GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...

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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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lunes, septiembre 09, 2024

Memoria: ponerle rostro a las calles de San Martín de los Andes.

Memoria: ponerle rostro a las calles de San Martín de los Andes.

Cinco autoras de la ciudad elaboraron un repaso de quiénes fueron esos vecinos homenajeados en cada arteria del casco céntrico local.

Por Melina Ortiz Campos.


En 116 páginas, integrantes de la Asociación Amigos del Museo de San Martín de los Andes, guardaron vida y obra de gente que dejó huella. Para este rescate elegimos a ocho, en su mayoría residentes por opción, que se animaron al desafío de la cordillera neuquina.

Ana María de Mena, María de la Paloma Martínez, Margarita E. Schroeder, Mabel Inés Martínez y Lidia Mabel Mora son las autoras que le dieron rostro a los carteles de cada esquina. Trabajaron con datos recolectados en un sinfín de libros, documentos, ordenanzas y archivos, lo que dio como resultado esta primera etapa de un proyecto mucho mayor, para abarcar las más de 250 calles, cortadas, pasajes, callejones y cuestas que tiene San Martín.

Gracias a eso y al apoyo de la legislatura provincial, los locales más jóvenes y los foráneos pueden saber, por ejemplo, que Emilio Frey fue un bonaerense, hijo de un inmigrante suizo, nacido en 1872, que hoy se encuentra homenajeado junto a la plaza central. Dedicado a la topografía, trabajó en la Comisión de Límites Argentino – Chilena bajo la dirección del Perito Francisco Pascasio Moreno, así como también en el trazado del Ferrocarril San Antonio Oeste – Nahuel Huapi. Impulsor del turismo, descubrió lagos en Chubut y estuvo entre los fundadores del Club Andino Bariloche. Un lago, un río corto y un refugio llevan su nombre.

Su figura se encuentra hoy en la esquina de esa plaza con la de Elias Sapag, que llegó al mundo 39 años después, en la otra punta del planeta y en otro contexto, al norte de Beirut, República de Líbano. Hijo de Canaán y Nazira, siendo un niño llegó a Zapala, donde estudió en la Escuela N° 3, para luego volver a su tierra natal. Hablaba árabe, español y francés, y en todo Neuquén lo recuerdan por su rol en la política como el resto de su familia, aunque también se dedicó al comercio, la minería y la comunicación. 

Si de medios se trata, Miguel Camino fue un referente, y el pueblo hoy lo nombra cuando visita el muelle y la Costanera. Porteño, nació hace 147 años, en 1877, en el hogar de Dominga Mailhes y Miguel Camino padre. También capaz de hablar en francés, es considerado el primer poeta sanmartiniense, lugar a donde llegó en 1916 e impulsó la creación de la Biblioteca Popular “9 de Julio”. Corresponsal de La Nación, columnista en El País, publicó en Caras y Caretas, escribió obras teatrales y se relacionó con la escritora Alfonsina Storni, el pintor Quinquela Martin, entre muchos otros. Aún así, estaba enamorado del sur neuquino y su sencillez, temas que atravesaron su obra. Como si todo esto fuera poco, cantaron sus letras grandes artistas como Carlos Gardel (“Mentías”), Mercedes Sosa y Leda Valladares (“Pobre mi negra”), Alfredo Zitarrosa (“Yaraví”), entre otros.

Este gran autor, comparte el paisaje a orillas del Lago Lácar con la calle de otro destacado, Federico Graef, un alemán nacido en 1872, también topógrafo como Frey. Al margen de su rol y el impulso que le dio a la profesión, fue uno de los que empezó a divulgar la necesidad de esquiar, como una forma de buscar ayuda ante una urgencia, en medio de las grandes nevadas que se registraban. Desde esta convicción, promovió el armado de la Asociación Deportiva Cultural Lácar en 1946 y apoyó la enseñanza y las excursiones a Chapelco para las prácticas de esquí. El refugio allí instalado lleva su nombre en honor a su legado. 

Como en todos los pueblos del territorio, la figura de los educadores fue imprescindible, por sus esfuerzos para bajar el analfabetismo reinante. Dos calles que los homenajearon corren en paralelo: José Calderón y Asunción Fosbery. Ella fue la primera directora y maestra de la Escuela cordillerana local, la “Infantil Mixta”, actual N°5. Española, nacida en 1877, su apellido de soltera era Miralles, descendiente de Antonio Miralles y Margarita Horach. Tras unos años en Junín, junto a su esposo Mariano Fosbery se instalaron a unas cinco leguas del actual aeropuerto Chapelco, donde fundaron el establecimiento “Las Mercedes”, el sitio que albergó a la posterior beata Laura Vicuña, a su madre y a una hermana. Dio clases en la región hasta que debió mudarse a Bahía Blanca, en 1904. 

Su figura se encuentra hoy en la esquina de esa plaza con la de Elias Sapag, que llegó al mundo 39 años después, en la otra punta del planeta y en otro contexto, al norte de Beirut, República de Líbano. Hijo de Canaán y Nazira, siendo un niño llegó a Zapala, donde estudió en la Escuela N° 3, para luego volver a su tierra natal. Hablaba árabe, español y francés, y en todo Neuquén lo recuerdan por su rol en la política como el resto de su familia, aunque también se dedicó al comercio, la minería y la comunicación. 

Su figura se encuentra hoy en la esquina de esa plaza con la de Elias Sapag, que llegó al mundo 39 años después, en la otra punta del planeta y en otro contexto, al norte de Beirut, República de Líbano. Hijo de Canaán y Nazira, siendo un niño llegó a Zapala, donde estudió en la Escuela N° 3, para luego volver a su tierra natal. Hablaba árabe, español y francés, y en todo Neuquén lo recuerdan por su rol en la política como el resto de su familia, aunque también se dedicó al comercio, la minería y la comunicación. 


Publicado en Diario Río Negro.
Imágenes: Diario "Río Negro".

martes, enero 03, 2023

Mercedes Sosa, una de las mejores cantantes de todos los tiempos según Rolling Stone.

 

Mercedes Sosa (1935-2009) era "radiante sobre el escenario como una Madre Tierra sudamericana",
según la revista Rolling Stone.

