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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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viernes, septiembre 19, 2025

Alexandr Solzhenitsyn y el ejército libertador ruso. Por Nicolás Kasanzew.

El general ruso Andrei Vlasov había servido hasta 1942 en las filas soviéticas, cuando fue tomado prisionero por la Wehrmacht.

 Alexandr Solzhenitsyn y el ejército libertador ruso. 

Por Nicolás Kasanzew.

En las recientes conmemoraciones dedicadas al 80 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, casi nadie se ha detenido en el fenómeno conocido como Movimiento de Liberación Ruso, que tuvo lugar durante su transcurso. Pocos saben que casi dos millones de rusos aprovecharon la invasión alemana a la Unión Soviética para tomar las armas e intentar derrocar al régimen stalinista.

Lo hicieron integrando una serie de unidades anticomunistas, siendo la más conocida de todas el Ejército Libertador Ruso de Andrei Vlasov, un general que había servido hasta 1942 en las filas soviéticas, cuando fue tomado prisionero por la Wehrmacht.

Estos hombres han sido vituperados como “colaboracionistas” de los alemanes. Sin embargo eran, en realidad, “utilizacionistas”. Sintiéndose patriotas de la Rusia tradicional, destruida por el comunismo, querían usar a los alemanes para acabar con la tiranía de Stalin. En un segundo paso, se las verían después con los nazis.

VISION DEL PREMIO NOBEL.

Una postura muy definida sobre el Movimiento Ruso de Liberación es la de Alexandr Solzhenitsyn, Premio Nobel de Literatura 1970, ex capitán del ejército soviético y veterano de la Segunda Guerra Mundial.

En opinión del escritor, el general Vlasov “desde hace mucho tiempo había estado sufriendo profundamente por Rusia”. Solzhenitsin escribe que para el momento en que Vlasov se rindió a los alemanes, algunos otros generales “ya habían declarado que estaban en desacuerdo con la política del gobierno stalinista. Pero faltaba que apareciera una verdadera figura. Esa fue Vlasov”.

El escritor pinta a Vlasov como un líder político, un luchador contra el poder soviético, guiado por un ideario. Solzhenitsyn afirma que Vlasov se sintió inclinado a enfrentar al gobierno soviético también por el hecho de que él, con su ejército, habían sido abandonados a su suerte por los altos mandos. Miles y miles de soldados soviéticos sentían lo mismo. Ellos no sólo no querían defender a Stalin, sino al contrario, apostaban a su derrota: pasaban a ser aliados de los alemanes porque “más allá del rancho caliente que ofrecía el reclutador, estaba el espejismo de la libertad y de una vida normal,- sin importar a donde iban a parar: a los batallones de Vlasov, a los regimientos cosacos de Krasnov, a los batallones de trabajo del futuro Muro del Atlántico, a los fiordos de Noruega, a las arenas de Libia. O a ser policías en las aldeas rusas y cazar partisanos”.

Solzhenitsyn describe las acciones de estos voluntarios como heroicas, “porque combatían con más fiereza que cualquier unidad alemana”, y cita episodios que atestiguan la tenacidad de estos combatientes anticomunistas. Toda su simpatía está con los hombres de Vlasov. Y se apena por la fatalidad y desesperanza de su destino. Investigando las causas que llevaron a estos rusos a integrar el Ejército Libertador Ruso (ROA, por sus siglas en ruso) del general Vlasov, concluye que los motivaba: “sólo el último extremo, sólo la desesperación exacerbada, sólo el odio insaciable al régimen soviético”.

Al mismo tiempo, el propio Solzhenitsyn subraya: “Hitler y su entorno, ya replegándose de todas partes, ya en vísperas de perecer, aún no podían sobreponerse a su persistente desconfianza hacia las dispersas formaciones anticomunistas rusas, no se decidían a crear divisiones integralmente rusas, aceptar la sombra de una Rusia independiente, no subordinada a ellos”.

Con respecto a la situación de los hombres de Vlasov en 1945, el autor de “Archipiélago Gulag” escribe: “Toda su esperanza estaba depositada en los Aliados, pensaban que ellos iban a ser útiles a los Aliados y entonces tomaría un sentido distinto su larga permanencia en el lazo alemán”.

Solzhenitsyn acusa a Roosvelt y Churchill de “una impactantemente evidente y sistemática miopía, e incluso idiotez”. “¿Cómo podían ellos, deslizándose desde el 41 hacia el 45, no asegurar ninguna garantía de independencia para Europa Oriental? ¿Cómo podían ellos a cambio del ridículo juguete de un Berlín de cuatro zonas (que sería luego su propio talón de Aquiles) entregar extensas regiones de Turingia y Sajonia?”.

Y sigue: “Se dice que de esta manera estaban pagando la indispensable participación de Stalin en la guerra contra Japón. ¿Ya teniendo en sus manos la bomba atómica, le pagaban a Stalin? ¿Puede haber una mayor pobreza de cálculo político?”

EDICION ABREVIADA.

En el año 2010, se realizó en Moscú la presentación de la edición abreviada del libro de Solzhenitsyn “Archipiélago Gulag”, destinada a los escolares. La abreviación del libro produjo desagrado.

Por ejemplo, al conocido político ruso Viktor Alksnis lo asombró el hecho de que se hubiera jibarizado el texto antes de permitir que se utilice en las escuelas. “Es lo mismo que proponerle a los escolares que estudien las obras de León Tolstoi basándose en una variante abreviada de ´La Guerra y La Paz´. Una propuesta así solo generaría asombro e indignación. Se supone que ciertas personas van a extraer de la obra de Solzhenitsyn algunos pedazos y los ofrecerán para ser estudiados. Esto es radicalmente incorrecto”, consideraba Alksnis.

Por su parte, el comentarista Maxim Shevchenko, en una entrevista a la radio “Eco de Moscú”, declaró que él también es enemigo de la abreviación de libros. “Si el libro es un artefacto y un testigo de la época, debe ser estudiado en su totalidad. En tiempos de Stalin abreviaban a Sholojov, ahora abrevian “Archipiélago Gulag”. ¿Qué temen? ¿Les da miedo que los escolares se enteren del aprecio que Solzhenitsyn tenían por los hombres de Vlasov? No entiendo qué cosa podrían abreviar allí. Es absurdo. ¿Para qué castrar libros? Yo considero que ofrecer a los escolares versiones abreviadas de ´Archipiélago Gulag´, ´La Guerra y La Paz´, ´Crimen y Castigo´ o ´El Don Apacible´, es marasmático y absurdo”, se indignaba Shevchenko.

