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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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miércoles, junio 18, 2025

La quema de las iglesias de 1955.

La quema de las iglesias de 1955. 


Por Myriam Mitrece y Carlos Ialorenzi. 

La renombrada escritora Alicia Jurado, gran amiga de Jorge Luis Borges y frecuente colaboradora de este diario, siempre recordó entre sus anécdotas con el autor de El Aleph, el día que este le pidió que la acompañara a ver los estragos sufridos en las Iglesias atacadas por las turbas peronistas, el 16 de junio de 1955. Borges quiso compartir su indignación y su tristeza, como ocurrió a toda persona de bien fuese o no creyente.

Contaba que fue un momento de gran dolor y tristeza ver la cantidad de imágenes religiosas rotas o quemadas, las cuales parecían pilas de cadáveres después de una batalla. De pronto alcanzaron a ver entre los escombros una imagen de Santa Teresa de Ávila que sostenía un libro abierto. Borges que ya casi no veía le pidió que lo leyera y así reconocieron uno de los poemas de la Santa:

“Nada te turbe

nada te espante

todo se acaba

Dios no se muda.

La paciencia

todo lo alcanza.

Quien a Dios tiene

nada le falta.

Sólo Dios basta”.

LA “CORRECCIÓN POLÍTICA”.

El 16 de junio de 1955 fue una jornada trágica de la historia argentina. De ese luctuoso día se ha sepultado uno de los hechos más aberrantes causados por la dictadura peronista: La quema de las iglesias.

Han pasado 70 años y entristece ver que los medios de comunicación y la “corrección política” todavía vigente, de ese día solamente mencionan la tragedia del bombardeo a la Casa de Gobierno. También duele que la Iglesia Católica Argentina ni siquiera mencione este gravísimo hecho.

LOS HECHOS.

Ese día se profanaron, saquearon e incendiaron la Curia Metropolitana y doce Iglesias de nuestra Ciudad: Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio, La Merced, San Roque, la Catedral, San Miguel, La Piedad, Nuestra Señora de Las Victorias, Del Socorro, San Nicolás de Bari y San Juan Bautista. En la Iglesia de Las Victorias fue herido gravemente el Padre Jacobo Wagner quien falleció pocos días después.

Además del aberrante sacrilegio, entre las grandes y cuantiosas pérdidas sufridas cabe mencionar al Archivo histórico que contenía las partidas de nacimiento, matrimonio y defunción que se remontaban hasta fines del siglo XVI. Se perdieron obras de arte antiguo, cerámicas, pinturas al óleo, tallas y gran cantidad de objetos de culto.

La Curia metropolitana poseía además de imágenes religiosas y obras de arte, un valioso archivo con más de 80.000 legajos que contenían la historia del Río de la Plata y varias bibliotecas con miles de volúmenes. Tres siglos y medio de historia de la vida colonial e independiente perdidos para siempre. La Catedral sufrió el saqueo y el incendio de su sacristía se llevó su riquísimo tesoro de arte e historia.

El libro “El llanto de las ruinas” editado por la librería Don Bosco en 1955 enumera detenidamente los destrozos producidos; sería muy extenso mencionar a cada una de las imágenes, objetos de arte y documentos coloniales que se han perdido.

PROCESIÓN DE CORPUS CHRISTI.

Cinco días antes, el sábado 11 de junio, se realizó la celebración de Corpus Christi a la que asistió una masiva concurrencia. Se calcula que unas 200.000 personas se dieron cita en la Catedral, la Plaza de Mayo y en las calles adyacentes.

El gobierno culpó a la multitud de haber quemado una bandera nacional. Tiempo después se comprobó que este ultraje a la enseña patria fue ordenado desde el Ministerio del Interior y ejecutado por un policía.

LOS CABECILLAS.

El recordado escritor e historiador Enrique Díaz Araujo hizo un pormenorizado relato sobre cómo se organizaron los atacantes. En la Escuela de Ciegos de la calle Bolivar 431 funcionó la central operativa. De allí partieron, las columnas de la Alianza Libertadora Nacionalista, la cegetista y los militantes peronistas provistos de bidones de nafta y lanzallamas, dirigidos por comisarios de la Policía Federal y de la División Bomberos, salieron a atacar la Curia Metropolitana y los templos antes mencionados. Al mediodía siguiente se reunieron en la sede de la calle Bolívar, para celebrar con un almuerzo lo que habían realizado.

El citado autor da cuenta de cómo se organizaron y da los nombres de los principales cabecillas. Menciona que en la Escuela de Ciegos instaló su comando el vicepresidente de la Nación Alberto Tessaire, en el Departamento Central de Policía se estableció el ministro del Interior Ángel Borlenghi y en el Ministerio de Salud estuvo el ministro de Salud Pública Conrado Bevacqua. También informa los nombres de varios de los responsables, entre los que se encuentran altos jefes de la Policía Federal y del cuerpo de bomberos.

Díaz Araujo hace mención de los ataques previos que venía sufriendo la Iglesia Católica por parte del gobierno peronista: la sanción del divorcio vincular, la prohibición de procesiones, la supresión de la enseñanza religiosa y de fiestas religiosas, entre otras disposiciones.

Pese a que la agresión se dio en un radio céntrico y que las Iglesias se encontraban a corta distancia unas de otras, la policía y los bomberos recién actuaron cuando ya todo había terminado.

Díaz Araujo cita a Winston Churchill: “Perón es el único militar que ha quemado su bandera y el único católico que ha quemado sus templos”.

Publicado en LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/La-quema-de-las-iglesias-de-1955-560985.note.aspx 

18.06.2025

domingo, febrero 12, 2023

El revisionista del siglo XX.

 


HACE 40 AÑOS SE PUBLICABA "TIEMPOS MODERNOS", EL LIBRO MAS INFLUYENTE DE PAUL JOHNSON (1928-2023).

El revisionista del siglo XX.

En ese ambicioso trabajo el historiador británico rastreó a los responsables directos o lejanos de las calamidades desatadas a partir de la Primera Guerra Mundial. Detrás de todo estaba el relativismo moral que llenó el vacío dejado por la religión.

El libro más influyente de Paul Johnson, el notable historiador británico que murió el pasado 12 de enero a los 94 años, se publicó cuatro décadas atrás ante la aprobación inmediata, aunque no exenta de polémicas, de críticos y lectores.

Tiempos modernos, tal el título que lo consagró en español, es una obra regida por el espíritu del revisionismo histórico. Sus capítulos recorren el siglo XX con la mirada de un juez severo y agudo, además de escritor brillante, que se propuso sentar en el banquillo de los acusados a los responsables, directos o lejanos, de las matanzas, desvaríos y absurdos que sacudieron al mundo más o menos a partir de la Primera Guerra Mundial.

Su principio de interpretación es el siguiente: los tiempos modernos fueron los del relativismo moral. No puede entenderse la época sin ver en ella los efectos nocivos del abandono de la arquitectura moral judeo-cristiana (así la denomina) que había gobernado a la humanidad en los dos milenios anteriores.