La lista de “Los 200 más grandes cantantes de todos los tiempos”, con el subtítulo “De Sinatra a SZA, del R&B a la salsa pasando por el alt-rock”, elaborada y publicada por la revista estadounidense Rolling Stone ubica a Mercedes Sosa en el puesto 160 e incluye además, entre los hispanoparlantes, a los artistas mexicanos Juan Gabriel (172) y Vicente Fernández (95), las españolas Rosalía (200) y Rocío Durcal (139), los puertorriqueños Marc Anthony (167), La India (113) y Héctor Lavoe 73), y la cubana Celia Cruz (18). Además, dentro de los latinos, aparecen los brasileños Caetano Veloso (108), João Gilberto (81) y Gal Costa (90).

El listado ha generado controversia en tiempos de conversación (y polémica 24/7 en redes sociales), sobre todo por la ausencia de la cantante canadiense Celine Dion. Pero según aclara la famosa publicación referencia de la cultura pop del último medio siglo, “tengan en cuenta que ésta es la lista de los Mejores Cantantes, no la de las Mejores Voces. El talento es impresionante, el genio es trascendente”.

El texto escrito en la recopilación por Ernesto Lechner, periodista y crítico musical nacido en Argentina y residente en Estados Unidos desde hace décadas, presenta a Mercedes Sosa como “procedente de la provincia argentina de Tucumán” y agrega que “encarnó el idealismo conmovedor de la izquierda, que ella expresó como líder del movimiento de la nueva canción a través de un rico repertorio impregnado de canciones folclóricas y de protesta”.

“Su delicada vocalización, siempre tierna, pero también anclada en un valor incorruptible, convirtió la oda ‘Gracias a La Vida’ de Violeta Parra en un himno íntimo. Censurada en su país y obligada al exilio durante la dictadura argentina de finales de los setenta, se convirtió en una atracción internacional, radiante sobre el escenario como una Madre Tierra sudamericana. Su último álbum antes de fallecer en 2009, Cantora, la encontró cantando a dúo en compañía de jóvenes estrellas convenientemente asombradas”, finaliza Lechner.

Esta lista de los 200 cantantes, según Rolling Stone, “abarca 100 años de música pop como una conversación global en curso, en la que la icónica cantante india Lata Mangeshkar se sitúa entre Amy Winehouse y Johnny Cash, y la reina de la salsa Celia Cruz comparte lugar con Prince y Marvin Gaye. Es posible que observe que no hay ningun cantante de ópera en nuestra lista, porque nuestro ámbito es la música pop en sentido amplio, lo que significa que casi todos los artistas de esta lista tuvieron importantes carreras como estrellas de la música popular”.

La lista, ideada por el staff de redacción y colaborares de Rolling Stone, ubica en los diez primeros puestos a Aretha Franklin (1), Whitney Houston (2), Sam Cooke (3), Billie Holiday (4), Mariah Carey (5), Ray Charles (6), Stevie Wonder (7), Beyoncé (8), Otis Redding (9) y Al Green (10). “En todos los casos, lo que más nos importaba era la originalidad, la influencia, la profundidad del catálogo de un artista y la amplitud de su legado musical”, concluye el texto de introducción a la producción periodística.

PUBLICADO EN INFOBAE.

https://www.infobae.com/cultura/2023/01/03/mercedes-sosa-una-de-las-mejores-cantantes-de-todos-los-tiempos-segun-rolling-stone/

sábado, julio 09, 2022

La cantora Mercedes Sosa.

 

" Yo andaba por mis 15 años. Mi papá y mi mamá, que eran muy peronistas, aprovecharon un tren gratis a Buenos Aires para celebrar el 17 de Octubre… Yo quedé cuidada por mis hermanos, más suelta… En la escuela faltó la profesora de canto y la directora me dijo que íbamos a cantar el Himno Nacional y que yo tenía que ponerme adelante y cantar bien fuerte, para que todos me siguieran. Sentí vergüenza, pero canté: ahí debuté. Ese día también faltó la profesora de labores y con mis compañeras fuimos a LV12, donde había un concurso. Mis compañeras me empujaron para que cantara. Por temor a que se enterara mi papá me llamé Gladys Osorio. Canté Triste estoy, de Margarita Palacios. Cuando terminé, el dueño de la radio me dijo: "El concurso concluyó y lo ganaste vos". Y seguí cantando en la radio. Hasta que un día mi papá me descubre y me llama y me dice palabras que escucho ahora: "¿Le parece bonito eso de andar metiéndose en la radio? ¿Eso es lo que hace una señorita criada para ser decente?" Mercedes Sosa.

domingo, enero 23, 2022

De tucumanos famosos por LUIS MARÍA BANDIERI.

 

Tucumanos famosos ha habido muchos. Así, al voleo: don Juan Bautista Alberdi, el general Roca, Palito Ortega. Nuestra provincia minúscula ha dado “luengo parto de varones” habituados a la fama. Y, por cierto, no olvido, también de grandes mujeres: Manuela Pedraza, la tucumanesa, heroína de la Reconquista, Lola Mora, que nos dejó su arte en la fuente de Las Nereidas, Mercedes Sosa, de voz inconfundible.

Me he de referir hoy  a dos tucumanos, uno real y otro imaginario. Hacia fines de 1919, en La Nueva Provincia de Bahía Blanca, el gran olvidado Arturo Cancela publicó una evocación de Cacambo, el criado de Cándido en el famoso cuento homónimo de Voltaire, como pretexto para tomar en solfa la creación de héroes nacionales imaginarios. Cacambo, cuarterón de mestizo y española, nacido en un Tucumán que Voltaire ubica como provincia de un Paraguay impreciso, había sido según el francés monaguillo, sacristán, marinero, monje, viajante, soldado y lacayo. Terminó esa vida de pluriempleo junto a su patrón, a Cunegunda, la esposa de éste, el doctor Pangloss y otros, cultivando la famosa quintita de Constantinopla.

