GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...

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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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domingo, junio 02, 2024

MOMENTO MUSICAL. Sergio Denis canta Las golondrinas de Jaime Dávalos/ Eduardo Falú. Un cielo de barriletes tiene la tarde.




LAS GOLONDRINAS. 

¿Adónde te irás volando por esos cielo
Brasita negra que lustra la oscuridad?
Detrás de tu vuelo errante mis ojos gozan
La inmensidad la inmensidad

Veleros de la tormenta se van las nubes
En surcos de luz dorada se pone el Sol
Y como sílabas negras las golondrinas
Dicen adiós, dicen adiós.

Vuela, vuela, vuela, golondrina
Vuelve del más allá
Vuelve desde el fondo de la vida
Sobre la luz, cruzando el mar
Cruzando el mar.

Un cielo de barriletes tiene la tarde
El viento en las arboledas cantando va
Y desandando los días mi pensamiento
También se va, también se va.

Cuando los días se acorten junto a mi sombra
Y en mi alma caiga sangrando el atardecer
Yo levantare los ojos pidiendo al cielo
Volverte a ver, volverte a ver.

Vuela, vuela, vuela, golondrina
Vuelve del más allá
Vuelve desde el fondo de la vida
Sobre la luz, cruzando el mar
Cruzando el mar.

Mirar en Youtube.

lunes, abril 22, 2024

Hace 99 años nacía el más prolifero poeta de la Patagonia Don Marcelo Berbel.


Casi un siglo con Marcelo Berbel: el hombre al que habitaban las palabras.

Hace 99 años nacía el más prolifero poeta de la Patagonia. Vida, recorrido y legado del quien supo ponerle letra y música a cada rincón de Neuquén.


Marcelo Berbel escribió sus primeros versos a los 7 años, en el pizarrón de la Escuela N°22 de Plaza Huincul. Pero su mamá, mucho antes supo que su hijo sería poeta: desde el día en que lo escuchó llorar en la panza. Dice un antiguo relato Mapuche que cuando un bebé llora antes de nacer, es porque será un entu-g’li: una persona capaz de interpretar el mundo que la rodea más allá de los sentidos, para volverlo palabras.

No hay certeza alguna de qué estrella le dio a ese niño su destino de decidor, lo que no se puede refutar es que su obra es un aguafuerte del Neuquén, grabada a viento, barda y jarillal en sus más de 1357 letras de canciones, coplas, libros y músicas.

Su historia empieza hace 99 años, el 19 de abril de 1925 en Campamento N°1, Plaza Huincul, allí donde Neuquén también comenzaba a escribir la suya con el petróleo. Eligió para nacer el Día del Indio Americano y eso lo llenaba de orgullo. Fue el segundo de los 10 hijos que tuvieron Juan Ramón Berbel con María Teresa Arriagada. Él un español pintón, que en 1913 había llegado junto a su padre desde Almería, España, para trabajar en la construcción del Dique Ingeniero Ballester. Juan era pequeño aún, así que le dieron tareas en la cocina para alimentar a los cientos de trabajadores que construían esa obra fundamental para la producción del Alto Valle. Cuando llegó el momento de volver a su país, se escondió de su papá en el puerto de Buenos Aires; un tiempo después, volvió a rumbear solo hacia el sur.

Ella, en cambio, era una mujer de rasgos fuertes y mirada profunda como el río. Nacida en Espinazo del Zorro, a orillas del Catan Lil, fue anotada en un Registro Civil chileno con el apellido del dueño de la estancia en la que trabajaba su madre. Pero ella era Puel, hija de esta tierra y por sus venas corría sangre Mapuche.

Los padres de Marcelo, se conocieron en Allen unos años antes de que Juan entrara a trabajar a YPF y empezaran a construir esa familia inmensa. Ya en Plaza Huincul, después de cenar, Juan invitaba a María Teresa al “balcón de las delicias” y subían juntos, cariñosos, a la torre del campamento, rodeados de la prole, a disfrutar del cielo neuquino y de ese amor que siempre tuvo su vuelo propio.

Divertido, rebelde, encantador: poeta. Marcelo aprendió desde muy pequeño a ser un buen hermano mayor. Aprendió el valor de lo sencillo y la libertad de jugar contra el viento trepado a la torre frente a su casa. Pero también a reconocer y respetar sus raíces. Le gustaba decir que venía de padre europeo y madre americana y más tarde, a entender: “la sangre americana es la que me duele más”.

