GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...

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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

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"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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domingo, mayo 24, 2020

¿¿¿¿QUÉ PREFERÍS: ABURRIRTE EN TU CASA O EL DECÚBITO PRONO CON UN TUBO EN LA TRÁQUEA????

¿¿¿¿QUÉ PREFERÍS: ABURRIRTE EN TU CASA O EL DECÚBITO PRONO CON UN TUBO EN LA TRÁQUEA???? Ningún periodista estrella te dice en la tele que si ingresas con insuficiencia respiratoria aguda por el COVID te aplican esta maniobra: te insertan un tubo en la tráquea y te tienen doce horas por día boca abajo en posición decúbito prono. Si cuando te insertaron el tubo tuviste suerte y el personal estaba bien entrenado para no lesionarte la tráquea, puede ser que sobrevivas, después de comerte un mes entubado. Nadie te garantiza que aún sobreviviendo no te mueras tres días después de ser dado de alta por una trombosis. Mientras estas internado y entubado ninguna pariente te puede visitar, y si te llegas a morir, lo harás solo como un perro y sin poder despedirte de los seres queridos. Mejor hace caso y quédate en tu casa, porque un decúbito prono es un suplicio que no se lo deseo a nadie. Pensa que esa postura te hace perder el cuarenta por ciento d la masa muscular en pocos días. Si te parece que estar en tu casa es incómodo, imaginate esto.

* Del Facebook de Javier Garin.

viernes, mayo 08, 2020

ESTO SE LLAMA PRONAR AL PACIENTE Y SE APLICA A LA INSUFICIENCIA SEVERA RESPIRATORIA OCASIONADA POR EL CORONAVIRUS.

ESTO SE LLAMA PRONAR AL PACIENTE Y SE APLICA A LA INSUFICIENCIA SEVERA RESPIRATORIA OCASIONADA POR EL CORONAVIRUS: El paciente debe pasar 12 horas por día boca abajo Entubado. Mucha gente no sabe de qué se trata la ventilación mecánica. Para empezar, NO es una máscara de oxígeno puesta en la boca mientras el paciente está cómodamente acostado. NO.
La ventilación invasiva para el Covid-19 es un entubación dolorosa - que por eso se hace bajo anestesia - y consiste en quedarse de 2 a 3 semanas sin moverse, muchas veces boca abajo, con un tubo insertado desde la boca hasta la tráquea y que permite respirar al ritmo de la máquina a la que está conectado. El paciente no puede hablar ni comer, ni hacer nada de manera natural.
La molestia y el dolor que se sienten obligan a administrar sedantes y analgésicos para asegurar la tolerancia al tubo durante el tiempo que se necesite la máquina. Es como estar en un coma artificial. A 20 días de este tratamiento, un paciente joven pierde el 40% de masa muscular, asociado a traumatismos de la boca o de las cuerdas vocales, así como de posibles complicaciones pulmonares o cardiacas.
Es por esta razón que las personas ancianas o ya débiles no soportan el tratamiento y mueren.
Ahora, ¿entendiste lo que es un ventilador mecánico? Te das cuenta de que no es una “gripecita”?
Publicado en el face de Javier Garin. Imagen del misma publicación.

MUNDO POST PANDEMIA - NEW DEAL ECOLÓGICO - JEREMY RIFKIN- RULLI - BRAIL...