“Al ejército de Vlasov yo no lo incluí para nada en esta versión”, reconoció la viuda de Solzhenitsyn, Natalia Svetlova. “Lo que pasa es que en la edición original de “Archipiélago “ había muy poco sobre Vlasov; lo que Solzhenitsyn podía averiguar de sus compañeros de reclusión, mejor dicho de aquellos con quienes compartía la celda, eran testimonios muy lapidarios. Luego, en Occidente, pudimos conseguir información complementaria, incluyendo datos sobre el ejército de Vlasov. Las personas que habían sobrevivido mandaban sus testimonios, algo de eso fue publicado y Solzhenitsyn aumentó mucho ese capítulo en la segunda edición. Yo decidí eliminar eso completamente, porque nuestra sociedad no está preparada hoy para debatirlo”.

Demás está decir que la viuda de Solzhenitsyn estaba respondiendo a directivas de Putin, el dictador neosoviético, ex jefe de la KGB.

“TRAICION Y COBARDIA”.

En el primer tomo de “Archipiélago Gulag”, Solzhenitsyn decía sobre los hombres de Vlasov: “El comportamiento de estas personas era explicado por la torpe propaganda soviética de esta manera: 1. Por la traición (¿un factor biológico presente en la sangre?). 2. Por la cobardía. ¡Cualquier cosa menos la cobardía! El cobarde busca donde hay una indulgencia, una condescendencia. A las unidades de Vlasov sólo pudo motivarlas el último extremo, sólo una aterradora desesperación, sólo el odio infinito al régimen soviético, sólo el desprecio a la propia supervivencia”. (Tomo 1, Parte 1, Capítulo 6).

Son interesantes otras consideraciones del escritor: “Hitler no entendía que la única oportunidad histórica de derrocar al régimen comunista era el movimiento de la población rusa misma, el levantamiento del pueblo que los comunistas habían torturado . Pero a una Rusia nacional, a un levantamiento de este tenor, Hitler le temía más que a cualquier derrota” (Tomo 1, Parte 1, Capítulo 6).

Al final del capítulo, Solzhenitsyn resume: “Con estas páginas yo quise recordar que, para la historia mundial, este fenomeno es bastante insólito: que centenares de miles de personas jóvenes, en la edad de veinte a treinta, levanten las armas contra su patria en alianza con su más feroz enemigo. Quizá haría falta ponerse a pensar: ¿quién es más culpable – esa juventud o esa patria? Y que la traición biológica no es una explicación válida, sino que debieron existir causas sociales”. (Tomo 1, Parte 1, Capítulo 6).

MAESTROS Y ESCUELAS.

También defiende Solzhenitsyn a aquella parte de la población rusa que siguió cumpliendo sus tareas bajo la ocupación alemana, y que fuera perseguida por el Kremlin tras la derrota de Hitler: “¿Y los maestros de escuela? Aquellos maestros que el ejército soviético en su retirada despavorida abandonó con sus escuelas y sus alumnos -a algunos por todo un año, a otros por dos y a otros por tres años. Si eran pusilánimes los intendentes y malos los generales- ¿que tenían que hacer los maestros? - ¿enseñarles a los chicos o no enseñarles?.

Por algún motivo esta cuestión no surgió en otros países ocupados: ni en Dinamarca, ni en Noruega, ni en Bélgica, ni en Francia. Allí no se consideró que, al haber sido entregado livianamente al poder alemán por sus irrazonables gobiernos o por la fuerza de apabullantes circunstancias, el pueblo estaba obligado ahora a dejar de vivir. Allí funcionaban tanto las escuelas, como los ferrocarriles, como las administraciones locales. Obviamente, eso tenía un precio. De la escuela hubo que sacar los retratos con bigote y quizá hacer entrar los retratos con bigotito. El arbolito de Navidad que los soviéticos habían mudado al Año Nuevo, volvería a ponerse en Navidad. Y el director en esa fecha (y en algún otro aniversario imperial, en lugar de la revolución de Octubre) debería dar un discurso exaltando la nueva maravillosa vida, cuando esa vida en realidad es pésima. Pero también bajo el régimen soviético se hacían discursos exaltando la maravillosa vida y también era pésima”. (Tomo 3, Parte 5, Capítulo 1).

Luego el escritor subraya: “Tampoco olvidemos, que entre aquellos nuestros compatriotas que nos enfrentaban con sus armas y hacían discursos contra nosotros, había muchos altruistas, que no habían sido afectados personalmente, a los que el gobierno soviético no les había quitado propiedades (no tenían ninguna) y que ellos mismos no habían estado en campos de concentración, ni ninguno de sus familiares, pero que no podían respirar por culpa de todo nuestro sistema, por el desprecio al destino individual, por la persecución a causa de las convicciones, por esa canción oficial en que se mofaban del pueblo diciendo ´no hay lugar en el mundo donde tan libremente respira el hombre´; de las genuflexiones cuasireligiosas frente al Líder, de los permanentes aplausos a Stalin que se convertían en ovaciones” (Tomo 3, Parte 5, Capítulo 1).

IMPULSO DE LIBERACION.

Renglón seguido, el Premio Nobel habla del impulso de liberación de todo el pueblo ruso que se produjo luego del ataque de Alemania a la URSS: “Cuando comenzó la guerra germano-soviética, el movimiento natural del pueblo fue – respirar y liberarse, con un sentimiento natural de aversión hacia su gobierno. La derrota soviética de 1941 no fue porque ´nos agarraron de sorpresa´ y tampoco ´por la superioridad en el número de tanques y aviones´. A los alemanes les fue muy fácil acorralar a las tropas soviéticas en catastróficas encerronas de 300 mil hombres armados (Belostok, Smolensk) y hasta de 650 mil hombres (Briansk, Kiev). Desmoronaban frentes enteros y corrían a los ejércitos, haciéndolos retroceder meteóricamente, como no había conocido Rusia en 1000 años de su historia, y seguramente ningún otro país tampoco en ninguna de las guerras. Era la instantánea parálisis de un poder inicuo, al cual le habían dado la espalda sus súbditos, como si fuera el cadáver de un ahorcado. Para la población de la URSS, en el año 1941, la llegada de un ejército extranjero naturalmente significaba el derrocamiento del régimen comunista, para nosotros no podía haber ningún otro sentido en esa llegada. Esperábamos un programa político que nos liberara del bolchevismo”. (Tomo 3, Parte 5, Capítulo 1).

