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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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jueves, marzo 12, 2026

12 de marzo de 1813: el escudo fue aceptado oficialmente el 12 de marzo de 1813 por la Asamblea General Constituyente de ese año.


El escudo de la Argentina es —junto con la bandera de la Argentina, el Himno Nacional Argentino y la escarapela de Argentina— uno de los cuatro símbolos nacionales de la República Argentina.

12 de marzo de 1813: el escudo fue aceptado oficialmente el 12 de marzo de 1813 por la Asamblea General Constituyente de ese año.

DIA DEL ESCUDO NACIONAL (SÍMBOLO PATRIO).

Es reprodución del sello que el 12 de marzo de 1813 empleara la Soberana Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, para autenticar los actos gubernamentales.

 Aun así, se conservan documentos emitidos por la Asamblea que testimonian que antes de conocerse el decreto que aprobara su diseño ya se empleaba el actual escudo, habiéndose utilizado con anterioridad a este el escudo de armas del Virreinato del Río de la Plata.

La Asamblea del Año XIII comisionó al diputado por San Luis, Agustín Donado para que se encargara de la confección del sello con el cual se autenticaría la documentación del Gobierno, el grabado definitivo de tal sello fue realizado por el orfebre peruano Juan de Dios Rivera (1760-1843).

De clara influencia incaica, que se debe al verdadero origen indígena del artista que realizó el burilado del sello de la asamblea de 1813, Juan de Dios Rivera, cuyo nombre incaico era Quipto Tito Aphauti Concha Túpac Huáscar Inca.

"Forma visible de todo ello es nuestro escudo cívico, donde las manos entrelazadas de la fraternidad sostienen el gorro frigio de la libertad, sobre una línea recta de igualdad, divisoria del campo ovalado, cuyo círculo es de justicia. Y todavía tiene símbolos de paz en los olivos, símbolos de gloria en los laureles, símbolos de fuerza en las armas, símbolos de nuestra propia vida en el dorado sol naciente" (de Blasón de Plata de Ricardo Rojas).

martes, julio 29, 2025

Ricardo Rojas y el fervor patriótico.

Ricardo Rojas y el fervor patriótico.

Por Diego Barovero.

Ricardo Rojas nació en Tucumán el 16 de septiembre de 1882. Su padre, Absalón Rojas, era por entonces gobernador de Santiago del Estero y miembro de una de las familias más tradicionales de la provincia. Ricardo pasó allí su niñez y realizó sus primeros estudios, egresando como bachiller del Colegio Nacional, en 1898.

Luego del fallecimiento de Absalón, la familia se trasladó a Buenos Aires, donde residió el resto de su vida. En 1913, Ricardo Rojas se casó con la hija del gobernador de Tucumán, Julieta Quinteros.

A los 15 años comenzó a publicar artículos y poemas en los periódicos de Santiago del Estero y, radicado en Buenos Aires, dio a conocer su trabajo a través de la revista "Ideas" de Manuel Gálvez y Ricardo Olivera. Con ella se proponía "la gestación de un ideal para el pueblo argentino". Además de escribir notas para el periódico "El País", de Carlos Pellegrini, colaboró con la revista "Caras y Caretas" y el diario "La Nación". Sus trabajos fueron reproducidos en periódicos y otras publicaciones de España y América del Sur.

Comenzó la carrera de abogacía pero la dejó inconclusa absorbido por su trabajo literario. Su primer libro se llamó "La victoria del hombre" (1903), con prólogo de Carlos Guido y Spano y del español Miguel de Unamuno.

En los años 1907 y 1908 como funcionario del Ministerio de Instrucción Pública, viajó a Europa para estudiar el régimen de la educación histórica en las escuelas del Viejo Mundo. Durante su estadía publicó "El alma española". A su regreso presentó un informe que llevó el título de "La restauración nacionalista". El gobierno lo editó como informe oficial y fue distribuido gratuitamente en las escuelas; en él incluyó orientaciones para el adoctrinamiento cívico que debía realizarse desde las instituciones educativas.

GENERACION DEL CENTENARIO.

Rojas integró la llamada "generación del Centenario", compuesta por jóvenes escritores avezados, con formación intelectual disímil, pero con la firme idea de encender el fervor patriótico del argentino medio. Aplaudían la labor de sus progenitores, pero les reprochaban algunos de los resultados (cosmopolitismo, pérdida de la identidad) que esa obra provocó en país. En tal sentido, los escritos de esos intelectuales estuvieron encaminados a la investigación acerca de los orígenes y la conformación de la argentinidad. Las obras de Rojas: Blasón de plata (1912), La argentinidad (1916), Eurindia (1924), entre otras; tendían a exaltar el orgullo nacional y la fusión de la cultura americana y europea.

A pesar de no haber concluido sus estudios universitarios, su prestigio intelectual lo habilitó como docente universitario. Fue profesor de Literatura Española en la Universidad Nacional de La Plata y el primer profesor de Literatura Argentina en la Universidad Nacional de Buenos Aires; miembro de sociedades científicas como la Academia Real de Letras de Madrid, la Sociedad Hispánica de los Estados Unidos de Norteamérica, la Sociedad de Historia y Numismática de Buenos Aires, y el Consejo Académico de la Universidad de La Plata.

En 1926, fue elegido Rector de la Universidad de Buenos Aires, cargo que desempeñó hasta 1930. Fundó el Instituto de Literatura y el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, del Gabinete de Historia de la Civilización y de la Escuela de archivistas, bibliotecarios y técnicos para el servicio de Museos. Recibió el Premio Nacional de Letras por su Historia de la literatura argentina.

Durante su estadía en Europa, conoció a destacados escritores americanos y europeos con los que entabló relación. Entre ellos se encontraba el nicaragüense Rubén Darío -cónsul de su país en París- quien relató que solía frecuentarse con Ricardo Rojas. En otro viaje a Gran Bretaña, Darío relató en su Autobiografía que: "(...) pasé con el poeta Ricardo Rojas horas de intelectualidad y cordialidad en una villa llamada "La Pagode", donde nos hospedaba un conde ocultista y endemoniado, que tenía la cara de Mefistófeles. Ricardo Rojas y yo hemos escrito sobre esos días extraordinarios, sobre nuestra visita al Manoir de Boultous, morada del maestro de las imágenes y príncipe de los tropos, de las analogías y de las armonías verbales, Saint-Pol-Roux, antes llamado el Magnífico".

Mantuvo encuentros con el filósofo José Ortega y Gasset cuando en 1916 visitó la Argentina para desarrollar un ciclo de conferencias en Buenos Aires y otras provincias y también durante sus otras visitas en 1928 y 1939. También se vinculó con el intelectual y político español Ramiro Maeztu y Whitney -a quien conoció durante su estadía en Londres-, designado embajador en Buenos Aires por el gobierno de Primo de Rivera, en 1928.

