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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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domingo, marzo 08, 2026

El padre del feminismo radical.

 

El inglés John Stuart Mill (1806-1873) fue el pensador liberal más influyente del siglo XIX.

El padre del feminismo radical.

POR SEBASTIÁN SÁNCHEZ.

John Stuart Mill fue el pensador liberal más influyente del siglo XIX. Hijo de James Mill, uno de los fundadores del utilitarismo en filosofía política, y amigo dilecto de Jeremías Bentham (que tanta influencia tendría en el Río de la Plata, de la mano, entre otros, de Bernardino Rivadavia); recibió una esmerada educación de parte de su padre, que había sido criado en el Presbiterianismo pero que pronto había desechado la creencia en toda Revelación, según cuenta el propio John Stuart en su Autobiografía.

En ese mismo libro, afirma ser “uno de los escasos ejemplos en este país, no del hombre que abjuró de la creencia religiosa, sino del que nunca la ha tenido…”

Para Bertrand Russell -otro prócer del “socialismo liberal” y, por cierto, ahijado “secular” de Stuart Mill- hay dos libros de éste que resultan fundamentales: Sobre la libertad  y Sobre la sujeción de las mujeres. En el primero, Stuart Mill teorizó sobre lo que llamó el “Principio de Daño” (“harm principle”) que, muy básicamente expuesto, implica que la sociedad [es decir, la autoridad política del Estado] solo tiene derecho a interferir en la libertad de una persona para evitar que dañe a terceros.

En todo lo demás, en las acciones “hacia uno mismo”, que solo afectarían al individuo, exige libertad absoluta. Habrá advertido el lector atento que este “principio” se repite ad nauseam en los círculos libertarios vernáculos con el latiguillo aquel de “el respeto irrestricto del proyecto de vida del otro”.

Quede para otra nota explicar cómo funciona este “Principio de Daño” toda vez que el famoso proyecto personal del otro consista en consumir pasta base hasta morir, o en la eutanasia [que ya tiene proyectos libertarios dando vueltas], o en el usufructo de niños para uso de pedófilos. Aquí queremos extendernos acerca del otro libro de Mill mencionado por Russell, en el que trata acerca de la sujeción o sometimiento de las mujeres, y que quedó establecido como obra fundacional del radical feminismo.

TEXTO PRIMORDIAL .

En efecto, el ensayo de Mill, The Subjection of Women (1869) fue un texto primordial en los inicios de la ideología feminista. Es cierto que hubo unas cuantas obras anteriores, incluso en el XVIII, como el de Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer (de 1792, poco después del inicio de la Revolución en Francia) o el de Harriet Taylor, (que sería luego la mujer de Mill) titulado La emancipación de las mujeres (1851), pero La sujeción de las mujeres tuvo un enorme impacto. En el mismo año en que se publicó en Inglaterra y Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, también apareció traducido en Francia, Alemania, Austria, Suecia y Dinamarca. Poco después se tradujo al polaco e italiano, y se leyó en los círculos iluministas de San Petersburgo. Por caso, cuando se tradujo al sueco, en 1883, un grupo de mujeres de Helsinki fundó el movimiento femenino finlandés tan pronto como terminó de leer el libro. Se trató, en suma, de un libro destinado a la militancia ideológica.

Es cierto también que los combates por la llamada emancipación femenina ya tenían cierta historia cuando Mill escribió su ensayo. En esas luchas se buscaba ante todo la igualdad sufragista, como se postuló en la Convención de Seneca Falls, celebrada en Nueva York en julio de 1848, que es considerada el acto fundacional del movimiento feminista y un hito clave de la "primera ola" del feminismo. Pero la verdad es que Mill -que en su paso por la Cámara de los Comunes intentó sin éxito que se aprobara el sufragio femenino- llegó mucho más lejos con su opúsculo: postuló allí una teoría, un plexo de argumentos que constituye la base de todo el feminismo, de izquierdas a derechas, que lo mismo da. Veámoslo.

EL PATRIARCADO. 

 Dice Stuart Mill que, salvo un par de naciones, las más avanzadas del mundo [entre las que se encuentra Inglaterra, claro, que había llevado a cabo la Revolución de 1688, en la que “se realizó la mejor y más temprana organización de las clases democráticas (…) al establecer leyes igualitarias e instituciones libres”], el resto de la humanidad sostiene la rémora de la esclavitud de la mujer, que es comparable para él a la esclavitud de los negros en Estados Unidos.

Para Mill -que, insistimos, es uno de los padres del liberalismo clásico- los dos pilares de las sociedades modernas, la libertad y la igualdad, en los que se funda el Progreso de la Humanidad, son violentados por el Patriarcado, fundado en la dominación de los hombres –“de todo varón cabeza de familia y de todo aquel que aspira a serlo”, afirma taxativamente- sobre las mujeres.

No es que todos los hombres sean malos, mitiga Mill, pero a todos las leyes les permiten, si así lo desean, dejándose llevar por el instinto viril, convertirse en tiranos domésticos. Del mismo modo que un rey absolutista. Por lo mismo, sigue el ideólogo, hasta que la relación humana "más universal y que todo lo penetra", como es la relación entre hombres y mujeres, no deje de basarse en la injusticia, es difícil, por no decir imposible, que el resto de las relaciones sociales sean justas y libres.

Mill llama a una batalla contra las rémoras del mundo antiguo, las antiguallas del cristianismo, las costumbres de los tiranos. Afirma que la sujeción de la mujer se “erige como un hecho aislado en las instituciones sociales modernas (…) una reliquia única de un viejo mundo de pensamiento y práctica que ha desaparecido en todo lo demás”.

Por eso, para que no se obstaculice más “el movimiento progresivo del que se jacta el mundo moderno”, convoca a una guerra contra la tradición, contra la familia -esa “escuela de despotismo”- y, en fin, contra la naturaleza.

CONTRA NATURA.

Uno de los pilares del pensamiento feminista de Mill es la idea de que el matrimonio y la familia, que posibilitan la opresión de las mujeres, no son de instituciones naturales, sino el resultado de normas sociales impuestas, de una “construcción social”, como se dice hoy.

Así como Mill niega la politicidad natural, pues afirma que la comunidad es una convención y no constitución propia del carácter ontológicamente político (social) del hombre, tampoco acepta que haya distinción natural entre hombre y mujer: “lo que ahora se llama naturaleza de las mujeres es una cosa eminentemente artificial, el resultado de la represión forzada en algunas direcciones…”.

Para Mill, la apelación a la naturaleza obra como una suerte de excusa para justificar la opresión sobre las mujeres. En el mismo sentido, llama a desconocer la biología como distintivo entre hombres y mujeres pues conlleva una forma de legitimación de la tiranía doméstica.

Mill, y su mujer, Harriet Taylor (que según dice el mismo autor colaboró mucho en el libro), consideran que todo matrimonio conlleva, en potencia, la realidad de la tiranía doméstica. Toda mujer, al casarse, encuentra un amo. Escribe el ideólogo: “Los amos de todos los demás esclavos se basan en el miedo para obtener la obediencia, ya sea en el miedo a sí mismos o en el miedo religioso. Los amos de las mujeres querían algo más que la simple obediencia, han puesto todo en práctica para esclavizar sus mentes”.

