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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.
LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.
“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).
“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.
martes, noviembre 04, 2025
Había una vez… dulces decesos prematuros Juan Luis Gallardo. Por Franco Ricoveri.
jueves, octubre 31, 2024
Había una vez…una madre.
Había una vez…una madre.
Por Franco Ricoveri.
-Abuelo, si San Martín es el padre de la Patria, ¿quién es la madre de la Patria?
-Ante todo, te diría que no sé si a San Martín lo llamaría así. Creo que ese título le correspondería a Don Cornelio Saavedra… Y obviamente no lo digo para desmerecer a nuestro Libertador, que fue el más grande de los argentinos, pero eso no significa que sea el “padre”. Tu pregunta es muy linda, porque, así como las personas necesitan a mamá y a papá, también podría decirse de las naciones. La primera respuesta que me surge es que la Madre es la Virgen María, que estuvo presente y acompañándonos desde que fuimos formándonos. En Itatí, Luján, el Valle, en Malvinas, ¡en todas partes! Pero podrías decirme que María también es Madre de los demás… y es cierto. Así que te voy a nombrar a otra: Santa María Antonia de la Paz y Figueroa, conocida hoy como la Mamá Antula.
-¿Es la que pusieron hace poco en la Parroquia? -Exacto. La canonizaron recién este año, pero vivió en el siglo XVIII, cuando éramos un virreinato español. Nació en el año 1730.
-Y, entonces, ¿qué hizo para merecer ser llamada “madre de la Patria”?
-Creo que le debemos a ella una marca profunda que tuvo Argentina desde sus comienzos. Te cuento. Ella era santiagueña, muy bonita, de familia acomodada. Se dedicó desde joven a servir a Dios y por Dios a los demás, especialmente a los más necesitados, porque la caridad debe empezar siempre por los más débiles. Ayudaba a los padres jesuitas y lo hacía como “beata”. Así llamaban a algunas mujeres que se dedicaban totalmente a la vida religiosa sin ser monjas. Cuando en el año 1767 el rey de España mandó a expulsar a los jesuitas con muy malas razones, ella lamentó mucho que se perdiese la costumbre de los “Ejercicios Espirituales”. En estos Ejercicios, los cristianos se retiraban por unos días a rezar y pensar en Dios en cómo vivían. Y salían renovados. Como vio que había mucha necesidad y la gente quería hacerlos, empezó a recorrer el país organizándolos. Iba a una parte, hacía los primeros y dejaba que otros siguiesen con esa tarea para ir a otro lugar: Jujuy, Salta Tucumán, Catamarca, La Rioja, Córdoba y finalmente, Buenos Aires y Uruguay. Y un detalle: caminaba. Y caminaba descalza. ¡Hizo a pie más de 5.000 kilómetros! Y si esto les impresiona, más les va a impresionar la cantidad de gente que juntaba. Se las hago breve: se calcula que hicieron Ejercicios Espirituales con ella entre 80.000 y 100.000 personas, lo que significa cerca de un cuarto de toda la población de entonces del virreinato del Rio de la Plata. ¿Se dan cuanta lo que es eso? Por de pronto, la mayor parte de la clase dirigente que trabajó por nuestra independencia seguramente estuvo allí. Y además, no los hicieron solos. Las tandas eran de entre 200 y 400 personas cada una. Hombres y mujeres por separado. Después se juntaba gente de todos los estratos sociales: militares, esclavos, artesanos, doctores, sacerdotes… Y formaban una comunidad conviviendo en armonía. Adentro y afuera.
-¿Dónde se metía tanta gente?
-Primero en donde los invitasen, después, en Buenos Aires, construyó una gran casa que todavía existe y es la construcción civil más antigua de la ciudad. ¡Tendremos que ir! Es muy linda. Pero lo que me preguntaron es por qué me parece que la deberíamos recordar como madre de la Patria. Lo explico con dos hechos. El primero es que su labor fue la mayor obra evangelizadora argentina de todos los tiempos. Y dio frutos en Fe, Esperanza y Caridad. Lo segundo se desprende de esta última virtud. Vieron que los argentinos tenemos muchísimos defectos y todavía más cosas buenas. Entre las virtudes, una de las que más llama la atención es la hospitalidad. Somos en buena parte tierra de inmigrantes; ha venido a vivir entre nosotros gente de todo el mundo, y a todos se los recibió con afecto. No existen, por ejemplo, los graves problemas de racismo que hay en otros lados. Y eso se debe en gran medida a que aquellos hombres vivieron de manera fuerte esas virtudes católicas que se vivían en los Ejercicios. Y no digo “cristianas” en general, porque en occidente buena parte del racismo tiene raíces protestantes. Pero ese es otro tema. Santa María Antonia “construyó” una sociedad mejor brindándoles a los ejercitantes un “proyecto de vida” y ese “proyecto de vida” se transformó naturalmente en un proyecto de país. Un último detalle: estos “retiros” eran totalmente gratuitos, por eso podían ir todos. Para eso debería haber una gran fortuna que los sostuviera, pero no. Se confiaba en la Providencia y la Providencia nunca fallaba.
