti-empresarial.
En resumen, hay tres cuestiones fundamentales centrales a cualquier filosofía, a las que cada persona tiene que responder de una forma u otra: ¿qué existe? ¿cómo lo sabes? y, ¿qué debes hacer? Los Padres Fundadores tenían respuestas a estas preguntas. ¿Qué existe? “Este mundo”, respondieron, “la naturaleza”. (A pesar de creer en Dios, eso era una deslucida copia deísta de la época medieval. Para los Padres Fundadores, Dios era un simple espectador, que puso al mundo en movimiento pero luego dejó de intervenir en él.) ¿Cómo lo sabían? La razón es “el único oráculo del hombre”, dijeron. ¿Qué debes hacer? “Buscar tu propia felicidad”, dijo Jefferson. El resultado de estas respuestas – es decir, de su filosofía como un todo – fue el capitalismo, la libertad y los derechos individuales. Esto trajo consigo un siglo de paz internacional y el surgimiento de la mentalidad empresarial, que llevó al magnífico crecimiento de la industria y de la prosperidad. Durante los dos siglos siguientes, los enemigos de los Padres Fundadores han dado las respuestas exactamente opuestos a esas tres preguntas. ¿Qué existe? “Otra realidad”, dicen. ¿Cómo lo saben? “Por la fe”. ¿Qué debes hacer? “Sacrificarte por la sociedad”. Esa es la filosofía básica de nuestra cultura, la responsable por el colapso acelerado del capitalismo, y por todos sus síntomas: un gobierno fuera de control que pisotea los derechos individuales, trastornos económicos cada vez mayores, guerras tribales en todo el mundo, terrorismo internacional... y el que los negocios continúen siendo atacados de forma constante y sistemática.
Esa es la decisión filosófica que tienes que tomar. Esas son las cuestiones por las que en última instancia te harán tener éxito o no. Si la filosofía anti-negocios con sus tres ideas centrales continúa dominando este país y extendiéndose, entonces los empresarios como tal desaparecerán, quedarán extinguidos como lo estaban en la Edad Media y en la Rusia soviética. Serán reemplazados por autoridades eclesiásticas o comisarios del gobierno. Tu única esperanza para sobrevivir es combatir esa filosofía adoptando una alternativa racional, de este mundo, egoísta.
Nos han instruido en las universidades modernas para que nunca tomemos una postura firme sobre ningún tema: nos han instado a ser pragmáticos, a estar dispuestos a ceder ante cualquier persona y cualquier cosa. La filosofía y la moralidad, sin embargo, no funcionan por medio de concesiones. Así como un cuerpo sano no puede hacerle concesiones al veneno, tampoco un hombre de bien puede transigir con ideas malvadas. En tal esquema, una filosofía malvada, igual que hace el veneno, siempre gana. El bien sólo puede ganar si es consistente. Si no lo es, entonces al mal le son dados los medios para que gane todo el tiempo.
Por ejemplo, si un ladrón irrumpe en tu casa y exige que le des tu vajilla de plata, tienes dos posibles cursos de acción. Podrías tomar una actitud militante: dispararle, o por lo menos llamar a la policía. Eso es ciertamente ser intransigente. La posición que has tomado es “lo que es mío es mío, y no hay nada que negociar al respecto”. O bien, puedes “negociar” con él, tratar de ser conciliador, y persuadirlo para que se lleve sólo la mitad de los cubiertos. Después de lo cual, te relajas, satisfecho con lo que parece un acuerdo exitoso, hasta que él vuelva la semana siguiente exigiendo el resto de tu vajilla, además de tu dinero, tu coche y tu mujer. Al haber aceptado que su demanda arbitraria e injusta le da derecho a parte de tu propiedad, el único asunto a negociar a partir de ahí es: ¿Cuánto? Tarde o temprano se lo llevará todo. Tú hiciste concesiones, él ganó.
El mismo principio se aplica cuando el gobierno pretende expropiar o regular tu propiedad. Si el gobierno lanza una cana al aire diciendo que va a confiscar o controlar toda propiedad industrial que exceda los $10 millones en nombre del bien común, tienes dos posibles formas de luchar contra eso. Puedes defenderte por principio – en este caso, por los principios de la propiedad privada y de los derechos individuales – y negarte a hacer concesiones; puedes luchar hasta el fin por tus derechos y de hecho hacerlo en tus anuncios, tus discursos y tus notas de prensa. Si estás en Estados Unidos, teniendo en cuenta los mejores elementos del pueblo americano, es posible que de esa forma consigas un apoyo sustancial y derrotes esa medida. El curso alternativo, y por el que infelizmente las empresas han optado durante décadas, es el de ceder, por ejemplo haciendo un trato admitiendo que el gobierno puede asumir control de New Jersey pero no de New York. Lo que equivale a decir: “Washington no tiene derecho a toda nuestra propiedad, sólo a parte de ella”. Igual que con el ladrón, el gobierno pronto lo tomará todo. Lo has perdido todo lo que tienes desde el momento que dices las palabras fatales: “Voy a hacer concesiones”.
No te aconsejo que violes ninguna ley, pero sí te aconsejo que luches en esta batalla intelectual contra el gran gobierno, como lo hicieron muchos médicos con éxito contra el plan de salud de Clinton [aunque sin éxito, por el momento, contra el plan de Obama]. Te sorprendería saber lo que una buena lucha filosófica puede conseguir para tu imagen pública, y también para tu bolsillo. Por ejemplo, una lucha pública a favor de un impuesto de tasa única, por acabar con los impuestos sobre las ganancias de capital y sobre bienes inmuebles, para privatizar la sanidad pública y eliminar gradualmente todos los subsidios del gobierno. . . todo eso es urgente. Más importante que defender esas políticas, sin embargo, es hacerlo sabiendo que estás en lo cierto, hacerlo convencido de que tu causa es la moralmente correcta, no hacerlo con aires de culpabilidad ni con timidez. Si entiendes los problemas filosóficos que hay en juego, tendrás la oportunidad de hablar de tal manera que puedas ser escuchado.
Este tipo de lucha no es fácil, pero puede ser combatida y ganada. Hace años, una escritora política muy conocida, Isabel Paterson, estaba hablando con un empresario enfurecido por alguna acción del gobierno. Ella le instó a luchar por sus principios. “Estoy de acuerdo contigo completamente”, dijo, “pero no estoy en posición de hacerlo en este momento”. “La única posición que necesitas”, respondió ella, “es la vertical”.
Nota (1). Ayn Rand, Para el Nuevo Intelectual. New York: New American Library, 1961, p. 27
Traducido y editado por Objetivismo.org con permiso del autor.
@Objetivismo Internacional, 2012.
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lunes, enero 16, 2017