Rojas era amante del teatro. En 1910, durante la conmemoración del Centenario, se estrenó en el Teatro Colón su "Oratorio laico" con música de Pascual de Rogatis. En 1930, su drama histórico "Elelín", inspirado en la llegada de conquistadores españoles desde Perú hacia Santiago del Estero en el siglo XVI, se estrenó en el Teatro Ateneo. Otras obras que llegaron al teatro fueron La casa colonial (1932); Ollantay (1939) y La salamanca (1943). Los años de la década del treinta luego del primer golpe de Estado que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, encuentran a Ricardo Rojas decididamente volcado a la acción política desde el radicalismo en el que militará el resto de su vida, llegando a ser presidente de su Convención Nacional (1948).

El Centro de Derecho y Ciencias Sociales lo propuso en 1953 como candidato al Premio Nobel de Letras, solicitud que fue apoyada por varias universidades de América.

La casa de Ricardo Rojas en Buenos Aires no estuvo desvinculada de sus concepciones. Contrató en 1927 al arquitecto Angel Guido y le hizo construir una morada de arquitectura neocolonial, dispuesta en una sola planta alrededor de un gran patio central al que dan las habitaciones principales y con una fachada idéntica a la Casa Histórica de Tucumán. Tanto la arquitectura como el mobiliario y los artefactos decorativos, están adornados con motivos hispanoamericanos. En esa casa culminaron los días de Ricardo Rojas el 29 de julio de 1957.

Por Diego Barovero.
* Vicerrector del Colegio Nacional de Buenos Aires. Presidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano.

Publicado en LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/Ricardo-Rojas-y-el-fervor-patriotico-518427.note.aspx

viernes, junio 27, 2025

Ricardo Rojas definiendo el significado de la palabra RADICAL.


Ricardo Rojas, nuestro más grande intelectual, definiendo el significado de la palabra RADICAL.
"La palabra Radical, en nuestra lengua, proviene de la voz latina radix, que significa raíz.
Es la raíz el órgano de la planta que se hunde humilde y firmemente en la tierra para alimentar al árbol que crece hacia la luz, haciendo, con sus jugos nutricios, leña útil en el tronco, sombra amiga en el follaje y simiente prolífera en el fruto.
De esa misma etimología (radix, radicis) –derivan otras voces tales como raigal, sinónimo de radical; radicar, sinónimo de arraigar; y raigambre, conjunto de raíces unidas entre sí, con lo cual se ahincan más tenaces en la tierra.
Por traslación figurada, raíz puede significar, asimismo, tanto como sustentáculo, pie, base y origen de las ideas o las cosas. Cuando decimos bien raíz, nombramos a la tierra con todo lo en ella edificado y plantado. Así se han formado ciertas frases usuales, como echar raíz, que es persistir, y arrancar de raíz, que es descuajar. Por análogas metáforas, se llama raíz o radical: en matemáticas, al número que se potencia por sí mismo para dar otro determinado; en química, a un grupo de átomos que es la base de otros cuerpos; en gramática, a la parte esencial de un vocablo, separada de sus prefijos y sufijos.
Todos esas imágenes van implícitas en la palabra Radical, que los diccionarios definen como “lo perteneciente o relativo a la raíz” y, figuradamente, como “lo fundamental o de raíz”, según lo son las cosas de la tierra, de la raza, del pueblo, fundamentos de origen o subsistencia para una Nación.
En virtud de ello los léxicos dan también la acepción que dicho nombre ha tomado en la política de los pueblos modernos, y el de la Real Academia la define así:
RADICAL----- Partidario de reformas extremas, especialmente en el sentido democrático.
Pues el Radicalismo tiene su raíz en el pueblo y quiere arrancar de raíz las instituciones, costumbres e ideas nocivas al pueblo.
Cuando digo pueblo -----palabra tan vituperada por los oligarcas y tan explotada por los demagogos ----- entiendo referirme, no a la sociedad con sus clases estáticas ni a la muchedumbre con sus pasiones dinámicas, sino a lo que el viejo derecho llamaba “el común”, conjunto de seres humanos que necesitan vivir espiritual y corporalmente unidos en la biología y en la historia por la comunidad del suelo y de las instituciones”.
 Publicado en Historia UCR / Facebook

domingo, junio 08, 2025

LA FRASE DEL DÍA DE HOY: RICARDO ROJAS.


 Ricardo Rojas (San Miguel de Tucumán, 16 de septiembre de 1882 - Buenos Aires, 29 de julio de 1957).

 Tucumano por su lugar de nacimiento, por su linaje materno y por parte de su crianza en su niñez y juventud; por linaje paterno provenía de una de las familias más influyentes de la ciudad de Santiago del Estero. Hijo de Absalón Rojas y de la tucumana Rosario Sosa Sobrecasas.

martes, julio 26, 2022

Ricardo Rojas y el fervor patriótico por DIEGO BAROVERO.

 


Ricardo Rojas nació en Tucumán el 16 de septiembre de 1882. Su padre, Absalón Rojas, era por entonces gobernador de Santiago del Estero y miembro de una de las familias más tradicionales de la provincia. Ricardo pasó allí su niñez y realizó sus primeros estudios, egresando como bachiller del Colegio Nacional, en 1898.

Luego del fallecimiento de Absalón, la familia se trasladó a Buenos Aires, donde residió el resto de su vida. En 1913, Ricardo Rojas se casó con la hija del gobernador de Tucumán, Julieta Quinteros.

A los 15 años comenzó a publicar artículos y poemas en los periódicos de Santiago del Estero y, radicado en Buenos Aires, dio a conocer su trabajo a través de la revista "Ideas" de Manuel Gálvez y Ricardo Olivera. Con ella se proponía "la gestación de un ideal para el pueblo argentino". Además de escribir notas para el periódico "El País", de Carlos Pellegrini, colaboró con la revista "Caras y Caretas" y el diario "La Nación". Sus trabajos fueron reproducidos en periódicos y otras publicaciones de España y América del Sur.

Comenzó la carrera de abogacía pero la dejó inconclusa absorbido por su trabajo literario. Su primer libro se llamó "La victoria del hombre" (1903), con prólogo de Carlos Guido y Spano y del español Miguel de Unamuno.

En los años 1907 y 1908 como funcionario del Ministerio de Instrucción Pública, viajó a Europa para estudiar el régimen de la educación histórica en las escuelas del Viejo Mundo. Durante su estadía publicó "El alma española". A su regreso presentó un informe que llevó el título de "La restauración nacionalista". El gobierno lo editó como informe oficial y fue distribuido gratuitamente en las escuelas; en él incluyó orientaciones para el adoctrinamiento cívico que debía realizarse desde las instituciones educativas.