Es importante prestar atención a las palabras que anteceden a este relato de Solzhenitsin: “En la Primera Parte de mi libro, el lector todavía no estaba preparado para recibir toda la verdad. Al principio, mientras el lector junto a nosotros atravesaba todo el camino de los campos de concentración, se le había planteado solamente un aviso, una invitación a pensar. Ahora, después de todas las etapas de los campos de concentración, el lector estaría más comprensivo. En la Primera Parte, yo hablaba de aquellos seguidores de Vlasov que tomaron las armas por desesperación, por el hambre estando prisioneros, porque no tenían otra opción. Pero ahora no se puede posponer más. Hay que hablar también de aquellos que aún antes de 1941 no soñaban con ninguna otra cosa sino con tomar las armas y castigar a esos comisarios rojos, a los miembros de la policía política y a los autores de la colectivización forzada. ¿Recuerdan lo que decía Lenin? ´La clase oprimida que no intenta aprender a manejar las armas, tener armas, solo se merece que se la trate como esclava´. Pués bien, para nuestro orgullo, la guerra germano-soviética mostró que no somos tan esclavos como nos habían escupido los liberales en todas sus investigaciones históricas. No eran esclavos los que empuñaron los sables para cortarle la cabeza al Padrecito Stalin”. (Tomo 3, Parte 5, Capítulo 1).

O sea que el autor dice en forma abierta, que estuvo preparando especialmente al lector para que pudiera respetar a los hombres de Vlasov, apelando a “la travesía por los campos de concentración”. Para el laureado escritor no hay que estar orgullosos de la victoria de Stalin sobre el nazismo, sino de los hombres de Vlasov.

Para finalizar, Solzhenitsin escribió: “Me arrogo el derecho de decir: no hubiera valido nada nuestro pueblo, hubiera sido un pueblo de siervos redomados, si en aquella guerra no hubiera aprovechado la posibilidad de blandir un fusil contra el gobierno stalinista, si hubiera dejado pasar la oportunidad de al menos amenazar y mencionarle a la madre al querido Padre de los Pueblos. Los alemanes, por lo menos, tuvieron la conjura de los generales contra Hitler. ¿Y nosotros? Nuestros altos mandos militares eran (y siguen siendo al día de hoy) miserables, corrompidos por la ideología partidaria y la codicia, y no conservaron el espíritu nacional, como ocurre en otros países. En la Segunda Guerra Mundial sólo las bases de campesinos-soldados-cosacos amenazaron y golpearon al régimen comunista. Ese movimiento fue mucho más del pueblo, que todo el ´movimiento de liberación´ intelectualoide de fines del siglo 19 hasta febrero de 1917, con sus fines pseudo populares, y sus frutos en las revoluciones de Febrero y Octubre. Pero el destino del movimiento de Vlasov no fue desarrollarse, sino perecer”. (Tomo 3, Parte 5, Capítulo 1).

No es de extrañar que, cuando Solzhenitsin era perseguido por el régimen soviético, antes de ser expulsado del país en 1974, la propaganda comunista lo rotulaba de “vlasovista interno”. No se equivocaba.

Publicado en LA PRENSA.

https://www.laprensa.com.ar/Alexandr-Solzhenitsyn-y-el-ejercito-libertador-ruso-564228.note.aspx

domingo, febrero 23, 2025

LA HISTORIA REAL, LA INSPIRACION LITERARIA Y LAS PERIPECIAS DE SOLZHENITSYN DETRÁS DE ‘EN EL PRIMER CÍRCULO’. Por Nicolás Kasanzew.

 

Nicolás Kasanzew junto al escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn,
durante una visita a su “dacha” en Cavendish, Vermont, en 1984.

LA HISTORIA REAL, LA INSPIRACION LITERARIA Y LAS PERIPECIAS DE SOLZHENITSYN DETRÁS DE ‘EN EL PRIMER CÍRCULO’.

Descenso al infierno de un premio Nobel.

El escritor ruso ambienta su novela en uno de los campos de trabajo soviético donde fue confinado. Por lo explosivo de su contenido debió reescribirla siete veces. A través de sus personajes se plantean temas predestinados a crecer en sus obras futuras.

Por Nicolás Kasanzew.

viernes, abril 21, 2023

Alexander Solzhenitsyn y el artículo 58.

 


Alexander Solzhenitsyn y el artículo 58.

Archipiélago Gulag podría ser la obra escrita más influyente del siglo XX. Reveló, con una potencia testimonial incomparable, la atrocidad sistémica del comunismo. La obra, cuyo primer volumen fue publicado hace 50 años, entre tantas otras denuncias, cuenta la historia del infernal artículo 58, fundamento de la represión, la tortura y las violaciones de los Derechos Humanos por parte del régimen comunista.

Por Papel Literario - 2 de abril de 2023.

Por NELSON RIVERA.

En 1926 se produjo la creación, en el Código Penal de la Unión Soviética, de la categoría Enemigo del pueblo. El primer código penal comunista había sido creado en 1922. Estaba estructurado en dos libros: el primero, que contenía la exposición general de principios, y el segundo, la parte Especial, que detallaba la cuestión de los delitos y las penas. Este código, y los que le sucedieron en 1924 y 1926, fueron justificados como instrumentos asociados a la Nueva Política Económica —el capitalismo de Estado establecido por Lenin en 1921—, derogada en 1928 tras su estruendoso fracaso, para dar paso a los planes quinquenales de Stalin (también de criminales resultados).

En 1924 fueron publicados los “Principios generales de la legislación penal de la Unión Soviética”. El de 1926 es un ejercicio de radicalización con respecto a sus precedentes. Clasificaba a los enemigos del pueblo en dos grandes ramas: traidores y saboteadores. Introducía nociones como ‘peligrosidad’ (convertía a la totalidad de los habitantes de la URSS en sospechosos), y ‘medida de defensa social’ (justificaba cualquier acción represiva por parte del Estado). El Artículo 58 autorizaba todas las prácticas posibles del horror: definía qué es una actividad contrarrevolucionaria, y desgranaba, hasta la paranoia, las múltiples y posibles prácticas en las que podían incurrir los enemigos de la revolución.

En el primer volumen de Archipiélago Gulag, Solzhenitsyn desentraña el funesto artículo 58, en un puñado de páginas excepcionales. En ellas está la paciente prolijidad con que desmonta cada pieza de la ferocidad totalitaria, marca de su escritura. En ellas puede leerse su incomparable modo de testimoniar, que parte de los hechos y avanza hacia la exposición de sus significados y señales. Y en ellas ejercita su irónica lucidez, que añade perspectivas al lector y lanza una carcajada en las narices de la burocracia estalinista.

