ALEGATO DE SOBERANÍA: LA NOCHE EN QUE LA DIPLOMACIA
ARGENTINA SACUDIÓ EL TABLERO DEL COLONIALISMO.
Por Roberto Arnaiz.
En el corazón frío de las Naciones Unidas, el 9 de
septiembre de 1964, una voz argentina se alzó como una lanza: la del embajador
José María Ruda. No gritó. No imploró. Argumentó. Y con la fuerza de la verdad
y el derecho, dejó grabada en la historia una de las piezas más sólidas de la
diplomacia nacional: el alegato que dio origen a la Resolución 2065 (XX)
—vigésima sesión de la Asamblea General—, el primer reconocimiento
internacional al reclamo argentino de soberanía sobre las Islas Malvinas.
Hasta ese día, las Malvinas eran, para gran parte del mundo,
un rincón olvidado del imperio británico. Una rareza en los mapas. Un vestigio
romántico de la época colonial. Pero Ruda, con voz templada y papeles en mano,
desmontó ese decorado de apariencias.
Denunció que no se trataba de una posesión más, sino de una
usurpación consumada en 1833, cuando fuerzas británicas expulsaron por la
fuerza a la administración argentina legítimamente establecida en las islas.
Fue una toma sin eufemismos, con violencia y reemplazo de población, contraria
al derecho internacional.
Su intervención en la ONU fue el corolario de una estrategia
paciente y lúcida que había comenzado con la aprobación, en 1960, de la
Resolución 1514 (XV), conocida como la "Declaración sobre la concesión de
la independencia a los países y pueblos coloniales". Ese documento de tono
revolucionario, en medio de la Guerra Fría, abría la puerta a que las colonias
del mundo exigieran el fin del dominio extranjero. Ruda se aferró a esa puerta
y la empujó con todo el peso de la historia argentina.
No fue un improvisado ni un burócrata de turno. José María
Ruda, doctor en Derecho, diplomático de carrera y jurista reconocido, llegó a
presidir entre 1988 y 1991 la Corte Internacional de Justicia en La Haya. Su alegato
del 64 no fue un acto de pasión patriótica, sino el resultado de décadas de
conocimiento jurídico, dominio diplomático y una conciencia aguda de lo que
estaba en juego.
En su discurso, demostró que el caso Malvinas no se
encuadraba en la clásica figura del colonialismo con pueblos oprimidos
esperando emancipación. No había un pueblo originario esperando su libertad,
sino una población implantada tras el desalojo forzoso de los habitantes
legítimos.
El caballito de batalla británico era la autodeterminación,
pero en Malvinas esa palabra era puro cartón pintado: los que mandaban en las
islas eran los nietos de los que llegaron con fusil en mano.
El alegato fue demoledor. Ruda habló de derechos históricos,
geográficos, jurídicos. Citó la ocupación efectiva de las islas por parte de
Luis Vernet, la presencia de autoridades argentinas antes de 1833, la
existencia de acuerdos diplomáticos previos y la reacción formal del gobierno
de Buenos Aires tras la expulsión.
También denunció la política de discriminación sistemática
hacia los argentinos continentales, impedidos de radicarse en las islas. Y
cerró su intervención con una frase que todavía resuena: “El deber jurídico y
moral de Gran Bretaña es devolver las islas a su verdadero dueño.”
Una semana después, el 16 de septiembre de 1965, la Asamblea
General de la ONU adoptó la Resolución 2065 (XX) —vigésima sesión de la
Asamblea General—, que reconocía la existencia de una disputa de soberanía
entre la Argentina y el Reino Unido y llamaba a ambos gobiernos a entablar
negociaciones bilaterales, teniendo en cuenta los intereses (no los deseos) de
los isleños.
La diplomacia argentina lograba así un hito histórico: por
primera vez, la comunidad internacional reconocía el conflicto como una
controversia a resolver, y no como un asunto cerrado del pasado imperial
británico.
El entonces presidente argentino, Arturo Illia, un médico
austero y demócrata cabal, había respaldado la estrategia con firmeza. Su breve
pero digno gobierno sería derrocado menos de un año después, en otro de los
tantos golpes de Estado que interrumpieron la vida institucional argentina
durante el siglo XX. Pero el legado de Ruda quedó.
Desde entonces, el camino fue errático. Siguieron gobiernos
que usaron la causa Malvinas como consigna vacía o moneda de cambio. La
diplomacia se volvió intermitente. Y la memoria, frágil.