GENERACION DEL CENTENARIO.

Rojas integró la llamada "generación del Centenario", compuesta por jóvenes escritores avezados, con formación intelectual disímil, pero con la firme idea de encender el fervor patriótico del argentino medio. Aplaudían la labor de sus progenitores, pero les reprochaban algunos de los resultados (cosmopolitismo, pérdida de la identidad) que esa obra provocó en país. En tal sentido, los escritos de esos intelectuales estuvieron encaminados a la investigación acerca de los orígenes y la conformación de la argentinidad. Las obras de Rojas: Blasón de plata (1912), La argentinidad (1916), Eurindia (1924), entre otras; tendían a exaltar el orgullo nacional y la fusión de la cultura americana y europea.

A pesar de no haber concluido sus estudios universitarios, su prestigio intelectual lo habilitó como docente universitario. Fue profesor de Literatura Española en la Universidad Nacional de La Plata y el primer profesor de Literatura Argentina en la Universidad Nacional de Buenos Aires; miembro de sociedades científicas como la Academia Real de Letras de Madrid, la Sociedad Hispánica de los Estados Unidos de Norteamérica, la Sociedad de Historia y Numismática de Buenos Aires, y el Consejo Académico de la Universidad de La Plata.

En 1926, fue elegido Rector de la Universidad de Buenos Aires, cargo que desempeñó hasta 1930. Fundó el Instituto de Literatura y el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, del Gabinete de Historia de la Civilización y de la Escuela de archivistas, bibliotecarios y técnicos para el servicio de Museos. Recibió el Premio Nacional de Letras por su Historia de la literatura argentina.

Durante su estadía en Europa, conoció a destacados escritores americanos y europeos con los que entabló relación. Entre ellos se encontraba el nicaragüense Rubén Darío -cónsul de su país en París- quien relató que solía frecuentarse con Ricardo Rojas. En otro viaje a Gran Bretaña, Darío relató en su Autobiografía que: "(...) pasé con el poeta Ricardo Rojas horas de intelectualidad y cordialidad en una villa llamada "La Pagode", donde nos hospedaba un conde ocultista y endemoniado, que tenía la cara de Mefistófeles. Ricardo Rojas y yo hemos escrito sobre esos días extraordinarios, sobre nuestra visita al Manoir de Boultous, morada del maestro de las imágenes y príncipe de los tropos, de las analogías y de las armonías verbales, Saint-Pol-Roux, antes llamado el Magnífico".

Mantuvo encuentros con el filósofo José Ortega y Gasset cuando en 1916 visitó la Argentina para desarrollar un ciclo de conferencias en Buenos Aires y otras provincias y también durante sus otras visitas en 1928 y 1939. También se vinculó con el intelectual y político español Ramiro Maeztu y Whitney -a quien conoció durante su estadía en Londres-, designado embajador en Buenos Aires por el gobierno de Primo de Rivera, en 1928.

Rojas era amante del teatro. En 1910, durante la conmemoración del Centenario, se estrenó en el Teatro Colón su "Oratorio laico" con música de Pascual de Rogatis. En 1930, su drama histórico "Elelín", inspirado en la llegada de conquistadores españoles desde Perú hacia Santiago del Estero en el siglo XVI, se estrenó en el Teatro Ateneo. Otras obras que llegaron al teatro fueron La casa colonial (1932); Ollantay (1939) y La salamanca (1943). Los años de la década del treinta luego del primer golpe de Estado que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, encuentran a Ricardo Rojas decididamente volcado a la acción política desde el radicalismo en el que militará el resto de su vida, llegando a ser presidente de su Convención Nacional (1948).

El Centro de Derecho y Ciencias Sociales lo propuso en 1953 como candidato al Premio Nobel de Letras, solicitud que fue apoyada por varias universidades de América.

La casa de Ricardo Rojas en Buenos Aires no estuvo desvinculada de sus concepciones. Contrató en 1927 al arquitecto Angel Guido y le hizo construir una morada de arquitectura neocolonial, dispuesta en una sola planta alrededor de un gran patio central al que dan las habitaciones principales y con una fachada idéntica a la Casa Histórica de Tucumán. Tanto la arquitectura como el mobiliario y los artefactos decorativos, están adornados con motivos hispanoamericanos. En esa casa culminaron los días de Ricardo Rojas el 29 de julio de 1957.

* Vicerrector del Colegio Nacional de Buenos Aires. Presidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano.

PUBLICADO EN DIARIO LA PRENSA.

jueves, junio 04, 2020

Padre de la Patria, su legado. Lic. Manuel Belgrano *

Padre de la Patria, su legado.


Lic. Manuel Belgrano *
Desde mi triple condición de argentino, de presidente del Instituto Nacional Belgraniano y descendiente del general Manuel Belgrano, agradezco con profunda emoción patriótica este sentido homenaje que el histórico diario La Prensa le rinde al prócer en ocasión de cumplirse los doscientos años de su fallecimiento y el 250º aniversario de su natalicio, en el presente año 2020.
Fue tan amplia, tan decisiva y multifacética su participación en nuestra historia patria, que resulta difícil enmarcarlo en una categoría abarcativa de su acción.

Ideólogo de Mayo, creador de nuestra bandera y escarapela nacional, generaltriunfante en las guerras por la independencia americana, son méritos gloriosos que aún no acaban por describirlo plenamente.

Belgrano fue un hijo ejemplar, un intelectual brillante, un jurista de nota, el primer economista, ecologista y educador; también el primer constitucionalista, impulsor de la agricultura, la ganadería, la industria, el comercio, promotor del seguro y la marina mercante; dignificador del rol de la mujer, periodista, traductor, diplomático. Tal versatilidad no respondía a un afán personal. Es evidencia de su clamor: ``Deseo ardorosamente el mejoramiento de los pueblos. El bien público está en todos los instantes ante mi vista'', dijo.

