BUENOS AIRES se llama " TANGO ".
POR ANTONIO CAPONNETTO.
En el pasado mes de mayo se cumplieron 150 años del nacimiento de Don Ramiro de Maeztu, varón ejemplar si los hubo, de aquello que insistimos en llamar Madre Patria o Patria Originante. Prevaleció el olvido hiriente, la desaprensión imperdonable, la ignorancia culposa de su figura. Por eso nos ha confortado tanto recibir el obsequio de nuestro joven y emprendedor amigo, Francisco de Asís Gamazo, miembro destacado de la Asociación Cultural Luz de Trento y de la Asociación Jóvenes por España. El obsequio mentado es un libro reciente y desconocido del mismísimo Maeztu, que lleva el desafiante y promisorio título de ¡Santiago y cierra España!. Dios premie a quienes lo hicieron posible. De un modo particular a José Javier Esparza, quien prologa las páginas.
Para hablar de Maeztu hay que empezar por el principio; y ese incipit, para un católico, no puede ser sino su muerte mártir, que lo condujo derechamente al Divino y Eterno Comienzo.
Si tenemos legítimamente por veraces las palabras finales que se le atribuyen a nuestro arquetipo, antes de recibir los perdigones homicidas de los rojos, algún espíritu superficial podría sostener que las susodichas palabras no se han cumplido. En efecto, he aquí el postrero alegato: “Vosotros no sabéis porqué me matáis; yo en cambio sí sé porque muero: para que vuestros hijos sean mejores que vosotros”. Los hijos de aquellos criminales hoy son poder en España, y bajo su tiranía oprobiosa, España se ha traicionado a sí misma sin honor ni respeto. Pero sería impropio e injusto quedarse con esta única filiación presente de aquellos progenitores victimarios. Hay otros críos leales del león hispánico, nos recordaría Rubén Darío. Por eso los segadores no han vencido ni vencerán del todo. Ni menos al final de la Final Contienda.
MIRADA BIOGRÁFICA.
Para entender a Maeztu se lo puede abordar biográficamente. No como cronología –allí están para quienes se interesen, las difundidas “Tablas Cronológicas” de Dionisio Gamallo Fierros, o los apuntes siempre cálidos de su hermana María- sino como itinerario espiritual, como camino de perfección, diríamos más ascéticamente. En este sentido, la vida de Maeztu es un dechado nítido de que para el cristiano también la propia y personal historia es más regreso que progreso; o mejor aún, que el progreso consiste en regresar, en volver por el Germen Inaugural, en culminar la parábola y retornar a la Casa del Padre.
Es que Maeztu, como todos, fue fruto y consecuencia de su ambiente y de su tiempo: una nación que se quebraba y reducía territorialmente, y el furor iconoclasta y nihilista con que aquella generación vivió ese tránsito complejo al siglo XX. Si su hogar lo marcó con una crianza en la que se entremezclaron el españolismo decimonónico y el talante aristocrático y religioso británico, recibido a través de su madre, sus numerosos viajes y contactos por Europa y por América, lo rodearon de influencias que no siempre supo ordenar.
La izquierda suele reivindicar su período 1897-1904, o el fabianismo y el guildismo de los años 1905 a 1916, o las inclinaciones kantianas en sus visitas juveniles a Alemania, pero no hay con qué sostener definitivamente esta hipótesis. Da pena, por ejemplo, ver los esfuerzos de un Edward Inman Fox en tal dirección. Porque Don Ramiro, aún entonces, veía más de lo que miraba, dejaba entreleer más de lo que escribía y callaba lo mejor –rumiándolo en silencio- para otorgárnoslo a su hora. Entregó temporariamente al error sus corazonadas más que su entendimiento; y la inteligencia lo salvó del naufragio devolviéndole el ritmo exacto a sus corazonadas.
