GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...

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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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martes, noviembre 04, 2025

Había una vez… dulces decesos prematuros Juan Luis Gallardo. Por Franco Ricoveri.

 


Había una vez… dulces decesos prematuros Juan Luis Gallardo.

Por Franco Ricoveri.

Hace poco más de dos años murió Juan Luis Gallardo, nuestro gran escritor y fiel colaborador de La Prensa. Lo recordamos con un artículo que publicó el 30 de Noviembre de 1990. Fue profético y sigue siendo terriblemente actual. Hoy ya estamos en el último macabro escalón:

“El propósito de alterar desde sus cimientos la sociedad conformada según los cánones que acuñó la civilización cristiana ha tenido, en los últimos tiempos, expresiones coincidentes. Que consistieron en lograr, por vía legislativa, la conquista de cuatro metas, sucesivas y escalonadas: la instauración del divorcio vincular, la despenalización del aborto, la autorización del consumo privado de drogas y, por último, la legalización de la eutanasia.
Si bien el carácter sucesivo de tales conquistas podría haber sido alterado en algún caso, lo cierto es que casi indefectiblemente ese es el orden seguido para bregar por ellas. En la Argentina hemos descendido el primer peldaño. Varias naciones de Europa ya se aprestan a bajar el último.
La táctica aplicada a fin de alcanzar éxito en la empresa resulta siempre análoga y apunta en primer lugar a condicionar la opinión pública de modo que, paulatinamente, algo que la gente rechazaba vaya siendo aceptado poco a poco, hasta poder ser presentado como si fuera un auténtico reclamo social, acallar el cual revelaría una actitud reaccionaria, oscurantista y retrógrada.
Múltiples procedimientos son empleados para llevar a cabo esa captación de la opinión pública. Consiste el primero en fabricar y difundir el caso límite. Pues ocurre en efecto que toda situación puede presentar un caso límite. Y, cuando dicho caso no se presenta, es fácil inventarlo. Para justificar el divorcio se acudirá a la peor relación conyugal imaginable. En la cual uno de los cónyuges será una suerte de monstruo siniestro, el otro un personaje angelical y la prole un conjunto de víctimas torturadas por un ambiente doméstico que sólo podrá mejorar con la ruptura del matrimonio y consiguientes uniones de sus integrantes que, en virtud de ellas, pasarán a ser plena y absolutamente felices, al igual que sus hijos anteriores y posteriores.
Para justificar el aborto se echará mano, por ejemplo, a la violación de una monja, efectuada por todos los integrantes de una patrulla congoleña, aduciéndose que permitir nacer al hijo, fruto de tal tropelía, impedirá a la forzada madre continuar el ejercicio de la acción misionera, que realizaba y acarreándole así un trauma irremediable. Para justificar el consumo de drogas el argumento es más genérico y se engarza con la libertad individual y con los límites que han de imponerse a la acción represiva del Estado. Si bien, para sazonar el caso, no faltará alguna referencia a la deplorable situación de un pobre drogadicto, que contrajo el vicio medio por casualidad y que, privado de su dosis diaria, se trepará por las paredes en estado de enajenación extrema.
Por último, para justificar la eutanasia, nos pondrán por delante un enfermo terminal (como dicen hoy día), presa de horribles dolores y sin posibilidad alguna de cura, a quien sólo se le puede prestar un último servicio: despacharlo al otro mundo. Claro que sin pedirle opinión pues, en general, la gente no está de acuerdo en emprender voluntariamente tan azaroso viaje.

ESTADISTICAS
Después de acudir a la presentación del caso límite, la escalada prevé una masiva difusión de estadísticas. Estadísticas éstas que acreditarán la existencia de infinitos matrimonios destruidos, cuya situación será imperioso remediar; de millones de abortos clandestinos, que determinarán la necesidad de realizarlos a la luz del día, en confortables clínicas destinadas al efecto; de legiones de drogadictos que, privados de su cotidiana porción de narcóticos, cometerán desmanes inenarrables para procurársela; de innúmeros agonizantes que aguardan esperanzados la posibilidad de expirar dulcemente.
Las referidas estadísticas nunca responden a la realidad y han sido invariablemente amañadas. Ello quedará luego al descubierto, cuando el número de divorcios no alcance ni al diez por ciento de los anunciados, no se altere la cantidad de mujeres que mueren al abortar, el número de delitos no descienda por la autorización para consumir drogas y los enfermos se sigan aferrando a la vida. Pero tal descubrimiento será tardío, pues las falsas estadísticas ya habrán cumplido su objeto, las leyes dictadas en su consecuencia estarán aprobadas y no se dará marcha atrás a su respecto.
En Europa, como dije, el divorcio se obtiene con facilidad suma, el aborto está generalmente admitido, en muchos países no se halla penada la tenencia de drogas para uso personal. Y, durante mi viaje por allí, asistí al comienzo de la campaña destinada a permitir la eutanasia.
Ocurrió, en efecto que, en París, se acuñó el caso límite, indispensable para ponerla en marcha. Un médico cuarentón, con facha de actor de cine, movido por nobles sentimientos según dijo, resolvió poner fin a los sufrimientos de un enfermo desahuciado, despenándolo. Conocido el caso, intervino el Consejo Profesional competente y sancionó al médico. De allí en más, el escándalo tomó vuelo. Diarios, radios y televisión se encargaron de transformarlo en tema del día. El médico fue entrevistado hasta el hartazgo, lució ante las cámaras su mejor perfil, suministró detalles estremecedores sobre la condición de su paciente convertido piadosamente en difunto, acudió al testimonio de algunas enfermeras solidarias y dejó a los integrantes del Consejo Profesional como palo de gallinero. En las diferentes ciudades europeas que iba yo recorriendo hallé amplias referencias al asunto, recogidas por todos los medios de información.
Estoy seguro de que el revuelo no se ha de haber aplacado aún. Que nuevos casos estarán realimentándolo y que ya circularán estadísticas tendientes a demostrar que uno de los derechos humanos básicos consiste en contar con la posibilidad de que nos envíen misericordiosamente del otro lado del charco, una vez que nuestra salud esté deteriorada en la medida necesaria para hacernos acreedores a tal beneficio.
Puesto a considerar el problema, reparé en ciertas concomitancias que vinculan la eutanasia con el aborto. Una de ellas, metafísica digamos, estriba en que ambas situaciones revelan la soberbia pretensión de resolver cuándo una persona merece vivir o debe morir, usurpándose así el papel de Dios. La otra es más pedestre y tiene relación con las consecuencias derivadas de la disminución de nacimientos, por aborto o contracepción, Pues, como ya señalé en una nota anterior, ello afecta los sistemas previsionales fundados en pirámides poblacionales de base ancha (jóvenes activos) y cúspide estrecha (ancianos pasivos). Y sucede- que, si merma la cantidad de jóvenes que aportan a tales sistemas, será preciso reducir también el número de ancianos que los usufructúan. Lo cual indica la necesidad de contar con un procedimiento destinado a equilibrar las cosas.
Si a nadie le importa la opinión de los chicos por nacer, condenados por el aborto, es de suponer que tampoco se otorgará mayor relevancia a la de los viejos condenados por la eutanasia. Porque, sin perjuicio de esas opiniones interesadas, tanto el aborto como la eutanasia son presentados como reclamos sociales. Y, ya lo sabemos, oponerse a tales reclamos implica una actitud reaccionaria, oscurantista y retrógrada. Amén”.

*** Publicado en LA PRENSA.

jueves, octubre 31, 2024

Había una vez…una madre.

Había una vez…una madre.
Por  Franco Ricoveri.

-Abuelo, si San Martín es el padre de la Patria, ¿quién es la madre de la Patria?