sábado, abril 11, 2020

URQUIZA, EL HOMBRE QUE HIZO LA PRIMER REFORMA AGRARIA Y POBLÓ LA ARGENTINA DE INMIGRANTES por Javier Garin.-

URQUIZA, EL HOMBRE QUE HIZO LA PRIMER REFORMA AGRARIA Y POBLÓ LA ARGENTINA DE INMIGRANTES (por Javier Garin)
La política inmigratoria fue uno de los grandes blasones del General Urquiza. Convertido en objeto de desprecio por el fanático revisionismo historiográfico que no le perdona la caída de Rosas y el no haber llevado hasta sus últimas consecuencias el enfrentamiento con la oligarquía de Buenos Aires, con la que terminó pactando un status quo a partir de la batalla de Pavón, los revisionistas ocultan que Urquiza supo adquirir, como Presidente de la Nación y como Gobernador de Entre Ríos, pese a todos los defectos y errores que puedan achacársele, importantes títulos de gratitud frente a la posteridad, no sólo por haber sido el impulsor de la Constitución Nacional, sino por haber promovido la inmigración, consumado una trascendental reforma agraria en su provincia y creado instituciones educativas de primer orden, como el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, que distribuía becas en todo el país y de cuyas aulas de excelencia surgieron varios futuros presidentes de la Argentina. De nada de esto se habla a causa de la censura historiográfica nacionalista, que no admite reconocerle a Urquiza mérito alguno; sólo se habla de que traicionó a Rosas. Pero, mal que le pese al sectarismo historiográfico, Urquiza tuvo la inteligencia de promover el fraccionamiento de la propiedad de la tierra para dedicarla a la agricultura, en abierta confrontación con el modelo de la ganadería extensiva y el latifundio inculto, sólo útil para que paste el ganado, que había sido la nota dominante del modo de producción pastoril defendido por Rosas y los terratenientes porteños. Aunque sea de “antipatria” señalarlo, mientras muchas regiones del país siguieron durante décadas entregadas al latifundio oligárquico ganadero, en las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba se llenó de granjas y de colonias agrícolas que, en breves treinta años, contribuyeron a que la Argentina pasara de ser importador de granos a convertirse en uno de los principales exportadores de cereales del mundo.
A mediados del siglo XIX, la cuestión inmigratoria es uno de los puntales del proyecto de Estado Nacional. Sobre ello habían insistido el odiado (por el revisionismo) Sarmiento en el Facundo, al señalar el problema que representaba el despoblamiento del territorio, y el menos repudiado (por el revisionismo) Alberdi desde su libro “Las Bases”, en el que hizo célebre el lema: “gobernar es poblar. Ya desde su Preámbulo (que invitaba a todos los hombres del mundo a “habitar el suelo argentino”), y en numerosas disposiciones, la Constitución promulgada por Urquiza sentaba el propósito y las garantías adecuadas para promover la inmigración, asegurando la libertad de trabajo y de culto; su artículo 25 disponía: “El gobierno federal fomentará la inmigración europea y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes”. Hacia mediados de la década de 1850 se establecen los primeros emprendimientos colonizadores, que se multiplican con rapidez. Urquiza resulta el precursor, al fundar en septiembre de 1853 la Colonia Agrícola Militar de Las Conchas (luego Villa Urquiza), en inmediaciones del río Paraná, con vascos españoles. En 1856 brinda apoyo gubernamental a la iniciativa del empresario Aaron Castellanos, quien crea en la provincia de Santa Fe la Colonia Esperanza, con familias francesas y alemanas; también datan de entonces la colonia bonaerense de Baradero, de colonos suizos, y la Colonia Agrícola Militar en Bahía Blanca. Pero tal vez uno de los ejemplos más notables de colonización a que da impulso Urquiza es la Colonia de San José en el año de 1857, en campos de su propiedad, con un contingente de 530 personas provenientes del cantón de Valais en Suiza, Saboya y algunas regiones alemanas.
Estos inmigrantes no se dirigían inicialmente a Entre Ríos, sino a Corrientes, pero el gobierno correntino, por desacuerdos con la casa contratista europea, les dio la espalda después de haberlos hecho cruzar el Atlántico, y los recién llegados quedaron a la deriva en la región pantanosa de Ibicuy, entre camalotes, lampalaguas, yararás, mosquitos y aves zancudas. Urquiza se vio precisado a intervenir, y ante la urgencia de ubicar adecuadamente a los colonos, decidió fraccionar sus propias tierras en la zona que hoy corresponde a las ciudades de San José y Colón, en el Río Uruguay, con el asesoramiento del agrimensor Tomás Sourigues, comisionado para ubicar en sus campos el emplazamiento más adecuado; es éste quien sugiere colonizar “el punto donde la Calera del rincón Espiro resulta como puerto, como terreno capaz y como el lugar que menos perjuicio traerá para sus haciendas. (…) Tendrá todas las ventajas que se puedan desear: a sus pies el caudaloso río Uruguay, distante una legua de Paysandú y 6 del Uruguay, dos centros de población donde podrán los colonos expender sus productos. Terrenos fértiles, aguadas, montes, pajonales”. La organización de la colonia es encomendada al inmigrante republicano francés, docente, publicista, masón y hombre de avanzadas ideas, Alexis Peyret. El crecimiento demográfico y la constante llegada de nuevos contingentes inducen a Urquiza a encargar en 1861 a Sourigues el trazado de la ciudad portuaria de Colón, hoy convertida en uno de los más visitados centros turísticos y termales del país. Para fines del siglo XIX, Entre Ríos cuenta con 163 colonias de las más diversas nacionalidades: italianos, suizos, franceses, alemanes, rusos, judíos (los célebres “gauchos judíos” de Alberto Gerchunoff), etc. Todo ello en un clima de tolerancia, conviviendo católicos, protestantes, ortodoxos e israelitas. No sin razón, Peyret había sistematizado sus experiencias con las colonias recomendando “escoger con mucho cuidado las familias”, que deberían estar formadas por “verdaderos agricultores” provenientes de países con tradición agrícola, y que no sólo evidenciasen una “laboriosidad en grado relativamente superior”, sino también cualidades intelectuales “exentas de la superstición y el fanatismo” religioso.
