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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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viernes, julio 02, 2021

Bodeguero mendocino será nombrado Miembro de la Orden del Imperio Británico.


Bodeguero mendocino será nombrado Miembro de la Orden del Imperio Británico.

Carlos Pulenta recibirá el título honorario en la orden de caballería que comanda la reina Isabel II. Cómo llegó el reconocimiento y cuándo será nombrado.

Lreina Isabel II de Inglaterra otorgará al empresario bodeguero Carlos Pulenta el título honorario de Miembro de la Orden del Imperio Británico. Se trata de uno de los galardones más prestigiosos de la Corona y reservada a un exclusivo número de personas en todo el mundo.

El anuncio llegó de la mano de Mark Kent, quien recientemente dejó su cargo como embajador del Reino Unido en Argentina, y se hará oficial durante los primeros días del mes de septiembre.

La monarca británica decidió otorgarle el título honorario al fundador de Bodega Vistalba como reconocimiento por su trabajo incansable por acortar caminos y llevar el vino argentino a Gran Bretaña, uno de los mercados más importantes para nuestro país.

Aunque nació en San Juan, en una de las familias bodegueras más importantes del país, la mayor parte de su carrera se desarrolló en Mendoza. Desde nuestra provincia ha estado al frente de importantes proyectos vitivinícolas como Peñaflor, Bodega Salentein y la bodega familiar que comanda con su hija Paula, Vistalba.

Tal como lo había contado en una reciente entrevista con Los Andes, Pulenta cuenta con una gran cantidad de millas recorridas en todo el mundo con el objetivo de promocionar el vino argentino en el mercado internacional, una tarea que comenzó en su juventud y todavía perdura.

En otras ocasiones, Pulenta ya ha sido reconocido por su labor diplomática llevando el vino argentino a nuevos destinos. En el pasado ya ha sido distinguido por el Reino Unido con el título de cónsul honorario. Algo que también se ha replicado en Finlandia y, antes de pasar a llamarse Países Bajos, en Holanda.

La Orden del Imperio Británico.

El 4 de junio de 1917, bajo el reinado de Jorge V se creó la Excelentísima Orden del Imperio Británico (OBE por sus siglas en inglés). Desde ese momento, el monarca británico es quien nombra a los otros miembros de la misma a partir de recomendaciones del Gobierno de Reino Unido y algunos reinos de la Mancomunidad de Naciones.

La reina Isabel II es actualmente la soberana de la Orden. El puesto de Gran Maestre está vacante desde la muerte de Felipe de Edimburgo y además hay seis oficiales. A su vez, está compuesta por las divisiones civil y militar. Dentro de ella hay cinco grados: Gran Cruz de Caballero o Gran Cruz de Dama; Caballero Comendador o Dama Comendadora; Comendador; Oficial; y Miembro, el que recibirá Pulenta.

A lo largo de más de un siglo de historia, militares, científicos, empresarios, actores, deportistas, empresarios, músicos y otros han recibido la condecoración de miembros. Por año se pueden nombrar 1.464 miembros.

Publicado en GUARDA 14 del Diario "Los Andes" de Mendoza, 1º de Julio del 2021.

https://www.losandes.com.ar/guarda14/bodeguero-mendocino-sera-nombrado-miembro-de-la-orden-del-imperio-britanico/

martes, diciembre 29, 2020

Hans, el trotamundo que eligió la patagonia.

Hans, el trotamundo que eligió la patagonia.

Nació en Sudáfrica, se crió en Francia y reside actualmente en Mainqué donde está al frente de su exitosa bodega Noemia. 

Por Nico Visne.

La mamá de Hans nació en Inglaterra, el papá en Dinamarca. Hans lo hizo en Stellenbosch y vivió hasta los 4 años. Su padre trabajaba para una bodega muy importante llamada Rustenburg, luego se mudaron a Bordeaux, Francia, y allí el pequeño Hans se terminó de impregnar con toda la atmósfera del vino.
En esos años franceses, Hans iba a una escuela primaria en Saint Estephe, sitio donde la directora de la escuela era la esposa del enólogo (maestro de cava) de un célebre chateau de esa región. En esa escuela Hans fue con su hermano menor y en el almuerzo las autoridades les daban vino mezclado con agua.

En su infancia Hans no tuvo televisión hasta los 18 años, porque no había y porque no se podía. Luego, cuando se pudo, Hans compró dos televisores.

De pequeño su padre lo enviaba a trabajar a la viña en las vacaciones de verano. Hans tiene 51 años y más de 60 vendimias encima.

En 1979, el padre de Hans se juntó con unos socios australianos y compraron un Chateau llamado Rahoul en la zona de Grave en Bordeaux. Hicieron muchos experimentos con semillón, cabernet sauvignon y levaduras.

La primer vendimia profesional de Hans fue en 1987 en la bodega Tyrrell’s Wines en Hunter Valley NSW Australia. Fue para la cosecha y se quedó un año y medio.

-> Primera cosecha en Argentina

La primera cosecha en Argentina de Hans fue en 1998, en Humberto Canale. Su primer vino fue Marcus Reserva pinot noir, merlot y luego malbec. Cuenta Hans que estaba convencido del potencial del malbec que en esa época no era tan popular como el cabernet sauvignon.