-Ante todo, te diría que no sé si a San Martín lo llamaría así. Creo que ese título le correspondería a Don Cornelio Saavedra… Y obviamente no lo digo para desmerecer a nuestro Libertador, que fue el más grande de los argentinos, pero eso no significa que sea el “padre”. Tu pregunta es muy linda, porque, así como las personas necesitan a mamá y a papá, también podría decirse de las naciones. La primera respuesta que me surge es que la Madre es la Virgen María, que estuvo presente y acompañándonos desde que fuimos formándonos. En Itatí, Luján, el Valle, en Malvinas, ¡en todas partes! Pero podrías decirme que María también es Madre de los demás… y es cierto. Así que te voy a nombrar a otra: Santa María Antonia de la Paz y Figueroa, conocida hoy como la Mamá Antula.

-¿Es la que pusieron hace poco en la Parroquia? -Exacto. La canonizaron recién este año, pero vivió en el siglo XVIII, cuando éramos un virreinato español. Nació en el año 1730.

-Y, entonces, ¿qué hizo para merecer ser llamada “madre de la Patria”?

-Creo que le debemos a ella una marca profunda que tuvo Argentina desde sus comienzos. Te cuento. Ella era santiagueña, muy bonita, de familia acomodada. Se dedicó desde joven a servir a Dios y por Dios a los demás, especialmente a los más necesitados, porque la caridad debe empezar siempre por los más débiles. Ayudaba a los padres jesuitas y lo hacía como “beata”. Así llamaban a algunas mujeres que se dedicaban totalmente a la vida religiosa sin ser monjas. Cuando en el año 1767 el rey de España mandó a expulsar a los jesuitas con muy malas razones, ella lamentó mucho que se perdiese la costumbre de los “Ejercicios Espirituales”. En estos Ejercicios, los cristianos se retiraban por unos días a rezar y pensar en Dios en cómo vivían. Y salían renovados. Como vio que había mucha necesidad y la gente quería hacerlos, empezó a recorrer el país organizándolos. Iba a una parte, hacía los primeros y dejaba que otros siguiesen con esa tarea para ir a otro lugar: Jujuy, Salta Tucumán, Catamarca, La Rioja, Córdoba y finalmente, Buenos Aires y Uruguay. Y un detalle: caminaba. Y caminaba descalza. ¡Hizo a pie más de 5.000 kilómetros! Y si esto les impresiona, más les va a impresionar la cantidad de gente que juntaba. Se las hago breve: se calcula que hicieron Ejercicios Espirituales con ella entre 80.000 y 100.000 personas, lo que significa cerca de un cuarto de toda la población de entonces del virreinato del Rio de la Plata. ¿Se dan cuanta lo que es eso? Por de pronto, la mayor parte de la clase dirigente que trabajó por nuestra independencia seguramente estuvo allí. Y además, no los hicieron solos. Las tandas eran de entre 200 y 400 personas cada una. Hombres y mujeres por separado. Después se juntaba gente de todos los estratos sociales: militares, esclavos, artesanos, doctores, sacerdotes… Y formaban una comunidad conviviendo en armonía. Adentro y afuera.

-¿Dónde se metía tanta gente?

-Primero en donde los invitasen, después, en Buenos Aires, construyó una gran casa que todavía existe y es la construcción civil más antigua de la ciudad. ¡Tendremos que ir! Es muy linda. Pero lo que me preguntaron es por qué me parece que la deberíamos recordar como madre de la Patria. Lo explico con dos hechos. El primero es que su labor fue la mayor obra evangelizadora argentina de todos los tiempos. Y dio frutos en Fe, Esperanza y Caridad. Lo segundo se desprende de esta última virtud. Vieron que los argentinos tenemos muchísimos defectos y todavía más cosas buenas. Entre las virtudes, una de las que más llama la atención es la hospitalidad. Somos en buena parte tierra de inmigrantes; ha venido a vivir entre nosotros gente de todo el mundo, y a todos se los recibió con afecto. No existen, por ejemplo, los graves problemas de racismo que hay en otros lados. Y eso se debe en gran medida a que aquellos hombres vivieron de manera fuerte esas virtudes católicas que se vivían en los Ejercicios. Y no digo “cristianas” en general, porque en occidente buena parte del racismo tiene raíces protestantes. Pero ese es otro tema. Santa María Antonia “construyó” una sociedad mejor brindándoles a los ejercitantes un “proyecto de vida” y ese “proyecto de vida” se transformó naturalmente en un proyecto de país. Un último detalle: estos “retiros” eran totalmente gratuitos, por eso podían ir todos. Para eso debería haber una gran fortuna que los sostuviera, pero no. Se confiaba en la Providencia y la Providencia nunca fallaba.

En fin, una madre quiere a sus hijos, los alimenta, los educa, los cuida… Eso es lo que ella hizo con nuestra gente. Hoy sigue siendo medio desconocida, sí, pero es grande en serio. Y por eso la llamamos “Mamá Antula”. Y un hijo siempre quiere a su madre, ¿no? -¡Sí! – dijeron todos sin dudarlo.

Publicado en LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vezuna-madre-552090.note.aspx

martes, agosto 27, 2024

Había una vez…un país que reía. Por Franco Ricoveri.

Había una vez…un país que reía. 

Por Franco Ricoveri.


-Había una vez un país que reía sanamente y riéndose (riyéndose me gustaría poder decir), se alegraba, se conocía, se quería. Pero para reírse sanamente hace falta inteligencia y eso no viene “en abstracto” ni se compra; viene encarnada en personajes que Dios regala al mundo de vez en cuando. Uno de ellos, y de los grandes, se llama Luis (en realidad Luiggi) y probablemente sea uno de los argentinos más queridos. Nos hizo viajar, conocer a nuestra gente partiendo de lo más elemental: su forma de hablar. Y no para “reírse de ellos”, sino para reírnos juntos. Porque él era “de ellos”. Chaqueño, hijo de inmigrantes italianos, criado por españoles, Don Luis Landriscina encarna lo mejor que tenemos en esta tierra y que parece que vamos perdiendo. Como el buen humor. Ese que no se ríe de los demás, sino con os demás.

Está bien que los tiempos de ahora son difíciles, ¿quién lo niega? Pero también lo fueron para él. Pueden imaginarse lo que habrá sido ese Chaco de los pioneros. ¡Y la tristeza de perder a su madre italiana cuando pequeño! Y el ser criado por un generoso matrimonio de españoles, sus “padrinos”, en una tierra áspera, de soledades, No recuerdo que Don Luis haya “llorado esas penas”, todo lo contrario, las transformó en agradecimientos.
Para poder ver las cosas con humor, les decía, hay que ser inteligentes. Y esto quiere decir: profundos. Eso hace que el humor y el dolor tengan conexiones secretas. El humor ve siempre lo esencial de las cosas y si se detiene en lo accesorio no es para dar vueltas, es para darle contexto. Él lo explica genialmente, déjenme citarlo de memoria:
-Como soy provinciano -decía-, soy de “narración extendida, no soy muy proclive al ´chiste´, soy más del “cuento”. El chiste es de las “zonas apuradas”, las ciudades de cualquier lugar del mundo. En los pueblos tenemos “tiempo.” Si yo fuese un contador de chistes de un teatro, diría; “Una vez un tipo le dijo a otro…”. Y aquí ya está marcada la forma de vida de la ciudad. Lo llamé: “tipo”, no le puse nombre, ni dije qué cara tenía, ni de dónde venía ni pa’ dónde iba. Era “un tipo”. En la ciudad no así un día un tipo le dijo a otro:
-Estoy encantado, ahora puedo comer de todo.
-¿Te dio de alta el médico?
-No, gané la lotería.
-La versión “provinciana” (después lo escucharemos en YouTube), es mucho más linda. Por de pronto el tipo tiene “nombre”: Don Abelardo no es “un tipo”. Sabemos dónde vive, cómo es… Don Luis nos mete en su vida, en la vida del pueblo, sin apuro. Y así termina diciendo algo terrible: en la ciudad vivimos con muchísimos vecinos, pero no los conocemos.” En un pueblo “hay tiempo para saber que Don Abelardo se llama Don Abelardo”, y todo lo demás… Y así la vida es más rica, porque “el otro” tiene una cara, no es “anónimo”. De los “anónimos” no podemos aprender nada.
Lo contrario a la inteligencia es la superficialidad. ¿Lo contrario al humor es el malhumor? No, es la estupidez.
Por eso les digo, tengan siempre a mano a Don Luis, maestro del humor, buen poeta , algo de músico, conocedor de nuestra historia, un hombre culto en verdad… Pero sobre todo es ese hombre con el que siempre querríamos hablar, sabiendo que sonreiremos, pero que, después, algo importante nos quedará en la cabeza dando vueltas. Y ese algo será para nuestro bien.
Escuchándolo aprenderán a amar a nuestra tierra y nuestra gente. Me pasó a mí, le pasó a millones de argentinos. Hoy estamos perdiendo el sentido del humor y eso es algo mortal. Para las personas y para las naciones. Si algún día nos olvidamos de Don Luis Landriscina, sería una tragedia sin solución, porque los argentinos habríamos perdido nuestras caras, nuestros afectos, nuestros acentos, nuestros apodos… “don Abelardo habría perdido su nombre y sólo será “un tipo”. Anónimo y frío. Y la vida sería hastiante.
-Abuelo, ¿qué quiere decir eso?
-Nada. Olvidate. La próxima vez que viajemos comenzamos a oírlo.