OTRO GRAMSCI.

En la época de Mill, mediados del XIX, los postulados del feminismo -como el sufragio, la independencia económica, el acceso a la educación- resultaban banderas de la militancia en la calle, en las asambleas constituyentes, en la politiquería diaria; pero nuestro autor va más allá. No le alcanza con victorias importantes pero episódicas, necesita inspirar un proceso revolucionario, subvertidor en lo profundo de la cultura. Para él, es necesario tomar la “ciudadela del enemigo”.

Es digno de nota la semejanza de esta metáfora de Mill con aquella de Gramsci, acerca de la necesidad de tomar el poder “tomando las casamatas de la cultura”.

En efecto, para el marxista italiano la “guerra de posiciones” consiste en asaltar la red de casamatas, de fortificaciones, de lo que llama la sociedad civil, esto es, las escuelas, los medios de comunicación, los gremios, y por supuesto, la Iglesia. Se trata de conquistar esos locus culturales para “construir hegemonía” logrando trastrocar el sentido común de la sociedad. Pues bien, para Mill, allanadas las debidas distancias, la Ciudadela del Enemigo -que él llama “costumbres y prejuicios”- es esencialmente el matrimonio y la familia, que impiden el Progreso de la sociedad.

La familia, afirma, “es una escuela de obstinación, de prepotencia, de indulgencia egoísta sin límites, y de un egoísmo idealizado y redoblado del cual el sacrificio mismo no es más que una forma particular: el cuidado de la esposa y de los hijos no es más que el cuidado de ellos como parte de los propios intereses y pertenencias del hombre”.

Mill y Gramsci, el teórico liberal y el marxista, son partidarios de la Revolución que subvierte a la comunidad, desarraigando sus ideas y creencias constitutivas. Para Mill, asaltar la Ciudadela es un acto de liberación individual mediante la razón; para Gramsci, tomar las "casamatas" es una estrategia política colectiva para sublevar la estructura moral y cultural de la sociedad. Para ambos, se trata de consumar el revoltijo de la sublevación que, al buen decir de Chesterton, es toda revolución. Pues, “en principio, la sublevación, subleva, y no es más que un vómito”.

Estimado lector, vaya este recordatorio que quizás pueda ser útil para que, al volver a escuchar la perorata de los influencers batalladores culturales contra el feminismo del marxismo cultural -mientras ensayan genuflexiones al globalismo liberal-, tenga presente que el marxismo es inentendible sin el liberalismo, que no son antinómicos, pues tienen un vínculo filial, y que ambos son cómplices en la destrucción de nuestras comunidades.

Publicado en LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/El-padre-del-feminismo-radical--569556.note.aspx

sábado, octubre 29, 2022

La teoría de la 'hegemonía' de Gramsci.

 

Por José Carlos Rodríguez.

Instituto Juan de Mariana.

¿Por qué se ha vestido la izquierda de apoyo a los “movimientos sociales”? La obra de Gramsci es la principal inspiración de la nueva izquierda y de movimientos como Podemos.

El marxismo adolece de la confusión entre ser y deber ser. Plantea la historia del hombre en términos teleológicos, descritos con la distancia de científicos, pero expresados a su vez con la fuerza de la llamada a la acción en nombre de una injusticia cósmica. Una injusticia necesaria, pero inaceptable, conduce de forma inexorable a la acción revolucionaria, que por otro lado ha de surgir también de la voluntad de los miembros de una sociedad. Es una contradicción evidente para cualquier lector de Marx. Un seguidor frío y escrupuloso a la vez promovería una política de laissez faire para acelerar la llegada de la justicia, y sin embargo varias generaciones de fieles de la religión marxista, con temperamentos de toda laya, han criticado con dureza el libre desarrollo del mercado que habría de llevarnos, según ellos, a las puertas de su paraíso.

Un aspecto de esa contradicción es la adoración de los marxistas al líder. El líder sublima al proletariado, y actúa como agente necesario para el cambio. Pero su teoría de la historia, la de Marx, no otorga a los líderes ningún papel. Por otro lado, el marxismo histórico identifica al líder con el teórico que posee el conocimiento de la verdad. Esa identificación ha llevado a entrenar como grandes teóricos a auténticas medianías, como Lenin o Mao. ¿Cómo ofrecer una solución a todo ello? Antonio Gramsci se preocupó por resolver estas contradicciones, y cabe decir que lo logró, aunque para ello tuvo que hacer un gran sacrificio: el del marxismo.

Gramsci fue a la Rusia revolucionaria, de la que llevó a Italia (1923) la misión de crear un frente de izquierdas que luchase contra el fascismo, que estaba ya en el poder. En 1926, con la excusa de un falso intento de atentado contra Mussolini, el dictador fascista adopta varias medidas represivas; entre ellas, el encarcelamiento de Antonio Gramsci, a pesar de contar con inmunidad parlamentaria. En la cárcel, de la que sólo saldría para morir en el hospital, escribió su obra más importante.

Gramsci, que no era hombre de un sólo libro, tuvo el ingenio y la libertad de beber de fuentes muy diversas. Se planteó la necesidad de aunar la teoría marxista con una filosofía política que llamase a la acción; una “filosofía de la praxis”, como él la llamó. Por otro lado, también quería resolver otra dificultad: la de explicar por qué la historia no había traído la esperada revolución a algunos países, a la práctica totalidad, en realidad. Gramsci halló la respuesta en su teoría de la “hegemonía”.

El capitalismo puede dar sus frutos podridos en forma de contradicciones, pero su eficacia puede quedarse en la de la pólvora mojada si se encuentra con frenos eficaces, suficientes para paralizar el necesario curso de la historia. Ese freno proviene de un dominio de clase que es más complejo que el que describió el profeta. La clase burguesa posee los medios de producción, sí, pero también establece una hegemonía política y cultural por medio de la sociedad y sus instituciones, y también por medio del Estado.

La estructura (los medios de producción) determinan la superestructura (la cultura). Divide la sociedad en clases, y éstas actúan en función de sus intereses. Pero la clase burguesa se dota además de unos medios (educación, medios de comunicación, religión…) que construyen y refuerzan esa hegemonía cultural, que asienta ideas contra revolucionarias, y por tanto socavan la eficacia de la presión desde la base material hacia una revolución liberadora. Esta situación abre infinidad de vías de acción, que se resumen en el objetivo de tomar todas las instituciones, romper esa hegemonía burguesa, y substituirla por otra de carácter comunista. La revolución ya no es una fuerza que nos arrolla, sino una acción de la que somos protagonistas.

Por esa vía, Gramsci obtiene tres resultados: Uno, se explica la ineficacia de la teoría marxista, pues crisis económica y sistema burgués parecen convivir sin revolución. Dos, acuña una “filosofía de la praxis”, una llamada a la acción cultural que pasa por ocupar todas las instituciones, públicas y privadas, y someterlas a la prédica revolucionaria. Y tres, destroza hasta no dejar piedra sobre piedra el edificio teórico de Karl Marx, al menos en su aspecto pretendidamente científico. Pero es un sacrificio necesario; el tiempo corre, la promesa de un paraíso perfectamente justo quema en el corazón y hay que traerlo a la experiencia humana sin más dilación.