Todo lo había dado en beneficio de los demás haciendo paradigmática su labor como funcionario público. ``Sirvo a la patria sin otro objeto que el de verla constituida, ése es el premio al que aspiro'', supo decir. Así, sus premios pecuniarios los donó para fundar escuelas y la mitad de sus sueldos para aliviar al erario del Estado.
Padre y maestro inmortal de la argentinidad que, como recordara su primer biógrafo Mitre ``cumplió con su deber en grado heroico y encontró la gloria sin buscarla, en medio de la adversidad y del olvido''. No en vano Manuel había dicho ``no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria''. Con la propia vida arrostró los peligros de sostener tales ideales y dio fe de la veracidad de sus dichos.
Como corolario, quiero recordar la invocación del Doctor Ricardo Rojas, en una conferencia dictada en la Universidad de Buenos Aires el 18 de junio de 1920, con motivo del centenario del fallecimiento de Belgrano. R. Rojas, culpa a los argentinos, por no  tributarle las honras merecidas por sus hazañas y sus sacrificios. Intenta hablar con Belgrano y escribe acerca de `La visión de la apoteosis, o el mensaje del patriarca'.
La sombra del Patriarca le habló al poeta y le dijo: ``Yo amé a los extranjeros que a mi patria llegaban en las naves del mar, porque uno de ellos fue mi padre; yo inventé la bandera, para que los hijos de la inmigración, como yo, pudieran también amarla; yo amé a los indios, porque ellos eran el primer boceto de la humanidad en nuestra tierra, y ellos me pagaron aquel amor, secundándome en las hazañas; yo amé al artesano y al labriego, y por su liberación, trabajé desde los días del Consulado; yo respeté a los maestros y fundé escuelas, porque supe que la ignorancia, es el antro de toda fatalidad en la historia; yo amé a mis adversarios; yo abracé a Tristán, vencido, frente a mi tropa vencedora; yo recogí los muertos de mis batallas en una tumba común, y sobre sus restos, puse una cruz de amor en Castañares, confundiendo en un solo manto, de la Santa Tierra, a los combatientes de la víspera; yo no odié a España, donde me eduqué, sino a sus instituciones injustas, y quise superarlas por un ideal de justicia; yo perdoné a los gobiernos que me degradaron y a las muchedumbres que me desconocieron; yo entré en la lucha sin rencores, y cumplí mi deber con resignación, y mi agonía fue serena, porque nunca ambicioné poderes, ni premios, ni honores; yo comprendí desde temprano, que los hombres somos juguetes de una voluntad invisible, y que servimos mejor al destino de la vida, poniendo nuestra carne a quemar, no en el tizón de incendio de mezquinas pasiones, sino en la antorcha de fiesta de más permanentes ideales. La Patria, fue para mí una forma perfecta de esa religión de amor, y simbolicé mi propia vida, y mis ideales de amor, en los suaves colores de mi bandera. Si hay allí abajo, todavía, gente que siembra odios, diles, aunque me aclamen, que ellos me han olvidado''.

* Presidente del Instituto Nacional Belgraniano.

Publicado en Diario "La Prensa", 3 de Junio del 2020.

jueves, mayo 28, 2020

Doctor Ramón Carrillo por JORGE LUIS PELLEGRINI*

Cuando nuestro país vivía su Organización Nacional, se desplegaron ideas ligadas a viejas y nuevas influencias político-culturales. En el campo médico, académico y profesional convivían y rivalizaban distintas tradiciones de matriz europea, junto a experiencias nacionales nacidas antes de la Revolución de Mayo bajo el impulso de Manuel Belgrano. Esta influencia europea explica la renuencia de los gobiernos argentinos liberales de fines del siglo XIX y principios del XX (continuada por los gobiernos radicales) de integrarse a las iniciativas norteamericanas de ser parte en organismos sanitarios internacionales liderados por Washington.
El peso del Reino Unido, Francia y Alemania en la sociedad argentina tuvo correlato directo en nuestras Ciencias Médicas. Cuando el Dr. José Ingenieros –célebre psiquiatra y académico de pensamiento socialista– acompaña dos años al expresidente Julio A. Roca en su gira europea, a la vez concreta un deseo: el paso por cátedras y hospitales del Viejo Continente.
Ello implicaba el deseo de traer celebridades que participaran en el proceso fundacional de cátedras y centros de investigación. Así como el liberalismo profrancés había logrado la radicación de Paul Groussac (un organizador y sistematizador de la cultura argentina desde esa mirada) la llegada (1899) del gran Christofredo Jakob, reconocido profesor universitario alemán, posibilita la fundación de la neurobiología en nuestro país, y ese desarrollo en los actuales hospitales Borda y Moyano, echando las bases del conocimiento anatomopatológico de la psiquiatría y la psicología, de las cuales fue profesor titular en Buenos Aires. Braulio Moyano, José Ingenieros, José T. Borda, Alicia Moreau de Justo, Ramón Carrillo, entre otros, se formaron junto a él, aprovechando los avanzados desarrollos germánicos en dichas especialidades médicas.
Nuestra cultura siempre estuvo atravesada (colonizada dice Arturo Jauretche) por las corrientes europeas, y ello se expresó antes de la Primera Guerra Mundial en el debate sobre la participación o la neutralidad. Aliadófilos (probritánicos, profranceses) y germanófilos trataron que el gobierno de Yrigoyen enviara soldados argentinos al frente para apoyar a uno u otro de los bandos. Lo mismo se repitió en la Segunda Guerra, en que los aliadófilos sumaron corrientes pronorteamericanas y prosoviéticas. En ambos conflictos también hubo corrientes nacionales neutralistas que entendían esas guerras como una lucha entre imperios.

Cuando en 1930 Ramón Carrillo, 24 años, gana la beca de la Universidad Nacional de Buenos Aires para estudiar 3 años en Europa, sigue ese camino transitado por los más destacados médicos argentinos de la época. Estará dos años en Amsterdam (mayor centro de estudios neurológicos del mundo) con el famoso profesor Brower, quien le da su nombre a un descubrimiento clínico de Carrillo. En 1933 irá a la Salpêtrière (París, donde es apadrinado por el gran Nerio Rojas) y luego estará en octubre en Berlín. Además de sus escritos lleva sus libros de cabecera: José Pedroni, Roberto Arlt, José Ingenieros, Lugones, Alfonsina Storni, y la música de Atahualpa Yupanqui, cuyo “Caminito del indio” le había sido dedicado. Ya por entonces la neuroanatomía y la neurocirugía eran su foco de atención, y dirigía la Revista del Círculo Médico Argentino, mientras estudiaba la pintura argentina.
Su regreso a la Argentina lo vincula a la cátedra universitaria donde formará neurocirujanos de la talla de Christensen, Ortiz de Zárate y Mattera.

Su pensamiento nacional desde una mirada provinciana conocedora de lo que él llamó “el desmoronamiento del interior” lo acerca a Forja, a través de la lectura de Scalabrini Ortiz y su amistad con Homero Manzi, y los hermanos Discépolo.

A la salida de la Segunda Guerra, todo el sector aliadófilo que empujó el envío de tropas al frente, constituirá la Unión Democrática con el liderazgo del Embajador de EE. UU. Spruille Braden, para las elecciones de 1946. Carrillo desde su mirada nacional y neutralista se alinea con la fórmula Perón-Quijano.

