Los Twist, Alberto y Perón.
El Estado se metió como un participante más en el motor
económico del país, el sector agropecuario.
Veinticinco estrellas de oro,
compañeros al balcón
en la calle un solo grito
¡Los Twist, Gardel y Perón!
Pipo Cipolatti, Daniel Melingo (1983).
El contexto es conocido. El gobierno de Alberto Fernández se ha
ido transformando, por imperio del realismo biológico, casi exclusivamente en
el administrador de la pandemia del Covid-19. La contención del virus con el
predominio de la cuestión sanitaria por encima de la económica fue el lugar que
le permitió al Presidente escalar en su imagen positiva en forma vertiginosa,
pero que a la vez le quitó los pocos grados de libertad que tenía al asumir,
dado que la reactivación vía consumo de las clases populares que se intentaba
generar se derrumbó al mismo tiempo que toda la economía mundial. Esto se
constituyó en una paradoja crucial, un camino sin salida. Asimismo, las
presentaciones quincenales en compañía de Axel Kicillof y Horacio Rodríguez
Larreta llegaron al punto de saturación. En las estrategias cualitativas de
investigación (entrevistas, focus groups, historias de vida) se habla de
“saturación teórica” cuando nuevos datos aportan información redundante. Se puede
observar que en el marco de las preocupaciones ciudadanas la cuestión económica
vuelve a remontar a la cima de las valoraciones y que el coronavirus se instala
en el medio de la tabla, quizás influido por el hecho de que hasta el momento
la Argentina fue uno de los países que menores decesos tuvo por causa del
virus. Pero la opinión pública funciona con memoria de corto plazo, y no sabe
de gratitudes, por eso se comienza a prestar atención a narrativas minoritarias
pero potentes (como la infectocracia) mientras que el Gobierno fue abandonando
la construcción de las propias. Vicentinizaciones. Frente al laberinto que le
ofrecía la pandemia, Fernández inició un giro táctico, primero orquestar su
propia movilización a distintas provincias, luego volver a actuar desde la Casa
Rosada, recorrer algunos establecimientos fabriles y finalmente participar de
las infaltables inauguraciones como la planta de tratamiento de líquidos
cloacales en Villa La Angostura, Neuquén. Este raid también le valió críticas
por no cumplir en forma estricta con los protocolos de cuidado que él mismo
impulsa (distanciamiento, uso de barbijo, etc.). También se lo cuestionó por
izquierda por el abrazo con Gildo Insfrán y su frase (dentro de las formas
peronistas) sobre que con Gildo se va a sacar la provincia adelante. Insfrán,
se sabe, gobierna una de las provincias más pobres del país desde hace más de
24 años, con reelección perpetua. La estatización de Vicentín fue quizás el
anuncio de mayor impacto de la gestión, y muy probablemente esté enrolado en la
decisión presidencial de retomar la iniciativa política por fuera de la
pandemia. La propia presentación realizada por el Presidente rodeado por Matías
Kulfas, la senadora Anabel Fernández Sagasti y Gabriel Delgado, el interventor
designado, fue ciertamente extraña, con un presidente lejos de la convicción
que suele expresarse en otros temas (quizás fruto de su propio cansancio).
Sorprendió la presencia de la ex candidata a la gobernación de Mendoza en una
decisión propia del Ejecutivo; Alberto la sindicó como la autora de la
iniciativa. Un par de días atrás la senadora, muy cercana a Cristina Kirchner
había cuestionado la decisión del Ejecutivo nacional por la suspensión del
financiamiento de la represa hidroeléctrica Portezuelo del Viento en la
provincia cuyana. Con esta escena se puede observar que el fernandismo va
construyendo una lógica de contrapesos y compensaciones, un mecanismo pendular
que le permite transitar en la alianza del Frente de Todos, entre palomas y
halcones. Mundo sojero y más allá. La decisión de intervenir el grupo Vicentín
tiene distintas facetas, todas muy complejas. Por un lado, la extensión del
propio holding que posee participaciones variables en más de veinte sociedades
en Argentina, Uruguay y Brasil, que van más allá de la mera exportación de soja
y sus derivados. Por eso la imagen que trasciende es la de un (¿nuevo?) Estado
productor de bienes intermedios y finales, una fórmula que parecía haber
quedado en el espejo retrovisor de la historia. Por el lado de lo financiero el
grupo tiene la friolera suma de más de 2.600 acreedores, principalmente
localizados en Santa Fe, Córdoba (con gran peso de productores) y que llegan
hasta Paraguay y Brasil, sin contar con las acreencias con bancos nacionales e
internacionales. Entre los primeros se destacan sin duda los préstamos del
Banco Nación por montos superiores a US$ 250 millones y que hizo tambalear al
propio banco. La deuda total de la empresa roza los US$ 1.500 millones que
estaba en proceso de concurso de acreedores, lo que hizo legítimamente
preguntar a más de uno si se trataba también de la estatización de la colosal
deuda. Símbolos. Pero más interesante que los números surrealistas de la
compañía resulta el contenido simbólico de la expropiación puesto que, aunque
con los días se suavice la expresión, el Gobierno ha quedado marcado con la
voluntad de dar ese conflictivo paso. Un argumento explícito de tal paso se
refiere a asegurar la “soberanía alimentaria”. No es un término nuevo, supone
que en un mundo con recursos cada vez más escasos resultado de la crisis
ambiental y la superpoblación, la Nación debe asegurar la alimentación básica
de su población. El término soberanía es polisémico, pero también remite a
cierto patriotismo, un regreso al territorio y sus límites. Un argumento
implícito, también ligado a la soberanía, es que se debe limitar la
participación de empresas extranjeras en la exportación de alimentos. De las
primeras diez empresas exportadoras de materias primas seis son extranjeras y
explican más del 65% del rubro. Un tercer argumento, un tanto más pragmático,
que es la estatización de Vicentín, aseguraría el flujo de dólares que el país
necesita y hoy intermitente en la medida en que la cotización paralela de la
verde moneda se va alejando de la oficial. Finalmente, y como resumen de todo,
con la intervención de la empresa, el Estado se mete de lleno como un
participante más en el motor económico del país, el sector agropecuario, lo que
preanuncia una variedad de conflictos que ya tuvieron su inicio en el
cacerolazo del miércoles.
Publicado en Perfil - https://www.perfil.com/
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