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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria." Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma.” Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

sábado, 1 de abril de 2017

La muerte de Europa por James Neilson.

Los dignatarios de la Unión Europea acaban de celebrar, con la solemnidad apropiada, el aniversario sexagésimo de la firma del Tratado de Roma que sirvió para formalizar un proyecto que ya estaba en marcha. Es poco probable que los asistentes más jóvenes, si resultan ser longevos, o los sucesores de los demás, lleguen a repetir la ceremonia en marzo de 2077. A menos que se reviertan muy pronto las calamitosas tendencias demográficas actuales, lo que, por desgracia, es muy poco probable; los griegos, italianos, españoles, alemanes y otros serán miembros de minorías étnicas cada vez más pequeñas en los territorios que desde hace milenios han sido suyos. ¿Y entonces? Aun cuando Europa permaneciera tan unida como esperan aquellos políticos y funcionarios, no tendría mucho en común con el continente que conocemos.
A los comprometidos con lo que optimistas llaman “el sueño europeo” no les gusta para nada hablar de los desafíos planteados por la caída vertiginosa de la tasa de natalidad que es el gran tema de nuestro tiempo, el elefante en la habitación cuya presencia ominosa los biempensantes prefieren pasar por alto. Tratan el bajón demográfico como si fuera un problema sólo para los responsables de los sistemas jubilatorios, no como la catástrofe civilizatoria que sin duda es.
La única solución que proponen consiste en alentar la inmigración masiva desde África y Asia, de ahí la indignación que sienten cuando nacionalistas de “la ultraderecha” se aferran tenazmente a viejas identidades locales que, en opinión de los europeístas más vehementes, son meros inventos arbitrarios. A veces parecería que, para sus gobernantes, Europa no es un conjunto de culturas maravillosamente diversas con raíces profundas, sino, a lo sumo, un espacio geográfico que, andando el tiempo, se hará mucho más homogéneo y por lo tanto mejor.
Los que piensan así son reacios a preguntarse si el desprecio que sienten por las viejas comunidades nacionales ha contribuido a la resistencia a tener hijos de quienes viven en sociedades que, en muchos sentidos, son las más exitosas de la historia del género humano, las más libres, tolerantes, pacíficas, solidarias y productivas. ¿Es sólo por razones económicas? ¿O es también por una carencia, que podría calificarse de espiritual, que aquellos que miran con indiferencia lo que está ocurriendo no quieren comprender? Sea como fuere, no es del todo sorprendente que tantos inmigrantes se nieguen a integrarse plenamente a sociedades que enfrentan el espectro de su propia extinción con ecuanimidad.
Tal y como están las cosas, es de prever que dentro de apenas un siglo casi todos los pueblos europeos habrán seguido a los visigodos, vándalos y cartaginenses en el viaje hacia el cementerio en que yacen los restos de pueblos antes poderosos. A lo mejor, dejarán para la posteridad un sinfín de monumentos y creaciones artísticas que, tal vez, merecerán la curiosidad respetuosa de estudiosos.
No es la primera vez que, para extrañeza de observadores contemporáneos, los habitantes de una región floreciente hayan optado por el suicidio colectivo. Más de un siglo antes del inicio de la era cristiana, el gran historiador griego Polibio escribió que “En nuestra época se han abatido sobre Grecia entera una natalidad muy baja y una despoblación que ha vaciado ciudades y ha causado improductividad, a pesar de que no hemos tenido guerras continuas ni pestes”. Parecería que, a diferencia de los bárbaros que los rodeaban, los muy civilizados griegos no se dejaban perturbar por nimiedades como el porvenir de su propia comunidad.
Polibio no atribuyó la pérdida de vitalidad a la supremacía humillante del creciente imperio romano sino a una educación que promovía el egoísmo, a que criar hijos era costoso y al abandono por sus compatriotas de los ideales de otros tiempos. En la Europa de nuestros días, además de otras partes del mundo con culturas similares, habrá hecho un aporte decisivo a una actitud muy similar la prédica insistente de quienes nos recuerdan que virtualmente todos nuestros antecesores eran bandidos salvajes, imperialistas genocidas y esclavistas, de suerte que sería muy difícil rescatar algo bueno del pasado común.
Tal actitud ayudó a estimular el pesimismo existencial que se ha apoderado de Europa al debilitar la cadena emotiva que mantiene vinculadas las generaciones sucesivas. Si nadie siente respeto por las generaciones ya idas, sería vano esperar que las venideras se interesaran por la nuestra. Así, pues, cada uno propende a encarcelarse en su presente particular, negándose a pensar en el destino de sus eventuales descendientes.
Los ideólogos de la Unión Europea son productos de la rebelión cultural que estalló luego de la Segunda Guerra Mundial. Tenían buenos motivos para querer romper con el pasado, pero cometieron un error fatal al convencerse de que todas las variantes del nacionalismo son necesariamente maléficas para entonces procurar reemplazarlas por un credo no sólo paneuropeo sino universal. Aunque el proyecto resultante ha sido apoyado por muchos políticos e intelectuales, los intentos de consolidarlo han molestado a decenas, acaso centenares, de millones de personas que se resisten a creer que preocuparse por la identidad tradicional del grupo al que pertenecen es propio de racistas, cuando no de neonazis, como aseveran los defensores más beligerantes de la ortodoxia europeísta.
Los partidarios de la uniformidad que apostaron a que una moneda común serviría para reducir las diferencias nacionales ya se habrán dado cuenta de que tendría que transcurrir muchísimo tiempo antes de que los griegos, italianos y españoles aceptaran adoptar las mismas pautas que los alemanes, pero aún más dañina que la introducción del euro ha sido la negativa de los gobiernos de la UE a tomar en serio las consecuencias del intento de reconstruir la población europea con “nueva sangre”. Puede que a ojos de los progresistas dominantes las supersticiones religiosas no son más que reliquias de tiempos menos esclarecidos, pero les hubiera convenido recordar que hay algunas que siguen motivando pasiones tan peligrosas como las que, en los siglos XVI y XVII, hicieron de Europa una región parecida a la Siria actual.
Publicado en Diario "Río Negro" (Edición Nro. 24.668), viernes 31 de marzo de 2017, página 19. Imagen de la misma columna de opinión.

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