GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...

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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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domingo, agosto 15, 2021

Un cachito de capitalismo, por favor por Carlos Salvador La Rosa.

Un cachito de capitalismo, por favor.

Los camporistas de Cristina y los piqueteros de Grabois libran una interna oficialista con importantes diferencias, pero donde los unifica un vetusto y retrógrado anticapitalismo.

Juan Grabois tiene todas las características de personalidad de un enfant terrible, parecido a aquellos que abundaban por mayo de 1968 en Francia, aunque un poquito pasado en edad. Su pose de revolucionario new age, polemista feroz y provocador permanente, no deja de inhalar un aroma de autenticidad ya que a diferencia de la elite política con la que comparte preferencias ideológicas, y de su oficialismo precavido, él -siendo un hombre de clase media tirando a alta- vive cerca de los pobres y los conoce bastante más que los que hacen fiestas de cumpleaños en mansiones encantadas durante plena pandemia, o los que viven alternativamente en Recoleta, Puerto Madero o ese lugar en el mundo que es el paraíso de Calafate.

Grabois, como su jefe espiritual, el Papa Francisco, desdeña las riquezas de las que está rodeado y trata de vivir con austeridad, lo que no es poco frente a tanta orgía de poder como la que presenciamos todos los días en la casta dirigente argentina.

Además, Grabois, por los sufrimientos reales que ve en directo todos los días, desarrolló un diagnóstico realista más allá de los anteojeras ideológicas que pueda tener: que es imposible seguir construyendo un país donde los planes sociales, el asistencialismo y el subsidio sean la única opción de lucha contra la pobreza, donde cada vez que se aumentan los planes es porque aumentó la miseria.

Al mismo tiempo, desde los sectores más kirchneristas del gobierno, un diagnóstico similar está apareciendo. Lo personifica el cuervo Larroque cuando afirma que la única solución contra la pobreza es crear trabajo.

Parece enfrentarse con los piqueteros, pero estos manifiestan multitudinariamente por las calles pidiendo algo parecido: tierra, techo y trabajo.

O sea que el diagnóstico entre piqueteros y camporistas es hoy similar. Tan parecido a los que reclamaron durante todos estos años los “gorilas”, a los que acusaban de todo el mal posible por decir que sólo el trabajo salvará a los pobres. Tan similar a lo que solía decir Perón, para el cual el asistencialismo era apenas la punta del iceberg de un proceso productivo que debía desarrollarse por abajo. O como sostenía el propio Martín Fierro: “Debe trabajar el hombre, para ganarse su pan...”. A la vez que proponía la meta: “Debe el gaucho tener casa, escuela, iglesia y derechos”.

En síntesis, esta confrontación creciente entre piqueteros y cristinistas no difiere en el diagnóstico: que se acabó el tiempo de la asistencia y debe empezar el de la producción y el trabajo, aunque no se elimine del todo la primera, pero sí hegemonicen los segundos, al revés que ahora.

Sin embargo los diferencia una clara lucha por el poder: los piqueteros quieren conducir ellos este proceso de inclusión a través de sus organizaciones, mientras que los cristinistas quieren que lo conduzca el Estado con cada vez menos intermediarios. Es algo similar a otro debate que de a poco se insinúa: que tanto los sindicalistas como Cristina se han dado cuenta que el sistema actual de salud hace agua por todos lados, como lo demuestra una pandemia donde estamos últimos en casi todas las mediciones internacionales que se realizan. Por eso proponen cambiarlo, para salvar sus prebendas, pero Cristina quiere estatizarlo del todo, mientras que los sindicatos buscan ser ellos los que dirijan cualquier cambio que se proponga, o ser al menos co-conductores.

Con realismo, Cristina ve que los piqueteros y los sindicalistas son parte del problema y no de la solución porque ellos viven de aquello que es preciso cambiar. Pero, con igual realismo, se puede deducir que estatizar lo que se refiere a la pobreza y a la salud en manos de un Estado como el que tenemos, sería peor el remedio que la enfermedad. Un Estado que , además de ineficiente, usa las estatizaciones como el menemismo usaba las privatizaciones, para acumular poder a través de cajas. Es lo que quisieron hacer con Vicentin, imponer en el campo lo que se proponen desde tiempos de la 125:_crear un nuevo IAPI donde el productor agrario venda al Estado a precio fijado y el Estado venda al exterior a precios internacionales. O_lo que hicieron con las AFJP, que en vez de crear un sistema jubilatorio moderno, volvieron al sistema anterior porque lo único que querían era la caja de la ANSES.

Porque aquí estamos en la clave de la cuestión, tanto sindicalistas, como piqueteros, como kirchneristas, como la misma Cristina tienen un diagnóstico más o menos certero (como lo tenemos todo) del callejón sin salida en que se ha convertido la Argentina asistencialista, pero proponen soluciones de la mitad del siglo XX.

Los modelos en apariencia diferentes que postulan Grabois y Cristina, uno más cooperativista y otro más estatista, se unifican por su anacronismo al considerar enemigos a los que deberían ayudarlos a solucionar los problemas hoy insolubles:_los productores del campo, la clase media urbana, las empresas internacionales o capaces de internacionalizarse y las inversiones tanto las nacionales que están en el colchón como las extranjeras que buscan seguridades inexistentes en la Argentina, pero no así en Paraguay, Uruguay o Bolivia.

Con su ideologismo retrógrado, tanto los que quieren recrear el viejo Estado Justicialista de los años 50 con pinceladas revolucionarias de los años 70, como los que quieren cooperativizar a los desempleados luchando contra supuestas oligarquías, clasemedieros cipayos e imperialismos varios, lo que logran es multiplicar las condiciones que durante toda la era K hicieron crecer la pobreza aún más que en las etapas anteriores.

Con esas ideas y esas personas conduciendo, acá no entrará ni un peso y la clase media seguirá en masa pensando cómo hace para sacar a sus hijos del país antes que se vuelvan clase baja, mientras que las empresas de mediana a alta dimensión son consideradas enemigas y también se fugan en masa del país salvo los capitalistas amigos que no son empresarios sino testaferros. En tanto las pymes no paran de cerrar.

Lo que pasa es que más allá de sus internas, los que confrontan dentro de la elite gobernante participan de una misma concepción: la de un capitalismo ideológicamente anticapitalista. O sea un capitalismo que toleran porque no se animan o no pueden cambiar por otra cosa (como Cuba, Venezuela o Nicaragua que lo intentaron sin logros muy fructíferos a la vista) pero al que soportan con la nariz tapada. Por eso están encandilados con la Rusia de Putin a ver si allí el capitalismo de_Estado o de amigos, puede imponerse y luego copiar aquí.

Deberían quizá mirar el sesgo capitalista que tuvieron algunos de sus “amigos” vecinos, que aún con su folklore revolucionario, en los temas de fondo fueron menos ingenuos. Como Bolivia que es un estado multicultural y socialista en lo adjetivo, pero en lo sustantivo le garantiza a la inversión extranjera lo mismo que un país del primer mundo. O_ como intentó Rafael Correa de Ecuador que definió a la educación como meritocrática y sostuvo al dólar como moneda local pese a su discurso antiyanqui. O como hizo Lula da Silva que mientras la Argentina se convertía en una fábrica de pobres, él -más socialdemócrata que populista- incorporaba 30 millones de pobres a la clase media. Todos con fórmulas donde el capitalismo era parte esencial de la solución, aunque no lo fuera todo. Eran anticapitalistas en el verso, pero no lo eran en las cuestiones sustantivas.

