GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...

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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

domingo, julio 28, 2019

28 de julio de 1922: la escuela número N° 56 comenzó a funcionar en una casilla cedida por el “Campamento de Obras del Río Negro Superior”, dirigida en ese momento por el ingeniero Rodolfo Ballester.

De una casilla a la escuela N°56.

En 1922 y con 51 alumnos, comenzó a funcionar en una casilla cedida por el campamento de Obras del Río Negro Superior.
Creada el 28 de julio de 1922, la escuela número N° 56 comenzó a funcionar en una casilla cedida por el “Campamento de Obras del Río Negro Superior”, dirigida en ese momento por el ingeniero Rodolfo Ballester. 
Su primer director fue el señor José Adaro, e inició sus actividades con un grado de 51 alumnos.

Luego ocupó la dirección la señora Ester Roldán de Perissé y luego la señora Carmen Campana de Pereyra Olaizola. 
En esa época, la escuela contaba ya con primero y segundo grados. 
En el año 1928 se hace cargo de la dirección la señora Rosa Moreno de Padín, quien entre otras iniciativas, forma la comisión cooperadoras del establecimiento. Años después fue reemplazada por la señora de Zlata Varga de Padín.

En 1936, la escuela se traslada a otro local, cercano al anterior, que no reunía las condiciones que exige la escuela, por cuanto no estaba destinado para ese fin. Este edificio tenía cuatro aulas y un salón, utilizado anteriormente como vivienda de lo que había sido “El Campamento”.
 
Estaba construido de chapas, y revestido por dentro con madera.
En 1948 se incorporan cuarto, quinto y sexto grados y en 1952, al renunciar la señora de Padín, asume la dirección el señor Roberto Cerutti. Por esa época, el edificio de la escuela muestra su deterioro y la necesidad de su reemplazo por otro.

A partir de 1959 se hace cargo de la dirección la señora Nancy Bellucci de Montenegro, quien continuó en el cargo hasta la década del ‘70. En 1965 la Escuela Nacional de Guerra apadrina el establecimiento e inicia las gestiones tendientes a dotarlo de un nuevo edificio. 
En 1970 el edificio de 200 mts2 se deja oficialmente y comienza a funcionar como de “jornada completa”.

Publicado en Diario "Río Negro", sábado 20 de Julio de 2019.

Memorias de un niño peronista.

Memorias de un niño peronista.

