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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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miércoles, octubre 12, 2022

​Alicia Moreau de Justo: la mujer en la democracia por PABLO A. VÁZQUEZ.

 

Nació en Londres, el 11 de octubre de 1885, siendo su padre Armand Moreau, un francés revolucionario, participante del levantamiento de la Comuna de París de 1871, y su madre, también de Francia, María Denanpont. El matrimonio primero emigró al Reino Unido y luego a la Argentina, residiendo en 1890 en Sansinena, partido de Rivadavia, provincia de Buenos Aires, para luego trasladarse a la Capital Federal, donde su padre instalaría en 1896 una librería y se relacionaría con los grupos socialistas locales.

Alicia curso sus estudios de magisterio en la Escuela Normal N° 1, donde tuvo como docente a Hipólito Yrigoyen, futuro presidente y jefe de la Unión Cívica Radical, a la vez que se acercó a las clases libres que dictaban Horacio G. Piñero y Nicolás Matienzo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

En 1902 se acercó al socialismo autóctono, a través de las hermanas Chertkoff, del Centro Feminista Socialista, acompañándolas en la Asociación Pro Educación laica, fundando bibliotecas y jardines maternalesEn 1906 fundó el Movimiento Feminista, y tras su asistencia al Congreso Internacional de Libre Pensamiento, fundó con otras mujeres el Centro Feminista de Argentina y el Comité Pro Sufragio Femenino.

Disertante en la Sociedad Luz en Barracas, en el sur porteño, sobre temas de higienismo y salubridad, también se interesó por cuestiones de vivienda popular, al punto de participar activamente en la huelga de inquilinos de conventillos.

Con su padre y Berta Guechunoff fundó el Ateneo Popular, para extender cursos de educación secundaria y universitaria en los sectores obreros, e impulsó Humanidad Nueva, revista socialista internacional, donde escribió varios artículos sobre el feminismo y el voto de la mujer argentina.
En un reportaje realizado por Blas Alberti, publicado en 1985, Alicia recordó que: "Yo me recibí de médica en 1913. Siete años había en Medicina. Hice mi internado en el Hospital de Clínicas. Y allí aprendí muchísimas cosas. De manera que allí, en esa sala, y también en la de la clínica, yo conocí a muchas mujeres que vivían de la prostitución, o que habían vivido, o que estaban alrededor de eso. Naturalmente, yo tenía que hacer la historia, y poco a poco me fui interesando. Y entonces fui penetrando la vida de esas mujeres. Esas historias me hicieron comprender realmente la situación verdadera de la mujer. Yo recibí de ese aprendizaje no solamente la formación médica necesaria sino formación social, sociopolítica diría, que me acercó muchísimo más todavía al proceso socialista en el que yo estaba (y) lo que puede significar la elevación del pueblo, y que puede significar la emancipación de la mujer. para mí esa emancipación no la ha traído la política solamente. La política lo ha reflejado. Lo que la ha traído es el cambio de trabajo... Entonces yo me hice mucho más profundamente feminista".

ACTIVISMO FEMINISTA.
Tras publicar Humanidad Nueva por diez años, Alicia impulsó una nueva publicación: `Nuestra Causa', de impronta feminista. Al tiempo fue designada por diversas agrupaciones feministas argentinas su representante en el Congreso Internacional de Obreras, celebrado en Estados Unidos, y, en paralelo, asistió como representante local al Congreso Internacional de Médicas, impulsando con posterioridad la Asociación Internacional de Mujeres Médicas, donde Alicia integró su comité ejecutivo.

Felipe Pigna, en "Mujeres tenían que ser" (2012), destacó: "A su regreso fundó la Unión Feminista Nacional a la que adhirieron, entre otras, la poetisa Alfonsina Storni. Al año siguiente esta agrupación llevó adelante un impactante simulacro de votación en el marco de las elecciones legislativas del 9 de marzo de 1920. El 1921, la doctora Moreau se afilió al partido Socialista y al año siguiente se casó con su líder histórico, el doctor Juan B. Justo, y se incorporó al Comité Ejecutivo del partido, en el que tendría a su cargo la coordinación de las agrupaciones feministas socialistas. Su tarea fue fundamental para la obtención de los derechos de la mujer -que no incluyeron los cívicos- en 1926. Diría años después: `Siempre creí que este país merecía ser distinto. Que un día íbamos a unirnos todos y el destino cambiaría. Recuerdo los barrios obreros de esta ciudad cuando llegábamos con las banderas rojas, y la gente se iba reuniendo y se iban logrando cosas. Cuando las mujeres nos juntamos por primera vez y empezamos a pelear por nosotras".

VOTO FEMENINO.
En 1927, con Justo, fundó la Casa del Pueblo, sede central del partido Socialista, y para 1932 elaboró un proyecto de voto femenino que presentó el diputado socialista Mario Bravo. "La mujer argentina votará algún día -expresó Alicia- y esto marcará una nueva e importantísima etapa en su evolución y será para bien del país y de la mujer misma".

De militancia antiperonista, rechazó las conquistas sociales impulsadas por Perón y la campaña por el voto femenino generada por Evita, pero estando en Francia en el Congreso Internacional Femenino, desarrollado en París en octubre de 1947, al enterarse que semanas antes se había promulgado la ley 13.010 de voto femenino, expresó su satisfacción "aunque venga del gobierno peronista".

De hecho, por dicha norma, fue candidata a diputada nacional, por el partido Socialista, para las elecciones de 1951 por la Capital Federal, y continuó con su cerrada oposición al justicialismo, donde sufrió cárcel, al punto de apoyar el golpe cívico militar de 1955 e integrar la Junta Consultiva como vicepresidenta, donde representantes de los partidos socios de la Revolución Libertadora revisarían la legislación peronista.

A pesar de ello se enfrentó con Américo Ghioldi, por un lado, desplazándolo de la dirección del periódico oficial del socialismo, La Vanguardia, él que dirigió hasta 1962, y por el otro forzando la división del PS, formando en 1958 con Alfredo Palacios y otros dirigentes el partido Socialista Argentino.
Tras la muerte de Alfredo Palacio, en 1965 tomó la conducción del partido Socialista Argentino, del cual será su secretaria general, del cual se alejó en 1972 al fusionarse con otros grupos y reconvertirse en el partido Socialista Popular, conducido por Guillermo Estévez Boero, el cual terminó apoyando la candidatura de Perón en 1974.