Gramsci abre la puerta, en definitiva, a una política marxista mucho más rica, y puede que mucho más eficaz que la acción puramente revolucionaria. Y en esa política marxista, en esa “revolución pasiva” de la que habla Gramsci, los intelectuales sí tienen un papel que jugar. Más cuanto que esa nueva praxis revolucionaria no se puede realizar de forma individual, sino que, como la misión que le encargó Lenin al propio Gramsci, pasa por la construcción de un “bloque histórico” que aúne las fuerzas de forma armónica y efectiva. Ese agente, ese “príncipe moderno” que menciona Gramsci, es el partido. Sólo el partido puede lograr esa substitución de una hegemonía por otra. Las masas deben rendir una total sumisión al mismo, mientras que los intelectuales, como él, tienen la misión de guiarlo hasta la victoria final.

Gramsci murió en 1937. Su obra no adquirió verdadera importancia hasta los años 60. Es la principal inspiración de la nueva izquierda y de movimientos como el de Podemos. ¿Por qué se ha vestido la izquierda de apoyo a los “movimientos sociales”? ¿Por qué hablan de la importancia de estar en la calle además de llegar a las instituciones? Porque la política consiste en tomar, una por una, la miríada de organismos sociales, desde las asociaciones de vecinos a los clubs de lectura, desde las asociaciones estudiantiles a las científicas, y politizarlas para someterlas a la disciplina del “príncipe moderno”. Comprender a Gramsci es esencial para entender los movimientos de izquierda actuales.

https://juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/la-teoria-de-la-hegemonia-de-gramsci/

lunes, agosto 08, 2022

Gato por liebre: la notable influencia de Karl Marx.

 

Gato por liebre: la notable influencia de Karl Marx.

A pesar de que muchos intelectuales reniegan de la etiqueta marxista, adoptan y suscriben buena parte de sus recetas.
Por Alberto Benegas Lynch (h).


En lo que va de la historia de la humanidad no ha habido un pensador que haya influido más en los acontecimientos mundiales que Karl Marx debido a su notable capacidad de penetrar en las áreas más sensibles que han captado la atención de numerosos intelectuales de muy diversas condiciones y profesiones.

La influencia central en Marx provino de Hegel quien en su Filosofía del derecho (asunto que alude también en La filosofía de la historia) resume su posición cuando escribe que “El Estado es la realidad de la idea ética; es el espíritu ético en cuanto a voluntad patente, clara por sí misma, sustancial […] El Estado es la voluntad divina como espíritu presente y que se despliega en la forma real y en la organización de un mundo”. Esta obra ha sido posteriormente prologada por Marx donde subraya que “La religión es el sollozo de la criatura oprimida […] Es el opio del pueblo. La eliminación de la religión como ilusoria felicidad del pueblo, es la condición para su felicidad real”. Este andamiaje conceptual se ha tomado en cuenta por sus seguidores al efecto de demoler desde adentro a religiones oficiales, faena realizada principal pero no exclusivamente por Antonio Gramsci para incorporar adherentes en religiosos que puedan absorber la filosofía marxista aun manteniendo el altar (en el caso del Papa Francisco su interés por el comunismo fue despertado primero de muy joven por la doctora Esther Balestrino y luego de ordenado por Monseñor Enrique Angelelli, la primera también entusiasta de Gramsci y el segundo celebraba misa bajo la insignia de los Montoneros).

Un destacado precursor del marxismo fue Robespierre que en la contrarrevolución francesa expresó es su célebre discurso del 2 de diciembre de 1793 que “todo lo indispensable para la preservación es propiedad común” a contracorriente de lo expresado en la declaración de derechos de 1789 en cuanto a “la propiedad un derecho inviolable y sagrado.”

Otra influencia decisiva en el pensamiento de Marx fue el determinismo físico en Demócrito sobre el que trabajó su tesis doctoral. Tal como han explicado entre muchos autores como el filósofo de la ciencia Karl Popper y el premio Nobel en neurofisiología John Eccles, esa postura que niega la existencia de la psique fuera de los nexos causales inherentes a la materia imposibilita el libre albedrío, la revisión de nuestros juicios, proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, la responsabilidad individual, la moral y la propia libertad. Esta postura marxista se pone de relieve especialmente en la obra en coautoría con Engles titulada La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica (no fue una errata, es así el título) en el que aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert, donde mezcla ese tema con diatribas contra el judaísmo -que desarrolla en La cuestión judía- a pesar de descender de una familia rabínica, aunque su padre cambió de religión al efecto de contar con mayor número de clientes en su bufete de abogado en el contexto del régimen prusiano.

Un buen número de intelectuales se dejaron seducir por el marxismo que recién abandonaron una vez que comprobaron de primera mano los desastres irreversibles que produce no sólo en cuanto a matanzas sino en cuanto a la miseria a la que condena a la población. Hoy se suele renegar de la etiqueta marxista pero se adoptan y suscriben buena parte de sus recetas, lo cual está presente en aulas universitarias, en círculos sindicales, en no pocos medios periodísticos, en ámbitos empresarios, en iglesias, en organismos internacionales financiados por gobiernos y en un número nada despreciable de los libros publicados. Incluso los hay quienes se proclaman abiertamente anti-marxistas pero degluten sus principios.

Como es de público conocimiento, hay ríos de tinta sobre el marxismo respecto a lo cual también he escrito antes para agregar unas gotas a ese caudaloso río, pero dada la entusiasta reincidencia de sus postulados vuelvo a insistir en el tema con otros ingredientes. Ha habido y hay fervientes revisionistas que objetan distintos aspectos del marxismo pero vuelven una y otra vez a sus ejes centrales. Aparecen marxistas edulcorados que rechazan enfáticamente la violencia sin percatarse que está en la naturaleza de todo régimen totalitario el uso sistemático de la fuerza al efecto de torcer voluntades que pretenden operar en direcciones distintas a las impuestas por los mandones de turno.

En la sección 36 del tercer capítulo del Manifiesto Comunista escrito en 1848 por Marx y Engels se consigna el aspecto central de su tesis (que ya habían subrayado en la antes mencionada La ideología alemana): “Pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”Si no hay propiedad privada, no hay precios, ergo, no hay posibilidad de contabilidad, evaluación de proyectos o cálculo económico. Por tanto, no existen guías para asignar eficientemente los siempre escasos recursos y, consecuentemente, no es posible conocer en que grado se consume capital. Y conviene enfatizar que los daños se producen en la medida en que se afecte la propiedad sin necesidad de abolirla.

A este enjambre crucial imposible de resolver dentro del sistema, se agrega el historicismo inherente al marxismo, contradictorio por cierto puesto que si las cosas son inexorables no habría necesidad de ayudarlas con revoluciones de ninguna especie. También es contradictorio su materialismo dialéctico que sostiene que todas las ideas derivan necesariamente de las estructuras puramente materiales en procesos hegelianos de tesis, antítesis y síntesis ya que, entonces, en rigor, no tiene sentido elaborar las ideas sustentadas por el marxismo.

Esta dialéctica hegeliana aplicada a las relaciones de producción pretende dar sustento al proceso de lucha de clases. En este contexto Marx fundó su teoría del polilogismo, es decir, que la clase burguesa tendría una estructura lógica diferente de la de la clase proletaria, aunque nunca explicó en qué consistían las ilaciones lógicas distintas a las aristotélicas ni cómo se modificaban cuando un proletario se enriquecía ni cuando un burgués es arruinado y en qué consiste la estructura lógica de un hijo de un proletario y una burguesa. Sobre las llamadas “clases sociales” me explayaré en una próxima columna.