Macri y el factor humano por James Neilson.

Mauricio Macri quiere ser el gran modernizador de la Argentina, el presidente que, por fin, encuentre una salida de la zona pantanosa en que deambula el país, empobreciéndose cada vez más, desde hace casi un siglo. En principio, no debería serle tan difícil; otros pueblos, entre ellos algunos de características afines, que a mediados del siglo pasado eran más pobres que el argentino lograron acoplarse al mundo desarrollado, de suerte que sabrá lo que es necesario hacer. Pero las cosas distan de ser tan sencillas.
Por desgracia, no se equivocaba por completo el entonces secretario del Tesoro norteamericano Paul O’Neill cuando, frente a la crisis fenomenal de 2001 y 2002, dijo que “hace 70 años o más que los argentinos entran y salen de situaciones problemáticas. Ellos no tienen una industria de exportación que valga la pena. Y así les gusta. Nadie los obligó a que sean lo que son”. Puede que el funcionario sólo aludiera al grueso de los políticos, sindicalistas y empresarios que en última instancia son los responsables del estado deprimente del país, ya que a los pobres y quienes corren peligro de compartir su destino no les gustan para nada las situaciones problemáticas, pero puesto que los miembros del establishment local llevan la voz cantante, estaba en lo cierto.
Sucede que la clase dirigente argentina es muy pero muy conservadora. Se resiste a cambiar. Aún más que sus equivalentes de otras latitudes, sus líderes se aferran con tenacidad a lo conocido. Y no le ha ido nada mal. Luego de superar lo de “que se vayan todos”, sus integrantes se las arreglaron para consolidar sus muchas conquistas, ya que cuando de sacar provecho de sus propios fracasos atribuyéndolos a otros se trata, son campeones mundiales. Han podido hacerlo en gran medida porque, como acaba de recordarnos Carlos Pagni, el ex socio televisivo del nuevo ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, abundan los esquizofrénicos que, si bien “rechazan a los políticos y creen que la administración pública está plagada de incompetentes o de ñoquis”, por hostilidad hacia lo privado quisieran que el Estado se encargara de virtualmente todo. Tal actitud nos dice mucho.