En su primigenia colonia de San José, modelo de las que luego vinieron, Urquiza dispuso la subdivisión de un campo de su propiedad en 200 lotes (“concesiones)” de 16 cuadras (poco más de 25 hectáreas) cada una. Las parcelas eran extensas para favorecer la prosperidad de los colonos y permitirles subdividirlas entre sus descendientes. No se regalaban, sino que se vendían a los colonos con amplias facilidades. Cada familia recibió adelantos de dinero para cubrir el costo del pasaje y sus primeras necesidades, así como útiles de labranza, semillas, animales y alimentos, todo ello reembolsable en cinco años mediante la entrega de la tercera parte de la cosecha. Frente a las miserias europeas, era el paraíso.
Las cuchillas entrerrianas ofrecían un terreno óptimo para la cría de ganado y con variedad de suelos para todo tipo de cultivo. Los valesanos se dedicaron por tradición a elaborar productos lácteos; los saboyanos a cultivar cereales y hortalizas. El emigrado republicano y antibonapartista Alejo Peyret (“el inteligente e ilustrado caballero a quien el General entregó su administración”, en palabras de Wilcken) demostró toda su competencia en la faz organizativa, introduciendo ideas municipalistas, socializantes y democratizadoras. Aunque las tierras se daban en propiedad individual, implicaban una serie de obligaciones estipuladas en los contratos que limitaban el derecho de propiedad, tales como el deber de residir en la colonia y de cultivar personalmente el lote, de contribuir con su trabajo personal para actividades u obras de interés general (apertura o limpieza de caminos, mantenimiento de lugares públicos, etc.), de aceptar los reglamentos de convivencia, de someterse a las decisiones disciplinarias de la administración (que hasta podía expulsar a los colonos que no trabajaran o alteraran el orden); la prohibición de enajenar las parcelas ni introducir nuevos colonos sin consentimiento de la administración; prohibición del expendio de bebidas alcohólicas, etc. Los colonos tenían derecho a participar en la administración a través de una comisión de cinco miembros electos por voto secreto. No era el socialismo utópico, pero era toda una novedad para el país, y funcionó suficientemente bien como para superar múltiples desgracias, mangas de langostas, invasiones de ganado en los cultivos, incipientes enfrentamientos religiosos, etc.
El cuadro de la vida en las colonias sería por completo insuficiente si no se mencionaran algunos datos que figuran en los censos poblacionales y que recoge la tradición oral. Las mujeres, cualquiera fuese su origen, no eran simples amas de casa, sino trabajadoras campesinas: todas ellas hacían labores agrícolas a la par de sus esposos, salvo cuando el avanzado estado de embarazo se los impedía. Los niños, aún de corta edad, también aparecen en los censos como labriegos, lo que demuestra el elevado porcentaje de trabajo infantil, que entonces era considerado normal y no un fenómeno aberrante. Las autoridades dejan constancia en distintos informes de las dificultades para lograr que los niños abandonasen los campos para recibir escolaridad.
Hemos mencionado las invasiones de ganado destruyendo siembras, y esto no es un hecho baladí. Constituía una gran preocupación para Alexis Peyret, que escribió numerosos informes y libros sobre colonización agrícola, producto de su experiencia, y hasta fue designado Inspector General de Migraciones bajo la Presidencia de Roca. El éxito de implantar colonias agrícolas en medio de una zona ganadera dependía de lograr un límite seguro entre las dos actividades en tiempos en que no se había difundido el cerco de alambre. Los sembradíos de los gringos generaban permanentes conflictos con los propietarios de ganado y los arrieros, acostumbrados a recorrer los campos con sus animales sin límite alguno.
No hay registros de crímenes cometidos contra los colonos de manera sistemática, salvo una serie de asesinatos de tiempos posteriores en colonias judías. Las relaciones con los paisanos eran respetuosas, pero no faltaba algún gaucho malo, evadido de la justicia, que intentara robar o agredir a los colonos. A modo disuasorio, Urquiza hizo circular leyendas, que se escuchan hasta hoy, según las cuales, si capturaba gauchos matreros hostilizando las colonias, los hacía degollar inmediatamente en los fondos del Palacio San José. Esta obvia mentira era, sin embargo creída por los gauchos, quienes, por las dudas, evitaban incurrir en el hipotético castigo.
El modelo de San José fue replicado en otras colonias posteriores, detalles más, detalles menos, como como las de 1º de mayo, Hugues, San Juan, San Anselmo, Hocker, El Carmen; etc. En 1870 fue visitada por el Presidente Sarmiento y el gobernador Urquiza; ocasión en la que Peyret pronunció un discurso considerando la “prosperidad de este centro agrícola” como un complemento de la victoria de Caseros.