Las contradicciones son aún mayores si se toman los tres pronósticos más sonados de Marx. En primer lugar, que la revolución comunista se originaría en el núcleo de los países con mayor desarrollo capitalista y, en cambio, tuvo lugar en medio de la pobreza de la Rusia zarista. En segundo término, que las revoluciones comunistas aparecerían en las familias obreras cuando todas surgieron en el seno de intelectuales-burgueses. Por último, pronosticó que la propiedad estaría cada vez más concentrada en pocas manos y solamente las sociedades por acciones produjeron una dispersión colosal de la propiedad tal como en un contexto más amplio hoy explican autores como Anthony de Jasay cuando critican a Thomas Piketty.

En este muy apretado resumen, cabe mencionar que la visión errada de Marx respecto a la teoría del valor-trabajo dio lugar a la noción de la plusvalía. Aquella concepción sostenía que el trabajo genera valor sin percatarse que las cosas se las produce (se las trabaja) porque se les asigna valor y no tienen valor por el mero hecho de acumular esfuerzos (por más que se haya querido disimular el fiasco con aquella expresión hueca del “trabajo socialmente necesario”).

Lo dicho no va en desmedro de la conjetura respecto a la honestidad intelectual de Marx en cuanto a que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1871 que echaba por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por ello es que después de publicado el primer tomo de El capital en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra tal como nos informa Engels en la introducción al segundo tomo veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. A pesar de contar con 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y a pesar de ser un escritor muy prolífico se abstuvo de publicar, salvo dos textos secundarios: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de París.

Lenin era más sagaz que sus maestros ya que nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución. Por eso escribió lo que aparece en el quinto tomo de sus obras completas en el sentido que “no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase”.

Curiosa es en verdad la noción de los marxistas sobre la división del trabajo: Marx y Engels consignan en la antedicha obra sobre la ideología alemana que “en una sociedad comunista, en la que nadie tenga una esfera exclusiva de actividad sino que cada uno pueda formarse en cualquier sector que desee, la sociedad regula la producción general y por tanto se hace posible hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al atardecer, criticar después de cenar, como me apetezca, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico”.

A pesar de esta visión idílica, la violencia está indisolublemente atada al marxismo. Por esto es que en el antedicho Manifiesto comunista se declara que “no pueden alcanzar los objetivos más que destruyendo por la violencia el antiguo orden social”. Marx en Las luchas de clases en Francia en 1850 y al año siguiente en 18 de Brumario condena enfáticamente las propuestas de establecer socialismos voluntarios como islotes en el contexto de una sociedad abierta. Por eso es que Engles también condena a los que consideran a la violencia sistemática como algo inconveniente, tal como ocurrió, por ejemplo, en el caso de Eugen Dühring por lo que Engels escribió El Antidühring sobre el “alto vuelo moral y espiritual” de la violencia.

Parte de la tesis de esta nota estriba en que, mal que les pese a “los progres” y a los “fachos”, la manía de identificar una postura intelectual por la localización geográfica de derecha e izquierda presenta una falsa disyuntiva. La representación más fuerte de las derechas está constituida por el nazi-fascismo. En los hechos, Hitler tomó cuatro pilares del marxismo: la teoría de la explotación, el ataque a la propiedad, el antiindividualismo y la teoría del polilogismo. Por su parte, Mussolini fue secretario del Círculo Socialista y colaboró asiduamente en el periódico Avenire del Lavoratore, órgano del movimiento comunista, época en que sus lecturas favoritas incluían a George Sorel, Kropotkin y la dupla Marx-Engels. Luego fue colaborador del diario Il Populo y director de Avanti. Tal como consigna Gregorio De Yurre en Totalitarismo y egolatría , “era la figura más destacada y representativa del ala izquierdista del marxismo italiano”.

En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo marxista que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente.

Entre los autores que han enfatizado las similitudes y parentescos de la izquierda y la derecha se destaca nítidamente Jean-François Revel, quien en La gran mascarada apunta: “No se puede entender la discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de vista que no sólo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales”.

Tengamos muy presente como señala el gato por libre el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su Barbarism with a Human Face“Aplíquese marxismo a cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final”. Respecto de la social democracia de Eduard Bernstein conviene subrayar que a pesar de su revisionismo respecto de Marx, insiste en el redistribucionismo que significa reasignar factores productivos desde las áreas preferidas por los consumidores hacia las deseadas por los aparatos estatales, con lo que el consiguiente derroche de capital reduce salarios e ingresos en términos reales.

Es de interés remontarse a Marx y tomar su noción de ideología como algo enmascarado, un engaño que oculta otros intereses, por ende, en este contexto, se trata de algo falso que encubre intenciones espurias. En esta línea argumental, toda cultura sería ideológica excepto la marxista que sería transideológica. En un sentido más amplio y de acepción más generalizada, un ideólogo es aquel que profesa un sistema cerrado, terminado e inexpugnable. En otros términos, lo contrario al liberalismo que, por definición, está abierto a un proceso de constante evolución.

PUBLICADO EN INFOBAE.

https://www.infobae.com/opinion/2021/09/04/gato-por-liebre-la-notable-influencia-de-karl-marx/

Destacado color amarillo INFOBAE.

jueves, junio 16, 2022

Gramsci y / o Schmitt.

 


Gramsci y / o Schmitt.

Por Miguel Angel Iribarne.

Antonio Gramsci y Carl Schmitt resultan, a nuestro entender, dos de los pensadores políticos más profundos del siglo XX. No es casual que proyecten su vigencia sobre la centuria presente. Tampoco lo es que hayan repercutido notoriamente en los campos culturales que le eran originariamente extraños, generando así a los gramscianos de derecha y a los schmittianos de izquierda. Más bien estas dos características que referimos sustentan el criterio de considerarlos ya como clásicos.

Recordemos muy sumariamente algunos de sus respectivos hitos biográficos.

Prácticamente coetáneos (el renano nace en 1888 y el sardo en 1891), no llegan a serlo de manera plena por la temprana muerte del primero (a los 46 años) contrapuesta a la notable longevidad del renano, fallecido a los 98. Comparten, pues, las experiencias políticas mundiales de la Gran Guerra, la caída de los imperios, la revolución bolchevique, la crisis de las democracias y el ascenso del fascismo y el nacionalsocialismo.

Y no lo hacen meramente como expectadores o analistas. De original militancia socialista, Gramsci será, en 1921 uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano. Tras pasar una prolongada estadía en la URSS retornará en 1924 como su líder. La ilegalización del PCI por parte del régimen fascista lo conducirá a la cárcel, donde producirá la mayor parte de su obra de cultura política, y de la que saldrá recién días antes de su muerte por una larga enfermedad. La incidencia gramsciana competirá -no siempre abiertamente-  con la de Lenin en la visión estratégica de los comunistas, tanto de Europa como de América Latina.

