GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...

GRACIAS POR ESTAR AQUÍ...
...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.
“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

Mostrando las entradas con la etiqueta Susana Yappert.. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Susana Yappert.. Mostrar todas las entradas

sábado, febrero 23, 2013

ESPAÑOLES EN TIERRAS DE REY PASTOR.

María Quesada rememora la llegada de sus padres, inmigrantes españoles, y lo que les tocó vivir en estas latitudes.
María Quesada nació en General Enrique Godoy, allí vivían sus padres, inmigrantes españoles. Su papá, Sebastián Quesada, provenía de Almería y su mamá, Aurora Rondán, casi nace en el barco, pero su madre pudo pisar tierra antes del parto y nació en San Pablo, Brasil. La vida encontró a los padres de María en Godoy, donde sus respectivas familias se habían establecido para trabajar la tierra.
Cuando los Quesada y los Rondán llegaron a Godoy, asomaba la década del ’20 y dos grandes terratenientes habían adquirido unas cinco mil hectáreas en esa zona: el médico español Avelino Gutiérrez y su yerno, el famoso matemático de igual nacionalidad, Julio Rey Pastor. Ambos habían comprado parte del “campo Zorrilla” a otro gran terrateniente que llevaba aquel apellido y que por 1900 había adquirido unas 15 mil hectáreas en la zona.
Gutiérrez y Rey Pastor acumularon tierras entre 1920 y 1930. Los nuevos propietarios estaban radicados en Buenos Aires y explotaban sólo una pequeña parte de sus propiedades. Las obras de riego fueron iniciadas por ellos y en 1924 quedó habilitada la estación a la cual llegó la familia de María. Los primeros años en Argentina, transcurrieron para estos inmigrantes en estas chacras nacientes junto a otros españoles que llegaron para radicarse en la región.
Los Quesada, que eran tres hermanos, permanecieron sus primeros años trabajando en la propiedad de Rey Pastor, administrada entonces por el señor Antonio Garrido. La familia Rondán estuvo unos años en Godoy pero finalmente se estableció en Río Colorado, donde también se dedicaron a la fruticultura. Unos diez años después de arribar al país- cuando María tenía unos 7-, su padre, Sebastián Quesada, se fue a trabajar a Allen, a una chacra grande, propiedad de Juan Fernández, y tiempo después partió hacia J.J. Gómez para realizar tareas similares en la finca de Fidel Fernández. “Era común en aquel tiempo -agrega María- que los españoles trabajaran con españoles o los italianos con italianos, había más afinidad”.
Unos cinco años más tarde, Quesada pudo adquirir una tierra propia en Colonia Rusa. Allí se mudó el matrimonio con su numerosa prole. “Después de unos años- cuenta su hija- papá se pudo comprar una chacra. Esa tierra la trabajamos todos nosotros porque poco tiempo después de irnos a vivir allí, mi papá se enfermó. Éramos seis mujeres y cuatro varones. Fuimos a la escuela de la Colonia Rusa. Yo tendría unos 10 ó 12 años entonces. Tuvimos un maestro que era buenísimo. Si mal no recuerdo era la Escuela Nº 31. Todos estudiamos, pero a medida que íbamos creciendo tuvimos que ir a trabajar.”
Esa escuela estaba allí desde 1917, pero había comenzado a funcionar en 1911 en una instalación donada por Isaac Locev y en 1914 trasladada a un edificio del señor Federico Sporle. Ésta y la escuela particular de la Colonia Rusa eran los dos únicos establecimientos educativos de la zona.
En tanto, la familia Quesada en pleno estaba abocada a hacer producir su tierra. “Mi papá había plantado verdura- cuenta María-. Había de todo en esa quinta. Le vendía a Diniello acá en Roca. Nosotros juntábamos la verdura, la embolsábamos y la pasaban a buscar. A veces no iban a retirarla y tenía que salir mamá en una jardinera para traerla acá a Roca. Me acuerdo de algunos vecinos de la chacra: Alfonso González, Belisari, Zalaza. Después trabajamos en un secadero cerca de la chacra, era de José Vierna, un antiguo poblador de la Colonia. Allí hacíamos orejones, íbamos caminando bien temprano, volvíamos y seguíamos con la huerta. Me acuerdo algunos veranos que teníamos que plantar tomates y cebollas con los pies en el agua. Plantábamos mientras corría el agua. Hombres y mujeres hacíamos las mismas cosas y no había vacaciones. Mi papá no nos dejaba ni descansar el día domingo”.
Finalmente, luego de una década de lucha, Sebastián Quesada falleció y su viuda decidió vender la chacra. “Mi mamá no podía con todo, se había quedado sola con el hijo menor, que tenía entonces 8 años. Los mayores casi todos ya teníamos nuestras familias, entonces ella se vino a vivir a Roca, compró una casa a una cuadra de la mía. Y acá, pobre, sólo vivió cuatro años nada más... Hace poco, estuvimos con una hermana en la chacra que fue nuestra. La compraron unos bolivianos que también hacen verduras. La quinta está muy linda, pero la casa donde yo viví está hecha pedazos”, relata María, quien -por otra parte- afirma haberse liberado un poco cuando aquella chacra se vendió, pues sólo recuerda de aquel tiempo la enfermedad de su padre y el esfuerzo enorme que significó para todos sobrellevar aquella faena. Pero las circunstancias adversas también tuvieron su costado positivo. Siente que la vida dura unió a su familia. “Éramos muchos hermanos y nos llevábamos muy bien. Hasta hoy tenemos una excelente relación. Siempre fuimos muy unidos. Nos acompañamos y nos ayudamos siempre.”
La adolescencia de los hermanos Quesada transcurrió en la chacra, pero como casi todos los jóvenes de su edad, buscaban sus distracciones. “Veníamos al pueblo cada tanto, por ejemplo para los carnavales que los celebraban en el Prado Español. No salíamos mucho, pero nos divertíamos, después del carnaval teníamos que esperar hasta Navidad, año nuevo, que eran las otras fiestas que celebrábamos”.
En alguna de aquellas visitas, María conoció a quien sería su esposo, Ernesto Sobrero. “Yo me casé en 1947. Lo había conocido acá en Roca, en la casa de un primo. Y cuando me casé me vine a vivir por primera vez a un pueblo. Teníamos una casa en la calle España, pero mi marido era constructor y había comprado este terreno cerca del canal grande y veníamos los domingos a levantar la casa, él trabajaba y yo le cebaba mate. Hacía el asadito a las 12 y bajo un arbolito poníamos el vino y la soda. Cuando compramos acá, esto era un poco descampado, esta parte era el final del pueblo, pero poco a poco, el barrio se pobló y aquí vivimos toda la vida y tuvimos a nuestros cuatro hijos”.
Ernesto Florindo Sobrero había nacido en 1919 en la provincia de Buenos Aires y llegó a Roca en 1936, con 17 años. Vino con su padre, un inmigrante italiano de quien aprendió el oficio de constructor. Estuvieron un tiempito juntos, pero finalmente su papá decidió retornar a Buenos Aires y su hijo resolvió no seguirlo, se radicó en Roca, donde trabajó siempre como constructor. De él hablan sus obras y sus amigos. Sobrero, pese a su origen, no frecuentaba la Asociación Italiana pero -dato llamativo- sí la Asociación Libanesa. Y fue tal el afecto que sintió por sus amigos libaneses que hasta llegó a ser presidente de la Institución. Sobrero había levantado su sede y allí forjó una estrecha relación con muchos de sus socios. “La Libanesa era como su segunda casa para él- cuenta su mujer- allí estaban sus amigos, siempre que hacían kepe lo invitaban, al igual que cuando celebraban el día de la independencia del Líbano”.
Sobrero se dedicó a la construcción toda su vida, pero su hobby fue una chacra. Cuando pudo se compró una tierra en la Colonia Rusa. “Por esas cosas de la vida, volví a la zona donde me había criado. En esa chacra había frutales y viña. Mi marido iba todos los fines de semana a trabajar allá y los días de semana seguía con lo suyo. ¡Cómo le gustaba la chacra...! Después se hizo grande y la vendió, pero acá, en el pueblo, mi hijo tenía un solar y plantó algunas cositas, tuvo conejos, gallinas, era como una terapia”.
María y Ernesto llegaron a cumplir sus bodas de oro, pero tiempo después, Sobrero murió. “Papá murió en marzo del 2001, luego de vaticinar durante años que el país llegaría al 2000 con hambre. Siempre nos acordamos de eso, él veía venir la crisis hacía tiempo. Y no se equivocó”, cuenta su hija mayor. Ernesto, como tantos de su generación, cuando se desencadenó la crisis en el país, volvió a la tierra de sus abuelos buscando cambiar su suerte. Estuvo un tiempo en Barcelona, pero la nostalgia lo devolvió a Argentina, donde habían quedado su mujer y sus tres hijos. “Lo de uno es acá -afirma-, la familia, los recuerdos, los amigos. Quien más quién menos, todos tenemos el ejemplo de los que vinieron cuando acá no había nada. Si ellos pudieron levantar la Argentina ¿por qué no vamos a poder intentarlo nosotros?”, se pregunta como tantos descendientes de inmigrantes que ayudaron a hacer el Valle.
* Publicado en suplemento "El Rural" del Diario "Río Negro", sábado 14 de mayo de 2005.
Entrevista: Susana Yappert. Imagen pertenece a la misma entrevista.