Una patria llamada Neuquén.

Un poeta es antes el que mira, el que sabe escuchar sin tiempo, un sentidor permanente. Marcelo practicaba todo eso con disciplina. El cielo era para dormirse mirándolo; los amigos para visitar y compartir el vino; los piches para seguirles la huella; la cordillera para hacerse pequeño ante la inmensidad; la tristeza, para volverla palabra y que nadie note que se llora.

Quizá esa obstinación por celebrar lo sencillo fue la que lo llevó a convertirse en el más prolífero y fundamental poeta de la Patagonia. Y aunque no le gustaban esas grandilocuencias, hay que decir “lo justito y nada más”.

También es justo decir que nada de ese camino lo fue haciendo solo. Tuvo amores pilares: la música, Chita, hijos, nietos, raíz y una Patria llamada Neuquén.

Era casi un niño cuando Berbel ingresó en el Ejército para tener una salida laboral y estudiar música. Integró la Banda, donde aprendió tambor, fliscorno y trombón y se convirtió en profesor de Teoría y Solfeo. Solía decir que su voz ronca venía de tocar esos instrumentos de viento (más tarde, lo operaron dos veces de tumores de la garganta). Lo cierto es que esos años fueron una base fundamental para la música, aunque paradójicamente nunca aprendió a silbar muy bien.

A Chita, Rosa Edith Rodriguez, la conoció en Allen, también cuando era muy joven. Marcelo llegaba a los bailes con uniforme, gomina: encantador. Chita se volvió su compañera para siempre y la madre de sus cuatro hijos Néstor, Hugo, Marité y Dante.

Marcelo comenzó a amasar su obra. Escribir, componer eran parte de su vida como respirar. Lo hacía de manera intuitiva, en una suerte de don indescifrable, el mismo que explica que un hombre que jamás leía, sabía el nombre de todas las cosas. En su escritura había inspiración, pero también oficio y compromiso. Si las palabras no venían, empezaba a barajar su mazo de cartas y jugaba una y otra vez al solitario. A su familia les decía que tenía un Duende que le dictaba lo que debía escribir; pasaba horas en su compañía, a nadie se le ocurría interrumpir ese diálogo en el que todos creían.

Con duende, en soledad o rodeado de la paisanada; luciendo con orgullo su pañuelo, bombacha y alpargatas; metiendo las manos en la tierra; viajando de rancho en rancho; recorriendo 100 kilómetros en tres lunas; a la vera de un arroyo cordillerano; con un caramelo de fruta o un chocolate en la boca; payando sin parar al volante, pero sobre todo con una profunda admiración a su Neuquén humilde y mestiza, es que escribió el legado más inmenso que un artista le haya hecho a la provincia.

Cientos de piezas quedaron registrada de forma manuscritas y metódica en sus clásicos cuadernos tapa dura; en sus dos discos: “Jarillal, poemas y canciones” y “Qué quiere que le diga” y en cuatro libros.

Y así como es difícil determinar en qué momento Don Berbel se enamoró de la escritura, hay un punto de inflexión en su carrera y fue cuando La Pasto Verde cobró trascendencia a nivel nacional. “La zambita neuquina”, como le decían por el norte, fue grabada por Los Andariegos, que la llevaron a Cosquín.

Fue grabado por León Gieco, Rubén Patagonia, Las Voces del Sur, Ricardo Iorio, Jorge Cafrune, Los Carabajal, Soledad Pastorutti, Hermética, Edgardo Lanfré, Mercedes Sosa, entre otros grandes. Admirado por el Cuchi Leguizamón, René Favaloro, Daniel Toro; amado por Felipe Sapag , Jaime de Nevares, Horacio Guaraní y tantos otros imprescindibles. Su casa era de puertas abiertas y mesa compartida. Su poesía, una comuníon.

Los Berbel.

Sin embargo, fueron sus hijos Néstor (Guchi) y Hugo Marcelo (Chelito) los primeros en difundir la obra de su padre en una combinación de voces extraordinaria. Los Hermanos Berbel, a sus ocho años, le dijeron a todo el país que Neuquén tenía un poeta, un sonido, una identidad.

Tras la muy temprana muerte de “Guchi”, apenas unos días antes de que saliera un álbum que había grabado junto a su hermano en Buenos Aires, “Chelito” no abandonó la música. Y cuando la pequeña Marité se subió al escenario, Los Berbel volvieron a brillar.