Reproducido el artículo de Cancela en Tucumán -entonces aún se leía el diario con detenimiento y deleite- Guillermo Zalazar Altamira añadió por su parte que una compañía francesa, mientras construía un ferrocarril en la provincia, quiso honrar la memoria del cuarterón filósofo e impuso a una estación cercana a San Miguel su nombre. Como nadie por allí tenía la menor noticia acerca de la identidad del mestizo epónimo, cuando al tiempo el gobierno provincial adquirió la línea, en la creencia de que se trataba de un nombre quichua -el indigenismo no contaba mucho por entonces-, y quizás por la evocación excrementicia que la estación causara a la señora de algún gerente, lo cierto es que se cambió el letrero por el mucho más prosaico de Wenceslao Posse. Que así de ingratos solemos ser los hijos de esta tierra.

UN JOVEN ACICALADO.

Voy ahora al segundo tucumano famoso, esta vez de carne y hueso. Hace ya muchos años, reuniendo material para un trabajo sobre el Zogoibi de Larreta, tropecé con un artículo de Ortiz Echagüe (un periodista notorio de los 20) con información sobre un personaje llamado Gabriel de Iturri. Nacido hacia 1864, Iturri llegó a París a los quince años. Tenía diecinueve cuando Paul Groussac lo encuentra en la tertulia de Edmundo de Goncourt. Lo describe así:

“Hace su entrada un joven acicalado, afeitado, amaricado, luciendo un lunar velloso en la pintada mejilla y exhibiendo en su vestir el nauseabundo rebuscamiento de una chaqueta de negro terciopelo, chaleco blanco y ancha corbata punzó prendida con una sortija de brillantes”.

El entonces director de la Biblioteca Nacional, que no oculta su desprecio por el tucumano, apunta que su afeminamiento arrancaría de cuando, adolescente, interpretó el papel de Marcela en la obra del mismo nombre de Bretón de los Herreros: “la bordada saya de Marcela -se regodea Groussac, que hoy no pasaría airoso el escrutinio del INADI- quedóle como túnica de Neso, adherida a la carne, en adelante pecadora”. No contento con estos pormenores, informa oficiosamente que “el odioso muñeco” ejercía las funciones de “secretario íntimo” del conde Roberto de Montesquiou-Fezensac.

El conde de Montesquiou era uno de los “originales” celebrados por el gran mundo de la época, linajudo, elegante, autor de poemas más o menos decadentes y de impertinencias más o menos estudiadas, que tenían por escenario los salones mundanos que alguien describió como harenes para los hombres y haras para las mujeres. Montesquiou, personalmente, parece haberse hallado a mitad de camino entre ambos establecimientos. Marcel Proust se sirvió bastante de él para componer el barón Palamède de Charlus de En Busca del Tiempo Perdido. Este Charlus -papel que Delon interpretara en la pantalla- manifiesta en la ficción una cierta inclinación hacia los jovencitos y mantiene una liaison con su secretario y confidente, Jupien.

DONDE SE ADORA AL SOL.

La duquesa de Clermont-Tonnerre, muertos ambos, publicó un volumen “Proust y Montesquiou”, destinado a salvar al segundo del olvido obtenido gracias al éxito literario del primero. No faltan allí las referencias a Iturri. La duquesa instruye sobre su Tucumán natal, provincia, dice, “donde se adora el sol”. A mayor precisión geográfica, añade que es  “una ciudad situada en el corazón de la América del Sur, en esas  regiones donde, para distraerse, los hombres hacen batidas de loros entre bosques de naranjos, alimento favoritos de esos pájaros, y luego los asan en medio de una alfombra de flores multicolores, arrancando las orquídeas y las rosas que se enroscan en sus botas”.  Puede que Iturri le fantaseara así, o quizás la buena duquesa las armonizó por su cuenta, tomándola de la imaginaria descripción volteriana del Tucumán en “Cándido”, donde se comen loros, colibríes, monos asados y hasta un cóndor a la cacerola.

Montesquiou y su secretario vivían en Neuilly, en el Pabellón de las Musas, donde se celebraban las veladas literarias imperdibles para el tout Paris, organizadas por el argentino. En aquel tiempo de su gran celebridad mundana, Iturri -cuenta la duquesa- “era pálido y exhalaba un olor a cloroformo, síntoma de la diabetes, que debía arrebatarlo pronto. Pero sus ojos castaños, color de buen café, parecían dos llamas que ardían sin cesar y de las que su cuerpo maltrecho era la ceniza”. Montesquiou, sigue el relato, bromeaba sobre la enfermedad del tucumano:

Gabriel d’Iturri
toujours malade,
toujours guéri

Siempre enfermo, siempre curado. Pero un día de invierno de 1905, como en un tango, el tucumano no se repuso ya, y murió, a los cuarenta y un años. Montesquiou finó de la pena producida por la muerte de su secretario, diagnostica la duquesa. De todos modos, y a los fines del rigor cronológico, debe anotarse que el conde murió el 11 de diciembre de 1921, dieciseis años después de Iturri y once meses antes que Marcel Proust. De su devoción por Iturri queda un raro documento.

En el número especial dedicado por Caras y Caretas al Centenario (1910) hay una carta del conde, adornada con su retrato y, al costado, en medallón, la foto del ya fallecido Iturri. Montesquiou se excusa de opinar sobre el país y su futuro, pero la Argentina le evoca al tucumano que conociera en 1885 y que, desde entonces, no cesara “de prodigarme su fe en mis obras y su amistad y afección a mi persona, con ingenioso cuidado casi genial”. Dice haber recibido de él “el apoyo que mi familia me negó y la comprensión que me regateaban mis amigos”. Dice que, en reconocimiento, a su muerte le consagró un libro “del cual hice imprimir un reducido número de ejemplares, distribuidos entre escaso número de amigos cual conviene a una sincera conmemoración funeraria”. Como curiosidad, agrego que Lucio V. Mansilla también pasó por el Pabellón de las Musas, y el conde le dedicó un poema.