Aunque los macristas aspiran a reformar lo que aquí hace las veces de un Estado desburocratizándolo y profesionalizándolo, como en su momento hicieron los británicos, franceses y japoneses con los suyos para crear una especie de mandarinato inspirado explícitamente, en el caso de los primeros, en el de la China confuciana, no hay garantía alguna de que prospere la idea de que al país le convendría contar con un auténtico “servicio civil”.  Si es cuestión de algo realmente importante, como el fútbol o el tenis, la gente suele ser ferozmente elitista, pero preferiría que el Estado nacional y sus variantes provinciales o municipales se organizaran según pautas mucho más flexibles que las habituales en el mundo deportivo.
El temor a un brote de elitismo puede entenderse. Son muchos los empleados públicos actuales que se verían perjudicados por la eventual necesidad de participar de cursos de capacitación, rendir exámenes esporádicos y así por el estilo. Los apoyan vigorosa y ruidosamente los sindicatos del sector que, por razones que podrían calificarse de estructurales, siempre defienden los presuntos derechos adquiridos de los afiliados más vulnerables. La posibilidad de que colaboren con los deseosos de modernizar el Estado es virtualmente nula. Lo mismo que los compañeros del sindicalismo docente, los de otras reparticiones estatales seguirán anteponiendo los intereses de los menos capacitados a aquellos de la sociedad en su conjunto. Algunos ya han dado a entender que, en su opinión, los reformistas se han propuesto librar una guerra contra el pueblo trabajador.
Los convencidos de que el capital humano de la Argentina es tan maravilloso que, con tal que el gobierno nacional maneje la economía con sensatez, debería serle fácil emular a países que han conseguido enriquecerse en un lapso muy breve, propenden a pasar por alto el déficit educativo. De tener razón quienes suponen que el futuro de una sociedad determinada dependerá del nivel alcanzado por los alumnos de los colegios secundarios, las perspectivas que enfrentamos a mediano y largo plazo son sombrías. Según las pruebas internacionales, el desempeño de nuestros jóvenes es equiparable con aquel de países como Kazajstán, Albania e Indonesia, a años luz de los más avanzados, en especial de China, el Japón, Singapur y Corea del Sur, lugares en que la pasión educativa es llamativamente intensa.
¿A qué se debe tanto atraso? Los sospechosos de siempre son los sindicatos, los maestros, un sistema educativo supuestamente anticuado y, desde luego, la pobreza, pero tal vez no sea más que la consecuencia lógica de una cultura política reñida con el esfuerzo individual. Mientras que en China, la eliminación por Deng Xiaoping de una red espesa de trabas que habían tejido marxistas dogmáticos resultó ser más que suficiente como para liberar las energías de un pueblo de mentalidad capitalista nata, de ahí el crecimiento explosivo de un país hasta entonces paupérrimo, aquí medidas similares modificarían poco. Lejos de aprovechar la oportunidad para hacer valer los talentos propios como hicieron los chinos, millones de personas se sentirían abandonadas por un “Estado ausente” al que acusarían enseguida de defraudarlas.
En una época en que, a pesar de lo ocurrido últimamente en distintas partes del mundo desarrollado, los valores dominantes siguen siendo más individualistas que colectivistas, la diferencia así supuesta es clave. En algunas sociedades, apostar a la iniciativa personal tiene sentido; en otras, sólo motiva indignación y envidia.