*** Publicado en LA PRENSA.

miércoles, julio 31, 2024

Había una vez... un pueblo. Por Franco Ricoveri.

 

Había una vez... un pueblo.

Por Franco Ricoveri.

Había una vez un pueblo que no tenía bandera propia. Quizás fuese porque era pobre, o porque estaba tan lejos de todo y entonces a pocos le importaba… Un día, antes siquiera de nacer del todo, pensó que iba a tener que necesitarla, porque una expedición pirata llegó a sus costas. Los invasores estaban bien pertrechados, con muchos miles de soldados y más de cien barcos.
Del otro lado, el nuestro, había criollos corajudos, pero poco armados y desorganizados. Cuando llegaron los piratas, algunos soñaron con ser sus amigos y trabajaron para ellos. Pasa siempre. En la primera ola de invasión lograron tomar el puerto y allí los traidores se dieron cuenta de que nunca pasarían de ser sus siervos. Igualmente, como en la mente del traidor sólo hay ambiciones y orgullo, sus descendientes todavía creen que, si los piratas hubiesen ganado, estaríamos mejor. Quizás es así porque, aunque creídos, eran brutos y nunca supieron lo que pasaba en África, la India u otros tantos lugares conquistados por ese reino.
Lo cierto es que los criollos, desorientados ante tanto poder, se retiraron y la ciudad quedó por unos días en manos del invasor. Este olvidado país (aunque todavía no era independiente) fue abandonado por quienes debían protegerlo. En el reino había unos reyes tan, pero tan torpes que todo lo arruinaban. “¡Arréglense como puedan!”, fue lo que nos dijeron.
Y LA BANDERA?
Pero el criollaje no quería ser esclavo, y cuando apareció un jefe que supo ordenarlos, no solamente echaron a los piratas, sino que, cuando al poco tiempo quisieron volver con una expedición tremenda y sangre en el ojo, los corrieron a escobazos y piedrazos. Porque tenían honor, coraje y amaban su tierra. Al jefe lo nombraron Virrey y Conde de Buenos Aires, pero es complicado ser vice de un mal rey, así que esa historia que empezaba bien, terminó con él tristemente.
- ¿Y la bandera? Porque la historia comenzó con un país que no tenía bandera…
Es curioso, en esta historia, las banderas que importan son las del enemigo pirata: todavía las guardamos y varias de ellas pueden verse en el Convento de Santo Domingo, cerca de la Plaza de Mayo. Nos recuerdan lo que no queremos ser. Pero, me corrijo, ni siquiera ellas importan gran cosa. La gran “bandera”, que no era una bandera pero que con el tiempo la inspiraría, es nuestra ”marca” y está a pocos metros y en la misma basílica porteña. Es la Virgen del Rosario “de la Reconquista”, a cuya intercesión Don Santiago de Liniers, atribuyó la victoria sobre los piratas. Y eso era muy cierto, basta ver los números de aquella epopeya. Con el tiempo y de la manos del General Manuel Belgrano llegó una bandera propiamente dicha, que estaba inspirada en la misma patrona: Santa María, la que le dio el nombre a Buenos Aires y la que marcó nuestro destino desde siempre. Y todo esto pese a los piratas, pese a sus cómplices de ayer y hoy, y también pese a que, a veces, hasta los mismos criollos que la amamos, somos ingratos y olvidamos. Pero ella espera, sabedora de que el triunfo ya se alcanzó.

Publicado en LA PRENSA.

martes, julio 02, 2024

Había una vez… un soldado.

 

Por Franco Ricoveri.

En realidad, había muchos soldados. ¡Ni sé decirles cuántos teníamos! A todos los argentinos, llegado los 18 años, nos tocaba “servir a la Patria” haciendo el Servicio Militar. Nos decían “colimbas”.
Primero nos daban un número por sorteo y, después, según las necesidades nos repartían: al Ejército, la Marina o la Fuerza Aérea. De allí podías ir a parar a cualquier lugar del país. Era fuerte, porque para muchos era la primera vez que nos íbamos de nuestras casas. Para la mayoría fue un momento inolvidable de sus vidas.

FORMACIÓN.
La idea, si bien no era original ya que muchos ejércitos del mundo tenían ese sistema, era especialmente inteligente gracias al General Riccheri quien la llevó a la práctica. No solamente apuntaba a tener gente en las Fuerzas Armadas, sino también ir dándoles algún tipo de formación para el día de mañana. Patriótica y práctica, las dos.
Por de pronto, como les decía, muchos vivirían en lugares distantes. Se formaron pueblos por la Patagonia, por el Norte, en la cordillera, lugares difíciles. Se juntaban muchachos muy distintos y nacía siempre una sana camaradería, amistades que durarían todo la vida. Muchos aprendieron a leer o un oficio. Pero sobre todo se buscaba hacer hombres de provecho, porque con disciplina, los soldados vivían por unos meses “bajo bandera” y al servicio de la Patria, conocían su tierra, su gente.
-¡Qué lindo que suena, abuelo!
-Habría que aclarar que en estas cosas todo éxito depende de un buen jefe, de un líder, dicen ahora. Riccheri debía tener esa pasta, tanto que fuera del Ejército, volcó sus fuerzas a algo no del todo distinto, fue el segundo Jefe Scout de Argentina. El primero había sido el Perito Moreno, otro prócer del que les tengo que hablar en algún momento.
Riccheri, como hijo de inmigrantes, sabía que era necesario amar a la propia tierra y para amarla, había que conocerla. Y la idea funcionó bastante bien, aunque después el espíritu fue decayendo ante todo por falta de inteligencia rectora y la decadencia del país. Cuando no se tiene claro el “para qué se hacen las cosas”, terminan muriendo. Así pasó, porque no hubo muchos ‘Riccheri’. Pero lo que tuvo de bueno te lo cuento con una historia, la de mi amigo “Monchito, el mencho”…
-Ja, parece un juego de palabras…
-Ramoncito Sosa era peón de estancia formoseño, les dicen “menchos” por allá. Analfabeto, pobre, pero noble como el que más. Llegamos juntos al batallón. Era un chico fresco, sencillo, buen cantor, con una voz que le salía franca como su alma. Creo que nuestro Don Martín Miguel lo hubiese tenido a su lado sin dudarlo. Se hubiesen reído juntos. Eso sí, rústico, elemental.
Una vez que tuvimos Misa (lamentablemente no era común), me preguntó qué eran ‘las pastillitas’ que repartían en la comunión. Recuerdo darle unas clasesitas de catecismo y ver su cara asombrada oyendo hablar de Dios y su Omnipotencia: ‘¿Dios lo puede todo? ¿Si quiere una caja llena de oro la tiene?’ Fue su comentario textual, abriendo sus ojos… Para él todo era un maravillarse, hasta de lo cotidiano… ¡Nunca había salido de sus pagos! La comida que nosotros despreciábamos, para él era la mejor que había conocido… Uno de sus orgullos era haber sido vecino, medio primo, del soldado Hermindo Luna, el que fue asesinado por los montoneros defendiendo su cuartel.
-¿De qué me hablás?
-Ay, perdóname… En dos palabras, por esos tiempos existían varios grupos de terroristas que querían tomar el poder sembrando terror, asesinando, secuestrando, poniendo bombas. Uno de ellos quiso copar un Regimiento en Formosa, mató muchos soldados y varios civiles y, cuando le dijeron al soldado Luna que se rinda, éste contestó: ‘¡Aquí no se rinde nadie, mierdas!’. Y como tenía razón, lo asesinaron con una ráfaga de ametralladora. De esa sangre era Monchito. Hubiese sido un héroe de la Independencia, o en Malvinas…. Seguro. Capaz de jugarse el cuero por su bandera, por un camarada y sin dudarlo. De ir al combate, lo hubiese querido tener a mi lado. ¡Esa es nuestra gente! Y de eso yo me di cuenta allí, gracias a que fui soldado… Quizás nunca lo hubiese sabido de no conocerlo al Monchito. Creo que para él su vida de soldado fue una marca profundísima. El que conocí el primer día no tenía nada que ver con el que se fue, un año después. Aunque pienso a veces que habría que haberle dado más de lo que recibió: San Martín no le hubiese soltado la mano. Murió tontamente en un accidente al poco tiempo de terminar su servicio militar. Seguro que Dios puso en su pecho la medalla que merecía, con sus colores: celeste y blanco… Y me imagino con qué orgullo me la va a mostrar el día en que nos reencontremos.