Por eso él no gustaba hablar de conversión -y la palabra, en rigor, no le cabe- pero nos dejó narrados en varios pasajes, principalmente en los de su Autobiografía, el encendimiento de fervores que lo recondujo a Jesucristo, en plenitud de entrega y de servicio. Por sensibilidad genuina ante los problemas sociales (culposamente ausente hoy en quienes gobiernan) abrevó en la Doctrina Social de la Iglesia; por lealtad a la Iglesia se enraizó aún más en las esencias de la patria; y por ese amor lacerante a la patria se consagró entero al amor de Dios. Peregrinar de virtudes, su camino, parece ir de la caritas a la pietas, y desde aquí a la Fe, en un trazo vacilante a veces, pero con la belleza de las líneas rectas que parecen buscar el infinito.
MIRADA BIBLIOGRÁFICA.
En segundo lugar, a Maeztu, se lo puede encarar bibliográficamente. No como catalogación de títulos, por cierto, sino como radiografía de una docencia que ganó en fecundidad y en discípulos en la medida que se hizo menos novedosa; esto es, menos subjetiva y más expresión de verdades perennes. Y que ganó en resonancia y reverberación cuanto mejor se hizo eco o repique de la música antigua y sacra de la Sabiduría. Esa que él entonó con carácter notable, con actitud hímnica; admirable concordia entre lo lírico y lo épico. La gran herencia maeztusiana es el símbolo convocante de la Tradición. El estilo es el hombre; ya se sabe. Él y la Tradición cruzaron caminos convergentes por el puente del estilo. Desde entonces, decir maeztusiano, como decir quijotesco, es una categoría que define y califica.
Pero este acercamiento bibliográfico que mentábamos, es una tarea ímproba, tanto por la fecundidad de lo que ha producido como por lo que sobre su obra convocante se sigue publicando. Desde su primer artículo en El Porvenir Vascongado, en 1896, hasta el último dirigido a La Prensa de Buenos Aires, en el año de su muerte, don Ramiro no dejó de escribir. Cuando Vicente Marrero –sin duda su mejor biógrafo- se hizo cargo de dirigir la edición de sus obras completas en Editora Nacional primero, y en Rialp después, el plan comprendía treinta volúmenes, sin dejar de ser antología. La exhumación total de sus páginas aún no ha concluido, y no le han faltado en justicia quienes se ocuparan de ellas. Como estos camaradas españoles de Luz de Trento, que mentábamos al principiar la nota.
Es que Maeztu escribía como un hábito incesante, como una disciplina espiritual severamente reglada; pero escribía también como una prolongación de su buen combate y casi como una lid intensa sin tregua alguna posible. Su prolificidad era su modo de acometida y su carga a fondo, y al igual que Job, podría haber repetido cada mañana: “¡Quién me diera que mis palabras se escribiesen! ¡Quién me diera que fuesen consignadas en un libro!” (Job, 19-23).
De la vigencia de sus letras es una nueva y patente prueba la obra ya citada ¡Santiago y cierra España!. Allí, verbigracia, en el capítulo “El fracaso de la libertad”, se afirman ideas que parecen escritas para este aciago aquí y ahora del ideologismo liberal opresivo. “La libertad –nos dice- no es en sí misma principio positivo de organización social. Hablar de una sociedad cuyos miembros tengan la libertad de hacer lo que quieran es una contradicción en los términos mismos. La libertad en este sentido no constituiría sociedad alguna [...]. Es una extraña superstición hacer creer a tantas gentes que la libertad les da derecho legítimo a negarse a desempeñar función alguna necesaria a la sociedad a la que pertenecen”. Pues en esta superstición se nutre la “peste perniciosíma del liberalismo”, como lo retrató Pío IX.
Alguien podría argumentar que los escritos de Maeztu no son más que una sucesión de notas periodísticas y por ello mismo marcados con el sello de lo contingente o efímero. Él mismo pareció responder esta objeción, cuando hacia 1931, con ocasión de recibir el Premio Luca de Tena, declaró en un reportaje que coincidía con los germanos en la distinción entre “también periodistas” y “sólo periodistas”, situándose con sencillez en este último rubro. Creemos que es exactamente al revés: sus escritos periodísticos no son sólo éso. Plausibles u objetables esa es su característica común. Pero además, Don Ramiro, no consideró igualmente importantes todas sus hojas. Deseó sin poses ni falsas modestias, sino con el dolor sincero del arrepentimiento, que una parte de ellas fuesen olvidadas y quemadas; y creyó genuinamente que su mensaje podría reseñarse en pocos pero capitales párrafos. No era un desplante esteticista ni un juego borgiano. Era el fruto de su metanoia, en el sentido más empinadamente teológico del término.
