INVAP, CINCUENTA AÑOS.
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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.
LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.
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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).
“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.
lunes, agosto 31, 2026
INVAP, CINCUENTA AÑOS.
INVAP, CINCUENTA AÑOS.
sábado, julio 04, 2026
TIEMPOS PERDIDOS por Pedro Pesatti.
TIEMPOS PERDIDOS.
lunes, junio 22, 2026
Partió don Modesto Nicanor Linares Baccarezza. Descendiente del cacique Miguel Linares
Partió don Modesto Nicanor Linares Baccarezza, de los pagos de Palacios, cerca de San Javier. Descendiente del cacique Miguel Linares, fue familiar directo del autor del Himno de Río Negro, el padre Raúl Entraigas, y del primer gobernador de la provincia, Edgardo Castello.
lunes, octubre 20, 2025
VIEDMA Y EL CONCEPTO DE SU CAPITALIDAD. Por Pedro Pesatti.
VIEDMA Y EL CONCEPTO DE SU CAPITALIDAD.
Por Pedro Pesatti.
El gobernador Mario José Franco, que ejerció su cargo desde el 25 de mayo de 1973 hasta el golpe de estado de 1976, encarnó una voluntad política con una enorme sabiduría —propia de quienes tienen sus raíces en el campo más fértil de nuestro pasado— que trascendió los límites de su gestión: la de evitar que Río Negro replicara el modelo centralista porteño. Este modelo, como es sabido, originó un sistema hegemónico, oligárquico y exportador de materias primas sin agregado de valor, que condicionó la construcción de una Argentina para todos. En efecto, Franco comprendía que el verdadero federalismo no radicaba simplemente en distribuir cuotas de poder, sino más bien en fundar equilibrios duraderos y, por ende, en afirmar la autonomía de las provincias como expresión concreta de la soberanía nacional.
sábado, octubre 11, 2025
Los octubre de Viedma.
Los octubre de Viedma.
(Por Pedro Pesatti*).- La historia argentina está hecha de fronteras. Algunas se dibujan sobre mapas; otras, más hondas, se trazan en la conciencia de un país que aún se busca a sí mismo. Entre esas fronteras, la Patagonia ha sido la más vasta y simbólica: el territorio donde el Estado midió su capacidad para transformar la geografía en Nación. En esa cartografía, Viedma ocupa un lugar singular. Fue la primera capital patagónica y, desde 1973, la sede definitiva del gobierno rionegrino. Pero su destino excede las coordenadas administrativas: Viedma es, antes que nada, una idea política.
Esa idea nació el 11 de octubre de 1878, cuando el presidente Nicolás Avellaneda creó la Gobernación de la Patagonia y fijó su capital en Mercedes de Patagones, rebautizada poco después como Viedma. Aquella decisión tuvo menos de azar que de estrategia. Era la manera de afirmar soberanía en un sur todavía incierto, donde la disputa territorial con Chile y la injerencia de potencias extracontinentales, como Inglaterra, estaba a la vista con solo mirar Malvinas. En ese gesto fundacional, la Argentina intentaba proyectar una arquitectura de Estado en un territorio donde aún predominaba la intemperie.
Pocos años después, el 16 de octubre de 1884, se estableció el Territorio Nacional de Río Negro, que mantuvo a Viedma como su capital. El acto completó un ciclo de institucionalización en la Patagonia: de capital de la Gobernación pasó a ser capital de un territorio nacional, y más tarde, en el siglo XX, capital de una provincia. Finalmente, el 20 de octubre de 1973, la Legislatura rionegrina sancionó —por unanimidad— la Ley N° 852, que declaró a Viedma capital definitiva de la provincia. En esa secuencia de octubres —1878, 1884 y 1973— se condensa un itinerario que no pertenece solo a una ciudad, sino al proceso mismo de afirmación del Estado argentino en el sur.
Esa continuidad de decisiones revela una constante: cada vez que la Nación necesitó anclar su soberanía en la Patagonia, eligió a Viedma. Su capitalidad expresa algo más que una ubicación institucional; es una metáfora de la integración. Mientras otras regiones del país crecían al ritmo del puerto y del ferrocarril, la Patagonia seguía siendo una promesa. Viedma, en cambio, encarnó el esfuerzo por transformar la distancia en pertenencia.