Y hasta hubo experiencias radicales, como el “Falansterio Durandó”, inspirado en las enseñanzas del filósofo socialista utópico Charles Fourier (1772-1837). Detengámonos por un instante en esta empresa única para su tiempo y el país. La misma se llevó a cabo en doscientas hectáreas antes pertenecientes al inmigrante Louis Hugues, quien había tenido la osadía de instaurar una demanda judicial contra Urquiza y además ganarla; en 1888 su campo fue adquirido por un inmigrante valesano: Jean Joseph Durandó, seguidor de Fourier. Los libros del utopista francés habían denunciado la irracionalidad de la explotación laboral y afán de lucro del industrialismo; abogaban por la cooperación y la armonía entre los hombres y postulaban la transformación pacífica del orden social burgués mediante un esquema asociativo que permitiera el libre desarrollo humano, a partir de unidades (falanges) basadas en el trabajo universal humanizado, creativo y no repetitivo. Creía que de este modo lograría abolir la explotación, la miseria y la alienación, haciendo desaparecer la división del trabajo intelectual y físico, urbano y rural, campesino e industrial. Todo ello ocurriría a partir de unidades experimentales de vida comunitaria, donde 1.600 personas habitarían un edificio común llamado falansterio, rodeado de tierras cultivables. Las tareas se distribuirían según las inclinaciones personales, pero serían rotativas para evitar la rutina; la moneda sería suprimida y en vez de salarios recibirían una parte del producto común. Tales ideas tuvieron un poderoso influjo en el proceso de elaboración de las doctrinas socialistas, como lo reconoce Lenin en su opúsculo “Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo”.
Durandó, además de profesar la utopía falansteriana, era una suerte de místico, profeta que decía estar en comunicación directa con Dios y curandero (entre otros milagros, había curado por imposición de manos la parálisis de su esposa). Instaló su falansterio con unos ciento veinte asociados, sobre los cuales ejercía una personal y misteriosa autoridad, mezcla de socialismo y secta religiosa. Esta colectividad logró la autosuficiencia, con sus sembradíos, huertas, jardines con glorietas, invernaderos, viñedos, colmenas y árboles frutales; sus talleres de herrería, carpintería, zapatería y sastrería; su fábrica de carretas, chatas y sulkys; su horno de ladrillo; su molino harinero impulsado a vapor; su bodega de vinos y depósito de chacinados de elaboración propia; su red de luz artificial a gas, baños con agua corriente, molino de viento y depósito para 10.000 litros de agua; su escuela de primeras letras, artes y oficios, en la que los niños recibían una educación bilingüe francés-español, a la vez teórica y práctica; su notable compañía de teatro dirigida por el artista alemán Kurt Welk, y su orquesta de música muy reconocida que brindaba conciertos en toda la zona. El falansterio comprendía el trabajo comunitario y la formación cultural y espiritual, y su educación era públicamente elogiada por las autoridades y la prensa. Hubo muchos falansterios en el siglo XIX, e imitaciones en el siglo XX por las comunidades hippies; en América del Norte llegó a haber medio centenar de ellos, aunque de breve duración; ninguno tuvo el éxito del falansterio entrerriano, que se sostuvo por más de treinta años, hasta una década después de la muerte de su fundador. Su exitosa organización debió enfrentar la firme oposición de la iglesia, que, desde el cura de Hugues al obispo de Paraná, reprochaba a Durandó su masonería, sus diálogos vespertinos con el “Grand Pere” (Dios), su curaciones mediante imposición de manos y plantas silvestres y su contacto con los espíritus de los muertos; se difundieron todo tipo de leyendas, como que los miembros de la colectividad eran esclavos, porque no cobraban salarios (el concepto de trabajo cooperativo no era bien comprendido entre los paisanos), o que al morir Durandó, en 1916, sus adoradores lo mantuvieron siete días sin enterrar, descomponiéndose a la espera de la resurrección prometida…
Fuera bajo el modelo del trabajo familiar e individual o bajo los ecos del socialismo utópico, lo cierto es que en el curso de pocas décadas el país sufrió una transformación radical, cumpliendo el proyecto de Alberdi y Urquiza. En todo el mundo se habló del milagro agrícola argentino, y a fines de siglo el país llegó a tener el ingreso per cápita más alto del mundo, sobre la base casi exclusiva de la expansión agrícola. Según el Censo Nacional de 1895, la población del país se había duplicado respecto de 1869, y volvería a duplicarse para 1914. Y aunque buena parte de la inmigración se concentraba en la ciudad de Buenos Aires, la Provincia de Entre Ríos pasó de 134.271 habitantes en el Primer Censo Nacional a 292.019 en el Segundo, con un notable predominio de la población rural, predominio que se acentúa en 1895. ¿Por qué? Porque Entre Ríos, a diferencia de la pampa húmeda, sí tuvo su reforma agraria, reemplazando el sistema latifundista por el de colonización. Pero de esto no debemos hablar, no sea cosa que desacreditemos el sistema bien criollo, nacional, patriótico, católico y autóctono de los latifundios ganaderos, exaltando al antipatria de Urquiza, que llenó el país de rusos, protestantes y judíos…
Todo este impensado desarrollo se vio acelerado por los cambios técnicos, la utilización de trilladoras a vapor y nuevas maquinarias que poco a poco reemplazan los arados a mancera, el pico, la pala y la azada. Una anotación del administrador de un establecimiento en Villa Elisa, de noviembre de 1894 nos informa que “ha comenzado la faena de la siega o corte de trigo (…), trabajan en esta 300 máquinas segadoras, (…) cuéntase con 6 máquinas trilladoras (…) Los colonos apúranse a emparvar para trillar lo más rápido posible. (…) Siéntese la escasez de personal para los trabajos de cosecha en que en éste tiempo son bien remunerados los peones y jornaleros”…