martes, junio 05, 2012

Murió Don "Manolo" Saiz, a los 94 años.














Murió "Manolo" Saiz, a los 94 años. Una larga e incansable vida de trabajo como bodeguero, chacarero y comerciante roquense. 

Murió a los 94 años "Manolo" Saiz, quien durante más de 40 años estuvo ligado a la vitivinicultura de la provincia de Río Negro y fue un protagonista destacado. Tuvo una de las bodegas más importantes de la región y durante muchos años presidió el Centro de Bodegueros de Río Negro, gestionando beneficios para el sector. Manuel Saiz sin duda alguna formó parte de la historia de la producción de vinos de la provincia. Integró la CAIC, Cámara Agraria de Industria y Comercio roquense, de la que fue presidente entre 1953 y 1958. Fue fundador de la Asociación Bomberos Voluntarios, de la cual fue vicepresidente. En el Rotary Club participó durante 50 años, siendo el único socio en alcanzar ese récord. Ocupó todos los cargos en el Centro de Bodegueros de Río Negro, en tiempos en los cuales el sector era manejado por interventores en el INV. Sin embargo, reconocía que nunca había tenido inconvenientes durante sus gestiones, por demás exitosas: "siempre me dieron lo que pedí porque nunca solicité lo que no correspondía". Amable, sonriente, su figura traslucía haber vivido intensa y plenamente. Hasta hace pocos años atrás se lo podía ver manejando su larguísimo Ford Fairlane por las calles de Roca. Siempre fue un apasionado del trabajo y disfrutó todo lo que hizo. No le interesó nunca la política, "no era para mí", decía en aquel reportaje el tío del ex gobernador de Río Negro Miguel Saiz.
 Fuente: Archivo Diario Río Negro. 

NOTA DEL DIARIO RÍO NEGRO, Sábado 05 de Julio de 2008, Historias de vida. 
"EL CHACARERO DE VERDAD SIEMPRE VA PARA ADELANTE". 