Un artículo más grande que el mundo.

Solzhenitsyn escribe Archipiélago Gulag entre 1958 y 1967. Cuando comienza, han transcurrido más de tres décadas desde que fue aprobado, y el código y su omnisciente artículo 58 siguen vigentes. Dos párrafos: “No obstante, para elogiar este único artículo no basta con todos los epítetos que empleara Turguéniev para el idioma ruso, o Nekrásov para la Madre Rusia: Artículo 58, grande, capaz, copioso y vertebrado, diverso y ubicuamente devastador, un artículo al que el mundo se le quedaba chico, no tanto por la formulación de sus puntos cuanto por su amplia y dialéctica interpretación.

¿Quién de nosotros no ha experimentado en carne propia su abrazo que lo abarca todo? En verdad, no hay bajo los cielos hecho, intención, acción u omisión que no pueda ser castigado por la mano implacable del Artículo Cincuenta y Ocho. Hubiera sido imposible formularlo de un modo tan amplio, pero sí resultó posible interpretarlo de este modo tan amplio”.

El escritor anota esta particularidad: en el artículo 58 no se habla de delitos políticos. No se reconoce su existencia. Sus catorce puntos son variantes, formas de un delito mayor, inaceptable y general: la condición de contrarrevolucionario. Aparecer como disidente u opositor por acción, omisión, por simple sospecha, por tener algún amigo, por ser vecino de, por haber visitado algún lugar en, por titubear, por llamar la atención o por pasar inadvertido, por caminar muy rápido o muy lento, por mirar detenidamente o por no mirar a los ojos. Por todo y por nada. La existencia misma podía interpretarse como contrarrevolucionaria.

Catorce tentáculos.

Uno: se considera contrarrevolucionaria cualquier acción destinada a debilitar el poder. “Resulta que negarse a ir al trabajo en un campo de reclusión, cuando uno está hambriento y desfallecido, es debilitar al Estado. Y acarrea fusilamiento”.

Dos: Levantarse en armas o promover la secesión de cualquier territorio. “Aunque toda la población de una república quisiera separarse, si en Moscú no lo quisieran, la escisión sería violenta. Así pues, todos los nacionalistas estonios, letones, lituanos, ucranianos y turquestanos se ganaban fácilmente, por este punto, diez o veinticinco años” (de cárcel, se entiende).

Tres: favorecer del modo que sea a cualquier ente extranjero que estuviese en guerra con la Unión Soviética. “Este punto daba la posibilidad de condenar a cualquier ciudadano que, estando en territorio ocupado, le hubiera puesto medias suelas a un militar alemán o vendido un manojo de rábanos, así como a cualquier ciudadana que hubiera levantado el espíritu combativo del ocupante bailando y pasando con él la noche”.

Cuatro: ayudar a la burguesía de naciones extranjeras. Solzhenitsyn se pregunta a quién o a quiénes podrían castigar por estas “quiméricas” ayudas: “A todos los emigrados que abandonaron el país antes de 1920, es decir, algunos años de que redactara el Código, y fueron alcanzados por nuestras tropas en Europa un cuarto de siglo después (1944-1945), se les condenó por el Artículo 58-4: diez años de cárcel o fusilamiento. ¿Qué habían hecho en el extranjero sino ayudar a la burguesía mundial?”.

Cinco: inducir a un Estado extranjero a agredir a la URSS, declarar la guerra, confiscar los bienes y otras acciones afines.

Seis: espionaje, uno de los más rocambolescos capítulos: incluía en sus categorías, sospechoso de espionaje posible pero sin evidencias o culpable por relaciones con espías. En resumen: cualquiera. Una vulgar casualidad (por ejemplo, coincidir en un mismo comercio con alguien acusado de espionaje), era evidencia suficiente para terminar en la cárcel o ser fusilado. “Podría llegarse a la conclusión de que en la época de Stalin nuestro pueblo no se ganaba la vida ni con la agricultura, ni con la industria, ni con ninguna otra actividad que no fuera el espionaje para el extranjero, y que vivía del dinero de los servicios de inteligencia”.

Siete: socavar u oponerse al funcionamiento del comercio, la industria, el transporte, las cooperativas, la circulación monetaria y más. Estos delitos constituían la masa llamada sabotaje y sus causantes eran saboteadores. Y más: de aquí surgió la calificación de empecinamiento, que sería la base de acusaciones, juicios y ejecuciones: “Este punto cobró auge en los años treinta, cuando abarcó a grandes masas bajo el calificativo simplificado y a todos comprensible de ‘empecinamiento’. En efecto, todos los sectores enumerados en el punto siete estaban siendo dañados cada día de manera simple y clara. ¡Alguien debía tener la culpa!”.

Ocho: actos terroristas contra el poder soviético u organizaciones revolucionarias. “El terror se entendía de una manera amplia, amplísima: no se consideraba terror echar bombas bajo los carruajes de los gobernadores, pero, por ejemplo, partirle la cara a un enemigo personal, cuando éste era del partido, komsomol o activista de la policía, eso ya se consideraba terror”.

Nueve: dañar instalaciones del Estado, transportes, almacenes, interrumpir el flujo de agua y otros afines, mediante incendio o explosión, para fines contrarrevolucionarios. Cuenta Solzhenitsyn que, de forma abreviada, a esta familia de delitos se los llamaba diversión. “Cualquier negligencia, error o fracasado en el trabajo o en la producción, no se perdonaba y se consideraba diversión”.

Diez: cuestión medular para la mentalidad paranoide de comunistas: “La propaganda o agitación que incite a derribar o socavar o debilitar al régimen soviético, así como la difusión, impresión o tenencia de publicaciones con tal contenido”. Añade: por ‘propaganda con incitación’ podían entenderse una conversación cara a cara entre amigos (o incluso una entre cónyuges), o una carta privada; y la incitación podía ser un consejo personal (nos aventuramos a concluir que ‘podría ser’ a partir de que solía ser así).

Once: derivaba del punto anterior: agravaba las acusaciones el que los delitos se cometieran en colaboración o como parte de una organización. Establecer la existencia de una organización, aunque ella no existiera, facilitaba esta conclusión, medular en la ansiedad del régimen policial y de terror: que cualquiera era parte de una conspiración. “En la realidad, este punto se interpretaba tan ampliamente que no requería ninguna organización. Pude experimentar en mi propia carne la elegante aplicación de este punto. Nosotros éramos dos que intercambiábamos opiniones en secreto, o sea, el embrión de una organización, ¡o sea, una organización!”.