(Por Hugo Paredero*).- El título preferido de mi colección de libros inéditos. Un recorrido por mis primeros doce años de vida peronista (1948-1960) en cinco pueblos de las provincias de Buenos Aires y La Pampa. Como mi padre era ferroviario, de Vías y Obras del Sarmiento, presentarse a un examen, ganarlo y ascender equivalía a mudarnos. Y él quería ascender. Así fue que, en esa docena de años, lo vimos peón, segundo capataz, capataz suplente, capataz de primera e inspector, siempre sobre una zorrita. Simplemente porque era el mejor de todos. De mi infancia peronista guardo gran cantidad de recuerdos vívidos: muchos felices, otros enojosos, culpa de los contreras que nunca faltaban, dos de ellos fueron los más estremecedores, cada uno por lo suyo: la muerte de Evita y el golpe del ´55.
Cuando este ocurrió, el 16 de septiembre, vivíamos en Carlos Tejedor, mi pueblo natal, y seguimos esa desgracia minuto a minuto por la radio. La radio era nuestro familiar más amado, tenía lugar preferencial en el aparador de la cocina. Cómo pudo suceder que un mal día nos quitó la alegría y entró a explicarnos por qué se trataba de una revolución libertadora, no de un golpe de estado; por qué era para bien todo lo malo que estaba pasando; por qué no lo podríamos nombrar más a Perón, solo llamarlo “tirano prófugo”, algo tan duro de asimilar. En el pueblo tuvimos una réplica de lo que acontecía en el país. Un grupete de ricachones, radicales y conservadores, salieron a festejar a la plaza, frente a la iglesia. Llevaban palas, azadas y trinquetes para romper el asfalto que acabábamos de estrenar gracias a Perón, y mientras lo golpeaban se reían y cantaban. Mucha gente asombrada se había juntado para ver este espectáculo de locura, esa tarde no hubo ni siesta ni calma. Un vecino llamado Alcorta, abogado peronista, enfrentó a los depredadores y los retó a los gritos por lo que estaban haciendo. ¡Para qué, terminaron moliéndolo a palos, y nadie se animaba a separarlos! Alcorta era muy apreciado, pero los rompedores eran gente muy respetable. Yo espiaba detrás de un árbol, aterrado por algo que desconocía. Me vinieron ganas de llorar, porque esas cuadras asfaltadas eran un progreso largamente soñado por los tejedorenses.
Tres años antes, la noche del 26 de julio de 1952, la misma radio, en un pueblo cercano, Tres Algarrobos, nos había abrazado para darnos la noticia más triste del mundo: “Cumple la Subsecretaría de Informaciones de Presidencia de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20:25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación. Sus restos serán conducidos mañana al Ministerio de Trabajo y Previsión donde se instalará la capilla ardiente… En acuerdo general de ministros se declara duelo nacional con un luto por 30 días”. Fue la primera vez que vi llorar a mis padres. Primero me asusté, después me puse a llorar con ellos. Yo sabía muy bien quién era Evita Capitana, Abanderada de los Humildes, Hada Buena. Ella y Perón, Gran Conductor, presidían mi hogar desde un cuadro colgado a la entrada del comedor. Mi viejo lo había comprado en seis cuotas a un hombre de General Villegas. Sentía una fascinación afiebrada por ese cuadro. Me gustaba mirarlos todo el tiempo y muchas veces me hablaban, más Evita que Perón, un secreto que no conté a nadie. Aprendí la Marchita de escucharla en la radio por Hugo del Carril (a quien le debo mi nombre), sabía decir la palabra privilegiado todo el tiempo sin equivocarme… Pero ignoraba qué significaba fallecer, qué eran los restos, una capilla ardiente, un duelo nacional, un luto… Me lo explicaron y entendí enseguida. Lo que menos me gustó fue enterarme que morir era no estar más y algo que un día nos pasaría a todos, como a Evita. De modo que pocos días después, cuando tomamos el tren a Buenos Aires los tres, yo sabía por qué mi padre y mi madre llevaban un brazalete negro en sus brazos. Sabía también que viajaríamos esos 500 kilómetros, unas diez horas, para despedirnos de Evita y darle las gracias por toda la felicidad que nos había dado. Mi padre, Angelito, tenía 29; mi madre, Azucena, 23; yo, un ancianito de 4. ¡Pocas cosas me gustaban más en la vida que andar en tren! Oír el traqueteo, sentir ese movimiento, encima viajábamos con pase gratis. Ni bien arrancó, mi madre empezó a tejer, eso le gustaba más que a mí el tren. Mi padre sacó algo de la valija de cartón, que acomodó en el portaequipajes, y me lo mostró. Esto es un libro –me dijo– ¿cómo se llama esto? Libro, repetí. ¿Y quién es la de la foto? ¡Evita! El libro era La razón de mi vida, se lo había regalado a mi viejo un amigo del club Los vascos. Mi padre empezó a leerle a mi madre, que escuchaba con atención sagrada lagrimeando sobre su tejido. Así me enteré qué era leer. Yo miraba por la ventanilla, demasiado extasiado con la situación como para sentirme triste. Mi corazón sospechaba que iba camino a vivir la aventura más conmocionante de mi vida. Y lo fue.
Hoy, a 67 años de sucedida aquella muerte, puedo asegurar que el recuerdo del velatorio viene con imágenes cada vez más frondosas. Llovía sin parar. Caían flores del cielo. Eran cuadras y cuadras de gente llorando, se cubrían la cabeza con diarios, como paraguas de papel y tinta. Hace poco, charlando con el amigo José Ángel Trelles, me contó que él también estuvo en el velorio con sus viejos. Habían venido desde Liniers, “y nos subimos a esa caravana terriblemente triste, era el mundo llorándola, me acuerdo de tantas horas y horas de marcha y nunca me pude quitar de la cabeza y de mi oído esa música del llanto de la gente”. Tiene razón el Pepe: “el llanto popular no es histérico, no llora a los gritos, llora con congoja, con suspiros, y de pronto se abraza con el que tiene al lado, aunque no lo conozca, y siguen llorando juntos. Porque cuando alguien muere y es recordado así por el pueblo, es porque ha sido una maravilla para el pueblo”.
Como yo era niño privilegiado nos llevaron a la cola más corta, donde me dieron mate cocido y alfajor. Caminábamos despacito, despacito, hasta que por fin llegamos. ¡Ahí estaban, de verdad, los del cuadro de mi casa! Ella en un cajón de cristal toda de blanco, como una novia serena. La besamos a través del vidrio. A su lado, el General les apretaba la mano a todos y a mí me dio un beso en la frente. Una electricidad que conservo intacta.
Cuando regresamos a Tres Algarrobos, quise aprender a leer. Me enseñó mi padre, con La razón de mi vida. La L con la a, la… y así fue como a los 4 aprendí a leer. Pero no fui niño prodigio. Privilegiado nomás.
*Escritor, periodista, autor teatral, guionista televisivo, editor cultural y crítico de cine.
Publicado en ADN Río Negro, 27 de Julio de 2019.-