Cuenta Hans: “En Humberto Canale estuve entre 1998 y 2000, yo estaba buscando la identidad. Había viñedos viejos, todas las cepas andan muy bien, blanco, tintos, andan muy bien. En ningún lugar en el mundo encontré esto, no conozco lugares así. No voy a comparar Río Negro con Mendoza, cada sitio es un mundo propio, no hay que compararlo. Es como comparar Borgoña y Bordeaux; son totalmente diferentes, además el malbec se presenta diferente. Es un error ir por ese lado”, reflexiona Hans.

“De este sitio me sorprendió la luminosidad más que la temperatura, todo brilla es como increíble. La calidad del agua, hay que preocuparse, es una cagada lo que está pasando y un escándalo. Vamos matar el lugar y no falta mucho, debería haber más información con el tema del agua. Todos sabemos, es el corazón del valle sin el Río Negro olvídate. Yo que viajo por el mundo todo el tiempo te digo que es uno de los pocos ríos que quedan en el mundo. Son 2000 metros cúbicos por segundo de agua tirándose en el Atlántico. Hablando de minerales en los vinos de Río Negro eso lo define el agua”.

Luego vendría Noemia, su bodega en Mainqué en Rio Negro, hasta la actualidad.

La llegada de un hijo, la vida en familia y los asesoramientos en bodegas de la zona.

Hoy Hans respira desde el viñedo y cuenta en esta entrevista su visión de la viticultura, su historia, sus deseos y proyectos.

Publicado en "La Mañana de Neuquén", 22/12/2020.

https://www.lmneuquen.com/hans-el-trotamundo-que-eligio-la-patagonia-n757985

miércoles, noviembre 18, 2020

El mejor vino del mundo se hace acá: Pinot Noir Treinta y Dos 2018, de Bodega Chacra.

 


El mejor vino del mundo se hace acá: Pinot Noir Treinta y Dos 2018, de Bodega Chacra.

El Pinot Noir 2018 Chacra Treinta y Dos, de la bodega Chacra, de Piero Incisa della Rochetta fue elegido el mejor del mundo. Qué dice el italiano que encontró en Mainqué su lugar en el mundo para crear el vino favorito de este 2020.

Acá nomás, en una bodega que se confunde con la barda norte, en la pequeña localidad de Mainqué, se hace el mejor Pinot Noir del mundo. No es que lo diga su dueño, Piero Incisa della Rochetta; o el enólogo, o los que trabajan allí. Lo dice “Top 100 Wines of 2020”, el ranking que elabora el prestigioso crítico norteamericano James Suckling y que puso a esta etiqueta en el número uno de la lista. Y lo dice después de catar 1.800 vinos de todo el mundo. A Piero lo llamaron y se lo dijeron: su pinot Noir, Chacra Treinta y Dos, es el mejor del mundo.

Dicen que eso raramente ocurre dos veces, pero este 2020 es un año particular. Para el mundo y para Piero Incisa, este descendiente de la aristocracia italiana, cuyo escudo familiar se luce en la Fontana di Trevi, que tiene un ancestro que aparece mencionado en “La divina comedia” de Dante Alighieri, y que encontró su paraíso terrenal acá nomás, en Mainqué. A Piero, ese hombre obsesionado con el pinot noir, enamorado de los cielos de esta parte del mundo, de los vientos patagónicos, y de la salinidad del terruño, le pasó dos veces. Y dos veces en este año.

Cuando le dijeron que su vino era el mejor del mundo, Piero Incisa estaba junto al enólogo, y "los chicos" en el viñedo. "Fue un momento muy particular por un motivo especial. Si uno, alguna vez, logra que alguno de sus vinos tenga una clasificación de 100 puntos, puede sentir que ya ganó el Oscar. Eso nos pasó en abril de este año con el mismo Pinot Noir 2018 Chacra Treinta y Dos, que obtuvo los 100 puntos del ranking de Suckling. Y si eso ocurre, uno ya puede darse por satisfecho de por vida. Entonces, cuando nos llamaron para decirnos esto, fue muy muy especial. Para que se entienda: es como ganar un Oscar y la Champion League el mismo año", dice Piero, locuaz y divertido en esa lengua tan propia que mezcla los rastros de su italiano natal con el español.

Esta Champion League, como le dice él, llega después de 17 años de trabajo en este terruño que lo enamoró desde que probó, una vez, en Nueva York, un pinot Noir de la patagonia. Y que lo enamoró al punto de decidir tomarse un avión y venir hasta aquí a buscar estas tierras que ahora habita algunas partes del año. "Ustedes tienen aquí un diamante. Es la mezcla del suelo, del río que corre acá cerca, de la salinidad, de los vientos que lo hace tan especial", describe, con pasión.


Y aunque está claramente orgulloso de Chacra (siempre habla en plural, nunca en singular), dice que no se obsesiona con los premios. "No hago las cosas pensando en el resultado, sino en el camino. Y el camino lo disfrutamos entre todos los que trabajamos acá, porque este vino es el resultado del trabajo de todos. Si uno solo piensa en el resultado el trabajo resulta un calvario, en cambio cuando uno disfruta el proceso es todo placer.Para mirar para nosotros es un placer levantarse cada mañana a trabajar en la viña. Y así debe ser el vino, un placer, para disfrutar", le dice a RÍO NEGRO desde el otro lado del teléfono.

El premio, además del plural que abarca a todos los que trabajan en su terruño, dice Piero, "es un orgullo para la Argentina, para la Patagnia, para Río Negro y para Mainque, porque es un regalo líquido de este lugar para todo el mundo".