Doce: no delatar, no informar. La más perturbadora amenaza que carcomía la vida cotidiana de la sociedad comunista. “Lo sabías y no dijiste nada, pues como si lo hubieras hecho tú”.

Trece: una acusación que miraba hacia el pasado inmediato: haber servido, de alguna manera, a la policía zarista. “Hay fundamentos psicológicos para sospechar que Stalin debiera haber sido juzgado por el Artículo 58. Fueron muchos los documentos referentes a este género de servicios que no sobrevivieron a febrero de 1917 y no fueron ampliamente divulgados. La quema apresurada de los archivos policiales en los primeros días de la Revolución de Febrero tiene visos de deberse al arrebato unánime de algunos revolucionarios interesados. En realidad, ¿para qué quemar, en el momento de la victoria, unos archivos del enemigo tan interesantes?”.

Catorce: punto añadido en 1937, llamativo por redundante, que se resume en la fórmula sumaria, ‘contrarrevolución económica’. “Este punto se aplicaba a los campesinos que no entregaban alimentos, a los koljosianos que no cumplían el número necesario de jornadas laborales y a los reclusos de los campos que no cumplían la cuota de trabajo establecida (…) Esta era la última varilla de este abanico que era el Artículo 58, un abanico que abarcaba toda la existencia humana”.

Un día en la vida.

Aunque la práctica de detenciones, encarcelamientos y ejecuciones de millones de personas (el estudio del historiador Robert Conquest arroja que en los campos de concentración soviéticos estuvieron recluidas alrededor de 14 millones de personas; la actualización realizada por Anne Applebaum, que tuvo acceso a documentos y archivos que Conquest no conoció, elevó la cifra a casi 29 millones de recluidos). Del número de fallecidos en los campos tampoco hay cifras definitivas. Se han publicado estimaciones que hablan de 3 a 5 millones de muertes. Hay quienes desmienten, y las proyectan a partir de los datos que circularon en los años de Gorbachov y después. Y así, se habla de entre 8,6 y 9,8 millones de asesinados.

El Artículo 58 autorizaba a detener a cualquiera, sin otra justificación que la posible sospecha, por muy improbable que fuese. Aquella potestad ilimitada fue el combustible —el soporte “legal”— que respondía a las enloquecidas demandas de la cúpula estalinista, tanto de purgas como del cumplimiento de cuotas de detenidos y ejecutados (Solzhenitsyn las llamaba ‘riadas’) del poder comunista en contra de la propia estructura del partido y de la burocracia del Estado (que, en realidad, eran entes casi indiferenciados).

Solzhenitsyn fue una, entre millones, de víctimas de la rapacidad ilimitada del Artículo 58. En febrero de 1945 fue detenido por las afirmaciones contenidas en una carta privada a un amigo. Era licenciado en física y matemáticas, oficial y tenía solo 26 años. Expresaba sus dudas sobre las capacidades militares de Stalin. En un proceso sumario, en el que defendió su derecho a pensar, fue condenado a 8 años de internamiento en un campo. Así ingresó al otro mundo, a la inhumanidad del Gulag. De allí proviene su primera obra, Un día en la vida de Ivan Desinovich. La escribió para fijar sus recuerdos, bajo la presunción de que jamás sería publicada. Temía que la narración fuese incautada y destruida. Sin embargo, cuando Nikita Jruchov asciende al poder (1958), como parte de la política de aliviar el peso del estalinismo en las entrañas del régimen, la novela fue publicada en 1962, en la revista Novy Mir. Causó un enorme impacto, se imprimieron cientos de miles de ejemplares, Solzhenitsyn adquirió popularidad nacional.


*Archipiélago Gulag. Ensayo de investigación literaria (1918-1956). Volumen I. Alexandr Solzhenitsyn. Traducción: Enrique Fernández Vernet y Josep M. Guell. Notas de Enrique Fernández Vernet. Tusquets Editores. España, 1998.

**Archipiélago Gulag. Ensayo de investigación literaria (1918-1956). Volumen II. Alexandr Solzhenitsyn. Traducción: Josep M. Guell. Revisión de Juan Francisco García, supervisión de Ricardo San Vicente. Tusquets Editores. España, 2005.

***Archipiélago Gulag. Ensayo de investigación literaria (1918-1956). Volumen III. Alexandr Solzhenitsyn. Traducción: Josep M. Guell. Revisión de Juan Francisco García, supervisión de Ricardo San Vicente. Tusquets Editores. España, 2007.

Publicado en El Nacional.

sábado, abril 15, 2023

Archipiélago Gulag: el libro que logró escapar de la policía comunista.

 

Por Nelson Rivera

Papel Literario El Nacional

La incubación del archipiélago.

Cuenta Solzhenitsyn: “En 1958 empecé a idear el armazón, la estructura del libro, las partes, los capítulos, los temas que iba a desarrollar. Pero me acabé rindiendo porque sabía que mi experiencia era insuficiente. Sabía cuál debía ser la estructura del libro (…) Me hacía falta una experiencia que abarcara varias décadas, cuarenta años de terror”.

Entre los lectores de Un día en la vida de Iván Desinovich se produce entonces una reacción salvadora: miles y miles le escriben al escritor. Muchas de esas cartas contenían testimonios de sobrevivientes de los campos. Solzhenitsyn escoge las más reveladoras y se cartea con sus autores. Pacta encuentros, pregunta, toma notas, ordena una cantidad ingente de información, recogida de las historias de casi 280 exconvictos. Durante 1963 y 1964 trabaja sin respiro. En octubre de 1964 cae Jrushchov y Leonid Brézhnev accede al poder total. Con Brézhnev la KGB regresa y la represión se desata. Vuelve la censura, se persigue a los escritores, se castiga la circulación clandestina de libros.

Solzhenitsyn vive bajo la conciencia de un peligro poderoso e inminente. Toma precauciones extremas. Establece medidas de seguridad. Crea apodos, códigos y reglas estrictas. Arma una mínima estructura clandestina, a la que llama “Los invisibles”. Ninguno usaba el teléfono. Solo él conocía sus planes. No tocaban el timbre. Cuando se encontraban, solo por unos pocos minutos, no hablaban. Escribían los mensajes sobre papeles que desaparecían en el fuego. Entregaba sus encargos, retiraba lo avanzado y desaparecía. Vive para borrar sus propias huellas. Pero sabe que su secreta aspiración no es posible: que la KGB lo olvide.