En cuanto a Schmitt, hijo de una familia católica de la pequeña burguesía renana, desplegará desde la época de la I Guerra su  fecundidad intelectual.   La misma, ya durante la llamada República de Weimar (Alemania desde 1918 a 1933), le abrirá el acceso a importantes niveles de consulta política, desde los cuales -y movido por su visión conservadora- procurará salvar a dicha República de los extremismos. Fracasado en este empeño con el advenimiento del régimen nazi, se afiliará al Partido Nacionalsocialista de la mano de Heidegger. Allí también se destacará rápidamente entre los juristas y, con el padrinazgo de Goering, presidirá la asociación nacional de los mismos. Sin embargo la SS lo condenará por "católico y amigo de judíos'', lo que habrá de obligarlo a una suerte de exilio interior sin que cese su producción académica.

Concluída la II GM será detenido e interrogado tanto por soviéticos como por norteamericanos y sobreseído por ambos.  Alejado, sin embargo, de la escena pública continuará hasta su muerte en 1986 escribiendo y haciendo discípulos, sin excluir su influencia intelectual sobre el trabajo constituyente de la V República francesa e Israel.

­CONVERGENCIA­.

Las temáticas de uno y otro serán básicamente diversas; no sólo sus supuestos y sus finalidades. Sin embargo, existe -a nuestro juicio- un área sobre la cual el pensamiento de ambos convergeSe trata de la llamada metapolítica, entendida como la estrategia de difusión de una cosmovisión cuyos contenidos deben condicionar e inspirar el poder y la potencia.

Gramsci propone que lo que llama la filosofía de la praxis (el marxismo), en lugar de embestir contra el poder político coactivo se centre en rodearlo y luego anularlo mediante la conquista de sus casamatas culturales. Schmitt, en cambio, observando la crisis de Weimar, estima ya avanzado este proceso, cuyos efectos registra en el exacerbado pluralismo ideológico que vuelve obsoleto al parlamentarismo liberal, colocando el proceso decisional en manos de partidos que pugnan desde concepciones del mundo irreconciliables al punto de armar Ejércitos particulares. La quiebra de un mínimo consenso doctrinal entre las partes coloca a la Nación, según su mirada, en la antesala de la guerra civil.

Es por demás interesante observar el proceso de mutua fecundación que el pensamiento de uno y otro produce en sus respectivos públicos. La Derecha aprenderá del italiano que la política es mucho más que gestión, y que la hegemonía (es decir, la legitimidad) se construye sobre supuestos culturalesLa Izquierda comprenderá que el conflicto político no es reductible a causas económico-sociales, sino que toda diferencia social es politizable, de donde surgirá la posibilidad de explotación revolucionaria de las minorías étnicas, sexuales, linguisticas, etc.

El mayor impacto gramsciano sobre las derechas ocurrirá durante los '70 en Francia, con la aparición de la Nouvelle Droite, liderada por Alain de Benoist y Guillaume Faye, entre otros, la cual tendrá repercusiones en España, Bélgica, etc.  El proceso inverso -el sacudón schmitttiano de las izquierdas- tendrá por principal escenario Italia, en las figuras de Mario Tronti y Giacomo Marramao y en los EE.UU. a través de Paul Piccone y su equipo.

Precisamente la situación estadounidense es una de las más significativas para comprobar la vigencia del pensamiento de ambos clásicos en la inteligencia del proceso político en curso. El largo trabajo del progresismo chic cultivado en las universidades de la Ivy League y la industria cultural hollywoodense desemboca hoy en la cultura Woke que, literalmente, intenta constituir el nuevo sentido común de la sociedad norteamericana. Paralelamente, esta disolución del ethos nacional coloca al país en una situación de fractura interior que, según muchos, es la más grave desde la Guerra de Secesión. La línea divisoria entre amigos y enemigos pasa por adentro del país. Gramsci y Schmitt están bien vivos.­

lunes, septiembre 06, 2021

Gato por liebre: la notable influencia de Karl Marx.


Gato por liebre: la notable influencia de Karl Marx.

A pesar de que muchos intelectuales reniegan de la etiqueta marxista, adoptan y suscriben buena parte de sus recetas.

Por Alberto Benegas Lynch (h).

En lo que va de la historia de la humanidad no ha habido un pensador que haya influido más en los acontecimientos mundiales que Karl Marx debido a su notable capacidad de penetrar en las áreas más sensibles que han captado la atención de numerosos intelectuales de muy diversas condiciones y profesiones.

La influencia central en Marx provino de Hegel quien en su Filosofía del derecho (asunto que alude también en La filosofía de la historia) resume su posición cuando escribe que “El Estado es la realidad de la idea ética; es el espíritu ético en cuanto a voluntad patente, clara por sí misma, sustancial […] El Estado es la voluntad divina como espíritu presente y que se despliega en la forma real y en la organización de un mundo”. Esta obra ha sido posteriormente prologada por Marx donde subraya que “La religión es el sollozo de la criatura oprimida […] Es el opio del pueblo. La eliminación de la religión como ilusoria felicidad del pueblo, es la condición para su felicidad real”. Este andamiaje conceptual se ha tomado en cuenta por sus seguidores al efecto de demoler desde adentro a religiones oficiales, faena realizada principal pero no exclusivamente por Antonio Gramsci para incorporar adherentes en religiosos que puedan absorber la filosofía marxista aun manteniendo el altar (en el caso del Papa Francisco su interés por el comunismo fue despertado primero de muy joven por la doctora Esther Balestrino y luego de ordenado por Monseñor Enrique Angelelli, la primera también entusiasta de Gramsci y el segundo celebraba misa bajo la insignia de los Montoneros).

Un destacado precursor del marxismo fue Robespierre que en la contrarrevolución francesa expresó es su célebre discurso del 2 de diciembre de 1793 que “todo lo indispensable para la preservación es propiedad común” a contracorriente de lo expresado en la declaración de derechos de 1789 en cuanto a “la propiedad un derecho inviolable y sagrado.”

Otra influencia decisiva en el pensamiento de Marx fue el determinismo físico en Demócrito sobre el que trabajó su tesis doctoral. Tal como han explicado entre muchos autores como el filósofo de la ciencia Karl Popper y el premio Nobel en neurofisiología John Eccles, esa postura que niega la existencia de la psique fuera de los nexos causales inherentes a la materia imposibilita el libre albedrío, la revisión de nuestros juicios, proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, la responsabilidad individual, la moral y la propia libertad. Esta postura marxista se pone de relieve especialmente en la obra en coautoría con Engles titulada La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica (no fue una errata, es así el título) en el que aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert, donde mezcla ese tema con diatribas contra el judaísmo -que desarrolla en La cuestión judía- a pesar de descender de una familia rabínica, aunque su padre cambió de religión al efecto de contar con mayor número de clientes en su bufete de abogado en el contexto del régimen prusiano.

Un buen número de intelectuales se dejaron seducir por el marxismo que recién abandonaron una vez que comprobaron de primera mano los desastres irreversibles que produce no sólo en cuanto a matanzas sino en cuanto a la miseria a la que condena a la población. Hoy se suele renegar de la etiqueta marxista pero se adoptan y suscriben buena parte de sus recetas, lo cual está presente en aulas universitarias, en círculos sindicales, en no pocos medios periodísticos, en ámbitos empresarios, en iglesias, en organismos internacionales financiados por gobiernos y en un número nada despreciable de los libros publicados. Incluso los hay quienes se proclaman abiertamente anti-marxistas pero degluten sus principios.