Macri y sus coequiperos esperan que la Argentina, debidamente aleccionada por una larguísima sucesión de fracasos desastrosos, esté dispuesta a protagonizar una suerte de revolución cultural como las que posibilitaron la “modernización” de otros países que, a primera vista, no tenían más que una pequeña fracción de sus ventajas comparativas. Es que aun cuando los recursos naturales –el campo, Vaca Muerta, la minería – resultaran ser fabulosamente lucrativos, no bastarían como para reemplazar el factor humano que hoy en día es, por lejos, el recurso económico más valioso.
Lo comprenden muy bien los chinos; sueñan con tener sus propias versiones de empresas gigantescas como Apple, Google y otras que son productos casi exclusivamente de la inteligencia creativa si bien, de modo indirecto, hicieron su aporte las condiciones socioeconómicas en que pudieron desarrollarse. De todos modos, nadie ignora que, de concebir un joven argentino un proyecto parecido a los de Steve Jobs, Larry Page y compañía que pronto engendrarían miles de millones de dólares, para que asumiera una forma concreta tendría que emigrar, ya que por razones burocráticas, económicas, legales y culturales, el medio ambiente nacional no le sería del todo propicio.
Aquí, lo que hace mucho tiempo alguien llamó “la máquina de impedir” sigue funcionando con eficacia notable. Puesto que cuenta con la aprobación de muchas personas influyentes que entienden que el cambio podría resultarles muy incómodo, los decididos a desmantelarla se saben constreñidos a proceder con mucha cautela. Nada de choques y ni hablar de “ajustes”.

Con todo, el gradualismo entraña casi tantos riesgos como la alternativa. Brinda a los comprometidos con el orden tradicional muchas oportunidades para contraatacar con el propósito de desbaratar los esquemas de los modernizadores tratando pequeños episodios, que en otras circunstancias pasarían desapercibidos, como si fueran escándalos nacionales, evidencia de que los odiados “neoliberales”, con la brutalidad que les es propia, estén procurando pisotear los derechos de sus compatriotas. Aunque virtualmente todos se afirman a favor de la “modernización”, abundan los contrarios a los cambios necesarios para que fuera algo más que una palabra atractiva.
Durante mucho tiempo, los ingresos posibilitados por la geología han servido para suministrar a los políticos fondos para anestesiar a los pobres asegurándoles lo que necesitan para sobrevivir, pero es tan grande la demanda que, para suplementar el dinero así proporcionado, el gobierno de Macri ha optado por un mayor endeudamiento y, con suerte, un torrente de inversiones que, dice, significaría la creación de una multitud de “trabajos de calidad”.
Pues bien: ¿estarán preparados los desempleados o subempleados actuales para desempeñar las tareas exigidas por los “trabajos de calidad” previstos por el presidente? La verdad es que no hay demasiadas razones para creerlo. Antes bien, lo mismo que en otras partes del mundo, el progreso económico, cuando llegue, amenazará con reducir drásticamente las oportunidades laborales disponibles para una franja creciente de trabajadores, comenzando con los “ni-ni” que, por los motivos que fueran, carecerán de las calificaciones necesarias para cumplir un papel activo en el nuevo mundo que la tecnología está creando a gran velocidad. Como muchos otros gobiernos, en tal caso el de Macri o los de sus sucesores tendrían que optar entre resignarse a una economía a la medida de la población existente y una que subordine “lo humano” al crecimiento.

Publicado en Revista "Noticias de la semana".

domingo, enero 08, 2017

Se cumplen 10 años desde que Steve Jobs presentó el primer iPhone.

El próximo 9 de enero se cumplirán 10 años desde que Steve Jobs presentó al mundo el primer iPhone, un aparato que no solo fue revolucionario porque era a la vez teléfono, reproductor de música digital, un dispositivo para navegar por Internet y leer los mails, sino que además permitía hacer todo eso tocando la pantalla, sin necesidad de usar teclas.
Aquella revolución tecnológica que cabía en la palma de la mano fue presentada el 9 de enero de 2007 en San Francisco, bajo el nombre de iPhone 2G o Edge, y tenía una pantalla pequeña respecto de las actuales (solo 3,5 pulgadas frente a las 5,5 del iPhone 7 Plus, hoy el modelo más grande de la marca).


Sin embargo, en aquella época lucía enorme y luminoso, con un diseño impecable en cada aspecto del teléfono, desde la forma hasta las miniaturas de las aplicaciones, recordó hoy la agencia Ansa.


En el iPhone 2G desaparecía el típico teclado de todos los teléfonos de la época, como el Qwerty inmortalizado por Blackberry, y tampoco tenía lápiz táctil porque el dispositivo se controlaba con los dedos, "el mejor puntero con que nacimos", explicó Jobs.


