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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

viernes, julio 26, 2019

¿Nos volvemos adictos a las redes? Algunos estudios revelan que la compulsión por chequear nuestros dispositivos en busca de novedades busca una gratificación que se vuelve cada vez más esquiva. Internet tiene una oferta infinita que distrae en el trabajo, el bar, en la reunión familiar... o en el sexo. Cómo influye esto en nuestra vida cotidiana y la cultura.

¿Nos volvemos adictos a las redes?

Paula Sibilia* Marianna Ferreira Jorge**


"Las redes sociales generan más adicción que el sexo y los cigarrillos”, concluyó un estudio desarrollado por la Universidad de Chicago en el 2016. ¡Ni siquiera el erotismo se salva! Mientras el 95% de la población mundial revisa sus teléfonos celulares durante cenas románticas o reuniones con amigos, según otra encuesta, ¡una de cada diez personas no puede ignorar las señales emitidas por el dispositivo durante las relaciones sexuales! ¿Dormir? Tampoco: el 37% de los encuestados en una pesquisa global informó haberse despertado en medio de la madrugada para chequear mensajes y el 28% admitió responderlos durante esos períodos insomnes. En Brasil sucede lo mismo: un tercio de los entrevistados confesó interrumpir el sueño para conectarse.
¿Estaremos frente a un nuevo tipo de adicción?
Aunque el término aún resulta controvertido, esa es la impresión de mucha gente; no solo por lo que vemos en todas partes o incluso por la experiencia personal, sino también porque es lo que sugieren varias investigaciones científicas.
Uno de estos estudios llegó a comparar esa tendencia compulsiva a verificar el correo electrónico o las redes sociales con el uso de máquinas tragamonedas. Así como sucede en el casino, miramos el teléfono para obtener gratificación.
Se crea una expectativa de obtenerla, lo que hace que repitamos obsesivamente el mismo gesto una y otra vez. Así, un usuario promedio verifica el aparato entre 80 y 110 veces al día; y cuando trabajamos en la computadora, cambiamos de pantalla cada 47 segundos.
El problema parece residir en el exceso de distracciones que presenta internet, con su oferta infinita de tentaciones a tan solo un clic de distancia. La impresión de que nos estamos perdiendo algo (¡o mucho!) crece mientras permanecemos desconectados. Pero esa inquietud no se detiene al estar online, porque aunque se ha ampliado nuestra capacidad de “prestar atención” a varios asuntos al mismo tiempo, sigue siendo mínima la cantidad de imágenes, textos y sonidos que podemos consumir simultáneamente.
Gracias al acervo irrestricto de información accesible en todo momento y en cualquier lugar, que desaparece o se renueva constantemente, es inevitable sospechar que siempre habrá algo más interesante o divertido para ver. Y no hay nada que hacerle: la frustración está garantizada, al igual que la ansiedad, el cansancio y el aburrimiento. Aun así, no nos rendimos. Muy por el contrario: aprendimos a vivir de modo ininterrumpido para poder mantenernos al día con esos flujos continuos. Estamos disponibles en todo momento, ignorando las antiguas distinciones entre día y noche, horario de trabajo y tiempo libre, fin de semana o vacaciones. Y también dondequiera que estemos: en la calle, la oficina, la cama, el aula, un bar, el teatro o en una isla desierta.
Ante el agotamiento que genera toda esta demanda, algunos han comenzado a desarrollar ciertas estrategias de protección, como silenciar las notificaciones o establecer pautas personales para el uso de los aparatos. Sin embargo, es muy difícil salir de ese estado de alerta y disposición que se ha vuelto tan habitual.
Ya no parece posible desconectarse por completo, ni tampoco lograr el descanso que a menudo ansiamos. Por lo tanto, aún siendo tan seductor y sumamente expandido (a pesar de reciente), el hábito de la conexión también se ha vuelto extenuante. Una de las razones es precisamente su total falta de límites en lo que se refiere a los usos del tiempo y el espacio, ya que los teléfonos celulares funcionan -y nos hacen funcionar- en todo momento y en cualquier lugar.
Aunque parezca ser un problema causado por las tecnologías digitales, conviene señalar que no se trata solo de eso. La cuestión es más compleja, puesto que estos artefactos integran transformaciones históricas mucho más profundas en los modos de vivir, que se han estado gestando durante décadas y terminaron provocando, entre otras consecuencias, la misma invención de esos instrumentos. Si bien todavía insistimos en llamarlos “teléfonos”, se trata de computadoras portátiles para uso individual, equipadas con pantallas, cámaras y acceso sin pausa a las redes informáticas. Así, cumplen con los ávidos deseos de mostrarnos para tener repercusión, además de proporcionar la ilusión de una compañía constante. Todo esto forma parte de lo que viene denominándose, ya hace más de medio siglo, “la sociedad del espectáculo”.
Ahora que estas formas de vida se han intensificado, con la ayuda del acceso a móvil a internet, también surgen nuevos riesgos y desafíos. Entre los sufrimientos que proliferan hoy en día, se destaca una creciente incapacidad para manejarse con esa falta de límites que caracteriza tanto a la vida online como a nuestro rol de consumidores. “Vos podés”, nos dice constantemente la publicidad, un lema que sintoniza con el generalizado y múltiple “yo quiero” (y “yo lo merezco”) hoy vigente, en oposición al “usted debe” que marcó a los ciudadanos modernos de los siglos XIX y XX.
En ese horizonte ilimitado de la vida en modo wifi se ha vuelto legítimo quererlo todo, incluso aquello que no logramos (ni jamás lograremos) porque nuestra experiencia demasiado humana sigue siendo fatalmente limitada.
Aún así, sufrimos porque asumimos que deberíamos poderlo todo, en lugar de tener que aprender a lidiar con límites demasiado sólidos, impuestos por la rigidez de la ley y la moral. Cada vez más distantes de eso que sucedía en otras épocas no tan lejanas, ya no sufrimos principalmente por estar regidos por el deber, que nos llevaba a reprimir el querer. Ahora la insatisfacción parece vinculada a esa dificultad que implica el autocontrol en una cultura que ensalza el placer ilimitado.
La “adicción a la conexión” ilustra este conflicto: es un malestar típico de una sociedad que solo quiere saber de bienestar y no dispone de herramientas para lidiar con la frustración.
*Antropóloga y profesora de la Universidad Federal Fluminense (UFF), de Río de Janeiro, Brasil
**Estudiante del Doctorado en Comunicación de la Universidad Federal Fluminense (UFF), Brasil.
Publicado en Diario "Río Negro", 26/07/2019.

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