Como es de público conocimiento, hay ríos de tinta sobre el marxismo respecto a lo cual también he escrito antes para agregar unas gotas a ese caudaloso río, pero dada la entusiasta reincidencia de sus postulados vuelvo a insistir en el tema con otros ingredientes. Ha habido y hay fervientes revisionistas que objetan distintos aspectos del marxismo pero vuelven una y otra vez a sus ejes centrales. Aparecen marxistas edulcorados que rechazan enfáticamente la violencia sin percatarse que está en la naturaleza de todo régimen totalitario el uso sistemático de la fuerza al efecto de torcer voluntades que pretenden operar en direcciones distintas a las impuestas por los mandones de turno.

En la sección 36 del tercer capítulo del Manifiesto Comunista escrito en 1848 por Marx y Engels se consigna el aspecto central de su tesis (que ya habían subrayado en la antes mencionada La ideología alemana): “Pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”. Si no hay propiedad privada, no hay precios, ergo, no hay posibilidad de contabilidad, evaluación de proyectos o cálculo económico. Por tanto, no existen guías para asignar eficientemente los siempre escasos recursos y, consecuentemente, no es posible conocer en que grado se consume capital. Y conviene enfatizar que los daños se producen en la medida en que se afecte la propiedad sin necesidad de abolirla.

A este enjambre crucial imposible de resolver dentro del sistema, se agrega el historicismo inherente al marxismo, contradictorio por cierto puesto que si las cosas son inexorables no habría necesidad de ayudarlas con revoluciones de ninguna especie. También es contradictorio su materialismo dialéctico que sostiene que todas las ideas derivan necesariamente de las estructuras puramente materiales en procesos hegelianos de tesis, antítesis y síntesis ya que, entonces, en rigor, no tiene sentido elaborar las ideas sustentadas por el marxismo.

Esta dialéctica hegeliana aplicada a las relaciones de producción pretende dar sustento al proceso de lucha de clases. En este contexto Marx fundó su teoría del polilogismo, es decir, que la clase burguesa tendría una estructura lógica diferente de la de la clase proletaria, aunque nunca explicó en qué consistían las ilaciones lógicas distintas a las aristotélicas ni cómo se modificaban cuando un proletario se enriquecía ni cuando un burgués es arruinado y en qué consiste la estructura lógica de un hijo de un proletario y una burguesa. Sobre las llamadas “clases sociales” me explayaré en una próxima columna.

Las contradicciones son aún mayores si se toman los tres pronósticos más sonados de Marx. En primer lugar, que la revolución comunista se originaría en el núcleo de los países con mayor desarrollo capitalista y, en cambio, tuvo lugar en medio de la pobreza de la Rusia zarista. En segundo término, que las revoluciones comunistas aparecerían en las familias obreras cuando todas surgieron en el seno de intelectuales-burgueses. Por último, pronosticó que la propiedad estaría cada vez más concentrada en pocas manos y solamente las sociedades por acciones produjeron una dispersión colosal de la propiedad tal como en un contexto más amplio hoy explican autores como Anthony de Jasay cuando critican a Thomas Piketty.

En este muy apretado resumen, cabe mencionar que la visión errada de Marx respecto a la teoría del valor-trabajo dio lugar a la noción de la plusvalía. Aquella concepción sostenía que el trabajo genera valor sin percatarse que las cosas se las produce (se las trabaja) porque se les asigna valor y no tienen valor por el mero hecho de acumular esfuerzos (por más que se haya querido disimular el fiasco con aquella expresión hueca del “trabajo socialmente necesario”).

Lo dicho no va en desmedro de la conjetura respecto a la honestidad intelectual de Marx en cuanto a que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1871 que echaba por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por ello es que después de publicado el primer tomo de El capital en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra tal como nos informa Engels en la introducción al segundo tomo veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. A pesar de contar con 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y a pesar de ser un escritor muy prolífico se abstuvo de publicar, salvo dos textos secundarios: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de París.

Lenin era más sagaz que sus maestros ya que nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución. Por eso escribió lo que aparece en el quinto tomo de sus obras completas en el sentido que “no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase”.

Curiosa es en verdad la noción de los marxistas sobre la división del trabajo: Marx y Engels consignan en la antedicha obra sobre la ideología alemana que “en una sociedad comunista, en la que nadie tenga una esfera exclusiva de actividad sino que cada uno pueda formarse en cualquier sector que desee, la sociedad regula la producción general y por tanto se hace posible hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al atardecer, criticar después de cenar, como me apetezca, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico”.

A pesar de esta visión idílica, la violencia está indisolublemente atada al marxismo. Por esto es que en el antedicho Manifiesto comunista se declara que “no pueden alcanzar los objetivos más que destruyendo por la violencia el antiguo orden social”. Marx en Las luchas de clases en Francia en 1850 y al año siguiente en 18 de Brumario condena enfáticamente las propuestas de establecer socialismos voluntarios como islotes en el contexto de una sociedad abierta. Por eso es que Engles también condena a los que consideran a la violencia sistemática como algo inconveniente, tal como ocurrió, por ejemplo, en el caso de Eugen Dühring por lo que Engels escribió El Antidühring sobre el “alto vuelo moral y espiritual” de la violencia.

Parte de la tesis de esta nota estriba en que, mal que les pese a “los progres” y a los “fachos”, la manía de identificar una postura intelectual por la localización geográfica de derecha e izquierda presenta una falsa disyuntiva. La representación más fuerte de las derechas está constituida por el nazi-fascismo. En los hechos, Hitler tomó cuatro pilares del marxismo: la teoría de la explotación, el ataque a la propiedad, el antiindividualismo y la teoría del polilogismo. Por su parte, Mussolini fue secretario del Círculo Socialista y colaboró asiduamente en el periódico Avenire del Lavoratore, órgano del movimiento comunista, época en que sus lecturas favoritas incluían a George Sorel, Kropotkin y la dupla Marx-Engels. Luego fue colaborador del diario Il Populo y director de Avanti. Tal como consigna Gregorio De Yurre en Totalitarismo y egolatría , “era la figura más destacada y representativa del ala izquierdista del marxismo italiano”.

En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo marxista que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente.

Entre los autores que han enfatizado las similitudes y parentescos de la izquierda y la derecha se destaca nítidamente Jean-François Revel, quien en La gran mascarada apunta: “No se puede entender la discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de vista que no sólo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales”.

Tengamos muy presente como señala el gato por libre el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su Barbarism with a Human Face: “Aplíquese marxismo a cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final”. Respecto de la social democracia de Eduard Bernstein conviene subrayar que a pesar de su revisionismo respecto de Marx, insiste en el redistribucionismo que significa reasignar factores productivos desde las áreas preferidas por los consumidores hacia las deseadas por los aparatos estatales, con lo que el consiguiente derroche de capital reduce salarios e ingresos en términos reales.

Es de interés remontarse a Marx y tomar su noción de ideología como algo enmascarado, un engaño que oculta otros intereses, por ende, en este contexto, se trata de algo falso que encubre intenciones espurias. En esta línea argumental, toda cultura sería ideológica excepto la marxista que sería transideológica. En un sentido más amplio y de acepción más generalizada, un ideólogo es aquel que profesa un sistema cerrado, terminado e inexpugnable. En otros términos, lo contrario al liberalismo que, por definición, está abierto a un proceso de constante evolución.