sábado, julio 27, 2019

27 de julio de 1964 se lanza un cohete Gamma-Centauro desde Puente del Inca.

EFEMERIDES NEWBERIANAS.
El 27 de julio de 1964 se lanza un cohete Gamma-Centauro desde Puente del Inca, transportando hasta los 35.000 metros de altitud carga útil telemétrica para medir la temperatura.


Fuente de información e imagen: Instituto Nacional Newberiano

viernes, julio 26, 2019

El tan esperado derrame económico de la actividad petrolera en Vaca Muerta todavía no empapa a los comerciantes minoristas de Neuquén capital.

Vaca Muerta no ayuda al minorista: cada vez hay mas comercios cerrados.

Advierten que el rubro minorista de ropa y electrónica es el más afectado. En el centro de la ciudad un 12% de los locales está con sus puertas cerradas o en alquiler.

El tan esperado derrame económico de la actividad petrolera en Vaca Muerta todavía no empapa a los comerciantes minoristas de Neuquén capital. Un informe realizado por la cámara de comercio, Acipan, indicó que en el último año se registró un incremento en el cierre de locales en el área centro, la cifra trepó al 12% y aseguran que se debe a un mix de factores en el que sobresalen los alquileres caros, la recesión nacional y los impuestos.
En declaraciones radiales el referente señaló que hay múltiples causas por momento que atraviesan los minoristas, en especial el rubro de la indumentaria, el calzado y el de la electrónica: “podemos hablar por el costo de los alquileres que es muy alto, el tema de la licencia comercial que tuvo un aumento desmedido, las tarifas eléctricas, la carga impositiva y la carga laborar. Por el contexto recesivo nacional, han bajado las ventas, los índices indicaron que todo 2018 y el primer trimestre de 2019 fue todo muy difícil, las ventas habían caído mucho”.
Aclaró que “tampoco se ha producido un derrame de la actividad petrolera sobre el comercio minorista, los sectores beneficiados son los relacionados al petróleo y gas, y la provisión de insumos al petróleo y gas”.
El sondeo del observatorio económico de Acipan se realizó entre agosto de 2018 y la segunda quincena de julio. En ella obtuvieron que en el bajo de la ciudad se relevaron 863 comercios y 114 estaban cerrados o en alquiler, un 13% del total, en agosto del año pasado había un 10,7%. En el alto se visitaron 1.295 comercios de los cuales 153 estaban inactivos, lo que implica un 11,8% de los lugares en esa condiciones. En conjunto, el alto y el bajo representaron un 12,3% de los locales sin actividad, una cifra que incrementó porcentualmente un 1% en el último año.
Publicado en Diario "Río Negro", 26/07/2019.

Este modelo económico mata a las pymes.