El itinerario de esta ciudad es también el de un país que osciló entre la expansión y la postergación. Desde los tiempos en que Álvaro Barros trazó sus primeros planos, Viedma representó la posibilidad de un Estado con anclaje austral. Luego, en los años del proyecto de traslado de la capital nacional impulsado por Raúl Alfonsín, volvió a ser escenario de una promesa federal inconclusa. Cada tanto, la Argentina regresa a Viedma para recordar lo que aún le falta cumplir.
Por eso octubre tiene, para los viedmenses y para los rionegrinos, un significado que trasciende el calendario. Es el mes en que se unifican tres gestos fundacionales de la soberanía: la Patagonia como destino nacional, Río Negro como territorio institucional y la provincia como comunidad política. Tres octubres, tres actos de fundación, un mismo propósito: consolidar el país desde su frontera más profunda.
Pensar a Viedma como capital es, en definitiva, pensar la relación del Estado con su territorio. La ciudad es un espejo del federalismo argentino: modesto en apariencia, pero decisivo en su significado. Su capitalidad no se mide en edificios ni despachos, sino en su capacidad de representar la voluntad de un pueblo de permanecer en el mapa de la historia.
Viedma fue, es y seguirá siendo una frontera interior: el límite donde la Argentina se mira a sí misma para preguntarse si alguna vez completará el proyecto de integración que soñaron sus fundadores.
*Vicegobernador de Río Negro.
Publicado en ADN RÍO NEGRO.
https://www.adnrionegro.com.ar/2025/10/los-octubre-de-viedma/
lunes, junio 16, 2025
70 años: el inicio de la decadencia.
70 años: el inicio de la decadencia.
(Por Pedro Pesatti*).- El 16 de junio de 1955, hace setenta años, la Plaza de Mayo fue convertida en el primer blanco del terrorismo de Estado. Aviones de la Marina y de la Fuerza Aérea bombardearon el centro cívico y simbólico del país, en una operación fríamente calculada para asesinar al presidente constitucional. El resultado fue una carnicería: las armas de la Nación se volvieron contra su propio pueblo.
Los preparativos comenzaron al amanecer en la base aeronaval de Punta Indio. A las nueve de la mañana despegaron los primeros aviones. Las condiciones meteorológicas los obligaron a desviarse hacia Colonia, Uruguay. Al mediodía, el capitán de fragata Néstor Noriega lanzó la primera bomba. En ese instante, Juan Carlos Marino, empleado de la Aduana, emergía de la estación del subte rumbo a su trabajo. Murió en el acto. Fue la primera víctima de una jornada que dejó más de 350 muertos y más de mil heridos.
La ofensiva se ejecutó en oleadas coordinadas: seis Beechcraft con bombas de cien kilos, catorce North American al mando del capitán de corbeta Santiago Sabarots, y finalmente los Gloster Meteor de la Fuerza Aérea, equipados con cohetes y ametralladoras. Apuntaron a objetivos clave: la CGT, el entonces Ministerio de Asistencia Social, la residencia presidencial de Palermo —donde hoy funciona la Biblioteca Nacional— y el recientemente disuelto Instituto Nacional Juan Domingo Perón.
Uno de los proyectiles perforó el techo de un trolebús que circulaba detrás de la Casa de Gobierno. La descompresión bastó para matar a más de cincuenta personas, entre ellas un grupo de niños que, en visita escolar, se dirigían a conocer la Casa Rosada.
El teniente primero Carlos Enrique Carus cerró la acción aérea. A las cinco de la tarde, cuando la ciudad comenzaba a reponerse del espanto, arrojó los tanques suplementarios de combustible de su avión sobre una multitud indefensa. Fue el último en descargar su violencia. Un testigo relató que muchos cuerpos estaban calcinados. Fotografías posteriores confirmaron esa escena. La ficha técnica de los Gloster Meteor, publicada luego en una revista militar europea, indicaba que sus tanques podían emplearse como bombas incendiarias. La carbonización fue resultado de ese mecanismo, aplicado con intención explícita: quemar vivos a quienes estaban en la plaza.