Nació el 22 de noviembre de 1917 en Roca y hace siete décadas que trabaja para esta ciudad. Fue comerciante, tuvo chacras y una bodega y colaboró en casi todas las instituciones locales. 
Hoy, con 90 años, Manuel Saiz sigue con la producción de peras, manzanas y duraznos. 
 Manuel Saiz vive en una casa impecable, de ésas en que cada cosa está siempre en su lugar. 
En su escritorio, cuyos muebles lo acompañan incondicionalmente desde hace varias décadas, guarda todo aquello que da testimonio de su trayectoria, todo lo que atesora como sus mejores trofeos: pergaminos que recuerdan la fundación de uno de los comercios más importantes de la década del '50 en la región (Saiz, López & Baraldi), los del Rotary y los del Directorio del Banco de Río Negro y Neuquén; fotos con su familia y, en alto, una suya con su primera y única bisnieta; las etiquetas de los vinos que hacía y comercializaba en su bodega de Mainqué y un recuerdo de su paso por la vicepresidencia del cuerpo de bomberos y de su presidencia en la Cámara de Agricultura, Industria y Comercio. 

Sobre el escritorio reposan lápices negros con puntas perfectas, almanaques, una máquina de escribir, carbónicos y una síntesis en tinta azul de las fechas más importantes de su biografía. Manuel, de punta en blanco y con su infaltable corbata, comienza a relatar su biografía: "Manuel Saiz, hijo de españoles, nace en 1917, inicia sus actividades comerciales en 1940". 
 La charla toma otros senderos y algunos atajos y fluye. Manuel, muy amable, acepta que la conversación siga otros cauces. Es un hombre sonriente. Trasluce haber vivido intensa y plenamente. 
 Sus padres, Adolfo Saiz y Modesta del Río, eran españoles, de Lillo. "Ella salió de España con sus padres y sus papeles en orden; en cambio, mi padre quiso subir al barco de polizón y lo descubrieron. De modo que mi madre llegó un poco antes que mi padre, pero ambos fueron inmigrantes". Llegaron en vapor a Bahía Blanca cuando el siglo XX nacía. Luego, sus padres se casaron y se mudaron a General Roca. "Mi padre era panadero y puso una panadería que mucha gente recuerda; después dispusieron su traslado a Huergo. Él fabricaba el pan y mi madre estaba en la caja. En Huergo tuvieron a cinco de sus hijos: Adelino ('Farrucho'), José ('Chochón'), Adolfo ('Fito'), Manuel y Modesta. Yo nací en 1917 en Roca, pero viví en Huergo hasta que me casé", cuenta el menor de los varones de la familia. Sus padres vendieron la panadería cuando él tenía 12 años. 
Manuel había terminado su escuela primaria con las mejores notas y decidió seguir sus estudios en la Academia Mandarano, donde toda una generación de vecinos de la colonia -debido a que no había escuelas secundarias- aprendió el oficio de "tenedor de libros" y los rudimentos de la contabilidad. A los 15 años Manuel ya tenía apuro por trabajar. "Fui el primer empleado de la cooperativa que se fundó en Huergo, la llamada 'Lobo de Río Negro'. 
Allí trabajé siete años, hasta 1939; me retiré por voluntad propia, pero debo decir que ésos fueron años fundamentales, años en que aprendí muchísimo sobre el sector frutivinícola. Fijate cómo será, que paralelamente a ese trabajo hice una sociedad con mi hermano 'Fito', con quien empezamos a meternos en el negocio de la fruta. Yo era menor de edad, pero pura audacia; de hecho, obtuve una autorización del primer juez letrado que tuvimos en Roca para poder comerciar siendo menor. Mandarano -una persona muy querida y respetada- me convenció de pedir una autorización al juez para trabajar y éste me la otorgó. Siempre fui un apasionado del trabajo y por eso disfruté de todo lo que hice. 
Digamos que estoy en paz con la vida. Aprendí observando a los mayores. "Con mi hermano aprovechamos que existía el tren frutero -continúa-. Recorría toda la provincia de Buenos Aires, donde hice una linda clientela en Mar del Plata, Olavarría, Dorrego, General Lamadrid... nos fue muy bien, aprendimos y progresamos. Pero tuvimos que interrumpir la actividad cuando terminó el tren frutero, cuando se nacionalizaron los ferrocarriles. 
Digamos que nos arruinaron el negocio" (risas). Los problemas que generó la salida de los ingleses del transporte y el comercio de fruta del Valle recién se resolvieron cuando Frondizi decidió invertir en la Ruta 22. En medio fueron años críticos para la logística del sector. 
 Hasta el año '40 Manuel siguió viviendo en Huergo; luego se mudó a Roca, donde con los años se estableció toda su familia. "Mis padres vivieron aquí el resto de sus vidas; mi padre hasta los 87 años y mi madre, hasta los 85. Yo me casé en 1940 con Alcira Puicerverg; ella también era hija de inmigrantes que se habían radicado en Huergo (Miguel Puicerverg y Celedonia Cantó) y tuvimos tres hijas. 
Durante años hicimos nuestras reuniones familiares enormes, infaltables.
También nos reuníamos con amigos. Teníamos unos amigos íntimos en Godoy con quienes hacíamos unas farrongas bárbaras. Eran los Frassón y los Micheletto. Me acuerdo de que nos veíamos para las fiestas y cada uno llevaba lo que podía: yo iba con unas ciruelas, otros hacían pavitos rellenos y así. Fuimos amigos durante toda la vida". Cuando era chico, Manuel tuvo tifus, enfermedad que le dejó un soplo y que lo hizo concentrarse en una actividad sola: el trabajo. "Varias veces pensé que me moría, pero ahora ya no temo a la muerte, estoy amansado", dice. "Ingresé al comercio cuando me desvinculé de la fruta, a los 23 años. Hice una sociedad con el señor Oscar Boscacci, quien tenía un negocio de bicicletas, cocinas y artículos para el hogar, algo que andaba muy bien por entonces. Hicimos una sociedad que se llamaba 'Boscacci & Saiz'. 
Paralelamente, entre 1940 y 1945 alquilé a Ernesto Verdecchia una bodega en Mainqué, frente a la Ruta 22; algo sabía del rubro por haber trabajado en la cooperativa. Yo estaba en el comercio en Roca y mi hermano 'Fito' quedó al frente de la bodega. En el '45 se venció el contrato de alquiler y yo hice una oferta para comprarla, pero Verdecchia no aceptó, así que invertí en una chacra de 25 hectáreas y me largué a hacer el negocio grande". La nueva sociedad fue "Saiz, López & Baraldi", dedicada al comercio de artículos del hogar, tractores, camiones, autos, repuestos para autos, curadoras y maquinarias para chacras y bodegas.