Publicado en LA PRENSA.

miércoles, junio 26, 2024

Había una vez un inmigrante: Francesco Turi.

 

Había una vez... un inmigrante.

Por Franco Ricoveri.
Había una vez un inmigrante: Francesco Turi. Venía del sur de Italia, de un pueblo de pescadores llamado Peschici. Cuando vi fotos de ese lugar me expliqué la tremenda melancolía que llevaba siempre a mano, aunque nunca, nunca se quejaba.
Por el contrario, era un agradecido y, a pesar de que nunca llegó a hablar bien el español, él se consideraba “bien gaucho”. Así vestía, siempre de bombachas, elegante, pañuelo al cuello, chambergo y bien montado. Buen jinete… Tenía un overo negro imponente y verlo entrar al pueblo, al trotecito, era toda una postal. Era Don Pancho para los vecinos. Cuando llegó de Italia lo tentaron para que se sume a las colonias de pescadores de Mar del Plata, fue, miró ese mar, se le enturbiaron los ojos y sin decir nada, le dio la espalda. Para siempre. Nunca dijo nada a nadie del porqué evitaba siempre ver el mar, ni siquiera a Catalina, su dulce compañera. Se conocieron a los dos o tres años de su llegada. Ella era una linda criollita, morena y menuda. Habladora y compañera fiel. Don Pancho le daba todos los gustos, menos ir al mar.
Don Pancho era herrero de forja y con fama de bueno. Además del trabajo pesado que le traían del campo: enllantar ruedas de carros, arreglar arados y otras cosas por el estilo, que lo hacían manejar el pesado martillo como si fuese una nada, era el que arreglaba todas las cosas que le traían al taller… ¡hasta relojes! Eran desafíos para sus grandes manos, que no trabajos. Por esas cosas, nunca cobraba, es más, las agradecía. Como cuando el cura del pueblo le llevó su cáliz para reparar. ¡Pobre cura! Sólo tenía ése y así no lo podía usar. Era algo urgente. Cuando Don Pancho lo tuvo en sus manos se emocionó como si le hubiesen dado un hijo… Y trabajó toda la noche para que el cura pudiese tenerlo pronto al día siguiente. Con la delicadeza de un orfebre terminó de pulirlo al amanecer. Cuando apareció el cura a media mañana, Don Pancho estaba en la fragua, no le prestó mucha atención.
-“Buon día signor cura, ¡Catalina! ¡Vino el cura! – fue lo único que dijo-. Y siguió con la fragua. Raro. Apareció Catalina, emocionada llevando una caja como si fuese un bebé. Como si fuese el niñito que siempre esperaron y nunca llegó. En la caja, envuelto en una larga tela de seda blanca había un cáliz. Tenía un lejano parecido con el que había traído a reparar. Aquél era simple, pobre, éste merecía estar en una catedral. Sin embargo, había algo que le recordaba al suyo.
- “Don Pancho, Pancho amigo mío, ¡qué lindo cáliz! ¿Dónde lo tenía guardado?”
- “Es el suyo Padre Cura, tuve que hacerle unas reformitas.”
- “Pero el mío era de bronce y éste es todo de plata, cincelada, ¡es obra de un artista…!”
- “Las cosas se hacen bien…” Fue lo único que le dijo invitándole a tomar unos mates.
El cura, que ya lo tenía por un santito, no solo por su piedad, sino porque siempre estaba al servicio de los demás, comenzó a tirarle de la lengua, pero solo le sacaba información de su pasado cuando le preguntaba cómo eran las oraciones que rezaba en italiano. Su viejo idioma lo usaba únicamente para hablar con Dios.
Comenzó a anotar algunas. Ésta se la aprendió él mismo de memoria para decirla todos los días: “Stati bene Madonna mia / domani ci vediamo ancor / e se non vi vedremo più, / in Paradisso ci porti tu!”.

“...ASI ES ESTA VIDA”
Había una vez un inmigrante que se llamaba Francesco, como él vinieron muchos miles. De Italia y España, sobre todo. Eran pobres, pero riquísimos… Venían sabiendo lo que es el hambre, pero también lo que es la belleza. Cuando llegaron a estas tierras se enamoraron de ella y trabajaron duro para forjar un porvenir mejor. Muchos lo lograron, otros no. Así es esta vida.
En ellos se veía una mezcla de melancolía por la tierra que habían dejado, con la certeza de que la que hoy pisaban también era propia y que se debían a ella. Porque solo hay dos formas de encarar los vientos de la vida: con agradecimiento o con resentimiento. No hay más.

Publicado en LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vez-un-inmigrante-546363.note.aspx

martes, septiembre 05, 2023

Morir en Malvinas (Último parte de guerra).

 

Por Franco Ricoveri.

Me había propuesto “colgar los guantes” con estos “partes”: hay en La Prensa plumas más jóvenes y vigorosas que no dejan que se apague el fuego. El combate sigue y, en algunos aspectos, mejor que nunca. En lo político, sin dudas es claro que estamos peor, porque ahí ni siquiera se lucha, pero es otro tema.

A volver a escribir esta última vez, me obligó una pregunta de mi nieto mayor, de cinco años.“¿Quién ganó la guerra?”, me dijo en su inocencia. Se imaginan que el pobre chico nació rodeado de recuerdos malvineros…

Quizás se había quedado con la imagen de uno de los gloriosos aviones que, dejados de lado por el tiempo, vio en una plaza. Nostálgica imagen de otra Argentina. Que tenía aviones. Que tenía coraje para luchar. O quizás en sus ojos estaba la memoria de viejos soldados que marchaban aplaudidos en un desfile de pueblo…

Y como no hay que mentir, pero tampoco derrumbar ilusiones le respondí una verdad: “En aquella batalla perdimos, pero al final vamos a ganar.”

LA MISMA PASTA.

Después pensé que podría haberme ido más atrás contándole que a los mismos enemigos ya les habíamos ganado varias veces: dos veces cuando nos quisieron invadir y años después de nuevo, cuando quisieron meterse en nuestros ríos… Claro en aquellos tiempos teníamos al viejo Liniers y a Don Juan Manuel… Otra Argentina. Pero en todo caso, esencialmente nuestra gente es de la misma pasta que la de aquellos guerreros.