También dice Piero que si tiene que elegir unas pocas palabras para definir el vino campeón, diría: "Floreal, transparente, energético, mineral y simplemente delicioso", así, sin hablar de taninos ni de reminiscencias en el paladar. Así dice Piero sobre su vino, el que este 2020 ganó el Oscar y la Champion League.

Lo que dice la elección:

Los 10 vinos principales de la crítica incluyen etiquetas de Argentina, Alemania, Italia, Austria, Australia y Chile, la mitad de los vinos blancos, una selección increíblemente diversa y un reflejo de la visión cada vez más amplia del "buen vino" como categoría.

Los vinos anteriores del año de Suckling han tendido a gravitar alrededor de Burdeos, Napa o su amado Brunellos .

Su elección del Pinot Noir ‘Patagonia Treinta y Dos 2018’ de Chacra (cuando se plantaron las vides en 1932) este año es algo sorprendente, aunque parece confirmar su incipiente historia de amor con los vinos sudamericanos.

Más sorprendente aún es el hecho de que también haya elegido un vino "natural"; procedente de viñedos cultivados biodinámicamente, con crianza predominante en hormigón y barricas de roble segundo, tercero, cuarto y quinto llenado, fermentado espontáneamente con levaduras naturales y sin filtrar antes del embotellado.

Suckling explicó que no solo era un "vino maravilloso" digno de su etiqueta de 100 puntos, sino que también encapsulaba una serie de otros puntos que han ganado en importancia en la elaboración del vino hoy en día, que representan: "valor asombroso, producción ambientalmente responsable y sostenible, carácter claro y transparente que refleja su ecosistema, y ​​una potabilidad increíble ”.


El vino número uno del mundo, el de 2018, puede llegar a costar 25.500 pesos.
Publicado en Diario "Río Negro", 18/11/2020.

https://www.rionegro.com.ar/el-mejor-vino-del-mundo-se-hace-aca-pinot-noir-treinta-y-dos-2018-de-bodega-chacra-1575106/

Imágenes: Diario "Río Negro".

jueves, octubre 29, 2020

El enólogo argentino sorprendido por una danesa fanática de su vino y sus etiquetas.

 


El enólogo argentino sorprendido por una danesa fanática de su vino y sus etiquetas.

28 de octubre de 2020.

"El vino... ¡no sé por qué atrae de la forma que lo hace!", pregunta Jorge Rubio, como si todavía pese a sus más de 40 años de vida de enólogo la respuesta fuera un misterio a desentrañar. Dice que a él el vino le dio todo; le dio la oportunidad de viajar y conocer otros países, de visitar otras bodegas y distintas culturas.

Y algo de misterio hay. Como lo muestra la historia de la bodega que fundó en el 2003 en General Alvear, una pequeña localidad de la provincia de Mendoza en la que se encontró con sorpresas insólitas. Como aquella vez que una mujer danesa, fanática de los vinos que la bodega exporta a su país, se confeccionó un blazer íntegramente realizado en patchwork con más de 400 etiquetas de cuero que obtuvo de las botellas del Privado, la colección de malbecs y tintos insignia del enólogo.

Él cuenta esta anécdota desde su casa, aledaña a la bodega familiar en General Alvear. "Nuestra primera exportación fue a Dinamarca en el año 2007 y por lo visto nuestros vinos gustaron mucho", cuenta Jorge rememorando el día en que le llegó la foto. "En cierta ocasión, en 2017, el wine shop de Copenhague que vende nuestros vinos realizó una degustación y allí se presentó una joven, luciendo un saco realizado con las etiquetas de cuero del Privado. ¡La verdad es que fue toda una sorpresa para él y para nosotros!!" cuenta.

Los inicios como entrepreneur.

Sus reconocidas etiquetas de cuero, emblema de la marca y uno de los grandes atractivos a la hora de conquistar a aquellos consumidores que buscan probar un vino distinto., llamaron la atención. La singular etiqueta está labrada con el nombre de la cepa y el año de la botella: "El origen de las etiquetas de cuero fue un poco por casualidad: siempre me habían llamado la atención las etiquetas de los jeans, así que al momento de pensar en nuestra segunda etiqueta, parte por curiosidad y parte por la necesidad de diferenciarnos, nos lanzamos con la idea y resultó muy bien", cuenta Jorge.

Todo el proceso de producción del vino se realiza en la bodega familiar y esto incluye el pegado de las etiquetas, una por una, en forma manual como en los inicios.

Los vinos de la primera de sus marcas, llamada Finca Gabriel, en honor a su suegro viticultor, quien le cedió los viñedos donde cultivan las uvas propias, tienen una etiqueta de cartón con un lacito. Junto a su mujer Piky, empezaron cortando los cartones y anudándolos uno por uno.

Lo que inició como un modesto proyecto familiar, en poco tiempo creció a pasos agigantados, casi sin darles chance de internalizar la nueva realidad. "Si bien los orígenes fueron difíciles, tenía la inmensa satisfacción de hacer lo que quería", rememora Rubio. "No nos pesaban las dificultades, ni las horas de trabajo, al estar inmersos en lo que nos gustaba hacer". Contaron con ayuda: alquilaron una pequeña bodega para lograr su primera elaboración; sus colegas enólogos y conocidos les prestaron las bombas, los caños y las mangueras que les hacían falta y así sacaron sus primeras 20 cajas a la venta.