En fin, una madre quiere a sus hijos, los alimenta, los educa, los cuida… Eso es lo que ella hizo con nuestra gente. Hoy sigue siendo medio desconocida, sí, pero es grande en serio. Y por eso la llamamos “Mamá Antula”. Y un hijo siempre quiere a su madre, ¿no? -¡Sí! – dijeron todos sin dudarlo.
Publicado en LA PRENSA.
https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vezuna-madre-552090.note.aspx
martes, agosto 27, 2024
Había una vez…un país que reía. Por Franco Ricoveri.
Había una vez…un país que reía.
Por Franco Ricoveri.
miércoles, julio 31, 2024
Había una vez... un pueblo. Por Franco Ricoveri.
Había una vez... un pueblo.
martes, julio 02, 2024
Había una vez… un soldado.
miércoles, junio 26, 2024
Había una vez un inmigrante: Francesco Turi.
Había una vez... un inmigrante.
Publicado en LA PRENSA.
https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vez-un-inmigrante-546363.note.aspx
martes, septiembre 05, 2023
Morir en Malvinas (Último parte de guerra).
Por Franco Ricoveri.
Me había propuesto “colgar los guantes” con estos “partes”: hay en La Prensa plumas más jóvenes y vigorosas que no dejan que se apague el fuego. El combate sigue y, en algunos aspectos, mejor que nunca. En lo político, sin dudas es claro que estamos peor, porque ahí ni siquiera se lucha, pero es otro tema.
A volver a escribir esta última vez, me obligó una pregunta de mi nieto mayor, de cinco años.“¿Quién ganó la guerra?”, me dijo en su inocencia. Se imaginan que el pobre chico nació rodeado de recuerdos malvineros…
Quizás se había quedado con la imagen de uno de los gloriosos aviones que, dejados de lado por el tiempo, vio en una plaza. Nostálgica imagen de otra Argentina. Que tenía aviones. Que tenía coraje para luchar. O quizás en sus ojos estaba la memoria de viejos soldados que marchaban aplaudidos en un desfile de pueblo…
Y como no hay que mentir, pero tampoco derrumbar ilusiones le respondí una verdad: “En aquella batalla perdimos, pero al final vamos a ganar.”
LA MISMA PASTA.
Después pensé que podría haberme ido más atrás contándole que a los mismos enemigos ya les habíamos ganado varias veces: dos veces cuando nos quisieron invadir y años después de nuevo, cuando quisieron meterse en nuestros ríos… Claro en aquellos tiempos teníamos al viejo Liniers y a Don Juan Manuel… Otra Argentina. Pero en todo caso, esencialmente nuestra gente es de la misma pasta que la de aquellos guerreros.
En “los pibes de Malvinas” corría la sangre del Libertador y de Martín Miguel. Lo demostraron con creces, aunque hoy esa sangre parezca degradada.
Pero, entreverando recuerdos, también surgieron los feos… Hubo un tiempo en que nos olvidamos de los muertos y los argentinos miramos para otro lado. Como veníamos diciendo en estos Partes de Guerra, lo peor vino después, cuando el enemigo estaba en casa y era uno de los nuestros. Debe haber pocas heridas más purulentas que las que causa la ingratitud. Si en una guerra las bajas se cuentan sumando los muertos y los heridos, hoy podríamos decir que pocos son los que habiendo participado en esa guerra salieron indemnes. Porque hay heridas más profundas que las de esquirlas y balas. Durante los años que siguieron a 1982, las bajas han sido terribles. ¿649 más cuántos? ¿10.000 quizás?
Ojo, que lo mismo pasó entre las tropas adversarias: también entre ellos hubo más suicidios que caídos en combate, y olvidos, y desprecios… Y eso hizo que se dieran cuenta de una realidad eterna: el verdadero enemigo no era el otro soldado contra el cual habían peleado. Esos eran hombres como los nuestros, aunque no se dieran cuenta que su bandera era falsa. El enemigo de fondo es la injusticia. Antes, durante y después de la guerra la injusticia golpeó a todos los combatientes… No por igual, porque la justicia de la causa solamente estaba de un lado, pero los golpeó a todos. Y sigue.
¿Qué pozo de zorro nos salvará del bombardeo de mentiras, de las epidemias de odios y muertes? ¿Qué bandera nos sacará de estas trincheras donde envejecemos melancólicamente sin esperar que algún día llegue el alba? Al enemigo de hoy no lo trajeron por los mares, los sacaron de entre nosotros, convenciéndolos con infames mentiras.
Lloramos por los 649 que quedaron en las islas, por los otros miles que siguieron cayendo, pero ellos por lo menos supieron luchar. Sufrimos por Malvinas el 14 de Junio de 1982, pero más deberíamos llorar por esta tierra que parece sin esperanza, por esta tierra que mata a sus hijos nacidos y no nacidos de a miles y sin escrúpulos, que estafa a los niños sobrevivientes con falsas promesas de educación y trabajo, que promete salud y brinda muerte… Aunque al final vamos a ganar. Para que llegue la “resurrección”, primero hay que verle la cara a la muerte.