Acá creen que el estatismo es la solución fundamental o en todo caso el cooperativismo estatista. Elementos que pueden ayudar siempre que lo central sea encontrar la forma argentina de globalizarnos, o si no, en nombre de una inexistente revolución, dejar que otros nos globalicen. Pues no solo globaliza Estados Unidos, sino también los chinos que hace mucho entendieron las ventajas del capitalismo. Y lo entendieron porque pese a seguir declarándose comunistas, serán comunistas pero no estúpidos.

PUBLICADO EN DIARIO "LOS ANDES" DE MENDOZA.

Domingo 15 de agosto del 2021.

https://www.losandes.com.ar/opinion/un-cachito-de-capitalismo-por-favor/

domingo, marzo 22, 2020

Las tres grandes crisis de la globalización. Por Carlos Salvador La Rosa.


Las tres grandes crisis de la globalización. 
Por Carlos Salvador La Rosa.
La globalización no es una novedad en el transcurrir de la humanidad, podría decirse que es el progreso “en bruto”, vale decir, se inicia cada una de sus etapas cuando las relaciones de producción cambian pero aún ellas no se traducen en una sociedad adaptada a las nuevas formas evolutivas. Por eso la gran frase que simboliza cada gran cambio hacia más globalización es la de que “todo lo que parecía sólido se desvanece en el aire”. Todas nuestras certezas desaparecen ante un nuevo mundo que nuestras conciencias aún no han incorporado. La globalización es simplemente la evolución humana que día a día, año a año, siglo a siglo avanza hacia formas superiores de integración. Pero es, como dijimos, progreso “en bruto” porque no se adapta naturalmente a las necesidades humanas, sino que a veces incluso las desmorona aún más.
El síntoma más evidente de la nueva globalización lo dieron la aplicación de las nuevas tecnologías de información, que apenas ingresaron a la URSS por los pequeños pliegues por donde los soviéticos intentaban abrirse a medias esperando que cambiando algo no cambiarían nada. No obstante, el virus tecnológico hizo volar por los aires a todo el sistema, lo destruyó completamente como si fuera una jarra de cristal, por su fragilidad y rigidez frente al cambio.
Por el contrario, Occidente, que tenía un sistema hecho desde sus orígenes para el cambio permanente, pudo incorporar las relaciones productivas basadas en la tecnología, de un modo bastante razonable, tanto que allí nomás se proclamó vencedor indiscutible de la guerra fría, de la guerra este-oeste y pensó que el mundo de allí en adelante sería todo suyo. Pero no ocurrió exactamente así.
Sucede, que como decía un viejo general (que había sacado el dicho de los autores clásicos), “a la evolución se la cabalga”. O sea, a la globalización hay que montarla, conducirla para dirigirla hacia los fines que pretendemos los humanos, en vez de esperar que ella sola nos haga progresar y entonces en vez de cabalgarla nos colguemos de su cola a fin de aprovechar los colgados los beneficios del progreso que ella trae consigo. Que eso fue lo que precisamente hicimos.
Cuando las tierras bajas están sin agua, el deshielo de las montañas puede traerles la salvación si y solo si están preparadas para recibirlo. Porque el agua de arriba avanza hacia abajo como un alud y no se detendrá ante nada aunque deba destruir todo; en cambio si hay diques preparados para contenerla, el agua de arriba salvará a las tierras de abajo.
Esa es la diferencia entre cabalgar y colgarse de la evolución, la que puede ser tan constructiva como destructiva, pero no depende de ella sino de nosotros.
Claramente, Occidente no entendió eso, proclamó el fin de la historia y se confundió con ella. A partir de entonces se quedó con una sola de las patas de la evolución, la financiera, y entonces creó nuevos ricos haciendo que el dinero fuera el único factor de producción. Vale decir, lo que más convenía era poner dinero a interés (o en hipotecas subprime) para ganar más dinero con el dinero, no trabajando. Eso estalló en 2008 cuando se reveló la falsedad del sistema, el timo, la estafa, un conjunto de CEOS incrementando la desigualdad en nombre de la utopía de que el dinero crearía dinero para todos los hombres, que si uno hipotecaba su casa y ponía la plata a “trabajar”, allí nomás tendría dos casas.
Bien sabemos como terminó la cosa, de la que aún no nos hemos repuesto. Un mundo con mucha más potencialidad, pero mucho más injusto porque en vez de poner la globalización al servicio de todos,  la aprovecharon unos pocos.
De allí que poco tiempo después vendría el segundo desafío a la globalización, éste no económico-financiero sino político. Fue gestado precisamente por los perdedores del sistema, aquellos que en vez de recibir los beneficios de la evolución, habían recibido sólo sus perjuicios. El pico de esta segunda reacción ocurrió en el corazón del imperio occidental y su expresión más acabada fue Donald Trump, elegido por ser el político menos parecido al resto de los políticos y porque los prometía un imposible exigido a gritos:_el de volver atrás, el de acabar con la globalización a la que consideraban responsable de sus penurias. No casualmente otro Trump surgió en Brasil: Jair Bolsonaro es la expresión por derecha del mismo sentimiento antiglobalizador que en América Latina se expresó antes por izquierda en la excentricidad populista y bolivariana. Todas reacciones, ninguna superaciones.
Sin embargo, pese a tan contundentes advertencias, todavía seguimos colgados de la cola del caballo evolutivo en vez de intentar cabalgarlo para que nos conduzca a un mundo mejor. Y_por ende ahora aparece el tercer desafío, que no es financiero ni político, sino virósico; es como que la misma naturaleza se rebelara contra nuestras sandeces, nuestra imposibilidad de entender cómo ponernos al frente de las nuevas realidades.
Un anticipo político de lo que hoy estamos viviendo como un virus pandémico lo vimos hace poco en el más original evento político ocurrido en los últimos tiempos: la insurrección chilena. Allí aparecieron los indicios de lo que nos estaba pasando y no entendíamos: un país emergente que supo adaptar todos los esquemas del capitalismo primermundista había logrado un éxito fenomenal en transformar la sociedad, creando una clase media que nunca tuvo y una economía en pleno crecimiento. Pero esa misma clase media, cuando tomó conciencia de sí, reclamó lo que el sistema no le daba, precisamente salud, educación, seguridad social. E hizo estallar el modelo económicamente más exitoso de América Latina.
Ahora, por razones muy complejas de precisar, el mundo globalizado (con una globalización que a diferencia de las anteriores cubre el planeta entero porque no existe ningún lugar aislado del resto) una pandemia afecta al mundo entero y debemos vencerla sobre todo con aislamiento, paradójicamente. Lo que más falta en un mundo todo globalizado.
Lo que viene es una historia por escribir, pero todo nos indica que superada la inmensa crisis sanitaria, el hombre deberá replantearse todas sus prioridades y dedicarse mucho más a lo que hasta ahora no se dedicó. A construir un mundo para la humanidad en vez de dejar que la globalización haga y deshaga, lo que sólo trae beneficios para unos pocos y a la postre para ninguno, como verificamos en estos aciagos momentos.

* Publicado en Diario “Los Andes” de Mendoza, domingo 22 de marzo del 2020.

domingo, septiembre 22, 2019

Serás lo que debes ser, o sino serás lo que sos - Por Carlos Salvador La Rosa.