Otras veces, luego de unos cuidados golpes en la pared, entraba al apartamento de un ‘invisible’ y, sin pronunciar ni una palabra, se sentaba a escribir. Aquellos colaboradores copiaban extractos, contrastaban citas, resumían documentos, localizaban pasajes. Entre los miembros de “Los invisibles” había mujeres que habían pasado por los campos, que habían perdido familiares y que habían conocido los campos como él.

Aparece la KGB

En 1965 la policía encuentra unas pocas páginas del manuscrito en la pared de la vivienda de un amigo. Con la ayuda de dos ‘invisibles’ el manuscrito es trasladado a Estonia. Unos amigos de ese país, también sobrevivientes de los campos, le ofrecen un refugio en una granja alejada de vecinos y carreteras. Durante los inviernos de 1965, 1966 y 1967, Solzhenitsyn se encierra a escribir. Para llegar o salir de allí, se disfrazaba, se quitaba la barba, daba extensos rodeos en buses y tranvías. Cada capítulo terminado exigía una prueba de coraje y riesgo. Salía y lo llevaba a algún lugar donde el puñado de páginas permanecería bajo custodia. A medida que Archipiélago Gulag crece, la obra se dispersa en una red de solidarios amigos, distribuidos en un amplio radio de territorio.

En 1968, operación cargada de riesgos, el escritor reúne las piezas. El año anterior, como parte del plan, había comprado una pequeña casa en una zona campestre, a 78 kilómetros de Moscú. Dos de las invisibles asumen la tarea de mecanografiar el mamotreto. Otro invisible, uno de los encargados de comprar un par de cintas para máquina de escribir, fue seguido e interrogado por la KGB: para qué quería las cintas si no tenía una máquina. En abril de 1968 está listo el primer tomo. La transcripción de los otros dos tomos avanza de forma simultánea. En mayo culminan la tarea. Nadia Levitskaia, en una demostración de coraje más allá de lo razonable, introduce las cuatro copias mecanografiadas de los tres tomos en una mochila —un bulto inocultable y pesado— y los lleva a un encuadernador. Hacen la tarea a todo lo largo del día. Al finalizar, en varios desplazamientos, los lleva a distintos sitios para ser resguardados.

A continuación, otro invisible, también a lo largo de un día, sin parar ni un minuto, copia el libro en formato microfilm. Solzhenitsyn sabe que debe sacar el libro de Rusia, lo antes posible. Un ruso que trabaja en París como intérprete en la Unesco, llega a Moscú en junio por una semana. Vacaciones. Lo contactan y piden que saque el libro. El hombre, que apenas tiene idea de quién es el autor, acepta. A los días avisa: las películas han llegado sin contratiempos.

Cuando en 1970 le conceden el Premio Nobel de Literatura, es autor de seis novelas, Un día en la vida de Iván DesinovichPabellón de cáncer El primer círculo, las más destacadas. La atención del mundo se intensifica sobre él cuando anuncia que no viajará a Estocolmo: teme que no le permitan regresar a su país. Aunque no hay ceremonia, sí hay discurso. En otro episodio de peligro, un periodista sueco saca el discurso que, entre otras cosas, contiene la primera mención pública de la frase Archipiélago Gulag. La vigilancia sobre Solzhenitsyn se redobla.

Se desata la crisis

Durante meses, la KGB sigue a Elizabeta Bronianskaya, una de las invisibles. Es una mujer sola que vive en unos pocos metros cuadrados de una vivienda colectiva. Solzhenitsyn le ordena que destruya la copia que tiene bajo su resguardo. Pero desoye y la entrega a un amigo para que éste la esconda. La copia es una especie de tesoro íntimo. El interrogatorio a la que someten, ejercicio de pura atrocidad, se extiende por cinco días y cinco noches de agosto de 1973. Cambian los equipos de torturadores y ella sigue allí: sin dormir, no más que unos sorbos de agua. En la madrugada del sexto día se produce el colapso: confiesa dónde está el manuscrito. La dejan libre y regresa a la mínima habitación donde vive en una vivienda comunitaria. En la noche aparece muerta. El régimen dijo suicidio. Los vecinos, que su cuerpo había sido acuchillado.

Solzhenitsyn no duda. Sabe lo que viene. Pide a sus aliados en París, con la urgencia del perseguido, que la novela sea publicada. A continuación escribe un comunicado de prensa en el que anuncia la existencia de Archipiélago Gulag. Su amigo, el periodista sueco, no solo viaja con el comunicado, también con una carta a su abogado en Zurich, en la que le ordena que el libro sea traducido al francés. El 28 de diciembre de 1973, el primer volumen apareció en lengua rusa, en París, y, de forma casi simultánea, en Berlín. En enero apareció la traducción al francés. A los pocos días, en un barco que se detuvo en un puerto de Francia —Saint-Nazaire—, antes de seguir a Rusia, viajaron los primeros ejemplares que se introdujeron clandestinamente al país. De inmediato comenzó a ser reproducido por redes de samizdat.

Revuelo y expulsión

Entonces el semanario L’Express publica las primeras páginas del libro. Se produce un revuelo entre políticos, académicos, periodistas y lectores. Otras publicaciones hacen lo mismo: reproducen fragmentos del libro. No hay diario o revista que no lo reseñe o comente ampliamente. A las tres o cuatro semanas de su lanzamiento, se pone en marcha la venta de los derechos a otras lenguas y la actividad de los traductores. La obra no solo recibe elogios. También algunos ataques de comunistas que denuncian su contenido sin haberlo leído. En febrero de 1974, han aparecido artículos en los que afirma que Solzhenitsyn lo obvio: no es más que un agente de la CIA, todo el contenido del libro es inventado, no existen los campos de concentración, sino centros de reeducación social y política.

Mientras tanto, la KGB asedia a los familiares, vecinos y amigos del escritor. No se ocultan. La prensa del régimen le ataca con furia. Lo acusan de falsedad, traición al país y de actividades contrarrevolucionarias. Lo difaman. Jefes comunistas amenazan a los lectores: tener el libro, leerlo o difundirlo es un grave delito. Se invocan los argumentos del Artículo 58 de forma expresa o velada. El régimen lo acorrala: pasa a encabezar la lista de los libros prohibidos.