PUBLICADO EN INFOBAE.

https://www.infobae.com/opinion/2021/09/04/gato-por-liebre-la-notable-influencia-de-karl-marx/

viernes, septiembre 03, 2021

Una profecía de Gramsci sobre Iglesia y mundo moderno por Jorge Soley.

 


Una profecía de Gramsci sobre Iglesia y mundo moderno

martes, agosto 10, 2021

Argentina – Presidencia, un NO país. Por Monseñor Héctor Aguer.

 

 Charles de Gaulle

Argentina – Presidencia, un NO país.

Vuelven a aburrirnos las monsergas de una izquierda elemental. Reaparecen las propuestas ideológicas, más o menos disimuladas, que llevaron a una guerra interna muy dolorosa… La Iglesia está muda. Ya desde hace tiempo ha perdido toda presencia en los sitios en que se gestan las vigencias culturales.

El general Charles De Gaulle fue uno de los principales protagonistas de la Segunda Guerra Mundial. «Protagonista» no de una obra de ficción, sino de una tragedia efectiva, de sangre y de muerte. Luego se distinguió en la política francesa: fue presidente de la República en el gobierno provisional, cuando Francia pudo salir de la contienda, entre 1944 y 1946. Más tarde, en condiciones más normales, ejerció un mandato presidencial entre 1959 y 1969. Su obra principal en este período fue la sanción de una nueva Constitución, fundamento de la Quinta República. A él se debe una concisa descripción de lo que necesita un país para ser considerado tal: moneda, un ejército y un idioma, elementos constitutivos, estructuras esenciales.

 Adoptemos ese enunciado. ¿Es un país la República Argentina? Digamos mejor, la Ex República Argentina; porque ahora le han cambiado el nombre. Oficialmente, como reza el membrete utilizado en los avisos, se llama Argentina - Presidencia. Con razón, ya que el gobierno se ejerce no a través de la dinámica institucional que corresponde a una república, sino mediante «decretos de necesidad y urgencia» (DNU) del Poder Ejecutivo bipersonal: la Vice que decide y el Presidente, que pone la firma. Busquemos, en esta nueva realidad, los tres elementos constitutivos, según De Gaulle.

 Moneda, que es el signo representativo del precio de las cosas, entendido como un sistema estable, lo que permite realizar normalmente operaciones necesarias para la vida de todos los días. La Argentina tuvo 5 monedas en los últimos 139 años, con una aceleración del cambio hacia el final. El real circuló hasta que pudo crearse un signo monetario propio. Ello ocurrió durante el primer gobierno del General Julio Argentino Roca. En 1883 se creó el peso moneda nacional, que permitió una unificación después del uso de cuasi-monedas provinciales. Pero posteriormente apareció la inflación, que fue creciendo hasta tornarse un fenómeno crónico; eso hizo que al peso se le fueran quitando ceros, mientras se cambiaba el nombre del signo monetario. Se sucedieron el peso ley (por referencia a la ley 18.188 que lo creó), el peso argentino, el austral, y la moneda actualmente en curso, que se siguió llamando con el nombre prestigioso de peso, pero que es una sombra de lo que fue. La inexorable devaluación hizo que la población le perdiera toda confianza; suele refugiarse en el riesgoso uso de criptomonedas (del griego kryptós, que significa oculto, escondido) o mejor aún en el dólar. La moneda norteamericana se ha convertido en una obsesión argentina. Imaginemos al más cerril nacionalista: no tiene otro remedio para vivir que servirse del dólar.

 Desde 1983, la «democracia recuperada» ha agravado indeciblemente la situación económica, con las terribles secuelas del incremento de la pobreza (la cifra se discute, pero ronda el 50% de la población) más el desempleo, el cierre de empresas, y bolsones de indigencia, de miseria. El programa del gobierno actual consiste principalmente en criticar al anterior,que fue malo, y en procurar mantenerse aferrado a la gestión del Estado. La pésima política sanitaria ante la pandemia debe cargar con más de 100.000 muertos, número que crece día a día, y del desastre económico, que ya ha eliminado unos 100.000 puestos de trabajo. ¿Culpa del Covid? Sí, pero sobre todo de la ignorancia, torpeza y negociados de los gobernantes. Cuando se desencadenó la pandemia, el Ministro de Salud de la Nación nos aseguraba que «el virus no llegará aquí». La ideologización, los trámites ilusorios y los negocios de la casta política no han permitido todavía que una vacuna sea inoculada a la mayoría de la población.

 Queda poco de la Argentina en la que el mérito era valorado y el Estado no había adquirido las dimensiones elefantiásicas que abrigan el clientelismo y la corrupción de sus agentes. Debo decir aquí que no faltan los hombres y mujeres políticos capaces y honrados, pero ¿cómo pueden prosperar en un sistema viciado que, cada dos años, se entrega al festival de las elecciones y que intenta incorporar a chicos de 16 años a esa danza mentirosa?

 Esta primera carencia, la de la moneda, califica, según la sintética fórmula gaullista, a la Argentina - Presidencia de NO-país.

Un país necesita un ejército, es decir, Fuerzas Armadas que sean tales y cuenten con todos los medios necesarios para cumplir su misión. En los años de mi ejercicio pastoral como arzobispo de La Plata (2000-2018) solía visitar las unidades militares instaladas en el territorio de la arquidiócesis. Era simplemente una expresión de aprecio y cercanía, ya que todas ellas dependen pastoralmente del Obispado Castrense.

 En la conversación con los jefes recibía noticia de las carencias, deterioro u obsolescencia del material de las instalaciones, y de los sueldos miserables que percibían los militares. Era notoria -a pesar de la prudencia con que los jefes se expresaban- la tirria vengativa de la casta política, orgullosa de haber recuperado la democracia para servirse de ella. Como si dijeran: «¡ahora nos toca a nosotros!» En los últimos días he leído que se ha preparado un proyecto de reequipamiento; esperemos que se cumpla.

La ex - República Argentina tiene Fuerzas Desarmadas, empeñadas en tareas sociales, que por cierto tendrían que acometer en casos extremos, necesarios, pero no habitualmente, descuidando su misión esencial. Este es el momento de decir que nuestro país carece de una política consistente de defensa nacional. La población aprecia el papel social de las Fuerzas Armadas, pero es mi impresión que no comprende cuál es el lugar de la milicia en relación con la seguridad del país y la tutela de su soberanía. Un episodio desafortunado llevó a la eliminación del servicio militar obligatorio que, por otra parte, ya no cumplía bien con su objetivo fundamental. Un cierto pacifismo eclesiástico no permite apreciar el principio romano si vis pacem, para bellum y su valor natural, que puede ser integrado en la concepción cristiana del mundo.