EL ÚLTIMO EPISODIO.
Malvinas fue el último episodio de la guerra de la Independencia. Nuestra guía desde aquel entonces es el Padre de la Patria, Don José de San Martín. Siempre nos preguntamos cómo hubiera obrado el Libertador en aquellas circunstancias. Pregunta algo ociosa, porque en 1982 carecimos de estrategas y estrategia y San Martín en ese campo fue uno de los más brillantes que dio la Historia universal. Es una pregunta que todavía necesitaríamos responder. Desde ya que hubiese defendido hasta la muerte la integridad nacional.
La imagen del Libertador, anciano y achacoso, ofreciéndole su ayuda a Don Juan Manuel para defender nuestra dignidad, se hubiese repetido. Pero de allí en adelante, todo hubiese sido distinto. Sin ninguna duda. Y el que en nuestras Fuerzas Armadas no se haya hecho nunca un análisis “sanmartiniano” de la Gesta, es una cara más de la derrota. O de la muerte. Porque tristemente en Malvinas también murió nuestra capacidad de defensa: entregados y castigados por Occidente (como alumnos díscolos), traicionado por nuestra dirigencia, fuimos perdiendo en lenta sangría a nuestros mejores hombres, que terminaban sus carreras expulsados, asqueados, y en consecuencia, perdimos todo lo demás: aviones, barcos, etc. etc. etc. En Malvinas murieron mucho más que 649 hombres de coraje. Después de la rendición hubo un intento de asesinato cruel y despiadado de la Patria, una destrucción sistemática de todos los valores que nos hicieron grandes. La familia, la Fe, la Esperanza, todo lo bueno, bello y verdadero fueron blanco de los bombardeos enemigos. Las bombas de racimo o fósforo, el cañoneo “de ablande” que tiraron en aquellos largos días para desmoralizar a nuestras tropas, no lograron tanto daño como los ataques que estamos soportando desde hace 40 años.
Pero como vemos la muerte, también creemos en la resurrección. Alguna vez escribimos que “Malvinas era la bandera de una Argentina que no se rinde”. Lo creemos, no es una vana ilusión: es una certeza constatada. Los que no se rindieron hoy siguen el combate, y, desde estos “Partes de Guerra” que hoy concluimos, dimos testimonio. Quizás estemos esperando un “estratega” que reagrupe las fuerzas y ejecute un plan. Hoy nos falta un San Martín, un Belgrano, un Rosas… Entre los candidatos a gobernarnos no se aprecia a ninguno. Ojalá me equivoque. Ciertamente que nos sobran politiqueros que sólo se miran el ombligo y ellos son el mayor obstáculo para la resurrección de Argentina. Pero lo que sí puedo dar testimonio es que la “tropa” está esperando, porque nuestra gente tiene “buena madera” y respondió siempre a la llamada de la Patria. Es la Argentina profunda. La que tiene en Malvinas su bandera y en San Martín su gran Capitán. Es la Argentina de los jóvenes que se siguen emocionando al oír la voz de nuestros Veteranos cuando les dicen que siempre hay y habrá razones para vivir, luchar y hasta morir con dignidad.
LA LUCHA SIGUE.
No querría quedar como mentiroso frente a mi nieto. Tengo la certeza en que el Fin de los Tiempos restaurará el orden, pero no debe encontrarnos en el abandono o el desánimo. La lucha sigue y debe hacerse como pide Martín Fierro: “desde abajo”. “…Se ha de recordar para hacer bien el trabajo, que el fuego para calentar, debe ir siempre desde abajo…” La Argentina profunda llegará a dominar esa caricatura que hoy domina sólo desde adentro, “desbordando su interioridad”. Y ese es un trabajo lento, como la agricultura, como la “cultura”.
Se terminó esta columna. ¿Qué otra palabra que decir que no sea “gracias”? De manera especial a La Prensa, un diario siempre valiente y a los que siguen el combate sin bajar los brazos. ¡Malvinas, volveremos!
Publicado en Diario LA PRENSA.
https://www.laprensa.com.ar/Morir-en-Malvinas-Ultimo-parte-de-guerra-534451.note.aspx
martes, marzo 28, 2023
Gandalf en Malvinas: el Padre Vicente Martínez Torrens VGM (Parte de Guerra X).
Por Franco Ricoveri.