En “los pibes de Malvinas” corría la sangre del Libertador y de Martín Miguel. Lo demostraron con creces, aunque hoy esa sangre parezca degradada.

Pero, entreverando recuerdos, también surgieron los feos… Hubo un tiempo en que nos olvidamos de los muertos y los argentinos miramos para otro lado. Como veníamos diciendo en estos Partes de Guerra, lo peor vino después, cuando el enemigo estaba en casa y era uno de los nuestros. Debe haber pocas heridas más purulentas que las que causa la ingratitud. Si en una guerra las bajas se cuentan sumando los muertos y los heridos, hoy podríamos decir que pocos son los que habiendo participado en esa guerra salieron indemnes. Porque hay heridas más profundas que las de esquirlas y balas. Durante los años que siguieron a 1982, las bajas han sido terribles. ¿649 más cuántos? ¿10.000 quizás?

Ojo, que lo mismo pasó entre las tropas adversarias: también entre ellos hubo más suicidios que caídos en combate, y olvidos, y desprecios… Y eso hizo que se dieran cuenta de una realidad eterna: el verdadero enemigo no era el otro soldado contra el cual habían peleado. Esos eran hombres como los nuestros, aunque no se dieran cuenta que su bandera era falsa. El enemigo de fondo es la injusticia. Antes, durante y después de la guerra la injusticia golpeó a todos los combatientes… No por igual, porque la justicia de la causa solamente estaba de un lado, pero los golpeó a todos. Y sigue.

¿Qué pozo de zorro nos salvará del bombardeo de mentiras, de las epidemias de odios y muertes? ¿Qué bandera nos sacará de estas trincheras donde envejecemos melancólicamente sin esperar que algún día llegue el alba? Al enemigo de hoy no lo trajeron por los mares, los sacaron de entre nosotros, convenciéndolos con infames mentiras.

Lloramos por los 649 que quedaron en las islas, por los otros miles que siguieron cayendo, pero ellos por lo menos supieron luchar. Sufrimos por Malvinas el 14 de Junio de 1982, pero más deberíamos llorar por esta tierra que parece sin esperanza, por esta tierra que mata a sus hijos nacidos y no nacidos de a miles y sin escrúpulos, que estafa a los niños sobrevivientes con falsas promesas de educación y trabajo, que promete salud y brinda muerte… Aunque al final vamos a ganar. Para que llegue la “resurrección”, primero hay que verle la cara a la muerte.

EL ÚLTIMO EPISODIO.

Malvinas fue el último episodio de la guerra de la Independencia. Nuestra guía desde aquel entonces es el Padre de la Patria, Don José de San Martín. Siempre nos preguntamos cómo hubiera obrado el Libertador en aquellas circunstancias. Pregunta algo ociosa, porque en 1982 carecimos de estrategas y estrategia y San Martín en ese campo fue uno de los más brillantes que dio la Historia universal. Es una pregunta que todavía necesitaríamos responder. Desde ya que hubiese defendido hasta la muerte la integridad nacional.

La imagen del Libertador, anciano y achacoso, ofreciéndole su ayuda a Don Juan Manuel para defender nuestra dignidad, se hubiese repetido. Pero de allí en adelante, todo hubiese sido distinto. Sin ninguna duda. Y el que en nuestras Fuerzas Armadas no se haya hecho nunca un análisis “sanmartiniano” de la Gesta, es una cara más de la derrota. O de la muerte. Porque tristemente en Malvinas también murió nuestra capacidad de defensa: entregados y castigados por Occidente (como alumnos díscolos), traicionado por nuestra dirigencia, fuimos perdiendo en lenta sangría a nuestros mejores hombres, que terminaban sus carreras expulsados, asqueados, y en consecuencia, perdimos todo lo demás: aviones, barcos, etc. etc. etc. En Malvinas murieron mucho más que 649 hombres de coraje. Después de la rendición hubo un intento de asesinato cruel y despiadado de la Patria, una destrucción sistemática de todos los valores que nos hicieron grandes. La familia, la Fe, la Esperanza, todo lo bueno, bello y verdadero fueron blanco de los bombardeos enemigos. Las bombas de racimo o fósforo, el cañoneo “de ablande” que tiraron en aquellos largos días para desmoralizar a nuestras tropas, no lograron tanto daño como los ataques que estamos soportando desde hace 40 años.

Pero como vemos la muerte, también creemos en la resurrección. Alguna vez escribimos que “Malvinas era la bandera de una Argentina que no se rinde”. Lo creemos, no es una vana ilusión: es una certeza constatada. Los que no se rindieron hoy siguen el combate, y, desde estos “Partes de Guerra” que hoy concluimos, dimos testimonio. Quizás estemos esperando un “estratega” que reagrupe las fuerzas y ejecute un plan. Hoy nos falta un San Martín, un Belgrano, un Rosas… Entre los candidatos a gobernarnos no se aprecia a ninguno. Ojalá me equivoque. Ciertamente que nos sobran politiqueros que sólo se miran el ombligo y ellos son el mayor obstáculo para la resurrección de Argentina. Pero lo que sí puedo dar testimonio es que la “tropa” está esperando, porque nuestra gente tiene “buena madera” y respondió siempre a la llamada de la Patria. Es la Argentina profunda. La que tiene en Malvinas su bandera y en San Martín su gran Capitán. Es la Argentina de los jóvenes que se siguen emocionando al oír la voz de nuestros Veteranos cuando les dicen que siempre hay y habrá razones para vivir, luchar y hasta morir con dignidad.

LA LUCHA SIGUE.

No querría quedar como mentiroso frente a mi nieto. Tengo la certeza en que el Fin de los Tiempos restaurará el orden, pero no debe encontrarnos en el abandono o el desánimo. La lucha sigue y debe hacerse como pide Martín Fierro: “desde abajo”. “…Se ha de recordar para hacer bien el trabajo, que el fuego para calentar, debe ir siempre desde abajo…” La Argentina profunda llegará a dominar esa caricatura que hoy domina sólo desde adentro, “desbordando su interioridad”. Y ese es un trabajo lento, como la agricultura, como la “cultura”.

Se terminó esta columna. ¿Qué otra palabra que decir que no sea “gracias”? De manera especial a La Prensa, un diario siempre valiente y a los que siguen el combate sin bajar los brazos. ¡Malvinas, volveremos!

Publicado en Diario LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/Morir-en-Malvinas-Ultimo-parte-de-guerra-534451.note.aspx

martes, marzo 28, 2023

Gandalf en Malvinas: el Padre Vicente Martínez Torrens VGM (Parte de Guerra X).

 

Por Franco Ricoveri.

Quizás alguno no sepa que Gandalf es un personaje de “El Señor de los Anillos” de J.R.R. Tolkien, según muchos la más grande obra literaria del siglo XX. Sin ser Gandalf un guerrero estrictamente hablando, fue el protagonista clave en la Guerra del Anillo: pensaba, recorría, alentaba…. confiaba. Sobre todo eso: era fiel; nunca abandonó a su gente. Sé bien que el “yo” es odioso al hablar y al escribir, pero también que una función del “Parte de Guerra” es declarar como testigo, así que me perdonarán que les cuente que, después de charlar un largo rato con el Padre Vicente Martínez Torrens, el último sobreviviente de los capellanes de Malvinas que nunca dejó el combate, me imaginé que estaba frente a una especie de Gandalf y, me animo a decir con énfasis: frente al protagonista más noble e importante de la Gesta de Malvinas.

Su aspecto hoy, a sus 83 años es señorial, distinguido; simple y sereno; afectuoso, confiable. Confieso que por su libro “Dios en las trincheras”, diario de guerra (enriquecido con apéndices) ya lo tenía en mi podio; ese libro es una maravilla y uno de los más útiles para entender en verdad y profundidad nuestra Gesta y su sentido. Este verano mi admiración creció leyendo otra joya editorial: “El Altar y la Guerra” de Sebastián Sánchez. Allí pude apreciar la labor conjunta de todos los capellanes durante y después del conflicto. Allí también renovar mi admiración por el Padre Vicente. Y todavía, otra vez, entristecerme por lo ingratos que somos los argentinos con nuestros próceres. Sí, aunque sé que cuando lea esta nota, al Padre Vicente le va a molestar que lo diga, él, como muchos de nuestros guerreros, está en esa categoría. Un verdadero Padre de la Patria.

