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...." el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria". Leopoldo Marechal.

LA ARGENTINA DEL BICENTENARIO DE LA PATRIA.

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“Amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma". Padre Leonardo Castellani.

“
"La historia es la Patria. Nos han falsificado la historia porque quieren escamotearnos la Patria" - Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).

“Una única cosa es necesario tener presente: mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”. Julius Evola, seudónimo de Giulio Cesare Andrea Evola. Italiano.

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domingo, agosto 10, 2025

Alberto Buela, Filósofo Criollo.

 


Alberto Buela, Filósofo Criollo.

Por Ezequiel Norberto Gonzalez.

Alberto Buela, es un pensador y filósofo argentino nacido en 1946, estudio en Universidad de Buenos Aires  y se Doctoró en Filosofía en la Universidad de París IV París Sorbonne. Sus trabajos se centran, en una primera etapa, en estudios “Helenísticos”, donde se ocupa principalmente la obra de Aristóteles, siguiendo por temas como la “Metapolítica”, el “Sentido América”, “El problema de identidad”, “El Pensamiento Nacional iberoamericano”, “La idea de comunidad organizada” y “La Filosofía Argentina”.

A modo de glosa, los trabajos de Buela son de una doxografía con una orientación propia. Se encarga de estudiar a los autores relevantes y, a su vez, agrega la intención de pensar por “Nosotros mismos”, como le gusta decir; “desde” el hombre Americano:

 “La conciencia americana está constituida por la simbiosis de dos cosmovisiones diferentes: la bajomedieval arribeña y la india autóctona. Una aporta el valor de la palabra empeñada, el progreso como idea, el paso de lo peor a lo mejor o no como ideología, el sentido jerárquico de la vida y las cosas y la objetividad de los valores. La otra aporta el sentido ontológico del tiempo como maduración con las cosas, diferentes del times is money, y de la contracción al trabajo de los europeos” (Buela: 2024).[1]

Además de aclarar esa doble naturaleza que tiene el hombre americano, su tesis plantea que América debe ser entendida con un gesto: “como lo inhóspito”, aquel suelo que: “recibe a todo aquel que quiera habitarla y fecundar”.

También, otra de las ideas trabajadas es la “Teoría del Disenso”, donde lo que se sugiere es dejar expuesto las técnicas del poder, porque cuando se pregona el “consenso” lo que en realidad sucede es que la decisión está tomada antes que la deliberación. Donde “el otro” es una molestia, y solo se da el consenso o el diálogo como simulacro. Por ello es que propone el estudio de la “Metapolítica” como disciplina que se encarga de exponer y aclarar a qué nos enfrentamos. Por ello se estudia categorías vigentes que se nos impone, se podría decir: la lengua del enemigo. Lo que hace es proponer otro sentido, un “pensar alternativo”.

Del mismo modo realizó trabajos sobre ética, en su libro “Virtud contra Deberes”, ajusta cuentas con la historia de la ética y diagnostica que en Occidente nadie cree en nada. Y propone practicar la virtud o eso que decía Enrique VII: “uno no es noble por ser hijo de nobles sino por realizar actos nobles”.  Otro de sus temas, es “La idea política de comunidad organizada”, donde trabaja en tres grandes libros “Aportes al pensamiento nacional”, “Teoría del peronismo” y “Comunidad organizada” (Dugin-Buela) donde la presenta como sistema social a construir y como sistema de poder. Dejando en claro la importancia de las instituciones intermedias y su independencia del estado, para que no sea absorbida por el estado.

Su último trabajo se llama “Filosofía Argentina, una visión disidente” donde realiza un trabajo de rescate contra el olvido de autores nacionales, olvidados por prejuicios o por necesidad de imponer una nueva verdad oficial.