Quizás alguno no sepa que Gandalf es un personaje de “El Señor de los Anillos” de J.R.R. Tolkien, según muchos la más grande obra literaria del siglo XX. Sin ser Gandalf un guerrero estrictamente hablando, fue el protagonista clave en la Guerra del Anillo: pensaba, recorría, alentaba…. confiaba. Sobre todo eso: era fiel; nunca abandonó a su gente. Sé bien que el “yo” es odioso al hablar y al escribir, pero también que una función del “Parte de Guerra” es declarar como testigo, así que me perdonarán que les cuente que, después de charlar un largo rato con el Padre Vicente Martínez Torrens, el último sobreviviente de los capellanes de Malvinas que nunca dejó el combate, me imaginé que estaba frente a una especie de Gandalf y, me animo a decir con énfasis: frente al protagonista más noble e importante de la Gesta de Malvinas.
Su aspecto hoy, a sus 83 años es señorial, distinguido; simple y sereno; afectuoso, confiable. Confieso que por su libro “Dios en las trincheras”, diario de guerra (enriquecido con apéndices) ya lo tenía en mi podio; ese libro es una maravilla y uno de los más útiles para entender en verdad y profundidad nuestra Gesta y su sentido. Este verano mi admiración creció leyendo otra joya editorial: “El Altar y la Guerra” de Sebastián Sánchez. Allí pude apreciar la labor conjunta de todos los capellanes durante y después del conflicto. Allí también renovar mi admiración por el Padre Vicente. Y todavía, otra vez, entristecerme por lo ingratos que somos los argentinos con nuestros próceres. Sí, aunque sé que cuando lea esta nota, al Padre Vicente le va a molestar que lo diga, él, como muchos de nuestros guerreros, está en esa categoría. Un verdadero Padre de la Patria.
Hubo varios capellanes, argentinos hasta el tuétano, que habían nacido en nuestras “madres Patria”: España e Italia. ¡Tenía que ser así para que se vieran claramente nuestras raíces! Nuestro protagonista de hoy nació en Valencia, aunque su familia se había afincado desde antes en el Valle del Río Negro, cerca de donde todavía vive: General Roca. Salesiano, no era capellán castrense en el momento del conflicto, si no que se presentó como voluntario. Por razones de su trabajo pastoral tenía contacto con la vida militar (¡es paracaidista!) y, por eso supo que la Patria lo necesitaba en abril de 1982. Pero fue libremente y sin otra subordinación que el cumplir con la misión encomendada desde lo alto.
Su vida durante la guerra, hay que conocerla, y los dos libros que citamos son la mejor fuente. Desde ya que merecería una película: estuvo recorriendo constantemente el frente, tanto durante la larga espera de las trincheras, como cuando arreció el fuego del combate. Nadie como él fue testigo de lo que pasó: de los miedos y de los heroísmos, pero sobre todo de ver a un pueblo que sabía que luchaba por Dios y por la Patria. Con el Rosario en el cuello. Con el sapucay en la sangre. Es injusto que no nos detengamos a contemplarlo… pero en estos Partes de Guerra no podemos, nuestra función es comentar cómo sigue el combate. Por eso la imagen de Gandalf… Repito que tengo la convicción objetiva de que estamos frente a uno de los abanderados más nobles de la Gesta. Imprescindible para la Historia y los Veteranos de Guerra lo saben. Y por eso lo admiran.
La cosa es que todo ello nos movió a visitarlo con mi mujer en General Roca y fueron horas inolvidables. Como importan las raíces comenzamos hablando de los salesianos. La Patagonia fue “el sueño de Don Bosco” y por eso fue salesiana. Hubo frutos admirables en santidad y obras, una flor más de esa obra es la vocación del Padre Vicente. Pero también ese es otro tema…
Después vinieron las cosas de la guerra. Estuvo desde el comienzo hasta el final, con un brevísimo regreso motivado por la poca inteligencia (en el sentido estricto) de un general. Sus ocho misas diarias, la Fe, la alegría de la muchachada cuando lo veía llegar, la incomprensión de los altos mandos. Las buenas y las malas. El heroísmo y las miserias. Porque la caridad nunca excluye la verdad y en este mundo el bien se entrevera con el mal. Es posible ser sacerdote sin ser “padre”, pero no deja de ser antinatural. Y como la mayoría de los capellanes, el P. Vicente fue un padre afectuoso que no se olvidaría nunca de sus hijos. Los visitaba. Y los consolaba. Y los llenaba de coraje y esperanza. Y sobre todo les llevaba la Buena Nueva y la presencia misma del Resucitado. Como aquella vez que transformó a un soldado desesperado al borde del suicidio, primero en su secretario y después en un león para seguir el combate por la Patria. El buen pastor que conoce y ama a cada una de sus ovejas. Y ¡damos fe que las recuerda y todavía se emociona por ellas!