(Por Julián Moreno*).- El presidente de la Nación pretendió hablar en nombre de las Pymes refiriéndose a muchos pequeños productores que “están muy orgullosos de su trabajo y que “quizás no son una empresa grande, pero hacen las cosas bien, con profesionalismo y con mucho amor”.
Desde la Asamblea de Pequeños y Medianos Empresarios (APYME) le comunicamos al Sr. Presidente que bajo las políticas económicas de su gobierno el orgullo, el profesionalismo y el amor al trabajo no alcanzan para salvar de la devastación a las Pymes, cooperativas y productores de las economías regionales.
En contraste con esas palabras pronunciadas en el marco de la campaña electoral, se conoció un informe del Consejo Productivo Nacional a partir de información de la AFIP, según el cual desde que asumió la actual gestión se destruyeron 18.748 empresas en Argentina, es decir, 43 empresas menos por día. Sólo en los primeros cuatro meses de 2019 se contabilizó el cierre 5170 empresas. En particular las empresas del sector manufacturero, que genera más empleo de calidad: se pierden 120 industrias por mes.
Las Pymes constituyen más del 99 % de las unidades productivas, por lo cual podría decirse que estamos ante frente a un “Pymicidio”. Este proceso es compatible con las tasas de interés que “planchan” provisoriamente al dólar pero destruyen la inversión; con una inflación del 57 % anual; con la baja del salario, la precarización laboral y la caída permanente del poder adquisitivo de la población.
El cambio de hábitos del consumo popular no se debe a la elección de productos de una otra marca, sino al avance de la pobreza, fruto una crisis recesiva sin final a la vista. El propio FMI, verdadero timón de la actual gestión, estimó que la economía argentina caerá 1,3 por ciento este año, consumo bajará 4,8 y la inversión, 17,5 por ciento.
Señor Presidente, las Pymes no necesitamos clases sobre “competitividad” sino políticas de Estado. Un régimen impositivo segmentado y progresivo, no sucesivos parches y persecución a quienes no pueden cumplir; un sistema financiero a favor de la inversión productiva, no de la especulación; un mercado interno fuerte, no ajustes recesivos y enfriamiento económico; un Estado activo que fomente la industria nacional y regule eficazmente del accionar de los formadores de precios y los recursos energéticos, no un Estado gerencial que garantice la política del zorro en el gallinero; una inserción internacional soberana e integrada regionalmente, no la firma de “acuerdos” abusivos con grandes potencias dignos de la época colonial.
Las Pymes necesitamos otro modelo económico, social y productivo. Un modelo inclusivo, basado sobre el desarrollo de la industria, la producción y el trabajo nacional. Un modelo que no excluya sino que convoque a empresarios, trabajadores, profesionales, científicos, docentes, quienes hoy se ven expulsados de sus trabajos o ven desvanecerse la obra de toda una vida.
En el marco de una campaña electoral signada por confusiones y falsos debates, creemos que la peor confusión es equivocar el debate de fondo que debemos dar: en qué modelo de país queremos y merecemos vivir los argentinos, de cara a un crecimiento sostenido con equidad social que asegure una vida digna a todos sus habitantes.
*Vicepresidente de APYME.
Fuente de información e imagen: ADN Río Negro, 26/07/2019.

Domingo Milanesio, El Patiru, un salesiano en la Patagonia.

Sentados de izquierda a derecha: Domingo Milanesio, Lino de Roa, el obispo Juan Cagliero, Antonio Riccardi y Tadeo Remotti junto a representantes indígenas de la Patagonia.

Domingo Milanesio, El Patiru, un salesiano en la Patagonia.

Liliana Verbeke*


Año 1875, la masonería sienta sus reales en el porteño barrio de La Boca, y como queriendo contrarrestar el avance desembarca la primera misión de salesianos encabezada por Juan Cagliero.
El sacerdote Domingo Milanesio llega a Buenos Aires en 1877 con 34 años de edad integrando la segunda misión, junto a un grupo de diez misioneros incluyendo mujeres, hijas de María Auxiliadora y dos hombres que serán fundamentales en la “arquitectura salesiana en Patagonia”: los padres Costamagna y Vespignani.
La misión en La Boca advierte la necesidad del barrio: una escuela. Se crea en 1878 junto a la capillita de madera, una escuela primaria a cargo del padre Milanesio, quien previa autorización enseñó religión en escuelas estatales de La Boca y Barracas.
Tras once años de misión en La Boca es enviado a Carmen de Patagones como teniente cura y a partir del 12 de noviembre de 1880 como párroco en Mercedes de Viedma.
Doménico se entregó a su prójimo inmediato y mayoritario, las tribus aborígenes, salvo algunos españoles y galeses en Chubut.
Qué convicción tan grande acompañó sus viajes por la vastedad de entonces, solo acompañado de su caballo y el Evangelio bajo el brazo cumpliendo su misión, encarando el desierto y persuadiendo la confianza indígena.
Milanesio, un hombre talentoso, respetuoso de los nativos, sin menoscabar una lengua para él desconocida, la aprende memorizando vocablos y compartiendo días y días con ellos, en las recordadas “cabalgatas apostólicas”, disimulando muy bien las infinitas carencias materiales en las que estaban sumergidos.
De su mérito extraordinario ha dicho el padre Raúl Entraigas: ”El padre Domingo Milanesio; italiano él, se encargó en soledad de descifrar el idioma de los aborígenes, ordenar alfabéticamente los vocablos, usos de armas, herramientas; la interpretación de gestos, sonidos guturales, sistematizó la región con dibujos y mapas, al final publicó (entre 1814/1818) un libro denominado: ‘Etimología araucana. Idiomas comparados de la Patagonia. Lecturas y Frasario Araucano’”.