 Lo tercero es el idioma, que en mi infancia y adolescencia nos era enseñado cuidadosamente; guardo numerosos recuerdos al respecto. Ahora, los niños concluyen el ciclo primario, en su mayoría, sin saber leer y escribir correctamente. La educación es deficiente en todos los niveles y ámbitos del saber, y el lenguaje se ha deteriorado en la sociedad argentina. Yo extraño el lunfardo, que se hablaba popularmente y que tan bien recopiló el académico José Gobello. Para colmo, el Presidente de la Nación promueve el mal llamado «lenguaje inclusivo»; así se le oye decir «argentinos y argentinas», «todos y todas» y aún «todes», «chicos, chicas y chiques». No se avergüenza de exhibir ideológicamente semejante ignorancia. Se supone que en la Argentina se habla -debe hablarse- el castellano; en la gramática castellana el masculino es un género no marcado, que en su uso designa tanto sujetos masculinos como femeninos. En relación con este punto podemos considerar los avances de la ideología de género, impulsada por el gobierno actual. Una medida reciente ha modificado el documento nacional de identidad (DNI), que en adelante ya no registrará el sexo de una persona, con el ridículo argumento de que ese dato no debe interesarle al Estado. Este arbitrio es un atentado contra la realidad de la naturaleza: el ser humano ya no sería varón o mujer, sino que podría identificarse con un género elegido a voluntad según la autopercepción subjetiva, el cual debe ser reconocido por todos. Para registrar a las presuntas identidades no binarias, en el DNI aparecerá un signo convencional. Se ha presentado esta solución como una innovación pionera en América Latina que viene a completar la sanción de la ley de «matrimonio igualitario», debida a la actual Vicepresidenta durante su mandato presidencial. Me divierte imaginar qué pensarían Perón y Evita de semejantes disparates. El gobierno incluye un Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad que alienta los proyectos del feminismo militante y de la alteración del orden familiar y social.

 Otra imposición insensata es la fijación de un cupo femenino obligatorio para ocupar cargos públicos; medida discriminatoria y anticonstitucional, pues nuestra Carta Magna sólo impone el requisito de la idoneidad. En realidad podría haber más mujeres idóneas que hombres. Se añade a esta medida la exigencia de recibir en los organismos de dirección de las empresas un porcentaje de personas que no se identifican con ninguno de los dos sexos ordenados por la naturaleza. Se ha comentado que el Presidente Fernández no sólo profesa esta ideología, sino que también resuelve el caso de un hijo suyo, que no se considera ni varón ni mujer.

 La cuestión del idioma me ha llevado a descubrir una cuestión más amplia que merece un tratamiento específico; en ella se manifiesta lo que no vacilo en llamar perversa orientación educativa en las escuelas estatales y la presión sobre el sistema de gestión privada para que adopte esos mismos criterios. La manera de hablar es el medio de expresión de las ideas. El uso del «lenguaje inclusivo», impuesto por decisión oficial, lleva a la difusión de la ideología de género, con el propósito de cambiar el modo de pensar de la población, arbitrio gramsciano de transformación cultural que comienza a ejercerse sobre niños y adolescentes, como ya lo he sugerido. En varias asignaturas del currículo escolar se ejerce el intento de erosión de la verdad: Historia, Construcción de ciudadanías -que puede recibir otros nombres- y sobre todo Educación Sexual Integral, que yo llamo Perversión Sexual Integral, gravísimo atentado contra la integridad personal de los alumnos. En este campo, el actual gobierno de ateos e inmorales -muchos de ellos bautizados- ha llegado al límite. Sería algo irrisorio, sino fuera trágico: acaba de comprar penes de madera a fin de distribuirlos entre los educadores para que ellos enseñen gráficamente a los chicos a usar el preservativo. Los padres de familia, teniendo en cuenta lo que se enseña en la escuela a sus hijos, deberían rebelarse ante semejante iniquidad. Se promueve la prematura iniciación sexual de los adolescentes, lo cual está en consonancia con las leyes inicuas ya promulgadas y en las que desaparece el concepto natural de matrimonio y familia. Son todas estas iniciativas de inspiración diabólica, ya que el diablo es el principal enemigo de la naturaleza humana tal como ha sido concebida por la sabiduría de Dios.

 La escuela católica debería asumir el desafío, e instrumentar, donde todavía no lo está, una educación para el amor, la castidad, el matrimonio y la familia, en conexión con los padres de los alumnos, quienes podrían recibir también una instrucción semejante. Sería importante que cursos sobre este tema puedan difundirse por los medios de comunicación. Con serenidad y sin vergüenza alguna.

 Como se puede apreciar, la cuestión del «lenguaje inclusivo» no tiene nada de inocente. Argentina - Presidencia ha renegado oficialmente del idioma, que junto con los otros elementos de la definición del General De Gaulle son la garantía de que ese conglomerado de población constituya un país.

 La concisión del esquema gaullista no permite expresar la tragedia de un país que a comienzos del siglo XX se contaba entre los primeros quince del todo el mundo; y al concluir esa centuria, y en la actualidad ocupa un lugar entre los quince más rezagados. La decadencia argentina es para asombrarse, pero no oculta misterio alguno; han sido los políticos adaptados en los últimos 70 años, y la categoría de la clase política los elementos responsables. La Argentina moderna fue tradicionalmente tierra de inmigrantes, como mis abuelos, que huían de la pobreza de su país de origen. El empuje de las primeras décadas del siglo XX parecía encaminarnos a un destino similar al de Canadá, por ejemplo. En la actualidad no nos sorprende, nos parece obvio, el fenómeno inverso. La Argentina de hoy es tierra de emigrantes; ya un millón de hijos de esta tierra ha encontrado mejor ubicación en otras regiones del globo; es el 2,2% de nuestra población actual, según estimaciones de las Naciones Unidas. La economía no crece desde hace más de una década, la tasa de desempleo se mide en dos dígitos, la mitad de los estudiantes no concluye el ciclo secundario, y es perceptible el peligro que corren las instituciones republicanas. Numerosas empresas ya han buscado mejores horizontes, y muchas otras están en estos días meditando su futuro. Se afirma que se torna imposible obtener aquí una rentabilidad razonable, bajo el agobio de una fuerte presión impositiva para sostener a un Estado ineficiente y clientelista en el que medra la casta política, con pocas honradas excepciones. Las familias que pueden hacerlo sacan de aquí a sus hijos con la esperanza de asegurarles un futuro. La historia argentina ha conocido numerosas peripecias, pero esta sostenida decadencia hace pensar a muchos que no hay remedio: «el último que salga, que apague la luz».

 El Presidente de la Nación elogia y defiende en los ámbitos internacionales a los regímenes de Cuba y Venezuela, y se suma en su ignorancia a quienes confunden embargo -que es lo que se ha impuesto a esas naciones- con bloqueo. Vuelven a aburrirnos las monsergas de una izquierda elemental. Reaparecen las propuestas ideológicas, más o menos disimuladas, que llevaron a una guerra interna muy dolorosa; los miembros de aquella «juventud maravillosa» o sus parientes son elogiados como próceres.

 La Iglesia está muda. Ya desde hace tiempo ha perdido toda presencia en los sitios en que se gestan las vigencias culturales. Cuando digo «la Iglesia» me refiero especialmente al Episcopado. Pero podemos estar orgullosos porque hemos dado al mundo el Papa.

+ Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro.

Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

Buenos Aires, martes 10 de agosto de 2021.

Fiesta de San Lorenzo, diácono y mártir.-

PUBLICADO EN INFOCATÓLICA.

https://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=41220