En el año 2006 compraron 7 hectáreas ubicadas en Ruta 143 N y Calle F, en el 2009 hicieron la primera elaboración ya en su propia bodega. Fue el primer gran logro, el que les dio la pauta de que habían comenzado un crecimiento que podía ser sostenido a lo largo del tiempo. Contaban con una nave de 30 vasijas y dos pequeñas oficinas. Hoy ya tienen cinco naves, 90 vasijas de distinta capacidad, una sala de recepción, oficinas, sala de reunión, sala de degustación, una cava para almacenar 1.500 barricas, fábrica de espumantes, salón de eventos y una fábrica de cognac.

"Desde que empecé tuvimos un crecimiento sostenido, vendiendo veinte cajas; después 50; al otro mes, 200 y a los 6 meses de iniciado ya me fui de la bodega donde yo trabajaba. Ya el cuerpo no me resistía tantas horas en dos lugares al mismo tiempo y elegí el proyecto personal", recuerda Rubio acerca de sus inicios como entrepreneur.

Un sueño familiar.

A los 45 años, después de haber trabajado desde los 18 como enólogo para una gran bodega mendocina que ya cerró sus puertas, Jorge Rubio fundó su propia bodega. Los medios de comunicación especializados, al ver que era uno de los primeros enólogos en crear sus propios vinos y manejar su propia marca, bautizaron a sus creaciones como "vinos de autor", y así fue como decidió adoptar la designación y un poco, también, creérsela. Sin soberbia, según aclara, pero también con el noble orgullo y el asombro de quien cumplió un sueño y ve superadas sus expectativas.


"En el año 2003, decidí hacer realidad lo que había soñado siempre, ya que, soy enólogo, el proyecto consistía en tener una marca propia de los vinos que elaboraba y el objetivo fue lograr destacarme en la presentación y comercialización", recuerda Jorge.

En ese entonces había pocos enólogos que hacían sus vinos ellos mismos. Rubio supone que él debe haber sido uno de los primeros mientras destaca que en la actualidad hay muchos jóvenes enólogos con marcas propias o pequeñas bodegas. "Hay un enólogo y escritor español que compara a los vinos de autor con una obra de arte, con un cuadro. Está el pintor que pinta por encargo y el que puede hacer su propia creación. En los vinos es lo mismo. Nosotros hacemos un poco lo que pide el mercado pero nos damos el gusto de hacer lo que nos gusta. A mí me gustan todos mis vinos, por eso me cuesta decir cual es el mejor; son como mis hijos, los quiero a todos por igual". Pero reconoce que el poder elaborar vinos con identidad propia fue parte de lo que contribuyó a diferenciar a la marca en el mercado, fue una estrategia de posicionamiento de marketing que resultó efectiva, tanto en el mercado nacional como en el exterior.

"Mis dos hijos trabajan conmigo: María Silvina que es la mayor y es escribana reparte su jornada entre su estudio propio y la bodeg; Germán, que estudió ciencias económicas en la capital de Mendoza y a los dos años se volvió y comenzóa trabajar conmigo", presenta y aclara: "Empezó de abajo, lavando pileta, haciendo el trabajo de un operario; después el encargado se fue y en la medida que fuimos creciendo Germán se incorporó a mi lado en la administración de la bodega". Quien completa el cuarteto de trabajo es Gisela, la enóloga que trabaja desde hace 15 años en la creación de los nuevos vinos. "Entre los 4 vemos cómo hacemos los cortes, si incubamos los vinos o no. En ese aspecto siempre he delegado. No soy una persona que se aferra al gusto propio, escucho mucho a los jóvenes". La fusión empresa y familia se amplió con cuando Piki, la mujer de Jorge, se jubiló y también se sumó a la bodega. Pero la influencia del grupo se extiende aun más, hacia la comunidad local. "Las empresas se enraízan al lugar, a su comunidad", observa Jorge. "Uno comparte con la gente que trabaja un montón de horas. Las vivencias que hay no solo de lo que ocurre en la bodega sino de lo que ocurre en la vida", observa.

Su último lanzamiento es el espumante Privado Blanc de Blancs, una nueva línea compuesta por dos espumantes de guarda elaborados con uvas 100 por ciento chardonnay del Oasis Sur mendocino con másde 30 meses de descanso sobre lías. Ya hace cuatro años que Rubio se embarcó en el proyecto de construir su propia champañera con el objetivo de elaborar vinos espumantes que transmitan la esencia de los suelos del sur mendocino y la pandemia no lo detuvo. Todo lo contrario, al ser los vinos un producto alimenticio en ningún momento su comercialización se detuvo por las medidas sanitarias de aislamiento obligatorio que se implementaron en el país a partir del 19 de marzo por el Covid-19. De hecho, la pandemia resultó en un crecimiento inusual de las ventas de vino, hasta un 68 por ciento de aumento en septiembre con respecto a agosto para la bodega, con lo cual las expectativas para la línea de espumantes, un producto estrella de las fiestas de fin de año, son optimistas.

"Solo extraño las degustaciones"

Como para todos, las celebraciones de diciembre, le resultan una incógnita. ¿Podremos reunirnos en familia a despedir el año? No lo sabemos, se extrañan los encuentros. Y entre ellos, el ritual más preciado de todo amante del vino: la cata. "Lo que más extraño en estos tiempos son los momentos compartidos en las degustaciones del equipo enológico, junto a mi hijo, donde se comparten sensaciones variadas y a la vez únicas".