Misión en el Alto Valle

Entre abril de 1883 y mayo realiza una misión itinerante por el Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Estando en General Roca, el cacique Manuel Namuncurá se acerca a Milanesio para que interceda y haga saber de sus intenciones de “entablar conversación y voluntad de rendirse al gobierno nacional”.
Y Milanesio es artífice de este acuerdo, resultando ser “el mediador de partes” recibiendo las tribus tierras en propiedad y Manuel Namuncurá el grado de coronel del Ejército Argentino. El Patiru, como lo llaman las tribus -su equivalente a “padre” para los nativos-, había iniciado gestiones a favor del derecho a posesión de las tierras por parte de los aborígenes de ambas provincias, carteándose con los funcionarios nacionales de entonces.
Algo más haría el ínclito y fiel sacerdote cumpliendo con la premisa evangelizadora: el 24 de diciembre de 1888 en vísperas de la Navidad bautiza al hijo del cacique, hoy beato, Ceferino Namuncurá.
En tanto Nicolás Esandi, el luego obispo de la Patagonia, camino al sacerdocio estudiaba latín con el noble Patiru.
Entre 1886 y 1887 -según un trabajo de Cayetano Paesa- se concreta la gran misión de Chichinales con el trabajo de Milanesio, Panaro y Mons. Cagliero, solicitada por los caciques Sayhueque y Yancuche recordada como la más importante, masiva y significativa.
n 1890 es enviado a Bahía Blanca como párroco de La Merced, hoy iglesia catedral. Con su estilo evangelizador itinerante, recorre la zona rural. Inmigrantes europeos son asistidos por su servicio, bendice la primer capilla y celebra misas en Tornquist, en Coronel Pringles y en capillas de estancias, galpones o al aire libre.
En 1892, El Patiru funda la capilla de Junín de los Andes; en 1894 recorre la cordillera de ambos lados forjando relación con los franciscanos del lado chileno.
Eficaz y competente en misiones en cualquier terreno, Europa fue destino de sus viajes también en búsqueda de recursos para sostener en parte tamaña empresa.
Tal su marcha misional viaja acompañado de aborígenes que hablan la lengua nativa, sea tehuelche o araucana, y, como se estilaba decir en la época, lleva a la vieja Europa indígenas “evangelizados”, como muestra de la obra realizada. De esta manera, en 1892 los sacerdotes Cagliero, Milanesio y Beauvoir llegan a Italia con algunos indígenas de Tierra del Fuego y otros puntos de la Patagonia, entre ellos dos mujeres jovencitas acompañadas por dos Hermanas de María Auxiliadora.
El Boletín salesiano registra el arribo de Santiago Melipan, joven de 17 años, que habla bien la lengua española, entiende el italiano, ”y una hija y una prima del cacique Sayhueque, Severina y Josefa, que hablan el idioma de Castilla”.
“Estos saben la doctrina cristiana también en lengua araucana y recitan suficientemente bien las oraciones en latín y en italiano”.

La lengua nativa.