LEGADO DE UN CONVERSO
¿Cuál su legado, su cesión o encomienda, a siglo y medio de su natalicio? Sería aventurada una síntesis –al menos hecha por nosotros- pero se nos permitirá acercar una respuesta posible. El gran legado de Ramiro de Maeztu es la Hispanidad.
No siendo su pluma, haría falta para explicárnosla, la de Zacarías de Vizcarra, Eugenio Montes, Agustín de Foxa o la de nuestro Braulio Anzoátegui. Pero al no ser posible el milagro de que aunadas las suyas sustituyan a este calamo currente, digámoslo con la imperfección del caso. La Hispanidad que amó y defendió Maeztu, y por la cual vertió su sangre, no es una categoría étnica ni geográfica; no es siquiera enteramente una cuestión política, aún conteniendo como contiene el justiciero y necesario elogio de la monarquía. Poco tiene que ver tampoco su planteo de fondo con cuestiones geoestratégicas o de posicionamiento hemisférico. No es la España moderna la que lo desvela, crecida al calor de la Revolución Mundial Anticristiana, con todas sus etapas antañonas y actuales, pero todas inicuas. Ni es el borbonato de ayer remozado hoy, pero siempre ahíto de felonía y de ultraje, de masonismo y de apostasía, de “taberna al final de una noche crapulosa”. Al contrario, contra todo esto y tanto más lidió heroicamente Don Ramiro.
Su Hispanidad, que quiere ser la nuestra, es la Christianitas Hispánica, la corporización en tierras ibéricas del “¡Id y predicad!”, del “¡Bautizad y convertid!”; es la consumación del mandato y de la misión confiados por Nuestro Señor a Santiago Apóstol; es uno de los nombres de Cristo, diría Fray Luis de León, hablando analógicamente. Porque las tres cosas que más amaba Jesús las repartió en vida y en agonía a quienes alta y superior confianza les tenía. A Pedro le dejó Su Iglesia, a Juan le dejó Su Madre y a Santiago le dejó Su España. Un nombre que debe proferirse y pronunciarse aunque sea en el exilio de los nombres al que nos tiene sometido el Innombrable.
LA HISPANIDAD.
La Hispanidad, entonces -y entiéndase que estamos abreviando- es una cuestión teológica, no ideológica; de índole mistérica y no problemática, de condición y no de situación, misional y no coyuntural, ontológica, no fenomenológica y, por lo tanto, plenamente inteligible sub specie aeternitatis. Negar la Hispanidad, mediatizarla o subalternizarla, abdicar de ella, abjurar de nuestra savia es, en ultimísima instancia, renegar de Cristo y protestar de espaldas a Él. Asumir en cambio la Hispanidad como proyecto posible, regenerador y unitivo, ante las amenazas de enemigos reales y poderosos, es ser. Por eso gustaba repetir Maeztu aquello de que ser es defenderse. Ser es afianzar lo propio frente a las extranjería del alma y la barbarie del espíritu.
Por no entender cabalmente este concepto clave del pensamiento maeztusiano, es que parecen querer oscurecer el horizonte actual de nuestra causa por lo menos dos grupos estrafalarios de ideólogos. Uno se jacta de apatridismo, amañando citas de los Padres y de Santo Tomás de Aquino, para justificar lo injustificable. Son unos pusilánimes. Forman ese partido de los intelectuales o devotos, que desenmascaraba Peguy; y que se caracterizan por creer que son de Dios porque no se atreven a batallar en el mundo. No aman a nadie, pero se consideran monopolizadores del amor a Dios. El otro bando lo constituyen ciertos enajenados mitómanos que, en el afán indiscriminado de condenar la totalidad del proceso independentista americano, sin separar el trigo de la cizaña, lo lícito de lo espurio, incurren en la hybris del malvado Tersites, que osó insolentarse contra los héroes. Son, redondamente, una reata de mentirosos.