Sin embargo, la ausencia de encuentros se compensa con la presencia de nuevos proyectos, el trabajo en equipo, las ganas y la posibilidad de mejorar.

"La otra ventaja que tiene nuestra profesión es que todos los años podés mejorar y evitar volver a cometer los errores que hiciste durante la elaboración pasada. Ya estamos pensando cómo vamos a hace la próxima elaboración. Creemos que podemos tener mejores vinos, mejor color, más estructura, aromas, en definitiva poder complacer al público", concluye. Y aclara: el rumbo no se orienta a crecer en cantidad sino en lograr mejores productos, tener más variedades y más calidad. En definitiva, a seguir disfrutando.

Publicado en Diario "La Nación". Imágenes del mismo medio.

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/el-enologo-argentino-sorprendido-fanatica-danesa-su-nid2481512

jueves, junio 20, 2019

Entrevista a Michel Rolland, el francés que cambió la industria del vino argentino. ¿Qué llevó a un francés de Burdeos a invertir tiempo, dinero y trabajo en una tierra desértica al pie de la Cordillera de los Andes? Hablamos con el enólogo responsable de uno de los proyectos más ambiciosos del vino argentino, Clos de los Siete.

www.filo.news

Entrevista a Michel Rolland, el francés que cambió la industria del vino argentino.

¿Qué llevó a un francés de Burdeos a invertir tiempo, dinero y trabajo en una tierra desértica al pie de la Cordillera de los Andes? Hablamos con el enólogo responsable de uno de los proyectos más ambiciosos del vino argentino, Clos de los Siete.

"Argentina es un peligro. Es un país fantástico con un número impresionante de problemas, pero tiene algo. Hace 30 años, cuando llegué al norte, a Cafayate, me encantó. No había nadie. No queríamos hablar demasiado de eso en Europa para resguardarlo de lo que terminó pasando: hoy en día, Cafayate tiene 25 hoteles, restaurantes... En ese momento, Buenos Aires era una ciudad que nos parecía lo que había sido París 30 años atrás. En todo eso hay un encanto. Es una trampa". Michel Rolland tiene 71 años y vive un affaire con nuestro país. Nació en la región francesa de Pomerol, dentro de la ruta de viñedos de Burdeos, un lugar estratégico para dedicarse al vino. Sin embargo, haciendo honor a un espíritu inquieto, ambicioso y aventurero, el enólogo no se limitó a producir en su propia tierra: en la década del 80, Rolland ya estaba trabajando con el salteño Arnaldo Etchart en sus tintos y embotellando lo que sería uno de nuestros primeros vinos de alta gama, el Arnaldo B. Etchart de 1989. Casi diez años después, en 1998, asociado al viticultor bordelés Jean Michel Arcaute, Rolland descubrió un terreno de más de 800 hectáreas al sur de la ciudad de Mendoza, al pie de la Cordillera de los Andes y en la zona que llamamos Valle de Uco. No era más que una extensión poblada de rocas y de apariencia desértica, pero el francés sabía que en la Argentina podíamos producir mejor vino, que ese lugar a 1200 metros de altura podía ser hogar de un emprendimiento enológico sin precedentes y que tenía que buscar aliados que le permitieran concretar su visiónEn ese entonces, Rolland ya tenía más fe en la vid argentina que muchos productores locales y fue uno de los jugadores claves para que la industria, con el Malbec como cepa insignia, se proyectara hacia un futuro de esplendor.

Con una ayudita de mis amigos

Por supuesto, el enólogo llevó su idea a Francia, donde consiguió, no sin un poco de esfuerzo, la inversión de varias familias productoras. Ese fue el inicio de Clos de los Siete, que en 2003 presentó su primera cosecha en el mercado con un concepto fuera de serie: un vino de corte, con el Malbec como protagonista, elaborado a partir del aporte de siete bodegas distintas. En su etapa fundacional, los participantes fueron Laurent Dassault y Nadine de Rothschild (bodega Flecha de los Andes), Jean Guy Cuvelier (Cuvelier los de Andes), Catherine Pére-Vergé (Monteviejo), Jean-Jacques Bonnie (Diamandes), Francois D'Aulan (Altavista) y el mismo Rolland. Hoy, ya sin los propietarios de Flecha de los Andes ni los de Altavista como miembros del proyecto, las familias que siguen representando su papel en la creación de la etiqueta Clos de los Siete son los Cuvelier, los Bonnie, Henry Parent (hijo de Catherine Pére-Vergé) y los Rolland, cada uno con un 25% de la empresa. 
Si bien el enólogo principal es el francés responsable de este desarrollo titánico, en cada cosecha de Clos intervienen los enólogos de las diferentes bodegas. Están Marcelo Pelleriti de Monteviejo, Adrián Manchon de Cuvelier Los Andes, Rodolfo Vallebella de Rolland y Ramiro Barillo de Diamandes.Juntos hacen un blend que varía año tras año, en una producción que alcanza el millón de botellas y se destina tanto al mercado interno como al externo, con Estados Unidos, Canadá Francia, Brasil y Reino Unido como sus principales compradores. Actualmente se está comercializando la cosecha 2016, lanzada este año y compuesta por 54% Malbec, 18% Merlot, 12% Cabernet Sauvignon, 12% Syrah, 3% Petit Verdot y 1% Cabernet Franc. Un vino que ronda los $600 y que, según sus autores, es único en el mundo por su relación precio-calidad. 