Publicado en Facebook 06/03/2020.
Justo José de Urquiza (Talar de Arroyo Largo, hoy Arroyo Urquiza,​ Virreinato del Río de la Plata, 18 de octubre de 1801-Palacio San José, cerca de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 11 de abril de 1870) fue un militar y político argentino.
En 1819 se instaló en la pujante villa Arroyo de La China, actual Concepción del Uruguay, dedicándose a la actividad rural y comercial, para la cual demostró una enorme capacidad. Su hermano mayor, Cipriano de Urquiza, fue secretario y luego ministro del primer gran caudillo entrerriano, Francisco Ramírez.
En 1820 tuvo su primera hija extramatrimonial; más tarde tendría muchos más hijos ilegítimos. Una ley sancionada durante su presidencia legalizaría varios de ellos. Le fueron legalmente reconocidos 23 hijos por la Ley Federal N.º 41 en donde ponía en un pie de igualdad a los 11 hijos legítimos con los extramatrimoniales que tuvo de soltero (hay versiones que señalan que tuvo entre 105 y 114 hijos en toda su vida).
En la década de 1820, contando ya con una fortuna que lo respaldaba, se interesó en la política en un período especialmente turbulento en la historia de Entre Ríos. Como muchos jóvenes del interior, su partido era el Federal.
En 1826 fue electo por los vecinos de Concepción del Uruguay para representarlos como diputado en el congreso provincial. Dirigió la oposición a la Constitución Argentina de 1826, que fue rechazada por su provincia.
Fue varias veces gobernador de la provincia de Entre Ríos, líder del Partido Federal y presidente de la Confederación Argentina entre 1854 y 1860. Fue un comerciante y empresario de fuste, dueño de cuantiosas riquezas  en su provincia Entre Ríos.
El 1º de mayo de 1853 se sancionó la Carta Magna que fue jurada el 9 de julio en todas las capitales provinciales.
El Congreso Constituyente se hizo cargo del Poder Legislativo, designó a Paraná capital de la República hasta que se uniera Buenos Aires, aprobó con Francia e Inglaterra un tratado de libre navegación de los ríos.
En marzo del año siguiente, los Colegios Electorales de las provincias eligieron a Urquiza Presidente de la Confederación Argentina, acompañado por Salvador María del Carril como Vicepresidente. Asumieron el 1º de mayo de 1854.
Fue asesinado durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento.
Ese mismo día eran asesinados en Concordia también sus hijos Justo Carmelo y Waldino; los dos eran amigos íntimos de López Jordán, lo que parece probar que los asesinos no actuaron por orden de López Jordán.
En vida, Urquiza fue condecorado por Brasil con la Orden Imperial de Cristo (en 1851)89​ y la Gran Cruz de la Orden Imperial de la Cruz del Sur (en 1856).
Sus restos descansan en la Basílica de la Inmaculada Concepción, en Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos, República Argentina. Los pequeños poblados de la zona llevan nombres como: 1º de Mayo (de 1852), Pronunciamiento (01/05/1852), Caseros(por la Batalla), San Justo, San Cipriano (nombre de su hermano y uno de sus hijos).