La historia había comenzado varios años antes, cuando Jobs pidió a los ingenieros de Apple que investigaran el uso de las pantallas táctiles, que la empresa ya había utilizado en su pionero dispositivo Newton MessagePad, compuesto casi íntegramente por un display.


Ya en 2003 el fundador de Apple manifestaba su fe absoluta en que los celulares serían la puerta de entrada a la información portátil. De hecho, ya había revolucionado a los viejos walkman y discman con la creación del iPod, presentado en 2001.


Por su parte, el primer iPhone llegó al mercado estadounidense el 29 de junio de 2007 y el primer día se vendieron más de 525.000 unidades. Entre septiembre y noviembre se le abrieron las puertas de Inglaterra, Alemania, Francia e Italia.


El 9 de junio de 2008, Apple anunció el nuevo iPhone 3G, que combinaba a las funciones ya disponibles las prestaciones de las redes 3G, y un mes después llegó el App Store, abriendo el celular al mundo de las aplicaciones y los desarrolladores.


Ahora, todos los ojos están puestos en septiembre de 2017, cuando después de años de restyling y modernizaciones el "iPhone de la década", que no se sabe si se llamará iPhone 8, volverá a desembarcar en los Apple Store de todo el mundo, con el desafío de volver a sorprender.

Fuente: Télam.

sábado, noviembre 19, 2016

¿Qué hizo Steve Jobs para ser considerado un genio? por DANIEL MOLINA.

El 5 de octubre de 2011 moría Steve Jobs. A pesar de que ya existía una legión de fanáticos que lo idolatraba, eran muchísimos más los que lo detestaban, hasta el punto de considerarlo poco menos que una encarnación demoníaca, un mero fraude o un ladrón de ideas ajenas. ¿Qué había hecho Steve Jobs para ser considerado por algunos como el hombre que cambió la cultura de nuestra época, pero por muchos más, un impostor?
Jobs no era inventor ni diseñador. No dibujó el plano de la Mac ni programó una sola línea de las millones que tiene el sistema operativo que usan sus máquinas. Mucha de la gente que trabajó a su lado ha dicho que era un dictador, que no le importaba herir, incluso a sus amigos más cercanos, con tal de obtener el resultado que buscaba. ¿Qué hizo, entonces, Steve Jobs para ser hoy uno de los fundadores de nuestra época, una especie de Cristobal Colón que en vez de comunicar a América con el resto del planeta conectó a toda la humanidad en un cerebro colectivo?
Steve Jobs tuvo una visión. Y, además, logró llevarla a cabo. Y, además, esa visión no era cualquier cosa: transformó radicalmente nuestra forma de vivir. Los ingenieros, los diseñadores industriales y los programadores que no quieren a Jobs suelen decir que todo lo que él hizo ya estaba inventado. Es cierto que cuando Steve Jobs lanza la primera computadora de Apple (diseñada por Stephen Wozniak) ya existían las computadoras personales.
Es cierto que el mouse, incluso, ya había sido desarrollado por Hewlett Packard. Pero HP no sabía en qué podía usarlo y por eso aceptó encantada vendérselo a Jobs cuando le propuso comprarle la idea. Jobs no inventó ningún producto industrial específico. Lo que hizo fue mucho más radical y más importante: inventó la cultura contemporánea.
Llevó la computadora a cada hogar y la hizo imprescindible en nuestra vida cotidiana. Cuando lanzó la Mackintosh en 1984 revolucionó la forma en la que el mundo veía a las computadoras: la hizo amigable para todos los que no sabían (ni estaban interesados en aprender a) programar. Parece mentira hoy que hace poco más de 30 años la computadora no fuera parte de nuestro paisaje cotidiano.
Cuando Jobs propuso fabricar computadoras para cada hogar norteamericano los inversores (y las grandes empresas, como IBM o HP) le preguntaron: “¿Para qué querría la gente tener computadoras en su casa?”. Jobs le contó a su biógrafo, Walter Isaacson, que eso le recordó una frase de Henry Ford: “Si yo le preguntara a la gente qué necesita, me dirían que quieren caballos más rápidos; yo les voy a mostrar que hay otra cosa que es mucho mejor que eso”.
Jobs era titánico: pensaba tan a lo grande que sus errores (algunos por anticiparse demasiado a lo que la época podía tolerar) también son grandes. Puso a su empresa al borde de la quiebra y fue despedido por el mismo directorio que él había nombrado. Cuando logró recuperarse fundó Pixar, el estudio de cine animado por computadoras que hoy está asociado a Disney.
Volvió a Apple y la relanzó. Cuando todo parecía ya inventado (y en cierta medida ya lo estaba), Jobs comprendió que la unión de internet+computadoras abriría un nuevo campo a la experiencia humana: vivir conectados a través de la computación móvil. En el 2007, hace apenas nueve años, presentó el iPhone, que transformó al celular en una extensión del cerebro humano.
Otra vez: ya había celulares mejores (el primer iPhone no tenía cámara de fotos, por ejemplo), pero no existía la idea de convertir al celular, a través de cien mil aplicaciones, en una prótesis del cuerpo humano. Hoy tres de cada cuatro seres humanos piensan y actúan a través de sus celulares. Nunca antes en la historia una revolución tecnológica se impuso tan rápidamente y cambió tan radicalmente la civilización.
En el filme “Ensayo de orquesta”, de Federico Fellini, se ve a un grupo de grandes instrumentistas que se revelan contra el director porque no quieren ser dirigidos por alguien que no es un gran compositor ni un gran instrumentista. Ellos, que son muy buenos en lo suyo, creen que pueden arreglárselas bien sin director. Fellini muestra que el anarquismo de los geniales no logra producir nada. Les falta algo que es invisible e intangible, pero que notamos cuando no está presente: la visión del director de orquesta. Ese filme de Fellini podría ser la gran biografía de Jobs.