Firma: Michel Rolland 

Para que un proyecto arriesgado como Clos de los Siete diera sus frutos (en 2018, facturó 162 millones de pesos), hacía falta audacia, pero también convicción, inteligencia, talento y trabajo. Michel Rolland no escatimó en nada. Reconoció el valor de esas hectáreas desabridas, vio el potencial del suelo y aplicó su experiencia a una región vinícola que no ofrecía garantías, pero sí promesas. En ese momento, antes de que desembarcaran otros emprendedores extranjeros, Rolland ya sabía que la Argentina tenía un largo camino por recorrer. Empezó y no paró: adquirió las tierras, convenció a los inversores, armó su bodega e hizo de Mendoza su segunda casa, a la que viene cuatro veces por año; nunca se cansó de volver. 
"Hace más de 20 años había algo por hacer. No pensábamos que iba a ser tan grande, pero lo hicimos enorme, fue un poco loco. Un proyecto así, hoy, no se lo recomendaría a un enólogo joven. Sería mucho más complicado que en nuestra época. Sería casi imposible".
¿Cómo descubriste este terreno?
Con un amigo mío que falleció hace poco, desgraciadamente. Jean Michel Arcaute. Cada vez que venía a la Argentina, buscábamos lugares. Y un día me dijo que había encontrado uno interesante. Así que vinimos y nos paramos abajo, al costado de la ruta, y empezamos a caminar. Desde la entrada hasta arriba hay 4 kilómetros. Ya llegando arriba, me dijo: "Este es el terreno, pero hay algo que no te dije: son 850 hectáreas". Pequeño detalle (ríe).
¿En Argentina encontraste una cultura asociada al vino como la de Francia?
Si bien no me gustaban los vinos al principio, había una cultura, la gente tomaba vino. La producción era muy grande. Encontré algunos ejemplares buenos, con posibilidad de mejorar bastante. Dije: "En este país sí se puede hacer buen vino". La idea de este proyecto era demostrar que la Argentina tenía potencial. Entre 1995 y 2005 llegaron todos, pero yo pensaba eso desde antes: quería hacer un proyecto de 100 hectáreas... En vez de eso, hice uno de 850. Hoy no pienso que exista un país en el mundo donde se pueda desarrollar un proyecto como este, tan rápido. Fue un desafío enorme. 
Hay una especie de norma que dice que, para cualquier proyecto vitivinícola, hay que pensar primero en una marca y su comercialización; luego, en una bodega y, por último, en un viñedo. La historia de Clos es al revés, ¿por qué?
No totalmente. Yo diría que todos los proyectos que fracasan en el mundo lo hacen porque los inversores llegan con plata, invierten, producen y antes nunca se ponen a pensar cómo vender. Entonces, llega un momento que se acumula el stock y no se vende el vino. Cuando empezamos nosotros, sí, compramos el terreno, plantamos, hicimos primero la bodega Monteviejo y luego empezamos a hacer Clos. Pero antes encontramos a un distribuidor mundial en Francia. Hicimos todo al mismo tiempo. Por supuesto, el primer año producimos 180.000 botellas, lo cual parecía imposible de vender en ese momento. Pero lo vendimos. Ahora hacemos muchísimo más. No te digo que sea simple, es una competencia, es un negocio como cualquier otro, nada es perfecto. Si yo tuviera que empezar un negocio ahora, sí, empezaría por tener una distribución, comprar uva, hacer vino y después puede ser una bodega.
En 30 años, ¿qué aprendiste del consumidor argentino?
Cambió. Yo digo siempre que cuando llegué a Argentina, los vinos no estaban a mi gusto. A los consumidores les gustaba Valmont y para nosotros era un horror total (ríe). Cada vez que me subía a un taxi le preguntaba al tipo si estaba tomando vino. “Sí, sí, me encanta el vino”, me respondía. Y 9 veces sobre 10 me nombraban el Valmont, que para mí era el antivino total.
¿Y cuál te parece que es la tendencia hacia el futuro?
No hay que preocuparse. Argentina cambió: de un mercado doméstico a uno internacional. Hoy no se puede hacer vino solamente para el mercado interno, no hay consumo suficiente. Hay que hacer vino que se venda adentro pero que también se venda afuera. Ya todos tienen eso en mente. Hace 30 años, no. No sabían que se podía exportar vino. Lo descubrieron en los 90, cuando la relación peso/dólar era infernal. Y había que hacerlo porque si no desaparecía la vitivinicultura. Entonces, no sé cuál va a ser el vino de mañana, pero seguramente será el que encuentre consumidores afuera. Si no es de mi gusto, no importa. Yo ya tengo suficiente (ríe).
En nuestro país cayó mucho el consumo de vino pero subió la calidad, ¿cómo se explica?
Era una necesidad. No es agresivo lo que voy a decir: yo fui asesor de Trapiche y en esa época, Trapiche tenía 6 máquinas de Tetrapak. El vino ícono era Termidor, intomable. Yo soy íntimo amigo de Ángel Mendoza (enólogo fundador de Trapiche) y Ángel también decía que era intomable. Pero estaba haciendo millones y millones de litros. Tenía razón en esa época. Yo le decía a Pulenta padre: “Cuidado, esto va a cambiar”. Porque en Francia había pasado exactamente lo mismo 30 años atrás. Bajó mucho el vino de mesa, que te aterciopelaba el estómago, un horror, como el Termidor. Y Pulenta me decía que no iba a cambiar. Mirá cómo cambió. En Argentina tenía que desaparecer el vino de baja calidad. Quedan algunos, pero no hay mucho. Y el consumo bajó, como en Francia: pasó de 128 litros en el año 73 a 48 hoy.