La postguerra y la desmalvinización ya sabemos que fueron infames. Sobre todo porque el enemigo estaba adentro. Si tuvimos 649 muertos en las islas, el número cruel fue mucho mayor: suicidos, abandonos… Pero recorriendo esas trincheras de tristeza y olvido estaba el Padre Vicente, nuestro Gandalf. Solo, visitando las casas de los veteranos, conociendo las familias de los muertos. Consolando almas en pena. Ojalá hubiese sido un ejecutor de una política institucional, nacional, pero no, lo hizo porque su conciencia se lo exigía. De seguro fue una tarea más dura que la del frente de batalla, sabía que tenía que compensar la ingratitud de los que olvidaban, de los que criticaban…
Volvió a Malvinas varias veces rodeado de Veteranos. Ellos lo necesitaban. Como aquél que al costado del cementerio se puso a llorar. Y lloraba y lloraba, con lágrimas duras de varón, preguntándose por qué a él le había tocado sobrevivir cuando sus amigos estaban muertos. Y allí entendió gracias al Padre Vicente que tenía otra tarea, que debía ser “la voz” de sus camaradas caídos. Y retornó como combatiente renovado.
Para que no se pierda la memoria de los muertos se propuso escribir la historia de cada uno de ellos, de los 649. Visitó sus casas, preguntó por sus vidas y buscó sus fotografías. ¡Necesitábamos ver sus caras! Aunque el lector no lo crea, los responsables de las Fuerzas Armadas no conservaron los archivos de nuestros héroes, siguiendo sin pensar un reglamento viejo y ridículo, habían quemado todo. Quizás fue descuido, o quizás algo más grave siguiendo el espíritu desmalvinizador imperante. Darán cuenta de ello también. Es triste. Lo cierto es que el P. Vicente supo con claridad que había que rescatar del olvido a los héroes, que no bastaba conocer su nombre leyéndolo en algún perdido monumento, necesitábamos ver sus caras, saber de dónde venían. Recordar es “guardar en el corazón”; hay que tener corazón para recordar… Y él tenía corazón de Padre. Para un hombre de honor, lo hay que hacer no debe faltar. Con dolor nos dijo que había unas poquitas caras que ya se perdieron para siempre. Gente simple, del monte… ¡Habrá que esperar para reencontrarnos con sus sonrisas! Pero sí que lo intentó… “hasta el último hombre”.
Así nació su último libro imposible: “649 Héroes de Malvinas”. Un libro que no debería faltar en ninguna Biblioteca de la Patria, que debería estar al lado de todos los monumentos que honran nuestra tierra. Un libro que muestra el amor de los caídos por la Patria y, de yapa, el amor de un “Padre” por sus hijos. En otros lados encontramos sus nombres, pero sólo el P. Vicente se tomó el trabajo de rescatarlos del olvido y dialogar con sus fotografías. Una medalla de honor más valiosa que todas las otras juntas, porque se la otorgan los caídos y sus familias. En su casa de Roca hay un pequeño museo. Humilde pero único. Allí está Malvinas en toda su gloria, banderas, Rosarios, cruces, su cáliz, el altar de campaña que le dio Seineldín y usó en la batalla, su uniforme, cientos de reliquias… Allí está el espíritu inquebrantable de un luchador y eso lo hace simplemente el mejor de los museos que he conocido.
Este es el Padre Vicente, el último de los curas de Malvinas que no deja de luchar. Quizás Dios nos premia con su presencia para que no olvidemos que el combate sigue, y que volveremos, porque nuestra sangre lo reclama, porque somos hijos de San Martín, de Belgrano, de Güemes, del Teniente Estévez, del Sargento Cisneros y de modo especialísimo, del Padre Vicente Martínez Torrens, español y argentino, veterano y héroe de Malvinas. Una especie de Gandalf en la Gesta. Protagonista antes, durante y después de la guerra.
Nos despedimos aquella noche con un abrazo. Sentimos que nos abrazaba la Patria y al mismo tiempo la Eternidad. No nos dijimos: “¡VIVA LA PATRIA!”, no hacía falta, porque nuestro corazón estallaba de emoción sabiendo que así era: la Patria sanmartiniana todavía vive. Gracias, Padre Vicente, de corazón. Nos alegra sumarnos a sus muchos hijos.
Por todo esto hoy, con la compañía de todos Uds. sí necesitamos poder gritar para siempre y que se oiga: “¡VIVA LA PATRIA! MALVINAS: ¡VOLVEREMOS!”.
Publicado en Diario La Prensa.
martes, diciembre 20, 2022
Martín Fierro y la concordia argentina.
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| Pintura de Carlos Montefusco, artista que, como pocos sabe captar la esencia del gauchaje argentino. |
Por Franco Ricoveri.
El Martín Fierro es nuestro gran poema nacional y nos llena de orgullo. Esta afirmación, aunque es bien común entre los argentinos, contradice todo el artículo que Ezequiel Adamovsky publicó en La Prensa el pasado 21 ("Martín Fierro y el desacuerdo argentino").