Década del 90: claudicaciones diplomáticas.
Durante el gobierno de Carlos Menem se firmaron los Acuerdos
de Madrid (1989–1990), que, bajo el pretexto de normalizar relaciones
diplomáticas con el Reino Unido, congelaron el tema soberanía. A cambio de la
reanudación del comercio y el vínculo formal, la Argentina aceptó condiciones
que fortalecieron la posición británica, especialmente en pesca, hidrocarburos
y comunicaciones. (Este episodio será desarrollado en detalle más adelante).
Siglo XXI: contradicciones y retrocesos.
En 2016, durante la gestión de Mauricio Macri, el
vicecanciller Foradori firmó el acuerdo con Alan Duncan que impulsaba medidas
prácticas favorables a los británicos sin ningún avance concreto en el tema
soberanía.
Lo más escandaloso fue que, según testigos, Foradori lo
habría hecho en estado de ebriedad, en la cava de la embajada británica en
Buenos Aires. La firma fue mantenida en secreto y se conoció por filtraciones.
Su contenido fue rechazado luego por amplios sectores políticos y académicos.
(Este episodio será desarrollado en detalle más adelante).
Disonancias internas: de la seducción a la negación.
Las declaraciones de expresidentes argentinos oscilaron
entre la provocación y la resignación. En 1997, Carlos Menem afirmó: “Las
Malvinas serían un fuerte déficit adicional”. Eduardo Duhalde propuso “seducir
a los kelpers”, como si se tratara de un dilema sentimental. Y Alberto
Fernández sostuvo que “no tenemos problemas con los kelpers, sino con los
ingleses”, deslizando una falsa dicotomía que desvincula a los habitantes de
las islas del poder colonial que los sostiene. (Este episodio será desarrollado
en detalle más adelante).
Volver a Ruda: soberanía no es discurso, es política de
Estado
A pesar de todos los retrocesos, el reclamo persiste. Porque
está en la Constitución. Porque está en la sangre de los que murieron en la
guerra. Porque está en los miles de argentinos que siguen creyendo que la
soberanía no es una cuestión de superficie, sino de dignidad.
La Primera Cláusula Transitoria de la Constitución reformada
en 1994 lo deja claro: “La Nación Argentina ratifica su legítima e
imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas...”. Fue aprobada por todos
los constituyentes menos uno. Ese uno, como si fuera una ironía de la historia,
luego ocuparía dos ministerios en el Poder Ejecutivo nacional.
Hoy, frente a un Reino Unido cada vez más afianzado en su
presencia militar y económica en las islas, y ante una comunidad internacional
que mira hacia otros conflictos más sangrientos o más rentables, la Argentina
necesita recuperar el espíritu de Ruda: una diplomacia sólida, coherente,
perseverante y con respaldo político integral.
No hacen falta más discursos inflamados ni gestos vacíos.
Hace falta trabajo sostenido, unidad nacional y una estrategia clara que
trascienda los calendarios electorales.
Porque, como dijo el embajador Ruda en 1964, no se trata
solo de una cuestión de tierras. Se trata de un principio universal: el respeto
al derecho, la integridad territorial y el rechazo a la ocupación por la
fuerza.
La comunidad internacional no puede mirar para otro lado sin
traicionar los principios que dice defender.
Aquel alegato de Ruda fue, quizás, el último gran momento en
que la Argentina puso a la diplomacia al servicio de la soberanía, y no al
revés. No lo hagamos polvo de archivo. Hagámoslo bandera.
Bibliografía:
· Discurso
completo de José María Ruda en la ONU, 9 de septiembre de 1964 (Archivo del
Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la Nación Argentina).
· Resolución 2065
(XX) de la Asamblea General de la ONU, 1965.
· Resolución 1514
(XV) de la Asamblea General de la ONU, 1960.
· Balza, Martín.
"A 55 años del último e histórico logro de la diplomacia argentina sobre
la cuestión Malvinas". Infobae, 8 de agosto de 2020.
· Entrevista a
Carlos Menem. Diario Página/12, 18 de enero de 1997.
· Artículo de
Caputo D. y Cisneros A., La Nación, 31 de mayo de 2017, pág. 33.
· Convención
Constituyente de Santa Fe, Reforma de la Constitución Argentina, 1994.
· Testimonios de
Carlos M. Muñiz, fundador del CARI.