Johnson detecta el fenómeno en diferentes esferas: en la transformación de las costumbres, en los despropósitos del arte, en el encumbramiento de las ideas y las modas más delirantes o impostadas. Pero sobre todo en el auge de los totalitarismos y en la deshumanizada frialdad de sus líderes, en especial Lenin, Hitler y Stalin.

CUATRO PENSADORES.

El comunismo y el nazismo, sostiene, tuvieron padres intelectuales muy concretos. Un cuarteto de pensadores allanaron el camino para el exterminio masivo y la esclavitud ideológica: Marx, Nietzsche, Freud y Einstein. Los tres primeros de manera más o menos consciente, y el último por obra de lo que el autor llama la "ley de las consecuencias involuntarias": una vez popularizada, su teoría de la relatividad sirvió para esparcir el virus del relativismo en un mundo desquiciado por la inexplicable carnicería que había atravesado entre 1914 y 1918.

Había en el marxismo una "forma de gnosticismo que alegaba espiar, a través del barniz de la percepción empírica de las cosas, el significado que se ocultaba debajo". Para el análisis freudiano, otro gnosticismo, la conciencia individual, que constituía "el corazón mismo de la ética judeo-cristiana", era un "mero dispositivo de seguridad, creado de manera colectiva para proteger el orden civilizado de la temible agresividad de los seres humanos". Por lo tanto, el sentimiento de culpa era una "ilusión de la que había que desprenderse". Nietszche anunció la "muerte de Dios" y previó que el vacío dejado por la religión sería llenado por la "voluntad de poder". Este impulso secular, acota Johnson, iba a producir "un nuevo tipo de mesías, libre de las inhibiciones de cualquier norma religiosa, y con un apetito insaciable por dominar a la humanidad".

MESIAS ATEOS.

Los nuevos mesías fueron Lenin, Trotski, Hitler, Stalin, Mao, Mussolini, entre muchos otros de una larga lista con matices que los diferenciaban. (Johnson no incluye allí a Franco, al que considera "uno de los más exitosos hombres públicos del siglo", y de quien aclara que "nunca fue fascista ni tuvo la más mínima creencia en ninguna clase de utopía o sistema").

Lenin fue el prototipo del revolucionario profesional, obsesivo y disciplinado. Hitler y Mao encarnaron al revolucionario romántico, con impronta de artista. Stalin, "mitad gángster, mitad burócrata", era el más implacable de todos, como se verificó durante las purgas, el Gran Terror y la espantosa "colectivización forzada" de la década de 1930. No menos asesino que los otros, Trotski se demostró, en comparación, incapaz para la intriga y la supervivencia (lo pagó en 1940). Mussolini fue el más cercano al político tradicional, cambiante y abierto a escuchar la voz del pueblo que decía representar.

Johnson traza la evolución en espejo de los grandes totalitarismos europeos, su influencia mutua y hasta sus transacciones bajo cuerda, incluso antes del pacto entre Hitler y Stalin de 1939. "El totalitarismo de izquierda engendró el totalitarismo de derecha -escribe-. El comunismo y el fascismo fueron el martillo y el yunque sobre el que se hizo pedazos al liberalismo". 

En su vertiginoso ascenso al poder, en la rapidez con la que consolidaron un eficiente aparato de vigilancia y persecución, en sus desalmados proyectos de "ingeniería social" y en la magnitud de sus matanzas, siempre con la primacía del comunismo, distingue los ejemplos más claros de la ruptura total con la moral cristiana objetiva y su reemplazo por una "moral revolucionaria" o "racial", subjetiva y adaptable según las circunstancias.

El auge totalitario debilitó a las democracias occidentales y la Gran Depresión terminó de socavarlas. Las nuevas modas eran el estatismo (cuyo origen Johnson remonta al conflicto de 1914 y al "socialismo de guerra" prusiano, que luego imitó Lenin), la planificación económica, el culto del gobierno y los líderes fuertes, la justificación de la violencia indiscriminada. Todo bendecido por una clase intelectual frívola, temerosa, mendaz o corrupta que en el caso de la Unión Soviética se entregó a elogiar el experimento comunista con una inconsciencia criminal. Su necesidad de creer en algo, aunque fuera el estado policial de tiranos ideológicos, fue otra consecuencia del vacío dejado por la religión.

LA "INTELLIGENTSIA".

Los intelectuales del siglo XX son las bestias negras de Johnson (después les dedicó un libro específico). Tiempos modernos es por eso un constante ejercicio de demolición de los mitos entronizados por la "intelligentsia" izquierdista desde 1917 en adelante. Pocas de sus creaciones se salvan: los lejanos fundamentos ideológicos del anti-imperialismo; el desastre originado en la "revolución" china de 1911, que décadas más tarde desembocaría en el maoísmo; la nociva influencia de John Maynard Keynes y el irreverente grupo de Bloomsbury; la supuesta frivolidad de los "años locos" y los gobiernos republicanos de la década de 1920 en Estados Unidos; las causas del crack de 1929 y el colapso que siguió; la presunta efectividad económica del New Deal; el detonante de la Guerra Civil Española; las mentiras similares del colonialismo y del anti-colonialismo; el tercermundismo; la secularización politizada de las religiones, que habría empezado por la anglicana en la primera posguerra mundial; la contracultura y el extraño "intento de suicidio de Estados Unidos" en los años "60; Watergate y el "golpe" mediático que en 1974 derribó a Richard Nixon. Hasta hay espacio para la Argentina: un par de páginas demoledoras sobre el peronismo y, en la edición revisada de 1991, otro par sobre la guerra de Malvinas.

Formado en Oxford y discípulo de A.J.P. Taylor, no fue Johnson un historiador que trabajara sobre fuentes directas (las suyas son casi siempre secundarias) ni un descubridor de hallazgos originales. Su fuerte estaba en la interpretación -ácida, irónica, tajante-, y en un talento literario sostenido por una asombrosa capacidad de trabajo (se le atribuyen medio centenar de títulos). Sus libros son siempre interesantes, incluso los últimos, breves biografías (Napoleón, Churchill, Washington, Darwin, Jesús) o recopilaciones de semblanzas o artículos que tal vez fueron escritos en respuesta a compromisos editoriales.

El paso por el periodismo le enseñó a escribir en un estilo claro e informativo, que nunca se olvida del lector. Su método preferido, que solía compartir con los admiradores que le pedían consejos, era el de redactar frases cortas, entrelazadas cada tanto con alguna más extensa. El ensayista no perdía de vista el ritmo de la narración, y lo que mandaba era la cronología. Lo explicó en el prefacio a El nacimiento del mundo moderno, libro posterior a Tiempos modernos pero que le sirve de antesala histórica. "Al tratar de presentar a la sociedad internacional en su totalidad -apuntó-, me esforcé por no caer en la trampa que a veces engulle a los historiadores sociales, esto es, abandonar la cronología y mostrar un mundo que parece estático. Yo sostengo firmemente que la cronología forma el esqueleto sobre el que se construye todo lo demás".