"Como esos años fueron económicamente muy buenos, me animé a comprar un terreno para construir el local en la calle Tucumán (donde actualmente está Topsy). 
Contraté a un estudio de arquitectura en Bahía Blanca para que hiciera un gran salón sin columnas, como había visto en San Luis... toda una revolución. La gente me preguntaba cómo se iba a sostener el techo sin columnas (risas). Era el local más grande de Roca y en esos años Neuquén no tenía comercios tan grandes como el nuestro. Lo hice con un crédito del Banco Hipotecario y mirá los buenos años que serían, que cancelé el crédito antes de tiempo. "El edificio fue inaugurado el 16 de noviembre de 1947 y fue muy próspero hasta que se cerraron las importaciones.
 Muchas firmas que nos vendían decidieron cerrar sus filiales en Argentina, como John Deere y Agar Cross. "En 1966 cerraron el negocio; era la fecha en la que caducaban los contratos contraídos hacía 20 años. Fueron épocas de crecimiento para el Valle; pese a los altibajos vimos a Roca crecer. Eran tiempos en que si hacías las cosas bien, salían bien. Además la gente cumplía sus compromisos y dedicábamos tiempo a lo comunitario, que es muy gratificante. 
Roca era un pueblo muy importante, marchaba a la cabeza de las localidades de la provincia y trabajábamos con ese impulso, de mejorar nuestra localidad". 
 En 1950 Manuel compró otra chacra y en adelante la fruticultura y la vitivinicultura concentraron sus energías. "Me retiré quince años de la bodega pero volví. Logré que la familia Verdecchia me vendiera aquella propiedad que había alquilado. En 1962 había hecho tan buen negocio con los duraznos que me pagaron con un cheque y, así como me lo dieron, se lo entregué a Verdecchia como pago de la bodega. Volví a la actividad con muchísimo entusiasmo. Agrandé la infraestructura y estuve hasta el 2006 haciendo vino. Fraccionaba en damajuanas y vendía en botellas en toda la zona; el primer lugar en ventas era Neuquén". En medio de tantas actividades, Manuel formó su familia. Estuvo casado durante 65 años y con su esposa vieron crecer a sus tres hijas, Mirta, Mabel y Silvia, y a sus siete nietos. 
"En el 2005 perdí a mi señora... la vida ahora es distinta pero, para tranquilidad de mis hijas, tengo que estar bien. Mi mujer permitió que yo hiciera todo lo que hice; siempre toleró mis constantes llegadas tarde, mis actividades sociales. Por suerte, pudimos disfrutar también y viajar por el mundo", recuerda. 
 Manuel estuvo durante muchos años al frente del Centro de Bodegueros de Río Negro. 
"Me tocó la época en la cual el sector era manejado por interventores; sin embargo nunca tuve inconvenientes durante mis gestiones, siempre me dieron lo que pedí porque nunca solicité lo que no correspondía. También estuve al frente de la CAIC (1953-1958) y en la vicepresidencia de Bomberos Voluntarios y siempre me manejé con el mismo principio: sinceridad y apertura, dos ingredientes fundamentales a la hora de conseguir consensos. 
En política nunca estuve; no era para mí la política", cuenta el tío del actual gobernador de Río Negro, Miguel Saiz. Manuel cumplió 50 años de socio del Rotary, el único en alcanzar ese record, y por pedido de Septimio Romagnoli se sumó a la Comisión del Banco de Río Negro y Neuquén cuando él estaba al frente de la institución. "He sido un hombre afortunado, aprendí mucho de los mayores y el tiempo en que estuve activo en la sociedad me tocó conocer a gente extraordinaria. 
La comisión de Bomberos era lindísima; estaban Kaufmann, Fava, Spizter, Carrera, Stafisso y otros... ¡qué linda gente! ¡Y, por favor, no olvidemos mencionar a Septimio Romagnoli! Nos enseñó muchas cositas buenas, una maravilla de persona. Estuvo 25 años al frente del banco. Yo lo acompañé entre 1956 y 1960; luego me excusé porque mi comercio necesitaba mi presencia".
 Actualmente Manuel maneja una chacra y confiesa que siempre se ocupó personalmente de comercializar su fruta. Durante 30 años le vendió a Moño Azul y ahora le vende a Expofrut. "Tuve siempre manzanas, peras y duraznos. Los duraznos me dieron muchas alegrías, sobre todo en el tiempo en que se inició la fábrica de conservas en Otto Krause, cuando Grisanti estaba al frente de ella". Manuel viene de una familia muy unida y repitió con la propia esa característica. Lo acompaña siempre su hija Mirta, quien es la única que vive en Roca, y sueña con que alguno de sus nietos continúe con la fruticultura. "Si llega el momento sé que algún nieto lo hará", afirma confiado. "En el 2004 comencé mi retiro de las actividades: vendí la bodega y me quedé con una chacra que me mantiene entretenido.
 Para finalizar, tengo que decir con satisfacción que un empleado que me acompañó durante 34 años en la chacra se acaba de jubilar. 
La chacra ha sido lo más constante en mi vida, nunca abandoné. 
Años buenos, años malos todos los tuvimos, pero el chacareo auténtico siempre va para adelante". 
Entrevista realizada por: SUSANA YAPPERT.