De allí que resulte tan importante conocer el ideario de Don Ramiro sobre la Hispanidad y sus frutos en América. Ese “ser es defenderse”, que él nos pidiera, lo veía realizable en la unión del logos con el coraje. Por eso despreciaba a los intelectuales sin valor y a los valientes sin intelecto. Por eso hizo de su vida de soldado una prefiguración de su lucha metafísica, y de ésta un acuartelamiento en la Verdad. Y por eso, tal vez, cuando lo asesinaron, se le podría haber aplicado el juicio de Ortega ante el asesinato de otro Ramiro: Ledesma Ramos; y era tal juicio decir que “habían matado a un entendimiento”. Podría acotarse asimismo que mataron a un arrojo, pues ambas cualidades lo definían. Razón y Pasión por Dios y por España.
Ahora sí cobra mayor sentido que retomenos el comienzo de esta nota. Sus hidalgas palabras finales no han dejado de cumplirse, ni él ha dejado de pronunciarlas. Cuando los tiros rencorosos de los comunistas acabaron con su vida, por las calles y los caminos y los paisajes de España prometía clarear la Hispanidad, se juraba devolver la risa de la primavera, y caer en donde Dios lo ordenara, con la camisa azul, la boina roja o la guerrera caquiverdosa de los novios de la muerte. Eran “los hijos” que habían aprendido a ser mejores.
“España es una encina medio sofocada por la yedra”, comienza su célebre Defensa de la Hispanidad. Hoy -nos parece que así lo diría- la yedra ha sofocado a la encina y casi no se la puede reconocer ni ver a España. Cuando el Señor de los Ejércitos disponga podadores que limpiando la fronda horrible permitan ver de nuevo –aquí y allá- el rostro de la Hispanidad; cuando los nuevos y fecundos hijos recuperen con sangre y sones de Cruzada la filiación traicionada, se cumplirán una vez más, redondamente, sus palabras echadas al rostro vil de sus verdugos; y podremos evocarlo victorioso con los versos de Pemán:
“Ramiro de Maeztu,
Señor y Capitán de la Cruzada:
¿dónde estabas ayer, mi dulce amigo,
que no pude encontrarte?
¿Dónde estabas?
¡Para haberte traído de la mano,
a las doce del día, bajo el cielo
de viento y nubes altas,
a ver, para reposo de tu eterna inquietud
tu Verdad hecha ya vida
en la Plaza Mayor de las Españas!”.
Publicado en LA PRENSA.
https://www.laprensa.com.ar/Don-Ramiro-de-Maeztu-un-martir-olvidado-546433.note.aspx
El ferrocarril que dejó de llegar. La ruta de asfalto que nunca fue hecha. Resultado: pueblos en extinción en la Argentina. Ignorados, olvidados. Algunos, incluso, dejaron de considerarse localidades dignas de ser registradas en el Censo. Un gran número de ellos, podría decirse, “dejó de existir”.
Lo cierto es que no siempre fue así. Teniendo en cuenta la escala humana, estos pueblos de nuestra querida Patria supieron cultivar la vida social alimentada por los lazos de vecindad. Se vivía políticamente –esto es la vida municipal–, se ofrecía educación, había servicios de salud, vida económica –no solamente comercial sino, sobre todo, productiva vinculada al campo argentino–. Y vivían, en primer lugar, familias arraigadas en las que los padres proyectaban su herencia en sus hijos y nietos. Con trabajo y vivienda en el pueblo, había más motivos para quedarse en el propio pago que para migrar a las ciudades.
Lejos de resignarse a un proceso que parecería fatal como el de la desaparición de los pueblos, Marcela Benítez, geógrafa y socióloga argentina fundó “Responde” en 1999. La web ofrece información sobre 162 pueblos que fueron vinculados a la institución. Se trata de una ONG “dedicada a promover el desarrollo social y económico de los pequeños pueblos rurales de la Argentina”. Habiendo estudiado “los desequilibrios territoriales y la emigración de los pobladores de pueblos rurales hacia ciudades que no pueden contenerlos”, Benítez resolvió pasar a la acción.