La vocación de polemista dejó sus marcas en Johnson. Los críticos objetaron la validez de sus argumentos, detectaron errores fácticos y cierta laxitud en la atribución de citas y fuentes. También fue escrutada su vida personal de católico practicante, y desde luego se encontraron faltas. Lo curioso es que vieran en él a un reaccionario porque en realidad no lo fue. La filosofía que se desprende de sus libros es la de un demócrata conservador y capitalista, un admirador de Popper, Hayek y Rothbard que no objetaba los valores de la modernidad (sus grandes héroes políticos eran Winston Churchill y Margaret Thatcher). Ni siquiera su catolicismo fue el de un tradicionalista, como lo atestigua En busca de Dios, acaso su libro más personal.

En ese sentido podría decirse que, aunque dio en el blanco, su revisionismo fue incompleto. El origen de los tiempos modernos ciertamente es anterior al siglo XX, y Marx, Nietzsche y Freud derivan de ideas, falacias o herejías que los anteceden en varios siglos. Eso Johnson no lo vio o al menos no lo puso por escrito en grandes volúmenes. 

De ahí sus lealtades y pronunciamientos públicos, que pasaron del laborismo de su juventud (llegó a ser editor de la revista izquierdista New Statesman) al firme alineamiento con los postulados del "establishment" económico y diplomático de los conservadores en Gran Bretaña y los republicanos en Estados Unidos. Todas corrientes muy discutibles de los tiempos modernos a las que no sometió a revisión.

Por Jorge Martínez.
Publicado en Diario LA PRENSA.
12/02/2023.

miércoles, noviembre 03, 2021

¿Existe también un peronismo esotérico? por Pablo A. VÁZQUEZ.

 

"¿Qué López Rega? !El brujo era Perón!". Esta provocativa frase de Jorge Asís, que soltó semanas atrás ante un siempre azorado Alejandro Fantino, refirió a la supuesta afición, como muchos políticos argentinos a lo largo de nuestra historia, a consultar adivinos y poderes extraterrenos. Los ejemplos de los ex presidentes Bartolomé Mitre, Hipólito Yrigoyen, Agustín P. Justo y Carlos Menem, entre otros, sirven para mostrar el acercamiento y curiosidad desde el poder político sobre lo enigmático. Perón, más allá de amores y odios, demostró poseer un gran conocimiento, ya desde su carrera militar y su rol como docente, que lo llevó a poseer una abultada biblioteca de casi 3.500 volúmenes, la que se encontraba en la Casa Rosada en los años de sus dos primeras presidencias y que, tras el golpe cívico militar de 1955, se pudo recuperar, encontrándose al resguardo del Archivo General de la Nación.­

`EL BRUJO' LOPEZ REGA­.

Lo esotérico, en líneas generales, refiere a conocimientos que uno posee, dependiendo el grado de "iniciación" de los mismos, y que se pueden patentizar a través de la quiromancia, cartomancia, astrología, manejo de los signos zodiacales, invocación de espíritus, y demás formas que pueden explicitar conocer temas del pasado, presente y futuro.­

A ello se suma corrientes desde la alquimia, cabalística, sufismo, hermetismo, rosacrucismo y demás, que organizan un conjunto de expresiones espirituales por fuera, o en paralelo, de las religiones tradicionales.­

Habitualmente se vincula al peronismo con la noción de esotérico con el triste accionar del "brujo" José López Rega como ministro de Bienestar Social y factótum de la Triple A en los gobiernos justicialistas entre 1973 a 1975.­

Unos años antes, en los años '60, la Logia Anael, comandada por el juez Julio César Urien, intentaba unir con su filosofía de la "Avanzada Nacionalista Argentina en Liberación" el legado del brasileño Vargas con Perón, en ese tiempo en su exilio madrileño. Un poco más atrás se menciona el nexo del peronismo con la Escuela Científica Basilio, no sólo porque muchos adherentes, luego de la pelea con la Iglesia Católica, responsabilizaron a ésta última por la caída del peronismo y se volcaron a otras confesiones, sino porque María Estela "Isabel" Martínez, futura esposa del líder justicialista, fue criada por adherentes al "espiritismo superior".­

O los estudios de Astrología Política del dirigente peronista Luis Sobrino Aranda, recientemente fallecido, quien fue discípulo del astrólogo francés André Barbault.­

Hasta hay quien vio en la adopción de la militancia peronista del símbolo de la "V", trasmutando de las pintadas del Cristo Vence al Perón Vuelve, una conexión "esotérica" con la utilización que hizo Winston Churchill de la "V" de la victoria frente al III Reich, inspirado por el maestro del ocultismo, y espía, Aleister Crowley.­

Pero ya en sus tempranos años hubo expresiones y textos en el peronismo que escapaban al sesgo católico de la época. Los años '30 del siglo pasado, crisis económica, desocupación, golpe de Estado y gran migración interna de zonas rurales a centros urbanos mediante, reconfiguró la cultura popular, no sólo en los suburbios sino que impregnó parte de nuestras costumbres y prácticas sociales. Más allá de la disputa entre cultura liberal y cultura católica de esos años, se empezó a divulgar cuestiones sincréticas, donde proliferó el uso de símbolos cristianos con cultos heterodoxos del pueblo y se admitieron otras prácticas como el espiritismo y adivinación, hasta el punto se reflejarse en la literatura local y el cine argentino de la época. Roberto Arlt, Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones, desde las letras, hasta "El Hermano José", película de 1940, protagonizada por Pepe Arias, dan cuenta de ello. El mito de la nación católica, quizás hegemónico en la superestructura política, tuvo en estas prácticas sincréticas y espiritistas su contraparte popular.­

ESPIRITU DE LA EPOCA­.

El peronismo, aunque declarado como movimiento nacional "cristiano y humanista" no pudo sustraerse al "espíritu" de su época, y convivió con dichas expresiones, testimoniado esto por publicaciones de los primeros años que adherían a Perón y Evita.­

`Fuerzas Espirituales del Peronista'de 1949, editado por el Consejo Superior Ejecutivo del Partido Peronista, opera como complemento del `Manuel del Peronista' `La Doctrina Peronista'ambos del año anterior, que buscaron dar organicidad a la matriz ideológica surgida del accionar de Perón.­

Con el subtítulo Diccionario Sintético, buscó, a manera de catecismo político, dar respuestas rápidas al nuevo interrogante, que aún se plantea, de que es ser peronista. Nadie espere un manual para hablar con los difuntos, sino que, si bien arranca con la autopercepción de "humanista y cristiano"su contenido, es el de menos impronta "católica" de la primera época, siendo más "vitalista" a lo Nietzsche y pendiente al surgimiento del "vril" peronista. Texto anterior a la influencia del ministro Raúl Mendé, pretendido "Alfred Rosenberg" del justicialismo, tuvo pocas reediciones, siendo la última por gracia de Ediciones Fabro, con un prólogo a cargo de un servidor.­

`El Enigma', de Manuel Bernardes h., de 1951, es una obra dedicada al conocimiento interior, donde cuestiones simbólicas conviven con una adhesión explícita al peronismo. La imagen de La Esfinge, aquella que Carl Jung conceptuara como codicia simbólica y madre terrible, preside la tapa y toda la temática de la obra, acompañada de bellas y misteriosas imágenes, que tematizan capítulos dedicados a "los eternos principios", la paz mundial, los derechos de las mujeres y la preocupación por el avance del comunismo. Y la respuesta del ícono egipcio, de gran predicamento para el rito masónico de Hiram, será Evita y Perón, como "fidelidad encarnada": páginas que explicitan la "democracia vertebrada" que ofrece el justicialismo como respuesta espiritual universal de tolerancia y justicia social, frente a la "democracia invertebrada", sometida al capitalismo deshumanizado, amenazada por el "imperialismo moscovita".­