El más sentido pésame por esta irreparable perdida de quien sigue siendo ejemplo de lo que se está perdiendo en la Argentina nuestra la cultura del trabajo, el valor de la producción, la productividad, el fomento de la libre iniciativa, del esfuerzo.

domingo, diciembre 19, 2010

YUGOSLAVOS EN COLONIA REGINA. OTTO TONCOVICH EL PRIMER NIÑO QUE LLEGÓ A REGINA.

HISTÓRICAS
REGINENSES.
TESTIMONIOS.




Otto Toncovich, el primer niño que llegó a Regina.
Otto Toncovich es uno de los primeros pobladores de la Colonia Regina. Llegó con sus padres, Juan y Luisa Toncovich, en la primavera de 1924. Sus primeros recuerdos lo llevan al camino que atravesaba en sulky para llegar desde Huergo a la Colonia, al tiempo de los grandes vientos, a la escuela de niños que hablaban en distintas lenguas, al gigantesco esfuerzo de los desmontes.
Cuenta Otto que llegaron a Huergo porque la Colonia Regina aún no existía. "Llegamos con el ingeniero Felipe Bonoli, quien convenció a papá de venir al Valle".
Juan Toncovich, su padre, era entonces contratista del Estado y había conocido a Bonoli en el Ministerio de Obras Públicas de la Nación. "Mi padre iba siempre al Ministerio a cobrar por distintas obras que hacía y Bonoli le decía que tenía que hacerse colono".
Toncovich hacía 25 años que se había ido de su país. Juan y su esposa nacieron en una aldea cerca de Rieca, ciudad portuaria situada sobre el mar Adriático. En esa región, relata Otto, la gente se dedicaba mayormente a la construcción; eran picapedreros, albañiles y toneleros. "Hay mucha gente de esta zona de Yugoslavia que vino a la Argentina con el oficio de toneleros. Mi padre aprendió el oficio de picapedrero y albañil. Eran tiempos en que no existía el cemento armado y las casas se hacían de piedra. Mi abuelo materno, en cambio, exportaba madera a Italia y mi madre recorría 12 kilómetros todos los días para ir a trabajar la tierra de su familia".
Alrededor de 1900 y apenas pasados los 16 años, Juan se convirtió en inmigrante. Cuando salió de Yugoslavia, ésta pertenecía a los imperios centrales. Su primer destino fue Sudáfrica, llegó allí después de la guerra de los boers. "Mi padre entonces era soltero y vivió con una familia de origen boer con la que trabajó".
No estuvo mucho tiempo en este país y cuando encontró oportunidad se embarcó rumbo a América. Juan tenía un hermano mayor que había estado en Argentina, de él escuchó las primeras referencias de este lugar. Aun así, primero se estableció en Chile. "Era el boom mundial del salitre de Chile -explica Otto- Europa demandaba gran cantidad de fertilizantes para sus campos y Chile era un proveedor de salitre, tanto como Perú, Bolivia y el norte argentino".
Toncovich trabajó un tiempo en Chile de picapedrero y luego se trasladó a Bolivia. "Allí -contaba- fue contratado por una viuda muy rica que le pidió que construyera el panteón de su familia. La obra le tomó tres años".
Desde allí bajó a la Argentina. Antes de la guerra de 1914 volvió a su pueblo a buscar esposa. Conocía a Luisa desde pequeño y con ella se casó. Volvía al imperio austrohúngaro, a la región croata. Ésa sería la última vez que lo vería en pie.
"Era costumbre entonces dejar a la mujer en su tierra y venir a América a hacer dinero para mandar a Europa. Mi papá le mandaba dinero a mamá y ella invertía en propiedades. Hasta lograron levantar un caserón de dos pisos; obviamente tenían la intención de volver a vivir juntos en Yugoslavia". Luisa estuvo lejos de su marido unos años. La sorprendió la guerra en la cual perdió a dos hermanos. El conflicto armado cambió los planes de millones de europeos, entre ellos Luisa, que decidieron migrar a su finalización.
Cuando el matrimonio decidió unirse, Juan vivía en el norte argentino y trabajaba como contratista de empresas del Estado. "Trabajó en las grandes obras de esos tiempos. En la construcción de la defensa del río Pilcomayo, en el Tren de las Nubes, en la obra del dique San Roque, entre otras. Contaba papá que cuando trabajó en el dique San Roque pagaba 50 centavos en la pensión y ganaba 7 pesos el jornal. ¡Un montón! Cuando vino mi madre, papá vivía en Jujuy, por eso yo nací allí".
Otto nació en Perico, Jujuy, en marzo de 1922, y su hermano Hugo nació en Salta, dos años después. En ese tiempo Juan andaba por los pasillos del Ministerio de Obras Públicas en Buenos Aires, en donde se topó con un hombre que cambiaría su vida.
"Papá estaba en Buenos Aires, tenía que cobrar un buen dinero en el Ministerio de Obras Públicas. Fue en esa oportunidad que conoció al ingeniero Bonoli, quien estaba gestionando la colonización de Regina. Bonoli convenció a papá de acompañarlo a emprender la colonización. Llegamos en setiembre de 1924 a Huergo. Vinimos con el ingeniero, le alquilamos una casa a Ledantes en Huergo. Papá venía todos los días en sulky con Bonoli a hacer la administración de la colonia. Claro que antes papá construyó la primera casa donde funcionó la administración. La primera casa de la colonia la hizo papá; ahora funciona allí un museo. Mis primeros recuerdos son de esa casa, del camino que recorríamos desde Huergo a la administración".
"Papá fue el primer niño de la nueva colonia -agrega su hija Susana-, el primer nene que caminó por las calles de Regina".