El padre Doménico o Patiru aconsejaba siempre que el misionero entendiera la lengua de los nativos para hacerse comprender mejor, especialmente por mujeres y niños que casi no sabían el español.
Valoraba los momentos de encuentro con los indígenas para aprender su lengua y hacer extensas anotaciones e incluso escribió las oraciones y parte del catecismo por el conocimiento y uso del mapuzungun que había adquirido. También traducía del mapuche al italiano haciendo referencia a publicaciones de sus antecesores los padres jesuitas.
Él tenía una misión y un derrotero: evangelizar.
Pero más allá de su astucia e inteligencia en buscar la forma o el método para concretar los fines, no caben dudas de que eligió el mejor, el más sabio y eficaz, el que lo hace un “tipo“ brillante y preclaro, lo humaniza y trasciende, lo hermana de verdad, lo pone “a la par” y en un ida y vuelta, en una suerte de alfabetización mutua; aprende del otro, metiéndose de lleno en su mundo, y he ahí el valor de su siembra.
A principios del siglo XX, instalado en Junín de los Andes, debe partir a Bernal donde fallece a los 79 años. Tras su muerte, concreta su sueño de permanecer en suelo patagónico y allí descansa en el santuario de Junín de los Andes.
Investigadores del Conicet, de la Congregación Salesiana e independientes han profundizado el estudio de la misión del padre Milanesio y su aplicación al estudio de las lenguas de las distintas etnias aborígenes que evangelizó.
Cumplió, y en gran medida, con el mandato conciliar de 1899 y de Don Bosco respecto de la adaptación al medio para arribar a mejores resultados en la misión propuesta.
Este 2019, que la Unesco dedica a las lenguas aborígenes, es oportuno resaltar el trabajo profundo, el respeto y la consideración que tuvo para con los pueblos originarios el padre Domingo Milanesio, hecho que lo convierte para las tribus de entonces y el recuerdo de muchos en un verdadero Patiru.
*Diplomada en Preservación del Patrimonio NyC (UBP).
Publicado en Diario "Río Negro", viernes 26/07/2019.

¿Nos volvemos adictos a las redes? Algunos estudios revelan que la compulsión por chequear nuestros dispositivos en busca de novedades busca una gratificación que se vuelve cada vez más esquiva. Internet tiene una oferta infinita que distrae en el trabajo, el bar, en la reunión familiar... o en el sexo. Cómo influye esto en nuestra vida cotidiana y la cultura.

¿Nos volvemos adictos a las redes?