En 1975 fue la fundadora de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, de la que llegó a ser copresidenta, y, con tal rango, recibió en 1979 a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, resistiendo los embates de la última dictadura militar, y apoyando la labor de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Reconocida su labor durante el gobierno de Raúl Alfonsín, se le rindieron varios homenajes, declarándosele Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, hasta que su estado de salud se agravó y falleció, con 101 años, el 12 de mayo de 1986.

Entre su obra publicada destaco "La emancipación civil de la mujer" (1919); "El socialismo y la mujer" (1933); "El socialismo según la definición de Juan B. Justo" (1946); "La mujer en la democracia" (1946); y "¿Qué es el socialismo?" (1983).

* Licenciado en Ciencia Política y Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.

PUBLICADO EN DIARIO LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/521284-Alicia-Moreau-de-Justo-la-mujer-en-la-democracia.note.aspx

sábado, noviembre 28, 2020

Alberdi, Alem, Juan B. Justo y De la Torre: definiciones de peso.


Alberdi, Alem, Juan B. Justo y De la Torre: definiciones de peso.

Pablo Benitez Jaccod*

En un artículo del 2019, el economista Roberto Cachanosky señaló que la inflación acumulada entre el periodo 1935-2018 fue de 256.711 billones por ciento, marcando una inflación promedio anual del 53,3%. Por ejemplo el peso actual, que comenzó a regir a partir de 1992, equivale a 10.000.000.000.000 de pesos moneda nacional de 1881, le hemos agregado 13 ceros a nuestra moneda. Observando esto, no es descabellado pensar si estamos en condiciones de tener moneda propia, situación que reflexionaba en 1848 el economista John Stuart Mill al expresar que: “Aún persiste, sin embargo, tanto barbarismo en las transacciones de las naciones más civilizadas, que casi todos los países independientes escogen afirmar su nacionalidad teniendo, para su propia inconveniencia y la de sus vecinos, una moneda peculiar propia”.

A pesar de esto, resulta bostezante oír expresiones que marcan el no aprendizaje de nuestra historia y de las experiencias internacionales sobre las causas de las hiperinflaciones e inflaciones altas. El mundo ha dejado atrás estas situaciones gracias a personas como Milton Friedman, quien dio en el punto central del problema cuando alertó que “La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”; sin embargo, en la Argentina la mayor parte de la clase dirigente rechaza esta concepción y sigue adhiriendo fuertemente a las ideas que han provocado la inflación del periodo 1935-2020.

Si observamos las declaraciones de referentes del gobierno de Alberto Fernández, encontramos expresiones como las de Mercedes Marcó del Pont que, en el 2012, en su defensa a la reforma de la Carta Orgánica del BCRA, expresó que es totalmente falso decir que la emisión para financiar al sector público sea inflacionaria. Esta última idea la expresa la actual vicejefa de Gabinete Cecilia Todesca. También se propone desde el gobierno “desdolarizar la economía”, ignorando que la gente elige al dólar porque el peso argentino no para de perder valor, una clara expectativa adaptativa de la gente que ha vivido lo que la inflación o hiperinflación hace sobre sus proyectos de vida, un acto de autodefensa de la ciudadanía.

La economista oficialista Fernanda Vallejos, sobre el mismo asunto, también aseveró que: “Un Estado como Argentina que crea la moneda que se utiliza en su economía no está limitado en términos financieros de ninguna forma. Todos los pesos que se quieran crear se pueden crear”, y en similar sentido un integrante de la CGT aliado del Gobierno recomendaba como medida reactivadora el “darle a la maquinita y después devaluamos”.

Ahora, este no fue siempre el pensamiento que prevaleció en la Argentina. Si indagamos en algunas de las ideas sobre la moneda, banca y las causas de la inflación que Juan Bautista Alberdi, Juan B. Justo, Leandro Alem y Lisandro de la Torre expresaron en su momento, asistimos a un pensamiento muy diferente.

Alberdi tenía muy en claro los peligros de la emisión de moneda irresponsable: “La emisión de papel moneda es un terrible medio de arruinar la libertad política, la moralidad de la industria y la hacienda del Estado. Mientras el gobierno tenga el poder de fabricar moneda con simples tiras de papel que nada prometen, ni obligan a reembolso alguno, el poder omnímodo vivirá inalterable como gusano roedor en el corazón de la Constitución”. A su vez explicaba la relación entre exceso de moneda e inflación: “Cada mercado necesita para sus cambios una cantidad de moneda determinada para la cantidad o número de sus cambios. La moneda no tiene valor real sino cuando es proporcionada a la necesidad que de ella tiene el mercado. Desde que excede esa necesidad pierde su valor”.

Por su parte los socialistas argentinos del siglo XIX como Juan B. Justo se expresaban en el mismo sentido, señalando que el envilecimiento de la moneda que provoca la inflación de precios es responsabilidad del gobierno. “La moneda es una inagotable fuente de recursos para estos gobernantes que, como los príncipes de la Edad Media, sistemáticamente la falsifican”. Señala que la inflación es un fenómeno estrictamente monetario. “Si por ignorancia, por delirio de progreso o por pillería, un gobierno emite papel en exceso, sobreviene la depreciación del billete”.

Si bien el Banco Central es posterior a Alberdi y a Leandro Alem, estos en pleno siglo XIX ya rechazaban la idea de un banco oficial que se sitúe por encima del mercado, ya que su temor era que esta institución termine por ser capturada por los gobiernos de turno y esto acabaría por destruir a la moneda.

Alberdi consideraba que el gobierno a través de un Banco Oficial podía financiarse a costa del empobrecimiento de la nación, ya que: “Puede forzar al país de su mando a que le preste todo el valor de su riqueza, por la emisión de ese empréstito forzoso que se llama papel moneda inconvertible”, y agregaba que “Poco le importa al gobierno que el billete valga la mitad de su valor nominal: le bastará que la prensa dé dos golpes en vez de uno, para tener el valor que necesita”, “ Su intención ha sido fomentar la prosperidad del país. Pero prosperidad exagerada y artificial, ha sido justamente el origen del mal”.

Leandro Alem en 1891 en su escrito “Bancos oficiales y emisionismo” expresaba idéntico temor: “Los bancos oficiales han sido el agente activo de la ruina de la fortuna pública y privada y de la depresión del carácter nacional. Constituye un peligro permanente, porque siempre será un medio político sujeto a la influencia de las pasiones partidistas” y consideraba que “Las leyes de curso forzoso, que alteren las obligaciones monetarias establecidas en los contratos, constituyen una propiedad, y esta ha sido declarada inviolable por la Constitución”.