Proust intimó con Iturri, apenas seis años mayor. Puede discutirse si el personaje de Jupien está inspirado en el tucumano. Lo cierto es que nos ha dejado un retrato de Iturri en Pastiches y Mélanges. Proust, que era muy ducho en el pastiche, esto es, la imitación literaria (como lo fue también nuestro Conrado Nalé Roxlo), escribe aquí a la manera de Saint-Simon; luego de describir al conde, dice:
 

“Tenía habitualmente a su lado a un español cuyo nombre era Yturri (...) En un tiempo donde cada cual no mira sino a resaltar su propio mérito, Yturri tenía el don, en verdad bastante raro, de esforzarse en lo posible por exaltar los méritos del conde, ayudándolo en sus investigaciones, en sus contactos con libreros, atendiéndole la mesa, sin encontrar ninguna tarea fastidiosa mientras pudiera ahorrársela al otro, no siendo la suya otra cosa, puede decirse, que escuchar y transmitir como un eco lejano las observaciones de Montesquiou, como hacían aquellos discípulos que solían llevar con ellos los antiguos sofistas, cual surge de los escritos de Aristóteles y los diálogos de Platón. Este Yturri había conservado los modos ardientes de la gente de su tierra, que de cualquier cosa hacen un alboroto, por lo cual Montesquiou lo reprendía a menudo y chichoneándolo, a mayor placer de todos y el primero del propio Yturri quien, riendo, se disculpaba atribuyéndolo a la fogosidad de la raza, que se cuidaba de mantener, porque a todos agradaba. Era experto en antigüedades, por lo cual mucha gente acudía a consultarlo, trasladándose hasta el retiro de estos dos eremitas, situado, como ya he dicho, en Neuilly, cerca de la casa del duque de Orléans”.

Dejamos a Iturri, tucumano en Proust, con este retrato que evoca sus horas de gloria.

PUBLICADO EN DIARIO "LA PRENSA". 22/01/2022.

https://www.laprensa.com.ar/511485-De-tucumanos-famosos.note.aspx

sábado, noviembre 20, 2021

TODOS LOS DÍAS UN POCO canta León Gieco.


Raúl Alberto Antonio Gieco, conocido popularmente como León Gieco, es un músico y cantante popular argentino nacido el 20 de noviembre de 1951, hoy justo hoy cumple 70 años nacido en Cañada Rosquín, provincia de Santa Fé, la Argentina.

Trabajó desde muy chico para ayudar en su casa, haciendo mandados o repartiendo pedidos para una carnicería del pueblo. Además de colaborar con la economía familiar, Gieco se las rebuscaba para que le sobraran unas monedas y así fue como a los ocho años se compró su primera guitarra y pronto comenzó a tocarla en los actos escolares. Formó un grupo que se dedicaba al folclore, pero a su vez comenzó a tocar en una banda de rock, Los Moscos, que pronto adquirió cierta popularidad en los pueblos vecinos.

Con Los Moscos, tratando de arreglar un equipo de guitarra, provocó un cortocircuito en un club de Barranca, y su compañero Raúl Bacchieta lo rebautizó como el rey de los animales por lo cual años más tarde Raúl Gieco deja de ser en lo artístico Raúl y pasa a ser León.

En Capital Federal consiguió tocar con diferentes artistas, entre los cuales estaba David Lebón y en el Buenos Aires Rock Festival en 1971, 1972 y 1973 allí presenta  “Hombres de Hierro”  que tiene un aire o “parecido de familia”al tema “Blowin' in the Wind” de Bob Dylan y “En el país de la libertad”.

En 1973 edita el primer disco, “León Gieco”, bajo la producción de Gustavo Santaolalla.

En 1974, sale su segundo álbum, titulado “La banda de los caballos cansados”.

4° LP (1978) presentó la canción “Sólo le pido a Dios” una canción que no le tenía mucha fe pero que le hizo ganar reconocimiento internacional.

Vendrían otros álbunes consumidos en disco larga duración y cassettes como De Ushuaia a La Quiaca (1985/1986) un documento invaluable.

Mensajes del alma (1992). Sin dudas, uno de los discos más hermosos de Gieco. "Todos los días un poco", primera colaboración con Luis Gurevich.

Bandidos rurales (2001) entre otros.

LA YAPA ARGENTINA.

En la ciudad de Neuquén hay un barrio llamado 99 Viviendas, que cuenta con una particularidad: tiene muchas calles con nombres de músicos como Mercedes Sosa, Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati, María Elena Walsh y León Gieco.

En Mayo de 1917 estuvo en el barrio y tocó temas como "La Memoria", "El desembarco" y "El ángel de la bicicleta", y se mostró muy agradecido por la iniciativa de los vecinos. "Solo el amor convierte en milagro el barro", escribió en una pared con aerosol, citando una canción de Silvio Rodríguez.

miércoles, febrero 17, 2021

Mercedes Sosa, la voz de nuestra tierra por José Narosky.


 "Seres que volaron alto dejaron huellas muy profundas"


Quizá Mercedes Sosa fue la mayor voz del canto folclórico argentino. Murió hace poco tiempo, en octubre del 2009. Dejó el recuerdo de sus notables y sobre todo personales interpretaciones con lo que logró que se insertaran inicialmente en el folklore nacional y que posteriormente se arraigaron profundamente en el folklore latinoamericano. Tenía ya 74 años. La magnitud de su trayectoria artística la ratifica el hecho, que se decidió que su velatorio se realizara en el Congreso de la Nación y con honores de embajadora.

En los últimos diez años de su vida, sus problemas de salud dificultaron en alto grado su trayectoria artística, pero no opacaron en absoluto su hermosa voz de contralto.

Entre sus virtudes, diría que fue una mujer siempre cercana a lo social y con convicciones políticas firmes, que, acertadas o no, defendió con todas las desventajas que podían significarle. Y lo pagó con censuras, con listas negras e incluso con algún sabotaje a sus espectáculos. Afrontó todo con entereza, hasta el exilio de su patria, el mayor castigo para alguien que amaba tanto a su tierra.

Una prueba más de su alma solidaria, es que en los últimos momentos de su exitosa carrera, decidió grabar "Canción para un niño en la calle", como para hacernos reflexionar sobre una problemática que muchísimos miran sin ver.

Poco antes de exiliarse por fuerza y subir al avión que la ubicaría en Madrid, donde vivió 4 años de penosa soledad, grabó "Serenata para la tierra de uno" que se editó en el exterior.