`Hora Argentina' y `Temas Analíticos Racionalistas'de Inocencio Barrio, publicado en 1954, es una obra explícitamente espiritista, que reivindica a Evita y Perón, siendo deudora del legado del español Joaquín Trincado, iniciado por "guardianes esenios de la escuela cábala en el Oriente de Jerusalem" (sic), quien fundó la Escuela Magnética - Universal de la Comuna Espiritual, la cual tuvo su sede en nuestro país, funcionando aún la Colonia Jaime en Santiago del Estero. El texto amalgama las enseñanzas de Trincado, la valoración y las prácticas del espiritismo, con la valoración de la obra justicialista, de la Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalizados (ATLAS), el legado de José de San Martín, Simón Bolívar y la unión americana, y "estas fuerzas dinámico electro magnéticas como puntos concéntricos y distributivos potenciales, que son Juan Domingo Perón y Eva Duarte de Perón", esta última un "espíritu descarnado... hoy libre del peso de la materia".­

HETEROGENEIDAD DEL MOVIMIENTO­.

Más allá de la adhesión a estas obras, si fue masivo o no en su época, me parece interesante ponerlas en valor para caracterizar la heterogeneidad del movimiento peronista, que ya convivieron desde su inicio diversos credos y pertenencias, sean de otras ramas del cristianismo, de fe judía, musulmana, sintoísta o agnósticos, más allá del dogma católico, y ver que en distintas etapas de su existencia hubo personas que plantearon otras interpretaciones combinadas con su compromiso político. Aún hoy hay debates, desde quienes quieren santificar a Evita o plantear un credo de desarrollo justicialista comunitario, hasta los que buscan que el justicialismo sea más laico y profano.­

Son obras para estudiar en su contexto y ver a quien, o quienes, interpelaron, su circulación y significación. Doy fe que al líder del justicialismo seguro que sí, ya que estos libros se encuentran en la propia biblioteca personal de Juan Domingo Perón.­

PUBLICADO EN DIARIO "LA PRENSA".

https://www.laprensa.com.ar/508487-Existe-tambien-un-peronismo-esoterico.note.aspx

domingo, enero 03, 2021

Un 3 de enero de 1833 fue cuando el Reino Unido ocupó ilegalmente nuestras Islas Malvinas y desalojó a las autoridades argentinas. LAS MALVINAS É ISLAS DEL ATLÁNTICO SUR FUERON, SON Y SERÁN ARGENTINAS.


Un 3 de enero de 1833 fue cuando el Reino Unido ocupó ilegalmente nuestras Islas Malvinas y desalojó a las autoridades argentinas. LAS MALVINAS É ISLAS DEL ATLÁNTICO SUR FUERON, SON Y SERÁN ARGENTINAS.

"Hay que revolcar a la Argentina en el barro de la humillación, hay que desalojarla de la tierra antártica que le corresponde a Gran Bretaña con extensión de sus derechos y dependencias sobre las Falklands y sus dependencias Georgia y Sándwich". Winston Churchill (nieto).

La ocupación británica de las islas Malvinas fue una operación militar del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda que el 3 de enero de 1833 tomó el control de esas islas. A pesar de estar en relaciones de paz con la Confederación Argentina, el Reino Unido, con dos buques de guerra desalojaron a la guarnición argentina de Puerto Soledad.

El 3 de enero de 1833, las Islas Malvinas e Islas del Atlántico Sur fueron ilegalmente ocupadas por fuerzas británicas que desalojaron a la población y a las autoridades argentinas allí establecidas legítimamente, reemplazándolas por súbditos británicos.

Tras su manto de neblinas,

no las hemos de olvidar.

¡Las Malvinas, Argentinas!,

clama el viento y ruge el mar.

Ni de aquellos horizontes

nuestra enseña han de arrancar,

pues su blanco está en los montes

y en su azul se tiñe el mar.

(Fragmento de la Marcha de las Malvinas).

3 DE ENERO de 1833.

Usurpación de las Islas Malvinas.

El 6 de noviembre de 1820 David Jewett, comandante de la “Heroína”, tomó posesión de las Islas Malvinas en nombre del gobierno de las Provincias Unidas de Sudamérica, y puso el hecho en conocimiento público mediante una circular. (1) Disuelta la unidad nacional, la provincia de Buenos Aires otorgó en 1823 a Jorge Pacheco el usufructo de la isla Soledad o Malvina del Este. El mismo año designó al capitán de milicias Pablo Areguatí comandante de las islas. (2) En 1828 concedió a Luis Vernet –que había sido el promotor de estas gestiones y era socio de Pacheco- “todos los terrenos que en la isla de la Soledad resultaren vacos”, con ciertas excepciones y bajo el compromiso de establecer allí una colonia que gozaría del derecho de pesca en todo el archipiélago. (3) Y el 10 de junio de 1829, por último, el gobierno de Buenos Aires, presidido entonces por Martín Rodríguez, expedía el decreto disponiendo que “las islas Malvinas, serán regidas por un comandante político y militar”, el cual debía residir en la isla de la Soledad y cuidar en esas costas “la ejecución de los reglamentos sobre pesca de anfibios”. (4)

Los fundamentos de este decreto expresaban que España había tenido la posesión material de esas islas, “Hallándose justificada aquella posesión por el derecho de primer ocupante, por el consentimiento de las principales potencias marítimas de Europa, y por la adyacencia de estas islas al continente que formaba el virreinato de Buenos Aires, de cuyo gobierno dependían. Por esta razón, habiendo entrado el gobierno de la República en la sucesión de todos los derechos que tenía sobre estas provincias la antigua metrópoli, y de que gozaban sus virreyes, ha seguido ejerciendo actos de dominio en dichas islas, sus puertos y costas”.

Entretanto, la empresa dirigida por Luis Vernet, nombrado gobernador el mismo día, había iniciado la colonización de las Malvinas. Varias expediciones llegaron al archipiélago hasta que Vernet se instaló allí en julio de 1829 y –no sin superar enormes dificultades- logró asentar una población de un centenar de personas. (5)

No hemos de detenernos en recordar el desarrollo y las vicisitudes del establecimiento formado por Vernet con autorización del gobierno argentino. Nos interesa más especialmente destacar el proceso que condujo a la usurpación inglesa.

 

 

 

Al conocer el decreto del 10 de junio de 1829, el encargado de negocios de Gran Bretaña, Woodbine Parish, lo comunicó a su gobierno recordando los antecedentes del asunto y los títulos que a su juicio tenía Inglaterra. A los pocos meses, debidamente autorizado, presentó al ministro de Negocios Extranjeros Tomás Guido una nota en la cual sostenía “los derechos de soberanía de S. M. B. sobre las islas. Estos derechos –continuaba diciendo la nota- fundados en el primer descubrimiento y subsiguiente ocupación de dichas islas, fueron sancionados por la restauración del establecimiento británico por S. M. C. en el año 1771…. El retiro de las fuerzas de S. M. en el año 1774 no puede considerarse como una renuncia a los justos derechos de S. M.”.