En la insurrección, además de militares sediciosos, intervinieron comandos civiles liderados por Mario Amadeo, con respaldo de políticos como Zavala Ortiz, Américo Ghioldi y Álvaro Morales. En la Facultad de Derecho, Mariano Grondona organizaba las células estudiantiles que colaboraban con el alzamiento. Un componente decisivo de la conspiración fue el involucramiento de la Iglesia Católica.
La ruptura entre el gobierno y la jerarquía eclesiástica tuvo su punto de quiebre en dos leyes impulsadas por el oficialismo: la de divorcio (14.394) y la 14.367, que otorgaba igualdad jurídica a hijos nacidos fuera del matrimonio. Esa ampliación de derechos colisionó con la doctrina clerical, que consideraba a los hijos extramatrimoniales como “hijos del pecado”, como Eva Perón. La excomunión del presidente fue la respuesta institucional de la Iglesia, con derivaciones políticas concretas.
Por entonces, quien aspirara a la presidencia debía pertenecer al culto católico, según lo establecía la Constitución Nacional antes de la reforma de 1994. La sanción religiosa implicaba, en los hechos, la imposibilidad jurídica de ser candidato. No fue solo una pena espiritual: fue un mecanismo formal de exclusión política. O, más directamente, una forma de proscripción.
En tierra, trescientos infantes de Marina, armados con fusiles de origen belga y desembarcados en secreto por orden del almirante Rojas, marcharon desde el Ministerio de Marina hacia la Casa Rosada. La resistencia de los granaderos los contuvo. Quince soldados murieron en el enfrentamiento.
El contralmirante Aníbal Olivieri se internó en el hospital naval antes del ataque. Al día siguiente, asumió el Ministerio de Marina en nombre de los sublevados. En su declaración judicial solicitó que no se juzgara a Massera ni a Mayorga. Habían obedecido órdenes. Así se formuló, sin nombrarla aún, la doctrina de la obediencia debida. Ambos serían, dos décadas después, piezas clave del terrorismo de Estado durante la última dictadura.
El gobierno no activó el Código de Justicia Militar ni ordenó arrestos. Ese gesto de conciliación fue percibido como debilidad. Setenta días más tarde, Perón fue derrocado.
Los responsables de la masacre obtuvieron legitimidad. La historia oficial borró sus huellas. El relato dominante giró del horror a la celebración. El sentido se consolidó desde los centros del poder.
No es casual, por lo tanto, que el 16 de junio haya permanecido relegado en el canon pedagógico de la democracia. Como hecho histórico, no tiene precedentes en ningún otro país. Fue más brutal que el bombardeo de Guernica, el primero en América Latina sobre civiles, y comparable a lo ocurrido en Tiananmen.
Ese día, la Argentina institucionalizó la violencia como herramienta para rediseñar el poder. El aparato estatal no fue víctima: ejecutó la matanza. No emergió desde los márgenes: brotó desde el núcleo mismo de las instituciones, con legitimación doctrinaria, bendición clerical y eficiencia militar.
El estallido sobre la Plaza de Mayo inauguró una pedagogía siniestra, que se extendió a lo largo de las décadas siguientes. Los cuerpos calcinados de los trabajadores, los cadáveres de los niños que iban de visita a la Casa Rosada, constituyen la escena fundacional de la violencia política que recorrería todo el devenir del país hasta la recuperación democrática en 1983.
Algunos sostienen, con insistencia, que la decadencia argentina comenzó hace setenta años. Tienen razón, aunque lo digan con otra intención. Lo que se puso en marcha aquel 16 de junio no fue solamente una matanza. Fue la instauración de una lógica basada en la crueldad, un modo de intervención política fundado en la barbarie, la fuerza y la impunidad.
La Argentina inició su derrumbe desde su corazón institucional, cuando un sector de las Fuerzas Armadas bombardeó a la población en nombre de una patria reducida a consigna, mientras los altares callaban o celebraban, junto a coros de civiles evangelizados por el odio.
*Vicegobernador de Río Negro.
Publicado en ADN Río Negro.
https://www.adnrionegro.com.ar/2025/06/70-anos-el-inicio-de-la-decadencia/