La colonia -relata Otto- se dibujó desde la actual ruta hacia el río Salado, pero finalmente se construyó a unos kilómetros de allí. Cuando la familia Toncovich llegó se ponía en marcha la denominada "primera zona". En las 100 primeras hectáreas se dividieron lotes de 15, 10, 7 y 1/2 y 5 hectáreas. Cuando se cubrió la primera etapa se siguió con la segunda, que abarcó desde el canal grande hasta el río. En esas primeras parcelas se hicieron las "casitas tipo colón". En las chacras de 15 y 10 hectáreas se hacía una casita con más comodidad: tenía dos dormitorios, cocina, despensa, galería y salita de estar. "Algunos colonos, como mi padre, pedían que les entregaran la tierra sin casa. Él sabía de construcción; se levantó su casa y empezó el desmonte. Mi padre y un tío materno desmontaron una propiedad de 15 hectáreas. Primero les habían dado una tierra pero, como tenía mucho salitre, la cambiaron por otra que estaba cerca del río. Esa chacra aún la conservo". Allí hubo primero alfalfa, ajos, luego vides y frutales; fue reconvertida muchas veces. Los padres de Otto no hablaban mucho de los primeros tiempos, sobre todo de los años desagradables que pasó la colonia, cuando el sueño se convirtió en un mal negocio y los colonos tuvieron que pelear con los acreedores para no perder su tierras.
En esa lucha -recuerdan- pelearon duro las mujeres. "La mujer europea era muy trabajadora, realmente admirable el sacrificio y la abnegación con que hacían todo. Mi madre era una mujer muy trabajadora; trabajaba con mi padre en el campo y después seguía acá en casa con nosotros".
Pero los primeros tiempos fueron duros, también, por otro motivo. Según cuenta Otto casi ninguno de los colonos que llegaron al lugar tenía experiencia agrícola. Además -agrega- "el asesoramiento era casi nulo. El único que andaba por acá haciendo asesoramiento agrícola era el Chueco Vertúa, que venía con experiencia de haber trabajado en Cinco Saltos. Él recorría las chacras. Repartió los primeros frutales: cerezos, ciruelos, manzanos, perales, vides y nos dio un nogal y dos eucaliptus... La vid, después de la alfalfa que se ponía tras el desmonte, fue la plantación básica, pero nos dieron variedades de bajo rendimiento y calidad. Con otros colonos formamos la cooperativa La Reginense, una de las cooperativas más viejas y la que aguantó más años".
Otto se ríe, hace un silencio y cuenta algunas anécdotas. "¿Quiere saber qué pasó con la
primera manzana que salió en nuestro monte? -pregunta-. Vino a vernos Bonoli y mi papá lo llevó a verla. Bonoli la arrancó y se la comió solo. A mí no me gustó nada que se la comiera él. Poco después tuvimos otro gesto distinto, cuando salió la primera perita. Mi mamá la dejó madurar y cuando estuvo a punto nos llevó a todos los hijos a cosecharla. Había llevado un cuchillito y nos dio un pedacito de pera a cada hijo".
Un recuerdo tan tierno como el que le trae su madre, atando las primeras peritas con un hilo: "¡Las ataba para que no se las llevara el viento!", cuenta conmovido.
"La primera producción de peras ya importante la llevamos con mi padre en cajones de fideos y de querosén, que eran los únicos cajones que teníamos entonces. La llevamos a FAI (Club Fuerza Amore e Inteletto) en una jardinera. Allí apilaban los cajones contra la pared. Hasta el día de hoy no sé a donde fueron esas peras", se ríe. "La segunda cosecha de pera la hicimos con mi tío a la mañana, las pusimos en cajones cosecheros sobre una chata, hicimos un parate para almorzar y cuando volvimos ¡el sol las había quemado todas! Fíjese: ensayo y error era la cosa. Así empezó la historia de la fruticultura en Villa Regina".
La familia de Otto siguió creciendo; aquí nacieron dos hermanos más: Juana y Bogoslav. Toda la familia colaboró para salir adelante y progresar; los niños fueron a la escuela y, al terminarla, se dedicaron a la fruticultura.
Hubo un período en que Otto se mudó a Tandil para comercializar su fruta. Se estableció allí entre 1948 y 1955. "Cuando empezamos a tener producción, nos dijeron que Tandil y Necochea eran dos buenas plazas para vender la fruta, así que fui a Tandil". Allí conoció a su esposa, Victoriana García, hija de españoles, quienes tenían una de las zapaterías más antiguas de Tandil. Con ella tuvieron tres hijos: Daniel, Olga y Susana, quien le ha dado sus nietas y lo acompaña desde que su esposa murió.
A medida que crecía la producción, los Toncovich se asociaron a la cooperativa frutícola La Perla y luego, ya solo, Otto formó una sociedad con dos productores con los que hizo un aserradero y un galpón de empaque. "Esto fue en 1959. Papá murió en 1956, quedamos con mamá en esa chacra y compramos dos chacras más".
Otto ha sido un lector impenitente, estudioso de su historia y avezado en su oficio de fruticultor, que cree que se le contagió por vivir en este lugar. Tiene ojos celestes, mirada tranquila, una serenidad que pierde cuando habla de la situación actual. "La fruticultura tiene sus épocas -afirma-, pero ocurre que el manejo comercial no se hizo bien. Las organizaciones de productores no entendieron bien y perdieron una gran oportunidad que se presentó con Corpofrut. Copiamos el modelo sudafricano que aún perdura y nosotros no pudimos hacer nada con él. Yo participé en Corpofrut y fui presidente de la Cámara de Productores (fue director y es socio de Jugos SA). Siempre me involucré, pero pese al esfuerzo, fueron más fuertes los intereses. Por eso la cooperativas fracasaron; las dictaduras no las permitieron y los corruptos y los ignorantes tampoco. Lamento que el gobierno provincial no haga nada para ayudar a los pequeños y medianos productores que están desapareciendo. Personalmente creo que el Valle no tiene futuro sin ellos".
Otto está convencido, tal como lo vio con sus propios ojos, de que el esfuerzo de todos puede cambiar el rumbo de las cosas.
Sus padres arribaron a Colonia Regina con el ingeniero Bonoli en setiembre de 1924.
Toncovich levantó la primera casa del lugar, la administración de la CIAC, hoy museo.
Esta familia, de origen yugoslavo, compró una de las primeras fracciones: una chacra de 15 hectáreas.
SUSANA YAPPERT.
Suplemento Rural del diario Río Negro, Sábado 09 de Febrero de 2008.
Texto e imágenes pertenecientes a esa edición.