Jobs era titánico: pensaba tan a lo grande que sus errores (algunos por anticiparse demasiado a lo que la época podía tolerar) también son grandes.
Publicado en Diario "Río Negro", 19/11/2016.

lunes, enero 12, 2015

Steve Jobs no dejaba que sus hijos utilizaran los productos de Apple.

Como otros “gurús” de las nuevas tecnologías, veía peligrosa la accesibilidad a internet.
El diario New York Times reveló que al fundador de Apple, Steve Jobs, no le hacía mucha gracia que sus hijos utilizaran sus productos. Y es que a pesar de ser el padre de grandes inventos tecnológicos, pareciera que él supiera algo más, una historia detrás de ellos y, por consiguiente, la razón por la que no dejara que se acercaran a ellos.

El periodista Nick Bilton le preguntó a Jobs en el 2010: “¿Sus hijos deben de amar el iPad?”. “No lo han usado”, contestó Jobs. “Limitamos la cantidad de tecnología que pueden usar los niños en casa”. La respuesta puede parecer radical y hasta contradictoria viniendo de Jobs, que indirectamente se ha convertido en el evangelizador de la tecnología en el planeta. Pero él no es el único, ya que a la lista de los padres que no permiten que sus hijos “se junten” con la tecnología, se han agregado Chris Anderson, ex editor de Wired y ahora CEO de 3D Robotics, y Evan Williams, cocreador de Twitter y de la plataforma Medium.
Así es como surge una pregunta para el periodista: “¿Saben los CEO de este tipo de empresas algo que el resto desconocemos?”. La respuesta la obtiene de Anderson: “He vivido de primera mano los peligros de la tecnología y no quiero ver que eso les pase a mis hijos”.
Pero, ¿a qué se refiere con “los peligros de la tecnología”? Sencillo y algo con lo que tú y yo vivimos día a día: en internet, al alcance de un clic, se puede encontrar pornografía, acoso y bullying. Quizá, después de todo, lo único que quieren estos CEO es impedir que sus hijos acaben tan adictos como ellos.

Publicado en el Diario "La Mañana de Neuquén", 12 de enero de 2015. Imagen: archivo.

jueves, septiembre 18, 2014

¿Por qué el creador de Apple, Steve Jobs, no le prermitía a sus hijos usar el iPad? El cerebro detrás de la revolución digital limitaba el tiempo que los chicos pasaban con las computadoras, ya que conocía los peligros de adicción que genera las nuevas tecnologías.