El peronismo, luego de más de 70 años de existencia,  no es ya ni una doctrina ni una ideología ni un partido, es una tradición, la última tradición argentina de la movilidad social. El último resabio de la Argentina grande, no de su decadencia. Aunque también es cierto que la decadencia comenzó  en los 70 con un segundo peronismo que se fagocitó a sí mismo porque amontonó dentro suyo a lo que era inconciliable incluso para Perón. Y con su implosión (luego de la primera hiper, la del Rodrigazo) vino una dictadura brutal que le dejó al país un legado de plomo del que aún no puede salir. Luego llegó la democracia porque no había otra, ni siquiera la elegimos, ella nos eligió a nosotros, por cansancio histórico ante tantas luchas fraticidas que alcanzaron su cenit en los años 70, siendo esos años apenas el epílogo de décadas de guerra civil solapada, como solía decir Perón.
El peronismo, desde su gestación, es quien mejor expresa la naturaleza de las cosas, tal como somos los argentinos. El ser que permanece. La alternativa que se le postula es el anhelo abstracto que quiere llegar al deber ser criticando como somos. En vez de partir de lo que somos, queremos ser otra cosa. Entonces el ser se rebela. Porque la única forma de llegar al deber ser es partiendo del ser. Aceptando, comprendiendo e incluso queriendo lo que somos (al menos lo mejor de lo que somos, no se nos puede condenar en bloque como hacen tantos). Sino solo queda el ser que no cambia, que no mejora, que se solaza en sus defectos.
La historia de los gobiernos no peronistas en democracia parece obedecer a una ley no escrita: llegan por cansancio de los que los antecedieron y terminan siempre en implosión. Los peronistas, en cambio llegan porque los otros estallan, pero terminan por cansancio o agotamiento propios.
El peronismo es el reaseguro de las cosas tal como son cuando no pueden ser de otro modo, el piso básico de nuestro ser, un ser con el cual nunca estamos, lógicamente, demasiado satisfechos y entonces de tanto en tanto intentamos cambiarlo o mejorarlo, con algún experimento no peronista que hasta ahora siempre ha fracasado. Entonces volvemos, decepcionados, al ser que no puede ser otra cosa ni aspira a ningún deber ser. Pero el verdadero progreso de las naciones se da cuando el ser y el deber ser son una continuidad, no un enfrentamiento. 
Es que en la Argentina hay un mundo real más allá de las instituciones formales. No son las instituciones las que manejan el poder territorial local, sino tribus y  feudos disfrazados de provincias y municipios. Las elites más que empresarios y sindicatos son corporaciones. La cúpula del poder es monárquica disfrazada de presidencial y a su alrededor hay cortesanos que reproducen lo lógica monárquica haciendo que hasta las instituciones de gobierno sean corporativas. 
La democracia en la Argentina es la fachada de un fondo que tiene otro tipo de gobernanza, con elites que más allá de sus discursos, en sus prácticas son premodernas, más medievales que capitalistas, más corporativas que liberales.
Las instituciones, acá y en todas partes del mundo, son ficciones inventadas por el hombre  para evitar la barbarie. Es la razón humana poniéndole límites al estado de naturaleza. Pero acá las instituciones no funcionan: el sustrato no se le subordina y la lucha primordial se sigue dando. El sustrato sigue su marcha perenne, inmodificable. La ley y el hecho nunca se llevan bien.
Rosas lo entendió y aceptó representar el ser sobre el deber ser durante su largo gobierno. No quería una constitución formal para el país real porque suponía que una y otra no tenían nada que ver, al país se lo maneja de facto. Lo contrario pensaron los que lo derrotaron, pero a pesar de lo mucho que hicieron nunca pudieron unir a los dos países de una vez y para siempre. Por eso una y otra vez resurge el país de la naturaleza, con sus reclamos ante una legalidad que no lo contiene.
Perón fue el último que sacó lo que quedaba en el subsuelo a la intemperie y por eso aún es recordado. Pero la síntesis tampoco se alcanzó. 

Lo paradójico es que tanto el peronismo como el no peronismo  han intentado cambiar pero a la postre ni unos ni otros pueden cambiar nada.

El no peronismo intentó todo. Un alfonsinismo que impulsó un peronismo republicano. A ambos los destrozó el menemismo. Un delarruismo que se unió con el progresismo filoperonista. Duhalde, con su conservadurismo peronista se los sacó del medio. Luego Kirchner se sacó de encima a Duhalde vía el progrefeudalismo. Después vino un liberalismo aliado con el radicalismo. Pero lo único que  está logrando es que el peronismo vuelva a teñir otra vez el país con su impronta en todos lados.

El peronismo también intentó cambiar, lo hizo con todas las ideologías: la socialdemócrata con la renovación, la ultraliberal con Menem, la conservadora popular con Duhalde, la progrepopulista, la transversal y la bolivariana con los Kirchner. Pero siguió en todas siempre fiel a sí mismo, no pudo convertirse en instrumento del cambio porque no pudo cambiar él. Siempre son los mismos sacerdotes de una misma iglesia, ultraliberales una década y lo contrario la otra. Pero sus prácticas son similares.

El ser no puede dejar de ser. El deber ser no puede dejar de deber ser. No hay punto de contacto entre lo que somos y lo que queremos ser. Entonces el ser se deteriora por imposibilidad de cambiar, de adaptarse al futuro o a un proyecto superador. Y el deber ser nunca coincide con lo que realmente somos, entonces termina  delirando con un mundo que no es, con un país que no existe. 

El que existe no cambia por lo que se deteriora, y los que quieren cambiarlo no entienden al país que existe, entonces la realidad no les hace caso.

Pero más allá de ese encierro metafísico, cada vez que alguien quiere cambiar algo en la Argentina, las fuerzas de la conservación son tan poderosas que frustran cualquier intento. No se sabe cuando pasó, pero un día dejamos de ser el país del cambio, para solazarnos con la decadencia. Un decaer permanente en el país de la movilidad social creciente que algún día dejó de serlo.

Una gran incógnita que no puede encontrar diagnóstico a su mal y por ende tampoco solución. No obstante aún habiendo perdido la movilidad social, seguimos siendo el país del del eterno movimiento, pero un movimiento que no conduce a ninguna parte. Cambiamos todas las formas todos los días para no cambiar nunca nada de fondo. Y la nave va. Felliniscamente.

sábado, septiembre 01, 2018

Dólar y cuadernos, las dos caras del gran fracaso nacional - Por Carlos S. La Rosa.


Hasta hace pocos meses todo era más fácil para las mentes conspirativas. Es que encajaban bastante bien para explicar la realidad política los conspirativos de ambos lados de la grieta.

Era cierto que los macristas hacían todas las conspiraciones posibles para poner en primer plano a Cristina Fernández, la villana ideal para sus planes reeleccionistas. Porque fabricando a ella como enemiga principal, no podría ganar ni dejaría que gane ninguno de los suyos.

En la vereda opuesta la conspiración también era evidente: los disturbios de diciembre durante la reforma previsional, donde en vez de que la policía reprimiera a los manifestantes, los manifestantes reprimieron a la policía mientras los alentaban desde dentro del Congreso, fue una clara maniobra golpista del kirchnerismo. Igual que tratar de transformar a Santiago Maldonado en un desaparecido asesinado por Macri.

Pero esos tiempos donde estaba claro quién  era blanco y quién negro se acabaron, aunque los conspiracionistas sigan proliferando (lo hacen desde que el mundo es mundo). Ahora lo que estalla es la Argentina profunda, la que fuimos acumulando durante años e incluso décadas de tremendos errores político-económicos y brutales corrupciones.

Nadie generó el terremoto premeditadamente, no porque no lo hayan querido, sino porque no pudieron, porque lo que está ocurriendo es demasiado grave e importante para que puede ser gestado por cualquier mente conspirativa.