Me disculpo por no contestar cada una de sus afirmaciones, porque en estos 150 años de vida que tiene la obra hernandiana, ya mostró de sobra sus quilates para defenderse sola. Pero es cierto que desde su misma aparición tuvo admiradores y detractores. Los argumentos que esgrime Adamovsky no son nuevos. Sobre todo aquella vieja tesis borgeana que señala al "Facundo" de Sarmiento como su contracara supuestamente positiva. Que el
"Facundo" sea una obra llena de falsedades, lo dice el mismo autor justificándolas con su intencionalidad política ("el relato" diríamos hoy). Y que Fierro sea portador de verdades, es lo que forjó su sitial en la Historia grande de la Patria como verdadero Poema nacional. Es cierto que para alcanzar ese lugar primero tuvo que hacerse paso entre aquellos detractores que mencionáramos. ¿Cómo? Primero con un gran éxito popular: el gauchaje se sabía presente en esa historia. Después sí vino el aplauso creciente de la crítica, refrendado cuando desde afuera hablaron admiradores de la talla de Unamuno o Menéndez y Pelayo, que lo destacaban como algo único. Nuestro gran poeta Leopoldo Lugones también jugó su papel, pero es injusto decir, como afirma Adamovsky que "esperaba convertir al poema de Hernández en la piedra angular de un culto nacionalista y autoritario". Injusto, anacrónico y es más, agraviante a la memoria de Lugones y al espíritu de sus conferencias tituladas "El payador", pero no hace al tema (al interesado lo remitiría a un libro imprescindible de José Isaacson: Martín Fierro. Cien años de crítica). El problema aquí es más grave.
Cuando pensamos que el gaucho es nuestro "arquetipo nacional" no estamos cayendo en ideologismos y miradas tendenciosas, no caemos en un relato más, desligado de las realidades argentinas, por el contrario, nos inclinamos a ver el rostro sufriente y real de nuestra Patria crucificada, como se ha dicho. Son las miradas ideologizadas, desatentas a la realidad argentina histórica y actual, aquellas que nos dividen y destruyen. Destruyeron la vida política, cultural, nuestra educación, hasta nuestra religiosidad. Y desde 1810 hasta nuestro triste presente. Siempre. Y desde ya que no es una división que creó "el gaucho", si no que la sufrió en su propio cuero y ahí, ante la injusticia, apareció Hernández que le dio voz. Pero el gaucho era más viejo que Hernández y supo llegar con su canto al corazón del pueblo para despertarlo.
La palabra "gaucho" que en tiempos "pre-Fierro" era fuertemente despectiva, fue rescatada por nuestro poeta y, a partir de entonces, es sinónimo de lo mejor que tenemos los argentinos. No es una "construcción" social o literaria, es una realidad profunda y multirracial (empapada tanto en sangre española como indígena). Encarna la trágica (y feliz) realidad de lo que significa ser argentinos. No es casualidad que en la frágil memoria popular, lo primero que brote son aquellos versos que nos llaman a la unidad ("los hermanos sean unidos."), pero partiendo de un "rumiar" nuestra realidad, no mirando para otro lado. Aunque duela. Pero hay que advertir que para entenderlo hace falta un corazón cristiano y criollo, que sepa perdonar y crea en la conversión.
En parte eso es lo que le faltaba a Borges cuando proponía que nuestro modelo hubiese debido ser el Facundo sarmientino. Lejos de creer que "el emblema gaucho encapsula nuestros desacuerdos y enfrentamientos políticos, de clase, étnicos y raciales", como afirmaba Adamovsky, el gauchaje que adoptó a Fierro como maestro sabe abrirse al misterio profundo de la realidad humana. Misterio cristiano que como nadie Fierro explica en esta estrofa: "Junta experiencia en la vida / hasta pa"dar y prestar / quien la tiene que pasar / entre sufrimiento y llanto, / porque que nada enseña tanto / como el sufrir y el llorar." Misterio al fin que sólo se acepta desde la fe (aunque la Historia termina comprobándolo).
ARQUETIPO.
Martín Fierro no es el arquetipo que nace perfecto, sino aquél que se redime a pesar de los maltratos y vejaciones que ha sufrido por parte de "los que mandan", es el que sabe perdonar y reconocer que el camino al bien (personal y social) no pasa ni por el odio, ni por la lucha estéril, pasa primero por" vencerse a sí mismo", para parafrasear al gran arquetipo de los argentinos, el Libertador General de San Martín.
Adamovsky señalaba que el gaucho era para él un "emblema de lo imposible", y que "no funciona como emblema de unidad, sino más bien de desunión".
Creo sinceramente que en el espíritu de los lectores, la palabra "gaucho" despierta lo contrario: sus mejores sentimientos. Hernández no sólo supo que era una realidad, sino también una bandera "posible", aunque no para todos... Para otros representaba una realidad que había que exterminar. Recordemos la famosa frase de Sarmiento en carta a Mitre que exteriorizaba lo que fue una política planificada: "No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos".(20-9-1861). Había que cambiar el componente racial de Argentina y para ello, el gaucho era un obstáculo. Por muchas razones el espíritu del gaucho es todavía un enemigo al que hay que aniquilar.