Cuando 1935 se debatió la creación del BCRA, Juan B. Justo advirtió en el parlamento que con este Banco Central se “Va a seguir el gobierno enjugando el déficit de sus presupuestos con dinero de los bancos y seguirá esta situación por mucho tiempo, alejándose cada vez más la posibilidad de regularizar nuestra situación monetaria”. Lisandro de la Torre, del Partido Demócrata Progresista, señaló que “Este proyecto coloca al país encima de un barril de pólvora. Todo andará regularmente mientras no se encienda la mecha. Pero la mecha está ahí, a la vista y al alcance de cualquier gobierno inconsciente que quiera encenderla”. Sus advertencias y conocimientos, a pesar del tiempo en que fueron escritas, son ideas de futuro. Alejarnos de éstas provocó el “milagro del subdesarrollo monetario argentino”.

*Magíster en Economía Política, Fundación Progreso y Libertad.

Publicado en Diario "Río Negro", sábado 28 de noviembre del 2020.

jueves, julio 16, 2020

El recuerdo de Juan B. Justo.

El recuerdo de Juan B. Justo por Damián Canuto.


A la tradición de recordar a próceres y héroes deberíamos incorporar la de mujeres y hombres probos; intelectuales que por su coherencia y por su integridad aún hoy nos signan.

La reciente muerte de Hermes Binner, médico de profesión, socialista y primer gobernador electo por esa fuerza política para gobernar una provincia Argentina, Santa Fe, permite la analogía con otro médico, fundador del Partido Socialista en Argentina, Juan B. Justo, aunque su recuerdo y reconocimiento en nuestra conciencia colectiva no tenga el sitial que la historia política e intelectual argentina sí le reserva y asegura.
Reconocemos efemérides ligadas, naturalmente, a fechas. Refieren a eventos históricos acaecidos en tal o cual día, o recuerdan a algún personaje de nuestra historia, remitiendo a la fecha de su natalicio o deceso. Qué o a quién recordamos termina siendo una arbitrariedad de la historia y una decisión más o menos deliberada del cuerpo social. Cuando se trata de hechos o acontecimientos, es más o menos ineludible su conmemoración, independientemente de la valoración que de los mismos se tenga. Pero cuando se trata de sujetos destacados de nuestra historia, de personas, ahí la valoración que de su obra y legado hagan las clases gobernantes de turno es determinante: algo así como una consecuencia y consumación de que “la historia la escriben los que ganan”. El problema es que esos “turnos” en que el poder se detenta están distribuidos siempre entre quienes tienen, más o menos, similares ideas, parecidos principios y, lo que parece ser más frustrante, casi idénticos métodos.
¿Por qué no recordamos a Juan Bautista Justo tanto y como creo deberíamos hacerlo? Pareciera que elegimos olvidarlo o apenas recordarlo porque es uno de los personajes de nuestra historia que, al ser faro intelectual y moral de la sociedad y del tiempo que le tocó vivir, sigue marcando las falencias, contradicciones y defectos en los intereses y métodos políticos que, más de un siglo después, nos siguen exhibiendo, como heridas nunca sanadas, las cuentas eternamente pendientes de nuestra organización institucional, económica y social.
Juan B. Justo fue médico (con medalla de oro de la UBA), periodista, cronista parlamentario, parlamentario (diputado y senador), intelectual audaz sin vanidades, transgresor, pacifista, humanista, demócrata y republicano, reformista, socialista. Fundó el Partido Socialista, el periódico La Vanguardia y el Hogar Obrero.
El historiador y cronista político Rogelio Alaniz, en su obra “Hombres y mujeres en tiempos de Progreso” narra que, siendo uno de los médicos con mayor proyección profesional, reconocido incluso por sus colegas y pares, J. B. Justo decide abandonar el ejercicio de la profesión para dedicarse plenamente a la formación del socialismo en Argentina, con la particularidad que, al decir de él mismo, “se hizo socialista antes de haber leído a Marx”. Después, traducirá por primera vez “El Capital” al castellano, seguramente porque ello formaba parte del sustrato intelectual y teórico que su propósito político requería. Pero nunca será marxista lineal ni comulgará con las interpretaciones dogmáticas que de dicha obra se harán a lo largo de todo el siglo XX. Es más, acaecida la revolución bolchevique, quedará en la vereda crítica que la izquierda se reserva para tal episodio histórico.
Cuenta también el destacado cronista que Juan B. Justo, como socialista, piensa que al capitalismo hay que superarlo, no destruirlo. Con ello, reconoce los aspectos positivos del capitalismo, como presupuesto para el paso al siguiente estadio social que será superador de la organización social. No desconoce las fuerzas productivas y del mercado, pero advierte el peligro de que éstas son constantemente manipuladas desde el poder; allí es donde ve necesaria la actividad política socialista para reencausar esas fuerzas y ponerlas al servicio de las clases populares.
Hablando de su concepción sobre la vigencia y rol de la propiedad privada, en contraposición a las visiones maximalistas que suponen que con la supresión de la propiedad privada deviene automáticamente un estadio social más justo, el autor nos trae una cita textual de Juan B. Justo interesante y oportuna para la coyuntura actual: “Si la revolución social ha de querer decir elevación grande del nivel de vida del pueblo productor, no hay que pensar en realizarla por la simple expropiación (…) será necesario producir más y mejor, elevar la técnica y organizar mejor el trabajo y en ningún caso trastornar la economía entera por medio de leyes o decretos que en este terreno no son tan capaces de crear como de destruir (…) Toda reforma o revolución de la propiedad que se traduzca en la desorganización y menor productividad del trabajo, será prematura, opuesta al bien del trabajador y sin consistencia.” La reflexión pareciera dictada, un siglo antes, para argumentar en contra de los atropellos institucionales, legales, jurídicos y judiciales que el gobierno nacional actual pretende llevar a cabo con la mal llamada expropiación (debe decirse usurpación) de Vicentin. Como remataría el profesor Alaniz, en su estilo: ni el más ortodoxo liberal hubiera argumentado mejor para defender la vigencia de la propiedad privada.
Justo nació el 28 de junio de 1865. También un 28 de junio, pero de 1896 fundó el Partido Socialista. A la tradición de recordar a nuestros próceres y a nuestros héroes deberíamos incorporar la de nuestras mujeres y hombres probos; la de nuestros intelectuales que por su coherencia y su integridad aún hoy nos signan.
Evoco su natalicio como si fuera un onomástico. Sería justo que a Justo se lo evoque mucho más.
Publicado en Diario "Río Negro", 16/07/2020.

jueves, agosto 01, 2019

Juan B. Justo y el socialismo liberal por Carlos Rodríguez Braun.