El perfil de inversionistas en el vino parece haber cambiado en los últimos años: de familias muy tradicionales a inversiones más furtivas de gente “nueva”. ¿El vino es más rentable que antes?
No. Hay una broma en Burdeos que dice: "¿Sabés cómo hacer una pequeña fortuna en el vino? Hay que empezar teniendo una gran fortuna" (ríe). Hay dos tipos de inversión. La de grupos grandes, como Concha y Toro o Trapiche, por ejemplo. Por otro lado está la inversión privada, que pasa por la atracción del vino. Mirá a la familia Bonnie (Diamandes), que no vienen del vino: un poco por mi culpa vinieron aquí y ojalá sigan queriendo estar. En Estados Unidos hacer una inversión cuesta mucho, y tener un viñedo a veces es más un problema que una ventaja. Pero lo hacen por placer personal. Yo lo entiendo: ¿dónde puse el poco dinero que gané a lo largo de estos 45 años? Aquí. Por suerte funciona así.
¿Cómo te llevás con que te digan que sos el padre del vino argentino moderno?
No sé. Por supuesto que llegué en un momento en el que la Argentina tenía que cambiar. Estuve en el lugar correcto en el momento correcto, fue una coincidencia. Pero cambiaron todos: Catena, Trapiche, Salentein. En 10 años cambió todo y eso es lo destacable. La gente no es estúpida y vio que el mercado interno, por bueno que fuera, no era suficiente y había que hacer vino para venderlo afuera. Arnaldo Etchart fue un visionario, porque en el año 86 estaba dando la vuelta al mundo para vender su vino. Siempre fracasaba porque el vino no era para el gusto internacional. Pero se puso a trabajar, me llamó a mí y me preguntó qué vino tenía que hacer para exportar.
¿Cómo ves el vino argentino afuera?
Muy bien. Turbulencia hay para todos, Francia, España, Italia, y Argentina no está peor. Hay muy buenos vinos sin duda, hay mercado, pero la competencia es muy fuerte, hay que trabajar. Todavía se puede captar clientes: China creció mucho. Hay lugar para el vino, pero no hay lugar para el vino malo. El consumo está alrededor de 260 millones de hectolitros en el mundo y va a seguir así. Si desaparecen los vinos malos, hay espacio para los otros. 
¿Cómo podrías definir a cada bodega que forma parte de Clos?
Cuando hicimos este emprendimiento, había una posibilidad: hacer una bodega enorme con un enólogo jefe. Yo dije que no porque íbamos a tener un solo vino, una sola visión y listo. Con varias bodegas, los vinos son siempre diferentes. Podemos tomar Diamandes, Monteviejo, Mariflor, Cuvelier: son distintos. El asesor es el mismo, pero los enólogos otorgan al vino una personalidad. Cuando hacemos el Clos es divertido. A veces lo hago en una bodega y después en otra. Todos los enólogos mandan muestras y cada uno me dice: "El nuestro está muy bueno, ¿no?" (ríe). La mezcla siempre resulta mejor.
En tu bodega hay algo de cemento, pero en las demás no. ¿Qué opinás del cemento para la vinificación?
Cuando empezamos el proyecto, el cemento en Argentina no era cultural. Voy a ser un poco duro (ríe). Si no conocés, te agarra un argentino promedio y te dice: “Te voy a hacer un cemento tremendo”, pero pone demasiada arena. Te promete alta gama y compra baja gama al mismo precio. Hay que saber. Y esa es la razón por la cual no hicimos cemento al principio. Pero, en 2010, cuando hicimos la última bodega, traje a un tipo de Francia que sabía de cemento más que yo y se quedó tres meses supervisando todo. A mi amigo François Lurton le hicieron cemento hace 20 años. Hablá con él: hay vino que pasa a través de la muralla, fisuras en todos lados… Yo no quería eso.
¿Tuviste experiencias parecidas con argentinos en otros rubros?
¿Chantas? Sí, hay (ríe). 
¿Cuál fue la peor cosecha de tu vida?
En el 91, en Francia, porque directamente no hubo cosecha por la helada. Yo era un poco más joven y no tenía una consolidación como la de hoy. Fue un año bastante complicado porque no tenía trabajo y todavía no hacía muchas asesorías. Pero a raíz de eso pasaron dos cosas. Por un lado, viajé más: fui dos veces a Estados Unidos durante la cosecha, eso no lo volví a hacer nunca. Recuperé algunos clientes, ahora tengo 21 en Napa. Empezó a crecer mi ocupación de asesor. También mejoró mucho mi handicap de golf (ríe). 
En Burdeos pasamos una década del 90 terrible... En el 91 estuvo la helada. En el 92, llovió todo el tiempo, un desastre. En el 93 venía muy bien hasta que llovió entre el 15 de agosto y la cosecha. En el 94 y el 95, igual. El 96 estuvo bastante bien. En el 97, de nuevo lluvia. Dije: "Tenemos que hacer algo". En el 98 no hice nada, pero en el 99 pusimos plástico en el suelo para evitar la lluvia de fin de temporada. Ese año llovió como locos. En el 2000 pusimos la tela de plástico también, pero no llovió. Lo más divertido es que en ese momento, la administración francesa, muy inteligente, me mandó una carta diciendo: "Señor, si no saca el plástico mañana, no puede usar la denominación de origen". Respondí: "No puedo sacarlo, estoy en Estados Unidos". No apreciaron mucho mi sentido del humor. Hice un vino que se llama "El desafío", que es un vino de mesa, no tiene denominación. Vale el doble que el que sí tiene denominación. 