lunes, febrero 24, 2020

LOS DESCUBRIMIENTOS DE UN JOVEN BRILLANTE (FRAGMENTO DEL LIBRO "ANTICRISTO, HISTORIA DE UNA PROFECIA JESUÍTICA SUDAMERICANA", DE JAVIER GARIN).


LOS DESCUBRIMIENTOS DE UN JOVEN BRILLANTE (FRAGMENTO DEL LIBRO "ANTICRISTO, HISTORIA DE UNA PROFECIA JESUÍTICA SUDAMERICANA", DE JAVIER GARIN).
Salamanca, 11 de julio de 1790
Los jóvenes criollos americanos de buena posición tenían, a fines del siglo XVIII, sólidos establecimientos educativos donde estudiar en América. Las familias acomodadas del Río de la Plata, y en especial de la burguesía comercial de Buenos Aires, enviaban a sus hijos a la Universidad Mayor Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca. El prestigio de este centro de estudios, fundado por los jesuitas en 1624, reconocido por bula papal y cédula real, y consolidado en 1775 con la Real Academia Carolina para la enseñanza del Derecho, se extendía a todo el Nuevo Mundo y atraía a una multitud de estudiantes de las regiones más apartadas, conquistando a la ciudad el título de “Atenas americana”, o como diría el general Miller, “la Oxford de América”. De sus aulas surgieron trescientos cincuenta doctores que administraban justicia, litigaban o cumplían funciones públicas de un extremo al otro de las Colonias. Allí se graduaron patriotas célebres como Juan José Castelli, y muchos años después Mariano Moreno y Bernardo Monteagudo. Uno de los autores que se estudiaban con mayor asiduidad y de más honda influencia en el pensamiento de los futuros revolucionarios era el jesuita español Francisco Suárez, el “Doctor Eximius”, a tal punto que el discurso de Juan José Castelli en el Cabildo abierto de 1810 se inspiraría directamente en la doctrina de “reversión de la soberanía al pueblo” del célebre teólogo de la Compañía de Jesús. Un año después de la expulsión de los jesuitas, Carlos III ordena prohibir las enseñanzas de Suárez, al parecer tan peligrosas para el orden establecido como las del solitario Lacunza y su visión de los reyes al servicio del Anticristo…1
Pero las familias más pudientes, en forma harto excepcional, podían incluso animarse a enviar a sus hijos a España. Las universidades peninsulares más renombradas eran las de Salamanca, Valladolid y Alcalá de Henares, que en 1786 contaban respectivamente con 1859,1288 y 450 alumnos. Era Salamanca la más ilustre de todas, la más antigua de España y la tercera más antigua de Europa. Madre y modelo de universidades, Salamanca proveía la formación de la burocracia estatal y tribunalicia con los más reputados juristas. Asiento de la renovación humanística, sus aulas contaron con los profesores, teólogos, jusperitos y literatos más ilustres. Allí tuvo su sede la célebre Escuela homónima, a la cual perteneciera el mentado jesuita Suárez, entre otros conspicuos pensadores, la que innovó en derecho de gentes, economía y teología y jugó un papel destacado en el Concilio de Trento. Los expertos de Salamanca llegaron a ser consultados sobre los más variados asuntos, desde la factibilidad del proyecto de exploración de Cristóbal Colón hasta la existencia o no de alma entre los indígenas americanos y sus derechos correspondientes. Bajo el reinado de Carlos III, el claustro de Salamanca fue el corazón de la Ilustración española y una usina de las ideas más “avanzadas”. Poseía Facultades mayores de Teología, Cánones y Leyes, y otras de Arte, Medicina y Filosofía, contando también con cátedras de Humanidades, Retórica, Música, Griego y Hebreo. Era su rector el Dr. Diego Muñoz Terrero, liberal, como correspondía a la época del despotismo ilustrado2. Pero eran contados casi con los dedos los criollos que podían acceder a sus aulas. A lo largo del siglo XVIII sólo figuran inscriptos en Salamanca veintisiete criollos: apenas cuatro de Buenos Aires3. El más joven de los porteños fue inscripto con apenas dieciséis años en 1786, y sería el más famoso de todos debido a su excepcional capacidad, carisma e inteligencia. Su padre, acaudalado comerciante de origen italiano, afincado en el puerto de Buenos Aires y jefe de una familia muy numerosa,
se había enriquecido gracias al sistema del monopolio que impedía el libre comercio en las colonias, llegando a hacer una considerable fortuna, suficiente “para vivir cómodamente y dar a sus hijos la educación mejor de aquella época”, según recordaría el joven años después en su trunca “Autobiografía”. El talento de este adolescente corrió el riesgo de ser desaprovechado. Al pretender inscribirse en la Facultad de Leyes, en noviembre de 1786, el Secretario de esa alta casa de estudios se negó a admitirlo, porque el certificado emitido por el Colegio Real de San Carlos no tenía asentada, por error, la aprobación de “Filosofía” y “Moral”. El joven porteño, al ver esfumarse su futuro por una falla burocrática, dio muestras del carácter resuelto que más tarde le conquistaría un lugar de altísima gloria en las guerras de emancipación americanas: se dirigió personalmente en queja al propio Rey. Después de una serie de idas y vueltas, Carlos III admitió que el jovencito rindiera examen de las materias no registradas, lo cual hizo con éxito, pasando ese mismo día a formar parte de la matrícula4. Desde entonces, era común que se lo viera caminar muy atareado por los patios y pasillos, con una sotana de estudiante y una larga capa oscura pendiendo de sus hombros. Sobre sus cualidades intelectuales y morales, dijo uno de sus profesores que era un joven aplicado, bondadoso y caritativo, y que se destacaba por “un entendimiento sólido y lleno de luces, bellas cualidades que entre los hombres son un género de felicidad que parece los diviniza. El temor de Dios, este temor que se llama en la Escritura, ya el principio de la sabiduría, ya la sabiduría misma, ya la plenitud y la corona de la sabiduría, es el móvil de todas sus acciones. ¿De un joven de estas cualidades qué no podemos esperar? Alcanzará sin duda a ser un hombre cual todos lo deseamos, útil a Dios y al Mundo, a la religión y al Estado”5.