La nota concluía protestando formalmente contra las pretensiones argentinas y contra todo acto que perjudicara los “derechos de Soberanía que hasta ahora ha ejercitado la corona de Gran Bretaña”. (6)

Pero lo que esa nota calla cuidadosamente es la ocupación simultánea hasta 1774 y exclusiva de España desde entonces, los tratados de 1670 en adelante, y sobre todo el convenio de 1790 que cerró las costas del Atlántico sud a toda instalación inglesa. L anota de Parish –elaborada en Londres- vale más por lo que no dice que por su contenido expreso, y debe juzgarse más por esa ocultación deliberada de circunstancias y de razones que por su osadía manifiesta en pretender una soberanía sin título alguno y una posesión carente de efectividad.

Sostener que Inglaterra había ejercido “hasta ahora” esos derechos, después de 55 años de abandono y de silencio, era una adulteración tan manifiesta de la verdad que sólo podía considerarse una burda ironía, apoyada en la fuerza del imperio más poderoso del mundo en aquel entonces.

Pero debe recordarse que pocos años antes de esa protesta, el 2 de febrero de 1825, Inglaterra había firmado con la Argentina el tratado de amistad y comercio mediante el cual reconoció la independencia de la nueva nación y, naturalmente, la existencia de un ámbito territorial propio de ella. Dentro de ese territorio estaban las Malvinas, de las cuales había tomado posesión en 1820, y ejercido otros actos de soberanía incluyendo el nombramiento y la instalación de autoridades.

La nota de Parish fue contestada de inmediato por el ministro Guido prometiendo estudiar la reclamación. (7) Pero el gobierno argentino, urgido por otros asuntos, no alcanzó a responder ni Parish insistió en conseguir una respuesta que iba a ser necesariamente negativa, puesto que los hechos señalaban la inequívoca voluntad de mantener la colonia ya fundada por Vernet.

 

El gobernador de las Malvinas, en efecto, seguía ejerciendo su cargo y haciendo progresar el establecimiento de Puerto Soledad: Cansado de ver que los balleneros destruían los recursos naturales de las islas, y dispuesto a imponer su autoridad, en agosto de 1831 arrestó a tres buques norteamericanos. En uno de ellos, el “Harriet”, volvió a Buenos Aires para someterlo al tribunal de presas. Intervino entonces el cónsul de los Estados Unidos, George W. Slacum, quien desconoció el derecho argentino a reglamentar la pesca en las Malvinas y logró convencer al comandante de la corbeta “Lexington” que debía defender con energía los intereses de los pescadores de su nación. Ese barco, al mando de Silas Duncan, se dirigió inmediatamente a Puerto Soledad, a donde llegó el 28 de diciembre de 1831 enarbolando bandera francesa. Sólo después de anclar levantó su propio pabellón, e inmediatamente Duncan se dedicó a destruir cuantos bienes existían en el establecimiento, trayendo presos a los principales pobladores. (8)

Este acto de piratería, sin justificativo alguno y llevado a cabo de la manera más violenta y abusiva, provocó la protesta y las reclamaciones del gobierno argentino. Los Estados Unidos, sin embargo, no quisieron reconocer su error. Y aunque esas protestas fueron renovadas en 1841 y en 1884, nunca se dieron las debidas satisfacciones ni la indemnización correspondiente a los daños ocasionados. No puede dejarse de recordar, con relación a este episodio, que si bien el gobierno norteamericano no quiso admitir los argumentos argentinos, la Corte Federal de Massachusetts resolvió que los actos de Silas Duncan eran ilegítimos. En un litigio en el cual se había invocado el incidente de la “Lexington”, esa corte resolvió “that such officer had no right, without express direction from his Government, to enter the territoriality of a country in peace with the United States and seize property found there, claimed by citizens of the United States”. (9)

Las Malvinas volvieron entonces a adquirir notoriedad internacional. Ya hacía tres años que el gobierno inglés les dedicaba una creciente atención, estimulada por los informes de Parish y por quienes sostenían la necesidad de contar con un puerto de escala en la ruta a Australia, cuya colonización estaba entonces en pleno desarrollo. (10) Pero el gabinete británico no se animaba a tomar una decisión sin fundamento, y se limitó a presentar la nota de Parish. Sin embargo, este último llegó de regreso a Londres a principios de 1832, con la noticia del atropello norteamericano y de que ya no existían autoridades argentinas en las islas. Estas razones, y tal vez la creencia de que los Estados Unidos podrían intentar su ocupación, decidieron el envío de una pequeña flotilla.

El capitán John James Onslow, al mando de la corbeta “Clío”, recibió instrucciones de dirigirse a Port Egmont y de restablecer allí el fuerte abandonado en 1774. En caso de encontrar fuerzas extranjeras inferiores a las suyas debía desalojarlas, empleando la violencia en caso necesario. Pero si esas fuerzas eran superiores, se limitaría a presentar una protesta que contenía también una amenaza. (11)

Onslow no se ajustó a esas instrucciones, o bien recibió otras que las contradecían y que permanecieron en secreto. A fines de diciembre de 1832 llegó a Port Egmont, e inmediatamente, siguió rumbo a Puerto Soledad, anclando allí el 2 de enero del siguiente año. En el lugar estaba la goleta “Sarandí” a las órdenes de José María Pinedo, a quien Onslow hizo saber que estaba encargado de afirmar los derechos soberanos de Inglaterra. (12) Al día siguiente la bandera argentina era entregada a bordo de la “Sarandí” por un oficial inglés, y poco después Pinedo –ante la superioridad de las fuerzas británicas- dejaba Puerto Soledad. (13)

La “Clío” sólo quedó unos pocos días en las Malvinas, y dejó a su población en el mayor desamparo y anarquía. Pero un año después, el 9 de enero de 1834, el “Challenger” traía al primer gobernador inglés, Henry Smith, que iniciaba así la ocupación de las islas usurpadas. (14)

Debe señalarse, ante todo, que Inglaterra se instaló en el mismo lugar que había sido poblado sucesivamente por los franceses, los españoles y los argentinos, pero que nunca había estado bajo el dominio inglés. Si alguna pretensión podía sustentar Gran Bretaña, ella se limitaba a Port Egmont, ubicado en el otro extremo del archipiélago. Esta circunstancia tan importante revela que el gobierno británico procedía con absoluto desprecio por el aspecto jurídico de la cuestión, y con el deseo manifiesto de realizar un acto de fuerza, sabiendo que la Argentina no estaba en condiciones de oponerse y de afrontar ese poder enormemente superior.