¿Cuántas bodegas asesorás en el mundo? 21 en Napa, ¿y el resto?
En el resto... lo menos posible (ríe). Napa es particular porque, excepto en dos bodegas, estoy yo. Napa era como Argentina para mí, hasta el año pasado que tuve que llevar un asistente. Me encanta Napa. Para trabajar, prefiero Estados Unidos. Para soñar y disfrutar, Argentina. Personalmente, estoy asesorando a 28 o 30 propiedades, el resto lo hago con mi equipo. Con ellos, entre Francia y afuera, hacemos 250 proyectos. Somos ocho personas en los cinco continentes. Tenemos mucho más en el norte que en el sur. No vamos a Australia pero vamos a Sudáfrica, Argentina y Chile. Antes hacíamos Brasil. 
¿El Malbec argentino ya alcanzó su techo?
Siempre hay más para hacer. Yo he hecho 46 cosechas en Francia, van a ser 47 dentro de pocos meses. Todo está cambiando. El viñedo y la vinificación se pueden mejorar, nunca se termina. Con más o con menos tecnología, con más conocimiento del lugar. Los suelos son bastante parecidos pero no son iguales. Aquí, en 850 hectáreas, tenemos 250 metros de diferencia desde la entrada hasta uno de los viñedos. En el suelo hay mucha variación, todo eso hay que estudiarlo y aprovecharlo. Cada año somos un poco menos estúpidos.
Acá estamos tratando de conquistar a los paladares más jóvenes. ¿Es así en el mundo?
Es una buena idea, porque el futuro es mejor. Hay que convencerlos de seguir tomando vino y de cambiar un poco de costumbre de consumo. Creo que es el trabajo de todos. Cuando llegué acá, la problemática era prácticamente igual. El tema es que buscar el producto que va a convencer a la juventud lleva tiempo. Un día va a salir. 
Si tuvieras que tomar una sola cepa el resto de tu vida, ¿cuál sería?
Tengo un montón de respuestas malas para esto. Mi origen me hizo apreciar mucho el Merlot. Mi familia estaba en Pomerol, yo nací en Pomerol y allí estaba el Merlot. Hasta el momento en que entendí un poco de vino, creía que todo era Merlot, que no tenía otra cosa. El gusto del Merlot me da placer, es un gusto personal, por fuera de mi profesión.
¿Qué le dirías a la gente que es el vino para vos?
No sé si hay una buena respuesta. El vino te gusta o no te gusta. Si no te gusta, ¿por qué tomarlo? No hay que forzar la naturaleza. Hay vinos que me gustan más que otros, pero puedo catar y tomar todos los vinos con placer. 
¿Cuál es la etiqueta más barata que más te gusta? 
De $300 o $400, Diamandina. Pero no lo tomo mucho, porque conmigo son todos muy amables y siempre me dan los mejores (ríe). 
¿En algún momento no tomás vino?
Por suerte, no. En un día puedo llegar a tomar 300 muestras. Yo digo siempre una cosa: la cata loca, de 80, 100 o más vinos, es como correr. Si nunca corriste, vas a hacer un kilómetro y vas a estar muerto. La cata es igual: si tenés la costumbre de catar mucho vino, podés catar 200 veces sin problema. 
¿Qué otras cosas te dan placer?
Eh... el vino (ríe). Muchas cosas. Me gusta la música, la comida. Me encanta jugar al golf, aunque a mi espalda no tanto. Me encanta viajar. Estoy seis meses afuera y seis meses en Francia. 
¿Trabajás con muchas mujeres?
No lo suficiente. No hay una mujer en mi equipo de asesores. El tema es que, cuando estamos buscando a alguien, decimos que hay que tener disponibilidad para viajar. Para una mujer no es un trabajo tan fácil. Pero nunca vino una mujer a decirme: "Quiero hacer esto". Sí hay una mujer en el laboratorio, pero no viaja con nosotros. 
¿Cómo es un día tuyo acá?
Todas las mañanas voy a una bodega a catar vino. A la tarde tenemos reuniones y puedo trabajar en mi bodega con Rodolfo. Y listo. Normalmente estoy cuatro o cinco días acá. Es un lindo ritmo. Es mucho más loco en Burdeos, porque puedo llegar a visitar cinco, seis, siete propiedades en un mismo día. 
¿Te importan los puntos Parker, Atkin...?
A mí, nada. Pero tengo clientes que los miran. Un poco hay que tenerlos en cuenta.
¿Una cosecha de Clos?
2009.
¿Tres platos que te gusten?
Me encanta la carne roja, en todos lados. En Francia hay buena, en Estados Unidos y aquí por supuesto. Me encanta el canard laqué (pato laqueado), de China. Y los pescados. Un pescado bien hecho a la sal puede ser fantástico, un salmón salvaje. 
¿Restaurante argentino favorito?
Oviedo.
¿Cuántos años más pensás que vas a trabajar?

Lo que me permitan el paladar o las piernas. 

Fuente: https://www.filo.news/comida/Entrevista-a-Michel-Rolland-el-frances-que-cambio-la-industria-del-vino-argentino-20190617-0029.html


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