· Testimonio de
Gabriel Fuks, embajador en Reino Unido (2022), sobre la firma del acuerdo
Foradori-Duncan.
· Entrevistas de
Alberto Fernández y Eduardo Duhalde sobre Malvinas (Archivo Presidencia,
2020–2022).
https://www.robertoarnaiz.com/post/alegato-de-soberan%C3%ADa-la-noche-en-que-la-diplomacia-argentina-sacudi%C3%B3-el-tablero-del-colonialismo
Malvinas: La Causa que No Envejece,
Las Malvinas siguen allí. Firmes como un juramento grabado
en piedra, obstinadas como el viento que las azota desde que el mundo es mundo.
No se mueven en el mapa, pero tiemblan en nosotros: avanzan y retroceden como
una ola persistente que nunca deja de golpear la memoria argentina.
Cada promesa diplomática que se deshace, cada acto escolar
que despierta un fervor limpio, cada lágrima de un veterano que aún huele la
pólvora húmeda de la trinchera, cada madre que escribe el nombre de su hijo
sobre una tumba sin nombre… todo eso hace que las islas se muevan. No en el
mar: en el alma.
Porque Malvinas no es una geografía. Nunca lo fue. Es una
historia viva. Una herida que respira. Una promesa que no acepta jubilarse. Una
esperanza que, incluso cuando parece apagarse, vuelve a encenderse con la
terquedad de las causas que no conocen el cansancio.
Desde aquel avistamiento de 1520 por Andrés de San Martín
—ese primer destello en el horizonte frío— las islas quedaron clavadas en el
destino argentino. Siglos de disputa, indiferencia, silencios y tensiones. Una
historia que no empezó en 1982 y que tampoco terminó allí. La guerra fue una
llamarada, pero la brasa venía de antes y sigue encendida.
Malvinas es resistencia. La resistencia de un pibe de 18
años temblando de frío en una trinchera cavada con las manos. La resistencia de
un suboficial que sostiene el ánimo de su tropa con una broma ronca y una
mirada firme. La resistencia de un veterano que vuelve a contar lo que vivió
—no para glorificarse, sino para que nadie olvide. La resistencia silenciosa de
una madre que no pide venganza: pide memoria.
También es ese susurro que atraviesa todo: la flor dejada en
el cenotafio sin cámaras ni discursos; el mural de barrio pintado con pintura
barata pero orgullo caro; el casco de un obrero marcado con las islas; la pared
de un rancho en el norte profundo donde un chico que jamás vio el mar sabe, sin
que nadie se lo haya enseñado, que allá afuera hay algo que es suyo.
Malvinas es presente. Es el radar militar que vigila un mar
que debería ser nuestro. Las licencias de pesca entregadas a potencias que
saquean lo que pertenece al país. Los recursos marítimos drenados mientras
algunos fingen que no pasa nada. La ocupación colonial más descarada del siglo
XXI, sostenida por la indiferencia del mundo.
Pero Malvinas también es futuro. Porque un pueblo que no
abandona lo que es suyo está sembrando —día tras día, generación tras
generación— su propio regreso. La soberanía no se improvisa: se construye.
Malvinas late en cada padre que explica por qué "el sur
también existe", en cada maestro que enseña que la soberanía no es una
frase: es una responsabilidad. En cada diplomático que insiste, en cada
historiador que documenta, en cada artista que canta, en cada escritor que escribe,
en cada veterano que vuelve a hablar aunque le tiemble la voz.
Y Malvinas mañana… será lo que nosotros hagamos hoy. Será
memoria o será abandono. Será causa viva o será postal desteñida. Será legado o
será adorno. Pero la historia es clara: los pueblos que honran a sus muertos,
que defienden su verdad, que no convierten su dolor en mercancía, son los que
finalmente vencen.
Por eso Malvinas volverá. No como un estruendo, ni como un
milagro, ni como un capricho del destino. Volverá cuando el país entero esté
preparado para recibirlas con justicia, con paz y con memoria. Volverá porque
las causas justas no se extinguen: se heredan.
Y mientras sigamos nombrándolas, mientras sigamos
recordando, mientras sigamos diciendo "presentes" aunque duela… las
Malvinas jamás serán ajenas.
No se pierden. Se heredan. Y una causa heredada por todo un
pueblo es una causa que jamás se rinde.
https://www.robertoarnaiz.com/post/malvinas-la-causa-que-no-envejece