Cuando pudo volver de Europa al comenzar el año 1982, puede decirse, que fue un regreso con gloria. Como que llenó 13 veces el escenario del amplio teatro Opera. Fue un verdadero reverdecer luminoso en la vida de la artista. Ella tenía frases que revelaban su profundidad. Decía por ejemplo: "El canto no es solamente un problema de voz, sino de personalidad. Cantar se aprende con la vida misma". O cuando expresaba: "Un artista es un mundo de colores y sonidos. Captamos la belleza, la tristeza, las emociones, las alegrías y el dolor del pueblo. Todo eso penetra en el artista y es lo que expresa cuando canta".

Para dar una idea concreta de su dimensión como cantante, mencionaré que actuó en el Lincoln Center y en el Carnegie Hall en los EE.UU., en el Coliseo de Roma y en nuestro Teatro Colón. Que obtuvo entre numerosos premios el "Martín Fierro", el "Konex" de platino y varios "Grammy". Y tuvo también otros premios muy especiales, además de diplomas y medallas.

Fue el hecho de haber participado en grabaciones con Luciano Pavarotti, con Andrea Bocelli, con Alfredo Kraus, con Caetano Veloso, y con muchos otros grandes del canto.

Haydee Mercedes Sosa -que así se llamaba- había nacido un 9 de julio de 1935 y era descendiente de franceses e indios diaguitas. Había sido en su adolescencia profesora de danzas nativas. Su consagración total como cantante la logró en el festival de Cosquín de 1965. Tenía, entonces 30 años.

Su muerte, en ese día de octubre de 2009, "fue uno de esos días que se cierran, para no abrirse". Porque, diría que no fue una muerte individual. Pues enlutó a un pueblo, dado que Mercedes Sosa fue una verdadera elegida, que con palabras simples supo expresar ideas profundas.
Y un aforismo final para esta grande de nuestra canción y para sus ideales que llevó hasta el último momento de su vida: "Los años frenan impulsos. Pero... no aquietan latidos".
Publicado en Diario "La Prensa", 15 de febrero del 2020.

lunes, febrero 01, 2021

¿Quién mató a Jorge Cafrune? El hombre que con una guitarra era "más peligroso que un ejército"