En 1992, Chelito murió producto de una dura enfermedad. Aún con el infinito dolor de haber perdido a sus hermanos, Marité siguió cantando. Y es en ella, en su voz sin tiempo; en trío junto a su hija Ayelén y su hijo Traful -quien además le puso música a más de 64 poemas de su abuelo- donde la obra de Berbel una y otra vez alza vuelo.

"Pliega el cóndor sus alas muy arriba cuando el tiempo lo llama al final, yo en cambio cuando pliegue mis cuadernos, espero que la vida eche a volar", escribió alguna vez Berbel, consciente quizá de la profundidad de su legado.

Del corazón de las rogativas, del choique purrun, de su propia raíz mapuche, creó el ritmo folklórico del Loncomeo. “Mi política es celeste y blanca, y mi patria son los mapuches”, decía orgulloso. Sobre esas convicciones, fundó la primera música patagónica originaria, pero también permitió que por primera vez muchos conocieran una historia, una cosmovisión, una herida y una cultura viva.

Siempre consecuente, junto a Osvaldo Arabarco compuso “Neuquén Trabun Mapu”. En 1989, el entonces gobernador Pedro Salvatori, designó esa canción como el Himno Provincial del Neuquén. En poco tiempo, se convirtió en el himno provincial más cantado y más querido en todo el país: el único que reconoce a un pueblo originario y la inconmensurable riqueza del mestizaje.

Marcelo Berbel también fue Convencional Constituyente, ciudadano ilustre, un abuelo amoroso y un amigo sin peros. Pero sobre todo, fue un hijo amado de esta tierra.

A las 18.45 del 9 de abril de 2003, a sólo diez días de cumplir 78 años, Marcelo Berbel murió en el policlínico de Neuquén, rodeado por su familia. Su huella vive y vivirá en todas las neuquinas y neuquinos como una canción de cuna a la que siempre se ha de volver.

Cada poeta en su territorio: Las Golondrinas.

Unos meses antes de su muerte, Marcelo viajó a Cosquín a ser parte del Encuentro de poetas con la gente.

Con el poeta salteño Ariel Petrocelli, se fueron a pasar la tarde al río. El Cosquín corría plácido bajo el sol de enero y las golondrinas lo sobrevolaban como una bruma. Marcelo estaba sentado bajo una sobra y escribía en una libreta pequeña. Petrocelli, que estaba en el agua, le gritó:

—¿Sabe Berbel? Ahí en el mismo lugar donde está usted sentado en este momento, Jaime Dávalos escribió Las Golondrinas.

Y entones Don Marcelo arrancó la hoja de la libreta y la rompió en pedazos.

“¿Adónde se irán volando por esos cielos, brasitas negras que lustra la oscuridad?”

No hay nada que hacer: cada pluma s su paisaje, a cada poeta su milagro, aunque después compartan el cielo como las golondrinas.

Unos años después de aquella tarde, por iniciativa de Freddy Martino, se levantó un monolito en Cosquín para recordar al gran poeta de la Patagonia. Años después, fue tristemente demolido. Pero sí hay una esquina que lleva su nombre y otra un poco más allá, el de Jaime Dávalos.

Cuevita de Oso.

Cuando Marcelo tenía que decir algo importante, armaba una cuevita de oso con el acolchado y ahí reunía a sus queridos. Era un refugio: la forma en que ese hombre alto, fuerte, que se imponía de solo estar, quedaba indefenso. Ahí también guardaba a los perros peludos que rescataba de la calle, cada vez que Chita lo retaba por traer un nuevo bicho a la casa.

Marcelo tenía esas magias. Y aunque sus nietos y su hija extrañen esa complicidad, a veces encuentran alguna de las notas que dejó enrollada y escondida en el ladrillo hueco de una pared o en un viejo adorno. A veces sino, lo siente aparecer en el viento, en el reflejo de un lago cordillerano, como un susurro chiquito, apenas perceptible, para recordarles a los suyo que no caminan solos. Y es difícil saber, si Marcelo no se fue o siempre está volviendo.

La tristeza.

El cuero no sabe resistir la pérdida de dos hijos.

Marité recuerda que el día que murió Guchi, a la noche fueron todos a acompañar a Chelito a presentarse en una peña. Los Berbel jamás apagaron su canto, aunque las gargantas les fue quedando en carne viva.