El 13 de febrero de 1974 seis agentes de la KGB llegaron al domicilio del escritor, lo sacaron a la fuerza y lo llevaron a un centro de detención. Alrededor de las 9 de la noche comenzaron los interrogatorios y, de inmediato, el juicio fulminante, que apenas duró unos minutos. No tardaron en notificarle que, por decreto del Soviet Supremo, había sido despojado de la nacionalidad soviética y expulsado del país. Más tarde, el escritor comentaría que el régimen tardó en reaccionar —seis semanas después de la publicación del libro en lengua rusa en París—, porque estaban debatiendo qué hacer. Sabía que, fuese cual fuese la decisión, esta sería irrevocable. La noche del 14 de febrero, el avión que transporta a Solzhenitsyn, aterriza en Frankfurt. El escritor alemán Heinrich Böll, que había recibido el Premio Nobel de Literatura en 1972, lo acoge en su casa.

El libro más influyente del siglo XX

Más relevante que las cifras de venta (en Estados Unidos, millones de ejemplares; en Europa, más de 8 millones; más de 31 millones en las primeras 32 lenguas a las que fue traducido), es el impacto profundo que el conjunto de la obra produjo, especialmente en el seno de la izquierda: partidos políticos, escritores, periodistas, académicos, simples ciudadanos, que descubrieron el horror que ocultaba la propaganda comunista, con el apoyo coral de intelectuales, diarios y revistas, diplomáticos y una amplia gama de cómplices y colaboracionistas.

Archipiélago Gulag —abarca un período de casi cuatro décadas, 1918-1956— no solo revelaba las atroces realidades del sistema de campos de concentración. Lo esencial es que demostraba cómo el terror, con sus implicaciones políticas, legales, institucionales, culturales y morales, es inherente al comunismo. Ponía bajo la luz que la violencia no es una herramienta opcional, que puede o no utilizar, sino que la violencia es la revolución: sustancia, articulación, su razón de ser. Como señaló Octavio Paz: el terror estalinista es hijo del leninismo, hijo de su concepción del partido revolucionario. Y añade: “Los campos no son un instrumento de lucha contra los enemigos políticos sino una institución de castigo para los vencidos. El que cae en un campo no es un opositor activo sino un hombre derrotado, indefenso que ya no es capaz de ofrecer resistencia. La misma lógica que rige a las purgas y depuraciones: no son episodios de combates políticos e ideológicos sino inmensas ceremonias de expiación y castigo. Las confesiones y las autoacusaciones convierten a los vencidos en cómplices de sus verdugos y así la tumba misma se convierte en un basurero”.

*Archipiélago Gulag. Ensayo de investigación literaria (1918-1956). Volumen I. Alexandr Solzhenitsyn. Traducción: Enrique Fernández Vernet y Josep M. Guell. Notas de Enrique Fernández Vernet. Tusquets Editores. España, 1998.

**Archipiélago Gulag. Ensayo de investigación literaria (1918-1956). Volumen II. Alexandr Solzhenitsyn. Traducción: Josep M. Guell. Revisión de Juan Francisco García, supervisión de Ricardo San Vicente. Tusquets Editores. España, 2005.

***Archipiélago Gulag. Ensayo de investigación literaria (1918-1956). Volumen III. Alexandr Solzhenitsyn. Traducción: Josep M. Guell. Revisión de Juan Francisco García, supervisión de Ricardo San Vicente. Tusquets Editores. España, 2007.

Publicado en

VOCES DE LA LIBERTAD.

https://independent.typepad.com/elindependent/2023/04/archipi%C3%A9lago-gulag-el-libro-que-logr%C3%B3-escapar-de-la-polic%C3%ADa-comunista.html#more

martes, diciembre 11, 2018

El pensamiento vivo de Aleksander Solzhenitsyn.

“Los eventos de la Revolución Rusa solo pueden entenderse ahora, a finales del siglo, en el contexto de lo que ocurrió en el resto del mundo. Lo que surge aquí es un proceso de importancia universal. Y si fuera llamado a identificar brevemente el rasgo principal de todo el siglo XX, aquí también sería incapaz de encontrar algo más preciso y conciso que repetir una vez más: ‘Los hombres se han olvidado de Dios…’ Una vez más, fue Dostoievski, quien sacó, a partir de la Revolución Francesa y su odio furioso contra la Iglesia, la lección de que ‘la revolución necesariamente debe comenzar con el ateísmo'. Eso es absolutamente cierto, pero el mundo nunca antes ha conocido una impiedad tan organizada, militarizada, y tenazmente malévola como la practicada por el marxismo. Dentro del sistema filosófico de Marx y Lenin, y en el núcleo de su psicología, el odio a Dios es el principal impulsor, más fundamental que todas sus pretensiones políticas y económicas. El ateísmo militante no es meramente incidental o ambiguo en la política comunista, no es un efecto secundario, sino el eje central".

Aleksander Solzhenitsyn nació en Kislovodsk, Rusia, el 11 de diciembre de 1918 y murió el 20 de agosto de 2008 en Moscú. Detenido en febrero de 1945 en el frente de Prusia Oriental, cerca de Königsberg (hoy Kaliningrado) poco antes de que empezara la ofensiva final del Ejército rojo que acabaría en Berlín. Fue condenado a ocho años de trabajos forzados y a destierro perpetuo por opiniones anti-estalinistas que había escrito a un amigo. Lo encerraron en la Lubyanka y los primeros años de su cautiverio los pasó en varios campos, hasta que gracias a sus conocimientos matemáticos fue a parar a un centro de investigación científica para presos políticos vigilado por la Seguridad del Estado; eso le inspiró su novela El primer círculo. En 1950 fue trasladado a un campo especial en la ciudad de Ekibastuz, en Kazajistán, donde se gestó Un día en la vida de Iván Denísovich. Fue un escritor, historiador y Premio Nobel de Literatura ruso. En 1945 fue arrestado por criticar al estalinismo soviético.
En 1974 es detenido y acusado de traición, por lo que se lo expulsa de la URSS, viajando a Alemania y tiempo después a Estados Unidos.
Crítico del socialismo soviético, contribuyó a dar a conocer el Gulag, el sistema de campos de trabajos forzados de la Unión Soviética en el que él estuvo preso desde 1945 hasta 1956.
En 1974 es detenido y acusado de traición, por lo que se lo expulsa de la URSS, viajando a Alemania y tiempo después a Estados Unidos.

domingo, junio 17, 2018

Palimpsestos: empezó el Mundial ¿qué sabemos de Rusia? por NÉSTOR TKACZEK.