SOBRE LOS PUEBLOS RURALES.
En “Responde” se investiga y genera información sobre los pequeños pueblos rurales. Teniendo en cuenta áreas como el desarrollo comunitario, el económico y social y el cultural y educativo, se ponen en marcha “proyectos para que las comunidades aprovechen sus recursos y encuentren un futuro posible en su pueblo”. El Portal de Pueblos ofrece información sobre la localización, la economía, el entorno, la población, el medioambiente, las instituciones y servicios y los atractivos de cada una de las localidades vinculadas a Responde. Se trata de una información exhaustiva e integrada que, previamente a conocer el pueblo “en vivo y en directo”, resulta fundamental para estar bien orientado.
Así es cómo puede apreciarse que, más allá de las miradas mercachifleras que a veces alimentan a ciertas “políticas” inmediatistas, hay iniciativas como Responde que pueden articularse en la acción concertada con la misión complementaria de otras instituciones que también buscan el auténtico progreso económico con justicia social (como obliga la Constitución Nacional Argentina al Congreso de la Nación en el art. 75, inc. 19).
Hay una Argentina profunda más allá de la General Paz. Hay una Argentina de siempre más allá del AMBA. O mejor todavía: se trata de la misma Argentina que requiere, por parte de las respectivas dirigencias (políticas, empresariales, sindicales, religiosas, etcétera), desintalar la mentalidad centralizadora y pensar y querer a nuestra Patria con una mirada auténticamente federal, es decir, de acuerdo a nuestra tradición cultural e histórica para nada reñida con el auténtico progreso. De este cambio de mentalidad depende, en gran manera, no solamente la existencia y el futuro de los pueblos. De ello depende la perdurabilidad misma de nuestra Patria.
Publicado en Diario LA PRENSA.
https://www.laprensa.com.ar/Pueblos-en-extincion-Responde-es-una-solucion-543236.note.aspx
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| Mary Terán de Weiss fue una de las pioneras del tenis femenino en el país. |
Por Carlos Viacava.
Abrumada, el 8 de diciembre de 1984 se quitó la vida en Mar
del Plata. La depresión por la reciente muerte de su madre fue el último golpe
que estaba dispuesta a soportar. Ya había sufrido mucho. Más de lo imaginable.
Le habían prohibido jugar al tenis, el deporte que amaba con todas las fuerzas
de su ser. Políticamente perseguida por su adhesión al peronismo, se transformó
en palabra prohibida en una actividad en la que había abierto caminos
insospechados para las mujeres. Era Mary Terán de Weiss, pionera del entonces
llamado deporte blanco.
Hacía tiempo que el olvido la había envuelto con su espesa telaraña. Tenía 66 años y llevaba más de dos décadas sufriendo la pena de haber tenido que abandonar el tenis. No se retiró. La obligaron a hacerlo. Le impidieron jugar. Le negaron el ingreso al club al que había pertenecido, sus rivales no se presentaron cuando tuvieron que enfrentarla. Se suspendieron torneos por el simple hecho de que ella figuraba en la lista de participantes. Padeció una proscripción enfermiza por el simple hecho de haber manifestado su apoyo al movimiento político liderado por Juan Domingo Perón.
Solo en River le abrieron las puertas para regresar a la actividad después de un exilio de cuatro años en Europa. Corría 1959 y María Luisa Beatriz Terán de Weiss -tal su verdadero nombre- tuvo la oportunidad de volver a los courts en el país. Iba a defender los colores de la entidad de Núñez en un torneo. No pudo ser. Los otros clubes optaron por no asistir debido a que sus integrantes no estaban dispuestas a medirse con la tenista que la dictadura militar conocida como Revolución Libertadora había desterrado desde su llegada al poder en 1955.
Las autoridades de la Asociación Argentina de Tenis -que hasta 1953 se denominó Asociación Argentina de Lawn Tennis- argüían que nadie le prohibía jugar, sino que el problema era que sus rivales no deseaban enfrentarla. Una explicación tan absurda como inconsistente. Sin embargo, ese ridículo argumento empujó a Terán de Weiss a alejarse del deporte al que se había abrazado en su niñez. Desilusionada, expresó su pesar en una carta abierta publicada en las páginas de la revista El Gráfico.