Cuando Guchi se fue a los 18 años, Marcelo compuso El Mar y mi pena, luego, Jarillal. Años más tarde, el cáncer se llevó Chelito y entonces escribió Gracias a Dios que estoy vivo.

Ni este hombre al que habitaban las palabras puedo conseguir la justa para nombrar lo que no tiene dimensión. Si escribió: “soy presencia arrastrando vida, esta pena ha de andar escondida después de mi”. Y unos días antes de su muerte: “Quiero mirar hacia el cielo pero escuchar hacia adentro. Y se me van los suspiros, las cosas del sentimiento. De aquellas voces queridas, anda en mi sangre el acento y me motiva el sollozo, ecos en el pensamiento. Por eso miro hacia el cielo, tal vez halle lo que siento”.

Y hacia allá partió.

Por Cecilia Rayén Guerrero Dewey.

*** Publicado en La Mañana del Neuquén.

https://www.lmneuquen.com/neuquen/casi-un-siglo-marcelo-berbel-el-hombre-al-que-habitaban-las-palabras-n1107752

lunes, febrero 15, 2016

15 de febrero de 1962: se registra la canción "Tonada del viejo amor" con letra Jaime Dávalos y música de Eduardo Falú.

15 de febrero de 1962: se registra la canción "Tonada del viejo amor" con letra Jaime Dávalos y música de Eduardo Falú.
Tonada del viejo amor.
Y nunca te he de olvidar
En al arena me escribías
El viento lo fue borrando
Y estoy mas solo mirando el mar

Que lindo cuando una vez
Bajo el sol del mediodía
Se abrió tu boca en un beso
Como damasco lleno de miel

Herida la de tu boca
Que lastima sin dolor
No tengo miedo al invierno
Con tu recuerdo lleno de sol

Quisiera volverte a ver
Sonreír frente a la espuma
Tu pelo suelto en el viento
Como un torrente
De trigo y luz

Ya se que no vuelve mas
El verano en que me amabas
Que es ancho y negro el olvido
Y entra el otoño en mi corazón.


lunes, octubre 12, 2015

América fragante y mestiza por Jorge Castañeda.