Un artículo publicado en 'The New York Times' ha revelado que el fundador de Apple, Steve Jobs, y otros directivos de compañías tecnológicas limitan a sus hijos el uso de dispositivos electrónicos o se lo prohíben completamente.
De acuerdo con el periódico, en una de sus entrevistas Jobs afirmó que sus hijos no utilizaban una de sus creaciones más populares, el iPad. "En casa limitamos la cantidad de tecnología que usan nuestros hijos", señaló el fundador del gigante de la informática.   
El artículo señala que el significativo número de directores ejecutivos de empresas tecnológicas que, igual que Jobs, viven según unas normas completamente contrarias a las que prescriben para la población estadounidense sugiere que la elite multimillonaria parece saber algo que el resto de la sociedad desconoce. 
Así, el director ejecutivo de la empresa 3D Robotics y fabricante de aviones no tripulados, Chris Anderson, quien también controla totalmente el acceso de sus hijos a cualquier 'gadget', explica que educa de esta forma a sus hijos después de haber experimentado "de primera mano los peligros de la tecnología". "Lo he visto en mi persona, no quiero que a mis hijos les pase lo mismo", confesó el informático.  
Los peligros a los que se refiere Anderson son el acceso que ofrecen los teléfonos inteligentes, tabletas y computadoras a contenidos nocivos como pornografía, el acoso por parte de otros niños y lo que consideran lo peor de todo, la adicción al dispositivo.    
El fundador de Twitter, Blogger y Medium, Evan Williams, y su esposa, Sara Williams, por ejemplo, aseguran que en lugar de iPads sus dos hijos pequeños tienen cientos de libros que pueden leer en cualquier momento.  
Según han aprobado varios estudios médicos, los monitores de los dispositivos electrónicos también pueden inducir a un aumento de los trastornos oculares, así como falta de sueño entre los niños dependientes de los dispositivos. Por su parte, los investigadores opinan que las frecuencias del Internet inalámbrico que utilizan muchos dispositivos como el iPad y otras tabletas pueden suponer riesgos potenciales para la salud. 

PUBLICADO EN EL DIARIO "LA CAPITAL" DE ROSARIO.
http://www.lacapital.com.ar/informacion-gral/Por-que-el-creador-de-Apple-Steve-Jobs-no-le-prermitia-a-sus-hijos-usar-el-iPad--20140918-0041.html

sábado, mayo 17, 2014

Cuando la riqueza empobrece por James Neilson.