Hubo varios capellanes, argentinos hasta el tuétano, que habían nacido en nuestras “madres Patria”: España e Italia. ¡Tenía que ser así para que se vieran claramente nuestras raíces! Nuestro protagonista de hoy nació en Valencia, aunque su familia se había afincado desde antes en el Valle del Río Negro, cerca de donde todavía vive: General Roca. Salesiano, no era capellán castrense en el momento del conflicto, si no que se presentó como voluntario. Por razones de su trabajo pastoral tenía contacto con la vida militar (¡es paracaidista!) y, por eso supo que la Patria lo necesitaba en abril de 1982. Pero fue libremente y sin otra subordinación que el cumplir con la misión encomendada desde lo alto.

Su vida durante la guerra, hay que conocerla, y los dos libros que citamos son la mejor fuente. Desde ya que merecería una película: estuvo recorriendo constantemente el frente, tanto durante la larga espera de las trincheras, como cuando arreció el fuego del combate. Nadie como él fue testigo de lo que pasó: de los miedos y de los heroísmos, pero sobre todo de ver a un pueblo que sabía que luchaba por Dios y por la Patria. Con el Rosario en el cuello. Con el sapucay en la sangre. Es injusto que no nos detengamos a contemplarlo… pero en estos Partes de Guerra no podemos, nuestra función es comentar cómo sigue el combate. Por eso la imagen de Gandalf… Repito que tengo la convicción objetiva de que estamos frente a uno de los abanderados más nobles de la Gesta. Imprescindible para la Historia y los Veteranos de Guerra lo saben. Y por eso lo admiran.

La cosa es que todo ello nos movió a visitarlo con mi mujer en General Roca y fueron horas inolvidables. Como importan las raíces comenzamos hablando de los salesianos. La Patagonia fue “el sueño de Don Bosco” y por eso fue salesiana. Hubo frutos admirables en santidad y obras, una flor más de esa obra es la vocación del Padre Vicente. Pero también ese es otro tema…

Después vinieron las cosas de la guerra. Estuvo desde el comienzo hasta el final, con un brevísimo regreso motivado por la poca inteligencia (en el sentido estricto) de un general. Sus ocho misas diarias, la Fe, la alegría de la muchachada cuando lo veía llegar, la incomprensión de los altos mandos. Las buenas y las malas. El heroísmo y las miserias. Porque la caridad nunca excluye la verdad y en este mundo el bien se entrevera con el mal. Es posible ser sacerdote sin ser “padre”, pero no deja de ser antinatural. Y como la mayoría de los capellanes, el P. Vicente fue un padre afectuoso que no se olvidaría nunca de sus hijos. Los visitaba. Y los consolaba. Y los llenaba de coraje y esperanza. Y sobre todo les llevaba la Buena Nueva y la presencia misma del Resucitado. Como aquella vez que transformó a un soldado desesperado al borde del suicidio, primero en su secretario y después en un león para seguir el combate por la Patria. El buen pastor que conoce y ama a cada una de sus ovejas. Y ¡damos fe que las recuerda y todavía se emociona por ellas!

La postguerra y la desmalvinización ya sabemos que fueron infames. Sobre todo porque el enemigo estaba adentro. Si tuvimos 649 muertos en las islas, el número cruel fue mucho mayor: suicidos, abandonos… Pero recorriendo esas trincheras de tristeza y olvido estaba el Padre Vicente, nuestro Gandalf. Solo, visitando las casas de los veteranos, conociendo las familias de los muertos. Consolando almas en pena. Ojalá hubiese sido un ejecutor de una política institucional, nacional, pero no, lo hizo porque su conciencia se lo exigía. De seguro fue una tarea más dura que la del frente de batalla, sabía que tenía que compensar la ingratitud de los que olvidaban, de los que criticaban…

Volvió a Malvinas varias veces rodeado de Veteranos. Ellos lo necesitaban. Como aquél que al costado del cementerio se puso a llorar. Y lloraba y lloraba, con lágrimas duras de varón, preguntándose por qué a él le había tocado sobrevivir cuando sus amigos estaban muertos. Y allí entendió gracias al Padre Vicente que tenía otra tarea, que debía ser “la voz” de sus camaradas caídos. Y retornó como combatiente renovado.

Para que no se pierda la memoria de los muertos se propuso escribir la historia de cada uno de ellos, de los 649. Visitó sus casas, preguntó por sus vidas y buscó sus fotografías. ¡Necesitábamos ver sus caras! Aunque el lector no lo crea, los responsables de las Fuerzas Armadas no conservaron los archivos de nuestros héroes, siguiendo sin pensar un reglamento viejo y ridículo, habían quemado todo. Quizás fue descuido, o quizás algo más grave siguiendo el espíritu desmalvinizador imperante. Darán cuenta de ello también. Es triste. Lo cierto es que el P. Vicente supo con claridad que había que rescatar del olvido a los héroes, que no bastaba conocer su nombre leyéndolo en algún perdido monumento, necesitábamos ver sus caras, saber de dónde venían. Recordar es “guardar en el corazón”; hay que tener corazón para recordar… Y él tenía corazón de Padre. Para un hombre de honor, lo hay que hacer no debe faltar. Con dolor nos dijo que había unas poquitas caras que ya se perdieron para siempre. Gente simple, del monte… ¡Habrá que esperar para reencontrarnos con sus sonrisas! Pero sí que lo intentó… “hasta el último hombre”.

Así nació su último libro imposible: “649 Héroes de Malvinas”. Un libro que no debería faltar en ninguna Biblioteca de la Patria, que debería estar al lado de todos los monumentos que honran nuestra tierra. Un libro que muestra el amor de los caídos por la Patria y, de yapa, el amor de un “Padre” por sus hijos. En otros lados encontramos sus nombres, pero sólo el P. Vicente se tomó el trabajo de rescatarlos del olvido y dialogar con sus fotografías. Una medalla de honor más valiosa que todas las otras juntas, porque se la otorgan los caídos y sus familias. En su casa de Roca hay un pequeño museo. Humilde pero único. Allí está Malvinas en toda su gloria, banderas, Rosarios, cruces, su cáliz, el altar de campaña que le dio Seineldín y usó en la batalla, su uniforme, cientos de reliquias… Allí está el espíritu inquebrantable de un luchador y eso lo hace simplemente el mejor de los museos que he conocido.

Este es el Padre Vicente, el último de los curas de Malvinas que no deja de luchar. Quizás Dios nos premia con su presencia para que no olvidemos que el combate sigue, y que volveremos, porque nuestra sangre lo reclama, porque somos hijos de San Martín, de Belgrano, de Güemes, del Teniente Estévez, del Sargento Cisneros y de modo especialísimo, del Padre Vicente Martínez Torrens, español y argentino, veterano y héroe de Malvinas. Una especie de Gandalf en la Gesta. Protagonista antes, durante y después de la guerra.

Nos despedimos aquella noche con un abrazo. Sentimos que nos abrazaba la Patria y al mismo tiempo la Eternidad. No nos dijimos: “¡VIVA LA PATRIA!”, no hacía falta, porque nuestro corazón estallaba de emoción sabiendo que así era: la Patria sanmartiniana todavía vive. Gracias, Padre Vicente, de corazón. Nos alegra sumarnos a sus muchos hijos.

Por todo esto hoy, con la compañía de todos Uds. sí necesitamos poder gritar para siempre y que se oiga: “¡VIVA LA PATRIA! MALVINAS: ¡VOLVEREMOS!”.