Su gestión como primer Ministro de Salud de la Nación estuvo orientada por el principio de defensa de la Salud Pública, pilar de la Justicia Social, y la soberanía sanitaria. Fundó un sistema producto del movimiento del 17 de octubre de 1945. Jerarquizó el hospital público, hizo que el Estado fabricara medicamentos para su distribución gratuita, triplicó el número de camas hospitalarias. Fundó la arquitectura hospitalaria terminando con la disposición en pabellones, reflejo de mirar al hombre como un conjunto de aparatos y sistemas, para crear la estructura ”en peine” con amplios corredores y espacios comunes para la circulación y el encuentro, reflejando una mirada del ser humano como ser total. El hospital de General Roca, cuya construcción se paralizó en 1955 con el golpe militar y se retomó en 1958, es muestra de la adaptabilidad a los cambios que su arquitectura tuvo.

Se desarrollaron escuelas médicas de enorme valor científico, conocedoras de las necesidades reales de nuestro país. Para poner tan solo un ejemplo: la escuela quirúrgica de los hermanos Ricardo y Enrique Finochietto en el hoy destruido hospital Rawson, que formó a más de doscientos cirujanos de primer nivel distribuidos por el país. Fue la primera nación del mundo en erradicar el paludismo, con protocolos distintos de los establecidos por la OMS, la cual debió adoptarlos pese al rechazo que tenía contra Argentina y sus autoridades (ya entonces la politiquería era más fuerte que la Salud Pública).
Después del golpe del 55, se destruyó la obra y se desarmaron los equipos. El Dr. Carlos Alvarado, su mano derecha en ese plan, fue durante los siguientes 20 años director mundial de la lucha contra el paludismo e impuso los protocolos de Carrillo en todo el mundo. El Dr. Arturo Oñativia, otro compañero inseparable, fue ministro de Salud de don Arturo Illia y presentó el proyecto de ley nacionalizando la industria farmacéutica, una de las causas del golpe militar de 1966.
“Por los frutos conoceréis el árbol” y cuando la obra es tan inmensa suele suceder que se denigra al autor acallando su obra. Ya sucedía esto –y de un modo muy cruel– cuando Carrillo vivía. El humor fue el escudo que don Ramón esgrimió para protegerse. Cuando la defensora de los pueblos afroamericanos Josephine Baker visitó la Argentina (1949) venía de ser acusada por comunista en las vergonzosas comisiones senatoriales de Mc Carthy en EE. UU. En su encuentro con Carrillo le preguntó si había muchos negros en la Argentina. Socarronamente aquel ministro le contestó: “Señora, acá los dos únicos negros somos usted y yo”.
*Premio Mundial de Psiquiatría 2005/2008 por su defensa de los DD. HH. en Psiquiatría.
Publicado en Diario "Río Negro", jueves 28 de mayo del 2020.

viernes, marzo 13, 2020

13 de marzo de 1881: nace en Buenos Aires Enrique Finochietto, destacado médico, docente, investigador argentino.

Enrique Finochietto.



Dr. Enrique Finochietto (1881-1948)
De familia de inmigrantes genoveses nació en Buenos Aires el 13 de marzo de 1881. Fueron sus padres, Tomás Finochietto y Ana Chammas. Su figura, señera de la Cirugía en Argentina, dejó una estela de discípulos y también fue ejemplo para generaciones posteriores. Porteño de estilo y rango, cursó sus estudios primarios en la escuela Nicolás Avellaneda, y los secundarios en el Colegio del Salvador. “Se distinguió como buen alumno —dice Uriburu (1)- y si no fue brillante en todas las materias, sobresalió en ciencias y dibujo”. A los 16 años ingresó en la Facultad de Ciencias Médicas, como se denominaba entonces, y su vocación quirúrgica apareció desde el comienzo: disector de anatomía, trabajó como practicante del Hospital de Clínicas al lado de Alejandro Posadas y, tras su fallecimiento, de Marcelino Herrera Vegas.
Como practicante y junto a su condiscípulo Pedro Solanet —medalla de oro del curso—, publicó en 1903 su primer trabajo científico: Toxidermias yódicas. Luego se unió a Pedro Chutro en Esofagotomía externa y sus complicaciones, donde hacían alarde de una florida bibliografía francesa. Posteriormente seguiría su tesis de doctorado Pie bot varus equinus congénito, con esquemas, radiografía y un estilo conciso y claro. En esos años ilustró, a su vez, la tesis de Chutro sobre Fracturas de la extremidad inferior del húmero de los niños. Como premio a su labor artística, el autor le dedicó un ejemplar con las siguientes palabras: “a mi querido amigo el gordo Finochietto, compañero de compras, orquestas y otras yerbas”.
Ingresó como médico interno al Hospital Rawson, donde desarrollaría su perfeccionamiento y su escuela quirúrgica. Su primer viaje a Europa, en 1906, incidió favorablemente para tal fin. Volvería al viejo continente en 1918, en plena Primera Guerra Mundial, para trabajar en el Hospital Argentino de París, aún hoy vigente. Francia, agradecida, le otorgó el título de oficial de la Legión de Honor. (2)
Finochietto creó un estilo quirúrgico. Estilo quirúrgico es la mejor manera de hacer algo, no determinada manera. Asentadas definitivamente la anestesia, la antisepsia y la hemostasia, la cirugía moderna comenzaba a crecer y a instrumentarse. Precisamente, los instrumentos eran escasos (algunos de ellos aterraban por su aspecto), y sus inventores también lo eran. Finochietto fue uno de ellos. Él mismo decía: “La técnica quirúrgica no es inmóvil, su conocimiento se adquiere en forma continua y progresiva, en la tarea propia y ajena. Se siente de tiempo en tiempo hacer un alto para poner las cosas en orden con los hábitos y las posibilidades de un ambiente determinado”. Inventó el separador torácico con cremallera irreversible, que se utilizaría luego en todo el mundo. Al presentarlo, expresó (3):
“1º Este separador es de grandes dimensiones, adecuado para facilitar las maniobras en la profundidad de la cavidad torácica.

2º Las placas de apoyo están ampliamente fenestradas. Cuando el instrumento está aplicado y en tensión, los tejidos comprendidos en los límites de la ventana “hacen hernia”; lo cual impide que el instrumento se desplace.