Era un joven delgado, alto y muy buen mozo. Un bello rostro oval de tipo italiano, enmarcado por una prolija cabellera rojiza, con bucles levemente dorados, le atraía infaliblemente las miradas de las jovencitas. Algunos de sus biógrafos llegarán a decir –aunque sin evidencias respaldatorias –que en aquellos años inició su larga carrera de seductor, contrayendo sífilis en algún lupanar: enfermedad que –al decir de estos autores– lo habría de perseguir por el resto de su vida, y aún precipitar su muerte con apenas cincuenta años de edad. Otros historiadores niegan, con razonables argumentos, que padeciese esa dolencia vergonzante. El joven porteño, luego de residir durante un tiempo en casa de su hermana en Madrid, se alojaba ahora en uno de los Colegios Mayores. Al ser tan poco numerosos los estudiantes americanos, no pasaría mucho tiempo sin que conociera, y en cierto modo ayudara a adaptarse, a otro joven nacido en el mismo continente, aunque tres años menor: el arequipeño Pío Tristán, con quién mantendría una larga amistad, que sobrevivió incluso a la circunstancia de verse enfrentados en bandos enemigos durante la Guerra de la Independencia. Contando apenas diecinueve años, nuestro joven porteño se inscribió, en enero del crucial año de 1789, en la Universidad de Valladolid, para rendir examen de bachiller en Leyes, el cual aprobó brillantemente. Desde febrero de 1789 hasta 1794, en que regresa a Buenos Aires, el notable estudiante profundizó su formación y realizó prácticas forenses con la mira de graduarse de abogado, al tiempo que se consagraba a los estudios de inglés, francés e italiano y devoraba cuanto libro sobre teoría económica y política cayera en sus manos. Montesquieu, Diderot, D’Alembert, Rousseau, Voltaire, D’Holbach, Quesnay, Turgot, el abate Condillac, el marqués de Mirabeau, se hicieron familiares a sus ojos, así como los ensayos de los españoles Cabarrús, Jovellanos y Campomanes. En su autobiografía escribirá: “Confieso que mi aplicación no la contraje tanto a la carrera que había ido a emprender, como el estudio de los idiomas vivos, de la economía política y al derecho público, y que en los primeros momentos en que tuve la suerte de encontrar hombres amantes al bien público que me manifestaron sus útiles ideas, se apoderó de mí el deseo de propender cuanto pudiese al provecho general, y adquirir
renombre con mis trabajos hacia tan importante objeto, dirigiéndolos particularmente a favor de la patria. Como en la época de 1789 me hallaba en España y la Revolución de Francia hiciese también la variación de ideas, y particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido, y aun las mismas sociedades habían acordado en su establecimiento directa o indirectamente”.6 Sucede, sin embargo, que este inquieto joven no era un liberal al uso, aunque lo parecía a primera vista. Era muy conocido por su fuerte devoción y apego al catolicismo. De regreso en Salamanca, había sido designado Presidente de una Academia jurídico-económica (“la economía política hacía furor”), pero la libertad con que discutía sobre las ideas modernas no le impedía cumplir celosamente los deberes religiosos. Aunque las obras más osadas de los autores franceses, y de otros pensadores considerados heréticos o subversivos, resultaban accesibles en forma clandestina –pues había en España y en América una corriente subterránea de circulación de libros raros y atrevidos e ideas no convencionales que ninguna censura podía contener, y en la que abrevaban los jóvenes, ávidos de novedad–, nuestro estudiante no quería en modo alguno faltar a sus deberes de irreprochable católico. Es así que tomó la pluma y escribió –en latín– la siguiente nota a Su Santidad Pío VI, como antes había escrito al Rey: “Beatísimo Padre: “Manuel Belgrano, humilde postulante, a Vuestra Santidad expone que él mismo, después de haber estudiado la carrera de letras, se dedicó al derecho civil, en el que obtuvo el grado de bachiller, y a otras facultades, siendo al presente presidente de la Academia de Derecho Romano, Práctica Forense y Economía Política en la Real Universidad de Salamanca. Por lo cual, para tranquilidad de su conciencia y aumento de la Erudición, a V. S suplica le conceda permiso para leer y retener libros prohibidos en la regla más amplia”. A vuelta de correo le llegó de los Estados Pontificios la siguiente respuesta, también en latín: “Por nuestro Santísimo Beatísimo Pontífice Pío VI. “De la audiencia del Santísimo. “Julio 11 de 1790. “El Santísimo concedió bondadosamente al postulante la licencia y facultad pedida de leer y retener, durante su vida, todos y cualesquiera libros de autores condenados y aun de herejes, de cualquier manera que estuvieren prohibidos, custodiando, sin embargo, los dichos libros para que no pasen a manos de otros. Exceptúanse los pronósticos astrológicos que contienen supersticiones y los que ex profeso tratan asuntos obscenos”.7 Con este permiso en mano, el joven Belgrano se dispuso a leer, formalmente autorizado, los libros que ansiaba. Pero entonces, como el resto de su vida, su interés no se dirigía exclusivamente a los asuntos mundanos. También le interesaban las discusiones espirituales y teológicas. Una en particular habría llegado a sus oídos y a los de otros estudiantes en el período que va desde la autorización pontificia hasta la fecha de su regreso al Río de la Plata cuatro años más tarde: una obra misteriosa y profética que, al decir de quienes la habían leído en manuscritos, resúmenes o copias, no sólo contenía impensadas interpretaciones sobre el Apocalipsis y el Anticristo sino que también daba la llave para comprender algunos de los extraordinarios acontecimientos que con la Independencia de las Colonias norteamericanas y la Revolución Francesa, habían puesto de cabeza el orden establecido. Manuel Belgrano ardía por conocer esa novedad y juzgar por sí mismo de las acusaciones que sobre ella pesaban. Y una de las cosas que más lo sedujeron fue que su autor era un ignoto teólogo americano,
tocayo suyo: el jesuita desterrado Manuel Lacunza. Contrariando la leyenda peninsular que atribuía a los criollos una inferioridad intelectual y cultural insalvable, América demostraba ser capaz de producir pensadores de fuste, admirados y discutidos en Europa por las mentes más robustas…8 ¿Cómo es que llegan a Salamanca noticias, y aún ejemplares copiados a mano, de la obra teológica de Lacunza, quien vivía a la sazón en otro país y no había logrado imprimir sus escritos? Recordemos que en 1789 el jesuita chileno había remitido al Consejo de Indias en España una versión no definitiva de la obra –que recién concluyera un año más tarde–. Surge de una carta del jesuita argentino Gaspar Juarez, de enero de 1791, que los eruditos de la Compañía se esforzaron por publicar la obra en diversos idiomas 9. Los amigos de Lacunza, que ya lo consideraban un teólogo revolucionario, habrían propuesto sacarla en letra de molde mediante una suscripción de dinero de contribuyentes entusiastas. Pero el autor puso como condición obtener primero las aprobaciones pertinentes. Pronto se encontraron con la resistencia y desaprobación de la jerarquía eclesiástica. La autorización del Consejo de Indias se fue dilatando y jamás se hizo efectiva. El Padre Manuel Luengo escribió en su Diario: “La venida del Mesías no se ha impreso todavía, y verosímilmente no se imprimirá jamás”10. La orientación filojudía del escrito de Lacunza, que daba especial importancia a la conversión de los judíos –por quienes manifiesta una viva simpatía totalmente inédita en el clima antisemita tradicional del clero– movió a un grupo de judíos venecianos a ofrecer a los jesuitas la publicación de la obra a su costa, pero Lacunza no lo consintió11. Las primeras copias completas de