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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

viernes, julio 26, 2019

Domingo Milanesio, El Patiru, un salesiano en la Patagonia.

Sentados de izquierda a derecha: Domingo Milanesio, Lino de Roa, el obispo Juan Cagliero, Antonio Riccardi y Tadeo Remotti junto a representantes indígenas de la Patagonia.

Domingo Milanesio, El Patiru, un salesiano en la Patagonia.

Liliana Verbeke*


Año 1875, la masonería sienta sus reales en el porteño barrio de La Boca, y como queriendo contrarrestar el avance desembarca la primera misión de salesianos encabezada por Juan Cagliero.
El sacerdote Domingo Milanesio llega a Buenos Aires en 1877 con 34 años de edad integrando la segunda misión, junto a un grupo de diez misioneros incluyendo mujeres, hijas de María Auxiliadora y dos hombres que serán fundamentales en la “arquitectura salesiana en Patagonia”: los padres Costamagna y Vespignani.
La misión en La Boca advierte la necesidad del barrio: una escuela. Se crea en 1878 junto a la capillita de madera, una escuela primaria a cargo del padre Milanesio, quien previa autorización enseñó religión en escuelas estatales de La Boca y Barracas.
Tras once años de misión en La Boca es enviado a Carmen de Patagones como teniente cura y a partir del 12 de noviembre de 1880 como párroco en Mercedes de Viedma.
Doménico se entregó a su prójimo inmediato y mayoritario, las tribus aborígenes, salvo algunos españoles y galeses en Chubut.
Qué convicción tan grande acompañó sus viajes por la vastedad de entonces, solo acompañado de su caballo y el Evangelio bajo el brazo cumpliendo su misión, encarando el desierto y persuadiendo la confianza indígena.
Milanesio, un hombre talentoso, respetuoso de los nativos, sin menoscabar una lengua para él desconocida, la aprende memorizando vocablos y compartiendo días y días con ellos, en las recordadas “cabalgatas apostólicas”, disimulando muy bien las infinitas carencias materiales en las que estaban sumergidos.
De su mérito extraordinario ha dicho el padre Raúl Entraigas: ”El padre Domingo Milanesio; italiano él, se encargó en soledad de descifrar el idioma de los aborígenes, ordenar alfabéticamente los vocablos, usos de armas, herramientas; la interpretación de gestos, sonidos guturales, sistematizó la región con dibujos y mapas, al final publicó (entre 1814/1818) un libro denominado: ‘Etimología araucana. Idiomas comparados de la Patagonia. Lecturas y Frasario Araucano’”.

Misión en el Alto Valle

Entre abril de 1883 y mayo realiza una misión itinerante por el Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Estando en General Roca, el cacique Manuel Namuncurá se acerca a Milanesio para que interceda y haga saber de sus intenciones de “entablar conversación y voluntad de rendirse al gobierno nacional”.
Y Milanesio es artífice de este acuerdo, resultando ser “el mediador de partes” recibiendo las tribus tierras en propiedad y Manuel Namuncurá el grado de coronel del Ejército Argentino. El Patiru, como lo llaman las tribus -su equivalente a “padre” para los nativos-, había iniciado gestiones a favor del derecho a posesión de las tierras por parte de los aborígenes de ambas provincias, carteándose con los funcionarios nacionales de entonces.
Algo más haría el ínclito y fiel sacerdote cumpliendo con la premisa evangelizadora: el 24 de diciembre de 1888 en vísperas de la Navidad bautiza al hijo del cacique, hoy beato, Ceferino Namuncurá.
En tanto Nicolás Esandi, el luego obispo de la Patagonia, camino al sacerdocio estudiaba latín con el noble Patiru.
Entre 1886 y 1887 -según un trabajo de Cayetano Paesa- se concreta la gran misión de Chichinales con el trabajo de Milanesio, Panaro y Mons. Cagliero, solicitada por los caciques Sayhueque y Yancuche recordada como la más importante, masiva y significativa.
n 1890 es enviado a Bahía Blanca como párroco de La Merced, hoy iglesia catedral. Con su estilo evangelizador itinerante, recorre la zona rural. Inmigrantes europeos son asistidos por su servicio, bendice la primer capilla y celebra misas en Tornquist, en Coronel Pringles y en capillas de estancias, galpones o al aire libre.
En 1892, El Patiru funda la capilla de Junín de los Andes; en 1894 recorre la cordillera de ambos lados forjando relación con los franciscanos del lado chileno.
Eficaz y competente en misiones en cualquier terreno, Europa fue destino de sus viajes también en búsqueda de recursos para sostener en parte tamaña empresa.
Tal su marcha misional viaja acompañado de aborígenes que hablan la lengua nativa, sea tehuelche o araucana, y, como se estilaba decir en la época, lleva a la vieja Europa indígenas “evangelizados”, como muestra de la obra realizada. De esta manera, en 1892 los sacerdotes Cagliero, Milanesio y Beauvoir llegan a Italia con algunos indígenas de Tierra del Fuego y otros puntos de la Patagonia, entre ellos dos mujeres jovencitas acompañadas por dos Hermanas de María Auxiliadora.
El Boletín salesiano registra el arribo de Santiago Melipan, joven de 17 años, que habla bien la lengua española, entiende el italiano, ”y una hija y una prima del cacique Sayhueque, Severina y Josefa, que hablan el idioma de Castilla”.
“Estos saben la doctrina cristiana también en lengua araucana y recitan suficientemente bien las oraciones en latín y en italiano”.

La lengua nativa.

El padre Doménico o Patiru aconsejaba siempre que el misionero entendiera la lengua de los nativos para hacerse comprender mejor, especialmente por mujeres y niños que casi no sabían el español.
Valoraba los momentos de encuentro con los indígenas para aprender su lengua y hacer extensas anotaciones e incluso escribió las oraciones y parte del catecismo por el conocimiento y uso del mapuzungun que había adquirido. También traducía del mapuche al italiano haciendo referencia a publicaciones de sus antecesores los padres jesuitas.
Él tenía una misión y un derrotero: evangelizar.
Pero más allá de su astucia e inteligencia en buscar la forma o el método para concretar los fines, no caben dudas de que eligió el mejor, el más sabio y eficaz, el que lo hace un “tipo“ brillante y preclaro, lo humaniza y trasciende, lo hermana de verdad, lo pone “a la par” y en un ida y vuelta, en una suerte de alfabetización mutua; aprende del otro, metiéndose de lleno en su mundo, y he ahí el valor de su siembra.
A principios del siglo XX, instalado en Junín de los Andes, debe partir a Bernal donde fallece a los 79 años. Tras su muerte, concreta su sueño de permanecer en suelo patagónico y allí descansa en el santuario de Junín de los Andes.
Investigadores del Conicet, de la Congregación Salesiana e independientes han profundizado el estudio de la misión del padre Milanesio y su aplicación al estudio de las lenguas de las distintas etnias aborígenes que evangelizó.
Cumplió, y en gran medida, con el mandato conciliar de 1899 y de Don Bosco respecto de la adaptación al medio para arribar a mejores resultados en la misión propuesta.
Este 2019, que la Unesco dedica a las lenguas aborígenes, es oportuno resaltar el trabajo profundo, el respeto y la consideración que tuvo para con los pueblos originarios el padre Domingo Milanesio, hecho que lo convierte para las tribus de entonces y el recuerdo de muchos en un verdadero Patiru.
*Diplomada en Preservación del Patrimonio NyC (UBP).
Publicado en Diario "Río Negro", viernes 26/07/2019.

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