3º La manivela es una palanca de 11 cm de largo; lo cual permite separar los bordes de la herida, sin gran esfuerzo. Algunas veces —sobre todo en los sujetos de edad avanzada— prodúcese una fractura incompleta y subperióstica de las costillas adyacentes, si es que no se las ha seccionado previamente. Además la manivela es articulada; de tal manera que —en cualquier posición— puede acostársela fuera delcampo operatorio, sin que haga relieve que pudiera estorbar las
maniobras.
4º La cremallera ofrece la particularidad de que no vuelve atrás”.
Además del esquema del instrumento, había detallado en pocas palabras su uso, complicaciones y practicidad.
En 1917 inventó el trépano eléctrico automático y luego haría lo propio con el estribo, llamado “de Finochietto”, que Chutro se encargó de difundir por Europa. También le daría forma al ecraseur y al cierra-nudos para la cirugía gastrointestinal, que facilitaba la hemostasia.
Como expresa Fernández, (4) es indudable que Finochietto no sólo había creado todo este instrumental, sino también un estilo. Sus discípulos lo destacaron como cirujano, (5) (6) como maestro de una escuela (7) y resaltaron la importancia de su consultorio y las “operaciones a domicilio” que, según su hermano Ricardo, había realizado en los 10 primeros años desde su graduación (1904-1913).(8) Desde la mirada de Zancolli, (9) “la Escuela Quirúrgica de Finochietto se inicia cuando se descubre un método particular de enseñar cirugía masivamente. Nacido por cerrado enlace desde dos impulsos: el estilo quirúrgico de Enrique Finochietto por un lado, y el método para reproducir dicho estilo por Ricardo Finochietto desde el otro. El método emerge así de la ligazón de dos virtudes generativas”.
En los días en que no operaba, acudía al famoso Pabellón IX del Hospital Rawson luego de haber pasado por el Sanatorio Podestá y se informaba de las novedades a través del jefe de clínica, su hermano Ricardo. Su tesis de profesorado fue Los métodos operatorios para la exclusión del píloro. No llegó a ser titular de Cirugía pero, ante su renuncia a la docencia, la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires lo designó Profesor Honorario. Su conferencia en 1924 sobre Los quistes hidatídicos en el pulmón le posibilitó el nombramiento como miembro de la Academia de Medicina de Madrid.
Nada de lo que fuera medicina le era ajeno. Nicolás Repetto, en su libro Mi paso por la medicina, relata que había aprendido a manejar el aparato de radioscopia en el servicio de Posadas, junto con Pedro Chutro, y tal era su espíritu zahorí que fue el primero en utilizar el bario como medio de contraste. (10)
Frecuentaba la amistad de Mario Bravo, Ricardo Rojas, Alberto Gerchunoff, Juan Pablo Echagüe, Emilio Becher, Charles de Soussens, Rodolfo Franco, Rogelio Yrurtia, Agustín Riganelli y muchos otros literatos y artistas. Pero era hombre de pocas palabras y poca ostentación. La sala de cirugía fue el laboratorio de este investigador que, como tal, era hombre humilde y concentrado. Las escasas palabras que empleaba eran las justas. También fue proverbial su generosidad: como otros grandes de la cirugía, afirmaba que el dinero de los enfermos debía volver a los enfermos. Así, todas las mejoras introducidas en su Pabellón IX del Rawson salieron del propio peculio. (11)
Murió el 17 de febrero de 1948. Al referirse a las intervenciones quirúrgicas, había sostenido que “en un momento determinado ese proceso de preparación, de ordenación y de puesta a punto se da por concluido. En ese momento se ve la operación con toda claridad, en todos sus detalles, como el pintor ve un cuadro antes de pintarlo”. Finochietto fue un artista plástico de la cirugía y vivió intensamente, tal el anecdotario que lo recuerda. (12), (13)
Julio de Caro (14) publicó un libro con numerosas ilustraciones, al que tituló El tango en mis recuerdos. Allí evoca las emotivas circunstancias que dieron motivo a la creación y posterior dedicatoria del tango Buen amigo. Corría el año 1924. En una mesa del desaparecido cabaret Chanteclair estaban sentados Pedro Chutro, Florencio Lezica y Enrique Finochietto. Escuchaban a la orquesta típica de un amigo común: Julio de Caro. En un intervalo llega un compañero de este último, solicitando ayuda para su mujer ante un grave trance en el momento del parto. De Caro, confundido, opta por pedir la ayuda de los médicos presentes. Todos concurren a la casa del amigo. Finochietto interna a la mujer en el Sanatorio Podestá y la opera con la ayuda de Chutro. La mujer se salva junto con su hijo. “Durante el trayecto a casa —cuenta De Caro—, evoqué tan doloroso episodio, y laxo como estaba, fui campo propicio para que me invadiera una sensación inexplicable… flotando entre este mundo… y el otro… de mi envoltura física, por esta transformación, cual si la hubiese colgado en un perchero, entrando maquinalmente en el departamento, me dirigí a una mesita, brotando así, de un tirón, el tango prometido, y seguidamente orquestado”. Lo estrenó al día siguiente y tuvo que repetirlo en varias oportunidades. Esa noche lo escuchó Finochietto. Ante su pregunta frente a la obra desconocida, De Caro le contestó: “Este es su tango, Don Enrique, se llama Buen amigo, porque usted es un buen amigo”.
Referencias
(1) Uriburu JV. Enrique Finochietto. Pequeña biografía de un gran hombre. La Prensa Médica Argentina. 1982;69:15-20.
(2) Pérgola F. Enrique Finochietto. Capítulo Médico. Entre consultas. Buenos Aires. 1987;1(3):2.
(3) Finochietto E. El separador torácico con cremallera irreversible. La Prensa Médica Argentina. 1915;24:1288-1289.
(4) Fernández LL. La creación de un estilo. La Prensa Médica Argentina. 1981;68:820-821.
(5) Zavaleta DE. Enrique Finochietto: el cirujano. La Prensa Médica Argentina. 1982;69:21-24.
(6) Pataro V. La técnica quirúrgica de Enrique Finochietto a través de Ricardo Finochietto. La Prensa Médica Argentina. 1983;70:481-486.
(7) Marino H. Enrique Finochietto: el maestro y jefe de escuela. La Prensa Médica Argentina. 1982;69:24-25.
(8) Pataro V. Enrique Finochietto y ‘las operaciones a domicilio’. La Prensa Médica Argentina. 1982;69:29-32.
(9) Zancolli EA. Escuela Quirúrgica Finochietto. Un método de enseñar cirugía. Revista de la Asociación Médica Argentina. 2002;115(2):9-17.
(10) Buzzi A, Pérgola F. Clásicos argentinos de medicina y cirugía (tomo I). Buenos Aires: López; 1993.
(11) Pérgola F. Historia de la medicina argentina. Desde la época de la dominación hispánica hasta la actualidad. Buenos Aires: Eudeba; 2015.
(12) Pataro V. Enrique Finochietto anecdótico. La Prensa Médica Argentina. 1981;68:821-833.
(13) Chikiar A. Enrique Finochietto. Un bisturí que hizo escuela. El Arca. 1998;7(35):26-29.
(14) De Caro J. El tango en mis recuerdos. Buenos Aires: Centurión; sin fecha de edición.
Fuente
Efemérides – Patricios de vuelta de Obligado
Pérgola F. Enrique Finochietto. Rev Argent Salud Pública. 2016; Mar;7(26):43-45.
Portal www.revisionistas.com.ar
Fuente de información: www.revisionistas.com.ar

sábado, noviembre 09, 2019

El Martín Fierro como Biblia Gaucha por Daniel Molina.