Juan B. Justo y el socialismo liberal por Carlos Rodríguez Braun Consejero Académico de Libertad y Progreso.

Los socialistas tuvieron en sus orígenes muchos puntos en común con los liberales. El pensamiento de Juan B. Justo, fundador del socialismo argentino, prueba que si en nuestros días los socialistas pretenden moderar su intervencionismo no es necesario que traicionen sus raíces: basta con que las reconozcan. Juan Bautista Justo nació en Buenos Aires el 28 de junio de 1865. Estudió medicina y fue catedrático en la Universidad de su ciudad natal, aunque sería exonerado por sus actitudes democráticas y liberales. Fundó la Agrupación Socialista de Buenos Aires en 1892, germen del Partido Socialista Argentino. El órgano de la Agrupación, que después lo será del partido, fue La Vanguardia, periódico «socialista científico, defensor de la clase trabajadora», cuyo nombre fue propuesto por Justo, que lo creó junto a un inmigrante alemán y dos españoles en 1894.
Fue tres veces diputado, hasta 1924, y desde entonces senador, y representó con brillantez al socialismo en el parlamento argentino prácticamente hasta su muerte. El socialismo fue un partido esencialmente urbano, pero a esa escala tuvo mucho éxito, y hasta el advenimiento del peronismo fue relevante e incluso mayoritario en la capital.
Justo ejerció una amplia actividad política, fundó cooperativas y publicó numerosos trabajos; su obra más ambiciosa fue Teoría y práctica de la historia, de 1909. Tuvo apreciable predicamento en la II Internacional y fue vicepresidente del Congreso de Berna. Conoció en Madrid a Pablo Iglesias, el fundador del PSOE, que fue su corresponsal durante años y que se refirió a él como «el sabio doctor argentino Juan B. Justo».
Hombre de vastas lecturas y que hablaba cuatro idiomas, emprendió una labor ímproba: traducir El Capital; fue autor de la primera traducción española completa y directa del alemán, publicada en Madrid en 1898.
Justo murió el 8 de enero de 1928. Poco faltaba para que muriese también la democracia argentina: en 1930 el presidente Yrigoyen fue depuesto por un golpe militar que sería el primero de una larga y triste lista.
Una multitud se congregó frente a la Casa del Pueblo porteña y formó el cortejo fúnebre del líder socialista, al son de «La Internacional». La gran avenida que lleva el nombre de Juan B. Justo en Buenos Aires fue construida con las aceras rojas, en su honor.
Justo se opuso al anarquismo, dominante entonces en el movimiento obrero, y a la violencia política. Tampoco simpatizó con el comunismo: «En Rusia, donde en nombre del socialismo de Lenin se persigue y se mata a los que entienden el socialismo de otra manera».
Defensor del libre comercio, repite en sus escritos la relación librecambio/paz, viejo tema liberal desde Smith y Ricardo. Elogia a Locke por su crítica a la regulación del tipo de interés, y a Boisguillebert, que con el liberalismo favoreció a las clases oprimidas contra el «ministro Colbert, personificación la más alta de la intromisión protectora, o destructiva, del Estado».
El proteccionismo anima para Justo «la peor solidaridad de clases»: capitalistas y trabajadores de un sector contra sus equivalentes en otros países «y contra los consumidores del propio país, que son en su mayor parte trabajadores». Pedirá Justo la derogación de los aranceles: «Las aduanas alejan y aíslan a los pueblos…La abolición del proteccionismo sólo amenaza las ganancias espurias que a su sombra realizan algunas empresas y la renta abusiva de tierras destinadas, gracias a la aduana, a cultivos que económicamente debieran ser hechos en otros países». Más de un socialista europeo valedor de la Política Agraria Común debería releer a este antiguo camarada.
Distinguió entre empresarios competitivos y «empresarios incubados y cebados por la ley, mediante trabas aduaneras y privilegios monopólicos… Negamos que las empresas deba hacerlas el Estado. Ya vendrán ellas si el Estado sabe cumplir sus funciones esenciales en defensa del capitalismo, que consisten simplemente en la aplicación del Código Civil y del Código Penal, para establecer el respeto por la propiedad y por las personas».
Otro aspecto de su liberalismo fue su pensamiento monetario. Los socialistas argentinos se opusieron a la creación del Banco Central en los años 1930; Justo había escrito: «La moneda sana de oro o de papel convertible a la par debe también ser un postulado obrero internacional, sobre todo en países como los de Sud América, donde el envilecimiento de la moneda es todavía uno de los procedimientos preferidos para intensificar la explotación del trabajador».
Opuesto a las interpretaciones hegelianas, Justo expone una visión evolucionista y no dialéctica. En un artículo publicado en la Revista Socialista de Madrid en 1903 habla de «las obscuras, remotas y negativas concepciones de Hegel… si Marx y Engels han llegado a grandes resultados no ha sido gracias a la dialéctica hegeliana sino a pesar de ella».
Sus peculiares lecturas de Marx y su acertado prejuicio antirrevolucionario lo llevaron a enfrentarse con los comunistas en la Internacional, donde abogó por el libre comercio y otras consignas liberales, como el antimilitarismo y el anticolonialismo. Reprochó a Rosa Luxemburg y otros porque no respaldaban el comercio libre y recaían en un «imperialismo subconsciente» y proteccionista, actitud que había generado la guerra: «Los socialistas no han dado la importancia debida al comercio entre los pueblos, o no lo han comprendido absolutamente. No se encuentra una palabra sobre la libertad de comercio en las largas declaraciones de los congresos socialistas internacionales sobre la guerra y los medios de evitarla. Las relaciones económicas de los pueblos eran completamente ignoradas en esas fórmulas. Se decía en ellas que el militarismo era engendrado por el capitalismo en busca de nuevos mercados, pero no se sugería la necesidad de quitar esa razón al militarismo abriendo todos los mercados».
Con mucho tino recela Justo del nacionalismo como excusa proteccionista: «Nuestro patriotismo, como diputados socialistas, está en que la industria azucarera prospere libremente, sanamente, y sobre la base de una producción hecha con equidad y economía, y que el pueblo de la república no pague permanentemente un alto tributo por tener la felicidad de consumir azúcar de producción argentina».
Con todo, Justo fue un socialdemócrata: creía que la evolución de la cultura política permitiría transformar la sociedad, que los trabajadores podrían controlar el Estado, democratizar la política y socializar la economía. Pretende respetar la propiedad privada «en lo que ella tiene de más precioso, la propiedad de la retribución del propio esfuerzo», pero propicia su limitación en el caso de la tierra a través de los impuestos, algo muy acorde con diversas doctrinas populares del siglo XIX.
Su socialismo queda ratificado por la habitual prevención ante la religión y por su respaldo a un escenario sociológico historicista y holístico que apunta a «una conciencia colectiva que dirija y coordine los esfuerzos productivos de los hombres». Combina el marxismo con la «ciencia nueva» de la sociología de Comte y el evolucionismo de Spencer, y llega a un extremo empirismo positivista. Muestra de esta concepción antiindividualista es su crítica a la familia, que entronca con tonterías que sostuvieron las fuerzas llamadas progresistas mucho tiempo después.
Y sobre todo, Justo no es plenamente liberal por la misma razón por la que no lo es la izquierda de nuestro tiempo: porque no plantea ningún freno al poder si éste es democrático. Como acuñó su contemporáneo Indalecio Prieto, Justo es un «socialista a fuer de liberal», que subraya más la libertad «de los antiguos», la participación política, que el rechazo a la intromisión política en las vidas de los ciudadanos.
Ilustra su sincretismo lo que escribió en 1894 en el primer editorial de La Vanguardia. Según Juan B. Justo los socialistas argentinos iban a difundir las doctrinas de Marx, Ricardo y ¡Adam Smith!
Publicado en La Ilustración Liberal.