Martín Fierro, el gaucho, es un abanderado de la Argentina profunda y por eso molestaba y sigue molestando. Abanderado de una tierra que, humillando el poder del invasor inglés, supo expulsarlo repetidas veces; de la que cruzó los Andes para liberar América; la misma que dejó su sangre en Malvinas y sigue luchando por la tierra de sus padres, de sus hijos y nietos. Es el abanderado de una Argentina que, a pesar de sus dirigentes, "no sabe rendirse", porque aprendió que los males que nos tocan vivir, sirven para fortalecernos, y nunca, jamás, para quebrarnos. Lo es del que trabaja feliz, pero también del enfermo que sufre, sabiendo que ese sufrimiento tiene sentido. Por eso en Fierro está el poeta que canta, el niño que sueña, el padre que cuida, la madre que espera. Y su gauchaje es bandera de servicialidad, de hidalguía, de generosidad, fortaleza, coraje., y de todo lo bueno que llevamos adentro los argentinos. ¡tantas cosas lleva en su bandera que nos emociona sólo pensarlo!
Pero, ¿eso alcanza para alcanzar la "unidad" a la que estamos llamados? Y la respuesta es que obviamente no, porque hay dos Argentinas opuestas. Cuando el gran Capitán nos decía: "Serás lo que debas ser, si no, eres nada", también nos mostraba una grieta inconciliable entre los que aspiran y batallan para "ser lo que debemos ser" y los otros.
Es cuestión de "ser o no ser", de elegir una bandera y obrar en consecuencia. Y si la bandera tiene un alférez gaucho y cantor, ¡qué más podemos pedir!
Publicado en Diario LA PRENSA.
https://www.laprensa.com.ar/523838-Martin-Fierro-y-la-concordia-argentina.note.aspx
martes, septiembre 06, 2022
Nicolás Kasanzew, uno que nunca supo rendirse.
Por Franco Ricoveri.
Retomamos la charla pendiente de la primera entrega. Es demasiado lo que necesitamos saber, pero una vez más nos excusamos porque esto es un Parte de Guerra, y, por lo tanto, debe ser escueto. Los argentinos somos famosos por nuestra "falta de memoria". A veces por descuido, a veces fomentada, porque como bien repite nuestro entrevistado, el enemigo busca tergiversar, cambiarnos la Historia. Lo triste es que a menudo lo consigue. Pero allí está su combate: preservando para siempre la memoria de nuestros héroes. La batalla de Malvinas sería otra en la historia de no haber estado allí, con su micrófono, con su corazón y su sonrisa, nuestro querido Nicolás Kasanzew.
"Una sociedad que se guíe por la vara alta de los héroes es mucho más refractaria a la manipulación y al saqueo" escribió en "La Malviníada". ¿Está claro? Nicolás nunca pecó de ambiguo: "La sociedad argentina chapotea en el lodo de una resignada mediocridad, porque su horizonte de posibilidades es demasiado estrecho. Y sólo los héroes pueden ayudarla a levantar más alto la vista".
MATERIAL DESTRUIDO.
- La gran mayoría de tu material filmado en las islas, material histórico y por tanto invaluable, fue destruido por los "censores" militares, ¿has podido reconstruir esa memoria perdida?
- No, y pienso que no se podrá reconstruir. Según el testimonio de mis compañeros de Canal 7 ATC, entre el 90 y el 95 por ciento de mi material no sólo no fue mostrado, sino que fue destruido. De lo cual me enteré recién cuando volví al continente. Porque desde las islas no teníamos manera de saber que se emitía. Según una investigación hecha por el diario Clarín, faltan 100 horas de grabaciones hechas por mi camarógrafo Alfredo Lamela. Clara muestra de que nuestro material no era funcional a la propaganda triunfalista del gobierno. y de la enorme estulticia de los censores. Cada fotograma tenía un incalculable valor histórico, pero eso no les importó. Sólo se ha salvado al menos una parte de lo que llegó a ponerse al aire durante la guerra. Mi hijo Niki lo recopiló y está en mi canal de YouTube. Es un poco más de tres horas.
- Sin palabras: triste y torpe. Seguimos con nuestra "falta de memoria": está por salir un libro de Sebastián Sánchez sobre los capellanes militares en Malvinas que cubrirá un vacío importante, pero hasta ahora, se los ha nombrado poco. Ustedes paraban en la misma hostería de Puerto Argentino, ¿no? Se me ocurre que no fue casualidad, porque fueron los testigos que gozaban de una mayor libertad. ¿Qué lugar ocupan en la "Malviníada"?
- He tenido el honor de escribir un prólogo al excelente trabajo del profesor Sebastián Sánchez sobre los capellanes de Malvinas, que todavía esperan su reivindicación y reconocimiento. La injusticia que se hizo con ellos va desde el ocultamiento de su labor, a la canallesca mentira del general Balza, quien afirmó en su libro que se fueron de las islas antes del fin de la guerra. Todo lo contrario, estuvieron con las tropas hasta el último momento. Y es más: el capellán de la Fuerza Aérea, el padre Marcelo Pacheco, que podía haber sido evacuado de inmediato con todos los prisioneros, se hizo pasar por oficial para compartir el cautiverio de 500 cuadros que los británicos mantuvieron como rehenes, por espacio de todo un mes, en condiciones deplorables en el frigorífico de Bahía Ajax.