una obra de más de mil quinientas páginas que alcanzaron gran circulación fueron traducciones manuscritas, dos en latín y una en italiano, que podían conseguirse con esfuerzo en Roma en 179412. El propio Lacunza, en carta al ministro español Antonio Porlier, en la que intenta bienquistarse con la monarquía para evitar obstáculos a su obra, explica que la escribió en español, pero que se avino a hacerla traducir al latín “en atención al escrúpulo de algunos a quienes parece todavía una especie de sacrilegio escribir de cosas tan sagradas en otra lengua que la que tienen por sagrada, como si todos los antiguos Padres y escritores eclesiásticos, latinos y griegos, no hubiesen escrito en otra lengua que en la suya propia”…13 Pero la verdadera razón de que el nombre de Lacunza y su obra fueran célebres –mucho antes incluso de estar terminada– fue que el propio autor había redactado un esbozo de veintidós páginas que le servía de guía y que, en forma ajena a su voluntad comenzó a circular clandestinamente por Europa y América desde muchos años antes, al menos desde la década anterior14. Así lo manifiesta el propio Lacunza en el Prólogo que más tarde escribiría, donde lo califica de “papeles sueltos (…) que contra la voluntad de su autor se arrojaron al aire imprudentemente, cuando debían más antes arrojarse al fuego”. Preocupado por la censura que lo amenazaba, se esfuerza en explicar: “No me atreviera a exponer este escrito a la crítica de toda suerte de lectores (…) si no hubiese (…) consultado a muchos sabios de primera clase (…). Mas como este examen privado (…) no pudo hacerse con tanto secreto que de algún modo no se trasluciese, entraron con esto en gran curiosidad algunos otros sabios de clase inferior (…), y fue necesario, so pena de no leves inconvenientes, condescender con sus instancias. Esta condescendencia inocente y justa ha producido, no obstante, algunos efectos poco agradables, y aun positivamente perjudiciales: ya porque el escrito todavía informe se divulgó antes de tiempo y sazón; ya porque en este estado todavía informe se sacaron de él algunas copias contra mi voluntad, y sin serme posible el impedirlo; ya también y principalmente, porque Algunas de estas copias han volado más lejos de lo que es razón, y una de ellas, según se asegura, ha volado hasta la otra parte del océano, en donde dicen ha causado no pequeño alboroto, y no lo extraño, por tres razones: primera, porque esa copia que voló tan lejos, estaba incompleta, siendo solamente una pequeña parte de la obra; segunda, porque estaba informe, no siendo otra cosa que los primeros borrones (…); tercera, porque a esta copia en sí misma informe, se le habían añadido y quitado no pocas cosas (…)”.15 A ese “extracto informe” se lo conoció como el “Anónimo Milenarista”.16 En los últimos meses de 1786 circuló también por Buenos Aires: el Padre Ortega, de la Catedral, lo difundía con calor entre los curas y algunos laicos, y aún entre las monjas catalinas, antiguas discípulas de los jesuitas. El papel anónimo habría llegado a un habitante de la ciudad portuaria que se carteaba con Lacunza, a modo de respuesta a dudas teológicas. Causó gran impresión, pues explicaba en términos muy directos nociones entonces totalmente insólitas: que Cristo volvería por segunda vez mil años antes del juicio final para inaugurar una época de justicia y paz universales en la tierra, bajo su reinado directo; que el Anticristo no sería un individuo malvado sino un cuerpo moral o sistema que tendría a su servicio a los reyes y poderosos del mundo; y que –terrible escándalo–, la propia Iglesia sería tal vez parte de la apostasía anticristiana… El abogado cordobés Dalmacio Velez Baigorri –padre del Vélez Sarfield, el autor del Código Civil Argentino– supo de aquel folleto y compuso una fogosa refutación. Se inició así una polémica que obligó al Virrey Loreto a intervenir, prohibiendo la circulación tanto del folleto cuanto de la refutación, y ordenando recoger todos los ejemplares del primero y remitirlos al Comisario del Santo Oficio17. De manera que, cuando Belgrano, joven practicante en España, andaba detrás de esta obra con autorización papal para leerla, ya en América era conocida en forma abreviada y estaba oficialmente denunciada como peligrosa. No exagera el investigador Chaneton cuando, acerca de la difusión de esos textos, escribe: “Desde la Habana al Cabo de Hornos, no quedó villa americana de cierta importancia a donde no llegaron ejemplares del ‘milenario’ lacunziano”.18 Que la obra completa ya circulaba en España lo prueban las palabras que el Padre Fray Pablo de la Concepción, carmelita descalzo de Cádiz, escribió para la edición de 1812: “ Hará ya como veinte años que leí por la primera vez dicha obra manuscrita con todo el interés y atención de que soy capaz. Desde entonces se excitó en mí un vivo deseo de adquirirla a cualquiera costa (…) Logré mi deseo en efecto, y ya ha algunos años que tengo a mi uso una copia (…) Todas las veces que la he leído, se ha redoblado mi admiración al ver el profundo estudio que tenía su autor de las Santas Escrituras, el método, orden, exactitud que adornan su obra, y sobre todo la luz que arroja sobre los más oscuros misterios y pasajes de los libros santos”.19 No hay constancia documentada de que el libro de Lacunza cayera entonces en manos de Belgrano en su versión completa. Existen, sin embargo, razones para creer que el futuro general revolucionario pudo haberlo leído en España por primera vez, pues a través de los años, ya de regreso en América, se empeñó en obtener una copia fidedigna y se quejó de que las que circulaban contenían numerosísimos errores y tergiversaciones20. Esto no puede afirmarlo sino quien haya conocido y frecuentado una versión fiel de la obra. A lo largo de su extensa carrera pública, serán constantes, como luego veremos, las manifestaciones de Belgrano en torno a cierto núcleo de creencias que no resultan ajenas al ideario lacunciano. Su usual apelación a la Divina Providencia, su convencimiento, manifestado una y otra vez de que “ siendo nuestra Revolución obra de Dios, Él es quien ha de llevarla hasta su fin, manifestándonos que toda nuestra gratitud la debemos convertir a su Divina Majestad y de ningún modo a hombre alguno”; sus conocidas recomendaciones a San Martín acerca de imitar en el respeto a la Religión el ejemplo de los generales de Israel; su profundo humanismo cristiano; su negativa a ejecutar prisioneros de guerra; su compasión hacia los soldados vencidos, las mujeres, los indígenas y los pobres; todo ello nos daría indicios de la cercanía de Belgrano al espíritu profético de Lacunza, si no tuviéramos las más amplias e irrefutables pruebas de que el gran revolucionario argentino era un decidido partidario del “lacuncismo” y uno de sus más firmes defensores y propagandistas en América.

Extraído de la página facebook de Javier Garin.