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| Pagó un alto precio por su militancia peronista. |
“… Jugadoras de esos equipos me han explicado personalmente
que no tienen ningún agravio contra mi persona, pero que por orden y amenaza de
un pequeño grupo de ellas no podían presentarse a jugar contra River, pues la
decisión de no enfrentarme era unánime y debía respetarse. Ignoro cuáles son
los motivos que han llevado a esta campaña, pues todas esas jugadoras
compartieron conmigo la responsabilidad de representar al país, especialmente
entre 1946 y 1955”, escribió en ese texto que vio la luz en 1964.
“… Mi situación constituye una inhumana e injusta persecución, alentada por el inconfesable deseo de evitar que vuelva al primer plano en mi deporte favorito. No tengo ni he tenido nunca nada que reprocharme y así lo atestiguan los innúmeros documentos que obran en mi poder, cuya publicación aclararía la equívoca situación de ciertos detractores actuales, que en su oportunidad se complacieron recibiendo aquello mismo que hoy censuran”, sostenía.
“… Declaro y juro que durante toda mi actuación en el importante cargo que desempeñé jamás perseguí a nadie ni cometí actos de injusticia. Por el contrario, atendí infinidad de solicitudes de los clubes de tenis, y en la medida de mis posibilidades he contribuido siempre a hallarles favorable solución. ¡Qué fácil olvida la gente!”, se lamentaba. En 1951, Terán de Weiss había sido nombrada al frente del Ateneo Deportivo Eva Perón, un organismo que impulsaba la difusión del deporte. Desde ese puesto hasta había ayudado a que el Buenos Aires Lawn Tennis Club consiguiera su personería jurídica.
Los 20 años siguientes los pasó sumida en la indiferencia
absoluta. Su nombre no aparecía en las páginas de diarios o revistas. Ni
siquiera se la tuvo en cuenta cuando en 1980 se entregaron los Premios Konex a
las máximas figuras del deporte. Tampoco el retorno de Perón al poder en 1973
había modificado esa situación. No se hablaba de ella. No se la recordaba. Ni
por sus triunfos, ni por sus luchas. En 1983 falleció su madre. Radicada en Mar
del Plata, un año más tarde le puso fin a sus días. Ya no podía aguantar tanto
rencor.
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| En la tapa de El Gráfico, junto a su marido, Harold Weiss. |
El 29 de enero de 1918 nació en Rosario María Luisa Beatriz Terán. Los deportes la atraparon con rapidez. Comenzó practicando natación en el Club Regatas Alberdi. A los 15 años cruzó a fuerza de brazadas y patadas el río Paraná. También se dedicó al remo. No le tomó mucho tiempo decidirse a empuñar una raqueta de tenis. Llamó la atención su estilo ofensivo, sustentado por buenos golpes de drive y de revés. Su físico pequeño empezó a ser cada vez más visto en los courts junto a las primeras mujeres que la acompañaban en el grupo de pioneras de esa actividad.
En la segunda mitad de la década del ´30 aparecieron los primeros buenos resultados. En 1941 alcanzó el número uno del ranking nacional femenino. También finalizó el año como la mejor tenista del país en 1944, 1946, 1947 y 1948. En ese entonces ya era Mary Terán de Weiss, ya que en el ´43 había contraído matrimonio con Harold Weiss, también jugador de tenis y capitán del equipo argentino de Copa Davis. En esos esos días se asoció a Belgrano Athletic después de haber jugado un tiempo para el Adrogué Tennis Club. Justamente la institución porteña fue la que tiempo después le negó la oportunidad de defender sus colores.