Por supuesto que los kirchneristas dicen que lo de los cuadernos de Centeno ha sido provocado por una consciente alianza política-mediática-judicial encabezada por Macri para destruir a Cristina. Mientras que los de Cambiemos (quien más claro lo dice es Elisa Carrió) acusan por la crisis cambiaria a una intentona de golpe de mercado políticamente dirigida. Como la que suponen Menem le hizo a Alfonsín o Duhalde a De la Rúa.

Así, según unos, lo de los cuadernos sería la maniobra conspirativa de Macri para tapar la crisis económica. Mientras que según otros, detrás de la corrida cambiaria se esconde la mano negra de los implicados en los cuadernos (políticos y empresarios) que necesitan hacer volar por los aires a este gobierno para que el que venga indulte a todos.

Pero en la Argentina actual están tan debilitados los oficialistas como los opositores que nadie tiene fuerzas suficientes para gestar dos tsunamis sociales de tamaña magnitud como son la crisis económica y la de la corrupción.

Mucho más lógico suena el pensar que ambas crisis se retroalimentan porque desnudan de manera espectacular lo que venimos haciendo con  nuestra nación desde ya hace incontables años, cuando decidimos que la Argentina era una fiesta y dilapidamos todos sus recursos para satisfacer a una élite angurrienta que al final del despilfarro hasta se quiso comprar el país para ella sola.

Cruel historia que relatan casi científicamente los cuadernos de Centeno y donde la crisis económica aparece como su incontrolable expresión. Como que todas las variables políticas y económicas hayan estallado y ahora nadie puede detener el desastre.

Sin embargo, esa es la cuestión estructural imposible de resolver de un día para otro. Lo grave es que la coyuntura nos encuentra con una élite política oficialista débil y políticamente confundida frente a una élite política opositora disgregada que está tan o menos preparada para gobernar que la oficialista.  

En principio, frente a lo que nadie puede controlar porque es la erupción volcánica de los males acumulados en lo profundo de nuestra sociedad, aparecen dos salidas políticas de ocasión más allá de Macri, que sufre una crisis de autoridad porque parece no liderar nada y de Cristina que sufre lo mismo porque las evidencias en su contra la han transformado en una caricatura de sí misma.
  
Que trata de hacer pasar como persecución política el deschave de una corrupción inaudita y cada vez más imposible de rebatir, de la que ella -luego de su marido- aparece como la principal responsable.

La opción opositora que se está armando es la de una probable alianza entre los gobernadores del PJ, el sindicalismo negociador, los obispos peronistas conducidos por Pichetto y algún candidato que en todos los casos es más de centro derecha que de centro izquierda, como Massa o Urtubey.

Mientras que la opción oficialista se divide en dos: las personalidades de Cambiemos con alguna independencia de Macri como la gobernadora Vidal junto al  sector político del macrismo. Y la estructura del radicalismo que hoy conduce Alfredo Cornejo.

Ambos hoy coinciden en apostar a brindar todo el apoyo posible para reconstruir el liderazgo herido de Macri, teniendo el suficiente cuidado, por si ello no resulta, en preservar sus personas y sus estructuras como alternativa de recambio.

Publicado en Diario "Los Andes", viernes 31/08/2018.

domingo, agosto 26, 2018

Mani Pulite a la argentina - Por Carlos Salvador La Rosa.-


Si hay algo que el tema de los cuadernos de la corrupción tiene de interesante y original es que hasta ahora nadie (ni acusados, ni acusadores,  ni políticos de todos los partidos, ni empresarios ni la ciudadanía) niega su colosal importancia.

Todos aceptan su rol de bisagra en la historia argentina, por lo que una serie de atractivas interpretaciones (aunque la mayoría delirantes, sobre todo las conspirativas) inundan las páginas de los diarios, la tevé y las redes sociales.

La teoría del chivo expiatorio.
Algo similar pareció -sólo pareció-  ocurrir con el caso de los bolsos conventuales de José López, porque una imagen puede más que mil palabras, y el ladronzuelo filmado sintetizaba la corrupción reinante.

Pero allí nomás, los más sospechados de ser sus cómplices sacaron de la galera y la pusieron al servicio de la batalla cultural (y de sus propios pellejos) una teoría sociológica efectiva desde los tiempos de Cristo, cuando éste entregó su vida por todos los pecadores del mundo: la del chivo expiatorio.

A través del uso sobreactuado de dicha teoría, los sospechosos de complicidad con López -al no poder negar la colosal evidencia- dijeron que todo ha sido obra de un traidor solitario. Cristina K hasta lloró en tevé por la indignación que sintió frente al infiel ingrato. Al que la negó, aunque fuera ella quien lo estaba negando.

Pero ahora, con los cuadernos Gloria, la teoría del chivo expiatorio no sirve porque al único (mejor dicho a la única) que puede aplicarse es a la principal involucrada (el otro ha muerto): Cristina Fernández. Y Cristina no es alguien tan pequeño como López para ser entregada ni alguien tan grande como Cristo para entregarse.

La teoría de la santa alianza
Sin embargo, aunque todo parezca tan original y sorprendente, lo que está pasando en la Argentina no es nada nuevo, al menos en su esquema sociológico general. Se inscribe  dentro del mismo proceso del Mani Pulite italiano y del Lava Jato brasileño, aunque los tres casos son diferentes. El argentino tiene todas las peculiaridades de nuestra cultura nacional.


En lo general es explicable claramente a través de una tesis que desde estas columnas venimos citando desde hace veinte años; la que escribió el ensayista francés Alain Minc con respecto al caso italiano en dos libros trascendentes: “La nueva Edad Media” y “La borrachera democrática”.

Su tesis sostiene que ante la implosión de la alianza entre políticos y empresarios que habían llevado la corrupción en el Estado a niveles no sólo ética, sino también económicamente insostenibles, y frente al vacío de una alternativa política creíble, la sociedad había cubierto el hueco con una nueva alianza que no surgía de ninguna conspiración sino de los contrapesos espontáneos que mueven las dinámicas colectivas.

Esa alianza estaba compuesta de tres patas: los jueces, los medios de comunicación y la opinión pública. Quienes, con su fuerza avasallante, arrasaban con todo el sistema político anterior, aunque sin saber reemplazarlo con nada nuevo.

El periodismo menos comprometido con el régimen, la opinión pública indignada y los jueces jacobinos, guillotinaron a toda la élite. El emblema en Italia es el fiscal Di Pietro y en Brasil el juez Sérgio Moro. Pero, claro, también frente a una indignación sin propuesta, en el horizonte surgió en Italia Berlusconi y en Brasil se alista Jair Bolsonaro, un militar fascista, más de ultraderecha que el mismo Trump.

Por ende, esa “santísima trinidad” con que Minc califica irónicamente a la alianza de jueces, periodistas y opinión pública, no es ni buena ni mala, sino una expresión biosociológica de la implosión de un sistema político corrupto hasta los tuétanos, que para mejorar las instituciones requiere una respuesta política, pero que carece de ella al estar casi toda la clase dirigente implicada en los delitos públicos.

El Berlusconi argentino.
El caso argentino se adapta por completo a la teoría de Minc pero sólo en lo conceptual, en lo general: en lo de una clase dirigente política y empresarial corrupta hasta decir basta que es enfrentada por una alianza de medios, jueces y opinión.

Pero hasta allí las similitudes porque las diferencias son aún mayores y, en consecuencia, es absolutamente imprevisible que la teoría indique si vendrá o no un Berlusconi.

Entre otras cosas, porque sin decirlo explícitamente, la mayoría de los actores políticos piensa que un símil de Berlusconi ya estuvo (o está) en la Argentina. Y porque además, en nuestro país tampoco existe nadie parecido al fiscal Di Pietro. Y sin Di Pietros que conduzcan el Mani Pulite ni Berlusconis que lo usufructúen, todo se complica mucho más.