Todos los pueblos –escribió César Currulef– cuasi como la vida misma nacieron alguna vez. "Aquel numeroso de Abraham, los caldeos y el reinado asirio de Senaquerib, los fenicios y el Imperio Romano, el gran Temujin Khan de la Mongolia, los moros invasores de la tierra castellana y los hunos genuflexos a las puertas de la Roma cristiana".
"Y en la América fragante de Cristóbal Colón, antes, pero mucho antes, civilizaciones mayas y aztecas, en el cenit de su sabiduría la dejan esculpida para la posteridad".
"Al norte del hemisferio los pueblos piel roja y bajando por las aguas del Pacífico, los incas, el reino de la Araucanía y los pascuenses, fundadores en la inmensidad de los confines, numerosos como las arenas del mar".
"Pero el tiempo pasa como la dicha y allá en el Sur, a la vera del Callvu Lavquen hollaron sus faldeos conquistadores y frailes, poblando la tierra, 'la ciudad de los Césares', en las barbas y ante el asombro del pueblo mapuche". Lo demás es historia conocida. Es traerlo a la memoria. Y entonces debo decir que también yo he venido al mundo y me asombré de ver tanta maravilla: lagos, basalto, cóndores y nieve, como también pequeños pájaros multicolores, que en invierno se guarecen en las cuevas a orillas del gran lago".
"Pero al desierto patagón lo traigo a la memoria porque allí viven los hombres y las mujeres de este Koñümpan, rescoldo de vida, tibio sol en las nacientes del Chenqueniyeu arriba".
Y así es. Así debe ser. Es necesario ante un nuevo 12 de octubre recordar, traer a la memoria, como quiere la pluma sabia de Currulef.
América fragante y mestiza, exótica y deslumbrante, de ríos arteriales buscando la sal de los mares, con selvas impenetrables donde hasta el día de hoy todavía el hombre no ha hollado con sus plantas, de cordilleras con sus picos coronados de nieves eternas, de volcanes que cuando se enojan braman y vomitan su lava, de lagos azogados en las alturas, de ciudades milenarias perdidas en la espesura, de piedras tutelares, de cañadones donde el curso de los ríos ha erosionado sus laderas, de estatuas descomunales cuyo significado se pierde en la noche de los tiempos, de formas piramidales al igual que aquellas allá en el valle del Nilo, de cataratas tan magníficas que todas las palabras de Álvar Núñez Cabeza de Vaca no pudieron describir a los monarcas ensimismados en su trono en España, de animales jamás vistos: tucanes, papagayos. América del chocolate y del tabaco, de la papa, del maíz; señor y dios de los pueblos emplumados.
América, donde el hombre primigenio trajinó sus entrañas donde "tierra fue, vasija, párpado del barro trémulo, forma de la arcilla, fue cántaro caribe, piedra chibcha, copa imperial o sílice araucana. Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura de su arma de cristal humedecido, las iniciales de la tierra estaban escritas. Nadie pudo recordar después: el viento las olvidó, el idioma del agua fue enterrado, las claves se perdieron o se inundaron de silencio o sangre". América arboleda, zarza salvaje entre los mares, de polo a polo balanceadas, tesoro verde, tu espesura. "Tierra mía sin nombre, estambre equinoccial, lanza de púrpura, tu aroma me trepó por las raíces hasta la copa que bebía, hasta la más delgada palabra aún no nacida de mi boca" (Pablo Neruda, poeta nacional de Chile).
¿Acaso no glosó el Inca Garcilaso de la Vega las crónicas de la conquista y las pasadas glorias de los pueblos americanos? ¿Acaso no fueron mestizos los grandes escritores del continente como Manuel Scorza, César Vallejo y el mismo Rubén Darío, "un hijo de América y un nieto de España"? ¿No supo decir acaso el gran nicaragüense en sus versos: "Ojalá hubieran sido los hombres blancos, como los Atahualpas y Moctezumas"?
América, tierra de aventureros, de chamanes, ¿dónde ha quedado la voz de la werken, lo saberes ancestrales de los ancianos, las luchas de los héroes, la identidad de los hombres hijos del maíz?
"América, nadie la para ya, no pueden detenerla ni la calumnia, ni el boicot, ni nada. Este es continente de aventura que a los aventureros se los traga, les sube por la sombra despacito y el ojo codicioso les socava. Vendrán los desahuciados de la tierra buscando sus riquezas legendarias hasta que un día en una sola greda se confundan las lenguas y las razas. América, animal de leche verde, por la gran cordillera vertebrada hunde el hocico austral bajo el polo y descansa en su fuerza proletaria. Camina hacia la luz, lenta y segura, con el polen del sol en las entrañas. Y su destino torrencial fijado está en el tiempo por la Vía Láctea. Que el hambre, la violencia, la injusticia, la voluntad del pueblo traicionada no harán sino aumentar su rebeldía, no harán sino apurar en sus entrañas el hijo de la luz que viene a unirnos en una sola espiga esperanzada. "Porque América, tierra del futuro igual que la mujer, vence de echada" (Jaime Dávalos, poeta de Salta).
Hoy es el día de rescatar nuestra identidad, de recuperar el latido primordial de nuestra tierra de valor inmanente, consuetudinario. Este continente que nos dice con la voz del poeta "Sube a nacer conmigo, hermano americano".
Publicado en Diario "Río Negro", 12 de octubre de 2015.

sábado, marzo 13, 2010

POEMA DE JAIME DÁVALOS.




Recitado de
Jaime Dávalos (1921 – 1981).

Yo soy quien pinta las uvas
y las vuelve a despintar
al palo verde lo seco
y al seco lo hago brotar.
Vengo de adentro del hombre dormido
bajo la tierra gredosa y carnal,
rama de sangre, florezco en el vino y el amor bárbaro del carnaval
.



Biografía extraída de internet de Don Jaime Dávalos.
Nacido en la ciudad de Salta del 29 de enero de 1921, hijo de Don Juan Carlos Dávalos y de Doña Celecia Elena.
Cursó estudios en su ciudad natal. Recorrió íntegramente su suelo patrio, de uno a otro confín, en contacto íntimo con la tierra y sus hombres, bebiendo en los caminos, en las ciudades y aldeas ese rico venero que habría de transformar en poema, canto o relato.
Con respecto a las coplas, que él ha escrito y ha recopilado con ávido afán, dice Dávalos : " Desde México a nuestra Argentina, la copla bajó por sobre el geológico espinazo cordillerano del continente atando lenguas y corazones, fijando un alma y un idioma comunes, poniéndole palabras a nuestros desmesurados silencios planetarios, donde el hombre americano, síntesis de todas las razas, convive con su madre tierra, ama y trabaja atado a un solo destino : la unión definitiva de América".