Metapolítica o en defensa del más acá

Alberto Buela, dice que lo primero que hay que encargarse como pensador, es saber de qué hablamos. Por eso siempre –recomienda- hay que arrancar por la etimología de las palabras, para no repetirlas vanamente. Buela analiza el significado etimológico de “Metapolítica”, donde vemos que es un término compuesto por el prefijo griego methá, que puede traducirse por “más allá de” y el sustantivo “política”, pero agrega:

“Nosotros no lo asociamos ni a Andrónico de Rodas, quien fue el que inventó el término “metafísica” para designar los libros de Aristóteles que venían después de la física, ni a nada que se le parezca. Metapolítica significa el estudio de aquello que está más allá de la política, o mejor aún, lo que está “más acá de la política” y que, de alguna manera, condiciona la acción política. Un mundo categorial que no se percibe en forma inmediata sino solo por sus efecto” (Buela. pág. 20)

Por ello, en este más acá, la Metapolítica consiste en “el estudio de las grandes categorías que condicionan la acción política” y que “a esta tarea la mejor forma de acceder es a través del ejercicio del disenso” (p. 14). Parece que ambos términos están ligados, la “Teoría del Disenso” y “la Metapolítica”, ambas son herramientas para el obrar político. Como herramientas, como una lupa, un mapa, un lápiz para un explorador. O como si fueran un martillo y una llave o pico de loro en la caja de herramientas. Buela en su libro realiza una genealogía del término, pero a nosotros nos interesa su práctica. Lo importante es cambiar las prácticas políticas establecidas. Por eso la labor del filósofo es exponer lo que está mal. Luchar contra los que nos intentan vender como único camino, como única oportunidad o posibilidad a realizar. “No hay alternativa”, es el mantra de Margaret Thatcher, que ahora repiten los verdugos de moda como máxima universal. Una imposición de “One World” (mundo único), término utilizado en su libro “Pensamiento de Ruptura”, donde sólo hay una manera de pensar, y con su policía de pensamiento se cancela a todo el que intente pensar distinto. Por eso, hay que enfrentar esta lengua del poder, “categorías que condicionan la acción política (homogeneización cultural, pensamiento único, políticamente correcto, light o débil, monoteísmo del libre mercado, consenso como método)”.

La Metapolítica no se ocupa tanto de lo que “debe ser”, sino de lo que “es”. No es una ciencia acabada, sino la búsqueda de la ciencia, en el sentido aristotélico (Buela, 2022, p. 23). Después hay una prognosis, cosa vedada para los filósofos, pero esto se hace con trabajo. Porque una cosa es lo que es y otra lo que debe ser[2]. Es ahí donde se necesita de este pensamiento alternativo, de esta propuesta, de esta crítica que es el pensamiento nacional. La crítica en argentina es pensamiento nacional, de suelo, clima, el genius loci (un desde donde, “el espíritu del lugar”), como explica Buela. Esta disciplina es bifronte pues es filosófica y política al mismo tiempo. Se piensa y se actúa. Buela reflexiona, y da en la tecla, en decir que acá hay ideas y muy buenas, pero lo que no hay es dirigentes que las encarnen. Así como Aristóteles buscaba a su Alejandro, él nos dice:

“hoy nuestros dirigentes, los de las sociedades periféricas, necesitan de la Metapolítica como el pez del agua para vivir, de lo contrario seguirán convalidando con su accionar decisiones tomadas en otro lado, en los centros de poder mundial, reñida con la defensa de nuestros intereses más propios”

Ante la dificultad del mundo actual, los dirigentes que tenemos no están a la altura. Políticos armados por el marketing que solo hablan de agendas que no dicen nada. Que como mucho administran el conflicto, pero jamás lo solucionan:

“Y ello es así porque “nadie puede dar lo que no tiene” y nuestros dirigentes carecen de un conocimiento en profundidad de lo que acontece en el mundo. Específicamente no entienden, “no tienen inteligencia” (no pueden leer adentro) en la oscuridad del mundo (Baroja) tienen avidez de novedades pero se agotan en ellas porque no las pueden repensar o elaborar desde ellos mismos”.  (Buela, 2022).

Lo difícil de la Metapolítica es que no se encarga en “lo que debe ser” sino sobre la realidad política tal como se da, sobre “lo que es”, y luego sí: lo que puede ser. Es el conflicto entre potencia y acto. La Metapolítica, como mera disciplina filosófica no es solo la descripción del objeto de estudio, sino que busca una incidencia, una salida en la política, romper con la opinión, como gustaba decir Platón cuando habla del trabajo del filósofo en diferencia con los sofistas. Romper con la doxa, con el sentido común, con las mismas palabras que no se dicen nada. Es volver a los griegos, donde la ética es política y para ello hay que ejercer el disenso, dar otro sentido.

Teoría del disenso o las armas para la ofensiva.

Si la Metapolítica es un trabajo de desmitificar, de lucha contra el sentido impuesto, el disenso exige una acción. El disenso como métodonos dice Buela, sí retomamos a Descartes, en su “Discurso del método”, él planteaba la duda como motor. Es lo que nos hace andar, y si vemos la etimología de “método”, proviene del latin que significa “camino”. Marcar el camino a seguir.

Si Marx escribió que la labor del filósofo, en la antigüedad era observar el mundo y de lo que se trata ahora es de cambiarlo, Buela agrega a la tesis 11 sobre Feuerbach, que hay comprometerse con el mundo y sus problemas.

La política es práctica, es un arte de ejecución, como dijo Perón. Por ello, donde se quiere hacer de la política una ciencia, se falla, porque en realidad es un arte, una tékhne (τέχνη), un saber hacer. Para Aristóteles, el arte es una acción a partir de la cual el hombre produce una realidad que antes no existía, por ello la política tiene más que ver con la creación, con la creatividad, que con la administración de fórmulas que no funcionan una y otra vez.

Lo que hay que hacer es esclarecer. Es ocuparse de las categorías que se presentan como neutrales (derechos humanos, progreso, homogeneización, multiculturalismo, etc) desenmascarando intereses de grupos o lobbies que intervienen en el poder. (Buela: 2022, pág. 15).

Los pasos del disenso como método, serían en una primera etapa: 1) La preferencia de nosotros mismos (el nosotros, no el yo); 2). Genius loci (desde dónde); 3). Las tradiciones nacionales de nuestros pueblos (el ethos nacional). Y en una segunda etapa: 1) La pregunta por el otro y los otros; 2) El consenso o disenso; 3) La superación del disenso: la construcción de nuestro propio discurso filosófico sin copia ni imitación (Buela, 2016, p. 39).

Según Carl Smith, lo primero que hay que definir en política es saber quién es el enemigo. Si no uno habla en neutro y repite jingles, y jamás da ni una acción directa contra nada. Solo dice palabras contra palabras. Por ello se deja claro: se pelea contra “el consenso” (esta idea llega a la política y a la ética a través del ideario de la escuela neomarxista de Frankfurt), que se usa como legitimación política, porque se caracteriza por tomar decisiones antes de la deliberación. Se empieza por el final, y hay un simulacro de puestas en común, se da una silla al otro pero solo como falsedad. Lo que resulta con eso, como dice Buela, citando a Wagner de Reyna, pensador peruano: “en todo disenso hay un enfrentamiento, una contradicción insalvable, hablar por hablar, discutir por discutir, y presentar un jovial compromiso que no compromete a nada”. Por ello otra idea que retorna en “Pensamiento de Ruptura” del hombre light que se enuncia, donde el hombre busca novedades, donde no se detiene a pensar, donde no se compromete por nada, donde no lucha por nada. Por ello hay que entender, que si no revisamos las tradiciones, desde nuestra américa, el hombre pisa el palito en cada esquina, se come todos los amagues del sistema, que repite el alfabeto del poder, que habla de derechas e izquierda, Buela nos dice que decir eso, es ya “no situarse”. La propuesta: “con esto vamos más allá incluso de la idea de estado nación, hoy en vías de agotamiento, para sumergirnos en la idea política de gran espacio, de patria grande y cultural de ecúmene”.

Hay que tomarse el trabajo de aclarar las cosas. El pensamiento popular no piensa la sociedad desde la lógica de clases, sino que su principal contradicción es pueblo vs. antipueblo u oligarquías sobre todo financieras, dice Buela. Por eso hay que disuadir los falsos Disensos, para no perder el tiempo, porque se fabrica la disidencia, por globalistas y elites (el foro mundial y el foro económico mundial, las ong, y movimientos de oposición a la globalización están controlados por las misma fuerza antes las cuales protestan la fabricación de disidencia actúa como una válvula de seguridad que protege y sostiene el nuevo orden mundial) ¿quiénes son?: “Los agentes políticos – culturales del imperialismo (fundaciones Rockefeller, Ford, Guggenheim, Goldman Sachs, Soros etc) financian a las organizaciones “aparentemente” antiglobalistas como las abortista, las feministas, los gays, las de derechos humanos para las minorías, las eugenistas, las indigenistas. En una palabra a todas las organizaciones “progresistas”, no atentan contra el nuevo orden, sino más bien contribuyen”. (Buela, pág 55)

A esta teoría del disenso Buela, deja una hoja de ruta, de ideas y propuestas para todo aquel que pregunte ¿qué hacer? “al proyecto moderno de consumo, oponemos austeridad; al de progresivo crecimiento, decrecimiento, al de universalismos mundial, es de pluriverso, al de desarrollo por acumulación de riqueza, al de desarrollo a partir de la pobreza, al del consenso, siempre de los lobbies y los poderosos, el disenso del rebelde”.

América, como teoría de lugar

¿Qué somos? ¿Desde dónde puedo hablar? En su libro “El Sentido de América” va en busca del sentido, y del hombre americano. Entiendo esta búsqueda de tierra prometida como una propuesta al mundo también, por una verdad, porque como dijo Perón en la apertura de su curso sobre filosofía peronista: “el hombre puede desafiar cualquier contingencia y cualquier mudanza, cuando se halla armado de una verdad sólida para toda la vida”. América es un interculturalismo y no multiculturalismos: “como lo proponen los antropólogos norteamericanos que privilegia a las minorías, por sobre la mayoría que luchamos para darnos forma en la construcción de las naciones estados que conforman este gran espacio”, habitado por figura o arquetipos, tallados cada uno por su genius loci, y américa son: “el gaucho, el montubio, el ladino, el coya, el huaso, el cholo, el llanero, el charro, el borinqueño ec. siendo de genuina estirpe hispánica, nos distinguen de España y Portugal. “Ni tan español ni tan indio”, diría Bolívar”. (Buela. Pág 33.)

Entonces a la pregunta ¿qué somos? somos americanos. Buela dice que en primer lugar no nos tenemos que dejar robar el nombre “americanos” por los yankees. Y también luchar contra la etiqueta de “América Latina”[3], en esta disputa sobre el bautismo, donde el autor hace una genealogía del término y dice que esta etiqueta fue puesta por los franceses, y nada tenemos que ver con el lacio, sino más bien con castilla y portugal. Por ello, ¿qué somos? “Soy americano de índole hispana”.

La definición de lo hispánico: con la esencia de los que somos y los valores que portamos (Buela, pág178):

“Lo que se hace es enfrentar la publicidad de años. Acá no es cuestión de negar los aportes culturales franceses, italianos, alemanes, eslavos, árabes, judíos, o negros en muestra américa, que son mucho y apreciadísimo. Ni tampoco negar el aporte indiano a nuestra identidad…se trata de encontrar la categoría que no defina más ajustadamente en lo que somos” (Buela, pág. 179).

En esta búsqueda de identidad, deudor de tradiciones, pero enriquecidas, Buela hace el rescate y exaltación de “lo criollo” como primera de nuestras pautas culturales. Porque como dice, no somos ni tan europeos ni tan indios, sino que en este mestizaje, en esta doble naturaleza es que se crea la posibilidad de pensar por nosotros mismos.

Lo Criollo, es “la simbiosis de dos cosmovisiones en una tercera con rasgos propios y originales”. Como ejemplo de lo “interculturalismo” pues viven en nosotros varias culturas que se plasmaron en una ecúmene, la iberoamerican. “No dejamos a nadie afuera”, todos contribuyen a nuestras conciencias criollas, nos dice Buela. En esta búsqueda de una teoría del suelo, Buela rescata a una gran cantidad de pensadores que se ocuparon del tema, porque uno es deudor y dador, en este continente nuevo. Así existen muchas opiniones sobre nuestra América que se han ocupado, como Vasconcellos, Caturelli, Mercado Vera, Castellani, Lugones, Rojas, etc.

Entendiendo que en América se pensó, y se buscó un arquetipo que nos defina, este ser mistongo, como decía Castellani. También hay que hacer una valoración de la lengua, donde en su “Sentido Metapolítica del castellano o español” nos cuenta que el español es la cuarta lengua más hablada del mundo, donde se cita a Guillermo Humboldt, quien dice que cada idioma fomenta un esquema de pensamiento y unas estructuras elementales propias. Dime en qué idioma te expresas y te diré cómo ves el mundo, y por ello hay que dar uso, asumir el castellano como lengua antiimperialista. (Buela, pág. 232).

Para cerrar, una de las más bellas ideas que trae para proponer esta teoría de lugar, Buela trae la idea de pensar américa como “Lo Hóspisto”, como suelo que recibe al hombre que no hace pie en el naufragio. “¿Qué es América? América es, antes que nada, un espacio geográfico continuo que se ha diferenciado del resto del mundo por su capacidad de hospedar (hospitari) a todo hombre que como huésped (hospitis) viene de lo in-hóspito. De la persecución, la guerra, el hambre, la pobreza, en definitiva, de la imposibilidad de ser plenamente hombre. América es pues lo hóspito”. Un suelo que recibe, un suelo fértil que clama su propia filosofía, como todo suelo, porque como dijo Alberdi, Juan Bautista, “Nuestra filosofía ha de salir de nuestras necesidades de ahí que la filosofía americana deba ser esencialmente política y social… América será la que resuelva el problema de los destinos americanos”.

Se ha intentado hacer un mapeo de algunos de los conceptos, o de las ideas más importantes del autor. Este pequeño opúsculo solo intenta que el lector vaya en busca de sus libros, o rescate su intención de actualizar ideas de pensadores nacionales. Buela,  no es intelectual, ni filósofo, como a él le gusta decir. Porque él se denomina Arkegueta: “eterno principiante”. Un hombre sabio y gaucho que vive como piensa, y qué dice lo que piensa. Pensar así, es el costo de casi todos los pensadores argentinos, como escribió Miguel Ángel Virasoro: “el pensador argentino trabaja aislado y sin ninguna resonancia, un eco más o menos perdido”. (Buela, pág 280)

Si uno ve toda la obra de Buela, hace una reconstrucción de una comunidad de pensadores que le precedieron, actualizando temas y verdades, como el poeta que es pulidor de palabras, para que vuelvan a tener sentido. Trata de volver a poner en funcionamiento la máquina de pensar nacional, olvidada por novedades europeas que entran y se multiplican en todas las universidades, medios de comunicación y librerías. Como si esto fuera poco, piensa y tiene teorías propias, y sigue escribiendo y pensando la coyuntura argentina y americana. Por ello Alberto Caturelli en su “Historia de la filosofía Argentina” (1600-200), lo coloca dentro de los restauradores de la tradición, y la reflexión iberoamericana.

Lo que es y lo que puede ser.

Leyendo a Buela, uno sabe que no le gusta la prognosis, ya que el filósofo no hace predicciones. Pero se puede intentar usar la categoría “trabajo”, que es lo que construye futuro. En esta humilde cartografía de su obra, también mencionamos que parte de su trabajo fue colaborar como asesor en sindicatos (del griego “sin”, significa “con” y “dike” justicia: aquel que hace con justicia) y dando cursos de formación, dónde se habla de lo importante de las instituciones intermedias, que protegen y cobijan al hombre, que lo acompaña en su nacimiento, en su desarrollo, con su sistema de salud, hasta su sepelio. Que lo reúne en un sistema de labores donde el ser y el obrar se fusionan. Donde la palabra “trabajador” es una palabra sagrada, ahora que se quiere imponer la de “emprendedor”, que no es más que ser un mercader de Venecia. Como decía Platón, aprender es recordar, y hay que recordar que el hombre es lo que es, pero también lo que puede ser. Qué pertenece a un suelo, a un cielo, a una comunidad, y debe comprometerse con ella. Ver sus problemas como una bendición, porque aún falta mucho por hacer. Porque eso también es lo nuevo que trae América, lo que debe ser: “Lo nuevo que ofrece América es la condición de posibilidad que nos permite crear un mundo distinto, diferente, al mundo ya conocido”, dice Buelacomo posibilidad de dar sentido, desde nosotros mismos, con nuestro trabajo.

* Imagen de portada. Fuente: posmodernia.com

[1] Cada afirmación de Buela dispara un comentario,  pero agregaremos una idea de Leopoldo Marechal, que en su “Cuadernos de Navegación” propone con el ser con relación al tiempo. Que dice que todo hombre necesita del “Tiempo de Buey” (el del trabajo) y del “tiempo de ángel” (el del ocio). El del trabajo donde se gana el pan con el sudor de la frente, donde cada hombre debe producir al menos lo que consume. Y el tiempo de la contemplación, donde el hombre ve a su familia y amigos, donde se detiene a respirar la naturaleza o ver a sus hijos jugar.

[2] Estos no recuerda al: “Enoi enoi oios essi”, “Llega a ser el que eres”, Píndaro o el “Cómo se llega a ser lo que se es” en el Ecce homo de Nietzsche.

[3] Buela cita a Arregui para desentramar este accionar de colonización mental: “Jose Hernández Arregui cuando afirma en la reedición de su trabajo ¿Qué es el ser nacional?: esta versión que el lector tiene a la vista es igual a la primera, salvo en el reemplazo del falso conceptos de América Latina, un término creado en Europa y utilizado desde entonces por EE con relación a nuestros países que disfraza una de las tantas formas de colonización mental, no solo latinoamericanos”

Bibliografía

-Buela Alberto, “Epítome de Metapolítica”, editorial CEC, Buenos Aires, 2022

-Buela Alberto, “Epítome sobre antropología”, editorial, editorial et labore, 1993.

-Buela, Alberto, “El sentido de América” (seis ensayos en busca de nuestra identidad), Buenos Aires, editorial Theoria, 1990.

-Buela, Alberto, “Algunos aspectos de mi pensamiento”, en wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Alberto_Buela.

-Buela Alberto, “America como los hospitales”, revista posmodernia

Publicado en Revista CONTRAFILO.

https://revistacontrafilo.unla.edu.ar/

https://revistacontrafilo.unla.edu.ar/?p=840

Publicado también:

http://hernandezarregui.blogspot.com/2025/08/alberto-buela-filosofo-criollo.html

http://hernandezarregui.blogspot.com/

viernes, septiembre 03, 2021

Una profecía de Gramsci sobre Iglesia y mundo moderno por Jorge Soley.

 


Una profecía de Gramsci sobre Iglesia y mundo moderno

sábado, mayo 01, 2021

Día del Trabajo, Charles Chaplin y Tiempos Modernos.

 


(ADN). – Se celebra en todo el mundo el Día del Trabajo o el Día del Trabajador, con un marco de pandemia que afectó fundamentalmente al trabajo y al trabajador, que sienten como se cierne un horizonte incierto con el avance de la tecnología sobre el hombre, la robótica y la inteligencia artificial.

Qué mejor entonces, que rendir homenaje a este día recordando a Charles Chaplin en la película Tiempos Modernos, donde el genial hombrecito de bastón, sombrero hongo y grandes zapatos, fue el protagonista, guionista y puso la música, al film presentado en una premiére en Nueva York el 5 de febrero de 1936.

La imagen es imborrable: al hombrecillo recién recuperado de una crisis nerviosa le recomiendan tranquilidad y una vida en calma. Va por la calle con su sombrero hongo, su chaqueta estrecha y sus grandes zapatos, y a su lado un camión deja caer una bandera (roja, supongo) que advertía sobre su carga larga. El hombrecillo la recoge y apura el paso gritándole al conductor del camión mientras agita la bandera, sin notar que a su espalda se aproxima una manifestación callejera que, rauda, lo acoge como a uno más de sus miembros . He aquí al hombrecillo, gritando en medio de una multitud con una bandera al aire en sus manos. Por unos mágicos segundos está ahí, convertido en abanderado de la libertad y de la búsqueda de una vida justa. Luego llega la policía y reprime con violencia a los manifestantes. Nuestro hombrecillo, ajeno a todo, es perseguido y detenido por la ley, acusado de ser el líder del movimiento. Nuestro hombrecillo es, claro, Charles Chaplin en medio de Tiempos modernos.
 
Es curiosa la falta de atención que Chaplin da a Tiempos modernos en su autobiografía, parece que con la intención de querer minimizar el impacto que esta película causó en su momento. Feliz por volverlo a ver, el público la convirtió en un gran éxito de taquilla, pero más allá de divertidos momentos de gran comedia, esta película es un claro testimonio de los peligros de la sociedad capitalista industrial por completo deshumanizada, donde el ser humano es una pieza más de la maquinaria, que cuando no funciona es reemplazada fácilmente por otra, y donde la justicia y la ley están de lado de los poderosos. Con un argumento episódico, la cinta despega con una significativa metáfora: un rebaño de ovejas se difumina para dar paso a la imagen de un apretado y uniforme grupo de personas rumbo a su trabajo en una línea de ensamblaje industrial, donde los obreros rasos realizan un trabajo perpetuamente monótono. Como lo anticipó George Orwell en 1984, el ojo omnipresente del amo se cierne sobre los trabajadores en un sofisticado sistema de vigilancia audiovisual, moderno incluso para los estándares de hoy .
 
En ese mismo episodio, Chaplin es víctima de una máquina de alimentación automática que reduciría al mínimo el tiempo que los obreros dedican a comer, una vieja idea que el director tenía desde su productiva época con la Mutual en 1916. La acción cierra con la crisis psicótica de nuestro obrero, llevado al hospital mental, del que regresa recuperado. A partir de entonces, el vagabundo empieza a experimentar los rigores del desempleo: encarcelado por su equivoca participación en la manifestación, encuentra en la cárcel un hogar y, una vez libre, va a intentar regresar a ella por todos los medios a su alcance. Solo la aparición de una joven huérfana (Paulette Goddard) y sus ansias de libertad le hacen cambiar de idea. El panorama al que se enfrenta es desolador y el filme no nos ahorra ninguno de los males que aquejaban a la sociedad de ese momento, males estos que hoy en día han aumentado en vez de disminuir: huelgas, tumultos, fábricas cerradas, filas de desempleados, hambre, la necesidad de robar, la irrupción de la drogadicción (la cocaína de la cárcel), la perpetua actitud represora de la policía, el dolor y la muerte. Sin embargo, la actitud del director es de alguna manera optimista y la pareja del vagabundo y la joven huérfana logra sobrevivir, a pesar de las adversidades.
 
Dejando de lado el argumento, me parece interesante destacar que Tiempos modernos, pese a ser una película muda con ochenta y un intertítulos diseminados en sus ochenta y cinco minutos de duración, está también llena de efectos sonoros (ladridos, ruidos intestinales, aplausos, silbidos), música incidental y voces humanas que salen primero de medios electrónicos (parlantes, grabaciones, radios) y luego de su propias gargantas (gritos, canciones) hasta el inesperado momento en que le vagabundo, luego de veintidós años de silencio, decide hablar. Y lo hace, claro, sin traicionarse, interpretando una canción cuya letra improvisada es una incomprensible mezcla de lenguas romances que a veces parece italiano y por momentos francés. Es Chaplin intentando adaptarse a las exigencias técnicas y de lenguaje cinematográfico que ya para El gran dictador (1940) se ha realizado por completo.
 
Pero había algo más. Chaplin entendía que en ese nuevo mundo no había ya espacio para su vagabundo ingenuo y generoso. La vida era otra, más amarga, más egoísta, más difícil: los vientos de guerra estaban por soplar. Y oír su voz era como oír su testamento, ya no lo veríamos más, ésta sería su despedida. El personaje del barbero de El gran dictador se le asemeja, pero no es el mismo: tiene un trabajo estable, un hogar, un credo. Con Tiempos modernos Chaplin se despide para siempre de su alter ego, que entra en ese momento en la inmortalidad.
Publicado en ADN Río Negro, 1º de Mayo del 2021.

sábado, julio 06, 2019

El mundo en el que hoy vivimos nació el 20 de julio de 1969.

El origen del mundo 

por Daniel Molina.

Lo más importante del proyecto espacial de viajar a la Luna es lo que no se vio: los cientos de grandes desarrollos tecnológicos que hoy constituyen casi todo nuestro entorno.

Dentro de dos semanas se cumplirán 50 años de la primera vez que el hombre estuvo en la Luna. ¿Cómo fue posible realizar una hazaña semejante con la tecnología de entonces? La capacidad de procesamiento de las computadoras que le permitieron a Neil Armstrong ser el primer humano que caminó sobre la Luna era ínfimo comparado con el cualquier celular actual. Todas las tecnologías que hoy son de uso cotidiano (incluso en los ámbitos menos desarrollados) no existían en 1969. A pesar de esas limitaciones, en 1969 un ser humano caminó sobre la superficie lunar.

Las grandes diferencias que les permitieron a los hombres de los 60 llegar a la Luna y que le impiden a los hombres del siglo XXI volver a intentar semejantes hazañas no son tecnológicas sino políticas. En 1961 la Unión Soviética había logrado la mayor hazaña tecnológica de la historia: poner al primer hombre en el espacio. Yuri Gagarin había dado una vuelta al planeta en una nave que orbitó más allá de la atmósfera terrestre.
Para poder dimensionar el desafío que significó ese primer viaje de Gagarin (en aquellos años la persona más popular del planeta) debemos recordar que aún no había vuelos directos entre Europa y el sur de Sudamérica. Cada partido del campeonato de fútbol de 1966 se vio por TV en la Argentina con varios días de retraso (el primer campeonato de fútbol que vimos en directo fue el de 1970).

Cuando el hombre llegó a la Luna vivíamos en otro mundo. No solo en el campo tecnológico sino también en el de las relaciones interpersonales, en el cultural y, sobre todo, en el campo político. La década de los 60 fue el núcleo candente de la Guerra Fría, ese enfrentamiento constante (aunque nunca explícitamente militar) entre los EE. UU. y la Unión Soviética. El mundo estaba divido en dos bloques enemigos (y los países que trataban de escapar a esa lógica o mantenerse neutrales terminaban siendo invadidos y avasallados).
Cuando la Unión Soviética logró poner a Gagarin en el espacio en 1961 ganó un prestigio tecnológico (traducido inmediatamente en política) que humilló a los EE. UU. Para superar el golpe, el gobierno norteamericano (liderado por John Fitzgerald Kennedy) tomó una decisión heroica: redoblar la apuesta hasta niveles inconcebibles: ya no solo llevar un hombre al espacio sino permitir que llegue a la Luna (un viaje con miles de peligros y dificultades técnicas infinitamente mayores que la órbita espacial de 1961). Se propuso lograrlo antes de que terminara esa década. Y cumplió.
La inversión necesaria para lograr ese objetivo fue inmensa. Un gasto absolutamente desproporcionado respecto de todos los demás gastos del Estado norteamericano. Hay distintas estimaciones presupuestarias a valores actuales, pero la menor de ellas calcula el presupuesto 1962-1970 de la NASA -la oficina estatal que tuvo a su cargo el viaje espacial- en el equivalente al PBI argentino (o un poco más). Solo la férrea decisión política de cuatro administraciones norteamericanas -en plena guerra de Vietnam, que también exigía gastos desmesurados- pudo sostener el financiamiento de un proyecto que hubiera sido imposible de concebir en cualquier otro contexto.
Quedó la hazaña que se vio en directo por TV en casi todo el mundo. Tres hombres despegaron de la Tierra, viajaron cientos de miles de kilómetros en el espacio y alunizaron en nuestro satélite. Dos de ellos bajaron de la pequeña nave en la que viajaban, caminaron en la superficie lunar, recogieron algunas muestras, tomaron fotos, pusieron una bandera norteamericana. Y los tres volvieron al planeta, sanos y salvos. Parece mucho, pero dice poco de lo gigantesco que fue el esfuerzo científico, técnico, político, financiero y cultural para lograr ese objetivo.
Pocos años más tarde EE. UU. ya no pudo sostener semejante apoyo económico a un proyecto que, encima, no daba los mismos réditos propagandísticos que en 1969 (la gente se acostumbró rápido a los alunizajes y el rating de la TV cayó en picada). El esfuerzo gigantesco que demandó poner al hombre en la Luna tuvo su logro propagandístico (que era lo que impulsó la misión) resumido en la gran frase pronunciada por Armstrong al bajar del módulo lunar y pisar la superficie de nuestro satélite: “Un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”.
Sin embargo, lo más importante de ese proyecto espacial es lo que no se vio: los cientos de grandes desarrollos tecnológicos. Sino hubiera existido el afán de poner el hombre en la Luna casi todo lo que hoy constituye nuestro entorno técnico no existiría: desde los nuevos textiles e los instrumentos sofisticados hasta las telecomunicaciones electrónicas y los estudios médicos de avanzada (la tomografía computada y la resonancia magnética, los implantes, el monitoreo cardíaco a distancia y tantos otros). El mundo en el que hoy vivimos nació el 20 de julio de 1969.
Así de enorme fue el salto para la humanidad que dio Armstrong aquella noche de hace medio siglo.
Publicado en Diario "Río Negro", 6 de Julio de 2019.