martes, diciembre 14, 2010

FAMILIA TOSCANA PIONERA EN CHICHINALES.


HISTÓRICAS
del VALLE RIONEGRINO.

La familia Grossi, pionera de Chichinales.

Giuliano Grossi, inmigrante italiano, llegó a la región en la década del '20. Desde allí envió la llamada a sus hermanos, que vinieron para trabajar la tierra. Uno de ello, Demetrio, trajo a su familia, que se sumó a este grupo de productores.

Una marea de ojos azules observa fotos antiguas desplegadas en la mesa. Una mesa que debe haber sido escenario de varias fiestas familiares. Las fotos lo revelan. En la mesa están los hermanos Grossi, hijos de Demetrio y de Emma, sus parejas y dos de sus 6 nietos. Todos conocen la historia de sus ancestros y entre todos van armando esta historia.

Una historia de vida que transcurre entre Italia y Chichinales, una de las primeras localidades que apareció en el mapa del territorio de Río Negro.

Giuliano Grossi fue el primero de la familia en cruzar el horizonte de la Toscana. Era uno de los hermanos mayores de un matrimonio de siete hijos. Atravesó el Atlántico solo y solo se radicó en Buenos Aires, donde consiguió empleo de cocinero en un hotel. Con este trabajo hizo sus primeros pesos, los suficientes como para largarse a una aventura que otros ya habían hecho: comprar unas tierras en el norte de la Patagonia.

Llegó a Chichinales pasado 1925. Había llamado a su hermano Settimo para que lo acompañara. Compraron tierra virgen en sociedad y la trabajaron juntos un tiempo, el más difícil, el de los inicios.

Cuando llegaron a esta localidad, tenía apenas un puñado de habitantes y el riego pasaba lentamente por la frontera de Villa Regina. Lo esperaron, desmontaron y sembraron sobre el suelo virgen.

La familia Grossi era en Italia una familia de agricultores. Allí cultivaban trigo, frutales, tenían granja y vivían de lo que producían. Trabajaban en familia. Vivían en familia. Una estampa conocida en la Europa de entreguerras.

Giuliano era soltero y Settimo llegó a la Argentina con su mujer. Después de unos años, los hermanos que estaban en Argentina resolvieron dividir la tierra y Giuliano llamó a otro hermano, Demetrio, quien buscaba su independencia en la Italia dura de la posguerra.

"Tío nos mandó una carta diciendo que acá había posibilidades de progreso. Mis padres, Demetrio y Emma Fornaciari, ya tenían dos hijas, nosotras, y un hijo en camino. Les costó tomar la decisión. Si bien querían independizarse, pues vivían en una casa con toda la familia de mi padre, temían el desarraigo. Pero decidieron marcharse de Italia. Cuando llegaron a Génova para embarcar vieron que el carguero en el que tenían pasaje (El Argentino) no tenía sala de partos. Mamá tenía un embarazo avanzado y resolvieron postergar el viaje. "El equipaje llegó solo a Buenos Aires y nosotros volvimos a Montecarlo (provincia de Lucca), donde nacimos. Cuando la familia nos vio de regreso, se alegró muchísimo. Yo decía: '¡Sono tornata dell'America!, ¡Sono tornata dell'America!' (he regresado de América)", cuenta Rosalba, quien tenía dos años entonces y pensaba que su viaje había concluido.

Finalmente nació Rolando y, cuando cumplió un mes de vida, se embarcaron hacia Buenos Aires. Lejos del sol de la Toscana.

TIEMPO DE NOSTALGIAS.

El viaje fue difícil porque, durante el tiempo que duró, Demetrio y Emma estuvieron separados y Emma cuidó sola a sus tres hijos (de 4 y 2 años las hijas y un bebé recién nacido) en el pabellón de las mujeres. Llegaron a Buenos Aires el 1 de julio de 1948. Los esperaba una familia amiga de Italia que vivía en esa ciudad. Recuperaron fuerzas durante unos días y tomaron el tren hacia Villa Regina, donde amanecieron el 6 de julio.

"Nos esperaban Giuliano y Settimo, relata Rosalba. Luego del reencuentro, partimos hacia la chacra de Chichinales. Cuando llegamos, nos encontramos con una casa de adobe, sin ninguna comodidad y que compartíamos con los tíos y su familia. La convivencia con ellos fue muy buena, pero el cambio fue muy fuerte. Una mañana me desperté y encontré a papá y a mamá abrazados llorando. Les pregunté: '¿Perchè piangette?' (¿por qué lloran?)... Todavía me acuerdo y se me anuda la garganta... Ellos me abrazaron y me contestaron que estaban tristes porque extrañaban Italia... Era invierno cuando llegamos y el paisaje era desolador".