Mañana será el Día de la Tradición: se celebra en conmemoración con el nacimiento del poeta José Hernández. Hernández fue un periodista crítico de los que políticos dominaron la escena nacional luego de la caída de Rosas, pero su gran aporte fue escribir ese magnífico libro que todos conocemos como el Martín Fierro. Eso lo convirtió en el Homero criollo.
El Martín Fierro consta de dos partes, la Ida (publicada en 1872) y la Vuelta (en 1879).
La Ida es un texto anarquista: el gaucho es víctima de una sociedad injusta que termina convirtiéndolo en un hombre fuera de la ley, y por eso mismo, en un perseguido. También es el poema de la amistad: Fierro se encuentra una noche, en medio de un pajonal, con una patrulla policial y decide luchar hasta morir. Lucha con tal coraje que el sargento Cruz, que dirige a los hombres que lo persiguen, dice que no consentirá "el delito de matar ansí a un valiente" y cambia de bando: se pone al lado de Fierro y lucha contra los hombres que había comandado. Para Borges esa escena es la noche esencial de la literatura argentina. A narrar ese instante esencial le dedicó uno de sus mejores cuentos: "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”.
La vuelta es un canto a los sobrevivientes y la aceptación de que no hay mundo perfecto. Fierro y Cruz se habían ido a vivir con los indios, escapando de un mundo urbano que los rechazaba, pero la vida con los indios también fue brutal. Cruz murió de Viruela y Fierro está solo nuevamente. Ya no hay un afuera de la sociedad: los indios reproducen lo peor del mundo del que venían escapando. Fierro regresa, busca a sus hijos. La segunda parte es el poema de los hijos y de la aceptación. Es un canto al duro aprendizaje de vivir en las rendijas que deja el sistema.
El Martín Fierro es un clásico. La Argentina es de los pocos países que tiene un clásico. México o Canadá no tienen clásicos. ¿Qué es un clásico? Borges dice: "Un clásico es un libro que cuando se lee por primera vez ya es la segunda". Es decir, un clásico es un libro que todo el mundo conoce incluso si no lo ha leído. Una característica típica de los grandes clásicos es que son libros que apasionan a las masas de lectores y también son bendecidos por la crítica más sofisticada.
Cuando apareció Martín Fierro la elite intelectual de la época no lo valoró positivamente. Incluso, casi ni se habló de él. Pero fue un best-seller masivo en un país que tenía más del 80% de la población analfabeta. Todos querían leerlo. Hay documentación histórica sobre la recepción popular del Martín Fierro. Por ejemplo, se conservan notas de las pulperías del interior, dirigidas a los grandes almacenes porteños pidiendo "30 bolsas de yerba mate y 5 ejemplares del Martín Fierro”.
En las bodegas mendocinas; en los ingenios tucumanos; en los montes misioneros y en las estancias bonaerenses, al caer la noche, el que sabía leer tomaba un ejemplar de Martín Fierro y compartía unas estrofas a la peonada.
El Martín Fierro se fue haciendo carne en sus lectores analfabetos porque contaba lo que ellos vivían y lo hacía en su propia lengua: la poesía castellana del siglo XVI español, que es el idioma que se conservó en los campos porteños. El Martín Fierro es la obra cumbre de la gauchesca, la culminación. Con este libro termina un género que había nacido en 1811 en los campos de la Banda Oriental (cuando Uruguay aún era parte de las Provincias Unidas) con Bartolomé Hidalgo y sus cielitos tupamaros.
En sus 70 años de existencia, la gauchesca fue siempre poesía de guerra. Primero, fue la que cantó la guerra de la Independencia contra el español. A partir de 1820 mutó en la poesía de la guerra civil argentina: y el gran poeta de esta etapa es Hilario Ascasubi. Ya derrocado Rosas, la gauchesca se transforma en poesía de la guerra cultural: los bárbaros del interior contra la cultura europea de los porteños. El gran libro del período será el Fausto criollo, de Estanislao del Campo.
Hacia el fin de las guerras civiles, entre 1870 y 1880, aparece la gauchesca de denuncia social. Y el Martín Fierro será la obra cumbre de esta corriente. Alcanzada la perfección el género desaparece.
La primera reivindicación culta del Martín Fierro la harán los anarquistas en 1904: en el periódico La Protesta agregan un suplemento cultural (en el que escribirán Lugones, el padre de Borges, Macedonio Fernández, entre otros) y a ese periódico lo titulan Martín Fierro. La próxima gran reivindicación del Martín Fierro la hará Leopoldo Lugones en un ciclo de charlas que dará en 1913 en el desaparecido teatro Odeón (y que en 1916 reunirá en su libro El payador). Ahí sacraliza al libro: lo convierte en la Biblia Gaucha.
Desde entonces -lo confirma Ricardo Rojas en sus notas para la Historia de la literatura argentina- el Martín Fierro se convierte en el clásico nacional: ese libro que es todo para todos.
Publicado en Diario "Río Negro", 9 de Noviembre de 2019.-

jueves, agosto 01, 2019

Juan B. Justo y el socialismo liberal por Carlos Rodríguez Braun.

Juan B. Justo y el socialismo liberal por Carlos Rodríguez Braun Consejero Académico de Libertad y Progreso.