martes, junio 11, 2019

La crítica al liberalismo y la dependencia en el pensamiento de Antonio Cafiero.

La crítica al liberalismo y la dependencia en el pensamiento de Antonio Cafiero.



Por Juan Godoy, Revista ZOOM

“La trascendencia político-cultural de este sistema económico (el liberalismo) se revelaba a través de una determinada disposición mental de la “clase dirigente” argentina (…) la atracción por lo foráneo y la subestimación de lo nacional era su característica predominante”. (Antonio Cafiero)
“No hay neutralidad axiológica frente al problema económico. Cada vez que un funcionario dicta una resolución, hay una concepción del país y de la sociedad que lo está animando, hay una comprensión del problema del hombre, hay una determinada visión antropológica”. (Antonio Cafiero)

            El liberalismo constituye para los países semi-coloniales como la Argentina una ideología de la dependencia. Es a su vez, la matriz desde la cual se fue constituyendo y diseñando nuestro país desde su adopción por parte de la oligarquía argentina en siglo XIX. Su adopción fortalece y perpetúa la condición de la Argentina dependiente. El liberalismo económico, también político y cultural, penetra fuertemente en las conciencias no sólo de los que se reivindican como tales, sino también de otros sectores políticos. En este sentido, retomar (aunque sea brevemente y en sus puntos nodales), la crítica que le realiza Antonio Cafiero desde temprano resulta pertinente para comprender nuestro pasado, como asimismo para orientar el presente y pensar en la construcción de un futuro promisorio para nuestro país.
Antonio Cafiero, en la mejor tradición del pensamiento nacional, considera que desde el peronismo se apunta a la creación de herramientas propias para abordar nuestros problemas, no hay que copiar doctrinas económicas de otros países, sino más bien crear las propias. A las problemáticas nacionales se las enfrenta con un criterio argentino. No obstante, da cuenta que esta visión no es la que predomina en nuestro país, más bien lo contrario.
La adopción del liberalismo se realiza como un absoluto, no se lo “tamiza” con nuestra realidad, se trata de tomar una idea pretender hacer que nuestra realidad “encaje” en ese esquema teórico. Por eso sostiene que “para los liberales lo “real” eran sus propias fórmulas ideológicas, basadas en generalizaciones (…) cuya correspondencia con la realidad no les interesaba analizar. De allí que el pueblo argentino, esa formación humana de seres concretos con necesidades, aspiraciones e ideales también concretos y referidos a su específico medio vital, comenzó a ser el “gran ausente” de las abstracciones liberales”. (Cafiero, 2017: 119) Para el liberalismo el “país real” tiene que adaptarse a las definiciones teóricas y no al revés. Así, constituye una matriz de interpretación denigratoria de la realidad local, y desprecia al pueblo.
La oligarquía argentina ve la grandeza y la prosperidad de la nación, que es solo su núcleo elitista claro está, en la adopción del liberalismo y en la inserción de nuestro país al mundo a partir de las “ventajas comparativas” que pregona dicha doctrina. (Cafiero, 1974) Los designios que Canning había lanzado a principios de siglo comenzaban a cumplirse, Argentina se integra al mundo como una economía complementaria, como país-granja y como tal: dependiente.
La economía argentina entonces se vertebra a partir de la producción primaria, se subestima el desarrollo industrial y minero (que claro colisiona con los intereses británicos), y las actividades derivadas. Desde la oligarquía y los partidos de la izquierda tradicional como el Partido Socialista[1], la industrialización era analizada como algo artificial que tendía a deformar la economía en tanto ésta debía ser libre, al tiempo que abogan por la libre-importación. Cafiero afirma que “la atracción por lo foráneo y la subestimación de lo nacional era la característica predominante. Ya desde tiempos antiguos, el liberalismo político de los que organizaron constitucionalmente el país había sembrado las semillas de una concepción del ser nacional basada paradojalmente en el desmedro de lo argentino”. (Cafiero, 2017: 118)
La autodenigración de lo nacional es una “enfermedad” recurrente en los países semi-coloniales que se revela como central en la dominación invisible. La derrota política, fruto de la cual se impone un modelo económico donde predomina el liberalismo, se cristaliza en las conciencias e impide “dar vuelta” la situación. No nos permite pensar más allá de los límites fijados por la realidad semi-colonial. Más aún cuando emergen voces que critican este orden son silenciadas o tachadas como una rémora del pasado y/o del atraso.
            Para dar cuenta de los proyectos políticos en pugna y cómo las diferentes resoluciones tiene una impronta en las definiciones nacionales, toma Cafiero el ejemplo de Estados Unidos al terminar su guerra de la independencia, en tanto al finalizar la misma, Gran Bretaña pretende el sometimiento económico y procura que la clase dirigente adopte el liberalismo, a lo que la elite norteamericana, en general se rehúsa. De ahí la famosa discusión que el ex Presidente de Estados Unidos, el General Ulysses S. Grant pronuncia en Mánchester luego de escuchar a quienes hacían apología del liberalismo, donde indica que Inglaterra se ha desarrollado gracias a su proteccionismo y ahora a partir de la adopción del liberalismo, pretende que los demás países sin desarrollo lo adopten también. Un economista contemporáneo utiliza la metáfora de “patear la escalera” para referirse a este proceso.
Cafiero también indica cómo finalmente Estados Unidos se desarrolló y terminó, fundamentalmente a través de las teorías y prácticas que pretende imponer mayormente utilizando al Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), haciendo lo mismo que el General Grant le criticaba a Gran Bretaña a fines del siglo XIX. La crítica y la ruptura con ese ideario liberal que se pretende imponer resulta sustancial para nuestro desarrollo.