Jorge Cafrune había llegado uno días antes a Córdoba para testear el ambiente y prepararse para la vuelta al escenario de Cosquín . Desde el verano de 1972 que no cantaba en la Plaza Prospero Molina. Estaba prohibido en Radio Nacional de Córdoba: en la discoteca sus vinilos tenían rayas hechas con clavos para que nos los pudieran pasar. Formaba parte de las listas negras de artistas que tenía la dictadura. "Zamba de mi esperanza" y "El orejano", las canciones que lo habían transformado en un ídolo de masas, figuraban dentro de las canciones que no se podían cantar en el festival y el resto del país.
El control del repertorio y la persecución a los cantores había comenzado durante la presidencia de Isabel Perón en 1975, donde la Triple A, empieza a ejercer un poder siniestro. A partir del golpe militar del 24 de marzo de 1976 la aplicación de la censura a cantores y temas se cumple a rajatabla. La cabina de sonido estaba custodiada por un soldado: oficial, suboficial o conscripto. Durante la edición de Cosquín de 1977 el grupo cordobés Los Rundunes interpretó sin previo aviso "Canción con todos" de César Isella y Armando Tejada Gómez.
"El oficial de turno llegó a la cabina con la orden de interrumpir el sonido de la plaza. El tema fue avanzando hasta que terminó. Fue un descuido". Desde esa noche y por el resto del festival un militar custodió la cabina de sonido y se repartió a los encargados de escenario una lista de los temas prohibidos. "La disciplina se repitió en los años siguientes", cuentan en su libro Había que cantar, los periodistas Alejandro Mareco y Santiago Giordano.
"Yo estaba en ese momento haciendo el sonido del festival", confirma Luis Nogués, el operador técnico del festival hasta 2005. El oficio lo había heredado de su padre y su tío, los primeros sonidistas que formaron parte del génesis del festival en 1961. Una nube negra sobrevolaba el festival. "El escenario de Cosquín siempre estuvo en el ojo de la tormenta porque era sindicado de izquierda. De hecho van presos unos cuantos miembros de la comisión después del golpe. Pero la represión en Cosquín no empieza en el '76, sino con la Triple A. Ese clima se vivía desde tiempo antes".
En ese clima Cafrune volvía al escenario Atahualpa Yupanqui que lo había consagrado en 1962. Era el lugar donde había nacido el ídolo popular y donde demostró una y otra vez su estampa de gaucho rebelde, como cuando en contra de la voluntad de la Comisión Municipal de Folclore hizo subir al escenario a Mercedes Sosa en 1965. "Yo me voy a atrever, porque es un atrevimiento lo que voy a hacer ahora, y me voy a recibir un tirón de orejas de la Comisión, pero qué le vamos a hacer. Les voy a ofrecer el canto de una mujer purísima, que no ha tenido oportunidad de darlo y que como les digo, aunque se arme bronca, les voy a dejar con ustedes a una tucumana: Mercedes Sosa". Fue un momento histórico para el festival y la música popular argentina.
Esta vez, no estaba del todo convencido de actuar en el escenario del festival. Venía de disfrutar las mieles del éxito en Europa donde era figura de programas como el de Rafaela Carrá: su dupla junto al niño Marito le había dado un nuevo impulso comercial a su vasta carrera, que acumulaba discos de oro. Desde 1973, disfrutaba de gran proyección internacional. Había tocado en escenarios de prestigio como el Carnegie Hall y el Lincoln Center de Nueva York. Con la guitarra y las zambas había dado prácticamente la vuelta al mundo llegando hasta el Africa y Medio Oriente.
Vivía en España desde que había formado una nueva pareja con Lourdes Garzón. Sin embargo, necesitaba nutrirse constantemente del contacto con su tierra. La enfermedad de su padre apuró el regreso a la Argentina, aunque percibía que volvía a un país gris y silenciado, donde acechaba la sombra represiva del Estado de sitio. Como forma de antídoto, Jorge Cafrune seguía realizando giras por pueblos y ciudades a bordo de su automóvil para mantener la cercanía con el público. Tenía cierto espíritu gitano. En una de esas últimas giras de 1977 lo acompañaron Yamila y Eva Encarnación, la hija más grande de 11 y la más chica de 4 años, de su primer matrimonio.
Yamila recuerda:"Estuvimos en festivales con él y pudimos recorrer tres o cuatro lugares. Me acuerdo cuando nos llevó en un Valiant a Villa Dolores, Mina Clavero y Realicó, La Pampa. Ibamos por la ruta y caminos de tierra. Por ahí, parábamos en un bolichito en medio de la nada. Bajaba y pedía unas milanesas para comer en el camino y seguíamos viaje. Era maravillosa la sensación de verlo cuando subía al escenario. Medía casi uno noventa. Con el sombrero y las botas parecía más grandote. Era imponente mi papi y la gente lo escuchaba con mucho respeto. No volaba una mosca. Eso es raro porque era un hombre con una guitarra que cantaba y recitaba poemas. Para provocar eso es que generaba algo distinto en la gente"
Dentro de esa agenda de presentaciones, la ausencia en Cosquín, parecía un vacío extraño para un cantor popular que conocía al detalle cada ritmo que cantaba, cada región que pronunciaba en su canto. En una de sus últimas entrevistas le confesó al periodista Mario Franco: "Yo no quería ir más a Cosquín". Su representante fue quién lo convenció. Cafrune tenía que volver a un festival, cuya comisión de folclore estaba intervenida y la presidia el teniente general Luis Echeverría. El contexto político social era desfavorable, aunque sabía que "la gente del pueblo", lo estaba esperando.
Unos días antes fue demorado por la policía cuando cantó "El orejano" en un festival, al que había sido invitado, en el Paseo Sobremonte. Declaró y lo dejaron libre ese mismo día. Por la noche, compartió un asado con amigos, donde volvió a cantar muchas de esas canciones prohibidas por la dictadura, incluida "Hombre con H".
Cafrune tenía cuarenta años y estaba firme en sus convicciones. "Siempre cantó lo que quiso, aunque sabía que la amenaza estaba latente en su vida", cuenta Yamila Cafrune, la cantora y mayor de los seis hermanos, que está terminando un libro sobre su vida.
Después de una ausencia de cinco años en el festival la vuelta de Jorge Cafrune fue un acontecimiento. "Fue el reencuentro con su gente- recuerda Yamila, que reconstruyó la historia de su padre gracias a la memoria prodigiosa de su madre Marcelina. Nadie de la Comisión le dijo nada. Pero sabía que tenía temas prohibidos y lo que estaba pasando en el país".
Era la primer noche del festival y Jorge Cafrune pisaba el escenario con cierta emoción. "Fue como volver a la casa de mis viejos. Es el lugar donde me hice", decía en una entrevista posterior al concierto. El músico subió solo con su guitarra, vestido de gaucho, con su sombrero de ala ancha. Estaba decidido a cantar lo que la gente necesitaba escuchar. Abrió con "Luna cautiva", la zamba del cordobés Chango Rodríguez, que había canonizado en la década del sesenta junto a otros clásicos como "Virgen Morenita".
En el palco oficial estaban el gobernador de la provincia General de Brigada Carlos Chasseing, el intendente de Cosquín, Agustín Marcuzzi y el general Lucio Benjamín Menéndez, considerado el principal responsable del "plan sistemático y generalizado de exterminio de la oposición política" aplicado durante la última dictadura cívico y militar (1976-1983) en Córdoba y en otras nueve provincias del noroeste.