En Italia, los principales críticos del Mani Pulite fueron los políticos de derecha que acusaron a la alianza entre periodistas, jueces y opinión pública como una tentativa de la izquierda para desestabilizar el sistema republicano. Pero en la Argentina -también en parte en Brasil- esa alianza es cuestionada por la izquierda (es que 20 años después del caso italiano y particularmente en América Latina, llegaron al poder políticos de izquierda que en menos de un santiamén se hicieron tan corruptos como aquellos a los que venían a cuestionar y reemplazar) argumentando que los medios de comunicación capitalistas concentrados se han unido con jueces corruptos y una opinión pública con la cabeza lavada por los medios (se la acusa de cacerolera, gorila, de medio pelo y racista) para borrar del país a los políticos progresistas acusándolos de cosas que ni por asomo cometieron. O que (cuando la evidencia se hace más que evidente) en todo caso, si algo cometieron fue para sacarle poder a la oligarquía y devolvérsela al pueblo.

Ellos, los K más sinceros, dicen que sus jefes robaban como Robin Hood, mientras que Macri lo hace como Hood Robin. Y es que -eso hay que reconocerlo- la izquierda siempre ha tenido mucha más imaginación que la derecha para retrucar las conspiraciones en contra de ella.

Otra gran diferencia es que pese a que la Argentina se encuentra en una situación económica por demás dificultosa (discutir si es por culpa de la herencia K o de las políticas M es otro debate), no parece hallarse al borde de una implosión (aunque algunos estén intentando provocarla) como la que vivió Italia en los años 90.

Acá la verdadera implosión, la que seguro nos seguirá marcando por mucho tiempo aún, fue la de fines de 2001 cuando el país se hundió y la opinión pública clamaba por que se vaya toda la clase política. O sea, en la Argentina la implosión del sistema no se dio por causas de corrupción sino por anomia, porque el país quedó en anarquía.

En ese sentido, quien se aprovechó de la anarquía fue un hombre que formaba plena parte del sistema político que la sociedad quería expulsar, no un antisistema. Se llamó Néstor Kirchner, quien tuvo la singular visión de presentarse como  el gran reformador progresista de la clase política tradicional, a la vez que blindaba a esa clase política de la furia popular subordinándola por entero a sus designios.

Y mientras eso hacía, gestaba el más grande sistema de corrupción de la historia nacional, pero no al servicio de la clase política toda como se  hizo en Italia y Brasil, sino con el deseo de construir un imperio político propio ya que la inmensa mayoría de lo que se robó estuvo personalizado en él y el robo no fue perpetrado por toda la élite política como en Italia y Brasil, sino por un conjunto de mafiosos de poca monta que respondía directamente a las órdenes del gran ladrón (en ese sentido, más que al Mani Pulite italiano se pareció a la comedia cinematográfica a la italiana y a sus ladrones de medio pelo).

En cambio, para los defensores del gobierno anterior, que el gran destape de la corrupción estalle durante el gobierno de un empresario que tiene a muchos de sus amigos implicados en el affaire, y que los jueces no tengan nada de jacobinos a lo Robespierre y sí de viejas corrompidas “servilletas”, les indica que el verdadero Berlusconi criollo es Macri, que busca destruir a los buenos progres del gobierno anterior disfrazando su manganeta antipolítica de lucha anticorrupción.

Pero este debate lo seguimos, por falta de espacio, el domingo próximo.

Publicado en Diario "Los Andes" de Mendoza, domingo 26 de agosto de 2018.

domingo, agosto 19, 2018

La juventud maravillosa del papa Francisco - Por Carlos Salvador La Rosa.


Juan Grabois representa para el papa Francisco lo que la "juventud maravillosa" representaba para Juan Domingo Perón. Lo siente como hijo espiritual. Y tiene sus razones el Santo Padre, para nada ilegítimas.

Por vocación social más que política, en sus años mozos el curita Bergoglio se acercó a un sector del peronismo compuesto por la agrupación Guardia de Hierro conducida por Alejandro “Gallego” Alvarez y el FEN (Frente Estudiantil Nacional), cuyo jefe era el papá de Juan, Roberto “Pajarito” Grabois. Esos sectores peronistas, en los años 70 expresaron a aquellos muchachos que querían predicar (como los actuales evangelistas con su credo religioso) el pensamiento "puro" de Juan Domingo Perón, excluido de sus variantes extremistas, de derecha o de izquierda. "Sonríe, Perón te ama", era una de las frases místicas, cuasi religiosas, de esas agrupaciones portadoras de un proyecto político más sentimental que racional, donde la ideología y la religión se mezclaban de un modo que se hacían indistinguibles.

Para Juan Grabois, Cristina no es su líder indiscutida como lo era Perón para su padre; él la ve más como una tía buena (¿se acuerdan de Héctor Cámpora, al que le decían el tío?), políticamente muy valiosa, a la que se debe ayudar en lo que supone es una persecución contra ella. Pero sí es su líder indiscutido el papa Francisco.

Grabois hijo se ha convencido de que el papa Francisco es la continuación de la gesta revolucionaria de su papá y de Perón. Y él quiere ser el heredero y la síntesis de todos ellos, del papá "Pajarito", del General, del tío Cámpora, del Santo Padre, y hasta de Néstor y Cristina. Juan es de este mundo pero está construyendo un reino que es más que de este mundo.

Milita en el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). No le interesa la riqueza material, parece sinceramente convencido en su fervor a favor de los pobres y se siente imbuido de la misma causa de lucha que la juventud peronista de los 70 (antes políticamente se era joven a los 20 años, hoy esa categoría se prolonga incluso a Grabois con sus 35 años).
  
Aunque, claro, también posee de la “gloriosa JP” su misma soberbia en el sentido de creerse portador de alguna verdad trascendental.

Es un cura sin sotana, pero no de los pedófilos sino de los buenos, de los que creen en serio estar militando para Dios y busca algún tipo de santidad. Se siente una especie de San Francisco de Asís contemporáneo.

Por hacerle recordar tiempos e ideales pasados y por militar los ideales de esos tiempos en el presente, al Papa le encanta este jovenzuelo desenfadado a veces pero estructurado otras. Que al igual que los setentistas en los que se inspira, es portador de un espíritu libertario y de una épica revolucionaria, pero también de una estructura mental tan jerárquica como la militar o la religiosa.

Rodolfo Galimberti en los años 70 era la promesa juvenil de Perón, tanto que el viejo general, poco antes de su regreso definitivo a la Argentina, lo designó como su Delegado Juvenil ante el Consejo Superior Peronista. Allí el “Galimba” creyó tocar el cielo con las manos y con su infinita petulancia supuso ser el heredero de Perón, tanto que decidió tomar un anticipo del legado y entonces propuso armar milicias populares a fin de ir preparando la guerra de liberación, para que Perón retornara al poder con las armas más que con los votos. El General no tardó ni un instante en sacarle el cargo y en desdecirlo absolutamente. Pero Galimberti siguió a los tiros desde Montoneros.

Con el correr de los años el “Galimba” mostró que le gustaba más el dinero que la política. Es que en el fondo siempre fue más un aventurero temerario e inescrupuloso que un militante real. Mientras que -y aquí la comparación lo favorece enteramente- Juan Grabois no parece ser nada de eso, su soberbia no proviene de su ambición sino de creerse un elegido, un santo laico. Aunque, obviamente, en un mundo tan corrupto y corruptor como el que vivimos, las tentaciones del pecado pueden provenir tanto de un lado como del otro. De la materia o del espíritu.