- En el Parte anterior hablábamos de los "traidores" y parece que tenemos que seguir nombrándolos... Una pregunta tabú, de la que nadie, salvo pocos, quieren hablar: a esta altura de la Historia, ¿podemos afirmar con certeza que la guerra fue una "trampa inglesa", una "provocación" en la que caímos?
- No cabe ninguna duda. Hubo una trampa tendida con la ayuda del Pentágono, en la cual cayeron los integrantes de la Junta y después no pudieron dar marcha atrás. Lo único planificado era el 2 de Abril, porque les habían hecho creer que se podía hacer un "toco y me voy", ya que después se iba a negociar. Cuando Galtieri finalmente se da cuenta de que cayó en una celada, le dice a su ministro de Defensa: "¡Saquemos a las tropas de las islas!", - y Frugoli le contesta: "No podemos, la gente nos cuelga en Plaza de Mayo". Porque la gente había plebiscitado la recuperación, en una explosión de patriotismo, que abarcaba a todas las clases sociales y todas las banderías sin excepción. Ultimamente se ha puesto de moda decir que Alfonsín fue el único que se opuso a la recuperación de Malvinas. Lo dicen personajes como Alejandro Borenzstein, Martín Lousteau, Facundo Manes. Mentira. El apoyo de Alfonsín se puede leer en los diarios del 4 de abril y también en el libro del historiador Armando Alonso Piñeyro sobre la guerra de Malvinas. Si no se entiende que los generales y almirantes nunca se propusieron ir a una guerra, no se puede entender lo qué pasó en Malvinas. Los altos mandos nunca se jugaron, nunca se empeñaron a fondo, en realidad sabotearon el esfuerzo bélico argentino, estuvieron siempre a la expectativa de que alguien iba a detener las acciones armadas, parecían tener más miedo de ganar la guerra que de perderla. El honor fue salvado por los cuadros más jóvenes y los soldados conscriptos que le presentaron una dura batalla a Incalaperra, como la llamaba Martín Fierro.
ALGUNOS CONSEJOS.
- Bien dijo el mismo Fierro que "el fuego pa" calentar, debe ir siempre por abajo". Y, como has dicho, gracias al buen uso de las redes sociales, con el testimonio de los protagonistas "de las trincheras", se está cambiando la "historia falsificada" que nos vendieron. Creo que allí está el corazón de tu lucha de hoy y, aunque la victoria final parece lejana, ya se ven los frutos. ¡Felicitaciones, en serio.! ¡Y gracias! ¿Te podemos pedir, para concluir, algunos consejos para seguir el combate?
- 1) Cada día, pensar un par de segundos en lo que afrontaron nuestros héroes de Malvinas. Si ellos pudieron lo más, nosotros podemos lo menos. 2) Tratar de organizar eventos malvinizadores en el pueblo de cada uno, por ejemplo, invitando a dar charlas a los veteranos con historias más ricas y que las sepan contar mejor. Asegurarse de que vayan a tener un auditorio lo más numeroso posible. Conseguir que esas charlas sean patrocinadas por el centro de veteranos, la municipalidad, los establecimientos educativos locales, y que sean ampliamente reflejadas en los medios locales. 3) Usar los medios sociales para pulverizar las ideas-fuerzas falaces que siembran. Cada vez que un diario o un portal de internet repita que mandamos chicos a la guerra, que estábamos de antemano condenados a la derrota, que era una loca aventura, que fuimos conducidos por un general borracho, etc, rebatir inmediatamente citando hechos puros y duros. 4) Penetrar los organismos del Estado, y los medios de comunicación masiva, tratando de llegar a ocupar niveles decisorios, para así poder influir en escala mayor. El fin último es conseguir que la difusión de la verdadera historia de la Gesta se convierta en una política de Estado.
EL DESTINO EN JUEGO.
Alguna vez Nicolás contó que su tradición familiar de más de 500 años, lo inclinaban a la vocación militar. La Providencia lo llevó por otros campos, donde su sangre aguerrida lo hizo librar batallas aún más duras y comprometedoras aún que las que vivió en 1982. En esto está. Sin dar, ni pedir tregua. Porque sabe que el destino de nuestra tierra está en juego, porque sabe lo que nuestra gente necesita: una bandera para seguir luchando. Y Malvinas es hoy esa bandera, una bandera que nos une. Es la misma que agitó Belgrano, la que cruzó los Andes y liberó naciones. La que no sabe rendirse y luchará hasta el final. ¡Gracias de nuevo, Nicolás Kasanzew por seguir en el frente y no cejar de combatir! Pero, para ser sinceros en ese agradecimiento, ya tenemos que ponernos a pensar en sus "consejos". Y me permito agregar uno final de mi parte: seguir sus testimonios en las Redes Sociales. Y así estaremos seguros al decir: Malvinas, ¡Volveremos!