En el marco de la crítica, Cafiero también aborda la mentada cuestión de las “inversiones extranjeras”. Al respecto sostiene que éstas llegan a los países coloniales y semi-coloniales deformando la estructura económica nacional en función no de los intereses nacionales, sino de la dependencia, operando “la descapitalización nacional y (colocando) la economía nacional en la órbita de los centros financieros e industriales del mundo, en particular Inglaterra, con mengua definitiva de su capacidad autónoma de desarrollo”. (Cafiero, 1974: 134) La dependencia es diametralmente opuesta al desarrollo nacional, lo imposibilita. El país queda postrado en el subdesarrollo.       
El liberalismo también, como sabemos, pone al individuo y la satisfacción de sus propios intereses en primer lugar y por encima de todo. Ese individualismo penetra a sectores ajenos al campo nacional, y también a los propios, lo que constituye claramente un peligro, Cafiero indica ya en la década del 90 que “el individualismo, la ausencia de convicciones doctrinarias, el apremio por la consagración de objetivos políticos personales, la desviación de la filosofía de los intereses superiores han llevado en los últimos años a una práctica burocrática de la militancia y a un ejercicio casi formal del compañerismo”. (Cafiero, 1995: 191) El peronismo, recordamos, afirma que no hay realización individual aislada, en tanto el individuo solo se puede realizar en la comunidad.
            La deuda aparece como una temática central en el pensamiento económico de Cafiero, más aún en la post-dictadura cívico-militar del 76. El endeudamiento aparece como uno de los temas en los cuales se manifiesta más claramente la dependencia en la actualidad. Ese vocablo que muchos pretenden desterrar del vocabulario político argentino, el político se pregunta en tanto la enorme magnitud de la deuda externa que nos agobia si “¿es posible que hayamos archivado la palabra dependencia, que pensemos que es un anacronismo hablar de dependencia?(y continúa) La dependencia está en la entraña de nuestro problema político. Esto no es un cáncer que se cura con aspirinas, sino que es una cuestión que reclama soluciones heroicas”. (Cafiero, 2017: 267)
El economista trata tempranamente esta problemática, es más escribe un informe en julio de 1949 (momento en que era agregado financiero de la Embajada Argentina en Estados Unidos), en relación a la posibilidad que nuestro país ingrese al Fondo Monetario Internacional (FMI), que resulta una explicación profunda en torno a la negativa de Juan Perón al ingreso al organismo[2]. El economista Mario Rapoport[3] sostiene que “no existía ningún documento que fundamentara detalladamente su posición (…) Leyéndolo uno advierte de inmediato la sólida formación económica e intelectual de Cafiero[4]”. (Rapoport. En Cafiero, S., y Lohlé, I., 2017: 16)
            En este sentido también, como el tema recorre toda su vida y pensamiento, ya en los 80, en el recinto de Diputados en el ya famoso discurso pronunciado en 1986 sobre la centralidad de la deuda externa, en tanto todos los temas que se discuten en el país están en mayor o menor grado supeditados o atravesados por la cuestión de la deuda, todavía resuenan las palabras de suma actualidad: “esta deuda se torna políticamente explosiva y no quiero para la Argentina el destino de la cándida Eréndira, la suerte de esa muchacha que narra García Márquez, que debía ofrecer su cuerpo once ves y media por día para poder pagar la deuda que su desalmada abuela le impusiera de manera absolutamente arbitraria y despótica”. (Cafiero, 2011: 413)            
Al fin y al cabo, el liberalismo económico representa la justificación doctrinaria de los países centrales en pos de satisfacer sus intereses (fundamentalmente los de Inglaterra), y someter a los países dependientes, manteniéndolos en el primitivismo agropecuario. El liberalismo adoptado por los países coloniales y semi-coloniales es una ideología de la dependencia. Así, los intereses del imperialismo británico colisionan con los nacionales. No obstante, la oligarquía argentina hizo suya esa idea y constituyó las bases de una Argentina dependiente que recién con la llegada del peronismo se va romper. 
            La Revolución Nacional peronista es considerada como una “reacción anti-liberal”, en tanto se sustenta en un modelo nacional que propugna la independencia económica, la garantía de la justicia social y la soberanía política “en oposición a los tradicionales esquemas liberal-cosmopolitas”. (Cafiero, 1974[5]: 303) El liberalismo se adopta en tanto doctrina con pretensiones universales, sin tener en cuenta las particularidades para el impulso del desarrollo nacional, sino más bien responde al interés de los países centrales, fundamentalmente Inglaterra.
La Revolución nacional no se basa en esquemas abstractos, sino que parte del análisis de la realidad y crea un modelo propio para el impulso del desarrollo, y la realización de las “tres banderas”. La formación de una clase dirigente y pensadores que piensen más allá de los moldes prefijados, que piensen en términos nacionales, resulta esencial para dejar de la dependencia. Dejar de pedirle “permiso” al extranjero para expresar nuestra propia voz. No existe independencia y por consiguiente soberanía si un gobierno no puede trazar y realizar una política autónoma que impulse el desarrollo nacional y la ruptura de la dependencia.

Bibliografía
Cafiero, Antonio. (1974). De la economía social-justicialista al régimen liberal-capitalista. Buenos Aires: Eudeba.
Cafiero, Antonio. (1995). El peronismo que viene. Buenos Aires: Nuevo Hacer.
Cafiero, Antonio. (2011). Militancia sin tiempo. Mi vida en el peronismo. Buenos Aires: Planeta.
Cafiero, Santiago y Lohlé, Ignacio (comp.). (2017). La independencia económica. El pensamiento de Antonio Cafiero. Buenos Aires: Punto de Encuentro.