Así, poco tiempo atrás Juan Grabois le regaló un rosario bendecido por el Papa a Lula en prisión. En realidad Francisco había bendecido el rosario pero no se lo había enviado especialmente a Lula. Grabois dijo lo primero pero no lo segundo, de modo que subliminalmente se diera por sobreentendido que Francisco se lo enviaba a Lula.

Fue una picardía política que ahora acaba de repetir. Se juntó con un referente francisco-cristinista, Eduardo Valdés (ex embajador K en el Vaticano), y entre ambos decidieron hacerle el aguante a la expresidenta en los tribunales de Comodoro Py cuando ella fue a declarar por los presuntos múltiples delitos de corrupción de los que está acusada.

Grabois sabe que su actual minuto de fama lo tiene nada más que por presentarse como un hombre cercanísimo al Papa, sino como su delegado, sí algo parecidísimo. Entonces, cada vez que dice o hace algo, no ignora que se le presta atención por Francisco, no por que él posea una entidad política significativa.

Y por más que desde la Iglesia aclaren (aunque, además, nunca lo aclaran demasiado como sí hacen en otros temas) que el Papa no le bendijo personalizadamente a Lula el rosario o que no mandó a nadie para expresarle un apoyo a la dama multiimputada por la Justicia, estas actitudes complican innecesariamente al Papa en una interna política menor. Si las únicas dos personas que van a apoyar a Cristina (cuando ella además pidió que no vaya nadie) son dos allegados al Papa, es muy difícil desligar a Francisco de tal apoyo. Y eso Grabois lo recontrasabe por más que diga que Francisco no tuvo nada que ver.

Sin embargo, así como sus compañeros de la CTEP no le dijeron nada por su jugada oportunista a favor de Lula, sí le reprocharon y duramente su imprudencia con Cristina.


Ante este reproche inesperado para él, Grabois sostuvo no ser cristinista, incluso admitió que hubo corrupción y mucha en la era K. Hasta aceptó a duras penas que Cristina tal vez conocía parte de ella... pero que aun así el país la necesita para luchar contra los malos. Y en la guerra santa todo vale.

De todo ese dinero que de modo y en cantidades pornográficas recolectó el gobierno anterior según hoy se está demostrando judicialmente más que con creces, una parte -la menor- fue usada para crear un enorme aparato comunicacional, cultural, artístico y universitario para que los justificaran armándoles un relato de izquierda. Les bastó a los Kirchner hablar en el mismo lenguaje que los que quería seducir para que esta gente con tantas ínfulas revolucionarias, tan rebeldes y tan enemigos de todo poder, se les subordinaran como corderitos. Lo que confirma que de la vanidad nadie escapa.

Los peronistas no saben cómo sacarse de encima a Cristina porque sienten que en vez de acompañarla hasta la puerta del cementerio como hacen con todos sus reyes caídos, ya están entrando en el camposanto con ella. Los empresarios están cantando todo y entregando un kirchnerista por hora. Pero el aparato cultural que se sintió identificado con los Kirchner (incluso los que cobraron para ello, en proporción recibieron migajas) siguen defendiendo a Cristina con una lealtad incomprensible y ciega porque ante tantas evidencias, ni siquiera creen que sean verdaderas. Mientras que los políticos peronistas y los empresarios prebendarios no tienen la menor duda de la veracidad de toda la corrupción destapada, aunque tengan miedo de reconocerlo para no quedar implicados. Pero el aparato cultural K sigue defendiendo como patrullas perdidas una guerra terminada.

Juan Grabois, aunque no se admita kirchnerista, forma parte indisoluble de ese aparato cultural y como fiel creyente, no necesita ver para creer. Mejor dicho, él, y los que son como él, para creer se están negando a ver. Con lo cual, en particular aquellos que hacen esto por ideales y no por prebendas, se están arrodillando ante falsos ídolos.

Al final de su vida, Perón, parafraseando a Chou en Lai, decía que la juventud es maravillosa pero que no hay que decírselo, porque entonces los chicos comienzan a creerse más de lo que son. Perón dejó de decírselos demasiado tarde, y así le fue. Es de esperar que el Papa no cometa el mismo error con sus jóvenes maravillosos.

Publicado en Diario "Los Andes" de Mendoza, domingo 19 de agosto de 2018.-

domingo, febrero 18, 2018

La República contra el Régimen - Por Carlos Salvador La Rosa.

Así como Hipólito Yrigoyen propuso un ideario, una causa espiritual para acabar con lo que él suponía un Régimen falaz, descreído y desgastado que se había impuesto por encima de la República constitucional y la había sepultado bajo su peso, hoy, a falta de una causa espiritual, de un ideario, quizá de lo que se trate es de postular la otra parte de la utopía yrigoyenista: sacarle a lo que queda de República el peso del nuevo Régimen que desde hace décadas nos impide respirar normalmente. A falta (aún) de nuevas ilusiones, cuando menos (o cuando más) reconstruir valores ciudadanos básicos, arrasados por la corrupción y el privilegio anquilosados y normalizados en el sistema público.

Para lograrlo, puede ser una gran  ventaja la principal característica de la  nueva etapa de la política argentina: que nadie puede arrogarse la hegemonía que en las dos décadas anteriores tuvo claros protagonistas, primero con el menemismo y luego con el kirchnerismo. Verdaderos regímenes del Estado, casi sin oposición durante largos años, que utilizaron para consolidarse en el poder la mayoría de los vicios nacionales que no se habían podido extirpar de las prácticas culturales. Esos que tan brillantemente expuestos están en el ensayo escrito a inicios de los años 90 por el filósofo argentino Carlos S. Nino titulado: “Un país al margen de la ley: estudio de la anomia como componente del subdesarrollo argentino”.

En ese libro de sus últimos años, ya desesperanzado, Nino advierte sobre las causas culturales de nuestro creciente atraso. Es que los intentos republicanos de la generación renovadora radical y peronista de los años 80 parecían haber caído en saco roto, y nuestros eternos defectos retornaban, cuando unos aprendices de brujo detectaron que con ellos les sería mucho más fácil gobernar, no importa si lo hacían con ideas neoliberales o estatistas nac y pop. Las ideas eran apenas un mero adjetivo, lo sustantivo era el régimen de privilegios y corrupción. De privilegios adquiridos a través de la corrupción.

Tan bien lo hicieron por más de 20 años que a la vieja falta de normas y de vicios ciudadanos que criticaba Nino le agregaron inmensa cantidad de nuevas anomias y vicios: sobre el viejo Régimen decadente argentino, entre menemistas y kirchneristas crearon un nuevo Régimen aún más corrupto e ineficiente que el anterior, porque hizo desaparecer hasta la integración y movilidades sociales que por más de  un siglo tuvo el país y a las cuales no pudieron detener ni los gobiernos más horribles que nos tocaron en mala suerte.

Así, el partido (o movimiento) que tanto hizo a mediados del siglo XX por la integración y movilidad sociales de los más postergados, fue el que a fines del siglo XX y principios del XXI devino gestor del nuevo establishment, de la nueva élite política, sindical, empresaria y cultural que asumió la conducción del país intentando transformar vicios en virtudes hasta naturalizarlos en la sociedad y el sentido común.

Estas reflexiones vienen a cuento para interpretar la más estricta actualidad política, en la que de manera desmedida y brutal todos los que son afectados por alguna medida judicial (y son cada vez más) proponen que Macri se vaya, cayendo, renunciando, explotando, o del modo en que sea, como si él fuera el único causante de sus angustias.