No pasó mucho tiempo desde su arribo a la zona hasta que el matrimonio puso sus manos en la nueva tierra. Apenas tuvieron tiempo de acomodarse cuando vieron salir los primeros brotes.

"Nuestro padre comenzó a trabajar la chacra con el tío. Sembraron tomates, papas y alfalfa. Les fue bien, tanto que papá, pocos años después, pudo comprar su propia tierra. Trabajaba con el tío e iba armando su propia chacra. Esta vez le tocó a él el desmonte, la emparejada y la plantación.

"Mamá trabajaba a la par de papá. ¡Hacía de todo! y nosotros ayudábamos en cosas menores. Cuando plantaron la alameda, papá nos mandaba a regar los alamitos con una lata. Eran 11 hectáreas. Las primeras plantaciones fueron de tomate. Los chicos también colaboraban en la plantación de tomates y en la cosecha.

"Cuando estuvo más o menos armada la chacra, papá pidió un crédito al Banco Hipotecario para hacer la casa. Un crédito que cancelamos cuando llegó la cosecha. Siguieron años buenos para la fruticultura, la década del '60. Nos fue bien y, gracias a ello, mis padres pudieron volver a Italia", agrega Rossana.

Ese viaje,cuentan las hijas de Demetrio y Emma, fue muy importante. Revelador. Sus padres habían pasado sus primeros años en la Argentina sumidos en la añoranza de su tierra, pero cuando regresaron, luego de un esfuerzo duro pero recompensado, se dieron cuenta de que aquí habían podido progresar, mientras que su familia que había quedado en Italia no. "Esto los reconfortó y después de este viaje ya no tuvieron tanta nostalgia", agrega Rosalía. "Pese a ello,dice Rolando, mamá agradeció que nosotros no fuésemos en aquel viaje, pues cree que si hubiésemos ido, nunca más regresaba a la Argentina...".

Esta no es la única familia de inmigrantes que vivió esta situación. Muchas descubrían, de pronto, que habitaban dos mundos, dos vidas y que en un momento tenían que optar por una u otra. Por el pasado o por el futuro.

En 1961, murió el pionero de la familia, Giuliano, y su chacra la siguió trabajando Angel, el último hermano que trajo de Italia.

Los hijos de los Grossi fueron a la escuelita "La Amparo". El maestro les exigía hablar el español a ellos y con él aprendieron a hacerlo, aunque en la familia se siguió hablando la lengua materna. En esa escuelita hicieron la primaria. Esa zona, antes había sido un gran latifundio que tenía su escuela, su almacén de ramos generales y las casas de las familias que trabajaban en el lugar.

Haciendo un repaso de su suerte de productores, los Grossi recuerdan tiempos de bonanza y tiempos durísimos. "Quizá el tiempo más difícil, el que sufrimos más, fue la época del tomate, relata Rosalía. Eramos socios de una cooperativa (Covire) que se fundió y quedamos en el aire. Teníamos una plantación importante. Solíamos sacar una cantidad impresionante. Papá empezó a vender por Villa Regina; venía con los canastos en el colectivo, después salíamos con una chata tirada por un caballo...".

Luego, la crisis del tomate y de la vitivinicultura dieron paso a la fruticultura también en la chacra de los Grossi. Peras y manzanas cambiaron el paisaje. En el año '58 se inició la transformación.

Rolando, quien es el que maneja hoy la chacra familiar de Chichinales, cuenta que aún conservan plantas de peras que plantara su padre, aunque han reconvertido varias veces. "Todavía hay dos cuadros de William's que plantó papá. En el '65 iniciamos la reconversión. Comenzamos sacando dos filas de viña y poniendo una de frutales, cuando se plantaba a una distancia de 7 por 7 metros.

Cuando tuvieron producción, la familia Grossi le vendió sus primeras frutas a la firma Sabattini & Crocce de Regina, luego a la familia Giménez. Luego, cuando la producción aumentó, se asociaron a Fruticultores Reginenses, una cooperativa de productores que había nacido alrededor de 1935.

"El primer galpón de empaque de Chichinales fue de la empresa GISA SA (Giménez y Sargazzi), pioneros en la actividad relata el esposo de Rossana, Roberto Alba . De hecho, la escuela 'La Amparo' se bautizó en honor de la señora de Giménez que se llamaba Amparo".

Todos los hermanos Grossi que llegaron como inmigrantes a la Argentina se hicieron chacareros. Los hijos de Demetrio y Emma siempre se ligaron a la producción, por vía de la familia propia y continuaron este vínculo con sus matrimonios, todos vinculados a la familia chacarera. Los dos hijos de Settimo Grossi, por su parte, tienen un galpón de empaque en Chichinales.

Demetrio y Emma,cuentan sus hijos, fueron chacareros orgullosos. Sentían enorme placer en mostrar su producción. Ellos tuvieron una vejez feliz. Los bendijo la fortuna que les permitió multiplicar la tierra y la descendencia.

Rosalba se casó con Graciano Della Pittima. Rossana con Roberto, con quien tuvo una hija y un hijo: Daniela y Omar. Rolando se casó con Marta Franco y tuvieron 4 hijos: Andrés, Pablo, Gastón y Mariana.

Dos hijos de Rolando continúan en la actividad, Gastón es técnico Superior en Higiene y Seguridad Laboral y trabaja en la firma Moño Azul y Pablo es licenciado en Comercio Exterior y trabaja en la Aduana de Regina.

Son ellos los que hoy retoman el hilo de esta historia de productores que hicieron, en el Alto Valle, su nuevo mundo.

Autora: SUSANA YAPPERT.

Esta nota integró la nota del suplemento El Rural del diario Río Negro, Sábado 02 de Junio de 2007, Edición Río Negro on line.

http://www1.rionegro.com.ar/diario/tools/imprimir.php?id=7016