Está en lo cierto el presidente uruguayo José "Pepe" Mujica. Como dijo a sus anfitriones norteamericanos cuando trataba de explicarles el porqué de la diferencia realmente notable que se da entre dos naciones rioplatenses que, subrayó, comparten la misma cultura, la Argentina es "víctima de su propia riqueza", lo que a su juicio hace más comprensible la evolución excéntrica de la política de un país con recursos que se suponen inagotables. Mientras que los uruguayos, dueños de un territorio que dista de ser un baldío, han logrado liberarse de la maldición así supuesta por saberse habitantes de un "paisito" pequeño obligado a convivir con otros mucho más grandes, los dirigentes tanto los argentinos como los brasileños siempre han sido propensos a perder el tiempo soñando con el "destino de grandeza" que creen les fue garantizado por un Dios benévolo.
La humildad acarrea ventajas. Mujica no teme señalarlas. Asegura que "no somos corruptos, no coimeamos a empresarios", porque el suyo es "un país decente". Puesto que, en el ranking más reciente de Transparencia Internacional, Uruguay ocupa el lugar número 19 al lado de Estados Unidos, mientras que la Argentina se ve acompañada por Níger y Gabón en el número 106, fue imposible no tomar sus palabras por un intento de convencer al resto del mundo de que la conducta de sus compatriotas es radicalmente distinta de la de sus vecinos.
No fue muy simpático de su parte insistir en que, a diferencia de algunos países, el suyo se destaca por ser "decente", pero a la luz de la reputación rocambolesca que la Argentina ha adquirido en las décadas últimas no tiene más opción que la de comparar la honestidad que atribuye a los uruguayos a la heterodoxia ética, por llamarlo así, de otros.
De todas formas, suponerse rico por mandato divino no ayuda en un mundo tan competitivo como el nuestro, en el que la riqueza de las naciones depende cada vez menos de los recursos materiales disponibles y cada vez más de la capacidad para aprovechar las dotes naturales de los habitantes. Confiar en que una buena cosecha o el descubrimiento oportuno de una cantidad descomunal de petróleo o gas solucionarán todos los problemas, de modo que no sería necesario esforzarse, sólo sirve para que las dificultades sigan acumulándose y se consolide el atraso.
En la actualidad, es mejor para un país contar con algunas empresas como Microsoft y Apple de lo que es ser dueño de muchísimos kilómetros cuadrados de tierra apta para la soja o centenares de pozos petroleros. Saber transformar buenas ideas en grandes fuentes de ingresos vale más que la mera suerte geológica. Sería de suponer, pues, que políticos nacionalistas –virtualmente todos lo son– estarían resueltos a emular a Estados Unidos y otros países ricos para que la Argentina también pudiera generar industrias novedosas.
¿Lo están? Claro que no. A la mayoría no le interesa ayudar a crear en medioambiente social propicio para un hipotético Bill Gates o Steve Jobs nativo. Habrá personas igualmente talentosas en los colegios y universidades del país pero, a menos que emigren a tiempo para emprender una carrera en el exterior, nunca tendrán la oportunidad de mostrarnos lo que están en condiciones de hacer.
En un país que de acuerdo común es, a pesar de las apariencias, muy rico, los políticos propenden a pensar más en cómo distribuir lo ya existente –total, siempre habrá más– que en estimular la producción. Se entiende: es mucho más agradable poder felicitarse por la generosidad propia de lo que sería trabajar en proyectos que tardarían años en brindar sus frutos y que, para indignación de quienes los ponen en marcha, podrían terminar agrandando el capital político de un rival.
Por lo demás, cuando la inequidad es considerada prioritaria, a muchos les parece natural intentar combatirla ensañándose con quienes tienen más, aumentando cada vez más la presión impositiva y, de tal manera, perjudicando entre otros a los más dinámicos. Es lo que ha sucedido en la Argentina. No hay ninguna empresa nacional que pueda competir en pie de igualdad con sus equivalentes de otras latitudes. El contraste con Corea del Sur, un país que hace medio siglo contaba con un ingreso per cápita inferior al atribuido a la Argentina, es penoso. Lejos de procurar debilitar el "poder concentrado" de las corporaciones, una sucesión de gobiernos surcoreanos de preferencias ideológicas distintas hizo lo necesario para que, andando el tiempo, algunas lograran igualar a las más exitosas de Europa, el Japón y Estados Unidos.
Será a causa de la ilusión de que, en cualquier momento, Dios, el destino o lo que fuera hará lo debido para que, por fin, la Argentina amanezca riquísima que tantos políticos se comportan como jugadores empedernidos. Cuando fracasan, redoblan las apuestas. Uno supondría que a esta altura habrían aprendido que el voluntarismo populista no funciona, pero a pesar de las pérdidas enormes que ya han acumulado, siguen poniendo sus fichas en el mismo casillero. Es lo que hicieron setentistas como Cristina y sus amigos. Esperaban que en esta ocasión los resultados fueran distintos. No lo han sido. Aunque los kirchneristas contaron con una caja atiborrada de dólares aportados por la soja, dejarán a sus sucesores un país al borde de la bancarrota.
¿Lograrán quienes tomen el relevo "cambiar la historia", para emplear una expresión usada a inicios de sus respectivas gestiones por una larga serie de gobiernos? Hay que dudarlo. El que haya aparecido una nueva fuente de riqueza fácil, Vaca Muerta, que según los presuntamente enterados podría valer tanto como todo lo producido por el país en un quinquenio, no motiva optimismo.
Si la experiencia nos ha enseñado algo, esto es que sería un error subestimar la capacidad de la elite política nacional para despilfarrar dinero sin mejorar el nivel de vida del grueso de la población. Es lo que sucedió últimamente con la bonanza posibilitada por la soja y, años antes, con aquellos créditos baratos que repudió un gobierno fugaz por razones supuestamente éticas o, cuando menos, patrióticas, para júbilo de casi todos los legisladores, sindicalistas e intelectuales progresistas, dando lugar al default soberano más grande de la historia del género humano y una crisis interna fenomenal que depositó en la miseria a parte de la clase media. ¿Se las arreglarán para hacer lo mismo con Vaca Muerta? Pronto sabremos la respuesta.
Publicado en Diario "Río Negro", 16/5/2014.
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