Con un dejo de sorpresa o estupor, quien mejor acaba de exponer esta tendencia es Joaquín Morales Solá, cuando dijo que estos aprendices de golpismo son “un casino de presos, de futuros presos y de sus defensores, que creen que si Macri no estuviera ellos gozarían de impunidad. Esa reacción de algunos de sus adversarios habla mejor de Macri de lo que el propio Macri hace”.

Y es exactamente así, como que el mero hecho de que un gobierno, porque no puede, porque no quiere o por la razón que sea, haya decidido no continuar ni reemplazar por otro al Régimen  anterior, se constituye en un enemigo absoluto y total de los protegidos y privilegiados por el mismo.

Es por eso que políticos y sindicalistas que se enemistaron en los años de decadencia del gobierno anterior, ahora se abrazan desesperados entre sí.

Son los que dicen que la Justicia se ha politizado, pero ellos no están en contra de que la Justicia se haya politizado porque nunca entendieron otra forma de hacer justicia, de lo que están en contra es de que los meta presos a ellos. Para quienes así piensan, los delitos en política no existen, actuar fuera de la ley es un privilegio que el Régimen les otorga a las élites para que puedan gobernar. Y entonces les parece una total injusticia que se pretenda hacer justicia con ellos.  Hugo Moyano, en su intimidad, no le imputa a Macri que lo quiera meter preso, lo que le indigna del presidente es que no pare a los jueces que lo quieren meter preso.

En síntesis, que el Régimen no lo crearon ni Menem ni Kirchner, es un sistema político que viene de lo más profundo de nuestra historia (no sólo de los últimos 70 años como algunos suponen, cayendo en el facilísmo ingenuo de que extirpando al peronismo del país todo se solucionará por añadidura), al cual más de una vez se lo intentó derrotar con prácticas republicanas, pero que hasta ahora las mismas no resultaron más que una fachada de pulcritud detrás de la cual el Régimen siguió haciendo de las suyas. Como desesperadamente advertía Ezequiel Martínez Estrada y tantos otros que descubrieron que en nuestras pampas la República, la civilización, no prendía ni aun en los llamados republicanos o civilizados, que siempre sucumbían a la tentación de la barbarie.


Hoy, otra vez la historia nos empuja a la misma pelea de siempre. Y como la esperanza es lo último que se pierde, habrá que ilusionarse con que en esta ocasión las cosas podrán ir bien y que (más allá de nuestras legítimas ideologías particulares o sectoriales) los argentinos podamos aceptar como único relato que nos une a todos la Constitución Nacional, que eso es la República, en vez de querer imponer la facción a la totalidad, que eso es el Régimen.

Publicado en Diario "Los Andes" de Mendoza, domingo 11 de febrero de 2018.

sábado, noviembre 04, 2017

Isidorito Boudou, un ladrón de medio pelo Por Carlos Salvador La Rosa.-

Isidorito Boudou, un ladrón de medio pelo.

Hoy Amado debe estar celebrando su primera reunión de gabinete tras las rejas. Están casi todos, y parece que los que faltan irán estando.

Cuando alguna vez, desde estas mismas páginas, comparamos la figura de Amado Boudou con la de Isidoro Cañones es porque verificamos con exactitud  científica que en la decadente Argentina actual, la realidad imita a la ficción de cuando aún sabíamos burlarnos de nosotros mismos, de nuestros vicios y defectos, sin imaginar en aquellos viejos tiempos que nuestros principales representantes políticos podían convertirse en émulos perfectos de lo peor de nosotros mismos, de lo que las historietas criticaban con tanto humor y lucidez.

El tío de Isidoro, el coronel Cañones, y su ahijado, el cacique Patoruzú, ante cada agachada, travesura, picardía, delación o traición de su sobrino o padrino, le endilgaban algunas de las siguientes palabras, casi todas sacadas del lunfardo o de la picaresca hispánica, que definían tan bien a Isidoro como definen tan bien a Amado Boudou. Con lo que es posible demostrar que este personaje hoy “en gayola” (cárcel en lunfardo) es la reencarnación perfecta de la creación historietística. Aclaramos que todas las palabras que siguen fueron extraídas de las historietas de Patoruzú e Isidoro, de inmenso apogeo popular en los años en que Boudou iniciaba sus andanzas y correrías en la noche de Mar del Plata, en sus tradicionales “boites” (boliches, establecimiento donde puede escucharse música, bailar o tomar bebidas alcohólicas) con la intención de llevarse el mundo por delante, cosa que logró, hasta que ahora, por esas compensaciones del destino, el mundo se lo acaba de llevar puesto a él.

Rogamos al apreciado lector de Los Andes corregirnos sin ningún resquemor si algunos de estos epítetos no grafica correcta y acabadamente la personalidad del reciente “engayolado” (encarcelado) vicepresidente:

“Botarate” (que tiene poco juicio y obra precipitadamente y sin reflexión. Que es dado a malgastar el dinero. Que vive del “sablazo” o del “pechazo”, vale decir del pedido de dinero que se hace con la intención de no devolverlo).

“Cachafaz” (pícaro, sinvergüenza).

“Mequetrefe” (persona considerada insignificante en lo físico o lo moral).

“Cachivache” (de escasa utilidad, al que se concede poco valor, arrinconado por inútil).

“Pura bambolla” (pomposidad fingida o falsa apariencia, cosa fofa, de poco valor, fanfarronería, charlatanería).

“Tirifilo” es un “petimetre” y “petimetre” es una persona que suele, fastidiosamente, vestir excesivamente elegante y darse aires, aspirando a que lo vean como un aristócrata. En la picaresca hispánica se traduce como “pisaverde”, que significa hombre presumido que no conoce más ocupación que la de acicalarse, perfumarse y andar vagando todo el día en busca de galanteos.

“Esbirro” (hombre que, a cambio de dinero, realiza las acciones violentas o amenazas que se le ordenan).

“Petitero” (hombre joven que, en las décadas de 1950 y 1960, vestía a la moda, pertenecía a una familia distinguida y hacía ostentación de ello).

“Badulaque” (individuo que es irreflexivo y abobado, persona de poca inteligencia, que es informal y poco juicioso).

“Tarambana” (persona alocada, informal y de poco juicio).

De todos esos adjetivos es merecedor quien fuera vicepresidente de la Nación de los argentinos, por formar parte de esa “caterva” (grupo grande de personas que se consideran despreciables o de poca importancia) elegida por un matrimonio que supo detentar el poder cuasi absoluto de la República, para encargarlos de ejecutar las tareas delictivas menores: allí reportaban los secretarios privados, los jardineros, los choferes, la más variada gama de testaferritos y Amado Boudou, a quien la principal misión que el poder político le encargó, fue la de “afanar” (robar con habilidad objetos pequeños) apenas una imprenta compuesta por varias máquinas de imprimir billetes. Tarea para las que convocó a sus amigos de fechorías juveniles, a unos ladrones de medio pelo de considerable insignificancia.

Precisamente por ser como es, tres o cuatro días antes de caer “en cana” (preso), Amado algo debe haber intuido porque se dedicó a dar su particular interpretación de lo que había pasado con Ciccone. Palabras más, palabras menos, dijo que si hay alguien que nada tenía que ver en la tramoya era él. Que el verdadero dueño era el legendario banquero Raúl Moneta. Que el que se la cedió fue el entonces titular de la AFIP Ricardo Echegaray y que el testaferro que puso el nombre es un tal Alejandro Vandenbroele, su inquilino, al cual ni siquiera conoce.

Él, con esta suma de delaciones, se declaraba enteramente inocente. ¿Yo? argentino, nada que ver con nada, la culpa la tuvieron los otros. ¿Yo? argentino hasta la muerte. Hoy Amado debe estar celebrando su primera reunión de gabinete tras las rejas. Están casi todos, y parece que los que faltan irán estando.