Los socialistas tuvieron en sus orígenes muchos puntos en común con los liberales. El pensamiento de Juan B. Justo, fundador del socialismo argentino, prueba que si en nuestros días los socialistas pretenden moderar su intervencionismo no es necesario que traicionen sus raíces: basta con que las reconozcan. Juan Bautista Justo nació en Buenos Aires el 28 de junio de 1865. Estudió medicina y fue catedrático en la Universidad de su ciudad natal, aunque sería exonerado por sus actitudes democráticas y liberales. Fundó la Agrupación Socialista de Buenos Aires en 1892, germen del Partido Socialista Argentino. El órgano de la Agrupación, que después lo será del partido, fue La Vanguardia, periódico «socialista científico, defensor de la clase trabajadora», cuyo nombre fue propuesto por Justo, que lo creó junto a un inmigrante alemán y dos españoles en 1894.
Fue tres veces diputado, hasta 1924, y desde entonces senador, y representó con brillantez al socialismo en el parlamento argentino prácticamente hasta su muerte. El socialismo fue un partido esencialmente urbano, pero a esa escala tuvo mucho éxito, y hasta el advenimiento del peronismo fue relevante e incluso mayoritario en la capital.
Justo ejerció una amplia actividad política, fundó cooperativas y publicó numerosos trabajos; su obra más ambiciosa fue Teoría y práctica de la historia, de 1909. Tuvo apreciable predicamento en la II Internacional y fue vicepresidente del Congreso de Berna. Conoció en Madrid a Pablo Iglesias, el fundador del PSOE, que fue su corresponsal durante años y que se refirió a él como «el sabio doctor argentino Juan B. Justo».
Hombre de vastas lecturas y que hablaba cuatro idiomas, emprendió una labor ímproba: traducir El Capital; fue autor de la primera traducción española completa y directa del alemán, publicada en Madrid en 1898.
Justo murió el 8 de enero de 1928. Poco faltaba para que muriese también la democracia argentina: en 1930 el presidente Yrigoyen fue depuesto por un golpe militar que sería el primero de una larga y triste lista.
Una multitud se congregó frente a la Casa del Pueblo porteña y formó el cortejo fúnebre del líder socialista, al son de «La Internacional». La gran avenida que lleva el nombre de Juan B. Justo en Buenos Aires fue construida con las aceras rojas, en su honor.
Justo se opuso al anarquismo, dominante entonces en el movimiento obrero, y a la violencia política. Tampoco simpatizó con el comunismo: «En Rusia, donde en nombre del socialismo de Lenin se persigue y se mata a los que entienden el socialismo de otra manera».
Defensor del libre comercio, repite en sus escritos la relación librecambio/paz, viejo tema liberal desde Smith y Ricardo. Elogia a Locke por su crítica a la regulación del tipo de interés, y a Boisguillebert, que con el liberalismo favoreció a las clases oprimidas contra el «ministro Colbert, personificación la más alta de la intromisión protectora, o destructiva, del Estado».
El proteccionismo anima para Justo «la peor solidaridad de clases»: capitalistas y trabajadores de un sector contra sus equivalentes en otros países «y contra los consumidores del propio país, que son en su mayor parte trabajadores». Pedirá Justo la derogación de los aranceles: «Las aduanas alejan y aíslan a los pueblos…La abolición del proteccionismo sólo amenaza las ganancias espurias que a su sombra realizan algunas empresas y la renta abusiva de tierras destinadas, gracias a la aduana, a cultivos que económicamente debieran ser hechos en otros países». Más de un socialista europeo valedor de la Política Agraria Común debería releer a este antiguo camarada.
Distinguió entre empresarios competitivos y «empresarios incubados y cebados por la ley, mediante trabas aduaneras y privilegios monopólicos… Negamos que las empresas deba hacerlas el Estado. Ya vendrán ellas si el Estado sabe cumplir sus funciones esenciales en defensa del capitalismo, que consisten simplemente en la aplicación del Código Civil y del Código Penal, para establecer el respeto por la propiedad y por las personas».
Otro aspecto de su liberalismo fue su pensamiento monetario. Los socialistas argentinos se opusieron a la creación del Banco Central en los años 1930; Justo había escrito: «La moneda sana de oro o de papel convertible a la par debe también ser un postulado obrero internacional, sobre todo en países como los de Sud América, donde el envilecimiento de la moneda es todavía uno de los procedimientos preferidos para intensificar la explotación del trabajador».
Opuesto a las interpretaciones hegelianas, Justo expone una visión evolucionista y no dialéctica. En un artículo publicado en la Revista Socialista de Madrid en 1903 habla de «las obscuras, remotas y negativas concepciones de Hegel… si Marx y Engels han llegado a grandes resultados no ha sido gracias a la dialéctica hegeliana sino a pesar de ella».
Sus peculiares lecturas de Marx y su acertado prejuicio antirrevolucionario lo llevaron a enfrentarse con los comunistas en la Internacional, donde abogó por el libre comercio y otras consignas liberales, como el antimilitarismo y el anticolonialismo. Reprochó a Rosa Luxemburg y otros porque no respaldaban el comercio libre y recaían en un «imperialismo subconsciente» y proteccionista, actitud que había generado la guerra: «Los socialistas no han dado la importancia debida al comercio entre los pueblos, o no lo han comprendido absolutamente. No se encuentra una palabra sobre la libertad de comercio en las largas declaraciones de los congresos socialistas internacionales sobre la guerra y los medios de evitarla. Las relaciones económicas de los pueblos eran completamente ignoradas en esas fórmulas. Se decía en ellas que el militarismo era engendrado por el capitalismo en busca de nuevos mercados, pero no se sugería la necesidad de quitar esa razón al militarismo abriendo todos los mercados».
Con mucho tino recela Justo del nacionalismo como excusa proteccionista: «Nuestro patriotismo, como diputados socialistas, está en que la industria azucarera prospere libremente, sanamente, y sobre la base de una producción hecha con equidad y economía, y que el pueblo de la república no pague permanentemente un alto tributo por tener la felicidad de consumir azúcar de producción argentina».
Con todo, Justo fue un socialdemócrata: creía que la evolución de la cultura política permitiría transformar la sociedad, que los trabajadores podrían controlar el Estado, democratizar la política y socializar la economía. Pretende respetar la propiedad privada «en lo que ella tiene de más precioso, la propiedad de la retribución del propio esfuerzo», pero propicia su limitación en el caso de la tierra a través de los impuestos, algo muy acorde con diversas doctrinas populares del siglo XIX.
Su socialismo queda ratificado por la habitual prevención ante la religión y por su respaldo a un escenario sociológico historicista y holístico que apunta a «una conciencia colectiva que dirija y coordine los esfuerzos productivos de los hombres». Combina el marxismo con la «ciencia nueva» de la sociología de Comte y el evolucionismo de Spencer, y llega a un extremo empirismo positivista. Muestra de esta concepción antiindividualista es su crítica a la familia, que entronca con tonterías que sostuvieron las fuerzas llamadas progresistas mucho tiempo después.
Y sobre todo, Justo no es plenamente liberal por la misma razón por la que no lo es la izquierda de nuestro tiempo: porque no plantea ningún freno al poder si éste es democrático. Como acuñó su contemporáneo Indalecio Prieto, Justo es un «socialista a fuer de liberal», que subraya más la libertad «de los antiguos», la participación política, que el rechazo a la intromisión política en las vidas de los ciudadanos.
Ilustra su sincretismo lo que escribió en 1894 en el primer editorial de La Vanguardia. Según Juan B. Justo los socialistas argentinos iban a difundir las doctrinas de Marx, Ricardo y ¡Adam Smith!
Publicado en La Ilustración Liberal.