Y sí. Ahora Rusia está de moda. Basta con estar unos quince minutos frente a un televisor o una computadora para que veas paisajes inusuales, palabras desconocidas, y hasta programas especiales dedicados al mayor país eslavo. En general, estamos conociendo más de Rusia en estas semanas que en toda la década pasada. El mundial de fútbol hace estos milagros.
Porque a fuer de ser sinceros, salvo la plaza roja, el Kremlin, el transiberiano y algún millonario de dudosa fortuna o una escultural modelo, no mucho más venía a nuestra mente cuando nombrábamos a Rusia. Ahora la tenemos a toda hora en nuestras pantallas. Sabemos de sus comidas, costumbres e intolerancias, de Putin y de Zabibaka, el lobo, la mascota del mundial.
Me preguntaba sobre nuestra ignorancia y sus causas. Ya que si la achacamos a lo exótico o a la lejanía, podemos pensar que de Japón o Australia tenemos mayores conocimientos y uno es más exótico y otro más lejano que la misma Rusia. Es evidente que la larga disputa del siglo XX, desde la revolución rusa, pasando por la “cortina de hierro” y la “guerra fría” han condicionado todo lo que nos llega del mundo eslavo. En general predomina la desinformación sobre los países del Este fruto de décadas de escamotearlos y solaparlos por parte de las agencias de noticias occidentales. Y esto es tangible por ejemplo si nos preguntásemos cualquier cosa sobre Lituania o Ucrania e incluso Polonia; la respuesta sería el silencio o el misterio. Y si vamos al terreno cultural el recuerdo de Rusia está unido al ballet Bolshoi y sus bailarines que dos por tres desertaban. De escritores poco y nada se sabía y aún hoy se sabe; salvo Alexander Solzhenitsyn y su “Archipiélago Gulag”, obra testimonial que dio a conocer cuando huyó del régimen comunista. No siempre esto fue así. Hubo un tiempo que el campo de las artes rusas estuvo plenamente conectado al campo de las artes de la “otra” Europa, ese tiempo corresponde plenamente al siglo XIX y los inicios del siguiente; y gracias a esa conexión conocemos muchos clásicos de la literatura rusa que son universales; algo similar ocurrió con la música, el cine y otros campos del saber.

Publicado en Diario "Río Negro", domingo 17 de junio de 2018.

sábado, noviembre 01, 2014

Fragmento del “Archipiélago de Gulag” de Alexander Solyenitzyn. APLAUDAN NO DEJEN DE APLAUDIR.

Y todos los sistemas o todo lo que sea contra-natura, tarde o temprano o más temprano que tarde, mueren o caen por el propio peso no sólo de las contradicciones, del desgaste propio, sino que van en contra de la naturaleza humana y parafraseando a Alberto Einstein: “Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del primero no estoy tan seguro.”…
 
Alexander Solyenitzyn.
Fragmento del “Archipiélago de Gulag” de Alexander Solyenitzyn es una novela verídica y una denuncia al régimen instalado por Stalin en la que era la Unión de República Socialistas Soviéticas testimonios orales de aquellos compañeros de campos de concentración, prisión, «reeducación» y exterminio (gulag).
Aleksandr Isáyevich Solzhenitsyn (una de las tantas maneras de escribir su apellido).
APLAUDAN NO DEJEN DE APLAUDIR. 
EL QUE APLAUDE PIERDE.

Relata el escritor ruso Alexander Solyenitzyn:
“Veamos ahora una imagen usual en esos años. Se estaba celebrando en la región de Moscú una conferencia distrital del partido. La moderaba el nuevo secretario del Comité Regional en sustitución del que habían encarcelado recientemente. Al final de la conferencia se adoptó una resolución de fidelidad al camarada Stalin. Como es natural, todos se pusieron en pie (como se ponían en pie, de un salto, cada vez que se mencionaba su nombre en el curso de la conferencia). La pequeña sala prorrumpió en «tumultuosos aplausos que desembocaron en una ovación».  Tres minutos, cuatro minutos, cinco minutos, y continuaban siendo tumultuosos y desembocando en ovación. Pero las palmas de las manos dolían ya. Se entumecían los brazos levantados. Los hombres maduros iban quedándose sin aliento. Se trataba de una estupidez insoportable incluso para los que adoraban sinceramente a Stalin. Sin embargo: ¿Quién sería el primero que se atrevería a parar? Habría podido hacerlo el secretario del Comité Regional, que estaba en la tribuna y que acababa de dar lectura a la resolución. Pero él era reciente en el puesto y estaba en lugar del encarcelado, ¡él tenía miedo! ¡En la sala había miembros del NKVD aplaudiendo de pie y controlando quién paraba primero! ¡Y en aquella pequeña sala perdida, sin que llegaran al líder, los aplausos hacía seis minutos que duraban! ¡siete minutos! ¡ocho minutos! ¡Estaban perdidos! ¡Eran hombres muertos! ¡Ya no podían parar hasta que les diera un ataque al corazón! En el fondo de la sala, por lo menos, entre las apreturas, se podía hacer trampa, se podía batir palmas más espaciadamente, con menos fuerza, con menos vehemencia, ¡pero en la presidencia, a la vista de todo el mundo! El director de la fábrica de papel del lugar, un hombre fuerte e independiente, de pie en la presidencia, era consciente de la falsedad de aquella situación sin salida ¡y sin embargo aplaudía! ¡Ya van nueve minutos! ¡Diez! Miró con desesperanza al secretario del Comité Regional, pero éste no se atrevía a parar. ¡Una locura! ¡Colectiva! Mirándose unos a otros con un atisbo de esperanza, pero fingiendo éxtasis en sus caras, los jefes del distrito aplaudirían hasta caer en redondo, ¡hasta que los sacaran en camilla! ¡E incluso entonces, los que quedaran no vacilarían! Y en el minuto once, el director de la fábrica de papel adoptó un aire diligente y se dejó caer en su asiento de la presidencia. ¡Y se produjo el milagro!, ¿adonde había ido a parar aquel entusiasmo incontenible e inenarrable? Todos dejaron de aplaudir de una sola palmada y se sentaron. ¡Estaban salvados! ¡La ardilla se las había ingeniado para salir de la rueda!

Sin embargo, así es como se ponen en evidencia los hombres independientes. De esta manera los eliminan. Aquella misma noche el director de la fábrica fue arrestado. Le cargaron fácilmente diez años por otro motivo. Pero después de firmar el «206» (el acta final del sumario), el juez de instrucción le recordó:

— ¡Y nunca sea el primero en dejar de aplaudir!

(¿Y qué le vas a hacer? ¡Alguna vez hay que detenerse!) Esta es la selección de Darwin.


A eso se le llama agotamiento por estupidez.“