Publicado en Diario La Prensa.

https://www.laprensa.com.ar/527504-Gandalf-en-Malvinas-el-Padre-Vicente-Martinez-Torrens-VGM-Parte-de-Guerra-X.note.aspx

martes, diciembre 20, 2022

Martín Fierro y la concordia argentina.

 

Pintura de Carlos Montefusco, artista que, como pocos sabe captar la esencia del gauchaje argentino.

Por Franco Ricoveri.

El Martín Fierro es nuestro gran poema nacional y nos llena de orgullo. Esta afirmación, aunque es bien común entre los argentinos, contradice todo el artículo que Ezequiel Adamovsky publicó en La Prensa el pasado 21 ("Martín Fierro y el desacuerdo argentino").

Me disculpo por no contestar cada una de sus afirmaciones, porque en estos 150 años de vida que tiene la obra hernandiana, ya mostró de sobra sus quilates para defenderse sola. Pero es cierto que desde su misma aparición tuvo admiradores y detractores. Los argumentos que esgrime Adamovsky no son nuevos. Sobre todo aquella vieja tesis borgeana que señala al "Facundo" de Sarmiento como su contracara supuestamente positiva. Que el

"Facundo" sea una obra llena de falsedades, lo dice el mismo autor justificándolas con su intencionalidad política ("el relato" diríamos hoy). Y que Fierro sea portador de verdades, es lo que forjó su sitial en la Historia grande de la Patria como verdadero Poema nacional. Es cierto que para alcanzar ese lugar primero tuvo que hacerse paso entre aquellos detractores que mencionáramos. ¿Cómo? Primero con un gran éxito popular: el gauchaje se sabía presente en esa historia. Después sí vino el aplauso creciente de la crítica, refrendado cuando desde afuera hablaron admiradores de la talla de Unamuno o Menéndez y Pelayo, que lo destacaban como algo único. Nuestro gran poeta Leopoldo Lugones también jugó su papel, pero es injusto decir, como afirma Adamovsky que "esperaba convertir al poema de Hernández en la piedra angular de un culto nacionalista y autoritario". Injusto, anacrónico y es más, agraviante a la memoria de Lugones y al espíritu de sus conferencias tituladas "El payador", pero no hace al tema (al interesado lo remitiría a un libro imprescindible de José Isaacson: Martín Fierro. Cien años de crítica). El problema aquí es más grave.

Cuando pensamos que el gaucho es nuestro "arquetipo nacional" no estamos cayendo en ideologismos y miradas tendenciosas, no caemos en un relato más, desligado de las realidades argentinas, por el contrario, nos inclinamos a ver el rostro sufriente y real de nuestra Patria crucificada, como se ha dicho. Son las miradas ideologizadas, desatentas a la realidad argentina histórica y actual, aquellas que nos dividen y destruyen. Destruyeron la vida política, cultural, nuestra educación, hasta nuestra religiosidad. Y desde 1810 hasta nuestro triste presente. Siempre. Y desde ya que no es una división que creó "el gaucho", si no que la sufrió en su propio cuero y ahí, ante la injusticia, apareció Hernández que le dio voz. Pero el gaucho era más viejo que Hernández y supo llegar con su canto al corazón del pueblo para despertarlo.

La palabra "gaucho" que en tiempos "pre-Fierro" era fuertemente despectiva, fue rescatada por nuestro poeta y, a partir de entonces, es sinónimo de lo mejor que tenemos los argentinos. No es una "construcción" social o literaria, es una realidad profunda y multirracial (empapada tanto en sangre española como indígena). Encarna la trágica (y feliz) realidad de lo que significa ser argentinos. No es casualidad que en la frágil memoria popular, lo primero que brote son aquellos versos que nos llaman a la unidad ("los hermanos sean unidos."), pero partiendo de un "rumiar" nuestra realidad, no mirando para otro lado. Aunque duela. Pero hay que advertir que para entenderlo hace falta un corazón cristiano y criollo, que sepa perdonar y crea en la conversión.

En parte eso es lo que le faltaba a Borges cuando proponía que nuestro modelo hubiese debido ser el Facundo sarmientino. Lejos de creer que "el emblema gaucho encapsula nuestros desacuerdos y enfrentamientos políticos, de clase, étnicos y raciales", como afirmaba Adamovsky, el gauchaje que adoptó a Fierro como maestro sabe abrirse al misterio profundo de la realidad humana. Misterio cristiano que como nadie Fierro explica en esta estrofa: "Junta experiencia en la vida / hasta pa"dar y prestar / quien la tiene que pasar / entre sufrimiento y llanto, / porque que nada enseña tanto / como el sufrir y el llorar." Misterio al fin que sólo se acepta desde la fe (aunque la Historia termina comprobándolo).

ARQUETIPO.

Martín Fierro no es el arquetipo que nace perfecto, sino aquél que se redime a pesar de los maltratos y vejaciones que ha sufrido por parte de "los que mandan", es el que sabe perdonar y reconocer que el camino al bien (personal y social) no pasa ni por el odio, ni por la lucha estéril, pasa primero por" vencerse a sí mismo", para parafrasear al gran arquetipo de los argentinos, el Libertador General de San Martín.

Adamovsky señalaba que el gaucho era para él un "emblema de lo imposible", y que "no funciona como emblema de unidad, sino más bien de desunión".

Creo sinceramente que en el espíritu de los lectores, la palabra "gaucho" despierta lo contrario: sus mejores sentimientos. Hernández no sólo supo que era una realidad, sino también una bandera "posible", aunque no para todos... Para otros representaba una realidad que había que exterminar. Recordemos la famosa frase de Sarmiento en carta a Mitre que exteriorizaba lo que fue una política planificada: "No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos".(20-9-1861). Había que cambiar el componente racial de Argentina y para ello, el gaucho era un obstáculo. Por muchas razones el espíritu del gaucho es todavía un enemigo al que hay que aniquilar.

Martín Fierro, el gaucho, es un abanderado de la Argentina profunda y por eso molestaba y sigue molestando. Abanderado de una tierra que, humillando el poder del invasor inglés, supo expulsarlo repetidas veces; de la que cruzó los Andes para liberar América; la misma que dejó su sangre en Malvinas y sigue luchando por la tierra de sus padres, de sus hijos y nietos. Es el abanderado de una Argentina que, a pesar de sus dirigentes, "no sabe rendirse", porque aprendió que los males que nos tocan vivir, sirven para fortalecernos, y nunca, jamás, para quebrarnos. Lo es del que trabaja feliz, pero también del enfermo que sufre, sabiendo que ese sufrimiento tiene sentido. Por eso en Fierro está el poeta que canta, el niño que sueña, el padre que cuida, la madre que espera. Y su gauchaje es bandera de servicialidad, de hidalguía, de generosidad, fortaleza, coraje., y de todo lo bueno que llevamos adentro los argentinos. ¡tantas cosas lleva en su bandera que nos emociona sólo pensarlo!

Pero, ¿eso alcanza para alcanzar la "unidad" a la que estamos llamados? Y la respuesta es que obviamente no, porque hay dos Argentinas opuestas. Cuando el gran Capitán nos decía: "Serás lo que debas ser, si no, eres nada", también nos mostraba una grieta inconciliable entre los que aspiran y batallan para "ser lo que debemos ser" y los otros.

Es cuestión de "ser o no ser", de elegir una bandera y obrar en consecuencia. Y si la bandera tiene un alférez gaucho y cantor, ¡qué más podemos pedir!

Publicado en Diario LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/523838-Martin-Fierro-y-la-concordia-argentina.note.aspx

martes, septiembre 06, 2022

Nicolás Kasanzew, uno que nunca supo rendirse.

 

Por Franco Ricoveri.