Paula Sibilia* Marianna Ferreira Jorge**


"Las redes sociales generan más adicción que el sexo y los cigarrillos”, concluyó un estudio desarrollado por la Universidad de Chicago en el 2016. ¡Ni siquiera el erotismo se salva! Mientras el 95% de la población mundial revisa sus teléfonos celulares durante cenas románticas o reuniones con amigos, según otra encuesta, ¡una de cada diez personas no puede ignorar las señales emitidas por el dispositivo durante las relaciones sexuales! ¿Dormir? Tampoco: el 37% de los encuestados en una pesquisa global informó haberse despertado en medio de la madrugada para chequear mensajes y el 28% admitió responderlos durante esos períodos insomnes. En Brasil sucede lo mismo: un tercio de los entrevistados confesó interrumpir el sueño para conectarse.
¿Estaremos frente a un nuevo tipo de adicción?
Aunque el término aún resulta controvertido, esa es la impresión de mucha gente; no solo por lo que vemos en todas partes o incluso por la experiencia personal, sino también porque es lo que sugieren varias investigaciones científicas.
Uno de estos estudios llegó a comparar esa tendencia compulsiva a verificar el correo electrónico o las redes sociales con el uso de máquinas tragamonedas. Así como sucede en el casino, miramos el teléfono para obtener gratificación.
Se crea una expectativa de obtenerla, lo que hace que repitamos obsesivamente el mismo gesto una y otra vez. Así, un usuario promedio verifica el aparato entre 80 y 110 veces al día; y cuando trabajamos en la computadora, cambiamos de pantalla cada 47 segundos.
El problema parece residir en el exceso de distracciones que presenta internet, con su oferta infinita de tentaciones a tan solo un clic de distancia. La impresión de que nos estamos perdiendo algo (¡o mucho!) crece mientras permanecemos desconectados. Pero esa inquietud no se detiene al estar online, porque aunque se ha ampliado nuestra capacidad de “prestar atención” a varios asuntos al mismo tiempo, sigue siendo mínima la cantidad de imágenes, textos y sonidos que podemos consumir simultáneamente.
Gracias al acervo irrestricto de información accesible en todo momento y en cualquier lugar, que desaparece o se renueva constantemente, es inevitable sospechar que siempre habrá algo más interesante o divertido para ver. Y no hay nada que hacerle: la frustración está garantizada, al igual que la ansiedad, el cansancio y el aburrimiento. Aun así, no nos rendimos. Muy por el contrario: aprendimos a vivir de modo ininterrumpido para poder mantenernos al día con esos flujos continuos. Estamos disponibles en todo momento, ignorando las antiguas distinciones entre día y noche, horario de trabajo y tiempo libre, fin de semana o vacaciones. Y también dondequiera que estemos: en la calle, la oficina, la cama, el aula, un bar, el teatro o en una isla desierta.
Ante el agotamiento que genera toda esta demanda, algunos han comenzado a desarrollar ciertas estrategias de protección, como silenciar las notificaciones o establecer pautas personales para el uso de los aparatos. Sin embargo, es muy difícil salir de ese estado de alerta y disposición que se ha vuelto tan habitual.
Ya no parece posible desconectarse por completo, ni tampoco lograr el descanso que a menudo ansiamos. Por lo tanto, aún siendo tan seductor y sumamente expandido (a pesar de reciente), el hábito de la conexión también se ha vuelto extenuante. Una de las razones es precisamente su total falta de límites en lo que se refiere a los usos del tiempo y el espacio, ya que los teléfonos celulares funcionan -y nos hacen funcionar- en todo momento y en cualquier lugar.
Aunque parezca ser un problema causado por las tecnologías digitales, conviene señalar que no se trata solo de eso. La cuestión es más compleja, puesto que estos artefactos integran transformaciones históricas mucho más profundas en los modos de vivir, que se han estado gestando durante décadas y terminaron provocando, entre otras consecuencias, la misma invención de esos instrumentos. Si bien todavía insistimos en llamarlos “teléfonos”, se trata de computadoras portátiles para uso individual, equipadas con pantallas, cámaras y acceso sin pausa a las redes informáticas. Así, cumplen con los ávidos deseos de mostrarnos para tener repercusión, además de proporcionar la ilusión de una compañía constante. Todo esto forma parte de lo que viene denominándose, ya hace más de medio siglo, “la sociedad del espectáculo”.
Ahora que estas formas de vida se han intensificado, con la ayuda del acceso a móvil a internet, también surgen nuevos riesgos y desafíos. Entre los sufrimientos que proliferan hoy en día, se destaca una creciente incapacidad para manejarse con esa falta de límites que caracteriza tanto a la vida online como a nuestro rol de consumidores. “Vos podés”, nos dice constantemente la publicidad, un lema que sintoniza con el generalizado y múltiple “yo quiero” (y “yo lo merezco”) hoy vigente, en oposición al “usted debe” que marcó a los ciudadanos modernos de los siglos XIX y XX.
En ese horizonte ilimitado de la vida en modo wifi se ha vuelto legítimo quererlo todo, incluso aquello que no logramos (ni jamás lograremos) porque nuestra experiencia demasiado humana sigue siendo fatalmente limitada.
Aún así, sufrimos porque asumimos que deberíamos poderlo todo, en lugar de tener que aprender a lidiar con límites demasiado sólidos, impuestos por la rigidez de la ley y la moral. Cada vez más distantes de eso que sucedía en otras épocas no tan lejanas, ya no sufrimos principalmente por estar regidos por el deber, que nos llevaba a reprimir el querer. Ahora la insatisfacción parece vinculada a esa dificultad que implica el autocontrol en una cultura que ensalza el placer ilimitado.
La “adicción a la conexión” ilustra este conflicto: es un malestar típico de una sociedad que solo quiere saber de bienestar y no dispone de herramientas para lidiar con la frustración.
*Antropóloga y profesora de la Universidad Federal Fluminense (UFF), de Río de Janeiro, Brasil
**Estudiante del Doctorado en Comunicación de la Universidad Federal Fluminense (UFF), Brasil.
Publicado en Diario "Río Negro", 26/07/2019.