La segunda instalación inglesa en las Malvinas fue un despojo realizado gracias a esa superioridad. La expulsión de las autoridades argentinas legítimas ni siquiera fue precedida de un aviso o de un ultimátum enviado al gobierno de Buenos Aires. Inglaterra no quería que sus derechos –o sus pretendidos derechos- fueran objeto de una discusión diplomática. Usaba la fuerza, como antes –en 1766- había usado del secreto y de la clandestinidad. (15)

La llegada de Pinedo a Buenos Aires produjo naturalmente una honda conmoción en el sentimiento público, y dio origen a la inmediata protesta del gobierno argentino. (16) El encargado de negocios, que era Philip G. Gore, contestó al día siguiente que no tenía instrucciones de Londres. Entonces Manuel Vicente de Maza resolvió plantear el asunto directamente en Inglaterra, para lo cual comisionó al ministro plenipotenciario Manuel Moreno, encargándole la presentación de una formal protesta. Este lo hizo el 17 de junio de 1833 mediante una larga nota en la cual recordaba los antecedentes históricos de la cuestión, para concluir “que los títulos de la España a las Malvinas fueron, su ocupación formal; su compra a la Francia por precio convenido; y la cesión o abandono que de ellas hizo Inglaterra”. Como las Provincias Unidas sucedieron en los derechos que España tenía, Gran Bretaña no podía adquirir ningún nuevo derecho sobre las islas. La nota concluía protestando “contra la soberanía asumida últimamente, en las islas Malvinas por la corona de la Gran Bretaña, y contra el despojo y eyección del Establecimiento de la República en Puerto Luis, llamado por otro nombre el Puerto de la Soledad”, y pidiendo las reparaciones adecuadas por la lesión y ofensa inferidas. (17)

La contestación inglesa –que tardó más de seis meses en ser presentada- merece ser cuidadosamente analizada. Comienza esa nota recordando la protesta que Parish había entregado al gobierno argentino a fines de 1829 y reproduciendo los mismos argumentos: “esos derechos soberanos, que estaban fundados sobre el descubrimiento original y subsiguiente ocupación de aquellas islas, adquirieron una mayor sanción con el hecho de haber su Majestad Católica restituido el establecimiento inglés de que una fuerza española se había apoderado por violencia en el año 1771”.

Agregaba la nota que el retiro de los ingleses en 1774 no pudo invalidar sus derechos. Y como la protesta de Parish no había sido contestada por el gobierno argentino, este último no podía sorprenderse por el acto realizado en las Malvinas, ni tampoco “suponer que el gobierno británico permitiese que ningún otro Estado ejerciera un derecho, como derivado de España, que la Gran Bretaña le había negado a España misma”.

Lord Palmerston se ocupaba, por último, de negar la existencia de una promesa secreta, acerca de la cual no había constancia alguna en los archivos ingleses. (18)

La respuesta de Palmerston, escueta y carente de fundamentos históricos y jurídicos, sólo revelaba el deseo de eludir la discusión de un enojoso asunto que el gobierno británico no podía defender con argumentos valederos, sin dejar por ello de persistir en su actitud.

No es necesario volver a señalar las falsedades que esa nota contiene. Ya lo hemos hecho al comentar la de Parish; que se transcribe casi literalmente por Palmerston. Los dos únicos argumentos que este último agrega son la falta de contestación argentina a la nota de 1829 y la negativa inglesa a reconocer a otros Estados los derechos que había negado a España.

Aquella falta de contestación, explicable por las circunstancias críticas que vivía el país por esos años, no pudo, desde ningún punto de vista, hacer surgir un título nuevo para Inglaterra. Ese silencio no podía interpretarse como un asentimiento a las pretensiones inglesas, puesto que simultáneamente los hechos afirmaban la voluntad argentina de mantener su soberanía en las Malvinas. Los años 1829-1831 son precisamente los de mayor actividad en el archipiélago, que tiene a su frente al gobernador Vernet y asiste al desarrollo de Puerto Soledad. De modo que esos actos de dominio eran el mejor desmentido que podía darse a la nota de Parish, y la manera más eficaz de asegurar los derechos que la República tenía como sucesora de España. Si Inglaterra aspiraba sinceramente a obtener una contestación, pudo insistir en su nota o presentar otra recabándola, pero nunca hacer derivar de esa falta un fundamento para realizar actos de fuerza en Puerto Soledad. La correcta práctica diplomática entre dos naciones que mantenían relaciones amistosas y cordiales exigía otro tratamiento muy distinto.

El último argumento de Palmerston consistía en sostener que Inglaterra no podía admitir los títulos argentinos porque los había negado a España misma, de la cual derivaban aquéllos. Esta era una evidente falsedad, que al mismo tiempo encerraba un sofisma. Gran Bretaña nunca desconoció, ni hubiera podido hacerlo, los derechos españoles. Estos fueron admitidos en 1749, en 1771 y en 1790, sin que llegara a ser tema de una discusión entre las cancillerías. Y desde 1774, en que España quedó como única dueña del archipiélago, Inglaterra mantuvo un persistente silencio que significaba aceptar la validez de aquella ocupación. Pero ese argumento contiene, además, un sofisma; aun cuando España no hubiera tenido título alguno, o éste hubiera sido desconocido por Inglaterra, no por ello podía esta última crearse unilateralmente un derecho fundado en la inexistencia del que invocaban los españoles. Para adquirir la soberanía de un territorio no basta negar la que otra nación alega, sino que es preciso además que haya actos posesorios indiscutidos y permanentes. Y esto era lo que no podía aducir Inglaterra, que desde 1774 hasta 1829 guardó un profundo silencio respecto del archipiélago.

Manuel Moreno replicó a Palmerston, en nota del 29 de diciembre de 1834, aportando nuevos argumentos y antecedentes en apoyo de la posición argentina. (19) esta segunda nota contiene sin duda un alegato muy orgánico y refleja con mayor acierto los derechos que Moreno defendía. Pero tanto ésta como las ulteriores reclamaciones fueron contestadas siempre con una categórica negativa, por parte de Inglaterra, a discutir lealmente los títulos respectivos. El problema se mantuvo en la misma situación, sin que nada hiciera variar la posición argentina. Esta se funda, históricamente, en las siguientes razones:

1º) La soberanía española de las islas, derivada de la concesión pontificia y de la ocupación de territorios en el Atlántico Meridional. Inglaterra reconoció esa soberanía al comprometerse a no navegar ni comerciar en los mares del Sud (tratados de 1670, 1713 y subsiguientes)

2º) La posesión efectiva de Puerto Soledad desde 1764 –como sucesora de Francia- hasta 1811, la cual, a partir de 1774, fue una ocupación exclusiva de todo el archipiélago, acreditada mediante múltiples actos de soberanía y confirmada por la aceptación de todas las naciones.

3º) El compromiso británico de evacuar Port Egmont –como lo hizo en 1774- y el nuevo acuerdo con España de no establecerse en las costas orientales u occidentales de la América Meridional, ni en las islas adyacentes (octubre de 1790).

4º) La incorporación de las islas Malvinas al gobierno y por lo tanto al territorio de la provincia de Buenos Aires, resuelta por España en 1766 y mantenida luego sin alteración alguna.

5º) La continuidad jurídica de la República Argentina con respecto a todos los derechos y obligaciones heredados de España.

6º) La ocupación pacífica y exclusiva del archipiélago por la Argentina –o la provincia de Buenos Aires- desde 1820 hasta el 2 de enero de 1833, en que sus autoridades fueron desalojadas por la fuerza.