[1] Acerca de las posturas del Partido Socialista y la figura de Juan B. Justo se recomienda el libro de Jorge Enea Spilimbergo: Juan B. Justo y el Socialismo cipayo.
[2] Recordemos que el organismo es conformado luego de la Segunda Guerra Mundial y que el peronismo a lo largo de todo su gobierno se niega a ingresar al mismo. El ingreso al organismo se da luego del derrocamiento del peronismo.
[3] Mario Rapoport es quien encuentra ese documento en la Embajada norteamericana en la década del 80.
[4] Vale destacar que por entonces Cafiero contaba con tan solo 26 años.
[5] Cabe destacar que este libro: “De la economía social-justicialista al régimen liberal-capitalista”, fue secuestrado y quemado en el 76 por orden del Capitán de Navío Francisco Suárez Botttán.

lunes, febrero 18, 2019

LEOPOLDO LUGONES (1874 - 1938). A 81 años de la muerte del escritor argentino Leopoldo Lugones, la experta en su obra, Graciela Perrone nos cuenta sobre la gloria y repudio que supo cosechar el autor, que puso fin a su vida el 18/2/1938.

Leopoldo Lugones, una vida de luces y sombras.

A 81 años del suicidio del escritor argentino, la experta en su obra, Graciela Perrone, ex directora de la Biblioteca Nacional del Maestro, nos cuenta más sobre la gloria y repudio que supo cosechar el autor, de quien todavía se especulan las causas por las que decidió poner fin a su vida, el 18 de febrero de 1938.

¿Engaño amoroso, vergüenza social, repudio antidemocrático, la página en blanco? Muchas son las especulaciones de por qué se suicidó el escritor argentino, Leopoldo Lugones. Al momento de su muerte, había dejado sobre la mesa media botella de whisky, un artículo inconcluso y una carta que decía: “No puedo terminar el libro sobre Roca. Basta”. En El Tropezón, una pensión de la localidad de Tigre, sus pupilas comenzaron a dilatarse, la piel perdió temperatura y aumentó el ritmo cardíaco. Luego llegó la sensación de ahogo y quemazón. Las pulsaciones se volvieron lentas, y los labios, la cara, las extremidades se tornaron azulados. Lugones había bebido un vaso de whisky con cianuro y, así, puso fin a su vida, el 18 de febrero de 1938.
64 años antes de ese momento, Lugones había nacido en el norte de la provincia de Córdoba, el 13 de junio de 1874. Desde joven tuvo inquietudes intelectuales y políticas, lo que hizo que, hacia mediados de la década de 1890, organizara uno de los primeros clubes donde se discutieron muchas de las ideas socialistas del momento. En Buenos Aires, ya casado, fundó con José Ingenieros el diario La montaña y, desde allí, criticaron las ideologías de la política de Juan B. Justo.
Paralelamente, nació su vocación de escritor: compuso poesías, cuentos, relatos, ensayos y una novela. Entre ellos: La guerra gauchaOdas secularesRomances del río Seco; conferencias dedicadas al gaucho y al Martín Fierro, que se publicaron en 1916 con el título El payador, reivindicando al gaucho como una figura cantora y alegre, alejándose del gaucho de la queja de José Hernández. Su única novela fue El ángel de la sombra.
A la vez, y a partir de su prolífica obra, Lugones se convirtió en uno de los primeros en inaugurar el modernismo literario en Buenos Aires: aquella revitalización de la literatura que acompañaba el crecimiento urbano de la ciudad. El autor trabajó por la renovación y enriquecimiento del lenguaje, inspirado en el simbolismo europeo, como la obra de Victor Hugo. Por otra parte, todo el contexto histórico que le tocó vivir estuvo atravesado por la pregunta sobre la identidad argentina. Por eso creyó más que necesario construir un idioma nacional. Para él, la lengua era una de las cuestiones más importantes de la nacionalidad.
El rol de la escritor y el destino de la nación siempre fue un vínculo presente en muchos de sus poemas. Por ejemplo, “La voz contra la roca” -publicada en su libro Las montañas de oro (1897)-, expresa la llegada de un poeta, un “héroe elegido por Dios”, para transmitir su mensaje al pueblo: el devenir del nuevo mundo. Borgesfue uno de los primeros en posicionar a Lugones como uno de los escritores imprescindibles de la literatura argentina.
Por otro lado, fue repudiado por sus ideas fascistas y antidemocráticas, al apoyar el golpe de Estado que fue encabezado por el general José Félix Uriburu. Lugones había bendecido la llamada “Hora de la espada” la que, para muchos de sus seguidores y contemporáneos, cobró más fuerza que su pluma.
Sobre su propio tiempo y el gobierno de Uriburu, Lugones expresó: “Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada... Pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe predestinado, es decir, al hombre que manda por su derecho de mejor, con o sin ley, porque esta, como expresión de potencia, confúndese con su voluntad. (...) El ejército es la última aristocracia, vale decir la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica”.
Más allá de las sombras que todavía pesan sobre la figura del escritor, sus luces literarias continúan brillando. Tal vez, en ciertos aspectos, la fortaleza de su pluma sigue conservando más poder que sus ideas de espada. A continuación, Graciela Perrone -socióloga, exdirectora de la Biblioteca Nacional de Maestros durante 25 años y experta en la obra de Leopoldo Lugones- nos acerca más a los vaivenes de la vida intelectual del autor, por quien hoy, cada 13 de junio, día de su nacimiento, se continúa celebrando el Día del Escritor.

-¿Cómo definirías la obra de Lugones?

-Lugones es un hombre hipertextual que construye su camino como escritor, político, educador, filólogo, bibliotecario y más. Desde su universo lector que comienza en las serranías de Ojo de Agua, transita vanguardias y los más diversos géneros literarios e ideologías. Su vida vertiginosa rueda impulsada por pasiones, mística y tensiones. Su mente brillante piensa con la ilusión de nuevos hombres y sociedades con educación, libros, un idioma popular y libertades, pero da traspiés que lo llevan a ostracismos sin retorno. Definir la obra de Lugones no solo abarca su producción literaria, sino sus tareas y escritos como burócrata de la educación y las innovaciones realizadas en la biblioteca que dirigió por 23 años para ofrecer libros y lecturas a los niños, docentes y ciudadanos que concurrían con asiduidad. No muchos lectores, críticos e investigadores de su prolífera pluma conocen las múltiples facetas de este hombre de acción, que en una suerte de constelación de vidas paralelas, mientras dirige la Biblioteca Nacional de Maestros, puede diseñar una reforma para la educación secundaria argentina, viajar como conferencista renombrado al exterior,  representar a la ciencia argentina en Europa, escribir “El ejército de la Ilíada”, “Las horas doradas”, “El payador y cuentos fatales”, “El tamaño del espacio”, “El ángel de las sombras” y “La Grande Patria”, progresivamente volcarse a los incipientes fascismos europeos y proclamar la fatídica “Hora de la espada”.

La vanguardia de Lugones

Su obra quiere ser fundadora de una vanguardia literaria que supere la herencia hispanista y el modernismo de allende los mares y siente precedentes para el comienzo de la literatura moderna en nuestro país, con un castellano rioplatense que siente las bases semánticas de una patria grande.
Lugones es lectura devenida en escritura y acción. Sus ideas escriben políticas públicas en educación y arengas políticas. Como lo demuestran los materiales de su biblioteca privada, pone sus lentes en cuanta temática clásica o innovadora que llega a sus manos elegida cuidadosamente. Pero esa pasión por el conocimiento universal y nativo lo convierte también en un difusor de ideas como conferencista o catedrático, en un lector y escritor que piensa en los futuros lectores, cuando inaugura la sección infantil de la Biblioteca.
La obra de Lugones es prolífera en géneros y temáticas. Su prosa, su métrica y sus metáforas se entrecruzan con sus escritos, artículos y ensayos políticos que comienzan con su visión socialista desde el periódico La Montaña, sigue con La Tribuna integrándose “al orden conservador”, publica Mi beligerancia como último libro de inspiración republicana y comienza su giro hacia el fascismo con La grande Argentina y La patria fuerte.
Paralelamente, da rienda suelta a la narrativa, la poesía, la ciencia ficción, las historias biográficas, la lírica gauchesca, los estudios filológicos y su elevación del Martín Fierro como obra emblemática de la identidad nacional. Dos vértices de su escritura describen su intimidad amorosa: la obra de estilo recatado que dedica a su esposa, El libro fiel, y los poemas y cartas enviadas secretamente a su primera amante “Aglaura” donde Lugones libera el estilo de su pluma y abre su corazón a otro tipo de pasión. No hay genética de texto que lo explique.

-A diferencia de cómo fue recibido en su época, ¿creés que hoy es un autor un tanto olvidado?

-A pesar de que fue un escritor que marcaba su paso poniendo en jaque la influencia del hispanismo, generando obras de vanguardia que más tarde serían criticadas por los nuevos popes de la literatura argentina, Lugones es actualmente un autor muy olvidado para el lector en general. No está en la literatura que se lee en las escuelas. Por supuesto está presente en la universidad, la academia y en menor grado en la investigación. Las escuelas de literatura latinoamericana en el exterior lo estudian como literato y como fenómeno del “entre siglo” por su interés en la ciencia, el teosofismo y otras corrientes espiritualistas. Se encuentra en los catálogos de muchas bibliotecas, pero no se ven reediciones en los anaqueles de las librerías, no están sus obras completas, más allá de algunos intentos personales de expertos que han publicado parte de su obra. La soledad de su destierro intelectual y el encasillamiento de su figura por su viraje ideológico echaron sombra sobre el brillo literario de su prolífera pluma.

-Borges fue uno de los primeros en aclamar a Lugones como un gran escritor. ¿Por qué pensas que no logró superar las barreras del tiempo como sí hizo el autor de El Aleph?

-Para que los escritores logren superar las barreras del tiempo, sus obras deben trascender, deben tener compromiso con la realidad de su época y, por supuesto, un sello peculiar en su estilo y cadencia semántica que movilice al lector. Ambos Borges y Lugones superan esos cánones, además comparten zodíacos inventados por sus propios personajes, babeles, palabras y lecturas comunes. Pero en la cronología real, están separados por una placa generacional. Es que una pulsión muy diferente rigió sus vidas. Borges lee y escribe desde una biblioteca universal, desde una mixtura de mitologías y vivencias culturales que conforman un intelecto exquisito.
Lugones tiene calle, toma riesgos con su palabra y su hacer. Borges cabalga sobre Lugones como contra vanguardia para poder ser la nueva pluma argentina y desde allí se genera un movimiento de crítica a su sello literario que lo desgasta ante sus coetáneos. Finalmente Borges reconoce a Lugones como un maestro de las letras argentinas, pero Lugones muere y queda en el olvido sin historiografía que lo reescriba. Colaboró además una muerte grandilocuente que lo condena a no seguir escribiendo. En El Hacedor, Borges escribe su fantasía de visitarlo en su despacho para entregarle su última obra. ¿Qué hubiera sucedido con la obra de Lugones si él hubiera seguido con vida y continuado escribiendo? ¿Habrían ambos compartido el podio?

-¿Por qué deberíamos seguir leyéndolo? ¿Cuál es su actualidad? ¿Todavía puede decirnos algo?

-Por las mismas razones que se leen a quienes han marcado un giro en las vanguardias literarias, porque tiene obras para todos los gustos literarios. Y no hablo solo de su producción literaria, sino de sus otros escritos, artículos e informes. Quizás la densidad de su prosa y su frondoso vocabulario resulte un poco anticuado y un poco lejos de los estilos que hoy atraen a los lectores. Lugones puede decirnos que la lectura nos puede llevar a mundos inesperados fantásticos y reales, que la lectura nos compromete con nuestra realidad, y que debemos leer para hacer.

-Como toda persona que deja un legado a partir de su obra, hay muchos matices de luces y sombras. ¿Cuáles creés que son esos lugares de oscuridad en la vida y obra del autor?

-Los virajes ideológicos expresados en escritos y acciones hicieron que sus admiradores se convirtieran en enemigos. La decepción por no concretar sus anhelos de poder llegar a generar cambios en su patria, ya sea por su pluma o su participación política, provocó una severa depresión, agravada quizás por las actitudes de su hijo Leopoldo, que arrasó con su vida privada, fue pederasta y violador, y como Inspector General de la Policía introdujo nuevas formas de tortura como la picana eléctrica. ¿Sombras en su obra? Eso dependerá de la lente con que lo mida el experto o la apreciación que sienta el lector. Borges pensaba que mucha de la prosa lugoniana todavía no se había desprendido de la influencia hispanista, y tenía un tinte anticuado, aunque aseveraba que su obra en conjunto era una de las mayores aventuras del idioma español.

-¿Una recomendación para quienes todavía no leyeron la obra de Lugones?

-Me gusta Las fuerzas extrañas; Cuentos fatales; Romances del Río Seco; Lunario sentimental; El ángel de las sombra, y su poemario romántico. Recomiendo que busquen sus obras en la Biblioteca Digital de la Biblioteca Nacional de Maestros.