En la consola estaba el sonidista Luis Nogués preparando todo. A su lado siempre tenía una custodia militar "amable", recuerda. "Durante los años del golpe había una restricción. Nos daban una lista de las canciones que no se podían cantar. La tenía en mi mesa de trabajo. Frente a la eventualidad que alguien hiciera un tema prohibido la orden era cortar el sonido cosa que nunca se hizo, ni siquiera el día que cantó Cafrune". A pesar de las amenazas, Jorge Cafrune, contaba con la complicidad de los técnicos y el público.
Esa actuación cobró ribetes míticos con el paso del tiempo. Sobre todo cuando volvió a desafiar a las autoridades y cantó "El orejano", un tema que habían popularizado Los Olimareños y que Jorge Cafrune convirtió en otro himno rebelde de las juventud de los sesenta: " Yo sé que en el pago me tienen idea/porque a los que mandan no les cabresteo/porque despreciando las huellas ajenas/se abrirme camino pal' dir donde quiero".
El repertorio alternó clásicos de Yupanqui como "El alazán" y el vals criollo "Virgen india", pero uno de los momentos épicos llegó cuando la gente le empezó a pedir "Zamba de mi esperanza". La canción compuesta por el mendocino Luis Profili en la década de 1950 (registrado bajo el seudónimo de Luis H. Morales en 1964), llegó a oídos de Jorge Cafrune durante una guitarreada en Mendoza. La grabó en uno de los dos discos que sacó en 1964. El tema fue un éxito instantáneo y, hasta hoy, una de las canciones más populares del folclore argentino.
"Había dos épocas y dos repertorios que se unificaban en la voz del papi -analiza ahora Yamila. Uno eran los clásicos neutrales como 'Virgen morenita', 'Paisaje de Catamarca', 'Virgen niña', 'La cautiva' o una zamba como 'Zamba de mi esperanza', que la gente le dio un contenido político que no tenía. Después tenías las canciones netamente militantes como 'Alambrado de veranada', 'Milonga del fusilado' y 'El orejano', que tenían que ver con lo social".
La zamba "De mi esperanza" (tal el nombre como está registrada en Sadaic) fue objeto de la censura por llevar la palabra esperanza en su título. Aunque el origen de la canción dista mucho de tener un lei motiv social o político. Era una canción filosófica de amor: " Zamba de mi esperanza amanecida como un querer/sueño, sueño del alma/que a veces muere sin florecer", dice la canción compuesta por un bodeguero acomodado de Mendoza.
Esa noche del 24 de enero de 1978, Cafrune y el público le estaban dando otro significado a ese himno colectivo. Fue cuando la platea empezó a pedirle "Zamba de mi esperanza", que en un gesto chúcaro y de libertad advirtió a los organizadores: "Aunque no está en el repertorio autorizado, si mi pueblo me la pide, la voy a cantar". La ovación de la gente estremeció la Plaza por primera vez. Se sentía acompañado por el público y su canto podía seguir siendo libre.
"La presencia de Cafrune era fundamental para el festival. Había una autocensura que hacía que mucha gente no intentara cantar los temas de las listas negras-recuerda Nogues, testigo privilegiado, detrás de las consolas, de ese momento histórico. Ahí empezó cierta decadencia porque los poetas que tenían algo que decir se llamaron a silencio. El folclore se hizo grande desde la poesía. Eso el golpe militar lo esterilizo. Quedó una cosa lavada y superficial que predominó tiempo después. Cafrune, en cambio, era producto de un momento particular e irrepetible, cercano a la explosión del movimiento de poetas, la nueva canción en Chile, la revolución cubana. Su figura era gigante y trascendente sobre el escenario, a pesar de cantar con una guitarrita. No he vuelto a ver artistas así. No había marketing. No había nada premeditado. Era una comunión sincera entre artista y público".
Sobre lo que dicen las crónicas de esa noche todavía hay discrepancias. En el libro de reciente aparición ¿Quién mató a Cafrune? Crónica de la muerte de la canción militante, de Jimena Néspolo, se señala que el cantor tuvo que abandonar el escenario presuroso tras cantar los temas prohibidos por la dictadura que le había pedido la gente. Su hija Yamila Cafrune, aunque no estuvo ese día, desestima esta versión. "Mi papá nunca se fue del escenario. Al contrario, recibió todo el amor de la gente".
Para los autores del libro, Alejandro Mareco y Santiago Giordano, sobre la historia de Cosquín, Cafrune no sólo actuó el sábado de la apertura sino que se presentó también el lunes siguiente durante la Cacharpaya, a la madrugada. El cantor nacido en una finca cercana a la localidad de El Carmen (Jujuy) apareció después de Alberto Cortez para encender la plaza Próspero Molina. Finalmente "al otro día, después de almorzar en la casa de Reynaldo Wisner (uno de los fundadores del festival), Cafrune dejó Cosquín sabiendo que lo estaban buscando", relata el libro.
En el diario La Voz del Interior, la actuación de Cafrune recibió una tibia mención del cronista de la época en la edición del martes 31 de enero. "El retorno del Turco Cafrune marcó un hecho importante dentro del 18° Festival Nacional de Folclore. Tras cuatro años de ausencia desgranó una serie de temas nuevos que tuvieron aceptable acogida. La nota distintiva la protagonizó Alberto Cortez, invitado especial".
Para otros como Juan González , periodista del diario Córdoba y colaborador de La Voz del Interior, que cubría el festival en esa época y que fue encargado de prensa del festival durante el período democrático, la noche está en la nebulosa. "Recuerdo que fue su última actuación pero nada más. No puedo asegurar que lo echaron del escenario pero sí que tuvo problemas y señalamientos por los temas que cantó. Me acuerdo mucho más de la vez que hizo subir al escenario a Mercedes Sosa. Yo estaba entre el público y tenía 18 años. Fue una noche increíble. Nos fuimos todos a celebrar a la confitería La Europea y terminamos cantando con El Turco, Mercedes y otros cantores hasta la madrugada. Pero de su última actuación en Cosquín perdonáme pero no me acuerdo nada. La memoria para esos años duros se resiste a recrear hechos, nombres queridos que ya no están", dice por teléfono desde Córdoba.
Nogués, tampoco recuerda los detalles de ese regreso tan significativo para el folclore, pero si la energía que emanaba de su figura. "Estaba ahí, fui el operador pero de esa noche recuerdo poco. No tengo mucha memoria. Solo sé que no tuve problemas en la cabina y nunca cortamos el sonido. Lo que recuerdo es cuando cantó "Luna Cautiva". Su presencia de alguna manera era estar como mirando la fuente. Llegaba de un modo especial sin mucha parafernalia. Era un decidor. Tenía una modulación silvestre, que era muy intuitiva, para nada estudiada y lo hacía muy especial. El color de la voz y su modo primitivo de tocar la guitarra lograba un sonido inconfundible".
En el libro de Jimena Néspolo, ¿Quién mató a Cafrune?, se sugiere que esa actuación en Cosquín fue como una sentencia de muerte para Cafrune. La hipótesis se traza a partir del testimonio de Teresa Celia Meschiatti, que figura en el informe de la Conadep, secuestrada en setiembre de 1976 en Córdoba y sobreviviente del campo de detención conocido como La Perla.
Meschiatti revela a Néspolo que estuvo presente en Cosquín junto a otros detenidos de la Perla. Los militares llevaron a varias mujeres secuestradas para pasar desapercibidos entre el público del festival. Caminaban por la arteria principal de la ciudad cuando escuchó el característico tono épico del cantor. "Yo no sabía que cantaba Cafrune, pero escuchaba a un tipo que tenía una voz muy parecida (...) Y ahí fue cuando alguien de ellos vino y dijo: "Está cantando Cafrune y está cantando cosas prohibidas". Al lado mío estaba Villanueva, en el 78 ya era capitán, y él dice clarito, porque estaba al lado mío: "A este hay que matarlo porque no podemos dejar que esto se expanda, que empiecen a cantar canciones prohibidas".
El contenido político de buena parte del repertorio de Cafrune, el magnetismo que ejercía su figura entre la juventud de la época, su conocida adhesión al peronismo y la frase que había dicho López Rega en el 73: "Cafrune es más peligroso con una guitarra que un ejército con armas", era una señal de alarma para la dictadura militar, que buscaba socavar todo espíritu de libertad.
Nadie imaginaba que esa sería la última actuación de Jorge Cafrune en Cosquín. El Turco volvió a Buenos Aires para preparar lo que sería una gira épica a caballo que había planificado con detalle. Veinticinco postas de 35 kilómetros por día para viajar unos 750 kilómetros hasta Yapeyú, (Corrientes) en homenaje al General San Martín en el año del bicentenario de su nacimiento.
"La significación de este homenaje surge cuando yo me entero que van a reunirse en Yapeyú ocho o diez mil hombres de a caballo de todo el país. Llevarán sus caballos en camiones, y entonces yo inmediatamente me dije: 'Pues yo voy a ir en caballo, ya que tengo el tiempo y tremendo gusto...'", le dijo al periodista Miguel Franco en el programa Un alto en la huella de Radio Argentina, unas semanas antes de la gira.
No era la primera vez que Cafrune hacía una gira a caballo. En 1967 emprendió un épico recorrido desde La Quiaca hasta la Patagonia. "Nuestro canto nace de a caballo, nuestro hacer americano nace de a caballo (..). En el 67 inicié una gira a caballo por las capitales de provincia uniendo a cada población, a cada gente, de esa gente callada y humilde que tenemos en el interior del país", decía con ese tono campechano y esa tonada jujeña que le quedaba de su pago natal.
Este nuevo trayecto a caballo retomaba ese fuego sagrado. Cafrune tenía pensando actuar en pequeños poblados, mientras desandaba su marcha hasta Yapeyú. Antes de iniciar el que sería su último viaje pasó a visitar a su familia que vivía en Santa Fe. "Mis padres estaban ya separados. El había formado otra familia con su segunda compañera, Lourdes, con la que había tenido a Juan Facundo y Macarena. Estuvo apenas unas horas. Fue la última vez que lo vi", recuerda Yamila Cafrune.
El 31 de enero, Cafrune emprende la primera etapa del viaje a caballo saliendo desde la Plaza de Mayo. Recibe primero la bendición del rector de la Catedral de Buenos Aires junto a su compadre Chiquito Gutiérrez. Al principio lo acompañan otros jinetes de centros tradicionalistas. Después siguen solos por la ruta 27. Les gana la noche cuando a la altura de localidad bonaerense de Benavídez son embestidos por una camioneta.
A raíz del impacto, Cafrune sufre la fractura de varias costillas, golpes en la cabeza y el tórax. Es asistido en una sala de primeros auxilios. Luego lo trasladan al Hospital Municipal de Tigre. Finalmente por la complejidad deciden internarlo en el Instituto del Tórax de Vicente López. Muere en el camino. Su compadre sobrevive y se llama a silencio. El velatorio se realiza en la Federación de Box, debido a la cantidad de público que lo quiere despedir. La cremación se realiza en el Cementerio de la Chacarita.
El accidente de Jorge Cafrune genera dudas y empieza a crecer el mito del asesinato. En uno de los capítulos del libro ¿Quién mató a Cafrune?, de la editorial Tinta Limón, la investigación trata de unir cabos sueltos y testimonios que presentan la hipótesis del atentado. La investigadora Jimena Néspolo asegura: «Fue una muerte política, y no un mero accidente de tránsito. Eso supone pensar el "mito" o la "leyenda", o ese magma de significaciones que rodearon a su muerte y que con fervor fueron creídas por sus seguidores, sobre un sustrato cierto de verdad. Alguien podrá decir, u objetar, que mi crónica inyecta en la era de la "Posverdad" una dosis de su propia medicina... y puede que no se equivoque. En todo caso, mi investigación se asienta sobre un imperativo ético y moral: no nos podemos permitir, como sociedad, desoír testimonios de víctimas del terrorismo de Estado".
En cambio, para la familia de Cafrune las pruebas no resultan tan contundentes. "Hasta lo que sabemos fue un accidente. Esto te lo digo hoy 1 de julio de 2019. No puedo decir nada más. Lo que no quita que veamos otra cosa en el expediente que solicitamos. Nos tienen que decir primero si existe el expediente porque esto pasó hace 40 años. La gente que habla que no fue un accidente lo fundamenta en las amenazas de la Triple A que ya no estaba en ese momento. Es muy probable que la muerte accidental les vino como anillo al dedo a los militares para adjudicarse algo que no hicieron y decir: "Ven, nosotros decimos y hacemos lo que queremos".
La causa en un principio fue caratulada como "muerte en accidente". El conductor de la camioneta Héctor Emilio Díaz, un joven de 19 años que iba a borracho y sin luces, se entregó al otro día del accidente, acompañado por su padre que años anteriores había realizado trabajos para el Ministerio de Bienestar Social dirigido por López Rega. No se tomó en cuenta que huyó del lugar de la escena. Al ser menor de edad fue absuelto, luego que declarara que los caballos iban sobre la ruta. Al poco tiempo desapareció de Benavidez con su familia, reseña la investigación de Néspolo.
La muerte absurda al costado del camino y en plena madurez artística dejó al ambiente folclórico huérfano de uno de sus cantores más populares y valientes de la época. Es un golpe indirecto a cantores sociales como Horacio Guarany y Mercedes Sosa, su ahijada artística, que se exiliará un año después.
A los 40 años, Cafrune que había vendido millones de discos y había grabado discos capitales del género - Emoción, canto y guitarra (1964), El Chacho, vida y muerte de un caudillo (1965), Jorge Cafrune interpreta a José Pedroni (1970), Jorge Cafrune canta a Falú, Yupanqui y Dávalos (1972) y La vuelta del montonero (1973)- tenía mucho para dar.
"Creo que Cafrune muere en el momento más alto de su carrera. Sus dos últimos discos, Cafrune en las Naciones Unidas (1976) -que fue grabado en vivo- y Yo le canto al litoral (1976) -grabado en estudio-, son discos de síntesis y a su vez, de riesgo y apertura: mientras que el primero reúne todos los temas emblemáticos de su repertorio, esos que hacen a la conformación performática del gaucho cantor que con su voz provoca a la autoridad y al orden del poder, el segundo se perfila en torno a la figura del bandolero Isidro Velázquez (con los temas "El último sapucay", "Sin caballo y en Montiel"). Son años en que, a la vez, consolida la proyección internacional de su carrera de manera notable".
Su desaparición física todavía abre interrogantes. El libro recién editado de Jimena Néspolo, una biografía autorizada en proceso de escritura a cargo de su hija mayor Yamila Cafrune y una película en marcha con la dirección y guion de Julián Giulianelli y la investigación periodística de Facundo Arroyo, siguen evocando el interés que despierta su figura. Es una voz que vuelve una y otra vez, que no pudo acallar ni siquiera la muerte.
Por: Gabriel Plaza. Publicado en Diario "La Nación", 12 de julio de 2019.