7º) El traspaso hecho por España a la República Argentina, mediante el tratado de 21 de diciembre de 1863, “de todas las provincias mencionadas en su Constitución federal vigente, y de los demás territorios que legítimamente le pertenecen o en adelante le pertenecieren”, renunciando a “la soberanía, derechos y acciones que le correspondían”. (20)

Por su pare Inglaterra no puede invocar ni los derechos de primer ocupante, ni la cesión de su soberanía por España, ni la facultad de navegar y de establecerse en los mares del sud, ni ningún otro título legítimo aceptado por España o por la Argentina. Sólo tiene a su favor la ocupación clandestina de 1766 y el violento despojo de 1833.

Referencias

(1) Caillet-Bois, 179-181: “El Argos de Buenos Ayres, Nº 31, 10 de noviembre de 1821.

(2) Gómez Langenheim, I, 212 y 217.

(3) Decreto del 5 de enero de 1828, en Gómez Langenheim, I, 230.

(4) Pedro de Angelis – Recopilación de las leyes y decretos promulgados en Buenos Aires, segunda parte, 969, Buenos Aires, 1836. El decreto fue publicado y comentado por los dos periódicos más importantes de entonces: “La Gaceta Mercantil”, 17 y 23 de junio de 1829, y el “British Packet”, 20 de junio del mismo año.

(5) Caillet-Bois, 183-208.

(6) Gómez Langenheim, II, 127.

(7) Guido a Parish, 25 de noviembre de 1829 en Gómez Langenheim, II, 128.

(8) Todos los sucesos se encuentran documentados en “Colección de documentos oficiales con que el gobierno instruye al cuerpo legislativo de la provincia del origen y estado de las cuestiones pendientes con la República de los Estados Unidos de Norteamérica sobre las Islas Malvinas”. Buenos Aires, 1832; seguida de “Apéndice a los documentos oficiales publicados sobre el asunto de Malvinas, etc.”, Buenos Aires, 1832.

(9) Groussac, “Les iles Malouines”, 33, quien cita a Francis Wharton, “A Digest of the International Law, 2ª ed., I, 444.

(10) Caillet-Bois, 295-318.

(11) Caillet-Bois, 320-321, quien cita a G. T. Whitington, “The Falkland Islands, compiled from ten years, investigations of the subject”, 12-15, London, 1840.

(12) Onslow a Pinedo, 2 de enero de 1833, V. F. Boyson, “The Falkland Islands”, 97, Oxford, 1924.

(13) Caillet-Bois, 322-327.

(14) Boyson, 103.

(15) No deja de ser curioso destacar la explicación que da un autor moderno sobre los motivos de la llegada de la “Clío”: “The reason of her appearance was very simple. No notice having been taken of the protest made by Woodbine Parish three years previously, the Clio….. had been dispatched to take possession of the colony” (Boyson, 97). Este escritor parece ignorar todos los usos diplomáticos, e incluso la diferencia que existe entre tomar posesión de un lugar abandonado o desierto y expulsar de un establecimiento ya organizado a las autoridades de un país con el cual se mantienen relaciones amistosas.

(16) Maza a Gore, 16 de enero de 1833, en “Reclamación del Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, contra el de su Majestad Británica, sobre la soberanía y posesión de las islas Malvinas (Falkland), Discusión oficial”, 25, Londres, 1841.

(17) Reclamación cit., 3-24. Se publicó también en inglés y francés en “Protestation du gouvernement des Provinces Unies du Río de la Plata, par son ministre plénipotentiairie a Londres, sur l’arrogation de souveraineté dans les iles Malvines or Falkland, par la Grande Bretagne, et l’éjecution de l’établissement de Buenos Ayres a Port Louis”, Londres, 1833.

(18) Lord Palmerston a Manuel Moreno, 8 de enero de 1834, en “Reclamación” cit., 40-53.

(19) ”Reclamación” cit., 54-66. Manuel Moreno publicó también, sin nombre de autor, un folleto titulado “Observations on the forcible occupation of the Malvinas, or Falkland Islands, by the British Government, in 1833”, London, 1833. Este folleto estaba destinado a ilustrar a la opinion pública, mostrando el carácter violento de la agresión inglesa. Sobre las gestiones de Moreno en Londres, ver Caillet-Bois 347-365.

(20) Tratado de reconocimiento, paz y amistad con España, ratificado por la ley 72.

Fuente:

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Muñoz Azpiri, José Luis – Historia completa de las Malvinas – Buenos Aires (1966).

www.revisionistas.com.ar FUENTE: www.revisionistas.com.ar

lunes, septiembre 16, 2019

INGLATERRA Y LA CAÍDA DE LOS GOBIERNOS JUSTICIALISTAS. Autor: Fernando Javier Liébanes.

INGLATERRA Y LA CAÍDA DE LOS GOBIERNOS JUSTICIALISTAS.
"Uno de los factores poco conocidos de la caída de Perón es la industrialización creciente del país. Esto significó un perjuicio considerable para los tejidos y cueros británicos, cuya exportación a la Argentina disminuía rápidamente. La desconfianza británica se transformó en hostilidad cuando comprendió que Perón se preparaba a explotar las enormes reservas petrolíferas del subsuelo argentino". "Journal du France". Octubre de 1955