Retomamos la charla pendiente de la primera entrega. Es demasiado lo que necesitamos saber, pero una vez más nos excusamos porque esto es un Parte de Guerra, y, por lo tanto, debe ser escueto. Los argentinos somos famosos por nuestra "falta de memoria". A veces por descuido, a veces fomentada, porque como bien repite nuestro entrevistado, el enemigo busca tergiversar, cambiarnos la Historia. Lo triste es que a menudo lo consigue. Pero allí está su combate: preservando para siempre la memoria de nuestros héroes. La batalla de Malvinas sería otra en la historia de no haber estado allí, con su micrófono, con su corazón y su sonrisa, nuestro querido Nicolás Kasanzew.

"Una sociedad que se guíe por la vara alta de los héroes es mucho más refractaria a la manipulación y al saqueo" escribió en "La Malviníada". ¿Está claro? Nicolás nunca pecó de ambiguo: "La sociedad argentina chapotea en el lodo de una resignada mediocridad, porque su horizonte de posibilidades es demasiado estrecho. Y sólo los héroes pueden ayudarla a levantar más alto la vista".

MATERIAL DESTRUIDO.

- La gran mayoría de tu material filmado en las islas, material histórico y por tanto invaluable, fue destruido por los "censores" militares, ¿has podido reconstruir esa memoria perdida?

- No, y pienso que no se podrá reconstruir. Según el testimonio de mis compañeros de Canal 7 ATC, entre el 90 y el 95 por ciento de mi material no sólo no fue mostrado, sino que fue destruido. De lo cual me enteré recién cuando volví al continente. Porque desde las islas no teníamos manera de saber que se emitía. Según una investigación hecha por el diario Clarín, faltan 100 horas de grabaciones hechas por mi camarógrafo Alfredo Lamela. Clara muestra de que nuestro material no era funcional a la propaganda triunfalista del gobierno. y de la enorme estulticia de los censores. Cada fotograma tenía un incalculable valor histórico, pero eso no les importó. Sólo se ha salvado al menos una parte de lo que llegó a ponerse al aire durante la guerra. Mi hijo Niki lo recopiló y está en mi canal de YouTube. Es un poco más de tres horas.

- Sin palabras: triste y torpe. Seguimos con nuestra "falta de memoria": está por salir un libro de Sebastián Sánchez sobre los capellanes militares en Malvinas que cubrirá un vacío importante, pero hasta ahora, se los ha nombrado poco. Ustedes paraban en la misma hostería de Puerto Argentino, ¿no? Se me ocurre que no fue casualidad, porque fueron los testigos que gozaban de una mayor libertad. ¿Qué lugar ocupan en la "Malviníada"?

- He tenido el honor de escribir un prólogo al excelente trabajo del profesor Sebastián Sánchez sobre los capellanes de Malvinas, que todavía esperan su reivindicación y reconocimiento. La injusticia que se hizo con ellos va desde el ocultamiento de su labor, a la canallesca mentira del general Balza, quien afirmó en su libro que se fueron de las islas antes del fin de la guerra. Todo lo contrario, estuvieron con las tropas hasta el último momento. Y es más: el capellán de la Fuerza Aérea, el padre Marcelo Pacheco, que podía haber sido evacuado de inmediato con todos los prisioneros, se hizo pasar por oficial para compartir el cautiverio de 500 cuadros que los británicos mantuvieron como rehenes, por espacio de todo un mes, en condiciones deplorables en el frigorífico de Bahía Ajax.

- En el Parte anterior hablábamos de los "traidores" y parece que tenemos que seguir nombrándolos... Una pregunta tabú, de la que nadie, salvo pocos, quieren hablar: a esta altura de la Historia, ¿podemos afirmar con certeza que la guerra fue una "trampa inglesa", una "provocación" en la que caímos?

- No cabe ninguna duda. Hubo una trampa tendida con la ayuda del Pentágono, en la cual cayeron los integrantes de la Junta y después no pudieron dar marcha atrás. Lo único planificado era el 2 de Abril, porque les habían hecho creer que se podía hacer un "toco y me voy", ya que después se iba a negociar. Cuando Galtieri finalmente se da cuenta de que cayó en una celada, le dice a su ministro de Defensa: "¡Saquemos a las tropas de las islas!", - y Frugoli le contesta: "No podemos, la gente nos cuelga en Plaza de Mayo". Porque la gente había plebiscitado la recuperación, en una explosión de patriotismo, que abarcaba a todas las clases sociales y todas las banderías sin excepción. Ultimamente se ha puesto de moda decir que Alfonsín fue el único que se opuso a la recuperación de Malvinas. Lo dicen personajes como Alejandro Borenzstein, Martín Lousteau, Facundo Manes. Mentira. El apoyo de Alfonsín se puede leer en los diarios del 4 de abril y también en el libro del historiador Armando Alonso Piñeyro sobre la guerra de Malvinas. Si no se entiende que los generales y almirantes nunca se propusieron ir a una guerra, no se puede entender lo qué pasó en Malvinas. Los altos mandos nunca se jugaron, nunca se empeñaron a fondo, en realidad sabotearon el esfuerzo bélico argentino, estuvieron siempre a la expectativa de que alguien iba a detener las acciones armadas, parecían tener más miedo de ganar la guerra que de perderla. El honor fue salvado por los cuadros más jóvenes y los soldados conscriptos que le presentaron una dura batalla a Incalaperra, como la llamaba Martín Fierro.

ALGUNOS CONSEJOS.

- Bien dijo el mismo Fierro que "el fuego pa" calentar, debe ir siempre por abajo". Y, como has dicho, gracias al buen uso de las redes sociales, con el testimonio de los protagonistas "de las trincheras", se está cambiando la "historia falsificada" que nos vendieron. Creo que allí está el corazón de tu lucha de hoy y, aunque la victoria final parece lejana, ya se ven los frutos. ¡Felicitaciones, en serio.! ¡Y gracias! ¿Te podemos pedir, para concluir, algunos consejos para seguir el combate?

- 1) Cada día, pensar un par de segundos en lo que afrontaron nuestros héroes de Malvinas. Si ellos pudieron lo más, nosotros podemos lo menos. 2) Tratar de organizar eventos malvinizadores en el pueblo de cada uno, por ejemplo, invitando a dar charlas a los veteranos con historias más ricas y que las sepan contar mejor. Asegurarse de que vayan a tener un auditorio lo más numeroso posible. Conseguir que esas charlas sean patrocinadas por el centro de veteranos, la municipalidad, los establecimientos educativos locales, y que sean ampliamente reflejadas en los medios locales. 3) Usar los medios sociales para pulverizar las ideas-fuerzas falaces que siembran. Cada vez que un diario o un portal de internet repita que mandamos chicos a la guerra, que estábamos de antemano condenados a la derrota, que era una loca aventura, que fuimos conducidos por un general borracho, etc, rebatir inmediatamente citando hechos puros y duros. 4) Penetrar los organismos del Estado, y los medios de comunicación masiva, tratando de llegar a ocupar niveles decisorios, para así poder influir en escala mayor. El fin último es conseguir que la difusión de la verdadera historia de la Gesta se convierta en una política de Estado.

EL DESTINO EN JUEGO.

Alguna vez Nicolás contó que su tradición familiar de más de 500 años, lo inclinaban a la vocación militar. La Providencia lo llevó por otros campos, donde su sangre aguerrida lo hizo librar batallas aún más duras y comprometedoras aún que las que vivió en 1982. En esto está. Sin dar, ni pedir tregua. Porque sabe que el destino de nuestra tierra está en juego, porque sabe lo que nuestra gente necesita: una bandera para seguir luchando. Y Malvinas es hoy esa bandera, una bandera que nos une. Es la misma que agitó Belgrano, la que cruzó los Andes y liberó naciones. La que no sabe rendirse y luchará hasta el final. ¡Gracias de nuevo, Nicolás Kasanzew por seguir en el frente y no cejar de combatir! Pero, para ser sinceros en ese agradecimiento, ya tenemos que ponernos a pensar en sus "consejos". Y me permito agregar uno final de mi parte: seguir sus testimonios en las Redes Sociales. Y así estaremos seguros al decir: Malvinas, ¡Volveremos!

PUBLICADO EN DIARIO LA PRENSA.