Por Carlos Salvador La Rosa.
Publicado en Diario "Los Andes" de Mendoza, sábado 4 de noviembre de 2017.
Imagen: Diario "Los Andes".

domingo, agosto 20, 2017

La Cristina que Macri soñó por Carlos Salvador La Rosa.

Si a Mauricio Macri, María Eugenia Vidal, Marcos Peña o Jaime Durán Barba les hubieran preguntado unos días antes de las PASO cuál sería el resultado electoral soñado por ellos, el que más fervientemente desearían, seguramente habrían expresado números casi equivalentes a los que realmente se dieron. 
Pareció una elección hecha a imagen y semejanza del oficialismo gobernante, como que un demiurgo invisible les hubiera convertido sus sueños en realidad. Con precisión milimétrica.
Lograr que una ola de macrismo (no un vendaval pero mucho más que un viento leve) se extendiera a lo ancho y a lo largo del país penetrando incluso en los territorios más inhóspitos donde moran los más inescrutables caudillos feudales (allí sí, aún levemente), es un mérito contundente para una fuerza política que hasta hace un par de años era poco más que una promesa municipal y hoy ha devenido el principal partido nacional.
Pero no sólo eso, sino que estas PASO le sirvieron también al macrismo para transformar en hamletiana, en shakesperiana a la principal oposición, la cual ya no tiene la menor idea de cuál es la diferencia entre su ser y su no ser. La prueba contundente de ese dilema que conduce a la impotencia política, lo expresa el resultado de Cristina Fernández en Buenos Aires, la cual no terminó, políticamente, ni muerta ni viva. Algo así como quien sobrevive pero sin futuro, pero lo peor es que con su sobrevivencia impide que los demás peronistas puedan tener futuro. La gran obstructora de unos peronistas que se lo merecen, porque en estos dos años en vez de intentar renovarse quedaron a la espera de ver si deberían continuar con Cristina o sin Cristina, y ahora que no pueden hacerlo ni con Cristina ni sin Cristina, se hallan en el peor de los mundos. Una indecisión, casi una cobardía que les costará carísimo a esos peronchos dudantes.
Lo que de alguna manera parece ir quedando más claro con estas elecciones es que Cristina más que una persona concreta, es el sueño de otros. Una mujer dinámica, inteligente y creativa pero que políticamente, debido a que no puede contener sus pasiones de superioridad, suele transformarse en aquello que quieren sus mentores. Como que siempre fuera la criatura de un creador, que tiene dificultades para ser ella misma, por eso sobreactúa tanto el papel de querer ser más que nadie, una especie de reina etérea que pertenece a un territorio inaccesible a nosotros, los mortales comunes.

La Cristina nestorista 
Difícilmente alguien le haya sido tan leal y tan útil a Néstor Kirchner como su esposa. Él le hizo ganar a ella, o ella le hizo ganar a él, lo mismo da, las elecciones legislativas de 2005 donde ambos exterminaron al duhaldismo. Luego Ella (con Él) llegó a la presidencia por primera vez y cuatro años después, con el empuje que desde el más allá le brindó el marido muerto, se coronó por segunda vez. Allí terminó la etapa nestorista de Cristina. La mejor.

La Cristina chavista
Llegó a su segundo mandato una persona que parecía ser la continuación del mejor Néstor y a la vez la superación del peor. En sus dos primeros meses se atrevió a exponer un programa sensato de gestión donde corregiría las distorsiones que dejó su marido. Pero de un día para el otro optó por lo contrario. Luego de la tragedia de Once parece que algo viró en su cerebro, como que se dio cuenta que el destino trágico de su dinastía le impediría dar marcha atrás o rehacer sobre la marcha. Que el estigma de Néstor (debido a su herencia de infinitos hechos non sanctos) sería imposible de borrar. Entonces tomó la decisión definitiva de su vida: Vamos por todo, gritó con clamor adolescente, y desde ese entonces jamás dejaría tal consigna.
Apareció entonces otra Cristina, alguien que ya desde luego de la muerte de su marido estaba negociando un espúreo pacto con Irán para indultarlos de la AMIA, a pedido del principal aliado de los ayatollah en América Latina, Hugo Chávez, cuando éste comenzó a convencer a Cristina de que ella debería ser la heredera continental de su gesta antiimperial. Y Cristina le compró el paquete entero.
Dedicó, entonces, casi toda su segunda presidencia a chavizar la Argentina, convencida de que la nueva Meca de la revolución era el modelo venezolano. Todo lo que hizo de allí en más tenía como meta ese desmesurado objetivo, imposible en un país tan anómico pero a la vez tan institucionalizado como la Argentina. Su segundo sueño, el de ser Chávez, terminó cuando terminó su mandato.

La Cristina macrista
A partir de allí apareció la tercera Cristina, esa que se negó a entregarle el bastón de mando a Macri y que dos años después se negaría a competir con Randazzo, porque nunca una reina baja al nivel de los súbditos, no puede ni debe hacerlo.
Desde entonces Macri, con un aprendiz de brujo (o brujo, lisa y llanamente) como Durán Barba y una anticristina tan actriz como Ella llamada María Eugenia Vidal, se dedicó a crear su propia Cristina, la Cristina macrista. 
Se trató de una de las tareas estratégicamente más valiosas pero a la vez políticamente más fácil que le tocó al nuevo equipo de gobierno que si bien hasta ahora no obtuvo grandes logros de gestión, se ha consagrado electoralmente en su medio término, por hacer jugar a Cristina, durante dos años, en su propio campo.
Bastó con provocarla a Cristina para que siguiera haciendo lo que siempre -salvo por un par de meses- hizo: polarizar, enfrentar, convocar al apocalipsis, dividir al mundo entre buenos y malos y al país entre amigos y enemigos, etc, etc. Y Ella cumplió su papel a la perfección.
Esos que se la saben todas, criticaron duramente al macrismo por darle un papel central a Cristina al considerarla su contradictora principal.
Cuando en realidad esa fue una de las principales razones del éxito parcial obtenido en estas PASO.
La gente con la que se fue rodeando Cristina, más las otras que sigue defendiendo, configuran el equipo más trash, más bizarro y más patético de todos los tiempos. Una Armada Brancaleone. 
Su capacidad para elegir a los peores es proverbial. Esa etapa comenzó cuando optó por Boudou como vicepresidente (y eso que en el día de su designación una puerta se abrió sola, permitiendo entrar el espíritu de Néstor a la sala; Ella creyó que él la autorizaba a nombrar a Boudou cuando Néstor le advertía que no lo nombrara). Y siguió con la decisión de optar por Aníbal Fernández como su candidato principal en las elecciones de 2015. A partir de allí los De Vidos, Maduros, Sabatellas, Fernandas Vallejos y ejemplares de un tenor similar comenzarían a pulular a su alrededor, completando sus pésimas elecciones anteriores.
 Por querer ser siempre igual a sí misma (vale decir, superior a todos los demás), en vez de asumir lo que le exigía la realidad en cada momento y tratar de persuadir a los no persuadidos (que fue lo que hizo Perón en la etapa de su resistencia), al final Cristina terminó siendo, una y otra vez, lo que quisieron los demás. El macrismo, al dividir el mundo únicamente entre Cristina versus Cambiemos, logró mucho más que remarcar la mala herencia recibida, como solían pedirle los sabihondos.
Los resultados electorales del domingo demuestran el singular éxito de Cambiemos en haber creado su mejor enemiga. 

Publicado en Diario "Los Andes" de Mendoza, 20/08/2017.