Inglaterra y la caída de Perón
En 1964 Perón escribió sobre el tema que nos ocupa: "El imperio británico celebró mi caída como una victoria típicamente inglesa. Ante una Cámara de los Comunes delirante de entusiasmo”, así Sir Winston Churchill desencadenó todos los fuegos de artificio de su pirotecnia verbal. Señaló que mi derrota era para el Imperio, un hecho tan importante como la Segunda Guerra Mundial y que no se me daría tregua ni cuartel, hasta el final de mis días".
La sentencia de Churchill se cumplió, Perón no tuvo ni tregua ni cuartel hasta el día de su muerte y después de ella.
¿Qué había hecho el Gran Conductor Argentino para que Churchill lo considerase un enemigo de tales dimensiones? Algo muy simple: declarar y hacer efectiva la Independencia Económica del país, que fue solemnemente jurada por todo el gobierno, en Tucumán, el 9 de Julio de 1947.. La puesta en marcha de esa Independencia Económica, era revertir y recuperar para los argentinos, los tres millones de kilómetros cuadrados de la geografía que nos quedaba.
La Argentina primaria del pasto y de la vaca inglesa fue reemplazada por la Nueva Argentina industrial, tecnológica y científica.
La Argentina de Perón, consolidada jurídicamente en la Constitución Nacional de 1949, era la puesta en marcha del ideal de los próceres precursores de Mayo de 1810. Era la revancha contra el brutal colonialismo que nos había impuesto Gran Bretaña, durante un siglo y medio.
Ferns, el célebre historiador inglés contemporáneo, señala en el Tomo I de su obra dedicada a la Argentina que antes del acceso de Perón al poder, la Argentina "absorvió entre el 40 y el 50% de todas las inversiones fuera del Reino Unido". (pag. 397)
Estas cifras son más que indicativas de los intereses que la obra del peronismo había lesionado. Si tenemos en cuenta que durante el decenio 1946/55, Inglaterra tuvo que resignar ante Ghandi su presencia en la India y que Mohamed Mossadegh había puesto fin a los intereses ingleses en el petróleo de Irán, comprenderemos la gravitación que nuestro país tenía en 1955 en el derrumbe del Imperio Anglicano.
El reconocimiento que los Estados Unidos hicieron al poder de Perón y de la Argentina Justicialista fue lo último que pudo soportar la metrópoli londinense de su ex colonia.
El acuerdo Perón-Eisenhower con respecto a la explotación petrolera a través de la "California Argentina" iba a alejar por siempre de estas tierras a la Gran Bretaña y a las otras potencias europeas asociadas.
Fue entonces cuando Inglaterra se lanzó a la reconquista de la Argentina.
Utilizó para tal fin dos fuerzas tradicionales y muy eficaces: sus diplomáticos y sus agentes diplomáticos. Con respecto a ellos dice Ferns: "Si el arte de la diplomacia consiste en inducir a otros a tomar decisiones que uno desea que ellos tomen, los agentes británicos en la Argentina practicaron ese arte con grandes resultados. Los agentes diplomáticos británicos piden moderación a los actores cuando éstos manifiestan sus feroces inclinaciones contra el Imperio, les hacen zancadillas cuando avanzan demasiado o bien dan un empellón a otros en la dirección que les parece conveniente".(T. I pags. 296-299)
El General Perón desde su exilio escribía a Scalabrini Ortíz: "Usted es uno de los intelectuales argentinos que siempre vio claramente el enemigo real".
Y su recordado y poco difundido trabajo sobre los episodios de 1955 decía: "Quizá un error de nuestra parte fue no haber considerado siempre a nuestro gobierno como una etapa de la lucha secular contra Inglaterra que se inicia con las invasiones inglesas".
Inglaterra y la subversión.
En los años que siguieron a 1955, la diplomacia británica no pudo demoler la colosal estructura levantada por Perón.
La Argentina industrial, tecnológica, científica y cultural y social, seguía en pie a pesar de todos los embates y de las más bárbaras políticas que se lanzaban contra ella.
Los textos ingleses de la época no ocultan su preocupación por el problema. La cuestión se hace acuciante hacia 1972, cuando el General Perón confirma solemnemente su voluntad de regresar a la Patria.
Entonces aparece el segundo tomo de la obra del historiador británico Ferns sobre la Argentina. Allí leemos lo siguiente: "Como no sea mediante una guerra civil devastadora, resulta difícil imaginar cómo puede deshacerse la revolución efectuada por Perón". (pag. 247)
Y la guerra civil devastadora para nuestra Patria programada y bien pensada por los estrategas ingleses "para deshacer la revolución efectuada por Perón", llegó a nuestras playas. No vino solamente con palabras, vino con armas procedentes de Inglaterra.
Recuerdo el día 18 de abril de 1974: Un diplomático británico de nombre Micke Jhon Bishop fue detenido en el momento de introducir al país un contrabando de armas.
El diario " La Nación " inicia la reseña del gran escándalo, en estos términos: " La Justicia Federal en lo Criminal y Correccional investiga lo relacionado con el secuestro, efectuado el 10 del actual por personal de Prefectura Naval Argentina, de varios bultos que contenían 17.500 proyectiles calibre 9 mm ., munición de guerra, acondicionados en cajas utilizables para pistola, fusil y ametralladora, que fueron desembarcados del rompehielos de la marina británica Endurance".

Y tras dar detalles asombrosos sobre esta invasión virtual en el propio Puerto de Buenos Aires, la crónica da cuenta de la inmediata libertad del diplomático involucrado, a la vez que señala, como trascendido, que Gran Bretaña había dado al Poder Ejecutivo las explicaciones del caso: "Lamentando no haber cumplido con los trámites que hubiera debido realizar en el caso ante nuestra Cancillería".
Nunca se hicieron públicas las explicaciones que había dado Gran Bretaña. Jamás se conoció la actitud del Ministro de Relaciones Exteriores de aquel entonces. Dejo el tema para los historiadores revisionistas que quieran ocuparse de los años que van de 1973 a 1976.
Al descubrimiento de ese contrabando inglés de armas siguieron otros dos, de los que sólo informó el diario "Mayoría"; uno interceptado en otro buque inglés y el tercero en una aeronave de la British Caledonian. Si los contrabandos de armas descubiertos fueron tres, ¿cuántos fueron los que no se detectaron? Nuca lo sabremos, pero sí todos recordamos que "la guerra civil devastadora" lanzada anónimamente contra el tercer gobierno del General Perón, tenía entonces cuatro frentes bien definidos:
El terrorismo bélico con el crimen planificado
El terrorismo periodístico con la tergiversación organizada
El terrorismo político con la traición reiterada
El terrorismo económico con el desabastecimiento, los vaciamientos de empresas y el sabotaje a la producción.
Todas estas eran las formas de la "guerra civil devastadora", declarada en secreto por los ingleses contra Perón. El objetivo era muy claro: destruir la industria argentina, destruir la tecnología argentina y destruir la ciencia y la inteligencia argentinas, aniquilando a la Universidad que la produce.
Por estos medios, coherentes y contestes de Gran Bretaña para el Río de la Plata , se buscó reinstalar a la Argentina en el sistema colonial de la división internacional del trabajo.
Exportadores de cerebros talentosos (2.500.000 argentinos emigraron en busca de trabajo entre 1976 y 1980) e importadores de los laosianos y vietnamitas (ahora también los coreanos en verdaderas oleadas) que trajo el ministro Harguindeguy para cumplir el "gobernar es poblar", de Alberdi.
La Argentina colonial ha sustituido pues, a la Argentina Independiente de Perón.
Inglaterra y la caída de Isabel
La guerra de las Malvinas enriqueció al país en martirio y heroísmo. En valor sin par. En abnegación y en coraje. Pero también enriqueció al país con documentos decisivos para explicar nuestra tragedia y nuestra frustración permanente.
De ello es altamente significativo el informe de Lord Franks preparado para el Parlamento Británico por el Consejo de la Corona y publicado en enero de 1983. El informe de Lord Franks trae una sinopsis de la inteligencia británica sobre la Argentina que arranca del año 1965.
Refiriéndose a las relaciones con el Gobierno Peronista este importantísimo documento dice textualmente: "Enero 22, 1976: Los comandantes argentinos son contrarios a aprobar cualquier medida militar susceptible de facilitar el mantenimiento en el poder del régimen de la Señora de Perón. Si bien es posible que se establezca una corta tregua, es previsible la toma de nuevas medidas (por parte del Gobierno Peronista) contra los intereses británicos bajo la forma de un aumento de presión hostil, tanto política como económica".
El documento está reproducido en el diario " La Nación " en su edición del día 2 de abril de 1983, página 9. Como es de ver, los británicos preanunciaban las caída del Gobierno Constitucional con dos meses de anticipación.
"Debe ser muy grande el placer que proporciona el gobernar, puesto que son tantos los que aspiran a hacerlo". Voltaire.
Fernando Javier Liébanes.