Su gran adversaria en el circuito local era Felisa Piédrola. Al principio, la rivalidad se limitaba a lo que pasaba dentro de la cancha. Luego, ya con la política inmiscuida en el medio, el enfrentamiento se hizo más cruento, al punto que Piédrola la llamaba “putita rosarina”. Antes de que el odio se instalara entre ellas, juntas ganaron la medalla dorada en dobles en los Juegos Panamericanos de 1951, desarrollados en Buenos Aires. En lo que fue el capítulo inaugural de esa competición, Terán de Weiss se llevó el oro también en singles y en dobles mixtos, con Alejo Russell como compañero.
Todavía no existía la Women's Tennis Association (WTA, Asociación de Tenis Femenino), que nació en 1973. Pese a eso, ya se confeccionaban rankings. Lo hacía una revista especializada británica y en la década del ´50 ubicó a Terán de Weiss entre las 20 jugadoras más destacadas del planeta. A sus muchos títulos en torneos nacionales se sumaron los obtenidos en Berlín (1949), Irlanda e Israel (ambos en 1950), Colonia y Baden-Baden (ganó en esas ciudades alemanas en 1951) y Gales (1955).

Llegó a ser considerada entre las 20 mejores jugadoras del mundo.
LA MILITANCIA.
Poco después de sus éxitos en los Panamericanos del ´51, el matrimonio Weiss adhirió al peronismo. De hecho, a Mary le concedieron la Medalla Peronista, una distinción instaurada por el Gobierno para premiar a los argentinos que hacían importantes contribuciones tanto para el país en competiciones internacionales como para el movimiento liderado por el entonces presidente. El piloto de automovilismo Juan Manuel Fangio, el boxeador Pascual Pérez y el atleta Delfo Cabrera fueron otros deportistas que la recibieron.
Terán de Weiss fue puesta al frente del Ateneo Deportivo Eva Perón, creado por la entonces esposa del jefe del Estado. El 26 de julio de 1952 murió la primera dama y 30 de agosto de ese mismo año se produjo el deceso de Harold Weiss. Dicen que Perón le propuso matrimonio, pero Mary lo rechazó. Es imposible saber si fue verdad, pero lo cierto es que esa posibilidad no hace más que refrendar la cercanía de la tenista con el régimen encabezado por el presidente.
Esa posición política se volvió la excusa para expulsarla del deporte cuando la Revolución Libertadora tomó el poder el 16 de septiembre de 1955. En ese momento, Terán de Weiss -mantuvo su apellido de casada pese a su viudez- estaba en Alemania. Hasta allí le llegaron las noticias de que el nuevo gobierno había confiscado sus propiedades. Decidió permanecer en Europa. No tuvo más alternativa que elegir el exilio. La Asociación Argentina de Tenis le exigió a la Federación Internacional de Tenis (ITF) que se le prohibiera competir en los certámenes que se disputaban fuera del país. La ITF rechazó esa demanda.
Siguió jugando en el exterior, donde jamás perdió su condición de respetada tenista. No podía demostrarlo en su tierra natal. Cuando regresó, en 1959, se encontró con la imposibilidad de volver a los courts. Pagó un precio muy alto por su militancia. “Me remito al juicio de la opinión pública sana de mi país, y a pesar de todo confío que la cordura y equidad de los equivocados prevalezcan para que se me reconozca el lugar que merezco como mujer, como deportista, como argentina”, suplicó en la carta abierta publicada en El Gráfico.
Se fue en silencio. Alzó la voz para apoyar a Guillermo Vilas durante un conflicto que Willy mantuvo en 1980 con la Asociación Argentina de Tenis. En los años siguientes, su nombre se perdió en los intrincados laberintos del olvido. Recién fue rescatado en 2007, cuando la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires bautizó Mary Terán de Weiss a la cancha central del Parque Roca. Un homenaje justo y tardío para una pionera del tenis que fue condenada al más absurdo desprecio.
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Harold Weiss y Mary Terán de Weiss posan junto al presidente Juan Domingo Perón. |
16.11.2023.
El patriota salteño
En 1831 se exilió en Bolivia debido a las luchas intestinas entre federales y unitarios. No obstante ser
Ocupó diversos cargos durante la presidencia del
Un presupuesto por el que, en aquellas circunstancias de la vida de la Confederación Argentina en 1853, se opuso a la sanción de la Constitución Nacional, fue el siguiente: